JORNADA TERCERA.
Monte.
ESCENA PRIMERA.
GIL, con muchas cruces, y una muy grande al pecho.
Gil.
Por leña á este monte voy,
Que Menga me lo ha mandado,
Y para ir seguro, he hallado
Una brava invencion hoy.
De la Cruz dicen que es
Devoto Eusebio; y así
He salido armado aquí
De la cabeza á los piés.
Dicho y hecho: ¡él es pardiez!
No encuentro, lleno de miedo.
Donde estar seguro puedo;
Sin alma quedo. Esta vez
No me ha visto; yo quisiera
Esconderme hácia este lado,
Miéntras pasa; yo he tomado
Por guarda una cambronera
Para esconderme. ¡No es nada!
Tanta púa es la más chica:
¡Pléguete Cristo! más pica
Que perder una trocada,
Más que sentir un desprecio
De una dama Fierabras,
Que á todos admite, y más
Que tener celos de un necio.
ESCENA II.
EUSEBIO.—GIL, escondido.
Eusebio.
No sé adónde podré ir:
Larga vida un triste tiene,
Que nunca la muerte viene
Á quien le cansa el vivir.
Julia, yo me ví en tus brazos
Cuando tan dichoso era,
Que de tus brazos pudiera
Hacer amor nuevos lazos.
Sin gozar al fin dejé
La gloria que no tenía;
Mas no fué la causa mia,
Causa más secreta fué;
Pues teniendo mi albedrío,
Superior efecto ha hecho
Que yo respete en tu pecho
La Cruz que tengo en el mio.
Y pues con ella los dos,
¡Ay Julia! habemos nacido,
Secreto misterio ha sido
Que lo entiende sólo Dios.
Gil.
(Ap.) Mucho pica, ya no puedo
Más sufrillo.
Eusebio.
Entre estos ramos
Hay gente. ¿Quién va?
Gil.
(Ap.)Aquí echamos
Á perder todo el enredo.
Eusebio.
(Ap.) Un hombre á un árbol atado,
Y una Cruz al cuello tiene:
Cumplir mi voto conviene
En el suelo arrodillado.
Gil.
¿Á quién, Eusebio, enderezas
La oracion, o de qué tratas?
Si me adoras, ¿qué me atas?
Si me atas, ¿qué me rezas?
Eusebio.
¿Quién es?
Gil.
¿Á Gil no conoces?
Desde que con el recado,
Aquí me dejaste atado,
No han aprovechado voces
Para que álguien (¡qué rigor!)
Me llegase á desatar.
Eusebio.
Pues no es aqueste el lugar
Donde te dejé.
Gil.
Señor,
Es verdad; mas yo que ví
Que nadie llegaba, he andado,
De árbol en árbol atado,
Hasta haber llegado aquí.
Aquesta la causa fué
De suceso tan extraño.
Eusebio.
(Ap. Este es simple, y de mi daño
Cualquier suceso sabré.)
Gil, yo te tengo aficion
Desde que otra vez hablamos,
Y así quiero que seamos
Amigos.
Gil.
Tiene razon;
Y quisiera, pues nos vemos
Tan amigos, no ir allá,
Sino andarme por acá,
Pues aquí todos seremos
Buñoleros, que diz que es
Holgada vida, y no andar
Todo el año á trabajar.
Eusebio.
Quédate conmigo, pues.
ESCENA III.
RICARDO, BANDOLEROS; JULIA, vestida de hombre, y cubierto el rostro.—EUSEBIO, GIL.
Ricardo.
En lo bajo del camino
Que esta montaña atraviesa,
Ahora hicimos una presa,
Que segun es, imagino
Que te dé gusto.
Eusebio.
Está bien,
Luégo della trataremos.
Sabe agora que tenemos
Un nuevo soldado.
Ricardo.
¿Quién?
Gil.
Gil: ¿no me ve?
Eusebio.
Este villano,
Aunque le veis inocente,
Conoce notablemente
Desta tierra monte y llano,
Y en él será nuestra guía:
Fuera desto, al campo irá
Del enemigo, y será
En él mi perdida espía.
Arcabuz le podeis dar
Y un vestido.
Celio.
Ya está aquí.
Gil.
(Ap.) Tengan lástima de mí,
Que me quedo á embandolear.
Eusebio.
¿Quién es ese gentil hombre
Que el rostro encubre?
Ricardo.
No ha sido
Posible que haya querido
Decir la patria ni el nombre;
Porque al capitan no más
Dice que lo ha de decir.
Eusebio.
Bien te puedes descubrir,
Pues ya en mi presencia estás.
Julia.
¿Sois el capitan?
Eusebio.
Sí.
Julia.
(Ap.)¡Ay Dios!
Eusebio.
Díme quién eres, y á qué
Viniste.
Julia.
Yo lo diré,
Estando solos los dos.
Eusebio.
Retiraos todos un poco. (Vanse.)
ESCENA IV.
JULIA, EUSEBIO.
Eusebio.
Ya estás á solas conmigo;
Sólo árboles y flores
Pueden ser mudos testigos
De tus voces; quita el velo
Con que cubierto has traido
El rostro, y díme: ¿quién eres?
¿Dónde vas? ¿qué has pretendido?
Habla.
Julia.
Porque de una vez (Saca la espada.)
Sepas á lo que he venido,
Y quién soy, saca la espada:
Pues desta manera digo,
Que soy quien viene á matarte.
Eusebio.
Con la defensa resisto
Tu osadía y mi temor;
Porque mayor habia sido
De la accion, que de la voz.
Julia.
Riñe, cobarde, conmigo,
Y verás que con tu muerte
Vida y confusion te quito.
Eusebio.
Yo por defenderme, más
Que por ofenderte, riño,
Que ya tu vida me importa;
Pues si en este desafío
Te mato, no sé por qué;
Y si me matas, lo mismo.
Descúbrete agora pues,
Si te agrada.
Julia.
Bien has dicho,
Porque en venganzas de honor,
Sino es que conste el castigo
Al que fué ofensor, no queda
Satisfecho el ofendido. (Descúbrese.)
¿Conócesme? ¿qué te espantas?
¿Qué me miras?
Eusebio.
Que rendido
A la verdad y á la duda
En confusos desvaríos,
Me espanto de lo que veo,
Me asombro de lo que miro.
Julia.
Ya me has visto.
Eusebio.
Sí, y de verte
Mi confusion ha crecido
Tanto, que si ántes de agora
Alterados mis sentidos
Desearon verte, ya
Desengañados, lo mismo
Que dieran ántes por verte,
Dieran por no haberte visto.
¿Tú, Julia, en aqueste monte?
¿Tú con profano vestido,
Dos veces violento en tí?
¿Cómo sola aquí has venido?
¿Qué es esto?
Julia.
Desprecios tuyos
Son, y desengaños mios.
Y porque veas que es flecha
Disparada, ardiente tiro,
Veloz rayo, una mujer
Que corre tras su apetito,
No sólo me han dado gusto
Los pecados cometidos
Hasta agora, mas tambien
Me le dan, si los repito.
Salí del convento, fuí
Al monte, y porque me dijo
Un pastor, que mal guiada
Iba por aquel camino,
Neciamente temerosa,
Por evitar mi peligro,
Le aseguré y le dí muerte,
Siendo instrumento un cuchillo
Que él en su cinta traia.
Con este, que fué ministro
De la muerte, á un caminante
Que cortésmente previno
En las ancas de un caballo,
A tanto cansancio alivio,
A la vista de una aldea,
Porque entrar en ella quiso,
Le pagué en un despoblado
Con la muerte el beneficio.
Tres dias fueron y noches
Los que aquel desierto me hizo
Mesa de silvestres plantas,
Lecho de peñascos frios.
Llegué á una pobre cabaña,
A cuyo techo pajizo,
Juzgué pabellon dorado
En la paz de mis mentidos.
Liberal huéspeda fué
Una serrana conmigo,
Compitiendo en los deseos
Con el pastor su marido.
Á la hambre y al cansancio
Dejé en su albergue rendidos
Con buena mesa, aunque pobre,
Manjar, aunque humilde, limpio.
Pero al despedirme dellos,
Habiendo ántes prevenido
Que al buscarme no pudiesen
Decir: «nosotros la vimos,»
Al cortés pastor, que al monte
Salió á enseñarme el camino,
Maté, y entré donde luego
Hago en su mujer lo mismo.
Mas considerando entónces
Que en el propio traje mio
Mi pesquisidor llevaba,
Mudármele determino.
Al fin, pues, por varios casos,
Con las armas y el vestido
De un cazador, cuyo sueño,
No imágen, trasunto vivo
Fué de la muerte, llegué
Aquí, venciendo peligros,
Despreciando inconvenientes,
Y atropellando designios.
Eusebio.
Con tanto asombro te escucho,
Con tanto temor te miro,
Que eres al oido encanto,
Si á la vista basilisco.
Julia, yo no te desprecio;
Pero temo los peligros
Con que el cielo me amenaza,
Y por eso me retiro.
Vuélvete tú á tu convento;
Que yo temeroso vivo
De esa Cruz tanto, que huyo
De tí.—Mas ¿qué es este ruido?
ESCENA V.
RICARDO, bandoleros.—Dichos.
Ricardo.
Preven, señor, la defensa;
Que apartados del camino,
Al monte Curcio y su gente
En busca tuya han salido.
De todas esas aldeas
Tanto el número ha crecido,
Que han venido contra tí
Viejos, mujeres y niños,
Diciendo que han de vengar
En tu sangre, la de un hijo
Muerto á tus manos, y juran
De llevarte por castigo,
O por venganzas de tantos,
Preso á Sena, muerto ó vivo.
Eusebio.
Julia, despues hablaremos.
Cubre el rostro, y ven conmigo;
Que no es bien que en poder quedes
De tu padre y mi enemigo.—
Soldados, este es el dia
De mostrar aliento y brío.
Porque ninguno desmaye,
Considere que atrevidos
Vienen á darnos la muerte,
O prendernos, que es lo mismo:
Y si no, en pública cárcel,
De desdichas perseguidos,
Y sin honra nos veremos:
Pues si esto hemos conocido,
¿Por la vida y por la honra,
Quién temió el mayor peligro?
No piensen que los tememos,
Salgamos á recibirlos;
Que siempre está la fortuna
De parte del atrevido.
Ricardo.
No hay que salir; que ya llegan
A nosotros.
Eusebio.
Preveníos,
Y ninguno sea cobarde;
Que, vive el cielo, si miro
Huir alguno ó retirarse,
Que he de ensangrentar los filos
De aqueste acero en su pecho,
Primero que en mi enemigo.
ESCENA VI.
Curcio y gente, dentro.—Dichos.
Curcio.
(Dentro.) En lo encubierto del monte
Al traidor Eusebio he visto,
Y para inútil defensa
Hace murallas sus riscos.
Voces.
(Dentro.) Ya entre las espesas ramas
Desde aquí los descubrimos.
Julia.
¡A ellos! (Vase.)
Eusebio.
Esperad, villanos;
Que, vive Dios, que teñidos
Con vuestra sangre los campos,
Han de ser undosos rios.
Ricardo.
De los cobardes villanos
Es el número excesivo.
Curcio.
(Dentro.) ¿Adónde, Eusebio, te escondes?
Eusebio.
No escondo, que ya te sigo.
(Vanse todos, y disparan arcabuces dentro.)
Otro lado del monte, en cuyo fondo habrá una Cruz.
ESCENA VII.
JULIA.
Del monte que yo he buscado,
Apénas las yerbas piso,
Cuando horribles voces oigo,
Marciales campañas miro.
De la pólvora los ecos,
Y del acero los filos,
Unos ofenden la vista,
Y otros turban el oido.
Mas ¿qué es aquello que veo?
Desbaratado y vencido
Todo el escuadron de Eusebio
Le deja ya el enemigo.
Quiero volver á juntar
Toda la gente que ha habido
De Eusebio, y volver á darle
Favor; que si los animo,
Seré en su defensa asombro
Del mundo, seré cuchillo
De la parca, estrago fiero
De sus vidas, vengativo
Espanto de los futuros,
Y admiracion destos siglos. (Vase.)
ESCENA VIII.
GIL, de bandolero; despues MENGA, BRAS, TIRSO y villanos.
Gil.
Por estar seguro, apénas
Fuí bandolero novicio,
Cuando, por ser bandolero,
Me veo en tanto peligro.
Cuando yo era labrador,
Eran ellos los vencidos;
Y hoy, por que soy de la carda,
Va sucediendo lo mismo.
Sin ser avariento traigo
La desventura conmigo;
Pues tan desgraciado soy,
Que mil veces imagino
Que, á ser yo judío, fueran
Desgraciados los judíos.
(Salen Menga, Bras, Tirso y otros villanos.)
Menga.
¡A ellos, que van huyendo!
Bras.
No ha de quedar uno vivo
Tan solamente.
Menga.
Hácia aquí
Uno dellos se ha escondido.
Bras.
Muera este ladron.
Gil.
Mirad
Que yo soy.
Menga.
Ya nos ha dicho
El traje que es bandolero.
Gil.
El traje les ha mentido,
Como muy grande bellaco.
Menga.
Dale tú.
Bras.
Pégale, digo.
Gil.
Bien dado estoy y pegado.
Advertid...
Tirso.
No hay que advertirnos.
Bandolero sois.
Gil.
Mirad
Que soy Gil, votado á Cristo.
Menga.
¿Pues no hablaras ántes, Gil?
Tirso.
Pues, Gil, ¿no lo hubieras dicho?
Gil.
¿Que más ántes, si el yo soy
Os dije desde el principio?
Menga.
¿Qué haces aquí?
Gil.
¿No lo veis?
Ofendo á Dios en el quinto:
Mato solo más, que juntos
Un médico y un estío.
Menga.
¿Qué traje es este?
Gil.
Es el diablo.
Maté á uno, y su vestido
Me puse.
Menga.
¿Pues cómo, dí,
No está de sangre teñido,
Si le mataste?
Gil.
Eso es fácil;
Murió de miedo, esta ha sido
La causa.
Menga.
Ven con nosotros,
Que victoriosos seguimos
Los bandoleros, que agora
Cobardes nos han huido.
Gil.
No más vestido, aunque vaya
Titiritando de frio. (Vanse.)
ESCENA IX.
EUSEBIO, CURCIO, peleando.
Curcio.
Ya estamos solos los dos.
Gracias al cielo que quiso
Dar la venganza á mi mano
Hoy, sin haber remitido
Á las ajenas mi agravio,
Ni tu muerte á ajenos filos.
Eusebio.
No ha sido en esta ocasion
Airado el cielo conmigo,
Curcio, en haberte encontrado;
Porque si tu pecho vino
Ofendido, volverá
Castigado y ofendido.
Aunque no sé qué respeto
Has puesto en mí, que he temido
Más tu enojo que tu acero:
Y aunque pudieran tus bríos
Darme temor, sólo temo
Cuando aquesas canas miro,
Que me hacen cobarde.
Curcio.
Eusebio,
Yo confieso que has podido
Templar en mí de la ira,
Con que agraviado te miro,
Gran parte; pero no quiero
Que pienses inadvertido
Que te dan temor mis canas,
Cuando puede el valor mio.
Vuelve á reñir, que una estrella
Ó algun favorable signo,
No es bastante á que yo pierda
La venganza que consigo.
Vuelve á reñir.
Eusebio.
¿Yo temor?
Neciamente has presumido
Que es temor lo que es respeto;
Aunque, si verdad te digo,
La victoria que deseo
Es, á tus plantas rendido,
Pedirte perdon; y á ellas
Pongo la espada que ha sido
Temor de tantos.
Curcio.
Eusebio,
No has de pensar que me animo
A matarte con ventaja.
Esta es mi espada. (Ap. Así quito
La ocasion de darle muerte.)
Ven á los brazos conmigo.
(Abrázanse los dos, y luchan.)
Eusebio.
No sé qué efecto has hecho
En mí, que el corazon dentro del pecho,
A pesar de venganzas y de enojos,
En lágrimas se asoma por los ojos,
Y en confusion tan fuerte,
Quisiera, por vengarte, darme muerte.
Véngate en mí; rendida
A tus plantas, señor, está mi vida.
Curcio.
El acero de un noble, aunque ofendido,
No se mancha en la sangre de un rendido;
Que quita grande parte de la gloria
El que con sangre borra la victoria.
Voces.
(Dentro.) Hácia aquí están.
Curcio.
Mi gente victoriosa
Viene á buscarme, cuando temerosa
La tuya vuelve huyendo.
Darte vida pretendo;
Escóndete, que en vano
Defenderé el enojo vengativo
De un escuadron villano,
Y solo tú, imposible es quedar vivo.
Eusebio.
Yo, Curcio, nunca huyo
De otro poder, aunque he temido el tuyo;
Que si mi mano aquesta espada cobra,
Verás, cuanto valor en tí me falta,
Que en tu gente me sobra.
ESCENA X.
OCTAVIO, GIL, BRAS y los demas villanos.—Dichos.
Octavio.
Desde el más hondo valle á la más alta
Cumbre de aqueste monte, no ha quedado
Alguno vivo; solo se ha escapado
Eusebio, porque huyendo aquesta tarde...
Eusebio.
Mientes, que Eusebio nunca fué cobarde.
Todos.
¿Aquí está Eusebio? ¡Muera!
Eusebio.
¡Llegad, villanos!
Curcio.
¡Tente, Octavio, espera!
Octavio.
¿Pues tú, señor, que habias
De animarnos, agora desconfías?
Bras.
¿Un hombre amparas que en tu sangre y honra
Introdujo el acero y la deshonra?
Gil.
¿A un hombre, que atrevido
Toda aquesta montaña ha destruido?
A quien en el aldea no ha dejado
Melon, doncella que él no haya catado,
Y á quien tantos ha muerto,
¿Cómo así le defiendes?
Octavio.
¿Qué es, señor, lo que dices? ¿Qué pretendes?
Curcio.
Esperad, escuchad (¡triste suceso!):
¿Cuánto es mejor que á Sena vaya preso?
Dáte á prision, Eusebio; que prometo,
Y como noble juro, de ampararte,
Siendo abogado tuyo, aunque soy parte.
Eusebio.
Como á Curcio no más, yo me rindiera;
Mas como á juez, no puedo;
Porque aquél es respeto, y éste es miedo.
Octavio.
¡Muera Eusebio!
Curcio.
Advertid...
Octavio.
Pues qué, ¿tú quieres
Defenderle? ¿A la patria traidor eres?
Curcio.
¿Yo traidor? Pues me agravian desta suerte,
Perdona, Eusebio, porque yo el primero
Tengo de ser en darte triste muerte.
Eusebio.
Quítate de delante,
Señor, porque tu vista no me espante;
Que viéndote, no dudo
Que te tenga tu gente por escudo.
(Vanse todos peleando con él.)
Curcio.
Apretándole van. ¡Oh quién pudiera
Darte agora la vida,
Eusebio, aunque la suya misma diera!
En el monte se ha entrado,
Por mil partes herido:
Retirándose baja despeñado
Al valle. Voy volando,
Que aquella sangre fria,
Que con tímida voz me está llamando,
Algo tiene de mia;
Que sangre, que no fuera
Propia, ni me llamara, ni la oyera. (Vase.)
ESCENA XI.
EUSEBIO, que baja despeñado.
Cuando, de la vida incierto,
Me despeña la más alta
Cumbre, veo que me falta
Tierra donde caiga muerto:
Pero si mi culpa advierto,
Al alma reconocida,
No el ver la vida perdida
La atormenta, sino el ver
Cómo ha de satisfacer
Tantas culpas una vida.
Ya me vuelve á perseguir
Este escuadron vengativo;
Pues no puedo quedar vivo,
He de matar ó morir:
Aunque mejor será ir
Donde al cielo perdon pida;
Pero mis pasos impida
La Cruz, porque desta suerte
Ellos me den breve muerte,
Y ella me dé eterna vida.
Arbol, donde el cielo quiso
Dar el fruto verdadero
Contra el bocado primero,
Flor del nuevo paraíso,
Arco de luz, cuyo aviso
En piélago más profundo
La paz publicó del mundo,
Planta hermosa, fértil vid,
Arpa del nuevo David,
Tabla del Moisés segundo:
Pecador soy, tus favores
Pido por justicia yo;
Pues Dios en tí padeció
Sólo por los pecadores.
A mí me debes tus lôres;
Que por mí sólo muriera
Dios, si más mundo no hubiera:
Luego eres tú Cruz por mí,
Que Dios no muriera en tí
Si yo pecador no fuera.
Mi natural devocion
Siempre os pidió con fe tanta,
No permitieseis, Cruz santa,
Muriese sin confesion.
No seré el primer ladron
Que en vos se confiese á Dios.
Y pues que ya somos dos,
Y yo no lo he de negar,
Tampoco me ha de faltar
Redencion que se obró en vos.
Lisardo, cuando en mis brazos
Pude ofendido matarte,
Lugar dí de confesarte,
Ántes que en tan breves plazos
Se desatasen los lazos
Mortales. Y agora advierto
En aquel viejo, aunque muerto:
Piedad de los dos aguardo.
¡Mira que muero, Lisardo;
Mira que te llamo, Alberto!
ESCENA XII.
CURCIO.—EUSEBIO.
Curcio.
Hácia aquesta parte está.
Eusebio.
Si es que venís á matarme,
Muy poco hareis en quitarme
Vida que no tengo ya.
Curcio.
¡Qué bronce no ablandará
Tanta sangre derramada!
Eusebio, rinde la espada.
Eusebio.
¿A quién?
Curcio.
A Curcio.
Eusebio.
Esta es. (Dásela.)
Y yo tambien á tus piés,
De aquella ofensa pasada
Te pido perdon. No puedo
Hablar más, porque una herida
Quita el aliento á la vida,
Cubriendo de horror y miedo
Al alma.
Curcio.
Confuso quedo.
¿Será en ella de provecho
Remedio humano?
Eusebio.
Sospecho
Que la mejor medicina
Para el alma es la divina.
Curcio.
¿Dónde es la herida?
Eusebio.
En el pecho.
Curcio.
Déjame poner en ella
La mano, á ver si resiste
El aliento. ¡Ay de mí triste!
(Registra la herida, y ve la Cruz.)
¿Qué señal divina y bella
Es esta, que al conocella
Toda el alma se turbó?
Eusebio.
Son las armas que me dió
Esta Cruz, á cuyo pié
Nací; porque más no sé
De mi nacimiento yo.
Mi padre, á quien no señalo,
Aun la cuna me negó;
Que sin duda imaginó
Que habia de ser tan malo.
Aquí nací.
Curcio.
Y aquí igualo
El dolor con el contento,
Con el gusto el sentimiento,
Efectos de un hado impío
Y agradable. ¡Ay, hijo mio!
Pena y gloria en verte siento.
Tú eres, Eusebio, mi hijo,
Si tantas señas advierto,
Que, para llorarte muerto,
Ya justamente me aflijo.
De tus razones colijo
Lo que el alma adivinó.
Tu madre aquí te dejó
En el lugar que te he hallado;
Donde cometí el pecado,
El cielo me castigó.
Ya aqueste lugar previene
Informacion de mi error;
¿Pero cuál seña mayor
Que aquesta Cruz, que conviene
Con otra que Julia tiene?
Que no sin misterio el cielo
Os señaló, porque al suelo
Fuerais prodigio los dos.
Eusebio.
No puedo hablar, padre, ¡adios!
Porque ya de un mortal velo
Se cubre el cuerpo, y la muerte
Niega, pasando veloz,
Para responderte voz,
Vida para conocerte,
Y alma para obedecerte.
Ya llega el golpe más fuerte,
Ya llega el trance más cierto.
¡Alberto!
Curcio.
¡Que llore muerto
A quien aborrecí vivo!
Eusebio.
¡Ven, Alberto!
Curcio.
¡Oh trance esquivo!
¡Guerra injusta!
Eusebio.
¡Alberto! ¡Alberto! (Muere.)
Curcio.
Ya al golpe más violento
Rindió el último aliento:
Paguen mis blancas canas
Tanto dolor. (Tírase de los cabellos.)
ESCENA XIII.
BRAS, y luego OCTAVIO.—CURCIO; EUSEBIO, muerto.
Bras.
Ya son tus quejas vanas.
¿Cuándo puso inconstante la fortuna
En tu valor extremos?
Curcio.
En ninguna
Llegó el rigor á tanto.
Abrasen mis enojos
Este monte con llanto,
Puesto que es fuego el llanto de mis ojos.
¡Oh triste estrella! ¡oh rigurosa suerte!
¡Oh atrevido dolor!
(Sale Octavio.)
Octavio.
Hoy, Curcio, advierte
La fortuna en los males de tu estado,
Cuántos puede sufrir un desdichado.
El cielo sabe cuánto hablarte siento.
Curcio.
¿Qué ha sido?
Octavio.
Julia falta del convento.
Curcio.
El mismo pensamiento, dí, ¿pudiera
Con el discurso hallar pena tan fiera,
Que es mi desdicha airada,
Sucedida, áun mayor que imaginada?
Este cadáver frio,
Este que ves, Octavio, es hijo mio.
Mira si basta en confusion tan fuerte
Cualquiera pena destas á una muerte.
Dadme paciencia, cielos,
Ó quitadme la vida,
Agora perseguida
De tormentos tan fieros.
ESCENA XIV.
GIL, TIRSO, villanos.—Dichos.
Gil.
¡Señor!
Curcio.
¿Hay más dolor?
Gil.
Los bandoleros,
Que huyeron castigados,
En busca tuya vuelven, animados
De un demonio de un hombre,
Que encubre dellos mismos rostro y nombre.
Curcio.
Agora que mis penas fueron tales,
Que son lisonjas los mayores males.
El cuerpo se retire lastimoso
De Eusebio, en tanto que un sepulcro honroso
A sus cenizas da mi desventura.
Tirso.
¿Pues cómo piensas darle sepultura
Hoy en lugar sagrado,
Cuando sabes que ha muerto excomulgado?
Bras.
Quien desta suerte ha muerto,
Digno sepulcro sea este desierto.
Curcio.
¡Oh villana venganza!
¿Tanto poder en tí la ofensa alcanza,
Que pasas desta suerte,
Los últimos umbrales de la muerte?
(Vase llorando.)
Bras.
Sea en penas tan graves,
Su sepulcro las fieras y las aves.
Otro.
Del monte despeñado
Caiga, por más rigor, despedazado.
Tirso.
Mejor es darle agora
Rústica sepultura entre estos ramos.
(Colocan entre las ramas el cuerpo de Eusebio.)
Pues ya la noche baja,
Envuelta en esa lóbrega mortaja;
Aquí en el monte, Gil, con él te queda,
Porque sola tu voz avisar pueda,
Si algunas gentes vienen
De las que huyeron. (Vanse.)
Gil.
¡Linda flema tienen!
A Eusebio han enterrado
Allí, y á mí aquí solo me han dejado.
Señor Eusebio, acuérdese, le digo,
Que un tiempo fuí su amigo.
¿Mas qué es esto? ó me engaña mi deseo,
O mil personas á esta parte veo.
ESCENA XV.
ALBERTO.—GIL, EUSEBIO, muerto.
Alberto.
Viniendo agora de Roma,
Con la muda suspension
De la noche, en este monte
Perdido otra vez estoy.
Aquesta es la parte adonde
La vida Eusebio me dió,
Y de sus soldados temo
Que en grande peligro estoy.
Eusebio.
¡Alberto!
Alberto.
¿Qué aliento es este
De una temerosa voz,
Que repitiendo mi nombre
En mis oidos sonó?
Eusebio.
¡Alberto!
Alberto.
Otra vez pronuncia
Mi nombre, y me pareció
Que es á esta parte; yo quiero
Ir llegando.
Gil.
¡Santo Dios!
Eusebio es, y ya es mi miedo
De los miedos el mayor.
Eusebio.
¡Alberto!
Alberto.
Más cerca suena.
Voz, que discurres veloz
El viento, y mi nombre dices,
¿Quién eres?
Eusebio.
Eusebio soy;
Llega, Alberto, hácia esta parte,
Adonde enterrado estoy;
Llega y levanta estos ramos.
No temas.
Alberto.
No temo yo.
Gil.
Yo sí. (Alberto le descubre.)
Alberto.
Ya estás descubierto.
Díme de parte de Dios,
¿Qué me quieres?
Eusebio.
De su parte,
Mi fe, Alberto, te llamó,
Para que, ántes de morir,
Me oyeses en confesion.
Rato há que hubiera muerto;
Pero libre se quedó
Del espíritu el cadáver;
Que de la muerte el feroz
Golpe le privó del uso,
Pero no le dividió. (Levántase.)
Ven adonde mis pecados
Confiese, Alberto, que son
Más que del mar las arenas
Y los átomos del sol.
¡Tanto con el cielo puede
De la Cruz la devocion!
Alberto.
Pues yo cuantas penitencias
Hice hasta agora, te doy,
Para que en tu culpa sirvan
De alguna satisfaccion.
(Vanse Eusebio y Alberto.)
Gil.
¡Por Dios, que va por su pié!
Y para verlo mejor,
El sol descubre sus rayos.
A decirlo á todos voy.
ESCENA XVI.
JULIA, algunos BANDOLEROS; despues CURCIO y villanos.—GIL.
Julia.
Agora, que descuidados
La victoria los dejó
Entre los brazos del sueño,
Nos dan bastante ocasion.
Uno.
Si has de salirles al paso,
Por esta parte es mejor;
Que ellos vienen por aquí.
(Salen Curcio y villanos.)
Curcio.
Sin duda que inmortal soy
En los males que me matan,
Pues no me mata el dolor.
Gil.
A todas partes hay gente;
Sepan todos de mi voz
El más admirable caso
Que jamás el mundo vió.
De donde enterrado estaba
Eusebio, se levantó,
Llamando á un clérigo á voces.
Mas ¿para qué os cuento yo
Lo que todos podeis ver?
Mirad con la devocion
Que está puesto de rodillas.
Curcio.
¡Mi hijo es! ¡Divino Dios!
¿Qué maravillas son estas?
Julia.
¿Quién vió prodigio mayor?
Curcio.
Así como el santo anciano
Hizo de la absolucion
La forma, segunda vez
Muerto á sus plantas cayó.
ESCENA XVII.
ALBERTO.—Dichos.
Alberto.
Entre sus grandezas tantas,
Sepa el mundo la mayor
Maravilla de las suyas,
Porque la ensalce mi voz.
Despues de haber muerto Eusebio,
El cielo depositó
Su espíritu en su cadáver,
Hasta que se confesó;
Que tanto con Dios alcanza
De la Cruz la devocion.
Curcio.
¡Ay, hijo del alma mia!
No fué desdichado, no,
Quien en su trágica muerte
Tantas glorias mereció.
Así Julia conociera
Sus culpas.
Julia.
¡Válgame Dios!
¿Qué es lo que estoy escuchando?
¿Qué prodigio es este? ¿Yo
Soy la que á Eusebio pretende,
Y hermana de Eusebio soy?
Pues sepa Curcio, mi padre,
Sepa el mundo y todos hoy
Mis graves culpas: yo misma,
Asombrada á tanto horror,
Daré voces: sepan todos
Cuantos hoy viven, que yo
Soy Julia, en número infame
De las malas la peor.
Mas ya que ha sido comun
Mi pecado, desde hoy
Lo será mi penitencia;
Pidiendo humilde perdon
Al mundo del mal ejemplo,
De la mala vida á Dios.
Curcio.
¡Oh asombro de las maldades!
Con mis propias manos yo
Te mataré, porque sea
Tu vida y tu muerte atroz.
Julia.
Valedme vos, Cruz divina;
Que yo mi palabra os doy,
De hacer, volviendo al convento,
Penitencia de mi error.
(Al querer herirla Curcio, se abraza de la Cruz que estaba en el sepulcro de Eusebio, y vuela.)
Alberto.
¡Gran milagro!
Curcio.
Y con el fin
De tan grande admiracion,
La Devocion de la Cruz
Felice acaba su autor.