IX
—¿Qué es eso? —preguntó Elena entrando en el cuarto y tirando sobre la butaca el mantón de Manila que la doncella recogió cuidadosa—, ¿qué le pasa a Gener, que va por esos pasillos como un loco?
—¿Qué le va a pasar? —contestó Pedrosa señalando a Manolo—; que este es un majadero que habla siempre más de lo que debe, y como es natural, se lleva cada revolcón que Dios tirita.
—Pues nada, no hay ningún revolcón. Si se ha enfadado, culpa suya es; yo no le he dicho más que la verdad; el que se pica, ajos come.
—Estás en un error, no es verdad; pero, aunque lo fuera, esas cosas no deben decirse.
—Pero, ¿qué es ello? —insistió Elena.
—Nada, majaderías de este.
—¿Majaderías, eh?, verá usted, Elena, lo que ha ocurrido. Luis empezó a tomarme el pelo por si voy o no voy siempre con mi chica por la calle; yo me exasperé y le dije que, realmente, es mucho más cómodo tenerla en casa.
—Hombre, claro está que se habrá enfadado. Y con razón. ¿Sabe usted que, en efecto, voy creyendo que es usted un poco majadero, Manolo?
—¿Usted también me va a tomar el pelo? Pues..., buenas noches.
Cogió el sombrero y el gabán y se marchó.
—Pues, señor —dijo Castro—, está buena hoy la tertulia, buena, buena... Cualquiera se desliza. ¿Se puede saber qué mosca les ha picado a ustedes?
—A mí, ninguna —contestó Elena—; casualmente esta noche estoy yo contentísima.
—¿Y eso?
—Figúrese usted; mañana Lunes Santo; seis días sin función. ¿Ustedes saben lo que para mí significa seis días sin trabajar, sin estudiar, sin ensayar, sin hacer más que lo que yo quiera y lo que me dé la gana?
—No todos creen lo mismo.
—Es verdad —replicó tristemente—, para esos pobres racionistas, para esas infelices chicas del coro, la Semana Santa es una semana terrible: para ellos sí que es una verdadera semana de pasión y de ayuno. ¿Ven ustedes?, también hago yo frases; me he contagiado. ¡Claro!, no podía ser otra cosa. Vaya, caballeros, con el permiso de ustedes, me voy a desnudar. Estoy deseando llegar a casa; tengo un sueño que no veo.
—Sí, sí; a descansar.
—Ea, Elenita, adiós, hasta dentro de unos días.
—Es verdad; hasta el Sábado de Gloria.
—¡Gracias a Dios! —exclamó cuando se marchó el último—. ¡Qué pesadez!, siempre estos moscones metidos en el cuarto.
Pero apenas cerró la puerta, sonaron en ella dos suaves golpecitos.
—¿Quién? —preguntó malhumorada—: no se puede, me estoy desnudando.
—Soy yo, Elenita.
—¡Ah, eres tú! —exclamó cambiando de tono al reconocer la voz de Antonio, y abriendo presurosa la puerta—. ¿Qué quieres?
—Nada... —contestó él balbuceando, sin pasar del umbral—: saludarte, ¡como vamos a estar tantos días sin vernos!
—Seis días..., verdad. Pero, pasa; ¿qué haces ahí? ¿Tienes prisa?
—No, ninguna.
—Entonces pasa y siéntate, yo termino en seguida. Ya ves, tengo puestas las mallas todavía; no me las quito hasta llegar a casa. Mira, haz el favor de cerrar la puerta; no quiero que entre nadie.
En seguida, ayudada por la doncella, y en presencia de Antonio, despojose rápidamente del traje que llevaba; se puso otro de lana oscura, echose una capa sobre los hombros, envolviose la cabeza en una toquilla y le dijo a Bedmar:
—Antoñito, ¿quieres acompañarme a casa?
Antonio se quedó como el que ve visiones.
—Con muchísimo gusto.
—Pues, ea, vámonos.
—Mira, abrígate bien; la noche está fría.
Sí, estaba fría; un airecillo del Guadarrama soplaba sutil por el callejón de San Ginés con amenaza de pulmonía.
—¿Quieres que tomemos un coche?
—No, ¿para qué? Iremos de prisita y así entraremos en calor.
Y levantando la capa de Manolo se colgó de su brazo.
El pobre bohemio se quedó lívido al sentir el suave contacto de aquella carne tibia; violenta crispación le sacudió los nervios.
—¿Qué tienes?
—Nada; frío.
En un momento llegaron a casa de la actriz.
—Anda, sube —le dijo ella—; tomaremos una taza de té y charlaremos un rato; tengo muchas ganas de charlar contigo.
Él, emocionado, loco de alegría, no sabía qué contestar. ¿Pero era posible, Dios mío? Parecíale que estaba soñando, y se pasaba instintivamente las manos por los ojos, para convencerse de que no era delirio. No, no lo era; aquella era su casa, aquel el recibimiento con su perchero de nogal adornado de verdes palmeras; aquel el gabinete coquetón y lujoso; aquella la chaise longue sobre la cual, embelesado, escuchó tantas veces las palabras de amor de su Elena, de su Elena del alma, que de nuevo se le aparecía, hermosa como nunca, como nunca adorable.
Aturdido, emocionado, permanecía de pie en medio de la habitación, sin saber qué hacer ni que decir.
Ella se quitó la capa y la toquilla, las arrojó sobre una butaca; aproximose a él, y cogiéndole las manos y oprimiéndoselas con fuerza, le dijo apasionada:
—Antonio, Antonio de mi vida, ¡qué ganas tenía de mirarte así!
Él abrió los ojos espantado; pareciole que todo giraba a su alrededor, que el suelo se hundía, que los muebles danzaban; quiso hablar y los sollozos ahogaron su voz, sollozos de alegría...
Loco de amor cayó a sus plantas, abrazado a sus piernas, besándole las manos, en una violenta crisis de ternura.