JORNADA PRIMERA.
Sala de una quinta á orillas del mar en la playa de Joppe (ó Jafa.)
ESCENA PRIMERA.
EL TETRARCA, MARIENE, LIBIA, SIRENE, FILIPO, criados, músicos.
(Música.)
La divina Marïene,
El sol de Jerusalen,
Por divertir sus tristezas,
Vió el campo al amanecer.
Las aves, fuentes y flores
La dan dulce parabien,
Repitiendo, por servirla,
Al aire una y otra vez:
Sea triunfo de sus manos
Lo que es pompa de sus piés.
Fuentes, sus espejos sed,
Corred, corred, corred:
Aves, su luz saludad,
Volad, volad:
Flores, paso prevenid,
Vivid, vivid.
Tetrarc.
Hermosa Marïene,
Á quien el orbe de zafir previene
Ya soberano asiento,
Como estrella añadida al firmamento:
No con tanta tristeza
Turbes el rosicler de tu belleza.
¿Qué deseas? ¿Qué quieres?
¿Qué envidias? ¿Qué te falta? ¿Tú no eres,
Amada gloria mia,
Reina en Jerusalen? Su monarquía,
En cuanto ciñe el sol, el mar abarca,
¿No me aclama su ínclito monarca,
Como dan testimonio
Letras de Marco Antonio
Y firmas de Otaviano,
Porque los dos intentan, aunque en vano,
Repartir el imperio
Que dilata y extiende su hemisferio
Desde el Tíber al Nilo?
Y yo, con cauto pecho y doble estilo,
¿De Antonio no defiendo
La parte, porque así turbar pretendo
La paz, y que la guerra
Dure, porque despues cuando la tierra
De sus huestes padezca atormentada
Y el mar cansado de una y otra armada,
Pueda yo declararme,
Y en Roma, tú á mi lado, coronarme?
Tu hermano y Tolomeo,
¿No son á quien les fío mi deseo
Y ley de mi albedrío,
Pues con los dos socorro á Antonio envío?
Y en tanto ¡oh cielo hermoso!
Que al triunfo llega el dia venturoso,
¿No estás de mí adorada?
¿De mis gentes no estas idolatrada?
¿No habitas esta quinta,
Que sobre el mar de Joppe el cielo pinta?
Pues no tan fácilmente
Se postre todo el sol á un accidente;
Liberal restituya tu alegría
Su luz al alba, su esplendor al dia,
Su fragancia á las flores,
Al campo sus colores,
Sus matices á Flora,
Sus perlas á la aurora,
Su música á las aves,
Mi vida á mí, pues con discursos graves
A celos me ocasionan tus desvelos.—
No sé qué más decir, ya dije celos.
Mariene.
Tetrarca generoso,
Mi dueño amante y mi galan esposo,
Ingrata al cielo fuera
Y á mi ventura ingrata, si rindiera
El sentimiento mio
A pequeño accidente su albedrío.
La pena que me aflige,
De causa ¡ay cielos! superior se rige,
Tanto, que es todo el cielo
Depósito infeliz de mi desvelo,
Pues todo el cielo escribe
Mi desdicha, que en él grabada vive
En papel de cristal con letras de oro.
No con causa menor mi muerte lloro.
Tetrarc.
Ménos entiendo ahora yo y más dudo
El mio y tu dolor; y si es que pudo
Tanto mi amor contigo,
Hazme ya de tu mal, mi bien, testigo.
Sepa tu pena yo, porque la llore,
Y más tiempo no ignore
Muerte, que ya con mis sentidos lucha.
Mariene.
Nunca pensé decirlo; pero escucha.
Un doctísimo hebreo
Tiene Jerusalen, cuyo deseo
Siempre ha sido, estudioso
Apresurar al tiempo presuroso
La edad, como si fuera
Menester acordarle que corriera.
Este, pues, vigilante,
En láminas leyendo de diamante
Caracteres de estrellas,
Hoy los futuros contingentes dellas
A todos adelanta:
Tanta es la fuerza de su estudio, tanta,
Que es oráculo vivo
De todo ese cuaderno fugitivo
Que en círculos de nieve
Un soplo inspira y un aliento bebe.
Yo, que mujer nací (con esto digo
Que amiga de saber), docto testigo
Le hice de tu fortuna y mi fortuna,
Porque viendo que al orbe de la luna
Hoy empinas la frente,
El futuro previne contingente.
Con el mio juzgó tu nacimiento,
Y á los delirios de la suerte atento,
Halló... Aquí el labio mio
Torpe, muda la voz, el pecho frio,
Se desmaya, se cansa y desfallece,
Y aquí todo mi cuerpo se estremece.
Halló, en fin, que sería
Trofeo injusto yo ¡qué tiranía!
De un monstruo el más cruel, horrible y fuerte
Del mundo: halló tambien que daria muerte
(¿Qué daño no se teme prevenido?)
Ese puñal, que ahora traes ceñido,
A lo que más en este mundo amares.
¡Mira si tales penas, si pesares
Tan grandes, es forzoso
Que tengan mi discurso temeroso,
Muerta la vida y vivo el sentimiento!
Pues infaustos los dos, con fin sangriento,
Por ley de nuestros hados,
Vivimos á desdichas destinados:
Tú, porque ese puñal será homicida
De lo que más amares en tu vida;
Y yo, siendo con llanto tan profundo,
Trofeo del mayor monstruo del mundo.
Tetrarc.
Bellísima Marïene,
Aunque ese libro inmortal
En once hojas de cristal
Nuestros discursos contiene,
Dar crédito no conviene
A los secretos que encierra;
Que es ciencia que tanto yerra,
Que en un punto solamente
Mayores distancias miente
Que hay desde el cielo á la tierra.
De esa ciencia singular
Sólo se debe saber
El mal que se ha de temer,
Mas no el que se ha de esperar.
Sentir, padecer, llorar
Desdichas que no han llegado,
Ya lo son; pues tu cuidado
No puede haberte oprimido,
Despues de haber sucedido,
A más que haberlas llorado.
Y si ahora tu desvelo
Lo que ha de suceder llora,
Tú haces tu desdicha ahora
Mucho primero que el cielo;
Que llorar con desconsuelo,
Por imaginada ó dicha[7],
Una distante desdicha,
Ya es acercarla en rigor;
Y no hay desdicha mayor
Que el esperar la desdicha.
Con otro argumento yo
Vencer tu dolor quisiera:
Si ventura acaso fuera
La que el astrólogo vió,
¿Diérasla crédito? No,
Ni la estimaras ni oyeras;
¿Pues por qué en nuestras quimeras
Han de ser escrupulosas,
Las venturas mentirosas,
Las desdichas verdaderas?
Dé crédito el cauto igual
Al favor como al desden:
Ni aquel dudes porque es bien,
Ni este creas porque es mal:
Y si en argumento tal
No estás satisfecha, mira
Otro que al discurso admira.
Esta prevista crueldad,
O es mentira ó es verdad:
Dejémosla si es mentira
Pues nada nos asegura,
Y á que sea verdad vamos,
Porque siéndolo, arguyamos
Que es el saberla ventura.
Ninguna vida hay segura
Un instante: cuantos viven,
En un principio perciben
Tan contados los alientos,
Que se cumplen por momentos
Los números que reciben.
Yo en aqueste instante no
Sé si mi cuenta cumplí,
Ni si la debo; tú sí,
A quien el cielo guardó
Para un monstruo: luego yo
Llorar debiera ignorante
Mi fin; tú no, si este instante
A ser tan dichosa vienes,
Que seguro el vivir tienes,
Pues no está el monstruo delante.
Y pasando al fundamento
De lo que sabes de mí,
¿Cómo es compatible, dí,
Que aqueste puñal sangriento
Dé en ningun tiempo violento
Muerte á lo que yo más quiero,
Y á tí un monstruo? Ver no espero
Cosa de mí más querida;
Luego amenazan tu vida
Aquel monstruo y este acero.
Pues si hoy el hado importuno,
Que es de los gentiles dios,
Te ha amenazado con dos
Fines, no temas ninguno.
No hay más rigor para el uno
Que para el otro piedad:
Luego será necedad
Temer, al rigor atenta,
Cuando es fuerza que uno mienta,
Que el otro diga verdad.
Y porque veas aquí
Cómo mienten las estrellas,
Y que triunfar puedo dellas,
Mira el puñal... (Desenváinale.)
Mariene.
¡Ay de mí!
Tente, señor.
Tetrarc.
¿De qué así
Tiemblas, dí?
Mariene.
Mi muerte advierte
Mirarle en tu mano fuerte.
Tetrarc.
Pues porque no temas más,
Desde hoy inmortal serás,
Yo haré imposible tu muerte.
Sea el mar, campo de hielo,
Sea el orbe de cristal,
Deste funesto puñal,
Monstruo acerado del suelo,
Sepulcro.
(Arroja el puñal por una ventana.)
ESCENA II.
TOLOMEO, dentro.—Dichos.
Tolom.
(Dentro.) ¡Válgame el cielo!
Mariene.
¡Oh qué voz tan triste he oido!
Filipo.
Aire y agua han respondido
Con asombro ó con desmayo.
Libia.
El trueno fué de aquel rayo
Un lastimoso gemido.
Mariene.
¿Qué mucho que á mí me asombre
Acero tan penetrante,
Que hace heridas en las ondas,
Y impresiones en los aires?
Tetrarc.
Los pequeños accidentes
Nunca son prodigios grandes.
Acaso la voz se queja...
Y porque te desengañes,
Iré á saber lo que ha sido,
Penetrando á todas partes
Las entrañas de los montes,
Los cóncavos de los mares.
(Vanse todos, menos Mariene y sus dos damas.)
ESCENA III.
MARIENE, LIBIA, SIRENE.
Mariene.
Toda soy horror.
Libia.
El mar
Es monumento inconstante
De un mísero, que rendido
Entre sus espumas trae.
Sirene.
Ya tu esposo, el gran Tetrarca,
Con generosas piedades
Movido, al bajel humano
Ha dado puerto en la márgen.
Mariene.
El puñal que fué cometa
De dos esferas errante,
Arpon del arco del cielo,
Clavado en un hombro trae.
Libia.
Tolomeo es. ¡Ay de mí!
(Ap. Mas bastaba ser mi amante
Para ser tan infelice.)
¡Qué prodigio tan notable!
¡Qué espectáculo tan triste!
Mariene.
¡Qué asombro tan admirable!
Vamos de aquí, que no tengo
Animo para mirarle.
(Vase con sus damas.)
ESCENA IV.
EL TETRARCA, FILIPO, y los criados, que traen á TOLOMEO, con el puñal clavado en un hombro.
Tetrarc.
Ya del mar estais seguro,
Infelice navegante.
¡Así la mortal herida
Diera treguas á mis males!
Tolom.
Detente, señor, detente:
Este puñal no me saques,
Porque al ver la puerta abierta,
Sus espíritus no exhale
El alma. Ya que los cielos
Solamente en esta parte
Son piadosos, pues me dan
Para verte y para hablarte
Tiempo, no se pierda el tiempo.
Mi muerte y la tuya sabe.
Tetrarc.
¿Tolomeo?
Tolom.
Sí, señor.
Tetrarc.
Llevadle de aquí, llevadle
A curar.
Tolom.
Aqueso no;
Que cuando el riesgo es tan grande,
Ménos importa mi vida
Que la tuya; y así, ántes
Que acaben mi poco aliento
Desdichas que son tan grandes,
Oye las tuyas, señor;
Y cuando helado cadáver,
Me falte tiempo al decirlas,
Al saberlas no te falte.
Otaviano en tierra y mar,
Ondas ocupando y valles,
Llegó á Egipto: salió Antonio
Con tu socorro á buscarle,
De Cleopatra acompañado
En el Bucentoro, nave
Que labró para él Cleopatra
De marfiles y corales.
A los principios fué nuestra
(¡Fuerte pena, injusto trance!)
La fortuna; pero ¿cuándo
Estuvo firme un instante?
Enojáronse las ondas,
Y el mar, Nembrot de los aires,
Montes puso sobre montes,
Ciudades sobre ciudades.
La armada del enemigo,
Como estaba hácia la parte
Del puerto abrigada, en él
Quiso el cielo que se ampare.
Mas la nuestra, dividida,
Deshecha y sin órden, sale
A la campaña del mar,
Donde impelida mi nave,
Caballo fué desbocado,
Que no hay freno que le pare.
Atormentada en efecto,
Desmantelado el velámen,
Los árboles destroncados,
Enmarañados los cables,
Y trayendo, finalmente,
Arena y agua por lastre,
A vista ya de las torres
De Jerusalen la grande[8],
Fué rüina en un escollo,
Y aquí una tabla á los ayes
Repetidos fué delfin
Enseñado á sus piedades.
¿Quién crêrá que la fortuna,
En un hombre que se vale
De la piedad de un fragmento,
Pudiera hacer otro lance?
Yo lo afirmo, pues yo ví
De acero un cometa errante
Contra este humano bajel,
Correr la esfera del aire.
Este pues que de mi vida
Tasando está los instantes,
Sólo el decir me permite
Que tu enemigo triunfante
Queda en Egipto, y Antonio
O rendido ó muerto yace;
Que de Aristóbolo, hermano
De tu esposa, no se sabe;
Y en fin, que tus esperanzas
Como el humo se deshacen.
Y ya que de tus desdichas,
Siendo el todo, no soy parte,
Dáles sepulcro á las mias;
Aunque las mias son tales,
Que ellas se harán su sepulcro,
Pues tienen para labrarle
Sangre y acero, y podrán
Enternecer un diamante;
Que áun los diamantes se rinden
Al acero y á la sangre.
Tetrarc.
Ser un hombre desdichado
Todos han dicho que es fácil,
Y yo digo que es difícil,
Porque es estudio tan grande
Aqueste de las desdichas,
Que no le ha alcanzado nadie.—
Quitadme ese asombro, ese
Funesto horror de delante.
Llevadle donde le curen...
Y aquese puñal... guardadle,
Que importa saber qué debo
Hacer dél; que ya él me hace
Tenerle por prodigioso.—
¡Ay Filipo! hagan alarde
Mis suspiros de mis penas,
Mis lágrimas de mis males.
(Llévanse los criados á Tolomeo.)
ESCENA V.
EL TETRARCA, FILIPO.
Filipo.
Señor, los grandes sucesos
Para los sujetos grandes
Se hicieron, porque el valor
Es de la fortuna exámen.
Ensancha el pecho, que en él
Cabrán todos tus pesares,
Sin que á la voz ni á los ojos
Se asomen.
Tetrarc.
¡Ay! que no sabes,
Filipo, cuál es mi pena,
Pues quieres darla esa cárcel.
Filipo.
Sí sé, pues sé que has perdido
Tal república de naves.
Tetrarc.
No es su pérdida la mia.
Filipo.
Serálo el mirar triunfante
A tu enemigo.
Tetrarc.
No tengo
Miedo á las adversidades.
Filipo.
De Aristóbolo tu hermano,
Ni de Marco Antonio sabes.
Tetrarc.
Cuando sepa que murieron,
Tendré envidia á bien tan grande.
Filipo.
Los prodigios del puñal
Preñeces[9] son admirables.
Tetrarc.
Al magnánimo varon
No hay prodigio que le espante.
Filipo.
Pues si prodigios, fortunas,
Pérdidas y adversidades
No te rinden, ¿qué te rinde?
Tetrarc.
¡Ay, Filipo! no te canses
En adivinarlo, puesto
Que miéntras no adivinares
El amor de Marïene,
Todo es discurrir en balde.
Todos mis intentos son
Entrar con ella triunfante
En Roma, porque no tenga
Que envidiar mi esposa á nadie.
¿Por qué ha de gozar belleza
Que no hay otra que la iguale
(Error del mérito), un hombre,
Que hay otro que le aventaje?
Piérdase la armada, muera
El César Antonio, falte
Aristóbolo, Otaviano
De un polo á otro polo mande,
Con trágicas prevenciones
Hoy los cielos me amenacen,
Vuelva el prodigioso acero
A mi poder; que á postrarme
Nada basta, nada importa,
Siempre con igual semblante;
Sino solamente el ver
Que yo no he sido bastante
A hacer reina á Marïene
Del mundo; y en esta parte
Dirás, y diránlo todos,
Que es locura: no te espantes,
Que cuando amor no es locura,
No es amor; y el mio es tan grande,
Que temo (advierte, Filipo)
Que pasando los umbrales
De la vida, y que llegando
De la muerte á esotra parte,
Ha de quedar en el mundo
Por un prodigio admirable
De las fortunas de amor
A las futuras edades. (Vanse.)
Sala de un palacio de Ménfis.
ESCENA VI.
OTAVIANO, soldados romanos.
Otavian.
Felice es la suerte mia,
Pues de Egipto victorioso,
Dilato la monarquía
De Roma, dueño famoso
De los términos del dia.
Cante pues victoria tanta
La fama, y en testimonio
De que á todas se adelanta,
Sean triunfo de mi planta
Hoy Cleopatra y Marco Antonio.
Presos á los dos procura
Llevar mi heroica ventura,
Porque, lidiador bizarro,
Sean fieras de mi carro
El poder y la hermosura.
ESCENA VII.
POLIDORO, ARISTÓBOLO, un CAPITAN.—OTAVIANO, soldados.
Capitan.
Aunque habemos discurrido
De Cleopatra el gran palacio,
Hallarla no hemos podido,
Ni á Antonio, porque su espacio
Laberinto de oro ha sido.
Solamente hemos hallado
A Aristóbolo, cuñado
Del que hoy en Jerusalen
Tetrarca asiste, de quien
Nos informó este criado.
(Señalando á Aristóbolo.)
Tu contrario fué; y así,
Porque averigües aquí
Sus designios, le traemos
De la parte en que le habemos
Hallado. Llega. (A Polidoro.)
Polidor.
(Ap.¡Ay de mí!)
(Ap. á Aristóbolo.)
¿Cuál diablo me metió, cuál,
Cielos, en engaño igual?
¿No son notables errores
Que otros vivan de traidores,
Y yo muera de leal?
Aristób.
(Ap. á Polidoro.)
Si así la vida me das,
No temas: seguro estás,
Que yo á tí te la daré.
Disimula.
Polidor.
Yo lo haré,
Hasta que no pueda más.
Aristób.
Grande César Otaviano,
Cuyo renombre inmortal
El tiempo asegure ufano
En láminas de metal,
Que intente borrar en vano:
No manches, no, riguroso
Los aplausos que has tenido
Con sangre; que es ser piadoso
Vencedor con el vencido,
Ser dos veces victorioso.
Otavian.
(A Polidoro.)
Aunque pudiera ¡oh valiente
Aristóbolo! vengarme
En tu vida dignamente
De tí y tu hermano, mostrarme
Quiero piadoso y clemente.
Álzate del suelo, y pues
El fin de mis glorias es
Entrar en Roma triunfante
Con Marco Antonio delante,
Y con Cleopatra á los piés,
Díme dónde están; que no
He sabido de ellos yo
Desde que aquel Bucentoro,
Armada nave de oro,
De la batalla salió.
Polidor.
Yo de los dos te dijera,
Si yo de los dos supiera;
Pues por mis discursos hallo
Que hiciera más en callallo
Yo, que en decírtelo hiciera;
Mas desde que llegué aquí,
Nunca más á los dos ví.
Otavian.
Eso no es agradecer
Mi piedad. Yo he de saber
Dellos, y ha de ser así.—
¡Hola!
Capitan.
Señor.
Otavian.
Al infante
Aristóbolo llevad
A una torre, y ni un instante
Goce de la claridad
Del sol: la noche le espante
Por eterna.
Polidor.
Aquí llegó,
Señor, de tu engaño el fin. (Ap. á él.)
Aristób.
(Ap. á Polidoro.)
Sufre.
Polidor.
¿Torre obscura yo?
Otavian.
Llevadle.
Polidor.
(Ap.El demonio sin
Duda me Aristoboló.)
Que yo...
Capitan.
Calla.
Polidor.
¿Qué es callar?
¡Vive Baco, que he de hablar!
¿Yo príncipe? Muy errado,
Muy cerrado y muy culpado
Soy...
Otavian.
¿Qué teneis que esperar?
Y ese criado, primero
Padezca un tormento fiero,
Ó muera en él de leal.
Polidor.
¿Qué es tormento? (Ap. Mal por mal,
Torre pido, noche quiero.)
Vamos á la torre: yo
Soy Aristóbolo, no
Príncipe errado, segun
Decia. (Ap. Sin duda que algun
Ángel me Aristoboló.)
Aristób.
Enfrena un poco el rigor,
Sabrás de los dos, señor;
Y de mi voz advertido,
Oirás que los dos han sido
Funestos triunfos de amor.
Apénas rota su armada
Vió Antonio, cuando la alada
Nave, haciéndose á la vela,
Nada pensando que vuela,
Vuela pensando que nada;
Pues con ligereza suma,
Pez sin escama nadaba,
Ave volaba sin pluma,
Tan veloz, que no le ajaba
Un solo rizo á su espuma.
A Ménfis en fin llegó,
Donde rehacerse pensó
De la pérdida y tornar
A la campaña del mar,
Que tantas desdichas vió;
Mas viendo que le seguias
A Ménfis, y que traias
De tu parte á la fortuna,
Pues al orbe de la luna
Con alas suyas subias;
Lamentando mal y tarde
La pérdida de su gente,
Sin que á ser despojo aguarde,
Del extremo de valiente
Dió al extremo de cobarde;
Pues ciego y desesperado,
Al panteon, colocado[10]
A egipcios reyes, entró
Y una sepultura abrió,
Donde vivo y enterrado,
Dijo, sacando el acero:
«Nadie ha de triunfar primero
De mí que yo mismo: así
Triunfo yo mismo de mí,
Pues yo mismo mato y muero.»
Cleopatra que le seguia,
Viendo que ya agonizaba,
Bañado en su sangre fria,
Cuyo aliento pronunciaba
Más, cuanto ménos decia:
«Muera (dijo) yo tambien;
Pues por piedad ó por ira,
No cumple con ménos quien
Llega á querer bien, y mira
Muerto á lo que quiso bien.»
Y asiendo un áspid mortal
De las flores de un jardin,
Dijo: «Si otro de metal
Dió á Antonio trágico fin,
Tú serás vivo puñal
De mi pecho; aunque sospecho
Que no moriré, á despecho
De un áspid, pues en rigor,
No hay áspid como el amor,
Y há dias que está en mi pecho.»
Y él con la sed venenosa
Hidrópicamente bebe,
Cebado en Cleopatra hermosa,
Cristal que exprimió la nieve,
Sangre que vertió la rosa.
Yo lo ví todo, porqué
Así como aquí llegué,
El palacio examinando,
A Aristóbolo buscando,
Hasta el sepulcro me entré,
Donde él rendido al valor,
Y ella postrada al dolor
Yacen, porque de esta suerte
Aun no divida la muerte
A dos que junta el amor.
Otavian.
Aquí dió fin mi esperanza,
Aquí murió mi alabanza,
Pues por asombro tan fuerte,
No ha de pasar mi venganza
Los umbrales de la muerte.
Ya triunfar de ellos no espero;
Que yo solamente quiero
Saber qué intento ha obligado
Al Tetrarca tu cuñado
Para que sañudo y fiero
Te enviase contra mí.
Polidor.
Si tú estás diciendo aquí
Que es cuñado, ¿no es error
Preguntarme qué es, señor,
Su intento? Pues digo así
Que lo que á esto le ha obligado,
Es el verme de esta suerte,
Pues solo me habrá enviado
A que tú me des la muerte,
Propia alhaja de un cuñado.
Capitan.
Si examinar su intencion
Quieres, yo te la diré,
Pues con aquesta ocasion
Este cofre les quité.
Joyas y papeles son
Las que hay en él.
Otavian.
Muestra á ver.
—Cifra es del mayor poder
Su inestimable riqueza;
Mas la pintada belleza
De una extranjera mujer
(Saca del cofrecillo un retrato.)
Es la más noble y mejor
Joya, y la de más valor.
No ví más viva hermosura,
Que el alma de la pintura.
Aristób.
(Ap.) Atento el emperador
Mira el retrato fiel;
Mas ¡ay fortuna cruel!
Ver los papeles porfía.
¡Mal haya el hombre que fía
Sus secretos á un papel!
(Saca Otaviano del cofrecillo una carta.)
Otavian.
(Lee.) «En esta faccion está el fin de mis deseos, pues no espero para declararme emperador de Roma, sino que Otaviano, rendido ó preso...»
¿Qué tengo que saber más?
Y pues sospechoso estás,
Y aun convencido conmigo,
Miéntras pienso tu castigo,
En una torre estarás.
Polidor.
No son buenos pensamientos
Andar pensando tormentos.
¿No será mucho mejor,
Que no castigos, señor,
Pensar gustos y contentos?
Otavian.
Llevadle de aquí.
Polidor.
Escuchar
Debes que...
Otavian.
No hay que aguardar.
Polidor.
Sí hay.
Otavian.
Dí.
Polidor.
Solamente digo
Que no hay que esperar castigo,
Pues no me dejas hablar.
(Los soldados se llevan á Polidoro.)
ESCENA VIII.
OTAVIANO, ARISTÓBOLO, EL CAPITAN.
Otavian.
(Al Capitan.) Tú partirás al momento
Con gente y armas, y atento
A mi cesárea obediencia,
Traerás preso á mi presencia
Al Tetrarca; que es mi intento
Que como á César me dé
Del tiempo que ha gobernado
Residencia: y tú, porque
En efecto eres criado,
En quien tal lealtad se ve,
Darte libertad espero;
Pero por rescate quiero
Que ya liberal me des
El decirme cúyo es
Este retrato.
Aristób.
(Ap.Aquí muero
De confusion: si le digo
Quién es, á amarla le obligo;
Desesperarle es mejor.
Halle imposible su amor
Al principio: así consigo
Su quietud.) Esa pintura,
Sombra ya de una escultura,
Ceniza de un rayo ardiente,
Es memoria solamente
De una difunta hermosura.
Otavian.
¿Muerta es esta mujer?
Aristób.
Sí.
Otavian.
(Ap.) ¿Para qué, amor, ¡ay de mí!
Sin esperanzas la veo?
Aristób.
(Ap.) Bien se logró mi deseo.
Otavian.
Libre estás, véte de aquí. (Vase Aristóbolo.)
ESCENA IX.
OTAVIANO.
La muerte y el amor una lid dura
Tuvieron sobre cuál era más fuerte,
Viendo que á sus arpones de una suerte
Vida ni libertad vivió segura.
Una hermosura amor divina y pura
Perficionó, donde su triunfo advierte;
Pero borrando tanto sol la muerte,
Triunfó así del amor y la hermosura.
Viéndose amor entónces excedido,
La deidad de una lámina apercibe,
A quien borrar la muerte no ha podido.
Luego bien el laurel amor recibe,
Pues de quien vive y muere dueño ha sido,
Y la muerte lo es sólo de quien vive. (Vase.)
Campo en las inmediaciones de Jafa.
ESCENA X.
LIBIA.
Por las faldas lisonjeras
De estos elevados riscos,
Que son del puerto de Jafa
Enamorados Narcisos,
A divertir mis pesares
Melancólica he salido,
Por no escuchar los ajenos,
Pudiendo llorar los mios.
Sola estoy, salga del pecho
En acentos repetidos
Mi dolor. ¡Ay Tolomeo!
En tanto que lloro y gimo
Desdichas tuyas, admite
Este llanto que te envío.
Bastaba quererte bien,
Para que (¡rigor impío!)
Te sucediese mal todo,
Tropezando en tus peligros.
Cuando victorioso (¡ay triste!)
Te esperaba el pecho mio,
Dulce fin de tus amores,
¡Muerto has llegado y vencido!
ESCENA XI.
MARIENE, SIRENE.—LIBIA.
Sirene.
Casta Vénus de estos montes,
Si á divertir has venido
Con la música y las flores
Los ojos y los oidos,
La atencion vuelve y la vista
A ese bruto cristalino,
Pues son flores sus celajes
Y música sus bramidos.
Mariene.
Nada puede para mí
Servir, Sirene, de alivio.
ESCENA XII.
EL TETRARCA, FILIPO.—Dichos.
Filipo.
Este es, señor, el puñal,
Que ya una vez despedido
De tu mano, vuelve á ella.
Tetrarc.
Ya con asombro le miro
Como á fatal instrumento.
Mas dí, ¿cómo se ha sentido
Tolomeo?
Filipo.
No es la herida,
Señor, de tanto peligro,
Como la falta de sangre.
Tetrarc.
Marïene.
Mariene.
Esposo mio.
Tetrarc.
Girasol de tu hermosura,
La luz de tus rayos sigo,
Bien como la flor del sol,
Cuyos celajes y visos,
Iluminados á rayos,
Tornasolados á giros,
Le van siguiendo, porque
Iman del fuego atractivo,
Le hallan su vista ó su ausencia,
Ya luciente, y ya marchito.
Mariene.
Ya que del fuego te vales,
Sea amor ó sea artificio,
Yo tambien; pues como aquella
Ave que tuvo por nido
Y por sepulcro la llama,
Enamorando el peligro,
Bajel de púrpura y oro,
Bate los remos de vidrio;
Así yo que á tantos rayos
Vida, muriendo, recibo,
Hasta que abrasada muera,
Me parece que no vivo.
Tetrarc.
Dejadnos solos.
(Vanse Filipo, Libia y Sirene.)
ESCENA XIII.
EL TETRARCA, MARIENE.
Tetrarc.
Ya pues
Que serán mudos testigos
De mis lágrimas y voces
Estos mares y estos riscos,
Salgan, Marïene hermosa,
Afectos del pecho mio
En lágrimas á las ondas,
Y á las peñas en suspiros.
Este sangriento puñal,
Sacre de acero bruñido
(Que no con poca razon
Sacre de acero le digo,
Pues cuando desenlazado
De mi mano le despido,
Con la presa vuelve á ella,
En sangre y horror teñido),
Es aquel que la dudosa
Ciencia de un astro previno
Para homicida de quien
Más adoro y más estimo.
Y aunque es verdad que constante
A peligrosos jüicios
No doy crédito, y desprecio
Los contingentes delirios
Del hado y de la fortuna
(Dioses que coloca[11] el vicio),
No sé qué nuevo temor
En mi pecho ha introducido
Verle volver á mi mano,
Que ya le temo y le admiro;
Y entre el miedo y el valor,
Ya cobarde, ya atrevido,
Sitiado dentro de mí,
Me quiero dar á partido.
Porque aunque bien yo no creo
Los acasos prevenidos,
No los dudo; que no ignoro
Que ese estrellado zafiro,
República de luceros,
Vulgo de astros y de signos,
A quien le sabe leer
Es encuadernado libro,
Donde están nuestros alientos
Asentados por registro.
Y así, ni dudando bien,
Ni bien creyendo, imagino
Que debe el varon perfecto
A los sucesos previstos
Darlos al crédito en una
Parte, y en otra al olvido:
Aquí para no esperarlos,
Y allí para prevenirlos;
Pues señor de las estrellas,
Por leyes de su albedrío,
Previniéndose á los riesgos,
Puede hacer virtud del vicio.
Yo, pues, entre dos afectos
Vacilante y discursivo,
Ni creyendo ni dudando,
El puñal á tus piés rindo.
Tú eres, bellísima hebrea,
La luz hermosa que sigo,
La beldad que sola adoro,
La imágen que sola admiro.
No es posible que yo quiera,
Si inmortal al tiempo vivo,
Otra cosa más que á tí;
Tanto, que mil veces digo
Que el mayor monstruo del mundo
Que te amenaza á prodigios,
Es mi amor, pues por quererte,
A tantas cosas aspiro,
Que temo que él ha de ser
Ruina tuya y blason mio.
Pues si lo que yo más quiero
Eres tú, y el cielo mismo
No puede hacer que no seas,
Sin borrar lo que ya hizo;
Tú eres á quien amenaza
Ese hermoso basilisco,
Que en tus piés se disimula
Entre dos cándidos lirios.
Yo quise hacer imposible
Tu muerte, cuando atrevido
Arrojé al mar el puñal;
Pero habiendo una vez visto
Que áun en él no está seguro,
Pues por casos exquisitos
Podrá llegar donde estés
Siempre ignorando el peligro:
Para más seguridad
Tuya, cuerdo he prevenido
Que tú, árbitro de tu vida,
Traigas tu muerte contigo;
Que mayor felicidad
Nadie en el mundo ha tenido,
Que ser, á pesar del hado,
El juez de su vida él mismo.
La parca, que nuestras vidas
Tiene pendientes de un hilo,
Para que el tuyo no corte
Pone en tu mano el cuchillo.
En tu mano está tu suerte:
Vive tú sola á tu arbitrio,
Pues si acercas el aliento,
Podrás embotarle el filo.
Si es verdad ó si es mentira
El hado, no lo averiguo,
Mas prevengo los dos males;
Pues prudente y advertido,
Si es mentira la sospecha,
De que la temas te alivio;
Si es verdad, con la razon
A hacerla mentira aspiro.
Luego, mentira ó verdad,
Para todo prevenido,
Yo no puedo darte más
Que tu vida: esta te rindo.
Este acero y este amor
Son hoy tus dos enemigos:
Pues miéntras yo te corono
De mil laureles invictos,
Triunfa tú dese, y al fin
Dueño tú de tu albedrío,
Guárdate tu vida tú,
Huye tú de tu peligro,
Hazte tú tu duracion,
Lábrate tú tus designios,
Cuéntate tú tus alientos,
Y vive al fin tantos siglos,
Que este amor y este puñal
Triunfen de muerte y olvido.
Mariene.
Oye, señor, oye, espera;
Que aunque agradezco y estimo
El don que á mis plantas pones,
Ni le acepto ni le admito;
Que de púrpura manchado
Y entre flores escondido,
Tanto me estremezco, tanto
En verle me atemorizo,
Que muda y helada creo,
Torpe el labio, el pecho frio,
Que soy de aquesos jardines
Estatua de mármol vivo.
Mas rompiendo á mi silencio
Las prisiones y los grillos
Con que en cárceles de hielo
El temor los ha tenido,
Quiero declararme, y quiero
Argüirte que no ha sido
Cuerda determinacion
(Si bien de tu amor indicio)
La que contigo has tomado
Y ejecutado conmigo.
Dejo á una parte si es bien
El darse por entendido
Hoy mi amor de que yo sea
Del tuyo sujeto digno;
Y creyéndote cortés
(Pues por amante y marido
Me está tan bien el creerlo),
En mi argumento prosigo,
Sin tocar si es bien ó mal
Tampoco haberlo creido;
Pues por verdad ó mentira,
Ya tú en esta parte has dicho
Que el prevenirlo es cordura,
Esperarlo desatino,
Y providencia discreta
No esperarlo y prevenirlo.
Y así, esto aparte dejando,
Vuelvo á mi argumento, y digo:
Si ese sangriento puñal
Es el que cruel y esquivo
El hado esquivo y cruel
Contra mi pecho previno,
¿Quién te persuadió, Tetrarca,
Quién te informó, quién te dijo
Que era la seguridad
De mi vida traer conmigo
La ejecucion de mi muerte,
Y que podrán ser amigos,
Ni hacer buena compañía
La vida y el homicidio?
Si este mi suerte amenaza
Con asombros, ¿es arbitrio
Para excusar que se encuentren,
Hacer que anden un camino
Los dos, siguiéndose siempre
El acaso y el peligro?
¿Fuera buena prevencion
En el humano sentido,
Para estorbar que se abrase
Este supremo edificio,
Acompañarle del fuego?
¿Fuera acierto conocido
Para excusar que un espejo
No se quiebre, junto á él mismo
Poner piedras en que encuentre?
Pues piensa que es esto mismo
Lo que intentas, pues intentas
Que nunca estén divididos
Ese puñal y este pecho;
Y han de ser siempre enemigos,
Por más que juntos los vea,
Seguridad y peligro,
Vida, muerte y impiedad,
Sombra y luz, virtud y vicio,
Homicidio y homicida,
Torre y fuego, piedra y vidrio.
Confieso que la razon
Es fuerte, cuando advertido
Dices que no es ocultarle
Remedio, cuando le vimos
Volver del mar á tus manos;
Y que será gran martirio,
Confieso tambien, estar
Dudando siempre afligido
Un pecho, «¿quién será ahora
Dueño de los hados mios?»
Pero entre apartarle tanto
Que ignore quién habrá sido,
Y acercarle tanto, que
Sepa que viene conmigo,
Hay un medio, que es ponerle
Con tal dueño y en tal sitio,
Que lo sepa y no lo tema.
Tú lo has de traer ceñido;
Pues si del juicio me acuerdo,
El mágico no me dijo
Que tú darias la muerte
A lo que más has querido
Con él, sino que con él
Moriria; y pues colijo
Que otro podrá aborrecer
Lo que tú quieres, delito
Fuera, echándole de tí,
Dar armas á tu enemigo,
Pues podrá venir á manos
De quien me haya aborrecido.
Y así, señor, yo te ruego,
Y así, señor, te suplico
Que tú, alcaide de mi vida,
Traigas el puñal contigo.
Con eso seguramente
Sabré que aquel tiempo vivo
Que tú le tienes. Que escuches
El argumento te pido.
O tú me quieres ó no:
Si me quieres, no peligro,
Pues á lo que tú más quieres
No has de dar muerte tú mismo.
Si no me quieres, no soy
A quien arrastra el destino
De tu amor, y al mismo instante
De la amenaza me libro.
Luego olvidada ó querida,
Mi seguridad te pido,
Mis temores desvanezco,
Mis quietudes facilito,
Mis deseos aseguro,
Mis contentos solicito,
Mis recelos acobardo,
Mis esperanzas animo,
Cuando tu amor y mi vida
Triunfen de muerte y olvido.
Tetrarc.
Tanto tu vida deseo,
Que á ser tu alcaide me obligo.
¡Ojalá fuera verdad,
No prevencion, este estilo,
Para que nunca murieras!
Y así á tus voces movido,
En tu nombre, dulce esposa,
Segunda vez me le ciño. (Tocan dentro cajas.)
Pero ¡válganme los cielos!
¿Qué alboroto, que rüido
Es este?
Mariene.
El cielo parece
Que se hunde de sus quicios.
Tetrarc.
¡Qué asombro!
Mariene.
¡Qué confusion!
ESCENA XIV.
FILIPO y LIBIA, cada uno por su lado.—EL TETRARCA, MARIENE.
Filipo.
Señor.
Libia.
Señora.
Tetrarc.
Filipo,
¿Qué es esto?
Mariene.
¿Qué es esto, Libia?
Libia.
No sé si sabré decirlo.
Filipo.
Gente del emperador
Otaviano, tu enemigo,
A Jerusalen ocupa;
Y ya todos sus vecinos,
Sabiendo que Antonio es muerto,
Parciales y divididos
Te buscan para prenderte,
Diciendo á voces que has sido
La causa de sus traiciones.
Mariene.
¡Ay de mí!
Tetrarc.
¡Pierdo el sentido!
Mariene.
Huye, señor: ese monte
Sea tu sagrado asilo,
Porque mejor las desdichas
Se vencen en los principios.
Tetrarc.
¿Qué es huir? Viven los cielos,
Que tengo de recibirlos.
Mariene.
Mira, señor...
Tetrarc.
¿Qué he de ver?
Mariene.
Que es un vulgo...
Tetrarc.
Ya lo miro.
Mariene.
Alborotado.
Tetrarc.
¿Qué importa?
Mariene.
Tu vida...
Tetrarc.
Mi vida libro...
Mariene.
¿Cómo?
Tetrarc.
Poniéndome...
Mariene.
¿Dónde?
Tetrarc.
Delante dél.
Mariene.
Es delirio.
Tetrarc.
No es.
Mariene.
¿Por qué?
Tetrarc.
Porque con verme,
Verás que su orgullo rindo.
(Vuelven á tocar.)
Adios, esposa, que ya
Segunda vez dan aviso
Las cajas.
Mariene.
Tente.
Tetrarc.
¿Qué temes?
Mariene.
Temo, señor, tu peligro,
Que vas solo.
Tetrarc.
No voy tal:
Tú vas, señora, conmigo,
Y este acero, que me basta
(Si es de la muerte ministro)
A ser asombro del mundo,
A ser rayo, á ser prodigio.