XIX

Hacía cuatro días que Luis no asomaba por la redacción. Desde la verbena de San Juan se fueron Isabelilla y él a solemnizar las paces a las Ventas del Espíritu Santo, de manera que cuando llegaron al merendero de Los Andaluces, eran las dos de la madrugada, y cuando terminaban de cenar, las luces de la aurora alumbraban la mesa. Frente a la plaza de toros rompiose a la vuelta una de las ruedas del coche que los conducía; tuvieron que dejarle abandonado en medio del camino y continuar el viaje a patita y andando. Gracias a que la mañana estaba fresca, contento el espíritu y el cuerpo satisfecho con la cena y mucho más aún con el pardillo que en alegres vapores retozaba dentro de su cabeza. Como el poco sueño que les dejó el vino se encargaron de disiparlo el ejercicio del paseo y la frescura del amanecer, se encontraron ante las verjas del Retiro despiertos y despabilados, y con más ganas que nunca de pasear y divertirse. Y como las puertas estaban abiertas y en realidad ninguna prisa les corría por volver a casa, ella preguntó sonriente:

—¿Me convidas a un vasito de leche?

—Vaya por el vasito —contestó él—; y se metieron Retiro adentro, hasta la vaquería.

Después, antojósele a Luis dar un paseo en barca por el estanque, para estirar los brazos y demostrar sus habilidades náuticas. La verdad es que, como remar, remó bastante mal; pero en cambio se desolló las manos y puso a Isabelilla de remojones y mojaduras que no había por donde cogerla.

—Gracias a que estamos en verano y me he traído el trajecito viejo.

Animada por los remojones, ella propuso entonces que se los dieran completos y formales en una casa de baños. Por supuesto en cuartos separados. Yo no me desnudo delante de nadie.

Entre unas cosas y otras llegaron a casa a las once y media, cuando ya la pobre Pepa, desesperada, había resuelto salir a buscarlos por Prevenciones y Casas de Socorro. «Porque no es posible otra cosa: a esta chica tiene por fuerza que haberle sucedido una desgracia».

—Pues, nada, afortunadamente no nos ha sucedido cosa mayor. La única desgracia mía es la de querer a este tío, que me tiene loca.

—Bueno ¿y qué vais ustedes a hacer ahora? —preguntó Pepa—, porque supongo que no os acostaréis.

—¡Hombre, claro que no! No faltaba más. Ahora almorzaremos.

Y almorzaron, en efecto, con una hambre devoradora.

—Es curioso lo que estos paseos despiertan el apetito. Porque has de saber, Pepilla —decía Isabel, con la boca llena— que esta madrugada cenamos opíparamente y después nos desayunamos como si tal cosa. Son muy sanos estos paseos ¡Qué lástima que yo no pueda levantarme todos los días a las cinco!

—Pero puedes no acostarte.

—¡Claro! Como hoy. No, hijo, no; estas cosas son para una vez.

—¿Tienes sueño?

—Ni chispa.

Y como no le tenían, se pusieron a jugar el café al tute, un café con leche del Café.

—Es peor que el de casa, pero, ¡qué quieres! me gusta más.

Después de perder el café Isabelilla, de pagarle Luis y de prepararle y servirle la Pepa con la habilidad de un cochero de punto o de un escribiente de cualquier oficina del Estado, los dos seres que, según opinión de todos los autores, llevan mejor a cabo esta empresa complicada y dificilísima, Luis empezó a arreglar los cuadros del gabinete, que le pareció que estaban desnivelados y torcidos. Desterró para siempre unas espantosas oleografías y en cambio colocó en lugar preferente una vieja pintura sobre cobre, que encontró en el pasillo, cerca del cuarto de la criada.

—Pero, hombre, ¿vas a poner ese mamarracho?

—Mamarracho..., mamarracho... Es un cuadro magnífico; lo mejor que tienes en tu casa.

No estaba él muy seguro de que el tal cuadro fuera realmente una joya; pero como la patina del tiempo le daba un aspecto de antigüedad muy respetable y las caras de las figuras, única cosa que se percibía algo, eran, por otra parte, bastante correctas, le colocó ufano en medio del gabinete, con gran admiración de Isabelilla, que no acertaba a comprender cómo aquellos negros chafarrinones podían tener tanto mérito.

En cuanto comenzó a caer la tarde se apoderó de ellos un sueño terrible que a cada instante les cerraba los párpados y les hacía abrir la boca con enormes bostezos. Obligaron a Pepa a que aligerara la cena y se metieron en la cama.

Parecía natural que al día siguiente se levantaran temprano; así al menos aquella lo esperaba; pero con gran asombro suyo, a las once de la mañana seguía cerrada la puerta y por las rendijas no se divisaba luz alguna ni se oía el más insignificante ruido de vida. Por fin, con el pretexto del chocolate, se determinó a entrar en la alcoba y los encontró profundamente dormidos.

—¿No les da a ustedes vergüenza? Las once de la mañana... ¡Catorce horas durmiendo...!

—No, durmiendo no; nos hemos despertado a las siete; pero este se puso a contar cuentos, unos cuentos chistosísimos. Yo me reía las tripas. Porque te advierto que tiene la mar de sal para contar chascarrillos. Anda, cuéntale uno a la Pepa, aquel de las monjas y el jardinero..., ¡ja..., ja..., ja...!

Y se reía como una loca al recordarle en su imaginación.

—¡Qué tontísima eres!

—Es que tiene muchísima gracia. Anda, cuéntale. Verás, Pepa, qué gracia tiene.

Pepa se sentó a los pies de la cama y Luis no tuvo más remedio, entre sorbo y sorbo de chocolate, que contar el cuento, y luego otro y otro y otro, todos en verdad muy divertidos, muy alegres y muy picantes, que las dos mujeres escuchaban riendo a carcajada tendida.

Total: que se levantaron a la una. Era domingo y a Isabelilla se le antojó ir a los toros. ¿Cómo negarse? Lo malo estaba en que para satisfacer este capricho, lo primero que hacía falta era dinero, y Luis no tenía un cuarto; pues las veinte pesetas que se salvaron de La Bombilla habían caído en las Ventas y en el Retiro, y no pasaba porque ella pagara, eso no; no estaba dispuesto en manera alguna a consentirlo.

—Mire usted, Pepa. Isabel quiere que la lleve a los toros, y yo no tengo en este momento dinero encima. Hágame usted el favor, sin que ella se entere, de empeñar esto en cualquier parte. Dan diez duros.

Y le entregó el alfiler de corbata que quince días antes le devolviera Boncamí.

—¡Qué lástima! ¡Empeñar un alfiler tan mono!

Vaya, que no lo llevaba. Si le hacían falta las cincuenta pesetas, ella se las prestaría con muchísimo gusto... Casualmente las tenía...

—No, no. Pepa, de ningún modo; no faltaba más.

—¿Pero, por qué, señor? Si se trataba solo de unos días, ¿qué necesidad tenía de pagar réditos? Además, es domingo, y las casas de préstamos están cerradas.

El argumento era decisivo; no tenía más remedio que conformarse y aceptar el préstamo, aun sabiendo que así la devolución tendría que ser más cara y más inmediata. Pero el inconveniente estaba vencido, y esto era lo principal por el momento. Aceptó, pues, el billete; envió por conducto de la Pepa una nueva carta a Sánchez Cortina y satisfizo el capricho de Isabelilla, llevándola a la fiesta nacional. Al salir de la plaza se dio cuenta Luis por primera vez de que la pechera de su camisa estaba negra de puro sucia, y de que sus puños parecían los de un carbonero.

—Mira, chiquilla, no tengo más remedio que ir a casa a mudarme.

—Sí, sí, a casa. Lo que tú quieres es ir a ver a la otra.

—No seas tonta, mujer; te digo que voy a casa.

—Bueno, pues yo iré contigo.

—¿Estás loca? ¡Eso es imposible!

—¿Imposible? Pues mira tú lo que son las cosas. Ahora es cuando yo tengo deseos de ir. Y voy, ¡ea!

—Mira, Isabel —dijo Luis afablemente, convencido de que por las malas no conseguiría nada de ella—; no es que mi casa se deshonre porque tú la visites ni muchísimo menos; se vestiría de fiesta para recibirte; pero es el caso que los dueños son unos viejos muy especiales; viven en el entresuelo y se enteran de todo; en seguida creerían que me paso la vida llevando mujeres allí; empezarían con dimes y diretes, tendría que acabar por mandarlos a paseo y mudarme y, la verdad, es una casita muy linda y muy barata, y no me conviene salir de ella.

—¿No me engañas?

—No te engaño, mujer. ¿Qué interés podría yo tener en engañarte? —contestó Luis muy satisfecho al ver el poco trabajo que le había costado convencerla.

—¿De verdad?

—De verdad.

—Pues mira, vamos a hacer una cosa. Me llevas por la noche, cuando esté cerrado el portal. Así no se entera nadie..., y yo la veo. Porque es que tengo yo capricho de ver tu casita, ¡ea!, ¿lo quieres más claro?

—Bien, mujer —contestó resignándose—; pero con una condición.

—Con todas las que tú quieras.

—Que tenemos que ir muy tarde.

—Cuando te parezca.

—Y marcharnos en seguida.

—Cuando te dé la gana. ¡Qué buenísimo eres!

—¡Claro! Dejando triunfar tus caprichos, muy bueno.

—¿Y qué otra cosa tienes tú que hacer en el mundo, tonto?

Conforme a lo convenido, a la una de la madrugada el sereno de Luis les abría la puerta.

—Bueno —preguntó Isabelilla—. ¿Y la de tu casa? ¿Cómo la vas a abrir? Porque yo no te he visto llave ninguna.

—Ni la verás. Cualquier día me echo yo encima dos kilos de hierro. ¡Menuda llave es!

—Pues entonces, ¿cómo te arreglas para entrar en tu casa?

—De una manera muy sencilla; como se entra en casi todas las casas de huéspedes. Ahora verás.

En efecto, en cuanto llegaron a la puerta, Luis tiró del cordel y la puerta se abrió.

—¿Ves tú, mujer? Esto es de una sencillez primitiva.

—Pues, hijo, a mí me parece un disparate. Cualquier día te van a robar.

—¡Quia! No hay cuidado. Y aunque lo hubiera. ¡Para lo que se iban a llevar! Vaya, ya entraste en mi casita; ya estarás contenta.

Ella no contestó; observaba, miraba los muebles, los amplios sillones de gutapercha, la cómoda chaise longue, el armario de luna, la mesa de escritorio llena de libros y papeles en confuso desorden; chocábanle sobremanera los carteles de anuncios pegados en el papel del tabique como números de periódico taurino en pared de taberna, y contemplaba los retratos y caricaturas que en ellos alternaban, retratos de artistas, de hombres célebres, de mujeres hermosas, caricaturas grotescas al lápiz y al carbón; reíase, al verlas, como una chiquilla, y curiosa acercaba el quinqué para leer las dedicatorias.

—Oye, ¿sabes que es muy bonita tu casa?

—¿Te gusta?

—Mucho. ¡Cuántas mujeres habrás traído aquí! ¿eh?

Él protestó.

—¡Oh, no, ninguna, te juro que ninguna! Tú eres la primera.

—¡Bueno eres tú!

—Te digo que tú eres la primera que ha entrado, y bien sabes que contra mi deseo.

—Pues te fastidias, que he entrado, que he entrado —dijo mimosamente, restregando los nudillos—. Anda, enséñame tu casa; quiero verla toda.

—¡Oh, está pronto vista! Mira, la cocina; un poco chica y bastante oscura; para mí como si fuera un palacio de cristal; otro cuarto también oscuro; este le destino para libros y chismes viejos; la alcoba; ahí tienes mi cama, pura y honrada como la de una virgen.

Ella se echó a reír.

—¿De veras?

—Y tan de veras —contestó él, riendo también.

—¿Pero es posible?

—¡Toma! y tan posible.

Seguían riendo. Poco a poco se habían ido acercando el uno al otro. De pronto, ella enlazó los brazos a su cuello, y pegando los labios a su oído, le dijo en voz baja, muy baja y muy zalamera:

—Luisillo..., tengo un capricho; ¿eres tú capaz de negarle un capricho a tu nena?