JORNADA SEGUNDA.


Sala en casa de Don Félix.

ESCENA PRIMERA.

DON FÉLIX, DON JUAN, HERNANDO.

D. Félix.

¿Cómo habeis, Don Juan, pasado

La noche?

D. Juan.

¿Cómo pudiera,

Don Félix, en vuestra casa,

Sino muy bien, puesto que ella

De mi tristeza no tiene

La culpa?

D. Félix.

Pues ¿qué tristeza

Es la que ahora os aflige?

D. Juan.

No sé cómo os la encarezca.

Desde el instante que ví

Esa divina belleza

Que áun en mi memoria vive

A pesar de tanta ausencia,

Todas aquellas cenizas,

Que entre olvidadas pavesas

Aun no juzgué que eran humo.

Llama han sido: de manera

Que conocí que han estado

En ocioso fuego envueltas,

Tibias, pero no apagadas;

Calladas, pero no muertas.

No volví á verla ayer tarde,

Porque no volvió á la reja;

Y así, hoy con la esperanza

De que siendo hoy dia de fiesta

No dejará de salir,

He madrugado por verla.

A la puerta de la calle

Voy á esperar que amanezca

Segundo sol para mí.

Vos haced, por vida vuestra,

Puesto que no importa el caso,

Que nada Don Pedro entienda. (Vase.)

D. Félix.

¿Habrá hombre tan necio como

El que hallar memorias piensa

En una mujer, al cabo

De tantos años de ausencia?

Hernan.

Déjale que con su engaño

Viva.

D. Félix.

Un cortesano, que era,

Decia, el engaño la cosa

Que más y que ménos cuesta.

Veamos estotro doliente

En qué estado está, ya que esta

Casa, de locos de amor

Se ha vuelto convalecencia.

ESCENA II.

DON PEDRO.—DON FÉLIX, HERNANDO.

D. Félix.

¿Qué hay, Don Pedro? Buenos dias.

D. Ped.

Fuerza será que lo sean,

Recibiéndolos de vos

Y en vuestra casa, por vuestra,

Y por la dicha de estar

Mis esperanzas tan cerca.

No crêreis cuánto gozoso

Y ufano estoy de que sea

Vuestra vecina esta dama;

Pues con eso, cosa es cierta

Que para verla, Don Félix,

Dos mil ocasiones tenga;

Y por no perder ninguna

Voy á esperarla á la puerta,

Pues sin duda que hoy á misa

Habrá de salir por fuerza.

D. Félix.

En ella Don Juan aguarda.

D. Ped.

Así se hará la deshecha

Mejor, paseándonos todos.

Vos, aunque llevaros quiera

A otra parte, no vais; pero

De suerte que nada entienda. (Vanse.)


Calle.

ESCENA III.

DON FÉLIX y DON PEDRO, encontrándose con DON JUAN.

D. Félix.

¿Qué haceis, Don Juan?

D. Juan.

Esperaros

Para saber á qué iglesia

Quereis que vamos á misa.

(Ap. á él. De aquí no hagamos ausencia.)

D. Ped.

Lo mismo le decia yo.

Vamos adonde os parezca.—

No os vais, Don Félix, de aquí. (Ap. á él.)

D. Félix.

(Ap. Desta suerte fácil fuera

Servir un hombre á dos amos,

Mandando una cosa mesma.)

Vuesarcedes, caballeros

Muy enamorados, ¿piensan

Que no hay más que irse y llevarme

Cada cual á su querencia?

Pues no ¡vive Dios! que hoy

Se han de estar donde yo quiera;

Que quiero yo enamorar

Tambien un dia en conversa.

Y así, hasta que mis vecinas

Salgan y vamos tras ellas,

Para ver la que me toca

Festejar (pues cosa es cierta

Que yo la que quiero más,

Es la que tengo más cerca),

No se ha de ir de aquí ninguno.

D. Ped.

Por mí sea norabuena.

D. Juan.

Por mí tambien.

D. Ped.

(Ap. á Don Félix.) ¡Lindamente

Habeis hecho la deshecha

Con Don Juan!

D. Juan.

(Ap. á Don Félix.) ¡Bien con Don Pedro

Desmentido habeis mis penas!

D. Félix.

(Ap.) Más lo hago por saber

Si es que es la dama una mesma.

Y si es la que de las dos...

Mas no prosiga mi lengua;

Que es tarde para que á mí

Beldad alguna me venza.

D. Juan.

Pues ya que quereis, Don Félix,

Que os asistamos, no sea

Tan de balde, que no os cueste

El pagarnos una deuda

Que nos debeis.

D. Ped.

Es verdad,

Y es famosa ocasion esta,

Pues sólo para hacer hora

Son las relaciones buenas.

D. Félix.

Yo me huelgo, pues así

Hablaré un rato siquiera,

Sin que á la mano me vayan

Con amor, celos y ausencia.

—Con el general contento,

Madrid, digno á su fineza,

A su lealtad y su amor,

Oyó las felices nuevas

De las bodas de su rey;

Y más cuando supo que era

La divina Marïana...

D. Juan.

Tened, que dejar es fuerza

Otra vez la relacion

Para otra ocasion suspensa.

D. Félix.

¿Por qué?

D. Juan.

Porque sale gente.

D. Félix.

¿Cuánto va que se me queda

La relacion en el cuerpo,

Y vienen otros á hacerla?

D. Ped.

Un criado es el que sale,

Que á su amo sin duda espera.

D. Juan.

Bien podeis ya proseguir.

D. Félix.

Digo que en gozosa muestra

Del alegría de todos...

—Pues todos juntos quisieran

Significar los afectos

En regocijos y fiestas;

Y aunque, como vos dijisteis,

Caminan con su pereza

Las dichas, y no es el gusto

Correo á toda diligencia;

Con todo eso...—llegó el dia

De saberse que en Vïena

El Rey desposado estaba,

Remitiéndole que ejerza

Sus poderes Ferdinando,

Rey de Hungría y de Bohemia:

Ferdinando, ínclito jóven,

En quien la sacra diadema

De rey de romanos, presto

Hará la eleccion herencia.

El pues, no del poder sólo

Usó, mas de la fineza:

Con que sirviendo á su hermana,

Hizo de la corte ausencia.

Dejemos en el camino

Las dos majestades (que esta

No es la accion que á mi me toca,

Ya que vos con la agudeza

De vuestro ingenio dijisteis

El aparato y grandeza),

Y vamos á que Madrid,

Desvelada, fiel y atenta

Al servicio de sus reyes,

Que es de lo que más se precia,

En tanto que prevenia

La usada lid de sus fiestas,

Convidó lo más ilustre

De la española nobleza,

Para una máscara; haciendo

(Fuese acaso ó diligencia)

A propósito de bodas

Ceremoniosa la fiesta;

Porque si á la antigüedad

Revolveis humanas letras,

Hallaréis cómo en las nupcias

Aun ménos ilustres que estas,

Con antorchas en las manos

Corrian tropas diversas

A quien llamaban preludios,

Invocando la suprema

Deidad del sacro Himeneo,

A cuyas aras las teas

Sacrificaban, cantando

Epitalamios, en prendas

De que á aquellos casamientos

Favorable á asistir venga.

Y así de la antigüedad

Tomando Madrid aquella

Parte festiva, y dejando

La gentílica depuesta,

Usó el regocijo sólo,

Mejorando ilustre y cuerda

El rito, pues que fué dando

Al cielo gracias inmensas

De sus dichas, cuyas voces

Váriamente lisonjeras,

Fueron el epitalamio

Que España cantó contenta,

En música, que es confusa,

Más dulce, si no más diestra.

En toda mi vida ví

Tan hermosa tropa bella,

Como la máscara junta,

Cuando al compas de trompetas,

Clarines y chirimías

Empezaron á moverla

Los dos polos que de España

Y de Alemania sustentan

La política, bien como

Dando generosas muestras

De que Alemania y España

Por todo el tiempo interesan,

Una en que tal prenda da,

Y otra en que admite tal prenda.

Bien quisiera yo pintarlos;

Pero aunque más lo pretenda,

No es posible, si no es

Que la retórica quiera

En sus figuras prestarme

El uso de sus licencias,

Cometiendo una que llaman

Tropo de prosopopeya,

Que es cuando lo no posible

Bajo objeto de la idea,

O callando se imagina,

O hablando se representa.

Porque si no es que finjais

Allá en la fantasía vuestra

Bajar de púrpura un monte,

Arder de plata una selva,

Y de selva y monte luégo

Formais un monstruo, que á fuerza

De nuevo metamorfósis

Todo en fuego se convierta,

No podreis imaginar

Cómo aquel peñasco era

De luz y nácar y plata,

En cuya abrasada selva

Fueron las plumas las flores,

Y las hachas las estrellas.

Tan iguales todos juntos

Y cada uno, que no hubiera

Pareja que poder darles,

Si ellos mismos no se hubieran

Antes convenido á ser

Ellos mismos sus parejas.

Cuando del un puesto al otro

Corrian las tropas, eran

Disueltas exhalaciones

Y dilatados cometas.

Tan hermosa fué la noche,

Que el dia entre pardas nieblas

Sucedió por muchos dias

La faz de nubes cubierta,

Llorando lo que llovía,

O de envidia ó de vergüenza.

Hasta que desempeñada

Vió su luz con la belleza

Del dia, que vió la plaza

Para los toros dispuesta.

Porque aunque su hermoso circo

Siempre ha sido heroica afrenta

De cuantos anfiteatros

Roma en ruina nos acuerda,

Nunca con más causa, pues

Nunca se vió su grandeza,

A fuer de dama, ni más

Despejada ni más bella

Ser, que cuando vió que á tropas

Ocupaban la palestra

De los lucidos criados

Las adornadas catervas,

Que como á triunfo trajeron

Los grandes héroes, que en ella

La suerte han hecho precisa;

Porque ya el acaso deja

De ser acaso, pues ya

No viene á ser sino fuerza

El que ha sacado al acierto

Del nombre de contingencia.

A ninguno he de nombraros,

Y es justo; que no quisiera

Que habiendo ya tantas plumas

Pintado á sus excelencias,

Los desluciesen ahora

Cortedades de mi lengua.

Solo os diré que no hubo

Bruto que armada la testa,

La piel manchada, arrugado

El ceño, hendida la huella,

Dilatado el cuello, el pecho

Corto, la cerviz inhiesta,

De una vez escriba osados

Caracteres en la arena,

Como quien dice: «Esta es

O vuestra huesa ó mi huesa,»

Que no fuese triunfo fácil

Del primor y la destreza,

Del que más hidalgo bruto

Soberbio con la obediencia,

Dócil con la lozanía,

Sus amenazas desprecia

Al tacto del acicate,

O al aviso de la rienda;

Pues ya el asta y ya la espada,

En ambas acciones diestra,

Airosamente mezclaban

La hermosura y la fiereza.

Feliz acabó la tarde,

Quedando Madrid contenta

Con ella y con la esperanza

De que su deidad se acerca;

Y así, sólo en prevenciones

Desde entónces se desvela,

Porque siendo, como es,

La corte el centro y la esfera

Que ha de merecer lograrla

Más suya, desaire fuera,

Habiendo de paso tantas

Ciudades héchola fiestas,

Exceder ella en las dichas,

Y las otras en finezas:

Y más estando á su aplauso

Las naciones extranjeras,

O de envidiosas pendientes,

O de curiosas atentas.

Y así, la prolijidad

De las horas de la ausencia

Gastó sólo en disponer

Aparatos que ahora es fuerza

Que yo remita á mejor

Pluma que nos los refiera.

Diciendo ahora solamente

Que la señora condesa

De Medellin, de Cardona

Ilustre familia excelsa,

A Denia fué á recibirla

Como mayor camarera,

Adonde esperó hasta el dia

De la deseada nueva

De que ya su Majestad

(Que Dios guarde) estaba en Denia.

Aquí el señor Almirante

A darla la enhorabuena

De parte del Rey salió;

Y aunque salió á la ligera

Fué con aquel lucimiento

Digno á ser quien es; que fuera

En su excelencia muy tibia

La disculpa de la priesa.

De deudos, criados y amigos

Fué el séquito de manera,

Que á no hacer particular

Eleccion, pienso que fuera

Dejar sin gente á Castilla;

Que de un almirante della,

¿Quien de ser deudo, ó amigo,

O criado se reserva?

¡Oh felice casa, adonde

Entre todas tus grandezas,

El afecto es patrimonio,

Y lo bien visto es herencia!

En este intermedio pues

Hizo Madrid diligencias

Más afectivas en órden

A que todo se prevenga

Con majestad y aparato,

Para la entrada á la Reina,

Asistida dignamente

Del que tio la festeja,

Del que esposo la merece,

Del que amante la celebra,

Poniendo á sus piés dos mundos;

Pues como cuarto planeta,

Cuanto ilumina, la postra,

Cuanto dora, la sujeta,

Coronándola tres veces,

Esposa, sobrina y reina.

Con que hasta el felice dia

Que nuestros ojos la vean

Entrar triunfante en su corte,

Mi relacion se suspenda,

Divertida en la esperanza

De que generosa venga

A ser fin de nuestras ánsias,

Término de nuestras penas,

Logro de nuestros deseos,

Y á par de las dichas nuestras,

Con felice sucesion

Nos viva edades eternas.

D. Juan.

La relacion con el tiempo

Se ha medido de manera,

Que acabarla y salir gente,

Ha sido una cosa mesma.

D. Ped.

Sí, mas no la que esperamos.

D. Félix.

No, porque es el padre dellas.

D. Juan.

No le conocí hasta ahora,

(Ap. Que en mi tiempo estaba fuera.)

D. Ped.

Nunca hasta ahora le ví,

(Ap. Que yo siempre amé en su ausencia.)

D. Juan.

¿Quién es el que con él viene?

Hernan.

Yo podré dar esa cuenta.

Es un sobrino asturiano,

Con quien el padre desea

Casar una de las dos.

D. Juan.

(Ap.) Quiera el cielo que no sea

La novia la que yo adoro.

D. Ped.

(Ap.) Plegue á Dios que no sea Eugenia.

ESCENA IV.

DON ALONSO; DON TORIBIO, vestido de negro, ridículo.—DON FÉLIX, DON JUAN, DON PEDRO, HERNANDO.

D. Félix.

Pasêmonos.

D. Torib.

Como digo,

¿Qué hacen, tio, á nuestra puerta

Estos mocitos?

D. Alon.

¿No están

En la calle? ¿Qué os altera?

D. Torib.

¡En la calle de mis primas,

Sin más ni más, se pasean!

D. Alon.

Pues ¿por qué no?

D. Torib.

Porque no

Me ha de haber paseante en ella

Ni piante, ni mamante;

Y más estos de melena,

Que Filenos de golilla

De candil, y bigotera,

Andan cerrados de sienes

Y trasparentes de piernas.

D. Alon.

¿Qué habemos de hacer, si son

Vecinos?

D. Torib.

Que no lo sean.

D. Alon.

¿Cómo, si tienen aquí

Sus casas?

D. Torib.

Que no las tengan.

D. Félix.

Fuerza es hablarle. Yo llego,

Pues buena ocasion es esta.

Dadme, señor Don Alonso,

Aunque de paso, licencia

Para besaros la mano

Y daros la enhorabuena

De haber al barrio venido;

Que aunque excusarlo debiera

Hasta estar en vuestra casa

Y visitaros en ella,

El alborozo de ver

Que tan buen vecino tenga,

Dilatar no me permite

Que á su servicio me ofrezca.

D. Ped.

Todos lo mismo decimos.

D. Torib.

(Ap.) ¡Qué ceremonia tan necia!

D. Alon.

Guárdeos Dios por la merced

Que me haceis; que si supiera

La dicha de mereceros

Tantos favores, hubiera

Cumplido mi obligacion,

Visitándôs en la vuestra.

Conoced á mi sobrino,

Que quiero que desde hoy sea

Vuestro servidor.

D. Torib.

(Ap. á Don Alonso.) ¿Yo habia

De ser alhaja tan puerca?

D. Alon.

Esta es accion cortesana.

D. Torib.

Más me huele á corte-enferma.

D. Alon.

Llegad, Don Toribio: ved

Que estos señores esperan

Conoceros. (Llega Don Toribio.)

D. Juan.

En nosotros

Tendreis á vuestra obediencia

Hoy amigos y criados.

D. Torib.

Guárdeos Dios por la fineza.

D. Félix.

¿Venís con salud?

D. Torib.

Al cielo

Gracias, ni mala ni buena,

Sino así así, entreverada,

Como lonja de la pierna.

D. Alon.

Más despacio besaré

Vuestras manos: dad licencia...

D. Félix.

Vos la teneis.

D. Alon.

Don Toribio,

Venid.

D. Torib.

(Ap. á Don Alonso.)

¿Aquí te los dejas?

D. Alon.

¿Qué he de hacer?

D. Torib.

Yo lo sé.

D. Alon.

¿A dónde

Vas?

D. Torib.

A dar á casa vuelta.

D. Alon.

¿A qué?

D. Torib.

A decir á mis primas

Que en todo hoy no salgan fuera.

D. Alon.

¿Han de quedarse sin misa?

D. Torib.

¿Qué dificultad es esa?

Mi ejecutoria les basta

Para ser cristianas viejas.

D. Alon.

¡Jesus, y qué disparate!

Venid, venid: no lo entiendan

Esos hidalgos.

D. Torib.

Par Dios,

Que si por mi voto fuera,

No habian de salir de casa,

Quisieran ó no quisieran.

(Vanse Don Alonso y Don Toribio.)

D. Félix.

No sé cómo fué posible...

D. Juan.

¿Qué?

D. Félix.

Que la risa detenga,

Viendo al primo.

D. Ped.

¡Qué figura

Tan rara!

D. Juan.

Extraña presencia

De novio.

ESCENA V.

CLARA y EUGENIA, con mantos; OTÁÑEZ delante, y BRÍGIDA y MARI-NUÑO, detras.—DON FÉLIX, DON JUAN, DON PEDRO, HERNANDO.

Hernan.

Ya las dos salen.

D. Félix.

Desde aquí podremos verlas,

Como acaso.

Clara.

Échate el manto,

Que hay gente en la calle, Eugenia.

Eugenia.

¿Qué he hecho yo para no andar

Con la cara descubierta?

Otáñez.

¡Tomad! ¡Luego la faltara

A la hermanica respuesta!

Mari-Nu.

Callad, que no os toca á vos

Hablar en estas materias.

Brígida.

Ni á vos en estas ni esotras,

Y hablais en esotras y estas.

D. Félix.

Pasemos ahora al descuido.

D. Juan.

(Ap.) ¡Oh, permita amor que en ella

Al verme, estén sus memorias,

Ya que no vivas, no muertas!

D. Ped.

(Ap.) ¡Oh, plegue á Dios que se obligue

De ver que he venido á verla!

Clara.

Advierte que llega gente.

Eugenia.

Y bien, la gente que llega,

¿Qué se lleva por llevarse

Hácia allá esta reverencia?

(Saluda Eugenia. Trae un lienzo en la mano.)

(Ap. Mas ¡cielos! ¿Qué es lo que miro?

Don Juan es. Ya de su ausencia

Debió de cesar la causa;

Y no es mi duda sola esta,

Sino estar con él Don Pedro.

Aquesta es la vez primera

Que ha sido por ignorancia

Amiga la competencia.)

D. Félix.

(Ap. á él.) ¿Cuál es de las dos, Don Juan,

La que tanto amor os cuesta?

D. Juan.

(Ap. á Don Félix. La del pañuelo en la mano.

No volvais tan presto á verla:

No advierta que de ella hablamos.

Y porque tampoco advierta

Don Pedro mi turbacion...)—

Voy á esperar á la iglesia. (Alto.)

(Ap. á Don Félix.

Quedáos vos con él.)

D. Félix.

Sí haré.—(Vase Don Juan.)

Don Pedro, ¿cuál es de aquellas?

D. Ped.

La que, en la mano un pañuelo,

Descubierta va, es Eugenia.

No volvais tan presto: no

Conozca que hablamos della.

Quedáos, que porque no dé

Mi amor á Don Juan sospecha,

Tras él voy. (Vase.)

D. Félix.

(Ap.)Ya sé, á lo ménos,

Que la dama es una mesma.

Clara.

Sin pañuelo me he venido,

El tuyo, hermana, me presta;

Que ir tapada me congoja. (Destápase.)

Eugenia.

A mí el venir descubierta,

Pues por si fué encuentro acaso,

Que me hayan visto me pesa.

(Tápase y da el pañuelo á Clara.)

D. Félix.

(Ap.) Ya puedo ver, pues que tengo

Nombre, seña y contraseña,

Cuál es la dama que adoran.

Clara.

No á mirar el rostro vuelvas.

Eugenia.

¡Jesus, y qué condicion!

Lástima es que no seas suegra,

Segun te pudres de todo.

(Vanse las damas, Otáñez, Brígida y Mari-Nuño.)

ESCENA VI.

DON FÉLIX, HERNANDO.

D. Félix.

¡Oh cuánto he sentido verla!

Que aunque estoy con el cuidado

De que aquesta competencia,

El dia que se declare,

Ha de parar en pendencia;

Siendo la dama una misma,

Ya para mí se acrecienta

Ver que de las dos ha sido,

Aunque entrambas son tan bellas,

La que me lo pareció

Más, cuando la vez primera

Ví á las dos en la ventana.

Pero esto ahora no es de esencia,

Que yo acabaré conmigo

Que mi honor á mi amor venza,

Sino acudir á estorbar

Que á desengañarse vengan,

En tanto que yo á la mira

Discurro de qué manera

Entre dos amigos que hacen

De mí confianza, deba

Prevenir el lance, haciendo

A su estorbo diligencia. (Vase.)

ESCENA VII.

DON TORIBIO y DON ALONSO.

D. Alon.

¿A qué volveis aquí?

D. Torib.

¿A qué

He de volver ¡pese á mí!

Sino á escombrarlos, si aquí

Están los que aquí dejé?

D. Alon.

Pues ¿qué os va en eso?

D. Torib.

¿Qué más

Quereis que á un hidalgo vaya,

Que ver que holgazanes haya

Adonde hay primas?

D. Alon.

Jamás

Tan necia locura ví.

En Madrid ¿quién reparó

Si hay gente en la calle?

D. Torib.

Yo.

D. Alon.

Y vos ¿por qué?

D. Torib.

Porque sí.

D. Alon.

Aun bien que se han ausentado,

Y ya nadie aquí se ve.

D. Torib.

Acertáronlo, porqué

Venía determinado.

D. Alon.

Pues ¿qué era vuestra intencion?

D. Torib.

Sólo ver si la anchicorta,

Como en caperuzas, corta

En sombreros de castron.

D. Alon.

Vos ¿qué teneis que temer

Para llegar á ese extremo?

D. Torib.

Mucho tengo y nada temo;

Que desde que llegué á ver

De mis primas los dos cielos,

Si verdad digo, señor,

Tengo á Eugenia tanto amor,

Que áun los hombres me dan celos.

D. Alon.

Aunque esas cosas me dan

Enfados, he agradecido

Que os entreis á ser marido

Por las puertas de galan.

Pero ha de ser con cordura;

Que celos no ha de tener

Un hombre de su mujer.

D. Torib.

Pues ¿de cuál? ¿de la del cura?

D. Alon.

Dejad delirios, por Dios,

Y baste saber de mí,

Si es Eugenia la que aquí

Os agrada de las dos,

Que Eugenia vuestra será...

(Ap. Que es lo que yo deseaba.)

D. Torib.

Con eso el rencor se acaba,

Que el verlos aquí me da

A nuestra calle volver

En tanta conversacion.

D. Alon.

Pues yo la dispensacion

Haré al instante traer.

Venid ahora, que quiero

Ganar las albricias yo

De ser la que prefirió

Vuestro amor.

D. Torib.

Oid primero.

La dispensacion, señor,

¿De Roma no ha de venir?

D. Alon.

Por ella á Roma se ha de ir.

D. Torib.

Pues siendo así, ¿no es mejor

Abreviarlo de otro modo?

D. Alon.

¿Qué modo?

D. Torib.

Uno que yo sé.

D. Alon.

¿Qué es?

D. Torib.

Desposarnos, y que

Vamos á Roma por todo. (Vanse.)

ESCENA VIII.

DON FÉLIX, DON JUAN.

D. Félix.

Yo estimo la confianza.

D. Juan.

Pues habiendo reparado

Que al verme el color mudado,

Hizo su rostro mudanza,

Que no la hizo, sospecho,

Su amor, y que está constante,

Porque es el rostro volante

Del reloj que anda en el pecho.

Y así, pues que sólo ha sido

Mi dicha el haber llegado

Donde de vos amparado

Sea amor tan bien nacido;

Lo que habeis de hacer por mí

(Puesto que entablada ya

La amistad del padre está),

Es proseguir desde aquí

De suerte, que con entrar

Vos en su casa, me dé

Ocasion amor en que

Pueda escribir, ver y hablar.

D. Félix.

(Ap.) ¡En buen empeño de amor

Estoy! pues en lance igual,

Si á un amigo soy leal,

Soy á otro amigo traidor.

D. Juan.

¿No me respondeis?

D. Félix.

No sé

Qué os diga, Don Juan, pues no

Soy hombre tan bajo yo,

Que ocasion procuraré

Con nadie para engañarle.

D. Juan.

¿Cuál es amigo mayor?

ESCENA IX.

DON PEDRO.—DON FÉLIX, DON JUAN.

D. Ped.

Don Félix, si de mi amor...

D. Félix.

(Ap. Que prosiga he de estorbarle.)

A buen tiempo habeis venido,

Y luégo proseguireis

Lo que decirme quereis;

Que quiero que prevenido

De una porfía en que estamos,

Seais juez. (Ap. Así, vive Dios,

Tengo de hablar con los dos.)

D. Ped.

El argumento esperamos.

D. Félix.

Si un grande amigo os pidiera

Que trabaseis amistad

Con hombre de calidad,

Para que fuese tercera

En su casa de su amor,

¿Hiciéraislo vos?

D. Ped.

Yo sí.

D. Félix.

Yo no.

D. Ped.

¿Por qué?

D. Félix.

Porque en mí

Fuera escrúpulo traidor;

Pues el dia que llegara

De traicion á otro que fuera

Mi amigo, preciso era

Lo lograra ó no lograra.

Si no lo lograra, ¿en qué

A mi amigo le servía?

Y si lo lograra, hacía

Una gran ruindad, porqué

El que engañado de mí,

Se daba ya por mi amigo,

Ya lo era, y yo su enemigo:

Es cierto; pues siendo así,

¿Cómo es posible que yo

Sea enemigo del que ya

Por mi amigo se me da?

Luego si en no serlo no

Es nada lo que consigo,

Y en serlo consigo ser

Su amigo, ¿cómo he de hacer

Yo traicion al que es mi amigo?

D. Ped.

Siendo esa vuestra opinion,

Ya no tengo que os decir. (Vase.)

D. Juan.

Yo tampoco, y habré de ir

A buscar otra ocasion. (Vase.)

ESCENA X.

DON FÉLIX.

D. Félix.

¿Habrá desdicha mayor?

¿Que no me baste el no amar,

Para saberme librar

De impertinencias de amor?

¿Qué haré entre uno y otro amigo,

Que cada uno en su esperanza

Hace de mí confianza?

Pues nada enmendar consigo,

Viendo tan cerca á los dos

De la dama, ¿qué podré

De mi parte hacer? No sé

Que haya medio, vive Dios,

Si ya no es que á ver alcance

Que las damas solas son

Las que en cualquier ocasion

Hacen bueno ó malo el lance.

Mas ¿cómo podré atrevido

Hablar en materia tal

A una mujer principal,

Ni darme por entendido?

Cara á cara he de saber

Si á los dos quiso ó no quiso;

Pero hasta dar el aviso,

Un papel lo podrá hacer;

Que á su opinion no se atreve

Quien por salvar su opinion,

La advierte de una ocasion.

Ahora falta quien le lleve...

Pero ¿ha de faltarme modo,

Sin que lo llegue á fiar

De otro, de poderle dar?

Ahora bien, salir á todo

Me toca, haciendo testigos

Los cielos, que aventurar

Yo un empeño, es por sacar

De otro empeño á dos amigos. (Vase.)


Sala en casa de Don Alonso.

ESCENA XI.

EUGENIA, CLARA, BRÍGIDA, MARI-NUÑO.

Clara.

Ten, Mari-Nuño, este manto.

¡Oh quién en casa tuviera

Capellan, para no ir fuera,

Y más á concurso tanto!

Eugenia.

Mucho me holgara venir

Ahora de buen humor,

Para poder con mejor

Título que tú, decir:

¡Quién la parroquia tuviera

Diez leguas, para tener

Más que andar y más que ver!

Mari-Nu.

Aténgome á la primera.

Brígida.

Yo á la segunda.

Mari-Nu.

¿Por qué?

Brígida.

Porque no he visto en mi vida

Escrupulosa aturdida,

Que al primer lance no dé

De ojos. (Vanse Mari-Nuño y Brígida.)

ESCENA XII.

DON ALONSO; DON TORIBIO, que se queda á la puerta.—CLARA, EUGENIA.

D. Alon.

En tu cuarto espera,

Que yo la llegaré á hablar.

D. Torib.

Sí haré. (Ap. Desde aquí escuchar

Lo que responde quisiera.) (Quédase al paño.)

D. Alon.

(Ap. Saber que á Eugenia eligió

Ha sido ventura extraña:

Llévesela á la montaña,

Porque lo ménos que yo

En la corte he menester,

Es una hija discreta,

Retórica ni poeta,

Y no de mal parecer.)

Eugenia, yo vengo á hablarte;

No tienes, Clara, que irte;

Que albricias he de pedirte (A Eugenia.)

Del pésame que he de darte. (A Clara.)

Eugenia.

¿Albricias á mí, señor?

Clara.

¿Pésame, señor, á mí?

D. Alon.

Pésame y albricias, sí.

Las dos.

¿De qué?

D. Alon.

Efectos son de amor.

Don Toribio, enamorado,

Me ha dicho cuánto desea

Que Eugenia su mujer sea;—

Y aunque ponerte en estado

A tí, por ser la mayor, (A Clara.)

Primera obligacion era,

Él elige de manera,

Que del gozo y del dolor,

Pésame tuyo á ser pasa.—

Hoy tu parabien, por ver (A Eugenia.)

Que pierdes, y ganas, ser (A las dos.)

La cabeza de tu casa.

Clara.

Aunque pérdida es penosa,

Yo estimo que el bien posea

Eugenia, para que sea

Mi hermana la venturosa,

Feriando el pesar á precio

Del parabien que la doy.

Gócesle mil años. (Ap. Hoy

Sólo hizo gusto el desprecio.) (Vase.)

ESCENA XIII.

DON ALONSO, EUGENIA; DON TORIBIO, oculto.

D. Torib.

(Ap. al paño.) ¡Qué triste va de perderme

La escudera de su hermana!

Veamos ella qué ufana

Responde de merecerme.

Eugenia.

(Ap.) Esto solo me faltaba

Que añadir (confusa estoy)

A las novedades de hoy.

D. Alon.

¿Qué me respondes? Acaba

De dudar.

Eugenia.

Que agradecida

Una y mil veces, señor,

Rindo por tanto favor

A tu obediencia mi vida.

Que aunque no me toca á mí

Elegir, pues no he de hacer

Nunca más que obedecer,

Haré mal, si viendo en tí

Gusto, en mi primo amor fiel,

No respondo agradecida...

(Ap. ¡Mal haya mi alma y mi vida,

Si me casare con él!)

D. Alon.

No en vano esperaba yo

De tu mucho entendimiento,

Eugenia, ese rendimiento.

D. Torib.

(Ap.) Yo tambien.

D. Alon.

Él esperó

En su cuarto, y ganar quiero

Con él las gracias tambien. (Vase.)

D. Torib.

(Ap.) Que á mí las gracias me den,

Será más razon.

Eugenia.

Hoy muero,

Pues tras mis penas, he sido

Objeto de un ignorante.

ESCENA XIV.

DON TORIBIO, que sale de donde estaba.—EUGENIA.

D. Torib.

(Ap. ¡Que airoso sale un amante,

Cuando está favorecido!)

Sea muy enhorabuena

El ser, prima, tan dichosa,

Que merezcais ser mi esposa.

Eugenia.

(Ap.) ¡Esto faltaba á mi pena!

(Vuelve la espalda.)

D. Torib.

¿Por qué adorándome...

Eugenia.

(Ap.)¡Ay Dios!

D. Torib.

Me desadorais?

Eugenia.

Porqué,

Si ántes con mi padre hablé,

Ahora he de hablar con vos.

Señor Don Toribio, yo,

Por no responder aquí

Resuelta á mi padre, di

Una palabra, que no

He de cumplir, si supiera

Perder mil veces, rendida

A sus enojos, la vida.

Y siendo desta manera

Que no he de casar con vos,

De la eleccion desistid

Que habeis hecho, y advertid

Que estamos solos los dos:

Y si de lo que aquí os digo,

Algo á mi padre decís,

He de decir que mentís.

D. Torib.

¿Cómo se habla eso conmigo,

Escudera de mi casa,

Ingrata, desconocida,

Falsa, aleve y fementida?

Eugenia.

No deis voces; que esto pasa

Entre los dos, y no es, no,

Para que salga de aquí.

D. Torib.

¿Vos no sois mi prima?

Eugenia.

Sí.

D. Torib.

¿No soy vuestro esposo?

Eugenia.

No.

D. Torib.

Decidme, ¿no soy galan?

Eugenia.

No lo dudo.

D. Torib.

¿Y entendido?

Eugenia.

¿Pues no?

D. Torib.

¿Hidalgo?

Eugenia.

Cierto ha sido.

D. Torib.

¿Airoso?

Eugenia.

Mucho.

D. Torib.

¿Y amante?

Eugenia.

Tambien.

D. Torib.

Pues de mis cuidados

¿En qué estriban los desvelos?

Eugenia.

Preguntádselo á los cielos,

A los astros y á los hados,

Que no inclinan mi albedrío.

D. Torib.

Pues en algo está el busílis.

Eugenia.

En que vos no teneis fílis

Para ser esposo mio. (Vase.)

ESCENA XV.

DON TORIBIO.

D. Torib.

¿Cómo que fílis no tengo?

¿Tal á un hombre se le dice,

Que tiene un solar con más

De tantísimos de fílis,

Que no hay otra cosa en él,

Por do quiera que se mire,

Sino fílis como borra?

Que aunque yo qué es no adivine,

Bien lo puedo asegurar;

Pues siendo algo que sea insigne,

Es preciso que no deje

De estar allá entre mis timbres.

¡A mí, que fílis no tengo!

¿Esto los cielos permiten?

¿Esto consienten los hados?

Prima, ved lo que dijisteis:

Más fílis tengo que vos.

ESCENA XVI.

DON ALONSO.—DON TORIBIO.

D. Alon.

¿Adónde, sobrino, os fuisteis,

Cuando os busco para daros

Mil norabuenas felices

De que vuestra prima ya,

Agradecida y humilde,

Sabiendo vuestra eleccion,

No hay cosa que más estime?

D. Torib.

Mi prima (si es que es mi prima)

Es una mujer terrible,

Con todos sus aderezos

De sirena, áspid y esfinge.

Aquí me ha dicho una cosa,

Que no pudiera decirse

A un barquillero asturiano

De los de quite y desquite.

D. Alon.

¿A vos?

D. Torib.

En toda esta cara.

D. Alon.

Fuerza será que me admire.

¿Qué fué?

D. Torib.

Que fílis no tengo.—

Y para que se averigüe

Si los hombres como yo

Tienen ó no tienen fílis,

Por no obligarme á retarla

En extranjeros países,

Haced que me compren luego

Cuantos fílis sean vendibles,

Y cuesten lo que costaren.

D. Alon.

Esa es locura terrible.

D. Torib.

¿Tan caros son? Pues no importa.

Dónde se venden, decidme,

O yo lo preguntaré;

Que volver no se permite

A su vista, hasta volver

Todo cargado de fílis. (Vase.)

D. Alon.

¿Hay delirio semejante?

Sobrino, escuchad, oidme.

ESCENA XVII.

CLARA, EUGENIA.—DON ALONSO.

Clara.

¿Qué es esto? ¿Con quién das voces?

Eugenia.

¿Con quién te enojas y riñes?

D. Alon.

Contigo, ingrata.

Eugenia.

¿Conmigo,

El dia que más humilde

Sólo trato obedecerte?

D. Alon.

Ven acá: ¿qué le dijiste

A tu primo, que enojado,

No hay quien con él se averigüe?

Eugenia.

¡Yo á mi primo! En todo hoy

Ni le hablé ni ví.

D. Alon.

¿Qué dices?

Eugenia.

Lo que es cierto.

D. Alon.

¡Vive Dios,

Si disimulada finges,

Y es verdad que le has hablado

Bachilleramente libre,

Que te he de hacer!...—Tras él voy,

Por si puedo reducirle

A que no ande preguntando

Adónde se venden fílis. (Vase.)

ESCENA XVIII.

CLARA, EUGENIA.

Eugenia.

Yo á mi primo, ¿qué pudiera,

Que fuese ofensa, decirle?

Clara.

No te disculpes conmigo,

Pues sé, aunque no llegué á oirte,

Que perderás tu remedio,

Sólo por decir un chiste.

Eugenia.

Aunque eso de mi remedio

Con falsedad me lo dices,

Lo oigo yo como lisonja,

Viendo que hasta un tonto, un simple,

Aun el alma que no tiene,

A mi vanidad la rinde.

Clara.

¿Qué quieres decirme en eso?

¿Que nadie hay que á mí se incline,

Neciamente imaginando

Que á méritos me compites?

Pues no es sino que no hay nadie

Que sin respeto me mire,

Porque sé yo hacer que todos

De otra manera me estimen

Que á tí, siendo solamente

Lo que á las dos nos distingue,

El verte á tí no sé cómo,

Pero á mí como á imposible.

Eugenia.

¡Ay! que no es eso.

Clara.

Pues ¿qué?

Eugenia.

Obligarásme á decirte

Lo que á mi primo.

Clara.

¿Qué es?

Eugenia.

Que

Tampoco tú tienes fílis. (Vase.)

Clara.

No lo dirás, porque yo

A responder no me obligue,

Que cuando... Pero ¡qué miro!

¿Quién hay que esta cuadra pise,

Para estorbar el que lleguen

Mis enojos á sus fines?

ESCENA XIX.

DON FÉLIX.—CLARA.

Clara.

¿A quién buscais, caballero?

D. Félix.

(Ap. ¡Ay amistad! pues que vine

A hacer por tí una fineza,

A una infamia no me inclines;

Pues ví hermosura, á quien mal

Mi libertad se resiste.)

Viendo á vuestro primo ir fuera,

A quien vuestro padre sigue,

Me atreví á llegar á hablaros.

Clara.

¿A mí?

D. Félix.

A vos.

Clara.

Hombre, ¡qué dices!

¿A mí hablarme?

D. Félix.

Sí, señora,

Porque sé que en esto os sirve

Mi deseo, y no os ofende.

Clara.

(Ap.) ¡Plegue á Dios, que no me obligue

Una necia á que me huelgue

De que!... Pero no es posible.

ESCENA XX.

EUGENIA, al paño.—CLARA, DON FÉLIX.

Eugenia.

(Ap.) ¿Con quién hablará mi hermana?

Desde aquí es bien que lo mire.

Clara.

¿A mí (dejadme dudarlo

Mil veces), (Ap. Mal reprimirme

Puedo.) me buscais?

D. Félix.

A vos.

Clara.

Pues ántes que oseis decirme...

Eugenia.

(Ap.) ¡Oh si fuera algo de aquello

De posible y de imposible!

Clara.

Quién sois y qué me quereis,

Que os vais es bien que os suplique,

Sin decirlo; que á mí nada

Hay que á buscarme os obligue.

D. Félix.

Sin decíroslo, me iré,

Si en eso mi pecho os sirve;

Mas no sin que lo sepais;

Que en este papel se escribe,

Para que con esto llegue

A saberse, sin decirse.

Eugenia.

(Ap.) ¡Oh si tomara el papel,

Porque hubiera qué decirle!

D. Félix.

Tomad, y adios.

Clara.

¡Yo papel!

D. Félix.

Y porque á verle os anime,

Solo os diré que el honor

Vuestro en leerle consiste,

Y que Don Pedro y Don Juan

No arriesguen y precipiten,

No digo su vida, que ese

Es peligro muy humilde,

Sino vuestro honor, que fuera

Pérdida más infelice.

Eugenia.

(Ap.) Si toma el papel, soy muerta.

Clara.

Hombre, mira lo que dices.

Ni á tí, á Don Juan, ni á Don Pedro

Conozco yo.

Eugenia.

(Ap.)¡Ay de mí triste!

Que todo esto sobre mí

Viene, si el papel recibe.

Mas por engaño la habla.

Clara.

(Ap. ¿Que sola una vez que quise

Yo no ser yo, no he podido?)

¿Qué aguardas pues para irte?

D. Félix.

Aunque tan desentendido

Vuestro decoro porfíe,

Y agradecer no pretenda

La fineza de que os dije

Mi empeño y el de los dos;

Ya que lo que debo hice

A amigo y á caballero,

Me iré. Adios.

Clara.

No os vais, oidme.

(Ap. Sin duda que aquí hay engaño,

Y así, es bien que le averigüe.)

¿Con quién presumís que hablais,

Porque la fineza estime?

D. Félix.

¿No sois Doña Eugenia?

Clara.

Sí.

Eugenia.

(Ap.) ¿Hay mujer más infelice?

Clara.

Dad ahora el papel, y adios.

Eugenia.

(Ap. Que le deje es bien que evite,

Barajando el lance.) (Sale.) Hermana...

Clara.

¿Qué tienes? ¿De qué te afliges?

Eugenia.

Mi padre y mi primo vienen,

Y porque tú no peligres,

Vengo á avisarte; que yo

Ya tú ves cuánto estoy libre.

Mira lo que hemos de hacer.

D. Félix.

(Ap.) ¿Quién vió empeño tan terrible?

Clara.

¿Qué se ha de hacer, sino que entren

Y que todo se averigüe,

Para que no quedes vana

Tú de que por mí lo hiciste?

¡Padre! ¡Señor! ¡Primo! ¡Otáñez!

Eugenia.

(Ap.) Si fuera cierto el venite,

Muy buen lance hubiera echado.

Clara.

¿No hay nadie que pueda oirme?

ESCENA XXI.

DON ALONSO, y luego DON TORIBIO, BRÍGIDA, MARI-NUÑO y OTÁÑEZ.—Dichos.

D. Alon.

(Dentro.) Voces da Clara.

Eugenia.

(Ap.)¡Ay de mí!

Que ya es verdad lo que dije

Por fingimiento.

Clara.

Llegad

Todos.

Eugenia.

No á voces publiques

Que está aquí este hombre.

Clara.

Sí quiero.

D. Félix.

Aquí es bien que me retire,

Por asegurar la espalda.

(Escóndese Don Félix, y salen Don Alonso, Don Toribio, Brígida, Mari-Nuño y Otáñez.)

Todos.

¿Qué es esto?

Clara.

Que un hombre...

Eugenia.

(Ap.)¡Ay triste!

Clara.

Dentro está de nuestra casa:

Yo desde aquesos jardines

Le he visto en el corredor

Del desvan: por un tabique

Saltó. Subid allá todos:

Quedarse no solicite

A robarnos esta noche.

D. Alon.

Aquesos serán sus fines.

Mari-Nu.

En casa de indiano, ¿quién

Duda que eso solicite?

D. Torib.

Nadie primero que yo

El primer escalon pise;

Que á mí me toca el asalto,

Si fuese el desvan Mastrique.

Vea mi prima que tengo

Pujanza, ya que no fílis. (Vase.)

D. Alon.

Contigo voy. (Vase.)

Clara.

Subid vos,

Otáñez.

Otáñez.

Ya á los dos siguen

Los filos de la tizona.

Conmigo van dos mil Cides. (Vase.)

Clara.

Vosotras, desde allá dentro,

Ved que entrar no solicite

Por otra parte á esconderse.

Mari-Nu.

Un árgos seré. (Vase.)

Brígida.

Yo un lince. (Vase.)

ESCENA XXII.

CLARA, EUGENIA; DON FÉLIX, oculto.

Clara.

Todas tus bachillerías

Mira de lo que te sirven,

Que al primer lance te pasmas,

Y al primer susto te rindes.

(Llega adonde se escondió Don Félix.)

Ya tienes franca la puerta,

Hombre: ya bien puedes irte.

(Sale Don Félix.)

Déjame el papel, y adios.

D. Félix.

Él os guarde: y pues difícil

No es lo que os advierto, ved

Lo que importa. (Dale el papel.)

Eugenia.

(Ap.)¡Ay de mí triste!

¿Que no pudiese estorbarlo?

D. Félix.

(Ap. yéndose.) Amor, no me precipites,

Que aunque ingenio y hermosura

Todo en ella se compite,

Es dama de mis amigos,

Y adorarla es imposible. (Vase.)

Clara.

(A voces.) ¡Señor! ya el hombre á otra casa

Pasado ha; no solicites

Buscarle.

ESCENA XXIII.

DON ALONSO, DON TORIBIO.—CLARA, EUGENIA.

D. Alon.

Forzoso era,

Pues no fué hallarle posible.

D. Torib.

Nigromántica es su dicha,

Pues me le ha hecho invisible.

Clara.

Digo que pasó á otra casa,

Que yo le ví sano y libre.

D. Alon.

Con todo eso, á verla toda

Vamos. (Vase.)

D. Torib.

Y ahora, ¿qué dices?

¿Tengo ó no fílis?

Eugenia.

No sé,

Que ahora no estoy para fílis.

(Vase Don Toribio.)

Clara.

Esto, necia, presumida,

He hecho, para que mires

Que tener valor y ingenio,

Es tenerle y no decirle:

Y véte de aquí, que quiero

Ver lo que el papel me dice.

Eugenia.

(Ap.) No sosegaré (¡Ay de mí!)

Hasta ver lo que la escribe. (Vase.)

ESCENA XXIV.

CLARA.

Clara.

De aquí la envié, porque

Si este hombre este engaño finge

Para escribirme á mí, ella

No lo entienda, ni imagine.

(Lee.) No se atreve á vuestro honor,

Quien por vuestro honor se atreve

A presumir que os obliga

Con lo mismo que os ofende.

Y así, en esta confianza

De pensar que errando acierte,

Lo que hay que culparme vaya

Par lo que hay que agradecerme.

Don Juan, más enamorado

Que fué de vos, de vos vuelve,

Y Don Pedro os sigue, más

Fino cuanto más ausente.

Que dejen de declararse,

No es posible, ni que dejen

De remitir al acero

La competencia, de suerte

Que á dar escándalo pase;

Y pues podeis fácilmente

Remediarlo con mandar

A Don Pedro que se ausente,

O á Don Juan que se retire,

Quedando vos dueño siempre

Del desden y del favor,

Quitad el inconveniente;

Que á mí el aviso me toca,

Procediendo desta suerte

Con vos, conmigo y con ellos,

Caballero, amigo y huésped.

¡Válgame Dios! ¡Qué de cosas

Tan várias, tan diferentes,

En un punto me combaten,

Y en un instante me vencen!

En lo que dice y no dice,

Es muy cierto que me ofende

Este papel: es verdad,

Que si aqueste papel viene

A Eugenia, cuando pensaba

Que papel para mí fuese,

Solicitando aquel medio

Que me ha obligado á leerle,

He sentido que no sea

Su intento aquel, sino este.

¿Cómo puedo yo decirlo,

Si no es ya que en mí reviente

No sé qué callada mina

Que amor en el alma enciende?

¿Amor dije? Pues no siento,

Sino haber tan neciamente

Persuadídome que á mí

Me buscase: y es de suerte

La vanidad de una dama

Persuadida á que la quieren,

Que aunque la ofenda el amor,

Más el engaño la ofende:

Y más cuando está á la mira

Una necia, una imprudente,

Una loca...

ESCENA XXV.

EUGENIA.—CLARA.

Eugenia.

(Ap., quedándose al paño.)

Esta soy yo.

Clara.

De tan várias altiveces,

Que presume que ella sola

Todo cuanto mira vence.

¡Oh envidia, oh envidia! ¡Cuánto

Daño has hecho á las mujeres!

Pues por vengarme de Eugenia,

Diera... (Sale Eugenia.)

Eugenia.

¿En qué Eugenia te ofende,

Para pensar á tus solas

El cómo della te vengues?

Clara.

Ese papel te lo diga.

Que acaso á mis manos viene

Por las tuyas.

Eugenia.

Ya lo sé.

Clara.

Pues si lo sabes, y tienes

Tan á riesgo tu opinion,

Que estriba sólo en que lleguen

A declararse dos hombres;

Mira si es justo que piense

Cómo he de vengar, ingrata,

Falsa, atrevida y aleve,

La ocasion en que...

Eugenia.

Oye, aguarda,

Que para que consideres

Tanta amenazada ruina

Cuán fácil remedio tiene,

Me huelgo de haber venido

A esta ocasion. (Llega á una ventana.)

Clara.

¿Pues qué emprendes?

Eugenia.

(Llamando) ¡Señor Don Pedro!

Clara.

¿Qué haces?

Eugenia.

Hablar un instante breve

A un caballero, que está

En la calle.

Clara.

¿A eso te atreves?

Eugenia.

Sí, que en su cuarto mi padre

Está ya con su accidente

De la gota, que hoy le ha dado,

Y Don Toribio no puede

Ver desde el suyo esta reja;

Y así he de satisfacerte.—

¡Señor Don Pedro!

ESCENA XXVI.

DON PEDRO, á la reja.—Dichas.

D. Ped.

Bien fué

Menester oir dos veces

Mi nombre, para que alguna

Creyera que dél se acuerde

Vuestra memoria; que un triste

No crê su bien fácilmente.

Eugenia.

No prosigais, que esta reja

Es de otras tan diferente,

Cuanto hay de no serlo á ser

Ahora de las paredes

De mi padre; y si allí pudo

La seguridad hacerme

Usar de algunas licencias,

Mi honor prisionera tiene

Su libertad ya, y tan otra

Habeis de ver que procede,

Cuanto hay de que otros me guarden

A guardarme yo. Así, hacedme

Merced de volveros luego

Donde otra vez no os encuentre

Ni en mi calle ni en mi reja,

Suplicándôs que prudente

Deis de mano á una esperanza

Que no hay sobre qué se asiente.

D. Ped.

Oid.

Eugenia.

Perdonad, que no puedo.

D. Ped.

Cuando por veros...

Eugenia.

Hareisme

Ser, sobre ingrata, grosera.

D. Ped.

¿Vos?

Eugenia.

Sí.

D. Ped.

¿Cómo?

Eugenia.

Desta suerte.

(Cierra la ventana.)

Clara.

Y al otro ¿qué has de decirle?

Eugenia.

Haz cuenta que si le viere,

Le diré lo mismo al otro,

Clara; porque las mujeres

Como yo, puestas en salvo,

Si se esparcen y divierten,

Es para aquesto no más;

Que amor bachiller no tiene

Más fondo que sólo el ruido.

Aquel emblema lo acuerde

Del perdido caminante,

A quien de noche acontece

Que avisado del estruendo

Con que del monte desciende

Pequeño arroyo, le asusta,

Le perturba y estremece;

Y huyendo dél, da en el rio:

Porque á todos les parece

Que es manso cristal aquel

Que áun las guijas no le sienten

Y en su agua perecen. Pues

Que no tiene riesgo advierte

La ruidosa, porque el riesgo

El agua mansa le tiene:

Y así, fué del agua mansa

Lo mejor guardarse siempre. (Vase.)

ESCENA XXVII.

CLARA.

Clara.

¡Qué escucho, cielos! ¡qué escucho!

«Que no tiene riesgo advierte

La ruidosa, porque el riesgo

El agua mansa le tiene:

Y así, fué del agua mansa

Lo mejor guardarse siempre.»

Sin duda (¡ay de mí!) que oyó

Cuanto dije, ó lo parece,

Segun el concepto habla

De lo que mi pecho siente.

Pues ya que el acaso hizo,

En las respuestas que ofrece,

Lo que el cuidado debiera;

Ya que por ella me tiene

El caballero que trajo

El papel, lograr intente

La ocasion, que con su nombre

Amor á mi amor ofrece;

Porque con más verdad pueda

Decir que riesgo no tiene

La ruidosa, porque el riesgo

El agua mansa le tiene:

Y así, fué del agua mansa

Lo mejor guardarse siempre.