XVII

—¡Qué barbaridad! —exclamó Isabelilla sentándose en la cama y frotándose los ojos con los puños, como los niños cuando se despiertan—. ¿Qué hora dirás que es?

—¡Qué sé yo! —contestó Luis desperezándose con toda confianza—; muy tarde.

—Las tres; acaban de dar en el reloj. ¡Qué escándalo, chico! Anda, vamos a vestirnos. ¡Ay, qué horror, qué cara! —agregó mirándose al espejo.

—¿Amarilla y con ojeras?

No la preguntes qué tiene:

que está queriendo de veras.

—¡Y tan de veras! Ojalá no te quisiera tanto.

—¿Te pesa?

—No, no me pesa, no —exclamó sin abrir los dientes, balbuciendo, deshaciendo las frases—. ¡Ay, cómo estoy; qué mimosa, chiquillo!

—No te apures tú por eso; tonta. Tengo yo para darte todo el mimo que te haga falta.

—Pero levántate ya, gandul.

—Bueno, ¿y qué hago yo ahora? —preguntó Luis sentándose en la cama y cruzando las manos—. Las tres de la tarde.

—¿Que qué vas a hacer? Pues almorzar conmigo; ¡vaya una pregunta! Como que te vas tú a marchar ahora, ¡qué gracioso! No te hagas ilusiones.

—¿Pero y el periódico?

—¡Qué periódico ni qué niño muerto! Hoy no hay periódico; hoy no hay más que Isabelilla. Pones dos letras diciendo que estás enfermo, y las llevará la Pepa, y si no quieres la Pepa, el portero.

—Lo mismo da; lo importante es que lleguen a su destino.

—Pues, anda, vístete; yo voy a llamar a la criada. Y si no, espera, iré yo misma. Así como así tengo que decir que te quedas a comer conmigo. Tú, entretanto, escribe la carta; en ese cajón tienes papel y sobres... Oye —exclamó regresando al gabinete—: ¿tú qué quieres comer?

—Lo que tú me des; siendo cosa tuya, me ha de saber a gloria.

—No, de veras; ¿qué quieres?

—Lo que te dé la gana, mujer.

—Bueno, pues luego no te quejes si no te gusta. Conste que te lo he consultado.

Y se marchó pero a los dos minutos regresó de nuevo para preguntarle cómo prefería los huevos; si en tortilla o fritos. Y todavía volvió a entrar dos veces más, una para coger el abanico y otra para pedirle un beso.

—¡Qué mal ángel tienes! ¡Me dejas marchar sin hacerme siquiera una caricia! ¡Y luego dices que me quieres!

Conforme habían convenido, Pepa se encargó de llevar la carta de Luis a la redacción del periódico. Después, mientras se hacía la comida, Isabelilla propuso peinarse.

—No me gustan las peinadoras, ¿sabes?; en primer lugar, porque arrancan el pelo, y después, porque hay que estar sujetas a una hora determinada. Además, me peino yo muchísimo mejor sola. Ya verás, ya verás que monísima me pongo. Hoy voy a estar más bonita que nunca, para ti.

Colocó un pequeño espejo de mano sobre el velador, apoyándole con gran habilidad en la polvera, y comenzó a destrenzar su espléndida cabellera rubia.

—No me peino nunca en el tocador porque no me manejo bien, ¿sabes? Y ya ves tú si es un tocador bueno, con una luna riquísima; costó cuatrocientas pesetas, no vayas a creer. Me lo regaló el secretario de la Embajada inglesa, un tío muy rico, que estaba loco por mí y que me quiso llevar a su tierra, a Londres, un país donde siempre está lloviendo; ¡qué miedo!, me hubiera muerto de frío y de pena.

Los dedos de Isabelilla se perdían jugueteando entre la espléndida cabellera que, al deshacerse, caía en lluvia de oro sobre la cara, ocultando los ojos azules, las mejillas rosadas, los labios frescos como sangrienta herida, la garganta de nieve, los pechos de nácar que la entreabierta bata dejaba al descubierto. Después, con un rápido movimiento de cabeza, echó el pelo hacia atrás y apareció la frente en todo su esplendor, altiva, tersa, despejada y blanquísima. Luego, los cabellos uniéronse en trenzas, las trenzas se arrollaron con artístico dibujo que afianzaron las horquillas y coronaron las peinetas de concha salpicadas de piedras falsas que brillaban como gotas de rocío sobre rubios trigales. Por delante, partiéronse en crenchas hasta cerca de las sienes, donde se amontonaron en caprichosos rizos que acabaron de ondular las tenacillas.

—¿Qué tal?

—¡Monísima!

—Eso quiero yo, ser muy mona, muy mona, para ti. Anda, vamos a comer. ¿Tú no conoces mi comedor, verdad? Es pequeño, pero muy bonito; ¿verdad que es muy bonito?

—Es precioso. Tienes mucho gusto, chiquilla.

—Esta mesa es riquísima. Fíjate, fíjate, qué patas —exclamó levantando el mantel para que Luis las viese—, de roble macizo, todas talladas. Costó ochenta duros. Me la compró Ulzurrun, juntamente con aquel aparador también de roble. ¿Pues y el chinero? Mira que es bonito ese chinero. ¡Como que no hay otro en Madrid! Fue un modelo de Londres. También me lo regaló el inglés de la Embajada. Y la lámpara, ¿te gusta? Esa la he arreglado yo; era un centro de gabinete; le puse esas plantas de salón y esas flores y resulta. ¡Si vieras qué bien hacen de noche las bombillas eléctricas escondidas entre las hojas verdes y los claveles rojos! Porque te advierto que las flores son naturales. Las renuevo todos los días. ¡Oh! me cuestan un dineral a veces. Pero, y esa comida, ¿cuándo viene? Tengo un apetito terrible.

Él también lo tenía; así es que hicieron grandísimo honor a los huevos revueltos con tomate que les sirvió la Pepa y a las chuletas empanadas que vinieron después, sin dejar por eso de mordisquear los avinagrados pepinillos, las picantes alcaparras, las carnosas aceitunas deshuesadas y las rajitas de salchichón que constituían los entremeses.

—Veo que te cuidas.

—No hay más remedio, chiquillo. Si no me cuido yo, ¿quién me va a cuidar? ¿Pero no bebes vino? Te advierto que es bueno: manzanilla; me la paga ese; yo no puedo beber vinos negros.

—Yo tampoco. Digo lo que Bermúdez en Madrid se divierte:

No hay en el mundo nada chiquilla,

que me produzca tanta ilusión

como unas cañas de manzanilla,

y unas rajitas de salchichón;

pan, pin, pan, pon.

—Pues, anda, bebe.

—No tengo ganas de vino.

—Ni yo tampoco. El de anoche se me ha quedado aún en la garganta.

—¡Claro!, día de mucho... ¡Caramba! ¡Qué buena cara tienen estos pajeles! ¿Sabes que guisa muy bien tu cocinera? Están riquísimos. No vamos a dejar ni las raspas. Pero qué: ¿todavía hay más? —añadió asombrado viendo entrar a la Pepa con un nuevo plato—. Esto ya es demasiado, Isabelilla.

—A mí no me digas nada; son cosas de la Pepa, que ha querido lucirse.

—Y lo ha conseguido. Pepa, mi enhorabuena, está esto superior.

Pepa sonrió. No faltaba otra cosa; tratándose del señorito Luis... El señorito Luis se merecía aquello y mucho más. Lo que ella sentía era no haber tenido tiempo para preparar una comida más digna de él.

—¡Para que veas, para que veas —decía Isabelilla— si se te aprecia!

¿Que si se le apreciaba? ¡Ya lo creo! Como que era el hombre más simpático que entraba en aquella casa. Ella se lo estaba diciendo continuamente a Isabel:

—Isabel, Isabel, no sea usted tonta; quiera usted a ese hombre; mire que no va usted a encontrar otro que valga lo que él. Porque, ¡claro!, como no hay más remedio que caer con uno tarde o temprano, más vale que sea una persona decente que un chulo; ¿verdad, usted?

—¿Y yo qué te digo? ¡No te digo que le quiero con toda mi alma! Si me tiene loca, loca... —Y cogiéndole nerviosamente la cabeza le dio dos estrepitosos besos en la cara—. ¡Te voy a comer! Un día te como; empiezo a darte besos y acabo con Luisillo.

Pepa sirvió los postres. Queso de Roquefort, naranjas, cerezas y avellanas.

—Hombre, avellanas nuevas; me alegro.

—¿Te gustan? Son de la verbena. Oye: ¿quieres llevarme a la verbena? Me comprarás un San Juanito.

—Yo te compro a ti todo lo que tú quieras.

Grasia. Mira: así habla Paca Rey. Grasia. ¿Te gusta a ti Paca Rey?

—A mí no me gusta nadie más que tú.

—¡Y que sepa yo que te gusta otra! ¿Ves tú lo chiquita que soy? Pues chiquita y todo me la comía. Y a ti te sacaba los ojos. Oye: ¿qué vas a tomar, té o café?

—Lo que tomes tú.

—Yo voy a tomar té.

—Y yo voy a tomar... te a ti.

—No seas guasa; di, ¿qué quieres?

—Café.

—Vámonos al gabinete; nos lo servirán allí. Entretanto te enseñaré los trajes que me ha comprado ese. Verás qué hermosos.

Y empezó a amontonar sobre las butaquitas vestidos transparentes de gasa, crujientes faldas de seda, vaporosas blusas de batista, ligeros céfiros, aéreos foulards, todo un conjunto de colores tibios y delicados, claros azules, pálidos verdes, tenues violetas, rosas suaves, pajizos ocres, lisos unos, irisados otros, estos con flores, aquellos con dibujos, y todos con cintas y lazos y puntillas y entredoses y encajes, encajes blancos, encajes negros, encajes amarillos, encajes de Valenciennes, encajes ingleses, encajes belgas, todos primorosos, finos, exquisitos, un dineral en hilos caprichosamente entrelazados.

—Me gustan muchísimo los encajes; son mi chifladura.

Después sacó los sombreros; sombreros de paja, sombreros de tul, sombreros grandes, llamativos, exagerados, con artísticas complicaciones de flores y pájaros y plumas. Y ya puesta a sacar, sacó el calzado; botitas de charol reluciente, botitas de rusel granulado, botitas rojas de becerro, zapatos de lona, de cabritilla, de gamuza, altos, escotados, zapatos de bebé, de baile, con metálicas lentejuelas que brillaban, al moverse, con temblorosas luces. Después salieron los corsés de todas formas y tamaños: Marie Thérèse, bajo de escote y amplio de caderas; Pa-kio-ku, con grandes aberturas en los costados, sujetas por trencillas; Vaporeux, todo de transparente gasa; Ideal, reducido como justillo de aldeana, y un gran Amazona, de raso negro, alto de pecho y con una cadera nada más.

—Es para montar a caballo.

Detúvose un instante con objeto de tomar el té, que estaba ya frío, y siguió su tarea. Sacó las camisas, blancas camisas de batista; soberbias camisas de raso con el descote salpicado de encajes y caprichosos lazos en los hombros; largas camisas de dormir, abiertas por delante, con amplias mangas sujetas en las muñecas por brillantes cintas. Y sacó las medias, medias negras, azafranadas, de color de fuego, escocesas y a listas, de seda y de hilo, lisas y caladas, la mayoría sin estrenar, sujetas aún por los cordoncitos de estambre.

—¿Ves todo esto? Todo me lo ha comprado él, todo. Te advierto que aquí hay un dineral, un montón de duros tirados. ¡Qué tontos son los hombres! Si yo fuera hombre, a cualquier hora me gastaba yo el dinero con las mujeres. Me lo gastaría con la mía, con la propia, con una mujercita que me buscaría buena y honrada, para mí solo; ¿pero con una golfa como yo...? ¡Quita allá!

—Pues si todos los hombres pensaran de ese modo, estarías tú divertida.

—¡Quién sabe! Si los hombres pensaran de esa manera y nosotras no soñáramos tanto con el maldito lujo, a estas horas quizá estaría yo casada legalmente con un hombre que me querría mucho, mucho, y tendría unos nenes chiquitos, muy chiquitos, que me llamarían mamá. ¡Mientras que así!

Detúvose un instante y se pasó las manos por la cara, plegándolas después con amargo ademán de desaliento.

—Me entristezco con estas cosas y no quiero, no quiero entristecerme. Anda, Luisillo mío, Luisillo de mi alma, distráeme, dime que me quieres, dímelo, o si no, no me digas nada, bésame, anda, bésame; dame muchos besos, muchos, muchos...

Y se dejó caer sobre sus rodillas, anudándole mimosa los brazos al cuello en una crisis de ternura.

—¡Nene, nene mío..., nene de mis ojos!...

También él se sentía conmovido, profundamente emocionado ante el amoroso deliquio de aquella mujer, de aquella chiquilla encantadora que se le abandonaba generosa en los brazos, que desfallecía en ellos con estremecimientos de virgen primeriza y palpitaciones de hembra apasionada; de aquella criatura delicada, cariñosísima, toda amor, toda alma, toda ternura, que se anudaba a su cuello con zalamerías de niña mimada, enloqueciéndole con el mirar dulcísimo de sus ojos azules, con el mareante aroma de su cuerpo, con el cosquilleo de sus cabellos de oro, con el contacto tibio y suave de su carne de rosa.

—¡Mi vida..., alma mía!...

—¡Gloria mía!

Y en el silencio augusto del crepúsculo que comenzaba ya a caer, los besos crepitaron amorosos, largos, interminables.

—Te quiero, Luisillo de mi vida..., yo no sabía lo que era querer hasta que te he conocido a ti. Tú has despertado el amor en mi alma, tú has despertado el amor en mis sentidos. Yo ya no tengo voluntad, yo ya no tengo nada, yo no tengo más que ganas de quererte, ganas de ser tuya, toda la vida, tuya para siempre.

Él la escuchaba entusiasmado, enloquecido por aquellas palabras que penetraban en su ser como un perfume, como una esencia, cual música divina, saboreándolas como vino exquisito; embriagado por la dulce mirada de aquellos ojos azules, rasgados, de aquellas pupilas inmensas que brillaban tras las largas pestañas como faros de amor. Y ella seguía:

—Yo haré lo que tú quieras; seré tu esclava, tu criada, pero no me dejes. Luisillo de mi alma, no me dejes; no podría vivir sin tu cariño.

Luis se estremeció. Aquellas palabras eran las mismas que una tarde, hacía cuatro meses, le dijera María... Eran las mismas frases. Y el tono era el mismo. Y era una mujer enamorada quien las repetía, una mujer hermosa, una mujer rubia. Y era también en el solemne declinar de un crepúsculo.

—Háblame, dime que me quieres. Por tu salud, por tu padre, por lo más sagrado, dime que me quieres, aunque sea mentira.

—No, no lo es; te quiero, sí, te adoro con toda mi alma, con toda mi vida; te quiero porque me sale de las entrañas quererte.

Y era cierto; en aquel instante lo olvidaba todo y la quería de veras, la quería muchísimo y se sentía feliz y satisfecho con este amor. Bendito amor que alegra la vida y borra las distancias y une los seres, inmenso y único, grande y misericordioso, que todo lo invade y todo lo llena, que en todas partes triunfa y en todas partes vence, que sube a las buhardillas y llega a los palacios, y a todos nos domina y a todos nos iguala, ricos y pobres, señores y plebeyos, artistas y burgueses, nobles y rufianes, honradas y rameras.

—¡Te quiero!

—Y yo a ti.

Y en el augusto silencio del crepúsculo, de nuevo crepitaron los besos amorosos.

—¡Mi Luis!

—¡Mi Isabel!

—Déjame, déjame ya..., me vuelves loca —exclamó deshaciendo perezosamente el nudo de sus brazos y poniéndose en pie—. Me enloqueces, chiquillo.

—Y tú a mí me matas.

—Sí, sí, somos dos locos.

—Tienes razón; somos dos niños ansiosos que nos emborrachamos en seguida sin comprender que el amor hay que tomarle como los licores buenos, a sorbos, poquito y a menudo.

—Desengáñate, Luis; cuando se quiere, no hay razones que valgan. Tú y yo no nos sujetaremos nunca. Somos como el potro de esta mañana; damos en seguida todo lo que tenemos —contestó sin volver la cabeza, alzando las persianas del balcón que sonaron traqueteando con ruidoso tableteo.

Después se echó de pechos sobre la barandilla y paseó la mirada por la calle. Un vaho caluroso subía del arroyo. Sonaron a lo lejos confusas y cortadas las notas de un piano. Los escaparates encendidos brillaban en la tristeza del crepúsculo como enormes espejos heridos por el sol.

—¿Qué hacemos, Luis?

—Lo que tú quieras.

—Vámonos; me duele la cabeza; necesito que me dé un poco el aire.

—Y yo también; pero, ¿adónde vamos?

—Por ahí. ¡Qué más da! La cuestión es ir juntos.

—Sí, vida mía, juntos, muy juntos, cogiditos del brazo como dos novios. Llevándote orgulloso y diciendo a todo el que te mire: «¿La ven ustedes? Pues es mía. ¿Ven ustedes estos ojos azules? Pues no miran en el mundo a nadie más que a mí. ¿Ven ustedes esta boca tan fresca? Pues no la besan más labios que mis labios. ¿Ven ustedes este cuerpo? Pues no le estrechan más brazos que los míos».

—¡Ay, Luisillo, Luisillo de mi vida! ¿Por qué no será verdad todo eso que me dices?