JORNADA SEGUNDA.


Sala en casa de Don Lope en Lisboa.

ESCENA PRIMERA.

SIRENA, MANRIQUE.

Manriq.

Sirena de mis entrañas,

Que para aumentar mi pena

Eres la misma Sirena,

Pues enamoras y engañas:

Duélate ver el rigor

Con que tratas mis cuidados;

Que tambien á los criados

Hiere de barato amor.

Dame un favor de tu mano.

Sirena.

Pues ¿qué puedo darte yo?

Manriq.

Mucho puedes; pero no

Quiero bien más soberano

Que aquese verde liston,

Con que yaces declarada

Por dama de la lazada

O fregona del tuson.

Sirena.

¿Una cinta quieres?

Manriq.

Sí.

Sirena.

Ya aquese tiempo pasó,

Que un galan se contentó

Con una cinta.

Manriq.

Es así;

Pero si yo la tuviera,

Desparramando concetos,

Mil y ciento y un sonetos

Hoy en tu alabanza hiciera.

Sirena.

Por verme tan soneteada

Te la doy; y véte ahora,

Porque viene mi señora. (Vase Manrique.)

ESCENA II.

DOÑA LEONOR.—SIRENA.

D.ª Leon.

Ya vuelvo determinada.

Esto, Sirena, es forzoso:

Declárese mi rigor,

Porque mi vida y mi honor

Ya no es mio, es de mi esposo.

Díle á Don Luis, que pues es

Principal, noble y honrado,

Por español y soldado

Obligado á ser cortés,

Que una mujer (no Leonor,

Porque le basta saber

A un noble que una mujer)

Le suplica que su amor

Olvide; que maravilla

Cuidado en la calle tal,

Y no sufre Portugal

Galanteos de Castilla:

Que con lágrimas bañada

Vuelvo á pedirle se vuelva

A Castilla, y se resuelva

A no hacerme mal casada;

Porque fiera y ofendida,

Si no lo hace, vive Dios,

Que podrá ser que á los dos

Nos venga á costar la vida.

Sirena.

Desa suerte lo diré,

Si puedo verle y hablalle.

D.ª Leon.

¿Cuándo falta de la calle?

Mas no hables en ella, ve

A buscarle á la posada.

Sirena.

Mucho, señora, te atreves. (Vase.)

ESCENA III.

DON LOPE, DON JUAN, MANRIQUE.—DOÑA LEONOR.

D. Lope.

(Ap.) ¡Ay honor, mucho me debes!

D. Juan.

Ya se acerca la jornada.

D. Lope.

No queda en toda Lisboa

Fidalgo ni caballero,

Que ser no piense el primero

Que merezca eterna loa

Con su muerte.

Manriq.

Justo es;

Mas no pienso de esa suerte

Tener yo loa en mi muerte,

Ni comedia ni entremes.

D. Lope.

¿Luego tú no piensas ir

Al Africa?

Manriq.

Podrá ser

Que vaya; mas será á ver,

Por tener más que decir;

No á matar, quebrando en vano

La ley en que vivo y creo;

Pues allí explicar no veo

Que sea moro ni cristiano.

No matar, dice. Y los dos

Esto me vereis guardar;

Que yo no he de interpretar

Los mandamientos de Dios.

D. Lope.

¡Mi Leonor!

D.ª Leon.

¡Esposo mio!

¿Vos tanto tiempo sin verme?

Quejoso vive el amor

De los instantes que pierde.

D. Lope.

¡Qué castellana que estais!

Cesen las lisonjas, cesen

Las repetidas finezas.

Mirad que los portugueses

Al sentimiento dejamos

La razon, porque el que quiere,

Todo lo que dice quita

De valor á lo que siente.

Si en vos es ciego el amor,

En mí es mudo.

Manriq.

Y desa suerte

En mí endemoniado ha sido.

D. Lope.

Siempre, Manrique, parece,

Que al paso que yo estoy triste,

Tú estás contento y alegre.

Manriq.

Y díme, ¿cuál es mejor,

En pasiones diferentes,

La alegría ó la tristeza?

D. Lope.

La alegría.

Manriq.

Pues ¿qué quieres?

¿Que deje yo lo mejor

Por lo peor? Tú, que tienes

La tristeza, que es la mala,

Eres quien mudarte debes,

Y pasarte á la alegría;

Pues será más conveniente,

Que el ir yo de alegre á triste,

Venir tú de triste á alegre. (Vase.)

ESCENA IV.

DON LOPE, DOÑA LEONOR, DON JUAN.

D.ª Leon.

¿Vos estais triste, señor?

Muy poco mi pecho os debe

O yo le debo muy poco,

Pues vuestro dolor no siente.

D. Lope.

Forzosas obligaciones,

Heredadas dignamente

Con la sangre, á quien obligan

Divinas y humanas leyes,

Me dan voces y recuerdan

Desta blanda paz y deste

Olvido, en que yacen hoy

Mis heredados laureles.

El famoso Sebastian,

Nuestro rey, que viva siempre,

Heredero de los siglos

A la imitacion del fénix,

Hoy al Africa hace guerra.

No hay caballero que quede

En Portugal; que á las voces

De la fama nadie duerme.

Quisiérale acompañar

A la jornada; y por verme

Casado, no me he ofrecido

Hasta que licencia lleve

De tu boca, Leonor mia.

Esta merced has de hacerme,

En este caso has de honrarme,

Y este gusto he de deberte.

D.ª Leon.

Bien con esas prevenciones

Fué menester que me hicieseis

Oraciones que me animen,

Y discursos que me alienten.

Vos ausente, dueño mio,

Y por mi consejo ausente,

Fuera pronunciar yo misma

La sentencia de mi muerte.

Idos vos sin que lo diga

Mi lengua; pues que no puede

Negaros la voluntad

Lo que la vida os concede.

Mas porque veais que estimo

Vuestra inclinacion valiente,

Ya no quiero que el amor

Sino el valor me aconseje.

Servid hoy á Sebastian,

Cuya vida el cielo aumente;

Que es la sangre de los nobles

Patrimonio de los reyes;

Que no quiero que se diga

Que las cobardes mujeres

Quitan el valor á un hombre,

Cuando es razon que le aumenten.

Esto el alma os aconseja,

Aunque como el alma os quiere;

Mas como ajena lo dice,

Si como propia lo siente. (Vase.)

ESCENA V.

DON LOPE, DON JUAN.

D. Lope.

¿Habeis visto en vuestra vida

Igual valor?

D. Juan.

Dignamente

Es bien que lenguas y plumas

De la fama la celebren.

D. Lope.

Y vos ¿qué me aconsejais?

D. Juan.

Yo, Don Lope, de otra suerte

Os respondiera.

D. Lope.

Decid.

D. Juan.

Quien ya colgó los laureles

De Marte, y en blanda paz

Ciñe de palma las sienes,

¿Para qué otra vez, decidme,

Ha de limpiar los paveses

Tomados de orin y polvo

En que hora yacen y duermen?

Yo fuera justo que fuera,

A no estar por esta muerte

Retirado y escondido;

Y no es razon ofrecerme,

Porque á los ojos del Rey

Llega mal un delincuente.

Si esto me disculpa á mí,

Bastante disculpa tiene

Quien soldado fué soldado.

No os vais, amigo (y creedme),

Aunque un hombre os acobarde,

Y una mujer os aliente. (Vase.)

ESCENA VI.

DON LOPE.

¡Válgame Dios! ¡quién pudiera

Aconsejarse prudente,

Si en la ocasion hay alguno

Que á sí mismo se aconseje!

¿Quién hiciera de sí otra

Mitad, con quien él pudiese

Descansar? Pero mal digo:

¿Quién hiciera cuerdamente

De sí mismo otra mitad,

Porque en partes diferentes,

Pudiera la voz quejarse

Sin que el pecho lo supiese?

¡Pudiera sentir el pecho

Sin que la voz lo dijese!

¡Pudiera yo, sin que yo

Llegara á oirme ni á verme,

Conmigo mismo culparme,

Y conmigo defenderme!

Porque unas veces cobarde,

Como atrevido otras veces,

Tengo vergüenza de mí.

¡Que tal diga! ¡que tal piense!

¡Que tenga el honor mil ojos

Para ver lo que le pese,

Mil oidos para oirlo,

Y una lengua solamente

Para quejarse de todo!

Fuera todo lenguas, fuese

Nada oidos, nada ojos,

Porque oprimido de verse

Guardado, no rompa el pecho,

Y como mina reviente.

Ahora bien, fuerza es quejarme;

Mas no sé por dónde empiece;

Que, como en guerra y en paz

Viví tan honrado siempre,

Para quejarme ofendido

No es mucho que no aprendiese

Razones; porque ninguno

Previno lo que no teme.

¿Osará decir la lengua

Qué tengo?... Lengua, detente,

No pronuncies, no articules

Mi afrenta; que si me ofendes,

Podrá ser que castigada,

Con mi vida ó con mi muerte,

Siendo ofensor y ofendido,

Yo me agravie y yo me vengue.

No digas que tengo celos...

—Ya lo dije, ya no puede

Volverse al pecho la voz.

¿Posible es que tal dijese

Sin que, desde el corazon

Al labio, consuma y queme

El pecho este aliento, esta

Respiracion fácil, este

Veneno infame, de todos

Tan distinto y diferente,

Que otros desde el labio al pecho

Hacer sus efectos suelen,

Y este desde el pecho al labio?

¿A qué áspid, á qué serpiente

Mató su propio veneno?

A mí ¡cielos! solamente,

Porque quiere mi dolor

Que él me mate y yo le engendre.

Celos tengo, ya lo dije.

¡Válgame Dios! ¿Quién es este

Caballero castellano,

Que á mis puertas, á mis redes

Y á mis umbrales clavado,

Estatua viva parece?

En la calle, en la visita,

En la iglesia atentamente

Es girasol de mi honor,

Bebiendo sus rayos siempre.

¡Válgame Dios! ¿Qué será

Darme Leonor fácilmente

Licencia para ausentarme,

Y con un semblante alegre,

No sólo darme licencia,

Sino decirme y hacerme

Discursos tales, que áun ellos

Me obligaran á que fuese,

Cuando yo no lo intentara?

Y ¿qué será, finalmente,

Decirme Don Juan de Silva

Que ni me vaya ni ausente?

¿En más razon no estuviera

Que aquí mudados viniesen

De mi amigo y de mi esposa

Consejos y pareceres?

¿No fuera mejor, si fuera

Que se mudaran las suertes,

Y que Don Juan me animase

Y Leonor me detuviese?

Sí, mejor fuera, mejor.

Pero ya que el cargo es este,

Hablemos en el descargo:

Vaya, que el honor no quiere

Por tan sutiles discursos

Condenar injustamente.

¿No puede ser que Leonor

Tales consejos me diese,

Por ser noble como es,

Varonil, sagaz, prudente,

Porque quedándome yo,

Mi opinion no padeciese?

Bien puede ser, pues que dice

Que da el consejo, y lo siente.

¿No puede ser que Don Juan,

Que me quedase dijese

Por parecerle que estaba

Excusado, y parecerle

Que es dar disgusto á Leonor?

Sí, puede ser. Y ¿no puede

Ser tambien que este galan

Mire á parte diferente?

Y apretando más el caso,

Cuando sirva, cuando espere,

Cuando mire, cuando quiera,

¿En qué me agravia ni ofende?

Leonor es quien es y yo

Soy quien soy, y nadie puede

Borrar fama tan segura

Ni opinion tan excelente.

Pero sí puede (¡ay de mí!);

Que al sol claro y limpio siempre,

Si una nube no le eclipsa,

Por lo ménos se le atreve;

Si no le mancha, le turba,

Y al fin, al fin le oscurece.

¿Hay, honor, más sutilezas

Que decirme y proponerme?

¿Más tormentos que me aflijan,

Más penas que me atormenten,

Más sospechas que me maten,

Más temores que me cerquen,

Más agravios que me ahoguen

Y más celos que me afrenten?

No. Pues no podrás matarme,

Si mayor poder no tienes;

Que yo sabré proceder

Callado, cuerdo, prudente,

Advertido, cuidadoso,

Solícito y asistente,

Hasta tocar la ocasion

De mi vida y de mi muerte:

Y en tanto que esta se llega,

¡Valedme, cielos, valedme! (Vase.)


Calle con puerta de casa de Don Lope.

ESCENA VII.

SIRENA, con manto; MANRIQUE, tras ella.

Sirena.

(Ap.) Escaparme no he podido

De Manrique, para entrar

En casa; todo el lugar

Hoy siguiéndome ha venido.

¿Qué haré?

Manriq.

Tapada de azar,

Que mira, camina y calla,

Con el arte de batalla

Y el tallazo de picar;

La de entrecano picote,

Que con viento en popa vuelas,

Con el manto de tres suelas

Y chinelas de anascote,

Habla ó descúbrete, y sea

Desengaño tu fachada;

Porque callando y tapada,

Dice boba sobre fea.

Aunque en tu brío, confieso

Que indicio de todo das.

Sirena.

¿No dice más?

Manriq.

No sé más.

Sirena.

¿Y á cuántas ha dicho eso?

Manriq.

Antes soy muy recatado.

No he hablado, á fe de quien soy,

Sino cinco en todo hoy;

Que ya estoy muy reformado.

Sirena.

¡Gracias al cielo, que veo

Un hombre firme y constante!

Yo tampoco soy amante

De más que nueve.

Manriq.

Sí creo;

Y porque me creas á mí,

De todas mostrarte quiero

Un favor. Sea el primero (Sácalos.)

El moño que sale aquí.

Este moño pecador

Su papel un tiempo hizo,

Y de rizado y postizo

Fué mártir y confesor.

No es de aljófar lo ensartado;

Liendres son con que me alegro,

Que desde léjos mirado,

Parece un penacho negro

De blancas moscas nevado.

Aquesta sutil varilla

Es barba de la ballena,

Sacada de una cotilla,

Que fué entregar á mi pena

Lo mismo que una costilla.

Vara es de virtudes llena,

Que hace bueno el pecho y buena

La espalda más eminente;

Que ya todo talle miente

Por la barba de ballena.

La zapatilla que estás

Mirando ahora en mis manos,

Casa fué, donde sabrás

Que vivieron dos enanos[5]

Sin encontrarse jamás.

Este es un guante, y no hay duda

De que, como ruiseñor,

Mucho tiempo estuvo en muda:

Pregúntaselo al olor:

Sebo de cabrito suda.

Esta cinta es de una dama

De gran porte; pero yo

No la quiero.

Sirena.

¿Por qué no?

Manriq.

Porque sé que ella me ama.

¿No es causa bastante?

Sirena.

Sí.

Manriq.

La que yo tengo de amar,

Me ha de mentir, engañar,

Y se ha de burlar de mí,

Dar celos cada momento,

Maltratarme, despedirme,

Y en efecto ha de pedirme,

Que es la cosa que más siento;

Porque si al fin es costumbre

En ellas, tengo por justo

Hacer desde luego gusto

Lo que ha de ser pesadumbre.

Sirena.

¿Y es hermosa esa señora?

Manriq.

No, pero es puerca.

Sirena.

En verdad

Que es muy buena calidad.

Manriq.

Arrope un ojo la llora,

Y otro aceite.

Sirena.

¿Es entendida?

Manriq.

Cuanto dice entiendo yo;

Mas cuanto la dicen, no,

Que es entendida, entendida.

Sirena.

Por muestra de que es verdad,

Que amarle á su gusto espero,

Este liston solo quiero.

Manriq.

De muy buena voluntad.

Sirena.

¡Ay triste de mí!

Manriq.

¿Qué ha sido?

Sirena.

Mi marido viene allí;

Váyase presto de aquí,

Que es un diablo mi marido.

Dé vuelta á la calle presto,

Que en tanto, señor, que él pasa,

Le esperaré en esta casa.

Manriq.

En buen sagrado te has puesto;

Que aquí vivo yo, y vendré

En estando asegurada. (Vase.)

Sirena.

A un bellaco, una taimada. (Vase.)


Sala en casa de Don Lope.

ESCENA VIII.

SIRENA.

Bien dentro de casa entré

Sin que fuese conocida.

Lindamente le he engañado,

Aunque él más, pues me ha dejado

Tan afrentada y corrida.

¡Que dijera que era fea!

No importaba, aunque lo fuese,

Ni importaba que dijese

Que necia y que sucia sea;

Pero ¡aceite un ojo á mí,

Y otro arrope! No, por Dios.

Y áun si lloraran los dos

Una cosa, entónces sí

Que callara; ¿mas que tope

Un picarón, un taimado,

Que mis ojos han llorado

Uno aceite y otro arrope?

ESCENA IX.

DOÑA LEONOR.—SIRENA.

D.ª Leon.

Sirena.

Sirena.

Señora mia.

D.ª Leon.

¡Cuánto tu ausencia me cuesta!

¿Hablástele?

Sirena.

Y la respuesta

En este papel te envía;

Y de palabra me dijo,

Que si él una vez te hablara,

Él se fuera y te dejara.

D.ª Leon.

Con mayor causa me aflijo.

¿Para qué el papel tomaste?

Sirena.

Para traerte el papel.

D.ª Leon.

(Ap.) ¡Ay, pensamiento cruel,

Qué fácil entrada hallaste

En mi pecho!

Sirena.

Pues ¿qué importa

Que le tomes y le leas?

D.ª Leon.

¿Eso es bien que de mí creas?

La voz, Sirena, reporta,

Con abrasarle y romperle.

(Ap. Entiéndeme, necia, y sea

Rogándome que le vea;

Que estoy muerta por leerle.)

Sirena.

¿Qué culpa tiene el papel

Que viene mandado aquí,

Señora, para que así

Vengues tu cólera en él?

D.ª Leon.

Pues si le tomo, verás

Que es sólo para rompelle.

Sirena.

Rómpele despues de lêlle.

D.ª Leon.

(Ap. Eso sí, ruégame más.)

Pesada estás, y por tí

Rompo la nema y le leo,

Por tí sola.

Sirena.

Ya lo veo.

Abrele pues.

D.ª Leon.

Dice así:

(Abre el papel Doña Leonor, y lee.)

«Leonor, si yo pudiera obedecerte,

Y pudiera olvidar, vivir pudiera:

Fuera contigo liberal, si fuera

Bastante yo conmigo á no quererte.

»Mi muerte injusta tu rigor me advierte,

Si mi vida en amarte persevera,

¡Pluguiera á Dios! y de una vez muriera

Quien de tantas no acierta con su muerte.

»¿Que te olvide pretendes? ¿Cómo puedo

Despreciado olvidar y aborrecido?

¿No ha de quejarse de dolor el labio?

»Quiéreme tú; que si obligado quedo,

Yo olvidaré despues, favorecido;

Que el bien puede olvidarse, no el agravio.»

Sirena.

¿Lloras, leyendo el papel?

Son, en fin, pasadas glorias.

D.ª Leon.

Lloro unas tristes memorias

Que vienen vivas en él.

Sirena.

Quien bien quiere tarde olvida.

D.ª Leon.

Como el que muerte me dió

Está presente, brotó

Reciente sangre la herida.

Este hombre ha de obligarme,

Con seguirme y ofenderme,

A matarme y á perderme

(Que áun fuera ménos matarme),

Si no se ausenta de aquí.

Sirena.

Pues tú lo puedes hacer.

D.ª Leon.

¿Cómo?

Sirena.

Oyéndole; que él dice

Que en oyéndole una vez,

Se ausentará de Lisboa.

D.ª Leon.

¿Cómo, Sirena, podré?

Que á trueco de que se vaya,

Imposibles sabré hacer.

¿Cómo vendrá?

Sirena.

Escucha atenta:

Ahora es al anochecer,

Que es la hora más segura,

Porque ni temprano es

Para que á un hombre conozcan,

Ni tarde para temer

Que la vecindad lo note.

De mi señor, ya tú ves

Que nunca viene á esta hora.

Don Luis, no dudo que esté

En la calle: podrá entrar

A esta sala, donde hableis

Los dos, y entónces podrás

Decirle tu parecer.

Óyele lo que dijere,

Y obre fortuna despues.

D.ª Leon.

Tan fácilmente lo dices,

Que no le dejas que hacer

Al temor, ni áun al honor

Que dudar ni que temer.

Vé ya por Don Luis. (Vase Sirena.)

ESCENA X.

DOÑA LEONOR.

Amor,

Aunque en la ocasion esté,

Soy quien soy, vencerme puedo.

No es liviandad, honra es

La que á esta ocasion me puso:

Ella me ha de defender;

Que cuando ella me faltara,

Quedara yo, que tambien

Supiera darme la muerte,

Si no supiera vencer.—

Temblando estoy; cada paso

Que siento, pienso que es

Don Lope, y el viento mismo

Se me figura que es él.

¿Si me escucha? ¿si me oye?

¡Qué propio del miedo fué!

¡Que á tales riesgos se ponga

Una principal mujer!

ESCENA XI.

SIRENA y DON LUIS.—DOÑA LEONOR.

Sirena.

Esta es Leonor.

D. Luis.

¡Ay de mí!

¡Cuantas veces esperé

Esta ocasion! Ya quisiera

No haberla llegado á ver.

D.ª Leon.

Ya, señor Don Luis, estais

En mi casa, ya teneis

La ocasion que habeis deseado.

Hablad aprisa, porqué

Os volvais; que temerosa

De mí misma, tengo al pié

Grillos de hielo, y el alma

De mi aliento puede hacer

Al corazon un cuchillo

Y á la garganta un cordel.

D. Luis.

Ya sabeis, Leonor hermosa,

(Si es que olvidado no habeis

pasados gustos, y ya

Ignorais lo que sabeis),

Que en Toledo, nuestra patria

(Perdonadme), os quise bien,

Desde que en la Vega os ví

Un dia al amanecer,

Que aumentado nuevas flores

Al campo hermoso, tal vez

Lo que las manos robaron,

Restituyeron los piés.

Ya sabeis...

D.ª Leon.

Esperad, yo

Seré más breve. Ya sé

Que muchos dias rondasteis

Mi calle, y á mi desden

Constante siempre, tuvisteis

Amor firme, y firme fe.

Hasta que os favorecí.

¿Qué no han llegado á vencer

Lágrimas de amor, que lloran

Los hombres que quieren bien?

Y favorecido ya,

Siendo tercera fïel

La noche (¿qué no consiguen

Una reja y un papel?),

Tratábamos de casarnos,

Cuando os hicieron merced

De una jineta, y fué fuerza

Iros á servir al Rey.

Fuisteis á Flándes...

D. Luis.

Si fuí

(Que aqueso yo lo diré),

Donde dimos un asalto,

Y murió valiente en él

Un Don Juan de Benavides,

Caballero aragones.

La equivocacion del nombre

Dió causa para entender

Que fuese yo el muerto: ¡cuánto

Una mentira se crê!

Llegó la nueva á Toledo...

D.ª Leon.

Eso diré yo más bien,

Que sin vida la sentí,

Y con la vida lloré;

Pero callo aquí, aunque aquí

Os pudiera encarecer

Los sentimientos que hice,

Las tristezas que pasé.

En efecto, persuasiones

De muchos pudieron ser

Bastantes á que en Toledo

Me casase por poder.

D. Luis.

Yo lo supe en el camino,

Y pensando deshacer

El casamiento, corrí

Hasta que os ví y os hablé,

Con equívocas razones,

En traje de mercader.

D.ª Leon.

Estaba casada ya;

Y pues os desengañé,

¿A qué habeis venido aquí?

D. Luis.

Solo he venido por ver

Si hay ocasion de quejarme;

Que si culpando tu fe

Descanso, iré luego á Flándes,

Donde una bala me dé,

Porque la pólvora cumpla

Lo que me ofreció otra vez.

Sirena.

Gente sube la escalera.

D.ª Leon.

¡Ay cielos! ¿qué puedo hacer?

Oscura está aquesta sala:

Que aquí te quedes es bien,

Porque á tí solo te hallen;

Y habiendo entrado quien es,

Podrás irte, no á Castilla;

Que ocasion habrá despues

Para acabar de quejarte.

Sirena.

Yo voy contigo tambien. (Vanse las dos.)

ESCENA XII.

DON LUIS.

¿Qué confusion es esta,

Que á mi desdicha iguala?

Oscura está la sala,

Y la noche funesta

Ya de sombra cubierta

Baja. No sé la casa ni la puerta;

Que otra vez no he llegado

Aquí. ¡Forzosa pena!

Temerosa Sirena

Y Leonor, me han dejado

Confuso y sin sentido.

ESCENA XIII.

DON JUAN, que andando á oscuras, encuentra con DON LUIS.

D. Juan.

¿A estas horas, no hubieran encendido

Una luz?—Mas ¿qué es esto?

¿Quién es? ¿No me responde?

D. Luis.

(Ap.) ¡Hallé puerta por donde

Salir!

D. Juan.

Responda presto.

O ya desenvainada,

Lengua de acero, lo dirá mi espada.

(Al entrarse Don Luis por la puerta que va al cuarto de Doña Leonor, alcanzado por Don Juan, saca la espada y la cruza con él, retirándose luégo.)

ESCENA XIV.

DON LOPE y MANRIQUE.—DON JUAN.

D. Lope.

¡Ruido de cuchilladas,

Y oscuro el aposento!

D. Juan.

Aquí los pasos siento.

Manriq.

Voy por luz. (Vase.)

D. Lope.

¡Aquí espadas!

Ya es fuerza que me asombre.

D. Juan.

Ya le he dicho otra vez que diga el nombre.

D. Lope.

¿Quién mi nombre pregunta?

D. Juan.

Quien, porque hableis, sospecho

Que abrirá en vuestro pecho

Mil bocas con la punta

Deste acero.

ESCENA XV.

DOÑA LEONOR, SIRENA y MANRIQUE.—DON LOPE, DON JUAN.

D.ª Leon.

(Dentro.)¡Luz, presto!

(Salen Doña Leonor y Sirena, y Manrique con luz.)

D. Lope.

¡Don Juan!

D. Juan.

¡Don Lope!

D.ª Leon.

¡Ay cielos!

D. Lope.

¿Pues qué es esto?

D. Juan.

En esta cuadra entraba,

Cuando un hombre salía.

D.ª Leon.

Algun hombre sería,

Que robarla intentaba.

D. Lope.

¡Hombre!

D. Juan.

Sí, y preguntando

Quién era, la respuesta dió callando.

D. Lope.

(Ap. Disimular conviene,

No crea que yo puedo

Tener tan bajo miedo,

Que mi valor condene.)

¡Bueno fuera, á fe mia,

Mataros! Yo era el mismo que salia;

Que (tan desconocida

La voz) viendo que un hombre

Me preguntaba el nombre

En mi casa, ofendida

La paciencia y turbada,

Callando doy respuesta con la espada.

Sirena.

¡Por cuánto aquí se viera

Un infeliz suceso!

D. Juan.

¿Cómo puede ser eso,

Si el que yo digo que era

Dentro está, cosa es cierta,

Pues no pudo salir por esta puerta,

Que vos entrasteis?

D. Lope.

Digo

Que era yo.

D. Juan.

Es cosa extraña.

D. Lope.

(Ap. ¡Oh cuánto á un hombre daña

Un ignorante amigo!

¡Que no puedan los cuerdos, los más sabios

Celar de un necio amigo los agravios!)

Pues si por cosa cierta

Teneis que dentro ha entrado,

Fuerte y determinado

Guardadme aquella puerta,

En tanto, si eso pasa,

Que yo examino toda aquesta casa.

D. Juan.

Pues no saldrá por ella.

Mirar seguro puedes.

D. Lope.

Mira que en ella quedes,

Y no te apartes della.—

(Vase Don Juan.)

(Ap. Hoy seré cuerdamente,

Si es que ofendido soy, el más prudente,

Y en la venganza mia

Tendrá ejemplos el mundo,

Porque en callar la fundo.)

Ea, Manrique, guia

Con esa luz.

Manriq.

No oso,

Que yo de duendes soy poco goloso.

(Quiere Don Lope entrar en un aposento, y detiénele Doña Leonor.)

D.ª Leon.

No entreis, señor, aquí: yo soy testigo

Que aseguraros este cuarto puedo.

D. Lope.

(A Manrique.) Pues ¿de qué tienes miedo?

Manriq.

De todo.

D. Lope.

(A D.ª Leonor.) Suelta, digo.—(A Manrique.)

Y tú véte de aquí... (Ap. Que ántes es dicha

Que falte otro testigo á mi desdicha.)

(Toma la luz y éntrase, y Manrique se va por otra puerta.)

ESCENA XVI.

DOÑA LEONOR, SIRENA.

D.ª Leon.

¡Ay Sirena! ¿qué suerte

Es esta tan airada?

Estoy, desesperada,

Por darme aquí la muerte;

Pues ya es fuerza que tope

A Don Luis escondido ¡ay Dios! Don Lope.

El pensó que salia

Por la puerta que entraba

A mi cuarto; allí estaba.

¿Mas por qué mi porfia

Duda lo que ha pasado?

Ya le ha visto Don Lope, ya le ha hablado.

¿Qué haré? Irme no puedo;

Porque en desdichas tantas,

Oprimidas las plantas,

Cadenas pone el miedo

De cobardes prisiones.

Toda soy confusion de confusiones.

ESCENA XVII.

DON LUIS, que sale con la espada desnuda y embozado, y tras él DON LOPE, con la espada desnuda y luz.—DOÑA LEONOR, SIRENA.

D. Lope.

No os encubrais, caballero.

D. Luis.

Detened, señor, la espada;

Que en la sangre de un rendido

Más que se ilustra se mancha.

Yo soy de Castilla, donde

Por los celos de una dama,

Di á un caballero la muerte

Cuerpo á cuerpo en la campaña.

Vine á ampararme á Lisboa,

Donde estoy por esta causa

De Castilla desterrado.

He sabido esta mañana

Que aquí un hermano del muerto

Cautelosamente anda

Encubierto, por vengarse

Con traicion y con ventaja.

Con este cuidado, pues,

Por esta calle pasaba,

Cuando tres hombres me embisten

A las puertas desta casa.

Viendo que (aunque el corazon

Algunas veces engaña)

Era imposible defensa

Contra tres de mano armada,

Subíme por la escalera;

Y ellos, ó por ver que estaba

En sagrado, ó por no hacer

Tan dudosa la venganza,

No me siguieron, y estuve

En esa primera sala

Esperando á que se fuesen,

Y sintiendo sosegada

La calle, bajarme quise;

Pero al salir de la cuadra,

Hallé un hombre que me dijo:

«¿Quién va?» Yo, que imaginaba

Que eran mis propios contrarios,

No le respondo palabra.

De una sala en otra, entré

Hasta aquí. Esta es la causa

De haberme hallado, señor,

Escondido en vuestra casa.

Ahora dadme la muerte;

Que como yo dicho haya

La verdad, y no padezca

Alguna virtud sin causa,

Moriré alegre, rindiendo

El sér, la vida y el alma

A un honrado sentimiento,

Y no á una infame venganza.

D. Lope.

(Ap. ¿Pueden juntarse en un hombre

Confusiones más extrañas?

¿Tantos asombros y miedos,

Penas y desdichas tantas?

Si en la calle este hombre ¡cielos!

Tantos pesares me daba,

¿Qué vendrá á darme escondido

Dentro de mi misma casa?

Basta, basta, pensamiento;

Sufrimiento, basta, basta,

Que verdad puede ser todo;

Y cuando no, aquí no hay causa

Para mayores extremos:

Sufre, disimula y calla.)

Caballero castellano,

Yo me alegro de que haya

Sido contra una traicion

Sagrado vuestro mi casa.

En ella, á ser hoy soltero,

Os sirviera y hospedara;

Porque un caballero debe

Amparar nobles desgracias.

Lo que podré hacer por vos,

Será acudiros en cuantas

Ocasiones se os ofrezcan,

Porque á ese lado mi espada,

Contra tres mil, no os suceda

Otra vez volver la espalda.

Y ahora, porque salgais

Más secreto de mi casa,

Podreis salir del jardin

Por aquella puerta falsa...

Yo la abriré... y tambien hago

Prevencion tan recatada,

Porque criados, que al fin

Son enemigos de casa,

No cuenten que os hallé en ella,

Y sea fuerza que vaya

A todos satisfaciendo

De cuál ha sido la causa.

Porque aunque es cierto que nadie

Dude una verdad tan clara,

Y yo de mí mismo tengo

La satisfaccion que basta,

¿Quién de una malicia huye?

¿Quién de una sospecha escapa?

¿Quién de una lengua se libra?

¿Quién de una intencion se guarda?

Y si llegara á creer...

¿Qué es á creer? si llegara

A imaginar, á pensar

Que álguien pudo poner mancha

En mi honor... ¿qué es mi honor?

En mi opinion y en mi fama,

Y en la voz tan solamente

De una criada, una esclava,

No tuviera, ¡vive Dios!

Vida que no le quitara,

Sangre que no le vertiera,

Almas que no le sacara;

Y éstas rompiera despues,

A ser visibles las almas.

Venid, iréos alumbrando

Hasta que salgais.

D. Luis.

(Ap.)Helada

Tengo la voz en el pecho.

¡Qué portuguesa arrogancia! (Vanse los dos.)

ESCENA XVIII.

DOÑA LEONOR, SIRENA; despues DON LOPE.

D.ª Leon.

Aun mejor ha sucedido,

Sirena, que yo pensaba.

Sola una vez vino el mal

Menor que el que se esperaba.

Ya puedo hablar, y ya puedo

Mover las heladas plantas.

¡Ay, Sirena, en qué me ví!

Vuelva á respirar el alma.

(Vuelve Don Lope.)

D. Lope.

Leonor.

D.ª Leon.

Señor, ¿pues qué intentas?

¿Ya no supiste la causa

Con que él entró? Ya supiste

Que yo no he sido culpada.

D. Lope.

¿Tal pudiera imaginar

Quien te estima y quien te ama?

No, Leonor; sólo te digo

Que ya que aquí se declara

Con nosotros...

D.ª Leon.

¿Ya él no dijo

Que aquí de Castilla estaba

Ausente por una muerte?

Pues yo, señor, no sé nada.

D. Lope.

No te disculpes, Leonor.

Mira... mira que me matas.

Tú, Leonor, ¿pues de qué habias

De saberlo? Pero basta

Que él se fie de nosotros,

Para que de aquí no salga.

Y tú, Sirena, no digas

Lo que entre los tres nos pasa

A ninguno, ni á Don Juan.

ESCENA XIX.

DON JUAN.—Dichos.

D. Juan.

(Ap.) Tanto Don Lope se tarda,

Que me ha dado algun cuidado.

D. Lope.

¡Por Dios, Don Juan, linda gracia

Es hacerme andar así

Mirando toda la casa,

Siendo cierto que fuí yo!

Tomad otro poco el hacha,

Y andadla vos.

D. Juan.

¿Para qué,

Si ya aquí me desengaña

El saber que fuisteis vos?

Ya conozco mi ignorancia.

D. Lope.

Con todo habemos los dos

Segunda vez de mirarla.

D.ª Leon.

(Ap.) ¡Qué prudencia tan notable!

D. Juan.

(Ap.) ¡Qué valor y qué arrogancia!

Sirena.

(Ap.) ¡Qué temor!

D. Lope.

(Ap.)Desta manera,

El que de vengarse trata,

Hasta mejor ocasion,

Sufre, disimula y calla.