JORNADA SEGUNDA.
Sala en casa de Doña Clara.
ESCENA PRIMERA.
DOÑA CLARA, afligida; INÉS.
Inés.
¡Tú triste, tú pensativa,
Melancólica y suspensa,
Tan bien perdida, y tan mal
Hallada contigo mesma!
¿Dónde, señora, está el brío,
El buen gusto, la belleza
Y el despejo?
D.ª Clar.
No lo sé,
Y no es mucho (¡ay Dios!) que, necia,
Pues que no sé de mi vida,
De mis acciones no sepa.
¿Quién crêrá de mí (¡ay de mí!)
Que yo llore y que yo sienta
Desaires de un hombre? Yo,
Que tan altiva y soberbia
Me llamé la vengadora
De las mujeres, ¡sujeta
Tanto á un desaire me veo!
Inés.
Yo no sé qué razon tengas
Para tanto sentimiento;
Pues si bien se considera,
Él te siguió á tí, y tú fuiste
La causa de la fineza.
Luego si estás ofendida
Y obligada tambien, sea
Tu mal consuelo de otro,
Supuesto que representas,
Despreciada y pretendida,
La celosa de tí mesma.
Ya fué el cuidado por tí,
Pues por tí en la casa entra
De la otra; y si se halla
Tan empeñado con ella,
¿Cómo se puede excusar
De andar galan? Considera
Que si has de olvidar á un hombre
Porque á una hable y á otra vea,
No hay que querer á ninguno;
Que maldito de Dios sea,
Señora, el que hay que no diga
Lo mismo á cuantas encuentra.
D.ª Clar.
Con todo eso, ya llegué
(Confieso que anduve necia)
A darme por entendida
Deste agravio con mis penas,
Y me tengo de vengar.
Inés.
¿De qué suerte?
D.ª Clar.
Escucha atenta.
Un papel le he de escribir
(Disfrazándole mi letra,
Y escribiéndomele tú)
En nombre de la encubierta
Dama, diciéndole en él
Cuán obligada me deja
Su cortesía, y que quiero
Hablarle á solas, que tenga
Una silla prevenida,
Y una casa donde pueda
Verle esta tarde. Él, muy vano,
Creido de su soberbia,
Pensará que tiene lance,
Y para que no le tenga,
Iré yo, y será buen paso
Lo que hará cuando me vea.
Inés.
¿Y qué consigues con eso?
D.ª Clar.
Dos cosas: es la primera
Burlarme dél; la segunda
Desengañarle, y que sepa
Que fuí la tapada yo.
Porque no se desvanezca
Presumiendo que la otra
Le dió ocasion de que fuera
Tras ella, y su galanteo
Prosiga.
Inés.
Esta diligencia
¿No pudiera hacerse en casa?
D.ª Clar.
Con venganza no pudiera.
Inés.
No sé si aciertas en eso.
D.ª Clar.
¿Cómo?
Inés.
Yo te lo dijera,
Si él y aquel Don Luis no entraran.
D.ª Clar.
Pues disimula: no entiendan,
Hasta este lance, que fuimos
Las tapadas.
ESCENA II.
DON HIPÓLITO, DON LUIS. — DOÑA CLARA, INÉS.
D. Hipól.
Considera,
Don Luis, que importa sacarme
Presto de aquí.
D. Luis.
(Ap. á él.)Sí haré.
D.ª Clar.
¿Era,
Señor Don Hipólito, hora
De veros? ¡Tan larga ausencia!
Desde ayer no me habeis visto.
D. Hipól.
Sólo pudiera esa queja
Hacer mi ausencia feliz;
Que es sutil estratagema
De amor, que una pena misma
Hacerse lisonja sepa.
Mas no vine esta mañana,
Presumiendo que estuvieras
En el Parque, como anoche
Dijiste.
D.ª Clar.
Deten la lengua;
Pues si anoche me dijiste
Que de casa no saliera,
¿Habia de salir de casa?
¡Jesus! de mí no se crea
Tal desenvoltura, tal
Liviandad de mi obediencia.
D. Luis.
Harto le encarezco yo
A Don Hipólito esa
Verdad, y cuán obligado
Debe estar desa fineza;
Y áun él la conoce bien,
Pues la paga con la mesma.
D.ª Clar.
¿Luego él al Parque no fué?
D. Hipól.
¡Jesus! ¿Pues tal de mí piensas,
Sabiendo que para mí
No hay, Clara, holgura ni fiesta
Donde tú no estás?
D.ª Clar.
Y yo
Lo creo como si lo viera;
Pues si tú hubieras estado
Hoy en el Parque, hoy hubiera
Estado en el Parque yo,
Claro está, y es cosa cierta;
Pues si yo en tu pecho vivo,
Y tú en el pecho me llevas,
Contigo hubiera yo estado
Disfrazada y encubierta.
D. Hipól.
(Ap.) ¡Qué fácil es engañar
A la mujer más discreta!
D.ª Clar.
(Ap.) ¿Que sea bobo el más bellaco
De los hombres?
Inés.
(Ap.)Hombres y hembras
Así unos á otros se engañan,
Cuando que se quieren piensan.
(Hace señas Don Luis á Don Hipólito.)
D. Luis.
Aunque es el primer precepto
De amor no estorbar, licencia
Me dareis para que os diga
Que unos amigos me esperan,
Donde es preciso llevar
A Don Hipólito. Esta
Ausencia os deba el ser yo
Tan vuestro criado.
D.ª Clar.
Cesa,
Don Luis; que no es esta sala
Donde hablar la parte es fuerza
Por procurador. Si él quiere
Hablar, hable, y no por señas.—
Id, Don Hipólito, adios;
Que esta casa es siempre vuestra
Para iros y para estaros,
Pues siempre de la manera
Que abierta para que entreis,
Para que os vais está abierta.—
Pon esos hombres, Inés,
En la calle, y luego cierra
Las puertas.
D. Hipól.
Escucha.
D.ª Clar.
¿Yo
Escucharte?
D. Luis.
Considera
Que si yo tuve la culpa,
No ha de tener él la pena.
D.ª Clar.
Yo no me enojo con él
Ni con vos: doy la licencia
Que me pedís. (Ap. Mucho hago
En no declarar mis quejas,
Porque estoy muy enfadada
En verlos hablar por señas.)
(Vanse Doña Clara é Inés.)
ESCENA III.
DON HIPÓLITO, DON LUIS.
D. Hipól.
¿Qué os parece, Don Luis,
Deste amor, desta fineza?
D. Luis.
Que vos habeis reducido
A precepto y obediencia
La condicion más rebelde
De una mujer. ¿Quién creyera
Que Doña Clara llegara
Nunca á verse tan sujeta,
Que no saliera de casa,
Por decir que no saliera?
En fin, vos lo rendís todo.
D. Hipól.
Yo tengo notable estrella
Con mujeres.
D. Luis.
Bien se ve,
Pues habeis triunfado desta.
Pero decidme, ¿á qué efecto
Ha sido toda la priesa
De que salgamos de aquí?
D. Hipól.
¿Tan mal mi dolor lo muestra,
Que há menester explicarlo
Más que el efecto la lengua?
¿No os dije que la tapada
Ví en su casa descubierta,
Donde, porque entrara yo,
Os quedasteis á la puerta?
¿No os dije como la hablé,
Y que es entendida y bella,
Sin que subsidios de hermosa
Den excusados de necia?
¿No os dije como informado
De Don Pedro, dijo que era
Rica y noble?
D. Luis.
Sí.
D. Hipól.
¿Pues cómo
Dudais dónde voy? ¿No es fuerza
Que vaya á estarme en su calle,
(No digo bien) en la esfera
Luciente del mejor sol,
A cuya dulce violencia
Arde abrasada la pluma
Y derretida la cera?
D. Luis.
¿No creeis al desengaño
De decir Don Pedro que era
La pretension imposible
Por su virtud y sus prendas?
D. Hipól.
Si es esa otra parte más
Para ser amada, esa
Es hoy la que más me anima,
Es hoy la que más me alienta.
D. Luis.
Pues ¿y la comodidad?
D. Hipól.
Pues ¿no es comodidad esta,
Si es rica, noble y hermosa,
De buena opinion y honesta,
Y puedo dentro de un mes
Estar casado con ella?
(Vanse.)
Calle en que están las casas de Doña Ana y Don Pedro.
ESCENA IV.
INÉS, con manto; despues, DON HIPÓLITO y DON LUIS.
Inés.
Apriesa escribió mi ama
El papel, y más apriesa
Yo tras ellos me he venido,
Y cogiéndoles las vueltas,
Hasta la calle he llegado
De la madama... y áun esta
Es su casa: allí se paran.
Yo no quiero que me vean
Tras ellos, porque no echen
De ver que los seguí: sea
Otra vez, de mi delito,
Sagrado su casa mesma.
(Entra en el portal de Doña Ana. Aparece en la calle Don Hipólito y Don Luis.)
D. Hipól.
Esta es la calle feliz...
¿Pero quién dudar pudiera
Que habia de vivir Flora
En la calle de las Huertas?
Este es el balcon por donde,
En tornasoles envuelta,
Sale el alba á todas horas,
De jazmines y azucenas
Coronada, pues el dia
En sus umbrales despierta.
Inés.
(Ap. Saliendo del portal.)
Ya de que los he seguido,
Desmentida la sospecha
Está: daréle el papel
Como mi ama lo ordena.
Vuelvo á penar en lo mudo.
D. Luis.
Una mujer encubierta
Ha salido de su casa.
D. Hipól.
Y hácia nosotros se acerca.
D. Luis.
De las dos debe de ser,
Pues que vuelve á hablar por señas.
D. Hipól.
Estas mujeres sin duda
En casa el hablar se dejan
Cuando salen della, pues
Sólo hablan dentro della.—
¿Es á mí? ¿Sí? Pues ya estoy (A Inés.)
Aquí: ¿qué quieres? Espera,
Mujer.
(Da Inés un papel á Don Hipólito, y vase.)
ESCENA V.
DON HIPÓLITO, DON LUIS.
D. Luis.
Aquello es decir
Que no la sigais.
D. Hipól.
Ligera
Volvió la espalda, avisando
Que calle, y el papel lea.
(Lee.) El mayor argumento de la nobleza fué siempre la cortesía. La vuestra me asegura la verdad de todo; y así os he menester para fiar de vos un secreto. Tened una silla para luego en San Sebastian, y una casa donde pueda hablaros. Dios os guarde. — La dama muda.
¿Qué decís deste papel?
Decid ahora que crea
A Don Pedro, y que desista
De la pretension.
D. Luis.
Empresa
Notable seguís.
D. Hipól.
¿No os digo
Que yo tengo linda estrella
Con mujeres?
D. Luis.
¿Y qué habeis
De hacer?
D. Hipól.
Todo cuanto ordena.
Y así entre los dos partamos
Ahora las diligencias;
Que este es oficio de amigo.
Id, Don Luis, por vida vuestra,
Pues venimos sin cuidado,
Por la silla, y esté puesta
Al punto en San Sebastian,
Como dice. Y cuando venga,
Le direis que por no dar
De aquesto á un criado cuenta,
Os la dí á vos, porque hagamos
La necesidad fineza;
Que yo os espero en mi casa.
D. Luis.
¿Y si Doña Clara acierta
A ir allá?
D. Hipól.
Habeis reparado
Bien; que gran disgusto fuera
Que ella llegara á saberlo.
¿Qué haremos?
D. Luis.
Pues que es tan cerca
La casa deste Don Pedro,
Mejor es llevarla á ella.
D. Hipól.
Es verdad; prevenid vos
La silla, por vida vuestra,
Miéntras prevengo la casa.
D. Luis.
Oid: de la suya mesma
Otras dos salen.
D. Hipól.
Mirad
Si lo han tomado de véras.
No malogremos la dicha.
Vámonos sin que nos vean;
Que estando aquí, podrá ser
Que ir á otra parte no quieran.
D. Luis.
Voy á prevenir la silla.
(Vanse.)
ESCENA VI.
PERNÍA, DOÑA ANA, DOÑA LUCÍA.
D.ª Luc.
¿Qué es, señora, lo que intentas?
¿En este traje, de casa
Sales?
D.ª Ana.
A esto amor me fuerza.
En la casa de Don Pedro
He de entrar, ya estoy resuelta,
Hasta saber si Don Juan
En ella se oculta ó cierra.
D.ª Luc.
Pues ¿dónde vas? Esta es
La casa.
D.ª Ana.
¿No eres más necia?
Pasa de largo, porque
Deslumbremos las sospechas,
Si acaso me ha visto alguno
Salir de casa; no entienda
Que á esotra voy.—¡Ay Don Juan!
¡Ay, amor, lo que me cuestas!
(Vanse.)
Sala en casa de Don Pedro.
ESCENA VII.
DON JUAN, DON PEDRO.
D. Ped.
Notable sois, por cierto.
D. Juan.
¿No lo he de ser, Don Pedro, si estoy muerto
De celos y de agravios,
Las manos sin accion, la voz sin labios?
D. Ped.
Si yo de vuestros celos
Hoy traigo averiguados los recelos
Y deshecho el engaño,
¿Qué os quejais?
D. Juan.
Para mí no hay desengaño.
D. Ped.
Pues yo puedo deciros
Que solo por serviros,
Ahora cauteloso
Y con vuestro poder, Don Juan, celoso,
De uno y otro criado
En casa de Doña Ana me he informado
Si salió esta mañana
Al Parque, y dicen todos que Doña Ana
Sólo á misa ha salido
En su coche á las once, y nadie ha habido
Que lo contrario diga.
D. Juan.
¿Pues quién á Don Hipólito le obliga,
Don Pedro, á haber mentido?
D. Ped.
Asegurad vos bien vuestro partido;
Pero no averigüeis tan neciamente,
Puesto que mienta el otro, por qué miente.
D. Juan.
¿Quereis ver cuán atento
Estoy á mi dolor y mi tormento?
Pues con creer el daño como daño,
Me ha sosegado en parte el desengaño.
Y así, aunque no queria
Ver á Doña Ana, al espirar el dia
Verla y hablarla quiero
Y decir, ya que muero, por qué muero,
Quejándome de todo.
D. Ped.
Pues yo os diré, ya que así estais, el modo
Que me parece que hay de prevenilla.
Vos habeis de escribilla
Un papel que ha de darle ese criado...
—Mas luego lo diré, porque han llamado.
ESCENA VIII.
ARCEO. — DON JUAN, DON PEDRO.
Arceo.
Hasta aquí Don Hipólito se entra.
D. Ped.
Ya veis lo que perdeis si aquí os encuentra.
Yo saldré á recibille.
D. Juan.
Eso no, porque yo tengo de oille.
D. Ped.
Pues ¿no os fiais de mí?
D. Juan.
Yo sí me fío;
Mas es desconfiado el amor mio.
D. Ped.
Yo estoy tan satisfecho
Del honor de Doña Ana, que sospecho
Que viene á retractarse;
Y así muy poco llega á aventurarse.
Retiraos.
D. Juan.
Piedad ¡cielos!
Escuche dichas quien escucha celos.
(Retírase.)
ESCENA IX.
DON HIPÓLITO. — DON PEDRO, ARCEO; DON JUAN, en su cuarto.
D. Hipól.
Don Pedro, siempre vengo
A vos, ó con el mal ó el bien que tengo.
Ya que de vos me fío,
Amparadme, pues sois amigo mio.
Doña Ana...
D. Ped.
(Ap.¿Hay semejante
Confusion?) No paseis más adelante:
No teneis que decirme
Que á vuestra pretension constante y firme
Está, que yo lo creo, como es justo.
D. Hipól.
Léjos dais de mi dicha y de mi gusto;
Que es lo contrario lo que hablaros quiero.
D. Ped.
(Ap.) ¡Cielos! ¡qué es esto!
D. Juan.
(Ap. al paño.)
Hasta escucharle espero.
D. Ped.
(Ap.) ¿Qué he de hacer? Porque temo
Que pase este negocio á más extremo.
D. Hipól.
Doña Ana, en fin...
D. Juan.
(Ap.)¿Quién mi desdicha ignora?
D. Ped.
Esperad un instante.
(Cierra la puerta del aposento donde está Don Juan.)
Hablad ahora.
D. Hipól.
¿Por qué cerrais?
D. Ped.
No quiero que esa puerta,
Cuando fuera me voy, se quede abierta.
(Ap. Con esto he asegurado
Aquí, de dos cuidados, un cuidado.
Celos y riesgo le han buscado: ¡cielos!
Estorbe el riesgo, ya que no los celos.)
D. Hipól.
Doña Ana pues, este papel me escribe.
Que busque donde hablarla me apercibe
Y pues mi dicha pasa
Tan adelante, dadme vuestra casa,
Adonde pueda vella:
Tapada vendrá á ella.
Yo he menester á Arceo
Que se venga conmigo; que deseo
Miéntras llega, advertido,
Tener algun regalo prevenido.
Y pues que la respuesta
Ha de ser ayudar dicha como esta,
Quedad con Dios; que con el bien que toco,
Loco debo de estar, si no voy loco.
D. Ped.
Oid, mirad.
D. Hipól.
No me deja mi deseo,
Ni lo espereis; que me llevo á Arceo.
(Vase con Arceo.)
D. Ped.
¿Qué haré de dos amigos empeñado,
Si uno me busca, y otro está encerrado,
Y ambos de mí se fían? Triste llego
A abrir las puertas, y en las dudas ciego.
(Abre.)
ESCENA X.
DON JUAN, que sale de donde estaba. — DON PEDRO.
D. Ped.
Don Juan, viendo que aquí (¡confusion brava!)
Una desdicha y otra acá os buscaba
En deshecha fortuna,
Quise de dos embarazar la una,
Y porque no saliérades restado,
Ya que celoso...
D. Juan.
Todo fué excusado;
Que oyendo lo que oí, aunque estuviera,
Abierto, no saliera;
Pues á tal desengaño, cosa es clara
Que esperara hasta verle cara á cara:
Necedad en el mundo introducida,
Solicitar lo que quitó la vida.
D. Ped.
Esa ahora es mi duda;
Yo no sé como á tanto empeño acuda.
Don Hipólito (¡ay cielos!) este dia
De mí su gusto y vuestra pena fía.
Mi obligacion en vuestras manos dejo.
¿Qué hiciérades? ¡Ay Dios! Dadme consejo.
D. Juan.
Yo no sé lo que hiciera,
Si vos, Don Pedro, fuera,
En un caso tan nuevo;
Mas siendo yo, bien sé lo que hacer debo;
Que es, aunque el alma en celos se me abrasa,
El respeto guardar á vuestra casa.
Mas fuera della le daré la muerte,
Ya que el duelo de amor es ley tan fuerte,
Que dispone severa
Que ofenda la mujer, y el hombre muera.
D. Ped.
Vos no habeis de salir de aquí.
D. Juan.
Es en vano,
Que he de salir.
D. Ped.
Vuestro peligro es llano.
D. Juan.
Y esotro ¿no lo es? ¿Quereis que vea
Hoy mis desdichas yo? Pues así sea.
Que aquí me estaré, digo,
Y que de mi dolor seré testigo.
Venga Doña Ana, de otro enamorada,
Y... Mucho iba á decir; no digo nada.
D. Ped.
Eso tampoco es justo.
D. Juan.
Pues ni irme ni quedarme no os da gusto,
(¡Estoy perdido y loco!)
¿Qué quereis?
D. Ped.
No lo sé.
D. Juan.
Ni yo tampoco.
D. Ped.
Sólo deciros quiero
Que, aunque como desdichas las espero,
Estoy tan confiado
Del honor de Doña Ana, que he pensado
Que este se desvanece,
O que su amor algun error padece.
D. Juan.
Confianza tan vana
¿De qué os nace?
D. Ped.
De ser quien es Doña Ana,
Que es mujer principal.
D. Juan.
Necio anduvisteis,
Si ántes que principal, mujer dijisteis,
Y ved si engaño habrá, que ya han entrado
Dos mujeres.
D. Ped.
Yo estoy desesperado,
Pues consultando extremos,
Tratando mucho, nada resolvemos,
Y ya el lance llegó. No sé qué hacerme.
Escondeos.
D. Juan.
Yo no tengo de esconderme.
D. Ped.
¿Pues quereis que aquí os vean?
D. Juan.
¿Habrá desdichas que mayores sean?
D. Ped.
Haced esto por mí, hasta que sepamos
La verdad, y despues los dos muramos
En la defensa del agravio vuestro.
D. Juan.
Mi amistad así os muestro;
Pero con condicion (¡desdicha grave!)
Que á aquesta puerta he de quitar la llave,
Y ha de estar siempre abierta.
(Vase.)
ESCENA XI.
DOÑA ANA, DOÑA LUCÍA y PERNÍA. — DON PEDRO; DON JUAN, en su cuarto.
D.ª Luc.
Oye, Pernía, quédese á la puerta.
(Vase Pernía.)
D.ª Ana.
Señor Don Pedro Giron,
Muy admirado estareis
De ver hoy en vuestra casa
Entrarse así una mujer.
Galan y discreto sois,
Y como todo, sabeis
Que extremos de amor obligan
A más extremos; y pues
De alguno se han de fiar,
¿De quién, Don Pedro, de quién
Mejor que de vos, que sois
Noble, entendido y cortés?
(Descúbrese.)
D. Ped.
(Ap.) Ya no me queda esperanza:
Doña Ana, vive Dios, es.
D. Juan.
(Ap. entreabriendo la puerta del cuarto donde está.)
¡Y querrán que calle yo!
Mas puesto que así ha de ser,
Arded, corazon, arded,
Que yo no os puedo valer.
D.ª Ana.
Ya que con vos declarada
Estoy, Don Pedro, sabed
En lágrimas y suspiros
Mis desdichas de una vez.
Y pues sabeis que he venido
A vuestra casa, entended
(¡Cuánta vergüenza me cuesta!)
Ya, señor Don Pedro, á qué.
Un hombre vengo á buscar,
Porque de muy cierto sé
Que le puedo hallar en ella.
(Sale Don Juan.)
D. Juan.
Adios, Don Pedro; porque
Darme tormento de celos,
Y querer que calle, es
Nuevo rigor. Yo confieso
Que es mi delito querer,
Si eso pretendeis de mí...
D.ª Ana.
¡Don Juan, mi señor, mi bien!...
D. Juan.
¡Doña Ana, mi mal, mi muerte!
D.ª Ana.
Dame los brazos.
D. Juan.
Deten,
No con los brazos añadas
Al tormento otro cordel,
Pues ya he dicho la verdad.
D. Ped.
(Ap.) No sé, vive Dios, qué hacer.
Mas porque ni uno éntre, ni otro
Salga, el paso cerraré.
D. Juan.
No cerreis, porque he de irme.
D.ª Ana.
No has de irte.—Sí cerreis.—
¿Pues cómo tan rigoroso,
Cómo tan tirano, pues
Agradeces desa suerte
Haberte venido á ver?
D. Juan.
¿A quién?
D.ª Ana.
A tí, porque supe
Que aquí estabas.
D. Juan.
¡Bien á fe!
Buena disculpa has hallado.
¡Ah fiera! ¡ah ingrata! ¡ah cruel!
¡Qué pronto vive á mentir
El ingenio en la mujer!
D.ª Ana.
Don Juan, si de las pasadas
Ofensas (al parecer
Justas) te dura el enojo,
Y huyes de mí (¡ay Dios!) porque
Estás engañado, ya
Te vengo á satisfacer.
Aquel hombre, á quien le diste
La muerte...
D. Juan.
Yo no hablo dél
¡Mira, mira tus engaños,
Cuáles han llegado á ser,
Pues quejándome de uno,
A otro respondes! Y pues
Son tantos que unos á otros
Se embarazan, no me des
Satisfaccion de ninguno;
Que mejor será tener
Queja de todos; que al fin
Está mejor puesto aquel
Que, ántes que mal satisfecho,
Se queda quejoso bien.
D.ª Ana.
No te entiendo; y si es la causa
Que yo imagino que es
La que tú sientes, señor,
¿De qué te quejas? ¿de qué?
¿Qué nueva causa te he dado?
Pero si no puede ser
Darla yo, ¿qué nueva causa
Te ha dado mi estrella? Ten
El paso, y díme, ¿qué es esto?
D. Juan.
Traiciones tuyas; si bien
No siento que sean traiciones,
Porque te llego á perder;
Pues lo que llego á sentir,
Sólo (he de decirlo) es
Que otro merezca en un dia
Lo que en siglos no alcancé
A merecer yo. Y en fin
Me consuela en parte, que
Él no te ha llegado á amar,
Pues te llega á merecer.
D.ª Ana.
Si mi desdicha, Don Juan,
Te ha sabido disponer
Otra evidencia aparente
Que yo no alcanzo ni sé,
¿Cómo he de desengañarte?
¿Cómo te he de responder?
¡Vive Dios, que te han mentido!
D. Juan.
No, que es verdad cuanto hablé.
D.ª Ana.
¿Quién te lo dijo?
D. Juan.
El galan
A quien tú vienes á ver.
D.ª Ana.
Yo á verte á tí, Don Juan, vengo...
D. Juan.
¡Es verdad, dices muy bien!
D.ª Ana.
Porque supe que aquí estabas.
D. Juan.
¿De quién pudiste? ¿de quién?
D.ª Ana.
Desta criada.
D. Juan.
¡Por cuánto
Llegara el testigo á ser,
Que no fuera tu criada!
Que criadas y amas teneis
Pacto explícito á mentir.
D.ª Ana.
Esta es verdad.
D. Juan.
¿Quién tal crê?
D.ª Ana.
Quien quiere bien.
D. Juan.
Pues yo quiero
Muy mal por aquesta vez.
D.ª Ana.
Pues muera de desdichada.
D. Juan.
Y yo de infeliz tambien.
ESCENA XII.
ARCEO. — Dichos.
Arceo.
(Dentro.) Abran aquí.
D. Ped.
(Ap.)Esto es peor.
No sé ¡vive Dios! qué hacer,
Que Don Hipólito viene.
D. Juan.
¿Quieres, ingrata, saber
Si me han mentido? Pues éste
El galan que buscas es.
D.ª Ana.
Yo me huelgo de que sea,
Puesto que no puede ser
El que busco, el que imaginas
Abrid, Don Pedro. Entre pues,
Y sepa Don Juan que miente
El que contra mi altivez
Bajo concepto ha formado.
D. Juan.
¡Plegue á Dios! Y aquesta vez,
O por vivir ó morir,
Escuchándote estaré,
Supuesto que es ya mi vida
El juego del esconder.
(Escóndese Don Juan y abre Don Pedro; sale Arceo con una fuente de dulces.)
Arceo.
¿Tanto tardan en abrir
A quien llama con los piés,
Que es señal que trae algo
En las manos? ¡Vive diez,
Que queda saqueada toda
La tienda del Portugues!—
Ya Don Hipólito viene, (A doña Ana.)
Señora.—¿Pero qué ven
Mis ojos? ¿Doña Lucía
En mi casa?
D.ª Luc.
(Ap.)Aquesta vez,
Por el chisme de una dueña,
Muertes de hombres ha de haber.
ESCENA XIII.
DON HIPÓLITO. — Dichos.
D. Hipól.
(Ap. ¿Si habrá ya Don Luis llegado
Con la silla? Sí, pues ver
Puedo la dama. ¡Ay amor!
Todo ha sucedido bien.)
Seais, señora, bien venida
A este, aunque humilde dosel
Del mayo y el sol, ya esfera
De verdor y rosicler.
D.ª Ana.
(Ap.) ¡Cielos! ¿Qué pasa por mí?
¿Este el marido no es
De la que hoy se entró en mi casa?
D. Juan.
(Ap. entreabriendo la puerta.)
¡Quién vió lance más cruel!
D. Ped.
(Ap.) Mal se va poniendo todo.
Lo que resuelva no sé.
D. Hipól.
Don Pedro, no tan penada
Tengais á esta dama: ved
Que por vos no se descubre.
D. Ped.
Yo, por no estorbar, me iré.
(Ap. Mas será á estar á la mira.)
D.ª Ana.
Don Pedro, no os ausenteis,
Porque habeis de ser aquí,
De cuanto pasare, juez.—
Caballero, á quien apénas
Ví, pues si os ví, á penas fué,
(A Don Hipólito.)
Ya que por vos las padezco,
¿Conoceisme?
D. Hipól.
No y sí, pues
En este instante os conozco,
Y os desconozco tambien.
Conózcôs, pues que quien sois,
Muy bien informado, sé;
Y desconózcôs, señora,
Porque desa suerte hableis.
Si os ví en el Parque primero,
Y en vuestra casa despues;
Si para venir á hablaros
Llamado fuí de un papel;
Y si habeis venido adonde
Yo os traigo, ¿cómo ó por qué
Así os extrañais de verme
Donde me venís á ver?
D. Juan.
(Ap.) ¿Querrán Doña Ana y Don Pedro
Que esto llegue á oir y ver,
Y no salga? ¡Vive Dios,
Que infamia del amor es!
D.ª Ana.
¡Yo á veros á vos! Mirad
Lo que decís: no busqueis
Desengaños, que á vos solo
Mal el saberlos esté.
Yo en mi vida al Parque fuí;
Ni en él os ví ni os hablé.
Si os entrasteis en mi casa,
No me pregunteis á qué;
Que aunque lo puedo decir,
Vos no lo podeis saber;
Que habeis de ser el postrero
Que el desengaño toqueis.
Basta decir que engañado
Estais, y que me dejeis;
Que puede ser sea causa
De todo vuestra mujer.
D. Hipól.
¡Mi mujer! Ahora conozco
De qué ha podido nacer
Vuestro enojo. Yo hice mal
En traeros aquí: haced
La deshecha norabuena;
Pero no me acumuleis
Que soy casado, que es susto
De que jamás sanaré.
D. Ped.
(Ap.) Ya ni áun á mentir acierta
Doña Ana.
D. Juan.
(Ap.)Ni yo á tener
Paciencia; pero si salgo,
Rompo de amistad la ley,
A Doña Ana la destruyo,
Y á mí me pierdo tambien
Sin efecto, pues en medio
Han de estar su criado y él,
Y es hacer ruido no más,
Dejando la duda en pié.
Pues sufrirlo, es imposible;
Que ¿quién ha podido, quién,
Oir requebrar á su dama?
Haya un medio entre los tres,
Como yo solo me pierda,
Donde... Pero esto despues
Ha de decir el suceso.
Ya he visto cómo ha de ser.
(Vase.)
D.ª Ana.
Dejadme, señor, por Dios:
Y porque mejor mireis
Que huyo de vos, y lo más
A que se puede atrever
Una mujer como yo,
A voces digo que quien
En este aposento está,
Mi dueño y mi amante es.
Y es á quien vine á buscar,
Y es á quien yo quiero bien;
Porque á vos no os escribí,
Ni os ví en mi vida, ni hablé,
Desmintiendo desta suerte
Su peligro y mi desden.
(Éntrase donde estaba Don Juan; Doña Lucía la sigue.)
D. Hipól.
Cerró la puerta. ¿Quién vió
Mas tramoyera mujer?
Desde el punto que la ví,
Enredadora la hallé.
D. Ped.
(Ap.) Bien cuerda resolucion
Tomó Doña Ana porque
Con esto estorba que salga
Don Juan, que es lo que á temer
Llegué siempre.
D. Hipól.
Estoy confuso
Y qué he de decir no sé.
ESCENA XIV.
DON LUIS. — DON HIPÓLITO, DON PEDRO.
D. Luis.
Yo llego á muy buena hora.
Don Hipólito, ahí está
Aquella señora ya
En la silla.
D. Hipól.
¿Qué señora?
D. Luis.
La que esperais.
D. Hipól.
¿Qué decís?
D. Luis.
Que tomó en San Sebastian
La silla, y que ahí fuera están.
D. Hipól.
Engañado estais, Don Luis;
Porque la dama, á quien yo
Vengo á ver, ya estaba aquí
Cuando vine.
D. Luis.
¿Cómo así,
Si ahora conmigo llegó
En la silla la mujer
Que hoy en el Parque encontramos
A quien seguimos y hablamos?
D. Hipól.
Eso ¿cómo puede ser,
Si la misma, destapada,
Aquí la he visto y hablado,
Y en este aposento ha entrado?
D. Luis.
No quiero deciros nada,
Sino que entra ya.
D. Hipól.
¡Por Dios,
Que es rigorosa mi estrella!
ESCENA XV.
DOÑA CLARA é INÉS, tapadas. — DON HIPÓLITO, DON PEDRO, DON LUIS.
D. Luis.
Ahora decid si es aquella.
D. Hipól.
O es ella, ó ellas son dos.
D. Ped.
¿Veis, Don Hipólito, veis
Cómo la dama que estaba
Hoy aquí, á vos no os buscaba?
D. Hipól.
Quitarme el juicio quereis.—
Mujer, dos veces tapada, (A doña Clara.)
Que á mi deshecha fortuna,
Por si se me pierde una,
Se me envía duplicada,
¿No me hablaste en el Parque hoy?
¿No eres tú la que seguí,
Y la que en tu casa ví?
(Hasta aquí á todas las preguntas ha respondido Doña Clara por señas, y ahora se descubre.)
Confuso otra vez estoy.
D.ª Clar.
Yo soy, el mi caballero,
Ya que descubierta os hablo,
Aquella habladora muda,
Por las lecciones de un manto;
Que viendo que era muy poca
Victoria, muy poco aplauso
De toda aquesta mujer
Un hombre no más, buscando
Ocasion de que alcanzara
Sola una parte del lauro,
Le quise dar de ventaja
La discrecion á mi garbo.
Bien pensó vuesa merced
Muy necio y muy confiado
Que tenía muerta al vuelo
La hermosura de los campos;
Pues no, señor Para-todas,
Y conozca escarmentando
Que ha dado vuesa merced,
Por lo entendido ó lo raro,
Mala cuenta de su amor,
Pues deja este desengaño
Vengada á la hermosa Filis
De los desdenes de Fabio.
Pues cuando fuera verdad
Que yo le amara; pues cuando
Fuera verdad que celosa
Aquí le hubiera buscado,
El verme vengada sólo
Me hubiera el amor quitado.
Yo lo estoy con que haya visto
Que los celos que me ha dado,
Han sido conmigo misma;
Pues nadie pudiera darlos
A este talle, que no fuera
Su mismo desembarazo.
Envaine vuesa merced
Todo ese grande aparato
De dulces de Portugal,
Que le han salido tan agrios;
Que no es la boda por hoy.
Pero agradezca el cuidado
Que en ella ha puesto el señor
Casamentero del diablo;
Que cierto que de su parte
Nada faltó, porque ha estado
Con mucha puntualidad
Con la tal silla esperando,
Y hizo muy bien el papel,
Encareciendo el recato;
Porque es amigo muy fino
Del que es amante muy falso.
Con esto adios, y ninguno
Me siga; que si echo el manto,
Si vuelvo la calle, si otro
Embeleco desenvaino,
Les haré creer que soy
Otra dama, aunque al estrado
Me entre de una mesurada,
Como esta mañana, cuando
Le hizo creer que era otra
Sólo un sombrerillo blanco.
(Vase.)
D. Hipól.
Oye, aguarda, espera, escucha.
D. Luis.
¡En toda mi vida he hallado
Hombre de tan buena estrella
Con mujeres!
D. Hipól.
¿Que burlando
Esteis, cuando estoy muriendo?—
Detente, Inés.
Inés.
Será en vano;
Que vamos muy enojadas.
(Vase.)
D. Hipól.
No sé qué hacer en tal caso.
Mas sí sé, que es apelar
De todo al desembarazo,
Desengañando hoy la una,
Y la otra despues amando.
(Vanse Don Hipólito y Don Luis.)
D. Ped.
¡Gracias á Dios, que con esto
Ya los celos se acabaron
De Doña Ana y de Don Juan,
Pues todo lo han escuchado,
Y mi amor, pues Doña Clara
Viene á Hipólito buscando!
¡Cielos! sin querer, he visto
Mis celos averiguados.
Arceo.
Y si el galan y la dama
Están ya desengañados,
Aquí acaba la comedia.
D. Ped.
¿Oiste ya el desengaño,
Don Juan?
(Llegándose á la puerta del cuarto donde estuvo.)
ESCENA XVI.
DOÑA ANA, DOÑA LUCÍA. — DON PEDRO, ARCEO.
D.ª Ana.
No soy tan dichosa
Yo.
D. Ped.
¿Cómo así?
D.ª Ana.
Como cuando
Yo entré, sólo ví un hombre,
Que atrevido y temerario
Se echaba por la ventana,
Que hay, señor, á esos tejados.
Arceo.
Pues no acaba la comedia.
D. Ped.
¡Qué rigoroso, qué extraño
Afecto de amor y celos!
(Ap. Él iba á salir al paso:
Seguir á los dos importa,
No suceda algun fracaso.)
(Vase.)
D.ª Ana.
Grande desdicha es la mia,
Pues cuando vengo buscando
Hoy, Don Juan, finezas tuyas,
Solas mis desdichas hallo.
Cuando te siguen sospechas,
Tú las estás esperando
Firme, ¡y vuelves las espaldas
Si te siguen desengaños!
¿Qué mujer es esta ¡cielos!
Que hoy en mi casa se ha entrado?
¿Qué hombre es este que asegura
Que yo le vengo buscando?
¡Oh nunca en el tiempo hubiera,
Oh nunca hubiera en el año,
Si es que la culpa han tenido
De enredos y enojos tantos,
Las mañanas floridas
De Abril y Mayo!