JORNADA PRIMERA.


Sala en casa de Don Alonso, junto á los pozos de la nieve.

ESCENA PRIMERA.

DON ALONSO, OTÁÑEZ.

Otáñez.

Una y mil veces, señor,

Vuelvo á besarte la mano.

D. Alon.

Y yo una y mil veces vuelvo

A pagarte con los brazos.

Otáñez.

¿Posible es que llegó el dia

Para mí tan deseado,

Como verte en esta corte?

D. Alon.

No lo deseabas tú tanto

Como yo; pero ¿qué mucho,

Si en dos hijas dos pedazos

Del alma me estaban siempre

Con mudas voces llamando?

Otáñez.

Aun en viéndolas, señor,

Mejor lo dirán tus labios.

¡Oh si mi señora viera

Este dia!

D. Alon.

No mi llanto

Ocasiones con memorias

Que siempre presentes traigo.

Téngala Dios en el cielo;

Que á fe que he sentido harto

Su muerte; que desde el dia

Que su Majestad, premiando

Mis servicios, en el reino

De Méjico me dió el cargo

De que vengo, á no más ver

Me despedí de sus brazos.

No quiso pasar conmigo

A Nueva-España, no tanto

Por los temores del mar,

Como porque en tiernos años

Dos hijas eran estorbo

Para camino tan largo.

Criándolas quedó en casa:

Fué Dios servido que al cabo

De tantos años faltó.

A cuya causa, abreviando

Yo con mi oficio, dispuse

Volver para ser reparo

De su pérdida; que no

Estaban bien sin amparo

De padre y madre.

Otáñez.

Es muy justo,

Señor, en tí ese cuidado;

Pero si alguno pudiera

No tenerle, eras tú. Es llano,

Porque el dia que faltó

Mi señora, ambas entraron

Seglares en un convento,

Sin más familia ni gasto

Que á Mari-Nuño y á mí,

Donde en Alcalá han estado

Con sus tias hasta hoy,

Que obedientes al mandato

Tuyo, vuelven á la corte.

Y habiéndolas yo dejado

Ya en el camino, no pude

Sufrir del coche el espacio;

Y así, por verte, señor,

Me adelanté.

D. Alon.

Unos despachos

Que para su Majestad

Traje, demas del cuidado

De tener puesta la casa,

Tiempo ni lugar me han dado

De ir yo por ellas; demas

Que el camino es tan cosario,

Que perdona la fineza,

Pues es venir de otro barrio.

¿Cómo vienen?

Voces.

(Dentro.)Pára, pára.

Otáñez.

Ya parece que han llegado:

Ellas lo dirán mejor.

D. Alon.

A recibirlas salgamos.

Otáñez.

Excusado será, pues

Están ya dentro del cuarto.

ESCENA II.

CLARA, EUGENIA y MARI-NUÑO, de camino.—DON ALONSO, OTÁÑEZ.

Clara.

Padre y señor, ya que el cielo,

Enternecido á mi llanto,

Me ha concedido piadoso

La dicha de haber llegado

Adonde, puesta á tus piés,

Merezca besar tu mano,

Cuanto desde hoy viva, vivo

De más; pues no me ha dejado

Ya que pedirle, si no es

Sólo el eterno descanso.

Eugenia.

Yo, padre y señor, aunque

Logre en estas plantas cuanto

Me prometió mi deseo...

Más que pedir me ha quedado

Al cielo, y es que tal dicha

Dure en tu edad siglos largos;

Porque esto del morir, no

Lo tengo por agasajo.

D. Alon.

No en vano, mitades bellas

Del alma y vida, no en vano

Al corazon puso en medio

Del pecho el cielo, mostrando

Que con dos afectos puede

Comunicarse en los brazos.

Alzad del suelo; llegad

Al pecho, que enamorado

Vuelva á engendraros de nuevo.

Clara.

Hoy puedo decir que nazco,

Pues hoy nuevo sér recibo.

Eugenia.

Dices bien, que tal abrazo

Infunde segunda vida.

D. Alon.

Entrad, no quedeis al paso:

Tomaréis la posesion

Desta casa en que os aguardo,

Para que seais dueños della,

Hasta que piadoso el hado

Traiga á quien merezca serlo

De dos tan bellos milagros;

Si bien en mí, esposo, padre

Y galan tendreis, en tanto

Que os vea como deseo.—

¡Brígida! (Llamando.)

ESCENA III.

BRÍGIDA.—Dichos.

Brígida.

Señor.

D. Alon.

Su cuarto

Enseña á tus amas.

Brígida.

Todo

Limpio está y aderezado;

Pero ¿qué mucho es, si tales

Dueños espera, el estarlo

Como un cielo, con dos soles?

¡Feliz yo que á ver alcanzo

Este dia, aunque á pension

De haber, Eugenia, dejado

Las paredes del convento!

Eugenia.

¡Feliz yo, pues he llegado

A ver calles de Madrid,

Sin rejas, redes, ni claustros!

(Vanse Clara, Eugenia, Brígida y Otáñez.)

ESCENA IV.

DON ALONSO.—MARI-NUÑO.

Mari-Nu.

Ya, señor, que el alborozo

De dos hijas ha dejado

Algun lugar para mí,

Merezca tambien tu mano.

D. Alon.

Y no con menor razon

Que ellas, el alma y los brazos,

Pues por vuestra buena ley,

En lugar de madre os hallo.

Y ya que ausentes las dos,

Solos, Mari-Nuño, estamos,

Decidme sus condiciones;

Que como las dos quedaron

Niñas, mal puedo hacer juicio

Que no sea temerario,

Para que prudente y cuerdo

Pueda, como maestro sabio,

Gobernar inclinaciones

Que pone el cielo á mi cargo.

Mari-Nu.

Con decir, señor, que son

Hijas tuyas, digo cuanto

Puedo decir; mas por que

No presumas que te hablo

Sólo al gusto, aunque de entrambas

La virtud y ejemplo es raro,

De lo general verás

Que á lo particular paso.

Doña Clara, mi señora,

Mayor en cordura y años,

Es la misma paz del mundo:

No se ha visto igual agrado

Hasta hoy en mujer. Pues ¿qué

Su modestia y su recato?

Apénas cuatro palabras

Habla al dia: no se ha hallado

Que haya dicho con enojo

A criada ni á criado

En su vida una razon:

Es, en fin, ángel humano,

Que á vivir solo con ella,

Pudiera uno ser esclavo.

Doña Eugenia, mi señora,

Aunque en virtud ha igualado

Sus buenas partes, en todo

Lo demas es al contrario.

Su condicion es terrible:

No se vió igual desagrado

En mujer: dará, señor,

Una pesadumbre á un santo.

Es muy soberbia y altiva,

Tiene á los libros humanos

Inclinacion, hace versos;

Y si la verdad te hablo,

De recibir un soneto

Y dar otro, no hace caso.

Pero no por eso...

D. Alon.

Basta,

Que en eso habeis dicho harto.

Yo os lo estimo, como es justo,

Que, prevenido del daño,

Sepa adónde he de poner

Desde hoy desvelo y cuidado.

Y así, aunque en edad menor,

Sea primera en estado;

Que el marido y la familia

Son los médicos más sabios

Para curar lozanías,

Flores de los verdes años.

Desde el dia que llegué,

A la montaña he enviado

Por un sobrino, que hijo

Es de mi mayor hermano;

Y en él quiero de mis padres

Y abuelos el mayorazgo

Aumentar: pobre es, yo rico,

Y es bien que el caudal fundamos

De la sangre y de la hacienda,

Porque conservemos ambos

El solar de Cuadradillos

Con más lustre. Así, en llegando,

Será Eugenia esposa suya:

Veamos si el nuevo cuidado

Enmienda las bizarrías

De los verdores lozanos.

ESCENA V.

OTÁÑEZ.—DON ALONSO, MARI-NUÑO.

Otáñez.

Un hombre espera allí fuera.

D. Alon.

¿Quién es?—Que ese breve espacio

Tardaré, á las dos decid.—

¿Versos? ¡Gentil cañamazo!

¿No fuera mucho mejor

Un remiendo y un hilado? (Vase.)

Otáñez.

¿Qué le has dueñado á señor,

Que es lo mismo que chismeado,

Que ya va tan desabrido?

Mari-Nu.

¿Ahora sabes, mentecato,

Que apostatara una dueña,

Si supiera callar algo? (Vanse.)


Sala en casa de Don Félix.

ESCENA VI.

DON FÉLIX, vistiéndose; HERNANDO.

Hernan.

¡Bravas damas han venido,

Señor, á la vecindad!

D. Félix.

El agasajo, en verdad,

Perdonara por el ruido,

Pues dormir no me han dejado.

Hernan.

La una es dada.

D. Félix.

¿Qué importó,

Si á la una duermo yo,

Que haya dado ó no haya dado?

Mas ¿qué género de gente

Es?

Hernan.

De lo muy soberano:

Las hijas de aqueste indiano,

Que compró el jardin de enfrente,

Que dicen, señor, que lleno

De riquezas para ellas,

A solamente ponellas

Viene en estado.

D. Félix.

Eso es bueno.

¿Son hermosas?

Hernan.

Yo las ví

Al apearse, y á fe

Que por tales las juzgué.

D. Félix.

¿Hermosas y ricas?

Hernan.

Sí.

D. Félix.

Buenas dos alhajas son:

Dirémoslas al momento

Todo nuestro pensamiento,

Por gozar de la ocasion,

Con estar cerca de casa;

Que estoy cansado de andar

Lo que hay desde aquí al lugar.

Hernan.

Un vejete cuanto pasa

Me dijo: y al padre igualo

Al hombre de más valor,

Pues dice que por su honor

Matara al Sofí.

D. Félix.

Eso es malo;

Que aunque yo no soy Sofí,

En extremo me pesara

Que para que él me matara,

Por él me tuviera aquí.

Y de las hijas ¿qué dijo?

Que escudero que empezó

A hablar, nada reservó.

Hernan.

Diversas cosas colijo

De ambas que apruebo y condeno,

Porque hay del pan y del palo.

Una es callada.

D. Félix.

Eso es malo.

Hernan.

Otra es risueña.

D. Félix.

Eso es bueno.

Para la alegre, por Dios,

Habrá sonetazo bello;

Y para la triste aquello

De «ojos, decídselo vos.»

Hernan.

Alegre ó triste, me holgara

De verte, señor, un dia,

Con una galantería,

Que decirla te costara

Desvelo.

D. Félix.

¿A mí? Harto fuera

Que alabarse, vive el cielo,

De que me costó un desvelo

Ninguna mujer pudiera.

Eso no, pues sabe Dios

Que si las hiciere ya

Algun terrero, será

Por estar cerca y ser dos.

Aunque á cualquiera me inclina

Ya fuerza más poderosa.

Hernan.

Será ser rica y hermosa.

D. Félix.

No es sino el estar vecina,

Que es mayor perfeccion, pues

Nada la iguala. (Llaman.)

Mas dí,

¿Llaman á la puerta?

Hernan.

Sí.

D. Félix.

Ve y mira, Hernando, quién es.

ESCENA VII.

DON JUAN, en traje de camino.—DON FÉLIX, HERNANDO.

D. Juan.

Yo soy, Don Félix; que estando

La puerta abierta, no fuera

Bien, que más me detuviera.

D. Félix.

Mal llamar ha sido, cuando

Sabeis que puertas y brazos

Están siempre para vos

De una suerte.

D. Juan.

Guárdeos Dios,

Que ya sé que destos lazos

El estrecho nudo fuerte

Que en nuestras almas está,

Sin romperle, no podrá

Desatárnosle la muerte.

D. Félix.

Seais bien venido; que aunque

En la jornada de Hungría,

Que veniades sabía,

No tan presto os esperé.

D. Juan.

Fuerza adelantarme ha sido

Para un negocio, en razon,

Don Félix, de mi perdon.

D. Félix.

¿Habeisle ya conseguido?

D. Juan.

Sí, y habiendo perdonado

La parte, gozar quisiera

Del indulto que se espera

Por las bodas; y así, he dado

Priesa á venir, para que,

En vuestra casa escondido,

Me halle á todo prevenido.

D. Félix.

Dicha es mia. Y ¿cómo fué?

D. Juan.

Ya sabeis que por la muerte,

Félix, de aquel caballero,

Fuí á Italia. Pues, lo primero,

Dispuso mi buena suerte

Ser ocasion que el señor

Duque excelso y generoso

De Terranova famoso,

Iba por embajador

A Alemania. Acomodado

Con él á Alemania fuí;

Y hallándose allá de mí

Bien servido y obligado,

A España escribió, porqué

Conocimiento tenía

Con la parte: y así un dia,

Sin saberlo yo, me hallé

Con el perdon, en un pliego

Que de su mano me dió.

D. Félix.

El lance fué tal, que erró

La parte en no darle luégo,

Pues fué casual la pendencia

Que dió la conversacion.

D. Juan.

Esa es, Félix, la opinion

Comun; pero mi impaciencia

De mayor causa nacía,

Que la que ocasiona el juego.

D. Félix.

Eso es lo que yo no llego

A saber.

D. Juan.

Pues yo servia

(Ya que decirlo no importa)

A una dama rica y bella

Para casarme con ella;

Y no con suerte tan corta,

Que esperanzas no tuviese;

Aunque me las dilataba

Que ausente su padre estaba,

Y la madre no quisiese

Tratar su estado sin él.

En este tiempo entendí

Servirla el muerto; y así,

Ocasionado de aquel

Lance que el juego nos dió,

Con capa de otros desvelos

Venganza tomé á mis celos,

Con que todo se perdió;

Pues fueran necios engaños,

Confiado de mi estrella,

Pensar hoy que áun viva en ella

Memoria de tantos años.

D. Félix.

Vos estais bien persuadido;

Que en Madrid, cosa es notoria

Que en las damas, la memoria

Vive á espaldas del olvido.

Su favor y su desden

Ya en ningun estado no

Hizo fe: ¡bien haya yo,

Que en mi vida quise bien!

D. Juan.

¿Todavía dese humor?

D. Félix.

Sí, pues aunque ellas son bellas,

Me quiero á mí más que á ellas;

Y así tengo por mejor,

A la que me ha de engañar,

Engañarla yo primero;

Que yo por amigo quiero

Al gusto más que al pesar.

Y para que no se crea

Que lo es para vos mi humor,

Ni para mí vuestro amor,

Otra la plática sea.

¿Cómo en la jornada os ha ido?

D. Juan.

Como á quien viene de ver

Darse poder á poder

Desempeños á partido;

Porque tal autoridad,

Pompa, aparato y riqueza

Como ostentó la grandeza

De una y otra majestad,

El dia que la hija bella

Del águila soberana,

Generosamente ufana

Trocó el Norte por la estrella

Del hispano (en cuya accion,

Llanto á gozo competido,

Dejó del águila el nido

Por el lecho del leon),

No la vió otra vez el dia.

D. Félix.

De paso no estoy contento

De oirla.

D. Juan.

Pues estadme atento,

Porque á la relacion mia

Los afectos cortesanos

Pagueis.

D. Félix.

Yo os la ofrezco brava.

D. Juan.

Deudora Alemania estaba...

ESCENA VIII.

DON PEDRO, vestido de color.—DON FÉLIX, DON JUAN, HERNANDO.

D. Ped.

Don Félix, bésôs las manos.

D. Félix.

Seais, Don Pedro, bien venido.

Por esta puerta en un punto

Hoy se entra el bien todo junto.

Pues ¿qué venida esta ha sido?

¿Acabóse el curso?

D. Ped.

No.

D. Félix.

Pues ¿qué os trae?

D. Ped.

Yo os lo diré.

D. Juan.

Si yo embarazo, me iré.

D. Ped.

No, caballero; que yo,

Hallándôs con Félix, fío

Mucho de vos, porque arguyo

Que baste que amigo suyo

Seais, para ser dueño mio.

Demas, que aquí es mi venida

(Que en decirlo no hago nada)

Una dama celebrada,

Que á mi amor agradecida

Pude en Alcalá servir:

Vino hoy á Madrid, y á vella

Vengo, Don Félix, tras ella.

D. Félix.

¿Y qué más?

D. Ped.

Que por huir

De mi padre, aquí escondido

Dos dias habré de estar.

D. Félix.

Albricias me podeis dar

De haber á tiempo venido,

Que en ella Don Juan tambien

Puede haceros compañía.

D. Juan.

Será gran ventura mia

Que en mí conozcais á quien

Serviros desea.

D. Ped.

Los cielos

Os guarden.

D. Félix.

Pues vive Dios

Que no habeis de hablar los dos

Tocados de amor y celos.—

Haz que nos den de comer,—

(A Hernando, que se va.)

Y pues no hemos de salir

De casa, por divertir

El tiempo que puede haber,

La relacion me decid,

Don Juan, de la real jornada.

ESCENA IX.

DON FÉLIX, DON JUAN, DON PEDRO.

D. Juan.

Con calidad, que acabada,

La prevencion de Madrid

Direis despues.

D. Félix.

Soy contento.

D. Ped.

Yo vengo á buena ocasion,

Que una y otra relacion

Nueva es para mí.

D. Juan.

Oid atento.

Deudora Alemania estaba

A España de la más rica,

De la más hermosa prenda,

Desde el venturoso dia

Que María nuestra infanta,

Generosamente altiva,

Trocó la española alteza

Por la majestad de Hungría.

Deudora Alemania estaba

(Otra vez mi voz repita)

De tanto logro al empeño,

De tanto empeño á la dicha,

Sin esperanzas de que

Pudiese su corte invicta

Desempeñarse con otra

De iguales méritos digna,

Hasta que piadoso el cielo

Ilustró su monarquía

De quien, si no la excedió,

Pudo al ménos competirla,

Para que nos restituya

En Marïana su hija

Tan una misma beldad,

Que parece que es la misma.

Pues si de las dos esferas

Vamos corriendo las líneas,

Y en florida primavera

Le dimos la maravilla,

La maravilla nos vuelve

En primavera florida,

Que apénas catorce abriles

Bebió del alba la risa.

Si la real sangre de Austria

Sus hojas tiñó en la tiria

Púrpura, en ella tambien

Quiso que esotras se tiñan.

Si prudencia, si virtud,

Si ingenio y partes divinas

La dimos, esas nos vuelve,

Porque de todas es cifra.

Despues de capitulado

El Rey, que mil siglos viva,

Se dilataron las bodas

Más tiempo del que queria

La ánsia de los españoles;

Mas no fueran conocidas

Las dichas, si no vinieran

Con su pereza las dichas.

Fué causa á la dilacion

Esperar que la festiva

Tierna edad de la niñez

Creciese, hasta ver que hoy pisa

De la juventud la márgen:

¡Buen defecto es el de niña,

Pues se va, aunque ella no quiera,

Enmendando cada dia!

Llegó, pues, el deseado

De que feliz se despida

El águila generosa

Del real nido que la abriga,

Porque saliendo á volar,

El cuarto planeta diga

Que imperial águila es, puesto

Que de hito en hito le mira.

Y porque no sin decoro

Deje la corte que habita,

Llegó la nueva á Madrid,

De que allí el Rey se despida

De su hermana, hasta la entrega,

Mezclando el llanto y la risa;

Que siempre en bodas de infanta

El pesar y el alegría

Se equivocan, hasta que

De gala el dolor se vista,

Saliendo de ellas casada.

Ferdinando, rey de Hungría

Y Bohemia, ínclito jóven,

Que no vanamente aspira

Que heredada la eleccion,

Roma su laurel le ciña,

En nombre del Rey con ella

Se desposa, y ejercita

Tan amante sus poderes,

Que sin perderla de vista,

Hasta Trento la acompaña

Con la pompa más lucida,

Con el fausto más real

Que vió el sol; pues á porfía

Españoles, alemanes

Y italianos, con su vista

Se compitieron de suerte,

Que era gloriosa la envidia,

Porque unos y otros hicieron

En costosas libreas ricas,

Tratable el oro en sus venas,

Fácil la plata en sus minas,

Agotando de una vez

Todo el caudal á las Indias.

Y porque por mar y tierra

Halle siempre prevenida

Quien por la tierra y el mar

De parte del Rey la sirva,

El cargo del mar al Duque

De Túrsis (de esclarecida

Generosa casa de Oria,

Siempre afecta y siempre fina

A esta corona) le dió,

Porque de nuevo repita

En servicios y finezas

Obligaciones antiguas.

La Reina estuvo en Milan

Detenida algunos dias,

Por ocasion de que el mar

Embarazó con sus iras

De España el pasaje; pero

¿Quién de su inconstancia fía,

Que no motive de culpa

Lo que no es más que desdicha?

Del mar y del viento, en fin,

Las condiciones esquivas

O vencidas ó templadas

(Aténgome á que vencidas),

Llegó el dia de embarcarse;

Y apénas la vió en su orilla

El mar, cuando convocó

Todo el coro de sus ninfas

Para que corriendo á tropas

La campaña cristalina,

Tan sólo en ella dejaran

Aquella inquietud tranquila,

Que no bastando á temerla,

Baste á hermosearla y lucirla.

Entró la Reina en la Real,

Cuya popa era encendida

Brasa de oro, que á despecho

De tanta agua, estaba viva.

La chusma, toda de tela

Nácar y plata vestida,

Con camisolas de holanda,

Que su gala es estar limpias,

Velámen, jarcias y velas

A su modo guarnecidas

De mil colores, formaban

Un pensil, á quien matizan

De flores los gallardetes

Y las flámulas, que heridas

Del aire que las tremola

Y el agua que las salpica,

Venganza daban al aire

Y el agua de la ojeriza

Que tenian con las salvas,

Por ver que de ver les quitan

Las negras nubes de humo

Que dejó la artillería,

La más pura, la más bella,

La más noble y más divina

Vénus que sobre la espuma

Flechas de constancia vibra.

Aquí al compas de las piezas,

Clarines y chirimías,

A leva tocó la Real,

Cuya seña, obedecida,

Aun primero que escuchada

Fué de todos, con tal prisa,

Que á un mismo tiempo la boga

Arrancó; y siendo la grita

Segunda salva vocal,

Nos pareció, cuando se iba

De la tierra, una vistosa

Primavera fugitiva.

Cuarenta galeras fueron

Las que siguieron su quilla,

Que más que rompen las olas,

Las encrespan y las rizan.

El golfo tomó la nao,

Aun sin tocar en las islas

Mallorca, Ibiza y Cerdeña;

No á causa de la enemiga

Oposicion de los puertos

De Francia; que bien podia,

Viniéndose tierra á tierra,

Tomar puerto en sus marinas,

Porque en las enemistades

De las coronas, militan

En la campaña las armas,

Y en la paz la cortesía;

Y así, con salvoconducto

General en sus milicias,

Francia esperó á nuestra reina.

¡Qué bien lidian los que lidian

Para vencer cuando vencen,

Aun ménos que cuando obligan!

—Mas no puedo detenerme

En referir las festivas

Demostraciones que Francia

La tenía prevenidas.—

El golfo tomó la nao,

Trayendo siempre benigna

En los vientos y los mares

La fortuna, porque mira

Que con solo este festejo

Que hace á España, se desquita

De otras penas que la debe

La vanidad de su envidia.

En fin, con serena paz

La vaga ciudad movida,

Ya del remo que la impele,

Ya del viento que la inspira,

Los mares sulca de España,

Y de sus campos divisa

Los celajes, que quisieran

Que el mar en sus ondas frias

Huéspedes los admitiese,

Porque una vez se compitan

Golfos de verde esmeralda

Con montes de nieve riza.

Ya el mar saluda á la tierra,

Ya la tierra al mar se humilla,

Siendo la primera que

Sus reales plantas pisan,

Denia. ¡Oh tú, mil veces tú

Felice, pues en tu orilla

Hoy de la concha de un tronco

Sacas la perla más rica!

Querer que yo diga ahora

La majestad de las vistas,

El séquito de su corte,

Las galas, las bizarrías,

El amor de sus vasallos,

De sus reinos la alegría,

No es posible, si no es que

Con la voz de todos diga

Que este repetido lazo,

En quien de esposa y sobrina

El nudo apretó dos veces,

Con propagada familia,

Para bien comun de España

Venturosos siglos viva.

D. Félix.

No tuve gusto mayor.

Estad ahora vos atento.

Con el general contento

Digno á su lealtad...

ESCENA X.

HERNANDO.—Dichos.

Hernan.

Señor.

D. Félix.

¿Qué dices?

Hernan.

Que las dos bellas

Damas que al barrio han venido

A la ventana han salido,

Y desde esta puedes vellas.

D. Félix.

Perdone la relacion,

Pues dice á voces la fama:

«Antes que todo es mi dama»

Y despues habrá ocasion

Para ella; que ver deseo

Qué cosas son mis vecinas.

(Asómase á la ventana.)

¡Vive Dios, que son divinas!

D. Juan.

Veámoslas todos.

(Llega Don Juan á mirar.)

(Ap.¡Qué veo!

Ella es.)

D. Ped.

Pues las visteis vos,

A mí me dejad llegar. (Llega Don Pedro.)

D. Félix.

A fe que hay bien que admirar

En cualquiera de las dos.

D. Ped.

(Ap. ¿Qué es lo que veo? Ella es. ¡Cielos!)

Gran dicha ha sido venir (A Don Félix.)

A vuestro barrio á vivir.

D. Juan.

(Ap. Disimulen mis desvelos.)

Bizarra cualquiera es.

D. Ped.

(Ap. Finja mi pena amorosa.)

Cualquiera es dellas hermosa.

(Vase Hernando.)

D. Félix.

¿Oyen vuesarcedes? Pues

Bizarras y hermosas son,

Quítense de aquí, porqué

Son muy tiernos para que

Les dé mi jurisdiccion.

A su dama cada uno,

Pues están enamorados:

Déjenme con mis cuidados,

Sin alabarme ninguno

Bellezas ni bizarrías;

Que aquestas damas, les digo

Que son cosas de un amigo.

D. Juan.

(Ap. ¡Qué poco mis alegrías

Duraron!) Ya se quitaron

De la ventana. (Ap. Porqué

Yo llore su ausencia fué.

La primer cosa que hallaron,

¡Cielos! mis penas, ha sido

Dellas la causa. ¡Ay de mí!)

D. Ped.

(Ap.) La primer cosa que ví,

Es por la que aquí he venido.

(Sale Hernando.)

Hernan.

La mesa espera, señor. (Vase.)

D. Félix.

Vamos á comer, que aunqué

Tan enamorado esté,

Tengo más hambre que amor.

D. Juan.

(Ap. á Don Félix.) Aunque de burlas hablais,

Sabed que de mi fortuna

Una es la causa. (Vase.)

D. Félix.

(Ap.)Adios, una.

D. Ped.

Aunque tan de humor estais,

Por sí y por no, sabed que

Una de las dos, por Dios,

Es la que sigo. (Vase.)

D. Félix.

Adios, dos.

¡Qué corta mi dicha fué!

Si no es que una misma sea

(Que áun peor que esto sería)

La que uno y otro queria.

¡Plegue á Dios que no se vea

Empeñado en los desvelos

De dos amigos mi honor,

Y pague celos y amor

Quien no tiene amor ni celos! (Vase.)


Sala en casa de Don Alonso.

ESCENA XI.

CLARA y EUGENIA.

Clara.

Por cierto, casa y adorno,

Todo, Eugenia, está extremado.

Eugenia.

A mí no me ha parecido

Sino de la corte el asco.

Clara.

¿Por qué?

Eugenia.

Cuanto á lo primero,

Porque este, Clara, es el barrio

Donde de la corte habitan

Los pájaros solitarios.

A los pozos de la nieve

Casa mi padre ha tomado:

¡Fresca vecindad! Agosto

Le agradezca el agasajo.

Clara.

Por la quietud y el jardin

Lo haría.

Eugenia.

¡Lindos cuidados!

¿Quietud y jardin? Para eso

Yuste está juntico á Cuacos.

Pero en Madrid, ¿qué quietud

Hay como el ruido? y ¿qué cuadro,

Aunque con más tulipanes

Que trajo extranjero mayo,

Como una calle que tenga

Gente, coches y caballos,

Llena de lodo el invierno,

Llena de polvo el verano,

Donde una mujer se esté

De la celosía en los lazos,

Al estribo de un balcon,

A todas horas paseando?—

Pues ¿qué los adornos?

Clara.

¿No es

De terciopelo este estrado

Y sillas y con su alfombra,

De granadillo y damasco

Estas camas, los tapices

De buena estofa, y los cuadros

De buen gusto, y el demas

Menaje, Eugenia, ordinario,

Limpio y nuevo? Pues ¿qué quieres?

Eugenia.

Buenos son; pero diez años

De Indias son mucho mejores.

Yo pensaba que el adagio

De tener el padre alcalde,

Era niño comparado

Con la suma dignidad

De tener el padre indiano.

Fuera de que entre estas cosas

Que tú me encareces tanto,

La mejor cuadra y mejor

Alhaja es la que no hallo.

Clara.

¿Cuáles son?

Eugenia.

Coche y cochera,

Que ella en invierno y verano

Es la mejor galería,

Y el más hermoso trasto.

¿Qué Indias hay donde no hay coche?

¡Aquí de Dios y sus santos!

¿Que ensayados trae, no ha escrito,

Muchos pesos? Pues veamos,

Si no han de hacer su papel,

¿Para qué se han ensayado?

Clara.

¿Ni áun á tu padre reserva

La sátira de tus labios?

¡Jesus mil veces!

Eugenia.

¡Mala hija!

Vivir quisiera mil años,

Sólo por ver si me logro.

Clara.

Advierte, Eugenia, que estamos

Ya en la corte, y que el despejo,

El brío y el desenfado

Del buen gusto, aquí es delito;

Que aquí dan los cortesanos

Estatua al honor, de cera,

Y á la malicia, de mármol.

No digo que no sea bueno

Lo galante y lo bizarro;

Pero ¿qué importa si no

Lo parece? Y no es tan malo

No ser bueno y parecerlo,

Como serlo y no mostrarlo.

El honor de una mujer,

Y más mujer sin estado,

Al más fácil accidente

Suele enfermar, y no hay ampo

De nieve que más aprisa

Aje su tez al contacto

De cualquiera: planta no hay,

Que padezca los desmayos

Mas presto; que sin el cierzo,

Basta á marchitarla el austro.

Cuantos tus versos celebran,

Cuantos tus donaires, cuantos

Tu ingenio, son los primeros,

Eugenia, que al mismo paso

Que te lisonjean el gusto,

Te murmuran el recato,

Rematando en menosprecio

Lo mismo que empieza aplauso.

Y una mujer como tú

No ha de exponerse á los daños

De que parezca delito

Nada, ni le sea notado

Hacer profesion de risa,

Que tan presto ha de ser llanto.

¿Hasta hoy en carta de dote,

Eugenia, ha capitulado

La gracia?

Eugenia.

Quam mihi et vobis

Præstare se te ha olvidado,

Para acabar el sermon

Con todos sus aparatos.

Y para que de una vez

Demos al tema de mano,

Has de saber, Clara, que

Los non fagades de antaño

Que hablaron con las doncellas

Y las demas deste caso,

Con las calzas atacadas

Y los cuellos se llevaron

A Simancas, donde yacen

Entre mugrientos legajos.

Don Escrúpulo de honor

Fué un pesadísimo hidalgo,

Cuyos privilegios ya

Ne se lên de puro rancios.

Yo he de vivir en la corte

Sin melindres y sin ascos

Del qué dirán, porque sé

Que no dirán que hice agravio

A mi pundonor; y así,

Derribado al hombro el manto,

Descollada la altivez,

Atento el desembarazo,

Libre la cortesanía,

He de correr á mi salvo

Los siempre tranquilos golfos

De calle Mayor y Prado,

Cosaria de cuantos puertos

Hay desde Atocha á Palacio.

Uso nuevo no ha de haber

Que no le estrene mi garbo:

¿Amiga sin coche? Tate;

Y ¿sin chocolate estrado?

No en mis dias; porque sé

Que es el consejo más sano

El mejor amigo el coche,

Y él el mejor agasajo.

Las fiestas no ha de saberlas

Mejor que yo el calendario:

Desde el Ángel á San Blas,

Desde el Trapillo á Santiago.

Si picaren en el dote

Los amantes cortesanos,

Que enamorados de sí

Más que de mí enamorados,

Me festejen, has de ver

Que al retortero los traigo,

Haciendo gala el rendirlos,

Y vanidad el dejarlos.

Todo esto quiero que tengas,

Clara, entendido; y si acaso

Vieres en mí...

Clara.

¿Qué he de ver,

Si áun de escucharte me espanto?

ESCENA XII.

DON ALONSO, muy alegre.—CLARA, EUGENIA.

D. Alon.

¡Eugenia! ¡Clara!

Las dos.

Señor.

D. Alon.

Pediros albricias puedo.

Las dos.

¿De qué?

D. Alon.

De la mejor dicha,

Mayor bien, mayor contento

Que sucederme pudiera,

Despues de llegar á veros.

Don Toribio Cuadradillos,

Hijo mayor y heredero

De mi hermano, mayorazgo

Del solar de mis abuelos,

Llegará al punto: una posta

Que se adelantó, me ha hecho

Relacion de que ahora queda

Muy cerca de aquí.

Eugenia.

Por cierto

Que pensé que habia venido,

Segun tu encarecimiento,

Algun plenipotenciario

Con la paz del universo.

D. Alon.

(Llamando.)

Mari-Nuño.

ESCENA XIII.

MARI-NUÑO; despues BRÍGIDA y OTÁÑEZ.—Dichos.

Mari-Nu.

¿Qué me mandas?

D. Alon.

Aderécese al momento

Aquese cuarto de abajo,

Y esté aliñado y compuesto.—

Tú, ¡Brígida!... (Llamando.)

(Sale Brígida.)Saca ropa

De la excusada.

Brígida.

Ya tengo

Un azafate, que pueden

Beber su holanda los vientos.

(Vanse Mari-Nuño y Brígida.)

D. Alon.

(Llamando.)

¡Otáñez! (Sale Otáñez.)

Otáñez.

Señor...

D. Alon.

Buscad

Algo de regalo presto,

Para que coma en llegando. (Vase Otáñez.)

Y á las dos, hijas, os ruego

Le agasajeis mucho. Ved

Que es vuestra cabeza; y creo

Que será la más dichosa

La que le tenga por dueño,

Pues será escudera suya

La otra. (Ap. Así inclinar pretendo

A Eugenia.)

Eugenia.

Yo desa dicha

Pocas esperanzas tengo,

Que Clara es mayor.

Clara.

¿Qué importa,

Si es más tu merecimiento?

Eugenia.

¿Falsedad conmigo, Clara?

D. Alon.

Ya en el portal hay estruendo.

Oid.

ESCENA XIV.

DON TORIBIO, OTÁÑEZ.—DON ALONSO y SUS HIJAS.

D. Torib.

(Dentro.) ¿Vive aquí un señor tio

Que yo en esta corte tengo,

Con dos hijas, por más señas

Con quien á casarme vengo,

De dos la una, como apuesta?

Otáñez.

(Dentro.) Esta es la casa.

D. Alon.

Yo creo

Que es él sin duda. Llegad

Conmigo al recibimiento.

(Pasan los tres desde la sala al recibimiento, que está en el fondo del teatro.)

D. Torib.

(Dentro.) ¿Y está acá?

Otáñez.

(Dentro.)En casa está.

D. Torib.

(Dentro.)Pues

Ten ese estribo, Lorenzo.

(Don Alonso va á encontrarse con Don Toribio; Eugenia y Clara miran por la puerta hácia afuera.)

Eugenia.

¡Jesus! ¡qué rara figura!

Clara.

Tú tienes razon por cierto.

Eugenia.

¡Ay, que consintió mi hermana

En murmuracion!

(Vuelve Don Alonso con Don Toribio, vestido de camino ridículamente.)

D. Alon.

Contento,

Sobrino y señor, de ver

Que haya concedido el cielo

Esta ventura á mi casa,

Salgo alegre á conoceros

Por mayor pariente della.

D. Torib.

Pues bien poco haceis en eso;

Que en el valle de Toranzos,

Desde tamañito, tengo

El ser cabeza mayor

Adonde quiera que llego.

D. Alon.

Llegad: ved que vuestras primas

Desean mucho conoceros,

Y han salido á recibiros.

D. Torib.

Razonables primas tengo.

Clara.

Vos seais muy bien venido.

D. Torib.

Tanto favor agradezco.

D. Alon.

¿Cómo venís?

D. Torib.

Muy cansado;

Que traigo un macho, os prometo,

De tan mal asiento, que

Me ha hecho á mí de mal asiento.

(Pasan del recibimiento á la sala.)

D. Alon.

Miéntras de comer os dan.

Sentaos.

D. Torib.

¿No será más bueno

El trocarlo, y que me den

De comer miéntras me siento?

Pero por no ser porfiado, (Siéntase.)

Que os senteis los tres os ruego;

Que yo de cualquier manera

Estoy bien.

Clara.

(Ap.)¡Lindo despejo!

Eugenia.

(Ap. á Clara.) ¿Esta es mi cabeza?

Clara.

Sí.

Eugenia.

En aqueste instante creo,

Cierto, que soy loca, pues

Tan mala cabeza tengo.

D. Torib.

Finalmente, primas mias,

Como digo de mi cuento,

Parece que sois hermosas,

Ahora que caigo en ello;

Y tanto, que ya me pesa

Que seais á la par tan bellos

Ángeles.

Las dos.

¿Por qué?

D. Torib.

Porque...

Mas explíqueme un ejemplo

Escriben los naturales

Que puesto un borrico en medio

De dos piensos de cebada,

Se deja morir primero

Que haga del uno eleccion,

Por más que los mire hambriento:

Yo así en medio de las dos,

Que sois mis mejores piensos,

No sabiendo á cuál llegue ántes,

Me quedaré de hambre muerto.

D. Alon.

¡Oh sencillez de mi patria,

Cuánto de hallarte me huelgo!

Clara.

¡Buen concepto y cortesano!

Eugenia.

(Ap.) De borrico es, por lo ménos.

D. Torib.

Mas remedio hay para todo.

¿No ha de traerse, á lo que entiendo,

Tio, una dispensacion,

Por razon del parentesco,

Para la una?

D. Alon.

Claro está.

D. Torib.

Pues traigan dos, que yo quiero

Dar el dinero doblado;

Y desa suerte, en teniendo

Para cada una la suya,

Casaré con ambas. Pero

¡Ah sí! que se me olvidaba.

¿Cómo estais, saber deseo,

Vos y mis señoras primas?

D. Alon.

Muy alegre y muy contento

De ver mi casa y mis hijas,

Y á vos, para que seais dueño

Del fruto de mis trabajos.

D. Torib.

Eso y mucho más merezco.

Si vierais mi ejecutoria,

Primas mias, os prometo

Que se os quitaran mil canas.

¡Vestida de terciopelo

Carmesí, y allí pintados

Mis padres y mis abuelos,

Como unos santicos de Horas!...

En las alforjas la tengo.

Esperad, iré por ella,

Para que veais que no os miento.

ESCENA XV.

MARI-NUÑO.—Dichos.

Mari-Nu.

La comida está en la mesa.

(Espántase Don Toribio de ver á Mari-Nuño.)

D. Torib.

¡Ay, señor tio! ¿qué es esto?

¿Trajisteis este animal

De las Indias? que no creo

Que es hombre ni mujer, y habla.

D. Alon.

Es dueña.

D. Torib.

¿Y es mansa?

Mari-Nu.

(Ap. á Eugenia.)Ingenio

Cerril tiene el primo.

Eugenia.

No es,

Sino tonto por extremo.

D. Alon.

Cómo queda vuestro padre

Y su casa, saber quiero.

D. Torib.

No me haga mal hijodalgo

De comedias, si me acuerdo.

Mari-Nu.

La mesa está puesta.

D. Torib.

¿Y dónde

Teneis la mesa?

Mari-Nu.

Allá dentro.

D. Torib.

No sé si lo crea.

Mari-Nu.

¿Por qué?

D. Torib.

Porque la instruccion que tengo

Es, que no me crea de dueñas.

Pero yo lo veré presto.

Perdonadme, que no soy

Amigo de cumplimientos. (Vase.)

ESCENA XVI.

DON ALONSO, CLARA, EUGENIA, MARI-NUÑO.

Clara.

(Ap.) ¡Lindo primo, por mi vida!

Mari-Nu.

(Ap.) Él no es galan; pero es puerco.

Eugenia.

(Ap.) Las guardas de peste ¿cómo

Entrar le dejaron dentro?

D. Alon.

¿De qué estais tristes las dos?

Las dos.

Yo de nada.

D. Alon.

Ya os entiendo.

¡Os habrá el estilo y traje

Desagradado! Pues esto

Es lo más y lo mejor

Que tiene: vereis cuán presto

Le mejoran corte y trato.

Los más vienen así, y luégo

Son los más agudos. Mas

Explicaros cuán contento

Y alegre estoy, no es posible,

De ver que vuelva á mis nietos

La casa de mis mayores.

Don Toribio ¡vive el cielo!

Se ha de casar con la una,

Sin pensar la otra por eso

Que no ha de casar con otro

Como él; porque no quiero

Que lo que á mí me ha costado

Tanta fatiga y anhelos,

Me malbarate un mocito

Que gaste en medias de pelo

Más que vale un mayorazgo.

Si viera por un sombrero

De castor dar veinte ó treinta

Reales de á ocho yo á mi yerno

Sacados de mi sudor,

Perdiera mi entendimiento;

Y así no hay que hablar, sino

Persuadiros desde luego

Que este y otro como este

Han de ser esposos vuestros. (Vase.)

Clara.

Primero pierda la vida.

Eugenia.

La vida no; mas primero

Me quedaré sin casar,

Que es más encarecimiento.