JORNADA TERCERA.
ESCENA PRIMERA.
CLARA, MARI-NUÑO.
Clara.
Esto pasa, y sólo á tí
Lo dijera.
Mari-Nu.
Ya tú tienes
Experiencia de lo mucho
Que fiar de mí amor puedes.
Pero deja que me admire
De oir que á tal extremo lleguen
Los despejos de tu hermana.
Clara.
Dos caballeros pretenden
Su favor, y á mí me toca
Que el escándalo remedie,
Ya que llegó á mi noticia;
Y así es fuerza hablar á este
Que me dió el aviso. Y para
Hacer que el daño se enmiende,
Tú has de darle un papel mio
En su nombre, porque llegue,
Ignorando que soy yo,
A hablarme más claramente
Esta noche, y... Pero luego
Proseguiré; que parece
Que anda gente ahí fuera: mira
Quién es. (Vase Mari-Nuño.)
Bien de aquesta suerte
Con la verdad se ha engañado
Mari-Nuño, que ha de hacerme
Lugar para conseguir
Hablarle de noche y verle,
Ya que mi pena...
ESCENA II.
DON TORIBIO, que quiere entrar, y MARI-NUÑO lo impide.—CLARA.
Mari-Nu.
Esperad,
Que no es bien que nadie éntre,
Sin avisar, á este cuarto.
D. Torib.
Dos veces para mí eres
Dueña hoy.
Mari-Nu.
¿De qué manera
Se entiende eso de dos veces?
D. Torib.
Una en la que estorbas, y otra
En lo que un cuarto defiendes.
Mari-Nu.
¿Será justo, si no están
Decentes, que á verlas lleguen?
D. Torib.
¿Pues cómo pueden no estar
Siempre mis primas decentes?
Clara.
¿Qué es eso?
D. Torib.
Que esa estantigua
A mí el paso me defiende.
Clara.
Hace muy bien, porque aquí,
Sin mi padre, nadie puede
Entrar.
D. Torib.
Sí puede, y ya sé
De qué ese ceño procede,
Y así no quiero enojarme,
Porque sé tambien que tienen
Licencia las desvalidas
De llorar amargamente.
Clara.
Yo confieso que lo estoy;
Y pues la dichosa en este
Cuarto no está, no teneis
Qué hacer en él: brevemente
Dél os id, ó yo me iré,
Porque de mí no se piense
Que me vengo en estorbaros,
Cuando hay más en que me vengue.
D. Torib.
Eso es poco y mal hablado.
Clara.
Ven, Mari-Nuño. (Ap. Que tienes
Que hacer por mí esta fineza.)
Mari-Nu.
Tuya soy y seré siempre. (Llaman.)
Pero aguárdate, veré
Quién llama.
(Vanse Clara y Mari-Nuño.)
ESCENA III.
DON TORIBIO.
D. Torib.
¡Cielos, valedme!
Que este remoquete, sobre
Aquella sospecha fuerte,
Que áspid del pecho, á bocados
Todo el corazon me muerde,
Es, ahora que caigo en ello,
Un bellaco remoquete.
Cuando buscamos la casa,
Ví... Lengua mia, detente:
No lo digas, sin que ántes
Te haya dicho yo que mientes.
Ví que detras de la cama
De Eugenia ¡oh malicia aleve!...
Estaba detras...
ESCENA IV.
MARI-NUÑO, saliendo apresurada.—DON TORIBIO.
Mari-Nu.
Señora,
Albricias, que este billete
Con coche y balcon...
D. Torib.
Mujer,
En lo que dices advierte;
Que balcon, billete y coche,
Sobre dueña, me parece
Es traer todo el yerro armado.
Mari-Nu.
(Ap. Mal encuentro fuera este,
Si importara.) Mi señora...
D. Torib.
(Ap.) Memoria, no me atormentes.
Mari-Nu.
¿Aquí no estaba?
D. Torib.
Aquí estaba
Un poco ántes que se fuese.
Mari-Nu.
A buscar á entrambas voy
Con este papel.
D. Torib.
Detente,
Que ántes he de verle yo
Que ellas.
Mari-Nu.
¿Qué llama verle?
Que aunque no importara nada,
No le he de dar, por no hacerle
Tan dueño de casa ya.
D. Torib.
¿Qué va...
Mari-Nu.
¿Qué?
D. Torib.
Que de un puñete
Te abollo sesos y toca?
Mari-Nu.
¿Qué va que no es mayor que este?
(Dale una puñada.)
D. Torib.
Los dientes debieron de irse,
Pues he perdido los dientes.
Mari-Nu.
(A voces.) ¡Ay, que me matan! ¡Señores,
Acudan á socorrerme!
D. Torib.
Sólo me faltaba ahora
Ser ella la que se queje.
Mari-Nu.
¡Que me matan!
ESCENA V.
EUGENIA, CLARA, DON ALONSO, BRÍGIDA.—DON TORIBIO, MARI-NUÑO.
D. Alon.
¿Qué es aquesto?
Clara.
¿Qué ha sucedido? ¿Qué tienes?
Mari-Nu.
Don Toribio, mi señor,
Colérico é impaciente,
Porque no le quise dar
Aqueste papel, que viene
Para las dos, puso en mí
Las manos.
Las dos.
¡Jesus mil veces!
D. Alon.
Por cierto, señor sobrino,
Vuestro enojo, sea el que fuere,
Es muy sobrado. ¡A criada
De mis hijas desta suerte
Se ha de tratar!
D. Torib.
Vive Dios,
Que soy yo...
D. Alon.
No hableis.
D. Torib.
Quien tiene
De qué quejarse...
D. Alon.
Ya basta.
Dadme vos, dadme el billete;
Que quiero ver la ocasion
Que tuvo para ofenderse.
Eugenia.
(Ap.) ¡Ay de mí, si fuese acaso
De alguno de los ausentes!
Clara.
(Ap. á Eugenia.) Quiera el cielo que no sea
Que algo de tus cosas cuente.
D. Alon.
(Lee.) Sobrinas mias, yo tengo balcon en que esta tarde veais la entrada de la Reina nuestra señora: el coche va por vosotras; que no dudo que mi primo...
Ahora de nuevo vuelvo
A enojarme y ofenderme
De que escrúpulo haya habido
En vuestro juicio. En aqueste,
Doña Violante, mi prima,
Hijas, os dice que quiere
Que con ella vais adonde
Veais la entrada excelente
De la Reina, cuya vida
El cielo por siglos cuente.—
Tomad, lêdle vos; vereis
Cuán necio, cuán imprudente
Habeis pensado otra cosa;
Que no quiero que se ausenten,
Hasta que vos le leais.
D. Torib.
Mostrad. (Toma el papel.)
Dice desta suerte:
(Lee.) Sobrinas mias, yo tengo
Balcon... Tio, finalmente,
¿Hasta que yo lea, no han de ir?
D. Alon.
No.
D. Torib.
Pues muy bien me parece;
Que no irán de aquí á dos años.
D. Alon.
¿Por qué?
D. Torib.
Porque no sé lêrle,
Y esos habré menester
Para aprenderlo.
D. Alon.
¿Que llegue
A tanto vuestra ignorancia?
D. Torib.
¿Pues qué defecto es aqueste?
Como desos lêr no saben,
Y lo saben todo. Esténse,
Hasta que lo aprenda, en casa,
Y entónces irán.
D. Alon.
Mal pueden,
Si hoy es la entrada.
D. Torib.
¿Habrá más
De que la entrada se quede,
Hasta que yo sepa lêr?
D. Alon.
Hijas, aquesto sucede
Una vez en una edad:
Verlo es justo. Brevemente
Os poned los mantos, y id, (Vase Brígida.)
O pésele ó no le pese
A Don Toribio; que yo,
A causa de mi accidente,
No saldré de casa, y basta
Que vuestra voz me lo cuente,
Cuando volvais.
Clara.
A tu gusto
Humilde estoy y obediente.
Eugenia.
Si me das licencia á mí,
Contigo es bien que me quede.
D. Alon.
No, hija, ambas habeis de ir.
(Vuelve Brígida.)
Brígida.
Aquí ya los mantos tienen.
Clara.
Pónme, Mari-Nuño, el mio.
(Ap. á ella. Toma, y lo que digo advierte.)
(Dala un papel, y habla bajo con ella.)
Eugenia.
(Ap.) Sola esta vez salgo triste,
Porque alguno no me encuentre
Destos dos necios amantes.
Clara.
(Ap.) Sola esta vez salgo alegre,
Por si en las fiestas, por dicha,
A este caballero viese.
Mari-Nu.
(Ap. á Clara.) Ve segura, y fía de mí.
D. Torib.
(Ap.) Aunque desairado quede,
Me huelgo, que quedo en casa,
Éntre la Reina ó no éntre,
Por si puedo averiguar
A mis solas esta fuerte
Sospecha, que en vivos celos
Amor en el alma enciende. (Vanse.)
Sala en casa de Don Félix.
ESCENA VI.
DON FÉLIX, HERNANDO.
Hernan.
¿Sin ver la fiesta te vienes,
Señor, hasta casa?
D. Félix.
Sí,
Que no hay fiesta para mí
Donde no hay gusto.
Hernan.
¿Qué tienes,
Que estás tan triste, señor?
D. Félix.
¿Qué más tu lengua quisiera
De que yo te lo dijera?
Hernan.
Ya me has dicho que es amor,
Con sólo eso.
D. Félix.
¿Por qué?
Hernan.
Porque obligarte á callar,
Sólo puede ser estar
Enamorado.
D. Félix.
No sé
Cómo te diga que sí,
Y que una rara belleza
Es causa de mi tristeza:
Tan imposible, que ví
En el primero deseo
El primero inconveniente.
Hernan.
¿Cómo?
D. Félix.
A quien Don Juan ausente
Ama, y á Don Pedro veo
Venir siguiendo, es la dama
Que mi libertad robó;
Y aunque siempre he de estar yo
De la parte de mi fama,
Aun no estriba mi cuidado
En esta especie de celos,
Sino que de sus desvelos
Uno y otro me han fiado
El secreto; de manera,
Que obligado á embarazar
Su empeño estoy, y á callar.
ESCENA VII.
MARI-NUÑO, en la calle.—DON FÉLIX, HERNANDO.
Mari-Nu.
(Llamando por una reja.)
Señor Don Félix.
D. Félix.
Espera.
¿A quién han llamado?
Mari-Nu.
A vos.
D. Félix.
¿Pues qué es lo que me mandais?
Mari-Nu.
Doña Eugenia, que leais
Aqueste papel, y adios.
(Arrójale un papel y vase.)
D. Félix.
(Lee.) Agradecida al aviso que me disteis, he empezado ya á obedeceros; y para ejecutarlo mejor, me importa hablaros. Venid esta noche, que yo os estaré aguardando. El cielo os guarde.
¿Quién vió confusion más fiera,
Puesto que ni ir ni dejar
De ir puedo ya excusar?
ESCENA VIII.
DON JUAN.—DON FÉLIX, HERNANDO.
D. Juan.
(Ap. al salir.) ¡Cielos! ¿qué haré?
Hernan.
(Ap. á su amo.)Considera
Que viene Don Juan aquí.
D. Félix.
¿Si vió arrojar el papel?
Hernan.
No.
D. Juan.
(Ap.) ¡Qué sospecha tan cruel!
D. Félix.
Don Juan, pues ¿qué haceis aquí?
¿No sois de fiestas?
D. Juan.
No sé
Lo que os diga...
D. Félix.
(Ap.)¡Muerto quedo!
D. Juan.
Que ni hablar ni callar puedo.
D. Félix.
¿Callar ni hablar?
D. Juan.
Sí.
D. Félix.
¿Por qué?
D. Juan.
Porque os ofendo en hablar,
Y en callar me ofendo á mí:
Con que es preciso que aquí
No pueda hablar ni callar.
D. Félix.
No os entiendo.
D. Juan.
Yo tampoco;
Mas si entenderme quereis,
Como licencia me deis
(Propia dádiva de un loco),
Diré el dolor que me aqueja.
D. Félix.
Sí doy. (Ap. ¡Empeño cruel!)
D. Juan.
Pues enseñadme un papel
Que os dieron por esta reja.
D. Félix.
Sólo eso en el mundo hubiera,
Siendo quien somos los dos,
Que yo no hiciera por vos;
Y no haciéndolo, quisiera
Que el crédito de mi fe
Os debiese crêr de mí
Que soy vuestro amigo.
D. Juan.
Así
Lo creo; mas ¿no podré
(Viendo que habeis excusado,
Con pretexto de otro honor,
Ser tercero de mi amor,
Y que habiéndome llamado
Eugenia en el coche ahora,
Muy enojada me diga
Que ni la vea ni siga
Mas), no podré (¿quién lo ignora?)
Entrar en temor de que
Vuestra excusa y su crueldad
Nacen de otra novedad?
Y más viendo que llegué
A tiempo que daros ví
Por esa reja un papel,
Y que los secretos dél
Tanto recatais de mí,
Que turbado le escondais,
Habiendo yo el nombre oido
De Eugenia, y que ella ha sido
La que os dice que leais.
D. Félix.
(Ap.) ¡Válgame el cielo! ¿Qué haré?
Que el papel me llama á mí,
Y si me disculpo aquí,
A Don Pedro culparé.
D. Juan.
¿Qué me respondeis?
D. Félix.
Ya os tengo
Respondido con saber
Que soy, Don Juan, y he de ser
Amigo, y callar prevengo.
D. Juan.
Confieso que sois mi amigo,
Y que vuestro huésped soy;
Pero el empeño en que estoy,
Vos le sabeis: y así, os digo
Sólo que me aconsejeis
En este lance, por Dios.
¿Qué hicierais conmigo vos?
D. Félix.
Aunque contra mí teneis
Alguna razon, si yo
En el empeño me viera,
Que erais mi amigo creyera,
Y no os apurara.
D. Juan.
No
Es tan fácil de tomar
Como de dar un consejo,
Y así de admitirle dejo,
Volviéndôs á suplicar
Que me enseñeis el papel.
D. Félix.
Si otra causa no tuviera
Que la vuestra, yo lo hiciera.
D. Juan.
Pues ¿hay otra causa en él
Más que ser suyo y venir
A vuestra mano?
D. Félix.
Sí hay,
Pues la causa que le tray
Es la que no he de decir.
D. Juan.
¿No fiais de mí un secreto?
D. Félix.
Sí, mas no aqueste.
D. Juan.
Mirad
Que puede nuestra amistad
Dilatar en mí el efeto
De verle, mas no excusalle.
D. Félix.
Pues mirad cómo ha de ser,
Porque no le habeis de ver.
D. Juan.
Saliéndonos á la calle.
D. Félix.
Guiad donde quisiereis vos,
Que á guardarle estoy dispuesto. (Vanse.)
Calle.
ESCENA IX.
DON PEDRO, que se encuentra con DON FÉLIX, DON JUAN y HERNANDO, al salir de la casa.
D. Ped.
¡Don Juan, Don Félix! ¿qué es esto?
¿Dónde vais así los dos?
D. Félix.
Paseándonos vamos.
D. Ped.
No
Es la deshecha bastante
A desmentir el semblante;
Y habiendo llegado yo
A tiempo que ya empuñadas
De ambos las espadas ví,
No habeis de pasar de aquí.
D. Juan.
Prevenciones excusadas
Son las vuestras, vive el cielo.
Hernan.
No son, que mi amo y Don Juan
A reñir, Don Pedro, van.
D. Félix.
Calla, pícaro. (Vase Hernando.)
D. Ped.
¿Qué duelo
Hay, que entre amigos lo sea
Que no se pueda ajustar,
Félix, ántes de llegar
Al último trance? Vea
Yo que haceis esto por mí,
Y sepa la causa.
D. Félix.
Yo
No he de decirla, que no
Me está á mí bien.
D. Juan.
A mí sí,
Que no quiero que se diga
Que sobre la obligacion
De huésped, es sinrazon
La que á este trance me obliga.
Y pues que sois caballero,
Que nos dejaréis reñir,
La ocasion he de decir...
D. Félix.
No direis; porque primero
Yo...
D. Ped.
Tened.
D. Félix.
(Ap.)¡Oh quién pudiera
Su discurso suspender!
D. Juan.
Que quiero con vos hacer
Lo que con otro no hiciera.
Yo, Don Pedro, he fiado
De Don Félix que estoy enamorado
De una dama; y habiéndome valido
Dél, no sólo[3] ayudarme ha pretendido,
Pero contra su honor, contra su fama,
Sé que festeja aquesta misma dama.
Ved si es justa mi queja,
Pues dándole un papel por esta reja...
D. Ped.
(Ap.) ¡Qué es lo que escucho, cielos!
D. Juan.
Oí (que oyen mucho contra sí los celos)
Que dijo la tercera
Que el dueño suyo Doña Eugenia era.
Su nombre dije, poco habrá importado
El haberla nombrado,
Siendo quien sois.
D. Félix.
(Ap.)Con nuevas penas lucho.
D. Ped.
Esperad, que no importa, sino mucho,
Porque aquese desvelo
Me toca á mí con ambos, ¡vive el cielo!
Con vos, pues habeis sido
De Eugenia amante, que es la que he seguido;
Y con él, pues de vos á oir he llegado
Que está Don Félix de ella enamorado:
De suerte que en los dos vengar prevengo
La razon que teneis y la que tengo.
D. Juan.
Si vos os declarais de Eugenia bella
Amante, cuando yo muero por ella,
Ya con vos es mayor empeño el mio,
Pues ya son dos de quien mis penas fío,
Y dos los que me ofenden.
D. Félix.
Dos son tambien los que agraviar pretenden
Mi amistad, presumiendo
Que, siendo yo quien soy, á ambos ofendo,
Cuando en mi valor hallo
Que al uno por el otro su amor callo,
Y excusar el empeño solicito,
Pasando la fineza á ser delito.
D. Juan.
¿Fineza es, cuando impío...
D. Ped.
Cuando ingrato...
D. Juan.
Con falsa fe...
D. Ped.
Con fementido trato...
Los dos.
Ofendeis mi amistad?
D. Félix.
Oidme primero,
Pues á los dos satisfacer espero.
D. Juan.
Pláticas acortemos,
Y puesto que tenemos
Nuestro duelo empezado,
Venid conmigo.
D. Ped.
Habiendo yo llegado
A tiempo que he sabido
Que los dos me ofendeis, ¿cómo he podido
Dejar de ir con los dos?
D. Félix.
Y ¿cómo puedo
Yo dejar que los dos con tal denuedo
Presumais que traidor puedo haber sido?
Los tres.
De ambos está ofendido
Mi valor.
D. Félix.
Por mi honor volver espero.
D. Juan.
Calle la lengua pues, y hable el acero.
(Riñen los tres.)
ESCENA X.
DON ALONSO, DON TORIBIO.—DON FÉLIX, DON JUAN, DON PEDRO.
D. Torib.
(Dentro)
¡Pendencia hay á la puerta de mi casa!
(Salen Don Alonso y Don Toribio con espadas desnudas.)
D. Alon.
¿Cómo entre tres amigos eso pasa?
D. Juan.
Guárdeos Dios, que ya el duelo está acabado.
(Vase.)
D. Alon.
Esperad, porque habiendo yo llegado,
Ofendeis mi valor...
D. Ped.
Nada esto ha sido.
(Ap. Seguir quiero á Don Juan, pues ya se ha ido.)
(Vase.)
D. Torib.
Tenedlos, tio; que para ajustarlo,
Sobre mi ejecutoria han de jurarlo.
Aguardad; que ya vengo,
Miéntras voy á sacarla; que la tengo
Metida en las alforjas, como vino,
Porque no se me ajase en el camino.
D. Alon.
Merezca yo saber qué furia airada
Os ha obligado aquí á sacar la espada.
D. Félix.
Nació esta competencia
Sobre una diferencia
Que en el juego los tres hemos tenido;
Y habiendo vos venido
A tan buena ocasion, no fuera justo
Que entre amigos durara este disgusto.
Perdonadme, señor, y dad permiso
Que los siga.
D. Alon.
Será muy cuerdo aviso.
Id, Don Félix, con Dios, que sabe el cielo
Que siento no cumplir hoy con el duelo,
Habiéndome aquí hallado.
(Vase Don Félix.)
(Ap. Pero es tal mi cuidado,
Que no éntre Don Toribio en mi sospecha,
Que más con él me importa la deshecha.)
(Vanse.)
Cuarto de Eugenia en casa de Don Alonso.
ESCENA XI.
DON TORIBIO, muy preocupado, trayendo á DON ALONSO de la mano.
D. Alon.
¿De qué tan pensativo
Habeis quedado?
D. Torib.
Imaginando vivo,
Si nuestra solariega sangre acierta
En que riñendo, tio, á nuestra puerta,
Se vayan atufados
Sin ir los dos muy bien descalabrados,
Y áun los tres.
D. Alon.
¡Qué notable desvarío!
Pues ¿qué nos toca su disgusto?
D. Torib.
¡Ay, tio!
¡Si hablara yo!...
D. Alon.
¿De qué es el sentimiento?
D. Torib.
De mucho.
D. Alon.
Pues hablad.
D. Torib.
Estadme atento.
Cuando yo iba á buscar fílis
Y fuisteis vos á traerme,
Desengañado de que
Burla de mi prima fuese,
Siendo hablilla que las damas
Decir por donaire suelen;
Al volver á casa, oimos
Voces, diciendo impaciente
Clara que un hombre habia en ella.
D. Alon.
Es verdad, y yendo á verle,
No le hallamos, aunque toda
La anduvimos.
D. Torib.
Pues de aquese
Exámen que en ella hicimos
Todo mi dolor procede,
Todas mis penas se causan,
Y todos mis celos penden.
D. Alon.
¿Por qué?
D. Torib.
Fáltame el aliento,
La voz duda, el labio teme...
Porque como no dejamos
Nada por ver diligentes,
Detrás de la cama (¡ay triste!)
De Eugenia...
D. Alon.
(Ap.)¡Cielos, valedme!
D. Torib.
Ví...
D. Alon.
¿Qué? ¿Al hombre?
D. Torib.
¡Mas nonada!
¿Verle y no darle la muerte?
¿No bastó ver...
D. Alon.
Proseguid.
D. Torib.
Una clara seña, un fuerte
Indicio de que á deshora
En el cuarto salga y éntre?
D. Alon.
Ved, sobrino, qué decís:
No algun engaño os empeñe
A decir...
D. Torib.
¿Cómo que engaño,
Si lo ví más claramente
Que cinco y cinco son diez,
Y diez y diez serán veinte?
D. Alon.
Pues ¿qué visteis?
D. Torib.
Una escala
Que Eugenia escondida tiene.
D. Alon.
¿Escala escondida?
D. Torib.
Sí,
Y de hartos pasos, con fuertes
Cuerdas y hierros atada.
D. Alon.
¡Vive Dios, si verdad fuese,
Que habia!...
D. Torib.
¿Cómo verdad,
Si sólo porque la vieseis,
Os traigo aquí, cuando solo
Está el cuarto? Un punto breve
Esperáos: vereis cuán presto
Aquí la mirais patente. (Vase.)
D. Alon.
¡Ay de mí! No en vano, cielos,
Previne ausentar prudente
De la corte á Eugenia. Pero
Si ya Don Toribio tiene
Tan vivas sospechas, ¿cómo
Es posible que la llave?
Pues ya...
(Vuelve Don Toribio con un guardainfante.)
D. Torib.
Mirad si es verdad...
Con más de dos mil pendientes
De gradas, aros y cuerdas.
D. Alon.
¡Necio, loco, impertinente!
¿Esa es escala?
D. Torib.
Y escala
Que si se desdobla, debe
Poderse escalar con ella,
Segun las revueltas tiene,
La torre de Babilonia.
Esto es para quien lo entiende.
No la sé armar.
D. Alon.
¡Vive Dios,
Que no sé cómo consiente
Mi cólera no deciros
Mil pesares! porque ese
Es guardainfante, no escala.
D. Torib.
¿Guarda... qué?
D. Alon.
¡Qué impertinente!
Guardainfante.
D. Torib.
Peor es eso
Que esotro. ¿Qué infante tiene
Mi prima, que este le guarde?
D. Alon.
Hablar con vos es hacerme
Perder el juicio. No entienda
Aquesto nadie: volvedle
Donde estaba, y estimadme,
Bárbaro, y agradecedme
Que no os digo mil locuras. (Vase.)
D. Torib.
Escalado seas mil veces,
Guardainfante de mi prima,
Quienquiera que fuiste y fueses:
¡Bueno me han puesto por tí
De bárbaro impertinente!...
Y hasta saber el oficio
Que en cas de mis primas tienes,
No he de parar.
Voces.
(Dentro.)Pára, pára.
D. Alon.
(Dentro.) Pues que ya mis hijas vienen,
Poned luces en su cuarto.
ESCENA XII.
MARI-NUÑO.—DON TORIBIO.
Mari-Nu.
¡Ay de mí! que en él hay gente.
¿Quién es?
D. Torib.
Yo soy, que no es nadie.
Mari-Nu.
¿Qué haces aquí desta suerte,
Con aquese guardainfante?
D. Torib.
Aquí, si saberlo quieres,
Me estaba pensando cosas...
Mari-Nu.
Sitio habrá donde las pienses.
Suelta, y mira no te hallen
Aquí dentro cuando lleguen,
Que ya vienen.
D. Torib.
Mira tú
No me obligues á que vengue
El pasado mojicon.
Mari-Nu.
Mejor será, si lo adviertes,
No quieras que te dé otro.
D. Torib.
¿Qué va que no es mayor que este?
(Dala una puñada.)
¡Ay, que me han muerto! ¡Señores,
Acudid á socorrerme!
¡Ay, que me matan!
ESCENA XIII.
EUGENIA, CLARA, DON ALONSO, BRÍGIDA.—DON TORIBIO, MARI-NUÑO.
D. Alon.
¿Qué es esto?
Clara.
¡Qué voces!
Eugenia.
¿Qué ruido es este?
D. Torib.
Mari-Nuño, mi señora,
Estando en este retrete,
Porque la dije no más
Que buenas noches tuviese,
Puso las manos en mí.
Mari-Nu.
Mas me dijo...
(Ap. á Don Alonso, oyéndolo Don Toribio.)
Pues pretende
Que le favorezca yo,
Porque dice que no quiere
Señora de guardainfante,
Y trae por testigo este,
De quien está haciendo burla.
D. Torib.
¡Qué testimonio tan fuerte!
Mari-Nu.
(Ap.) A un traidor dos alevosos.
D. Alon.
(Ap. á Mari-Nuño.)
Advertid vos que no lleguen.
A entender nada las dos,
(Ap. á Don Toribio.)
Que de vuestras sencilleces,
O ignorancias ó locuras,
Estoy cansado de suerte...
Pero hablemos de otra cosa,
No sean delirios siempre.
(A las damas.)
¿Cómo en la fiesta os ha ido?
Eugenia.
Como á quien viene, señor,
De ver el triunfo mayor
Que nuestra España ha tenido
Desde que su monarquía
A ser la mayor llegó.
D. Alon.
Ya que no lo he visto yo,
De algun consuelo sería
Oirlo de las dos aquí.
Eugenia.
Yo, señor, te contaré
Lo que me acuerdo. (Ap. Veré
Si desvelar puedo así
La pena en que me ha tenido
La competencia cruel
Que vió Clara en su papel.)
Clara.
(Ap. á Mari-Nuño.)
¿Viste á Félix?
Mari-Nu.
Y advertido,
No dudo que venga.
Clara.
Pues
Véle á abrir.
Mari-Nu.
¿Cómo, si aquí
Todos están?
Clara.
Mira, así.
(A su padre. Como atento nos estés,
Lo que ella olvide, señor,
Yo acordárselo pretendo.)
(Ap. á Mari-Nuño.)
¿Entiéndesme?
Mari-Nu.
Ya te entiendo.
Eugenia.
Oirás la fiesta mayor
Que habrás oido en tu vida.
Clara.
Y vos oid tambien.
D. Torib.
¿Pues no?
Clara.
(Ap. á Mari-Nuño.)
Vé por él, miéntras que yo
Les doy con la entretenida.
(Vase Mari-Nuño.)
ESCENA XIV.
DON ALONSO, CLARA, EUGENIA, DON TORIBIO, BRÍGIDA.
Eugenia.
Llegó el dia que trocando
La divina Marïana
En felices posesiones
Perezosas esperanzas,
De Madrid amanecieron,
Para su dichosa entrada,
En felices aparatos
Cubiertas calles y plazas.
Todas las vimos, porque
Transcendiendo por las vallas
Fingidas de jaspe y bronce,
Llegamos adonde estaba
En el Prado un arco excelso
Que á las nubes se levanta.
Clara.
Aquí en el nacional traje
Madrid de su antigua usanza,
Esperó á su nueva Reina,
Vestida de blanco y nácar;
Y para significar
De sus afectos las ánsias
Con que liberal quisiera
Poner el mundo á sus plantas,
Ya que no la puso el mundo,
Puso, por lo ménos, tantas
Significaciones dél,
Que en este arco y los que faltan
Representó de sus cuatro
Partes las coronas várias
Que en él amante la ofrece
Quien la mereció monarca;
Y así esta parte fué Europa,
Como principal estancia,
Donde sus imperios tienen
Las demas por tributarias.
Eugenia.
Querer pintar que en él vimos
En casi vivas estatuas
A Castilla y á Leon,
Por los reinos; Alemania
Por la cuna, y por la fe
De la religion á Italia,
Sin otras muchas señales,
Imposible es ya, pues basta
Que en este arco y los demas
Apelemos á la estampa,
Cuando lo expliquen sus letras
Latinas y castellanas.
Clara.
Solo por mayor diremos
Que á las cuatro dilatadas
Partes del mundo, en quien tuvo
Dominio el planeta de Austria,
Correspondieron los cuatro
Elementos, siendo en claras
Significaciones, doctos
Reversos de sus fachadas:
Y así á Europa se dió el aire,
Por ser en quien más templadas
Sus influencias se gozan
Dulces, süaves y blandas.
Eugenia.
Y como del aire es
El águila remontada
Emperatriz, cuyo nido
Favorable aspira el aura,
El águila coronó
Este elemento, adornada
De jeroglíficos que
Todos del aire se sacan.
Clara.
A esta puerta pues, la Villa
(La ceremonia acabada
Del besamano) empezó
(Haciendo al compas la salva,
No sólo de los clarines,
Las trompetas y las cajas,
Sino de la voz del pueblo,
Que es la más sonora salva)
A caminar con el palio,
Con tanto aplauso, con tanta
Majestad, que no se vió
En términos de vasalla
Nadie con más causa humilde,
Ni soberbia con más causa.
Eugenia.
De aquí pues á la carrera
De San Jerónimo pasa,
Donde no ménos vistoso
La recibió el triunfo de Austria.
Clara.
De sesenta y dos coronas
Que en la India rinden á España
Feudo, los bultos de algunas
Significaron las ánsias
De servir su buena Reina
Con dones y empresas cuantas
Mide este imperio al Oriente,
Donde su poder alcanza.
Eugenia.
Y como Asia es la mayor
Parte del mundo, que abraza
Gánges, Nilo, Eufrates, Tígris,
Señora de tierras tantas,
Fué su elemento la tierra,
En quien se vió coronada
La melena del leon,
Como su mayor monarca.
Clara.
Llegó pues el Sol, del Sol
A la Puerta, en cuya estancia
África en el triunfal arco,
A vista suya se planta.
Y así, todas sus pinturas
Fueron las fuerzas y plazas
Que España en África goza,
Desde que dos reinas santas,
Política una en Madrid,
Victoriosa otra en Granada,
Arrancaron las raíces
Desta venenosa planta.
A África correspondiendo
El fuego, ó por su abrasada
Libia, ó porque ha de ser hoy
La Puerta del Sol su estancia,
El sol, planeta de fuego,
Entre pirámides altas
Se vió colocado, bien
Como exaltado en su casa.
Eugenia.
Siguióse la Platería,
De tal manera adornada,
Que sólo un arte tan noble
Así pudiera ilustrarla;
Pues casi desde este arco
Se corrieron dos barandas
De bichas y de columnas,
Que empezándose desde altas
Pirámides, prosiguieron,
Hasta que en otras rematan,
Poblando sus corredores,
Por una y por otra banda,
Aparadores cubiertos
De diamantes, oro y plata.
Clara.
La América en otro arco
A Santa María estaba,
En cuyo templo el fiel culto
El Te Deum laudamus canta
Fueron divinas empresas
Cuantas dió el agua á sus aras,
Siendo perennes milagros
Manzanares y Jarama.
Eugenia.
En la Plaza de Palacio
Animados en dos basas,
Que de Himeneo y Mercurio
Sostenian las estatuas,
Dos triunfales carros ví,
De cuya fábrica rara
Fué la significacion,
Si es que me atrevo á explicarla,
Que Mercurio, de los dioses
Embajador, su jornada
A la vista de Palacio
Feneció; y así, acabada
La fatiga del camino,
A Himeneo se la encarga,
Porque uno su culto empiece
Donde otro su culto acaba.
Clara.
Con este acompañamiento,
Al compas de voces várias,
Que del esposo y la esposa
Decian las alabanzas...
Eugenia.
En un bruto que parece
Que sabía que llevaba
Todo un cielo sobre sí,
Segun la noble arrogancia
Con que obedecia soberbio
Al impulso que le manda,
Llegó nuestra invicta Reina
A las puertas de su alcázar.
D. Alon.
Tal la relacion ha sido,
Que aunque el no verlo da enojos,
El deseo de los ojos
Se suple con el oído.
D. Torib.
No á mí, que aquese deseo
Nunca tuve.
D. Alon.
¿Por qué no?
D. Torib.
Como esas bodas ví yo.
D. Alon.
¿Dónde?
D. Torib.
En Cángas de Tineo,
Cuando los concejos todos
Se juntan para llevar
Las novias á otro lugar,
Entonando varios modos
De bailes y de cantares,
Que es una fiesta bien rara.
Si de alguno me acordara,
Se os quitaran mis pesares.
D. Alon.
Dejad locuras, por Dios.—
Brígida, á alumbrarme ven,
Que ya recogerme es bien.
(Vanse Don Alonso y Brígida.)
ESCENA XV.
CLARA, EUGENIA, DON TORIBIO.
Clara.
¿Por qué no os recogeis vos?
D. Torib.
Porque para recogerme,
Falta salir de un cuidado.
Clara.
¿Qué cuidado?
D. Torib.
No he cenado;
Y tras esto, otro ha de hacerme
Perder el juicio.
Clara.
¿Qué es?
D. Torib.
Vos dijisteis que habia en mí
Más en que vengaros.
Clara.
Sí.
D. Torib.
Decidme la causa pues.
Clara.
(Ap. á él.) La causa es que á Eugenia, á quien
(Ap. Dél asegurarme quiero
Para la ocasion que espero.)
Vos decís que quereis bien,
A otro favoreció.
D. Torib.
¡Ay cielos!
Clara.
Si averiguarlo quereis,
Bien fácilmente podeis...
D. Torib.
Si esto oyeran mis abuelos,
¿Qué dijeran?
Clara.
Pues estando
Un rato en ese balcon,
Oireis la conversacion
Que tiene en la calle, hablando
Con un hombre por la reja
De su cuarto.
D. Torib.
¿Cómo qué?
En el balcon me estaré,
Si acaso el dolor me deja,
Sin chistar, de penas lleno.
(Disimuladamente abre un balcon, métese en él y cierra.)
Clara.
(Ap. Ya éste no me estorbará,
Pues cerrado se estará
Toda la noche al sereno.)
Eugenia. (Ap. Bueno será
Engañarla.)
ESCENA XVI.
CLARA, EUGENIA.
Eugenia.
¿Qué me quieres?
Clara.
Avisarte cuánto eres
Infeliz.
Eugenia.
¿En qué?
Clara.
En que está
Mi padre tan sospechoso
(Pues no sé qué, que ha pasado,
Mari-Nuño le ha contado
Acerca de que celoso
Uno y otro amante tuyo
Hoy á esta puerta riñeron),
Que sus sospechas le hicieron
Desvelar, segun arguyo,
Que no se acuesta. Por Dios,
Que si tienes que temer,
Me lo digas, para hacer
Como hermana.
Eugenia.
Si á los dos
En el coche y en la reja
Viste que los despedí,
Y que no ha quedado en mí
Ni áun el ruido de la queja,
¿Qué más de mi parte puedo
Haber hecho, ni saber
Puedo ahora qué he de hacer?
Clara.
Yo sí.
Eugenia.
¿Qué es?
Clara.
Perder el miedo,
Puesto que inocente estás,
Y cerrada en mi aposento,
Desvelar tu pensamiento;
Que yo, desvelando más
Tu inocencia, allá entraré,
Diciendo que estás dormida,
Y mostrándome ofendida
A su enojo, le diré
Muy bien dicho que no tiene
Razon, si en sospechar da
De quien tan segura está.
Eugenia.
Mi vida, hermana, previene
Tu amistad; y porque más
De mí asegurarse quiera,
Ciérrame tú por defuera. (Entrase.)
Clara.
¿Eso habia de hacer? (Cierra.) Ya estás
Conmigo en campaña, Amor.
Aquesta es la vez primera
Que te ví el rostro: no quiera
Vencer tan presto el rigor
De tus iras.—¡Mari-Nuño!
ESCENA XVII.
MARI-NUÑO; despues, DON FÉLIX.—CLARA; DON TORIBIO, encerrado en un balcon.
Clara.
¿Dónde está aquel caballero?
Mari-Nu.
En mi aposento, señora,
Rato há que oculto le tengo,
Miéntras que la relacion
A todos tenía suspensos.
Clara.
Esto por Eugenia hago.
Mari-Nu.
Por eso yo te obedezco.
Clara.
Díle que salga á esta cuadra.
Mari-Nu.
Voy. (Vase, y sale Don Félix.)
D. Félix.
Aunque rendido vengo
A serviros, es mayor
Mi pena que el rendimiento.
Clara.
¿De qué?
D. Félix.
De ver que mi aviso
Ni vuestra cordura han hecho
El efecto que esperamos,
Sino tan contrario efecto,
Que los dos conmigo hoy
A vuestra puerta riñeron;
Y saliendo vuestro padre
Y vuestro primo á este tiempo,
Queriendo acudir á todo,
A nada acudí, supuesto
Que ni á uno ni otro alcanzar
Pude; y estoy con recelo
De que se hayan encontrado,
Puesto que ninguno ha vuelto,
Siendo ambos huéspedes mios.
Y aunque por ellos lo siento,
Lo siento por vos con más
Ventajas, pues si os confieso
Una verdad, me debeis
Vos mayor fineza que ellos.
Clara.
¿Yo mayor fineza?
D. Félix.
Sí.
Clara.
¿Cómo?
D. Félix.
Perdonad, os ruego,
Porque no puedo decirlo,
Aunque ya dicho lo tengo.
Clara.
¡Dicho lo teneis, y no
Podeis decirlo! No entiendo
Tan nuevo enigma.
D. Félix.
Yo sí.
Clara.
Declaráos más.
D. Félix.
No puedo,
Que si el sentimiento es
Por ser mis amigos, cierto
Será, por ser mis amigos,
El callar mi sentimiento. (Ruido dentro.)
ESCENA XVIII.
DON JUAN, y despues MARI-NUÑO.—Dichos.
D. Juan.
(Dentro.) ¡Válgame el cielo!
D. Félix.
¿Qué voces
Son las que estamos oyendo?
Clara.
En el jardin fué. (Sale Mari-Nuño.)
Mari-Nu.
¡Señora!
Clara.
¿Qué hay Mari-Nuño? ¿Qué es eso?
Mari-Nu.
Por las tapias del jardin
Se ha arrojado un hombre dentro,
A cuyo ruido, tu padre
Baja ya de su aposento.
Clara.
¡Triste de mí! ¿Qué he de hacer,
Si os ven aquí?
D. Félix.
Buen remedio:
Yo por aqueste balcon
Saldré á la calle primero
Que me vea.
Clara.
No le abrais.
D. Félix.
¿No es mejor?
(Abre un balcon, y halla á Don Toribio.)
D. Torib.
Esténse quedos,
No hagan ruido, que ya el hombre
A la reja llega, y quiero
Oir lo que habla.
D. Félix.
Hombre, ¿quién eres?
D. Torib.
¿Quién os mete á vos en eso?
¿Métome yo en quién sois vos?
Agradecedme que tengo
Que hacer aquí, que si no,
A fe que habia de saberlo.
(Enciérrase en el balcon.)
D. Félix.
¿Quién vió tan extraño lance?
Mari-Nu.
Ya en el jardin se oye estruendo.
Clara.
Apartémonos de aquí.
(Abren la puerta por donde se retiró Eugenia, y vanse por ella Clara y Mari-Nuño; Don Félix se esconde, como Don Toribio, en otro balcon.)
ESCENA XIX.
DON PEDRO.—DON FÉLIX y DON TORIBIO, ocultos.
D. Ped.
Viendo mis rabiosos celos
Que abriendo la puerta entró
Mi enemigo hasta aquí dentro
Sin poderlo yo estorbar,
Que llegar no pude á tiempo,
Por las tapias del jardin
A entrar me atreví resuelto
A vengar... Pero ¡qué miro!
Que es su padre, vive el cielo,
Y brioso, con otro hombre
Riñendo sale á este puesto.
ESCENA XX.
Sale DON ALONSO riñendo con DON JUAN.—DON PEDRO; DON FÉLIX, oculto; DON TORIBIO, en el balcon.
D. Alon.
Al esfuerzo de mi brazo,
De mis iras al aliento.
Pues me han hecho dos agravios
Tu voz y tu atrevimiento,
Los dos vengaré... ¡Ay de mí!
Que van mis penas creciendo,
Pues cuando pensé de uno,
Dos de quien vengarme tengo.
D. Félix.
(Saliendo del balcon donde estaba escondido.)
Tened la espada, Don Juan.
Don Alonso, detenéos.
D. Juan.
Mira si traidor amigo
Eres, pues aquí te encuentro.
D. Félix.
Oid, sabreis que enemigo
No soy, ni suyo, ni vuestro.
D. Alon.
¡Dentro de mi casa dos
Enemigos!
D. Félix.
Detenéos.
D. Ped.
(Ap. Aunque estorbar aquí deba
De Don Alonso el empeño,
Primero venganza pide
Lo rabioso de mis celos.)
Si por aquese balcon
(A Don Félix, que se ha quedado delante del balcon donde está Don Toribio.)
Te pasó el atrevimiento
De aquesa ingrata á mis ojos,
En tí he de vengar primero
Los celos con que te busco.
Baja abajo, ó vive el cielo
Que esta pistola...
D. Torib.
(Saliendo del balcon.) ¿Pistola?
Hombre del diablo, está quedo,
Que no es eso lo que yo
Te dije. Pero ¡qué veo!
¿Qué es esto, tio?
D. Alon.
A mi lado
Os poned.
D. Ped.
(Ap.)Pues que le abrieron
La ventana, llegaré
A matarle; que no temo,
Ya que estoy muerto á su dicha,
Quedar á sus manos muerto.
D. Juan.
Traidor, tras tí... Mas ¿qué miro?
¿Por la ventana resuelto
Así os entrais?
D. Ped.
¿Qué os admira?
Si tanto ruido me ha puesto
En obligacion de entrar
A saber lo que es.
D. Alon.
Suspenso
En repetidos agravios,
No sé á cuál he de ir primero.
D. Félix.
Tenéos, señor Don Alonso,
Que trances de honor, el cuerdo
Los venga con su prudencia
Antes que con el acero:
Y si me escuchais, no dudo
Quedeis honrado y contento.
D. Alon.
Uno entró por mi jardin,
Otro por mi reja; pero
Vos que aquí dentro os hallais,
¿Por dónde entrasteis primero?
Que haciéndome el mismo agravio,
Me venís á dar consejo.
D. Torib.
Entraria por la escala,
Que escala habia para ello.
D. Félix.
Yo soy tan interesado
En este lance, que pienso
Que vine á serviros más
A todos, que no á ofenderos,
Pues fué á excusarle; mas ya
Que conseguirlo no puedo
De una manera, de otra
Lo intentaré: estadme atentos.
Doña Eugenia me ha tenido
En aqueste cuarto, á efecto
De estorbar entre los dos...
ESCENA XXI.
EUGENIA, CLARA.—Dichos.
Eugenia.
(Dentro.) ¿Qué escucho? Dejar no puedo
De salir, al oir mi nombre.
Clara.
(Dentro.) Tente, no salgas.
(Salen Clara y Eugenia.)
Eugenia.
Sí quiero,
Que ya me importa saber
Qué es aqueste fingimiento.
¡Yo te he tenido (¿qué dices,
Hombre?) en mi cuarto! (A Don Félix.)
D. Félix.
Tenéos,
Que yo Doña Eugenia he dicho,
No vos. (Señala á Clara.)
D. Alon.
¿Cómo, cómo es eso?
¿Luego tú eras la que un hombre
Escondido tenías dentro?
Eugenia.
¿Luego tú con nombre mio,
Clara, la traicion has hecho?
D. Torib.
¿Luego tú por eso á mí
Me tenías al sereno,
Hecho avestruz del amor?
Los tres.
¿Qué es esto, ingrata? ¿Qué es esto?
Clara.
Esto es que por estorbar
De Eugenia yo los empeños,
No pude estorbar el mio;—
Y pues que sois caballero, (A Don Félix.)
No en el riesgo me dejeis,
Cuando á otra sacais del riesgo.
D. Félix.
¿Qué es dejaros? Con mil vidas
Habeis de ver que os defiendo;
Pues no amando la que es dama
De mis amigos, bien puedo.
D. Juan.
Pues supuesto que ya quedan
Desvanecidos mis celos,
Yo os ayudaré.
D. Ped.
Yo y todo.
D. Alon.
¿Hay tan grande atrevimiento?
D. Torib.
¡Quién tuviera aquí un lanzon
De tres que en mi casa tengo!
D. Alon.
A mis ojos y en mi casa,
Nadie á mis hijas (¡ay cielos!)
Defenderá que no sea
Su esposo.
D. Félix.
Si basta eso,
Yo lo soy suyo.
Clara.
Y yo suya.
D. Alon.
¿Quién creyera que en el hierro
Mayor, fuera quien cayera
La mesurada más presto?
D. Torib.
¿Quién no lo creyera? pues
Siempre en el mundo lo vemos,
Que las aguas mansas son
De las que hay que fiar ménos,
Y tienen mayor peligro
Porque sin duda por eso,
Guárdate del agua mansa
Dijo un antiguo proverbio.
Eugenia.
Pues yo, señor, á tus plantas
Humildemente te ruego
Me des estado á tu gusto;
Que yo con mi primo quiero
Irme á la montaña, donde
Te asegure por lo ménos
De que nunca delincuentes
Fueron mis esparcimientos.
D. Torib.
¿A la montaña? Eso no,
Porque allá llevar no quiero
Ni fílis ni guardainfantes:
Y así, con mi alforja al cuello,
Donde está mi ejecutoria,
Habeis de ver que me vuelvo
Sin casar.
D. Alon.
Ni yo tampoco;
Que no tengo de dar dueño
Tan bruto á una hija mia
A quien más atencion debo,
Sino darla á quien su madre
La habia dado en casamiento,
Y esperando mi licencia,
Se quedó hasta ahora suspenso.
D. Juan.
A vuestras plantas humilde
Os digo que soy el mesmo,
Pues soy Don Juan de Mendoza.
D. Alon.
Con esto es del mal el ménos.
D. Ped.
Pues quedo sin esperanza
De mi amor, lograrla intento
En pedir que perdoneis
De nuestras faltas los yerros.
D. Torib.
Porque con la moraleja
Del Agua mansa y su ejemplo,
Dando principio á serviros,
Fin á la comedia demos.
ZARZUELAS.