X
—¿De modo que te vas?
María pronunció estas palabras con tono tan triste, tan hondamente triste, tan lleno de dolor, que Luis no osó replicarla; hundió la frente en las manos y de nuevo quedó callado y pensativo.
Y pensativa y callada quedose también ella, los brazos caídos, la mirada perdida en un grupo de nubes que ensangrentaba el sol.
La tibia luz del crepúsculo penetraba por el balcón abierto abrillantando los metales, destacando las molduras, reflejándose en los espejos, luchando tenazmente con las primeras sombras que, lentas, silenciosas, surgían del fondo de la estancia, apoderándose de los macizos muebles, posesionándose de los paños, apagando los tapices, amortiguándose a lo largo de las paredes hasta sumirla en dulce semioscuridad de santuario.
Un sollozo que creyó percibir le hizo alzar la cabeza y mirarla; no se había engañado: lloraba. Impasible, sin un grito en la garganta, sin una contracción en el rostro, con los ojos siempre fijos en el crepúsculo sangriento, lloraba gruesas lágrimas que resbalaban por las mejillas, se detenían al borde de los labios y caían, al fin, pausadas, gota a gota, sobre la blusa negra.
Sintió Luis que un latigazo le sacudía los nervios; crispáronsele las manos; quiso hablar y no pudo; comprendió que el valor iba a faltarle, y levantándose bruscamente se fue al balcón y se dejó caer de pechos sobre la barandilla.
La brisa de la tarde, al pasar por su frente, le aplacó los nervios y sosegó su espíritu.
Y así como al morir el día el cielo palidece y las sombras se agrandan y las líneas se borran y los objetos se confunden y solo queda brillante y luminoso el disco del sol, así en su cerebro palidecieron las ideas, los conceptos se borraron, se fundieron los pensamientos, y únicamente la imagen de su amor quedó triunfante y viva. Repasó lentamente la historia. La impresión que le produjo aquella mujer sencilla, ingenua, bonita, delicada, alma de niña, flor de estufa, trasplantada de la tranquila soledad del claustro a los brazos de un hombre como Tomás, duro, brutal, impresionable y vengativo. Los días felices de la luna de miel, breves, muy breves. Después el negro capítulo de Carlos, el odio implacable, los ultrajes continuos, las largas horas de martirio que al hacerla cada vez más desgraciada, la hacían cada vez más deseable. Luego, las incertidumbres crueles, las dudas amargas... ¿Me amará? ¿No me amará? ¿Será para mí algún día? ¿No lo será nunca? Y la esperanza siempre generosa: «Será para ti». Y el escepticismo siempre helado: «No lo será jamás». Y entretanto, una constante comunidad de ideas y sentimientos entre aquellas dos almas; un comercio intelectual y moral de sensaciones; un afecto recíproco que crece y crece y se agiganta y se convierte en pasión loca, avasalladora, dominante. Amor condenado a vivir encerrado en el fondo del alma, como delito vergonzoso, con la esperanza de poderle ver surgir un día franco y descubierto. Y he aquí que el día llegaba y la realidad se interponía de nuevo entre sus sueños para destrozarlos brutalmente y decirle: «Esa mujer no es para ti».
No, no es para ti. ¿Quién eres tú, qué vales ni qué derecho tienes para aspirar a ella? ¿Puedes hacerla feliz? ¿Puedes sostenerla con el decoro que su educación necesita? ¿Puedes casarte con ella? Pues si no puedes casarte, ¿qué es lo que pretendes? ¿Hacerla tu querida, obligarla a que sacrifique su virtud, el único bien de su alma, lo único en que la pobre cifra su vanidad y su orgullo? ¿Quieres condenarla a que se avergüence de sí misma, a que tenga que bajar humillada la cabeza ante las murmuraciones del mundo, ante la maledicencia de las gentes, ante la opinión de cuantos la conozcan, que no verán jamás en esta unión el triunfo del amor puro y bueno que todo lo justifica y todo lo perdona y todo lo enaltece, sino, por el contrario, la egoísta adquisición de goces materiales, la grosera satisfacción del vicio? ¿Qué otra cosa podían significar las burlas veladas, las risas maliciosas de sus amigos? Bien claro lo había oído. ¿Y ese era el premio que pensaba darle a sus sufrimientos, a su bondad y a su ternura?
Y aun en el caso de que su amor le hiciera romper con estos convencionalismos, con estas preocupaciones ridículas del mundo que sujetan las pasiones a la fórmula de un sacramento, ¿tendría ella el mismo valor? ¿Accedería ella? Y aun suponiendo que accediese, ¿iba a continuar en su casa, viviendo a costa de ella, dejando que ella le mantuviese? ¿Era esto digno? ¿Era esto decoroso?
El crepúsculo tocaba a su fin. Las nubes habían perdido sus matices sangrientos y se deshacían en el espacio como grises bocanadas de humo. Detrás de ellas plateaba el disco de la luna. Entre un jirón inmenso, Venus lucía con titilante brillo. La sombra del infinito caía lentamente. Un murciélago pasó revoloteando delante de sus ojos con rápidos giros.
No le quedaba más remedio que separarse de ella, alejarse, luchar por la vida, entregar su alma a los burgueses, ganar dinero, fuese como fuese, mucho dinero, viniera de donde viniera, que luego ya le santificaría él nuevamente transformándole en arte y en amor. Y entretanto, coger su cariño y guardarle como sagrada reliquia, huir de María, no buscarla, contentarse con que caprichos de la suerte le colocaran frente a ella para contemplarla un instante, como se contempla la joya que nos deslumbra y que no podemos adquirir; la obra de arte que nos emociona y que no podemos poseer; la creación musical que nos embriaga y que ni siquiera sabemos interpretar. Ella le esperaría; confiaba en ella.
Y más tranquilo ya, envalentonado con esta esperanza, regresó al gabinete.
Ella no se había movido. Con los brazos caídos y los ojos siempre fijos en el espacio, continuaba silenciosa. Largo suspiro abrió por fin sus labios y volvió a repetir:
—¿De modo que te vas?
—Sí, me voy.
Y con voz torpe y frases entrecortadas, como el que no cree en lo que dice, le explicó el motivo. Él no podía continuar allí más tiempo. No solo no era digno ni decoroso para él, sino que constituía un peligro para ella, para su reputación y para su honra. Él no podía en manera alguna exponerla a las murmuraciones del mundo. El mundo no vería en ellos más que un hombre joven y una mujer hermosa que vivían juntos sin estar casados. El mundo es así; juzga por apariencias, y sus fallos son inapelables. No podemos sustraernos a ellos; no podemos romper con la realidad que nos ahoga y nos empequeñece y nos anula y nos convierte en marionetas de Guignol, en pobres seres sin voluntad y sin albedrío, sujetos a las leyes frías, inexorables, de una sociedad sin fe y sin corazón. Pasamos por la vida como sombras de nosotros mismos. Por miedo a los fallos del mundo, ahogamos en flor nuestros más bellos ideales, nuestras ilusiones más bellas; refrenamos nuestras pasiones, ocultamos nuestros deseos, y en carnaval perpetuo cubrimos con máscara de risa los más puros afectos. Tú y yo nos queremos, nos adoramos con toda el alma y, sin embargo, tenemos que separarnos uno de otro... Ya lo ves...
—Es verdad..., es verdad —asentía María tristemente.
Era completamente de noche. Un rayo de luna, rompiendo los celajes, caía sobre ella iluminando su cabeza rubia y sus mejillas pálidas. En el fondo de la estancia, entre los grandes cortinones rojos de la capilla, se destacaba, alumbrado por el mortecino fulgor de las lámparas, el Cristo de marfil.
—Me voy; pero no creas que por eso me separo de ti, no; yo volveré y cuando vuelva, yo te diré todo lo que tengo guardado en el fondo del alma, lo que yo he sufrido, lo que yo te quiero. Yo te diré que te quiero como no ha sido querida jamás mujer alguna; yo te diré que al solo recuerdo de tu imagen, la más pequeña fibra del más pequeño músculo se agita de emoción. Yo no puedo vivir sin ti, María. Me levanto y me acuesto pensando en ti. No hay un solo momento en todo el día en que el recuerdo de tu persona no me martirice. Te tengo metida en el cerebro. Yo no puedo trabajar, no puedo hacer nada; estoy anulado para todo lo que no sea mi amor y mi María.
Ella le escuchaba atentamente, sin demostrar la menor extrañeza, como si todo aquello fuese cosa sabida. Él continuó, cogiéndole las manos, que ella no retiró:
—Te adoro, María, te adoro. Eres mi vida, mi alma, mi alegría. Tú espérame, que yo volveré; y cuando yo vuelva, todo lo que tenga, todo lo que sea, todo lo que valga será para ti. Yo te daré todo lo que tú necesites. Más. ¿Quieres cariño? A montones. ¿Quieres ternura? A raudales. Yo satisfaré todas tus ansias; yo te querré por todos los que no te han querido. Yo me arrancaré el corazón con las uñas y te lo daré diciéndote: toma, para ti, ámale o despréciale, mímale o estrújale, acaríciale o pisotéale; haz lo que quieras, para eso te lo doy, es todo tuyo. Yo te veneraré como a una madre, te querré como a una novia, te respetaré como a una hermana, te desearé como a una amante; tendré para ti ternezas de niño y caricias de fuego; en una palabra; yo te amaré como no ha sido amada jamás mujer alguna.
—¡Calla, por Dios!
—¡Cuánto te quiero, María de mi alma! ¡Cuánto te necesito! ¡Qué ganas tengo de que seas mía! ¿Cuándo serás mía, verdaderamente, enteramente, completamente mía?
—¡Luis, déjame, no me enloquezcas! —contestó ella con voz ronca, ahogándose.
Él no la oía. Aproximándose a su cara hasta abrasarla con su aliento, aprisionándole las manos cada vez con más fuerza, seguía apasionado:
—Te haré la más feliz de las mujeres. Si en el cariño fundas tu alegría, yo te volveré loca de cariño. ¡Verás cuánto amor, cuánta ternura, cuánto mimo tengo en el alma guardado para ti! Yo te juro, María, que te querré como no has soñado nunca que te quieran.
—Pues bien; yo también te quiero; yo también te juro... Ven —exclamó bruscamente, poniéndose en pie y llevándole nerviosa a la capilla—. Yo te juro también que te quiero mucho, mucho. Yo te juro, delante de ese Cristo que nos oye, que seré tuya o no seré de nadie.
Los rayos de la luna se apagaron de pronto tras las nubes grises, sumiendo el gabinete en honda oscuridad. Una ráfaga de aire, penetrando furiosa por el balcón abierto, sacudió con estrépito los cristales, barrió un periódico abandonado sobre una silla y, llegando hasta el oratorio, hizo oscilar las luces de las lámparas que alumbraban al Cristo.
—Yo también te amo —siguió ella diciendo—; todas esas fiebres, todas esas ansias de que antes hablabas, las siento yo también. Yo también te necesito; yo también quiero ser tuya verdaderamente, enteramente, completamente tuya. Y lo seré; ¿verdad, Dios mío, que seré suya? —preguntó con suplicante acento, clavando los ojos en el crucifijo de marfil.
Él, sugestionado por aquella fe, lo miró igualmente.
Y ambos quedaron de nuevo largo rato silenciosos; uno de esos silencios hondos, deprimentes, que pesan como losas de plomo. María fue también quien lo rompió primero para decir tristemente:
—Mi vida está desde este instante consagrada a ti, a Dios y a ti. Cuando me busques me encontrarás siempre, siempre seré la misma. Pero ¿y tú, Luis? ¿Puedo yo tener la misma confianza? Eres joven, eres libre, el porvenir es tuyo..., en tu camino encontrarás mujeres que valgan más que yo, ¿te acordarás de mí?
—¡Siempre!
—No me olvides, Luis, no me olvides: no podría vivir sin tu cariño.
Las mortecinas luces de las lámparas seguían alumbrando el oratorio con dulce claridad. Bajo el dosel de púrpura, la Virgen los miraba con expresión de infinita ternura; sobre el altar abría sus brazos piadosos el Cristo de marfil.
—Adiós, María.
—¿Tan pronto?
—Sí... Si no me voy ahora, no me iré nunca. Mañana quizá no tendría fuerzas para ello, y es preciso que me marche; ¿verdad que es preciso?
Ella palideció más todavía; un temblor nervioso recorrió su cuerpo; sus ojos se llenaron de lágrimas; pero reponiéndose en seguida, contestó:
—Sí, es preciso.
—¡Adiós!
—Adiós, mi Luis.
—Adiós, mi alma.
Cogió su mano y la llenó de besos. Después salió tambaleándose.
Ella quedó de pie, atontada, escuchando cómo los pasos de él se perdían en el silencio del pasillo. Luego clavó en el Cristo los ojos suplicantes.
—¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Tú que lees en el fondo de las almas, ten compasión de mí!
Y cayó de rodillas, sollozando.