XVIII
—Has prometido llevarme a la verbena —dijo Isabelilla cuando salieron de Eldorado de ver una vez más la revista de Castro y Pedrosa.
—Ya te he dicho que yo te llevo a ti donde te dé la gana.
—Me gustas por lo complaciente que eres.
—¡Qué complacencias ni qué narices! ¿Tengo yo en el mundo otra cosa que hacer más que lo que a ti se te antoje?
—Nada, que hay que quererte. Pues, sí, iremos a la verbena y me comprarás torraos y avellanas nuevas, y un racimo de grosella y un pito.
—Y un mozo de cuerda para que nos lo lleve a casa.
—¡Qué guasón eres! ¡Párate, párate, espera! —exclamó tirándole del brazo y obligándole a resguardarse tras la columna de un farol.
—¿Qué te pasa?
—No, nada, sigue.
—¿Pero qué es eso?
—Aquel tío que va por allí, que me creí al pronto que era mi... esposo. ¡Maldita sea su estampa! ¡Qué susto me ha dado!
—¿Y no es? —preguntó Luis sobresaltado—. ¿Estás segura?
—No, no es... ¿Cómo va a ser, si está en Bilbao?
—Pero podía haber venido.
—Te digo que no es. ¡Si le conoceré yo! Pero se le parece mucho.
—Oye, pues este es un buen tipo.
—Vale todavía más el otro. ¡Toma, ya lo creo! Como que no tiene más que treinta y dos años. Un hombre elegantísimo, con una educación admirable; ¡qué educación, muchacho! Y simpático, ¿eh?, un hombre de mundo, capaz de enamorar a cualquier mujer. ¡No te me achares tú, tonto! —exclamó al observar el gesto de desagrado que se pintó bruscamente en el rostro de Luis—. ¡Si yo no le quiero! De verdad, sin tontería, yo no sé por qué no me tira ese hombre. Vamos, te voy a ser más franca. Creo que si no tuviera dinero, puede que le quisiera; pero así, yo no sé qué me pasa, me hiela. Oye: ¿por qué será esto que nosotras no queremos nunca al hombre que nos paga?
—¡Yo qué sé! —contestó Luis malhumorado.
—¡Pero qué tontísimo y qué mamarracho eres! ¿Te vas a enfadar ahora?
—No; me voy a salir por seguidillas, si te parece.
—Bueno; ¿y a qué viene todo esto?
—Viene a que si tú tuvieras dos dedos de sentido común, no dirías lo que has dicho, ni harías comparaciones que ofenden y molestan. Me parece que yo no te he restregado todavía ninguna mujer por las narices.
—No ha habido por qué.
—Pues ya ves, tú, en cambio.
—Lo hice sin intención.
—Pero lo has hecho.
—Bueno, pues mejor. Demasiadas explicaciones te he dado ya.
Y separándose bruscamente del brazo de Luis, echó a andar sola, abanicándose.
—No, si la culpa no la tienes tú —contestó Luis sin mirarla, liando nerviosamente un cigarrillo de papel—. La culpa la tengo yo, que soy tan criatura y tan inocente que me creo...
—¿Qué? —preguntó ella deteniéndose.
—No, nada —contestó Luis mordiéndose los labios. Y ambos siguieron su camino cabizbajos y tristes. Al llegar frente al café de la Bolsa, el joven se detuvo de nuevo para preguntarla secamente—: ¿dónde vamos?
—Donde tú quieras. Lo mismo me da. Así como así, ya me has estropeado la noche.
—¿Quieres ir a la verbena?
Isabelilla se encogió de hombros sin contestar, y siguió andando sola.
—¡Eh, cuidado, mujer! —gritó él cogiéndola violentamente del brazo para librarla de un caballo que se le echaba encima—. ¿No ves que viene un coche?
—Déjalo; mejor. ¡Para lo que una vale!
Lo dijo con acento tan amargo, que él se sintió conmovido, y sin soltarla del brazo, mejor dicho, oprimiéndoselo con dulzura, se la quedó mirando fijamente. Ella también alzó los párpados y, silenciosa, le envolvió en la mirada de sus ojos azules, de sus ojos grandes, serenos, tranquilos, más tristes que nunca.
Y siguieron andando.
La muchedumbre se extendía alegre y bulliciosa por el paseo inmenso, entre los puestos de juguetes, de bisutería barata, de comestibles indigestos, chufas, avellanas nuevas con su cáscara verde; dorados altramuces, tostados cacahuetes anillados y panzudos como capullos de gusano de seda; puestos de frutas con redondas manzanas, verdes peritas de San Juan, aterciopelados albaricoques, rojas naranjas, racimos de grosella que agitaban temblando sus bolitas de grana. Los puestos de flores estaban más arriba, al principio del paseo, alineados a ras del suelo como en patio andaluz; pequeños tiestecillos de albahaca, grandes tiestos de geranios; espléndidas hortensias, blancas, violeta, de color de rosa; las grandes magnolias cortadas de su tallo con las anchas hojas cubriendo los pétalos, llenaban el espacio de aromas penetrantes; los rosales extendían sus ramas espinosas cuajadas de capullos, de rosas a medio abrir, de rosas abiertas, de rosas deshojadas; mostraban los dondiegos sus flores nocturnas, y languidecían en las jarras las varitas de nardo, en tanto que los claveles se balanceaban orgullosos sobre las macetas, los claveles amarillos, los pálidos claveles, los claveles disciplinados, los grandes claveles reventones rojos y blancos. Allí estaban también los puestos de helados y refrescos, vistosamente engalanados con guirnaldas de hojas y cadenetas de papel de colores, unos con bombillas eléctricas, otros con farolillos venecianos, todos llenos de gente que charlaba y gritaba y reía sin dejar de beber. La luz caía sobre la mesa, blanqueando los vasitos de horchata, dorando el agua de limón, tornasolando el agraz, abrillantando las poncheras de metal reluciente donde el hielo se liquida y la cerveza salta en rizos de espuma. Y allí estaban también las aguadoras ambulantes, las pobres viejecitas del delantal blanco y enormes vasos llenos de agua cristalina y pura. ¡Del Berro fresquita! ¡Fresquita del Berro!
—¿Vamos hacia arriba?
—Como quieras.
Deshicieron el camino volviendo a pasar por delante de los puestos de bisutería y comestibles, arrastrados por la corriente de la muchedumbre que se deslizaba compacta, empujándose, codeándose, arrastrando los pies, con sordo rumor de río desbordado. Pasaron otra vez ante los puestecitos portátiles, los pequeños tenderetes de chucherías y juguetes baratos de hojalata y de cartón, los juguetes del perro gordo y hasta del perro chico, los abanicos de papel, las mariposas de talco, las figuritas de yeso, todas las habilidades de la industria menuda y del ingenio anónimo. De trecho en trecho, entre corros de sencillos admiradores, hacían su agosto los vendedores del juguete de actualidad, del juguete de moda, del último juguete recién traído de los bulevares de París, la rana que salta y el cochecito que corre y el pájaro que vuela; los aparatitos de actualidad práctica, la pluma que escribe sin tinta, la lamparilla que se enciende sola, la maquinita para afilar cuchillos.
Al llegar al obelisco del Dos de Mayo, la verbena se interrumpía bruscamente para reanudarse en seguida más animada aún con los caballitos de madera, los carrousels mecánicos, que giraban frenéticos, poseídos de delirante vértigo, mientras las máquinas, detrás de ellos, resoplaban fatigosas como monstruos cansados; las tiendas de bebidas, los pim... pam... pum..., con sus muñecos cabezudos vestidos de trapo; los destartalados barracones con exhibiciones extravagantes y maravillosas: «la Mujer Araña viviente, cazada en los desiertos salvajes de África»; «el Perro con seis patas»; los teatros Guignol, las marionetas, los grandes cinematógrafos con sus anuncios sugestivos de palpitante actualidad; los tiros al blanco, un maremágnum de cosas diversas y mezcladas, una endiablada confusión de tenduchos y casetas, y diversiones y espectáculos, todo revuelto, todo aglomerado, en desordenado desconcierto, campanas que tocan, payasos que gritan, vendedores que vocean, parroquianos que llaman, trompetas que suenan y bocinas que aturden; y dominando este infernal estrépito, reforzándole, sobreponiéndose a los gritos y a las campanas y a las trompetas y a los secos disparos de las carabinas, el resonar continuo y estridente de los antipáticos orquestrones.
Más adelante, entre el olor del aceite y las nubes de humo que asfixian los pulmones, los puestos de churros y buñuelos, con sus alegres camareras vestidas con faldas de volantes y los cabellos coronados de flores; y en todas partes, en el Botánico y en el Dos de Mayo y en el Prado y en la Cibeles, empujándose, codeándose, arrastrando los pies, contenta y bulliciosa, la muchedumbre, esa muchedumbre madrileña, siempre ansiosa de libertad, de fiesta y de alegría.
—¿Volvemos?
—Lo que tú quieras.
—No; lo que quieras tú, rica; a mí ¡qué más me da! ¡Con tal de ir contigo!
Ella no contestó, pero su brazo se apoyó con más fuerza en el brazo de Luis. Y siguieron andando hacia adelante, Botánico abajo, amorosamente enlazados, despacio, muy despacio, bajo la sombra de los grandes árboles.
—Isabelilla... Isabelilla...
—¿Qué?
—¿Me quieres?
Detúvose ella, levantó la cara; le miró a los ojos, y con un suspiro hondo, tan hondo que parecía salir de las entrañas, le contestó apasionadísima:
—¡Con toda mi alma!
—¡Bendita sea tu boca!
Volvieron la cabeza; miraron, no había nadie; juntaron los labios y se besaron con rápido chasquido.
—¡Mi Luis!
—¡Mi Isabel!
Y siguieron andando.