JORNADA PRIMERA.


Vista exterior de una quinta del Rey.

ESCENA PRIMERA.

EL REY DON SEBASTIAN, DON LOPE DE ALMEIDA, MANRIQUE, acompañamiento.

D. Lope.

Otra vez, gran señor, os he pedido

Esta licencia, y otra habeis tenido

Por bien mi casamiento;

Mas yo que siempre, á tanta luz atento,

Vivo en vuestro semblante, vengo á daros

Cuenta de mi eleccion, y á suplicaros

Que en vuestra gracia pueda

Colgar las armas, y que Marte ceda

A Amor la gloria, cuando en paz reciba,

En vez de alto laurel, sagrada oliva.

Yo os he servido, y solamente espero

Esta merced por galardon postrero,

Pues con esta licencia venturosa

Hoy saldré á recibir mi amada esposa.

Rey.

Yo estimo vuestro gusto y vuestro aumento,

Y me alegro de vuestro casamiento;

Y á no estar ocupado

En la guerra que en Africa he intentado,

Fuera vuestro padrino.

D. Lope.

Eterno dure ese laurel divino

Que tus sienes corona.

Rey.

Estimo en mucho yo vuestra persona.

(Vase el Rey y acompañamiento.)

ESCENA II.

DON LOPE, MANRIQUE.

Manriq.

Contento estás.

D. Lope.

Mal supiera

La dicha y la gloria mia

Disimular su alegría.

¡Felice yo, si pudiera

Volar hoy!

Manriq.

Al viento igualas.

D. Lope.

Poco aprovecha; que el viento

Es perezoso elemento.

Diérame el amor sus alas,

Volara abrasado y ciego;

Pues quien al viento se entrega,

Olas de viento navega,

Y las de amor son de fuego.

Manriq.

Para que desengañarme

Pueda, creyendo que tienes

Causa, dime á lo que vienes

Con tanta prisa.

D. Lope.

A casarme.

Manriq.

¿Y no miras que es error,

Digno de que al mundo asombre,

Que vaya á casarse un hombre

Con tanta prisa, señor?

Si hoy, que te vas á casar,

Del mismo viento te quejas,

¿Qué dejas que hacer, qué dejas,

Cuando vayas á enviudar?

ESCENA III.

DON JUAN DE SILVA, en traje pobre.—DON LOPE, MANRIQUE.

D. Juan.

(Para sí.) ¡Cuán diferente pensé

Volver á tí, patria mia,

Aquel infelice dia

Que tus umbrales dejé!

¡Quién no te hubiera pisado!

Pues siempre mejor ha sido,

Adonde no es conocido,

Vivir el que es desdichado.

Gente hay aquí; no es razon

Verme en el mal que me veo.

D. Lope.

Aguárdate. No lo creo.

¿Si es verdad? ¿Si es ilusion?

¡Don Juan!

D. Juan.

¡Don Lope!

D. Lope.

Dudoso

De tanta dicha, mis brazos

Han suspendido sus lazos.

D. Juan.

Deteneos, que es forzoso

Que me defienda de quien

Tanto honor y valor tiene;

Que hombre que tan pobre viene,

Don Lope amigo, no es bien

Que toque (¡oh suerte importuna!)

Pecho de riquezas lleno.

D. Lope.

Vuestra razones condeno,

Porque si da la fortuna

Humanos bienes del suelo,

El cielo un amigo da

Como vos: ¡ved lo que va

Desde la fortuna al cielo!

D. Juan.

Aunque haceis que aliento cobre,

En mí mayor mal está:

¡Mirad cuán grande será

Mal que es mayor que ser pobre!

Y porque mi sentimiento

Algun alivio prevenga,

Si es posible que le tenga,

Escuchad, Don Lope, atento.

A la conquista famosa

De la India, que eligió

Para su tumba la noche

Y para su cuna el sol,

Amigos, y tan amigos,

Pasamos juntos los dos,

Que asistieron en dos cuerpos

Un alma y un corazon.

No codicia de riqueza,

Sino codicia de honor

Obligó nuestros deseos

A tan atrevida accion,

Como tocar con bajeles

La provincia que ignoró

Por tantos años la ciencia,

Nunca creida hasta hoy.

La nobleza lusitana

De su fortuna fió

Naves, que ciertas exceden

Las fingidas de Jason.

Dejo esta alabanza á quien

Pueda con más dulce voz

Contar los famosos hechos

Desta invencible nacion;

Porque el gran Luis de Camoens,

Escribiendo lo que obró,

Con pluma y espada muestra

Ya el ingenio y ya el valor

En esta parte. Despues,

Don Lope invicto, que vos,

Por muerte de vuestro padre,

Volvisteis, me quedé yo,

Bien sabeis con cuánta fama

De amigos y de opinion,

Que ahora perdidos hacen

El sentimiento mayor.

Pero en efecto es consuelo:

¡Ved si desgraciado soy,

Que nunca le di, malquisto,

A la fortuna ocasion!

Habia en Goa una señora,

Hija de un hombre á quien dió

Grande cantidad de hacienda

Codicia y contratacion.

Era hermosa, era discreta;

Que, aunque enemigas las dos,

En ella hicieron las paces

Hermosura y discrecion.

Servíla tan venturoso,

Que merecí algun favor;

Pero ¿quién ganó al principio,

Que á la postre no perdió?

¿Quién fué ántes tan felice,

Que despues no declinó?

Porque son muy parecidos

Juego, fortuna y amor.

Don Manuel de Sosa, un hombre

(Hijo del gobernador

Manuel de Sosa) por sí

De mucha resolucion,

Muy valiente, muy cortés,

Bizarro y cuerdo (que yo,

Aunque le quité la vida,

No he de quitarle el honor),

De Violante enamorado

(Que este es el nombre que dió

Ocasion á mi ventura

Y á mi desdicha ocasion),

En Goa públicamente

Era mi competidor.

Poco cuidado me daba

Su amorosa pretension;

Porque siendo, como era,

El favorecido yo,

La pena del despreciado

Hizo mi dicha mayor.

Un dia, que el sol hermoso

Saliera (¡pluguiera á Dios,

Sepultara eterna noche

Su contínuo resplandor!),

Salió con el sol Violante:

Bastaba pedirle yo

Que áun el uno no saliera,

Para que salieran dos.

De criados rodeada

A la marina llegó,

Donde estaba mucha gente,

Porque en aquella ocasion

Habia llegado una nave

Al puerto, y su admiracion

Dió causa á aqueste concurso,

Y á mi desdicha la dió.

Estábamos en un corro

De mucha gente los dos,

Todos soldados y amigos,

Cuando á la vista paso

Violante. Iba tan airosa,

Que allí ninguno dejó

De poner el alma en ella,

Porque su planta veloz

Era el móvil que llevaba

Tras sí la imaginacion.

Dijo un capitan:—¡Qué bella

Mujer!—A quien respondió

Don Manuel:—Y como tal

Ha sido la condicion.

—Será cruel.—No por eso

Lo digo (le replicó),

Sino por ver que ha escogido,

Como hermosa, lo peor.—

Yo entónces dije: Ninguno

Sus favores mereció,

Porque no hay quien los merezca;

Y si hay alguno, soy yo.

—Mentís, dijo. Aquí no puedo

Proseguir, porque la voz

Muda, la lengua turbada,

Frio el cuerpo, el corazon

Palpitante, los sentidos

Muertos y vivo el dolor,

Quedan repitiendo aquella

Afrenta. ¡Oh tirano error

De los hombres! ¡Oh vil ley

Del mundo! ¡Que una razon,

O que una sinrazon pueda

Manchar el altivo honor

Tantos años adquirido,

Y que la antigua opinion

De honrado quede postrada

A lo fácil de una voz!

¡Que el honor, siendo un diamante,

Pueda un frágil soplo (¡ay Dios!)

Abrasarle y consumirle,

Y que siendo su esplendor

Más que el sol puro, un aliento

Sirva de nube á este sol!

Mucho del caso me aparto,

Llevado de la pasion.

Perdonad, vuelvo al suceso.

Apénas él pronunció

Tales razones, Don Lope,

Cuando mi espada veloz

Pasó de la vaina al pecho,

Tal que á todos pareció

Que imitaron trueno y rayo

Juntas mi espada y su voz.

Bañado en su misma sangre,

Muerto en la arena cayó,

Cuando para mi defensa

Tomé una iglesia, á quien dió

En aquel sitio lugar

La sagrada religion

De Francisco; que por ser

Su padre el gobernador,

Me fué forzoso esconderme

Con tanto asombro y temor,

Que tres dias un sepulcro

Habité vivo. ¿Quién vió

Que siendo el contrario el muerto,

Fuese el sepultado yo?

Al cabo de los tres dias,

Por amistad y favor,

El capitan de la nave

Que á nuestro puerto llegó,

Y que á Lisboa venía,

En ella me recibió

Una noche, cuyo manto

Fué de mi vida ocasion.

En esta nave escondido

Estuve, hasta que el veloz

Monstruo del viento y del agua

Los piélagos dividió

De Neptuno. ¡Injusto engaño

De la vida! O su pasion

No dé por infame al hombre

Que sufre su deshonor,

O le dé por disculpado

Si se venga; que es error

Dar á la afrenta castigo,

Y no al castigo perdon.

Hoy he llegado á Lisboa,

Adonde tan pobre estoy,

Que no osaba entrar en ella.

Estas mis fortunas son,

Ya no tristes, sino alegres,

Pues me dieron ocasion

De llegar á vuestros brazos.

Estos mil veces os doy,

Si un hombre tan infelice

Puede merecer de vos,

Oh gran Don Lope de Almeida,

Tal merced, honra y favor.

D. Lope.

Atentamente escuché,

Don Juan de Silva, las quejas,

Que en lágrimas anegadas

Dais desde el pecho á la lengua,

Y atentamente he pensado

Que no hay opinion que pueda,

Por más sutil que discurra,

Tener dudosa la vuestra.

¿Quién, en naciendo, no vive

Sujeto á las inclemencias

Del tiempo y de la fortuna?

¿Quién se libra, quién se excepta

De una intencion mal segura,

De un pecho doble, que alienta

La ponzoña de una mano

Y el veneno de una lengua?

Ninguno. Solo dichoso

Puede llamarse el que deja,

Como vos, limpio su honor

Y castigada su ofensa.

Honrado estais: negras sombras

No deslustren, no oscurezcan

Vuestro honor antiguo, y hoy

En nuestra amistad se vea

La virtud de aquellas plantas

Tan conformemente opuestas,

Que una con calor consume,

Y otra con frialdad penetra,

Siendo veneno las dos,

Y estando juntas, se templan

De suerte, que son entónces

Salud más segura y cierta.

Vos estais triste, yo alegre:

Partamos la diferencia

Entre los dos, y templando

El contento y la tristeza,

Queden en igual balanza

Mi alegría y vuestra pena,

Mi gusto y vuestro dolor,

Mi ventura y vuestra queja,

Porque el pesar ó el placer

Matar á ninguno pueda.

Yo me he casado en Castilla,

Por poder, con la más bella

Mujer... (Mas para ser propia

Es lo ménos la belleza.)

Con la más noble, más rica,

Más virtuosa y más cuerda

Que pudo en el pensamiento

Hacer dibujos la idea.

Doña Leonor de Mendoza

Es su nombre, y hoy con ella

Don Bernardino mi tio

Llegará á Aldea Gallega,

Donde salgo á recibirla

Con tan venturosas muestras

Como veis; y un bello barco

Tan venturoso la espera,

Que juzga por perezosas

Hoy del tiempo las ligeras

Alas; porque el bien que tarda,

No llega bien cuando llega.

Esta es mi dicha, mayor

Por ver cuánto la acrecienta

Vuestra venida, Don Juan.

No os dé temor, no os dé pena

Venir pobre; rico soy:

Mi casa, amigo, mi mesa,

Mis caballos, mis criados,

Mi honor, mi vida, mi hacienda,

Todo es vuestro. Consolaos

De que la fortuna os deja

Un amigo verdadero,

Y que no ha tenido fuerza

Contra vos quien no os quitó

Ese valor que os alienta,

Esa alma que os anima,

Y este brazo que os defienda.

No me respondais, dejad

Las cortesanas finezas,

Entre amigos excusadas,

Y venid adonde sea

Testigo vuestra persona

De la dicha que me espera;

Que hoy en Lisboa ha de entrar

Mi esposa, y estas tres leguas

De mar (para mí de fuego)

Hemos de venir con ella;

Que de esotra parte está

Sin duda.

D. Juan.

Pues no pretenda

Con mi humildad deslucirse,

Don Lope, vuestra nobleza,

Porque el mundo, no la sangre,

Sino el vestido, respeta.

D. Lope.

Ese es engaño del mundo,

Que no ve ni considera

Que al cuerpo le viste el oro,

Pero al alma la nobleza.

Venid conmigo. (Ap. Suspiros,

Ofreced viento á las velas,

Si es que en los mares del fuego

Bajeles de amor navegan.)

(Vanse los dos.)

Manriq.

Yo me quiero adelantar

En alguna barca destas,

Que llaman muletes, y hoy

Siendo cojo con muletas,

Pediré á mi buena ama

Las albricias de que llega

Su esposo; que el primer dia

Da las albricias cualquiera,

Porque sale de forzada,

Si es lo mismo que doncella. (Vase.)


Campo cercano á Aldea Gallega.

ESCENA IV.

DON BERNARDINO, DOÑA LEONOR, SIRENA.

D. Ber.

En la falda lisonjera

Deste monte coronado

De flores, donde ha llamado

A cortes la primavera,

Puedes descansar, en tanto,

Bella Leonor, que dichoso

Llega Don Lope tu esposo.

Y perdona al dulce llanto,

Aunque no es gran maravilla

Que con sentimiento igual,

A vista de Portugal

Te despidas de Castilla.

D.ª Leon.

Ilustre D. Bernardino

De Almeida, mi tierno llanto

No es ingratitud á tanto

Honor como me previno

La suerte y la dicha mia.

Viendo tan cercano el bien,

Gusto ha sido; que tambien

Hay lágrimas de alegría.

D. Ber.

Cuerdamente te disculpa

La discrecion lisonjera;

Y aunque por disculpa fuera,

Te agradeciera la culpa.

Yo quiero dar más lugar

A divertir la porfía

De aquesta melancolía.

Aquí puedes descansar,

Venciendo el rigor aquí

Del sol, que en sus rayos arde,

El cielo tu vida guarde. (Vase.)

ESCENA V.

DOÑA LEONOR, SIRENA.

D.ª Leon.

¿Fuése ya, Sirena?

Sirena.

Sí.

D.ª Leon.

¿Oyenos álguien?

Sirena.

Sospecho

Que estamos solas las dos.

D.ª Leon.

Pues salga mi pena (¡ay Dios!)

De mi vida y de mi pecho.

Salga en lágrimas deshecho

El dolor que me provoca,

El fuego que al alma toca,

Remitiendo sus enojos

En lágrimas á los ojos,

Y en suspiros á la boca.

Y sin paz y sin sosiego

Todo lo abrasen veloces,

Pues son de fuego mis voces

Y mis lágrimas de fuego.

Abrasen, cuando navego

Tanto mar y viento tanto,

Mi vida y mi fuego cuanto

Consume el fuego violento,

Pues mi voz es fuego y viento,

Mis lágrimas fuego y llanto.

Sirena.

¿Qué dices, señora? Advierte

En tu peligro y tu honor.

D.ª Leon.

¿Tú que sabes mi dolor,

Tú que conoces mi muerte,

Me reportas desta suerte?

¿Tú de mi llanto me alejas?

¿Tú que calle me aconsejas?

Sirena.

Tu inútil queja escuchando

Estoy.

D.ª Leon.

¡Ay Sirena! ¿cuándo

Son inútiles las quejas?

Quéjase una flor constante

Si el aura sus hojas hiere,

Cuando el sol caduco muere

En túmulos de diamante;

Quéjase un monte arrogante

De las injurias del viento,

Cuando le ofende violento;

Y el eco, ninfa vocal,

Quejándose de su mal,

Responde el último acento.

Quéjase, porque amar sabe,

Una hiedra, si perdió

El duro escollo que amó;

Y con acento süave

Se queja una simple ave

Del que la cogió á traicion[2],

Y en la dorada prision

Así aliviarse pretende,

Que al fin la queja se entiende,

Si se ignora la cancion.

Quéjase el mar á la tierra,

Cuando en lenguas de agua toca

Los labios de opuesta roca.

Quéjase el fuego, si encierra

Rayos, que al mundo hacen guerra:

¿Qué mucho, pues, que mi aliento

Se rinda al dolor violento,

Si se quejan monte, piedra,

Ave, flor, eco, sol, hiedra,

Tronco, rayo, mar y viento?

Sirena.

Sí, mas ¿qué remedio así

Consigues desesperada?

Don Luis muerto y tú casada,

¿Qué pretendes?

D.ª Leon.

¡Ay de mí!

Dí, Sirena amiga, dí,

Don Luis muerto y muerta yo.

Pues si el cielo me forzó,

Me verás en esta calma,

Sin gusto, sin sér, sin alma,

Muerta sí, casada no.

Lo que yo una vez amé,

Lo que una vez aprendí,

Podré perderlo, ¡ay de mí!

Olvidarlo no podré.

¿Olvido donde hubo fe?

Miente amor. ¿Cómo se hallara

Burlada verdad tan clara?

Pues la que constante fuera,

No olvidara, si quisiera,

No quisiera, si olvidara.

¡Mira tú lo que sentí

Cuando su muerte escuché,

Pues forzada me casé

Sólo por vengarme en mí!

Ya la vez última aquí

Se despida mi dolor.

Hasta las aras, amor,

Te acompañé; aquí te quedas,

Porque atreverte no puedas

A las aras del honor.

ESCENA VI.

MANRIQUE.—DOÑA LEONOR, SIRENA.

Manriq.

¡Dichoso yo que he llegado,

Venturoso yo que he sido,

Felice yo que he venido,

Refelice yo que he dado

El primero labio mio

A la estampa dese pié,

Que, lleno de flores, fué

Primavera del estío!

Y pues he llegado á vos,

Beso y vuelvo á rebesar

Cuanto se puede besar,

Sin ofender á mi Dios.

D.ª Leon.

¿Quién sois?

Manriq.

El menor criado

De Don Lope, mi señor

(Mas no el hablador menor),

Que veloz me he adelantado

Por albricias de que viene.

D.ª Leon.

Descuido fué, bien decís[3];

Tomad. Y ¿de qué servís

A Don Lope?

Manriq.

Hombre que tiene

Este humor, ¿ya no os avisa

Que es gentil-hombre su nombre?

D.ª Leon.

¿Y de qué sois gentil-hombre?

Manriq.

De la boca de la risa.

Criado, á quien le prefieren

A los mayores cuidados,

Y es pendanga de criados,

Hecha del palo que quieren:

Cuando guardo, mayordomo;

Cuando algun vestido espero

De mi amo, camarero;

Maestresala, cuando tomo

Para mí el mejor bocado;

Secretario, poco amigo,

Cuando sus secretos digo;

Caballerizo extremado,

Cuando por no andar á pié,

Con achaque de pasealle,

Salgo á caballo á la calle;

Cuando alguna cosa fué

Tal que se guarda de mí,

Soy entónces su vêdor,

Y despues su contador,

Pues á todos desde allí

Lo cuento, á todos lo aviso;

Cuando hurto lo que quiero

De la plaza, repostero;

Despensero, cuando siso;

Soy valiente cuando huyo;

Y soy su cochero el dia

Que sus amores me fia;

Y así claramente arguyo

Que soy por tan varios modos,

Sirviéndole siempre así,

Cada oficio de por sí,

Y murmurándole, todos.

(Hablan aparte Doña Leonor y Sirena.)

ESCENA VII.

DON BERNARDINO, DON LUIS y CELIO, que se quedan léjos de—DOÑA LEONOR, SIRENA, MANRIQUE.

D. Luis.

Soy mercader, y trato en los diamantes,

Que hoy son piedras, y rayos fueron ántes

Del sol, que perficiona y ilumina

Rústico grano en la abrasada mina.

Paso desde Lisboa hasta Castilla,

Y en esta aldea ví la maravilla

Del cielo, reducida en una dama,

Que acompañais; y luégo de la fama

Supe que va casada ó á casarse.

Y como suele en todas emplearse

Este caudal más bien, porque las bodas

En la gala y la joya empiezan todas,

Enseñaros quisiera algunas dellas,

Que no son más lucientes las estrellas,

Por ver si la ocasion con el deseo

Hacen en el camino algun empleo.

D. Ber.

La prevencion y la advertencia ha sido

Acertada. A buen tiempo habeis venido,

Pues yo, por divertirla y alegrarla

(Que está triste) una joya he de feriarla.

Aquí esperad, y llegaré primero

A prevenirla.

D. Luis.

Pues ahora quiero

Que la lleveis, señor, para bastante

Prueba de mi verdad, este diamante;

(Dásele.)

Que visto su valor y su excelencia,

No dudo yo, señor, que os dé licencia

De llegar á sus piés.

D. Ber.

¡Es piedra rara!

¡Qué fondo! ¡qué caudal! ¡qué limpia y clara!

Aquí, divina Leonor, (Llégase á ella.)

Ha llegado un mercader,

En cuya mano has de ver

Joyas de grande valor,

Ricas, costosas y bellas.

Divierte un poco el pesar;

Que yo te quiero feriar

Lo que te agradare dellas.

Este diamante, farol

Que con luz hermosa y nueva,

Para su limpieza prueba

Ser luciente hijo del sol,

Viene por testigo aquí.

Toma el diamante. (Dásele.)

D.ª Leon.

(Ap.)¿Qué veo?

¡Cielos!

D. Ber.

Díme...

D.ª Leon.

(Ap.)Aun no lo creo.

D. Ber.

Si ha de llegar.

D.ª Leon.

(Ap.¡Ay de mí!

Este diamante es el mismo...)

Díle que llegue.—¡Sirena!

(Apártase Don Bernardino.)

(Ap. Sáqueme amor desta pena,

Deste encanto, deste abismo.)

Este diamante que ves,

Luz que con el sol la mides,

Di á Don Luis de Benavides,

Prenda mia y suya es.

O mis lágrimas me ciegan,

O es el mismo. Hoy sabré yo

Cómo á mis manos volvió.

Sirena.

Disimula, que ya llegan.

(Llega Don Luis.)

D. Luis.

Yo soy, hermosa señora...

D. Leon.

(Ap.) Alma de la pena mia,

Cuerpo de mi fantasía.

Sirena.

(Ap. á ella.) Disimula y calla ahora;

Que ya veo la razon

Que tienes para admirarte.

D. Luis.

Yo soy quien en esta parte

Piensa lograr la ocasion,

Habiendo á tiempo llegado

En que pueda mi deseo

Hacer el feliz empleo

Tantos años esperado.

Traigo joyas que vender

De innumerable riqueza;

Y entre otras, una firmeza

Sé que os ha de parecer

Bien; porque della sospecho

Que adorne esa bizarría,

Si es que la firmeza mia

Llega á verse en vuestro pecho.

Un Cupido de diamantes

Traigo de grande valor;

Que quise hacer al amor

Yo de piedras semejantes,

Porque labrándole así,

Cuando alguno le culpase

De vário y fácil, le hallase

Firme solamente en mí.

Un corazon traigo, en quien

No hay piedra falsa ninguna:

Sortijas bellas, y en una

Unas memorias se ven.

Una esmeralda que habia,

Me hurtaron en el camino

Por el color, imagino,

Que perfecto le tenía.

Estaba con un zafiro;

Mas la esmeralda llevaron

Solamente, y me dejaron

Esta azul piedra que miro;

Y así dije en mis desvelos:

«¿Cómo con tanta venganza

Me llevasteis la esperanza

Para dejarme los celos?»

Si gusta vuestra belleza,

Descubriré, por más glorias,

El corazon, las memorias,

El amor y la firmeza.

D. Ber.

El mercader es discreto.

¡Qué bien á las joyas bellas,

Para dar gusto de vellas,

Las fué aplicando su efeto!

D.ª Leon.

Aunque vuestras joyas son

Tales como encareceis,

Para mostrarlas habeis

Llegado á mala ocasion.

Y yo, en ver su hermoso alarde,

Contento hubiera tenido,

Si ántes hubierais venido;

Pero habeis venido tarde.

¿Qué se dijera de mí,

Si cuando casada soy,

Si cuando esperando estoy

A mi noble esposo, aquí

Pusiera, no mi tristeza,

Sino mi imaginacion

En ver ese corazon,

Ese amor y esa firmeza?

No los mostreis; que no es bien

Que, tan sin tiempo miradas

Agora, desestimadas

Memorias vuestras estén.

Y tomad vuestro diamante;

Que ya sé que pierdo en él

Una luz hermosa y fiel,

Al mismo sol semejante.

No culpeis la condicion

Que en mí tan esquiva hallasteis;

Culpaos á vos, que llegasteis

Sin tiempo y sin ocasion. (Ruido dentro.)

Manriq.

(Mirando dentro.)

Ya Don Lope mi señor

Llega.

D. Luis.

(Ap.)¿Habrá en desdicha igual

Mal que compita á mi mal,

Ni dolor á mi dolor?

D.ª Leon.

(Ap.) ¡Qué veneno!

D. Luis.

(Ap.)¡Qué crueldad!

D. Ber.

A recibirle lleguemos. (Vase.)

Manriq.

Callen todos, y escuchemos

La primera necedad;

Porque un novio á quien le place

La dama y á verla llega,

Como necedades juega,

Es tahur que dice y hace. (Vase.)

ESCENA VIII.

DOÑA LEONOR, DON LUIS, SIRENA, CELIO.

D. Luis.

¿Qué me podrás responder,

Mujer tan fácil, liviana,

Mudable, inconstante y vana,

Y mujer, en fin, mujer,

Que pueda satisfacer

A tu mudanza y tu olvido?

D.ª Leon.

Haber tu muerte creido,

Haber tu vida llorado

Causa á mi mudanza ha dado,

Que á mi olvido no ha podido;

Pues cuando te llego á ver,

A no estar ya desposada,

Vieras hoy determinada

Si soy mudable ó mujer.

Desposéme por poder.

D. Luis.

Y bien por poder se advierte:

Por poder borrar mi suerte,

Por poder dejarme en calma[4],

Por poder quitarme el alma,

Por poder darme la muerte.

Esta dices que creiste,

Y no fué vana apariencia;

Que si creiste mi ausencia,

Es lo mismo: bien dijiste.

D.ª Leon.

No puedo, no puedo ¡ay triste!

Responder; que está conmigo,

No mi esposo, mi enemigo.

Mas porque me culpas fiel,

Lo que le dijere á él,

Tambien hablaré contigo.

(Retírase Don Luis á un lado.)

ESCENA IX.

DON LOPE, DON BERNARDINO, MANRIQUE.—DOÑA LEONOR, SIRENA; DON LUIS y CELIO, retirados.

D. Lope.

Cuando la fama en lenguas dilatada

Vuestra rara hermosura encarecia,

Por fe os amaba yo, por fe os tenía,

Leonor, dentro del alma idolatrada.

Cuando os mira, suspensa y elevada

El alma que os amaba y os queria,

Culpa la imágen de su fantasía,

Que sois vista mayor que imaginada.

Vos sola á vos podeis acreditaros:

¡Dichoso aquel que llega á mereceros,

Y más dichoso si acertó á estimaros!

Mas ¿cómo ha de olvidaros ni ofenderos?

Que quien ántes de veros pudo amaros,

Mal os podrá olvidar despues de veros.

D.ª Leon.

Yo me firmé rendida ántes que os viese,

Y vivo y muerto sólo en vos estaba,

Porque sola una sombra vuestra amaba;

Pero bastó que sombra vuestra fuese.

¡Dichosa yo mil veces, si pudiese

Amaros como el alma imaginaba!

Que la deuda comun así pagaba

La vida, cuando humilde me rindiese.

Disculpa tengo, cuando temeroso

Y cobarde mi amor, llego á miraros,

Si no pago un amor tan generoso.

De vos, y no de mí, podeis quejaros,

Pues, aunque yo os estime como á esposo,

Es imposible, como sois, amaros.

D. Lope.

Ahora, tio y señor,

Me dad los invictos brazos.

D. Ber.

Y serán eternos lazos

De deudo, amistad y amor.

Y porque no culpe ahora

La dilacion, á embarcar

Nos lleguemos.

D. Lope.

Hoy el mar

Segunda Vénus adora.

Manriq.

Y pues que con tanta gloria

Dama y galan se han casado,

Perdonad, noble Senado,

Que aquí se acaba la historia.

(Vanse Don Lope, Doña Leonor, Don Bernardino, Manrique y Sirena.)

ESCENA X.

DON LUIS, CELIO.

Celio.

Señor, pues que desta suerte

Hallaste tu desengaño,

Vuelve en tí, repara el daño

De tu vida y de tu muerte.

Ya no hay estilo ni medio

Que tú debas elegir.

D. Luis.

Sí hay, Celio.

Celio.

¿Cuál es?

D. Luis.

Morir,

Que es el último remedio.

Muera yo, pues vi casada

A Leonor, pues que Leonor

Dejó burlado mi amor

Y mi esperanza burlada.

Mas ¿qué me podrá matar,

Si los celos me han dejado

Con vida? Aunque mi cuidado

Me pretende consolar

Dándome alguna esperanza;

Pues cuando á su esposo habló,

Conmigo se disculpó

De su olvido y su mudanza.

Celio.

¿Cómo disculpar contigo?

A mil locuras te pones.

D. Luis.

Estas fueron sus razones,

Mira si hablaban conmigo:

«Yo me firmé rendida ántes que os viese,

Y vivo y muerto sólo en vos estaba,

Porque sola una sombra vuestra amaba;

Pero bastó que sombra vuestra fuese.

»¡Dichosa yo mil veces, si pudiese

Amaros como el alma imaginaba!

Que la deuda comun así pagaba

La vida, cuando humilde me rindiese.

»Disculpa tengo, cuando temeroso

Y cobarde mi amor, llego á miraros,

Si no pago un amor tan generoso.

»De vos, y no de mí, podeis quejaros,

Pues, aunque yo os estime como á esposo,

Es imposible, como sois, amaros.»

Y puesto que así me ha dado

Disculpa de su mudanza,

Sea mi loca esperanza

Veneno y puñal dorado.

Si ha de matarme el dolor,

Mejor es el gusto ¡cielos!

Y si he de morir de celos,

Mejor es morir de amor.

Siga mi suerte atrevida

Su fin contra tanto honor,

Porque he de amar á Leonor,

Aunque me cueste la vida.