XVI
Una noche, ya tarde, a la salida de los Jardines, se dio con ella de manos a boca. Iba sola, encantadora como siempre, como siempre elegante y lindísima.
—No puedes figurarte, chiquilla, qué alegría más grande me da verte.
—Y a mí también; de veras.
—¿En qué dirás tú que iba pensando ahora?
—¡Qué sé yo!
—Pues verás, iba pensando: si me encontrara a mi Isabelilla, me la llevaba a los Viveros.
—¡Mentira!
—¿Mentira? Allí viene un coche. ¿Le llamo?
—Más vivo.
—Bendita seas. Para, cochero: sube. La una menos cuarto. Arrea a La Bombilla. ¿Ves tú? Así se hacen las cosas. Dentro de media hora en los Viveros.
—¿De modo que estás en fondos?
—Veinte pesetas que me han dado por un artículo, que las destinaba al zapatero, y que nos las vamos a gastar en manzanilla.
—Castizo eres.
—¿Quién no lo es contigo, la más castiza de todas las mujeres?
—Di que sí, chiquillo, y prueba de ello es que esos cuatro duros te los vas a guardar ahora mismito, porque esta noche soy yo la que te va a convidar a ti.
—¿Estás loca?
—Calla, tonto. Si tengo ahora la mar de dinero. Se ha chiflado por mí un tío millonario que me entrega todo lo que necesito. Y más. ¡Qué derroche, chico! Pajaritos del cielo que pida, pajaritos del cielo que me da. ¿Ves este traje? Treinta y siete duros; pues es de los peores que me ha comprado.
—Me alegro, hija; lo que hace falta es que dure.
—Oh, sí; ahora va de veras. Me he vuelto muy formal.
—Ya lo veo.
—¿Porque me voy contigo? ¡Tonto! En primer lugar, él no está en Madrid; se ha marchado a Bilbao a comprar unas minas y no viene hasta dentro de una semana. Y luego, contigo no hay caso. Contigo..., contigo me voy yo al fin del mundo.
—¡Embustera!
—Ya sabes tú que sí. Tú eres el que no quiere nada conmigo. En tres meses no has sido para decir un día: voy a ver a mi Isabelilla. Sabiendo que Isabelilla te lo hubiera agradecido con toíta su alma.
—Pero, so pendón; si la última vez que estuve en tu casa, no me quisiste recibir.
—Porque estaba achará aquel día. Me dijeron que te habían visto cenando con unas mujeres.
—No es verdad; pero aunque lo fuera, ¿a ti qué?
—Que no me da la gana, ¡ea!
—¡Qué gracioso! Como si tuviera yo que ver algo contigo.
—Porque tú no quieres.
—¡Isabelilla, Isabelilla!..., no me des coba.
—No es coba, es que te quiero.
—¡Mentira!
—Por la gloria de mi padre, que te quiero. ¡Ay, nene de mis ojos! En cuanto lleguemos a la estación del Norte, ¡qué beso te voy a dar en la cara! Y no te le doy ahora porque no quiero que se mueran de envidia esas niñas góticas de los balcones.
En efecto, en un balcón, reclinadas sobre la barandilla, había un grupo de muchachas que al pasar el coche se quedaron mirando con gran curiosidad el vestido azul demasiado vaporoso, el sombrero demasiado exagerado y la cara demasiado satisfecha de Isabelilla.
—Es envidia, envidia pura —decía ella alegremente—, no te quepa duda; todas esas señoritingas con sus ojos lánguidos y sus caritas de virtudes, darían esta noche la mitad de su vida por ir sentadas dos horas a tu vera. Pero se fastidian, que eres para mí, para mí, para mí.
Y le oprimía el brazo y se apretaba contra él con zalameros rozamientos de gata.
El coche se deslizaba por el asfalto de la calle del Arenal al blando movimiento de sus llantas de goma. En la estrechez de la calle, la Puerta del Sol quedaba a lo lejos reducida al Ministerio de la Gobernación con su feísima torre de ladrillo y la amarillenta esfera de su enorme reloj, más amarillenta aún ante el blanquísimo resplandor de los focos eléctricos, que en la espesa neblina de polvo parecían globos de chico flotando en el aire. El pasadizo de San Ginés quedaba a la izquierda lóbrego y oscuro, cortado en el fondo como callejón sin salida, mientras que allá enfrente, al final de la calle, los árboles de la plaza de Isabel II, recortando sus copas oscuras en la fachada trasera del Real, daban la impresión de la entrada de un túnel, el ojo gigantesco de un gran puente de piedra. Un automóvil con sus faros encendidos, resplandecientes como ígneas pupilas de fabuloso monstruo, pasó instantáneo dejando tras sí desagradable olor de gasolina.
—¡Qué ganas tengo de tener un auto!
—¿Para qué quieres tú eso?
—Para correr, para volar, para no estar quieta diez minutos en el mismo sitio. Pasar por las casas sin verlas, pasar por los pueblos sin mirarlos, por las carreteras sin apenas tocarlas, corriendo siempre, siempre corriendo sin saber adónde ni conocer a nadie, ni hablar con ninguno, sin más pensamiento que el de volar ni más idea que la de correr, siempre de prisa, taf..., taf..., taf..., adelante, adelante, adelante...
—Hasta que te rompieses las narices.
—¡Bah, qué más da morirse de una manera que de otra si al fin y al cabo tiene una que morirse! Casi es mejor así; no te enteras. Porque a mí que no me digan: un tío que va a esa velocidad ni ve, ni oye, ni entiende. Es como si estuviese borracho. Digo lo que Antoñito Bedmar: la mejor muerte del mundo es una borrachera. Y borrachera por borrachera, me quedo con esta.
—Y yo con la otra.
—¿Con cuál?
—Con la del cariño. Porque tú sí que me emborrachas a mí; tú sí que me mareas más que cuatro botellas de montilla. Contigo pierdo la noción de dónde estoy, de dónde me encuentro, de lo que hago, para no pensar más que en mi Isabelilla de mi alma, que me enloquece cuando me mira con sus ojos azules y me trastorna con las palabritas de sus labios.
—¿Mis labios? ¡Si tú no los quieres!
—Poco. Como un pastel un chiquillo goloso.
—¡Goloso! ¿Los quieres? Tómalos.
Y alargando la cabeza se los ofreció gustosa y sonriente. Y sonriente y gustoso los aceptó él, besándolos y mordisqueándolos como fruta sabrosa.
Impávido el cochero, cogió la tralla y fustigó al caballo, que al sentir la caricia despertó de su letargo y salió al trote carretera arriba con extraordinaria rapidez, dejando tras sí en breves momentos la estación del Norte y el Asilo de Lavanderas, reposando en la sombra con sus trenes quietos y sus niños dormidos. Los hilos de plata de la luna se filtraban entre las hojas tejiendo en el polvo primoroso encaje. Frescas ráfagas de aire daban en los rostros de la pareja, y sus cuerpos se mecían con el traqueteo del coche, blandamente amortiguado por las llantas de goma. Por la blanca línea de la carretera, humillada la cerviz y tardo el paso, avanzaba una cuadrilla de segadores. Venían mustios, cansados, encorvados los cuerpos, arrastrándose penosamente sobre sus grandes zuecos de madera. Los había viejos, con grandes mechones de canas que asomaban bajo los enormes sombreros; los había niños, que se quedaban rezagados. Y todos caminaban con sus hoces a cuestas, tristes y mohínos, sucios y desharrapados, como desfallecida falange del ejército de los hambrientos.
—¡Pobrecillos! ¿De dónde vendrán? —preguntó Isabelilla apenada.
El cochero volvió la cabeza, y dando un gran suspiro, contestó:
—De Galicia, señorita, de la tierra de todos los pobres.
Los segadores habían detenido el paso y miraban con más curiosidad que envidia a aquella señora tan hermosa y tan elegante que se paseaba tan a deshora por la carretera. Ella, al notar que la miraban, se sintió conmovida, y abriendo nerviosamente el bolso les arrojó, por detrás de la capota del coche, dos duros en plata que vibraron con argentino tono al chocar con los guijarros. Cogiolos el más joven y se los dio al más viejo, el cual los guardó en las profundidades de su faja, diciendo al mismo tiempo emocionado:
—Gracias, señorita, muchas gracias y que Dios se lo pague.
—¡Que Dios se lo pague! —contestaron los demás a coro, levantando los brazos. Después siguieron su camino hasta perderse bajo la sombra de los árboles.
Este encuentro los entristeció de tal manera que durante largo rato ninguno de los dos osó abrir la boca. El cochero había dejado la fusta en el pescante, y con la cabeza caída y las riendas flojas, dejaba marchar a su antojo al caballo, que empezó a caminar pausadamente con paso tardo de macho de transporte.
—¿Ves tú? —exclamó él al cabo de un rato, esforzándose por sonreír, tratando de ahuyentar los negros pensamientos que empezaban a amontonarse en su cabeza—, ¿ves tú? Ahí tienes la contraposición de tu automóvil; estos infelices saben siempre adónde van y de dónde vienen; vienen de donde hay hambre; van adonde hay dinero que ganar. Para andar los setenta kilómetros que tu automóvil salva en una hora, ellos necesitan tres días, pero llegan. El uno es el genio que arrostra los peligros, los otros la constancia que vence los obstáculos. Tu automóvil es la ciencia, el progreso, el adelanto; ellos la barbarie, la ignorancia, la rutina.
—Está bien tu comparación.
—¡Toma!, ya lo creo que está bien. Como que es una crónica que me valdrá mañana cuatro duros.
Habían llegado a La Bombilla.
—¿Dónde vamos? —preguntó familiarmente el cochero deteniendo el caballo.
—A los Viveros.
—No, a los Viveros no —interrumpió bruscamente Isabelilla—; está eso muy soso por las noches, no van más que personas decentes; ¡con decir que ni siquiera hay organillo!
—Ya lo sé. ¿Y para qué queremos organillo?
—¡Qué gracioso!; ¡como que me voy a pasar sin bailar contigo esta noche! Ni lo sueñes.
—Vámonos, pues, a Niza.
—No, a Niza tampoco; luego te diré por qué.
—Bueno; pues tú dirás donde vamos. Decídete, porque estamos perdiendo tiempo.
—¿Vamos a casa de Juan?
—Vamos a casa de Juan.
En casa de Juan estaban todos los comedores ocupados.
—Si quieren ustedes un cenador, hay uno disponible.
—¿Cuál?
—Ese primero de la derecha.
—No, no; está demasiado a la vista.
—¿Quiere el señorito pasar al hotel? —preguntó el mozo a Luis mostrándole un pequeño edificio independiente que se alzaba a la derecha. Luis, a su vez, repitió la pregunta a Isabelilla.
—No, no me gusta; no se oye el organillo, y además, se figuran que vas a otra cosa y te cobran la habitación por aquello de que tiene cama, y eso es una primada. Vamos al Campo del Recreo.
Contra lo que Isabelilla creía, en el Campo del Recreo había muy poca gente. La mayoría de las mesas, especialmente las de primera fila, estaban desiertas. Solo dos o tres se hallaban ocupadas por pacíficas familias burguesas que al pasar la joven pareja cogida del brazo se quedaban mirándola a hurtadillas, con cuchicheos y sonrisitas maliciosas.
—Mira, mira quién está allí —exclamó de pronto Isabelilla señalando una mesa medio oculta tras los arbustos—. Lola Guzmán y Paca Rey con dos pollos. Ya sabemos de quién eran los coches del Casino que había en la puerta. ¡Qué hipócritas! Se han marchado de los Jardines antes de acabar la función, diciéndome que estaba aquello muy húmedo y que, como ellas, gracias a Dios, no iban a los Jardines a ganar dinero... así, como humillándome, ¿sabes?
—Y tú, ¿qué les has dicho?
—¿Yo? Que tenía que esperar a mi novio, que era acomodador.
—¡Qué chulona eres!
—Claro, hombre. Figúrate tú si nos conoceremos todas. Anda, vamos a pasar por delante de ellas para que nos vean.
—¡Justo!, y me tomen por el acomodador.
—Asaúra... Ya sabes tú que te conocen todas. Digo, y poquita envidia que me van a tener viéndome contigo. Porque te advierto, Luis, que tú tienes cartel.
A Luis le hizo aquella frase muchísima gracia.
—¿Conque yo tengo cartel, eh? como los toreros. Oye, ¿y de qué clase es este cartel mío?
—De matador de primera. Eso lo sabe todo el mundo, niño. Lo que no saben esas es que yo te voy a contratar por toda la temporada para que no mates en más plaza que en la mía. ¡Hola, Paca; adiós, Lolita! —exclamó con acento cariñoso, pasando de largo por delante de las dos cocottes.
—Adiós, mujer... ¿tú aquí?
—Venimos casi todas las noches —contestó con gran ingenuidad—; a este no le gusta cenar en casa. Toma, para que rabien —agregó oprimiendo el brazo de Luis, que a duras penas podía contener la risa.
Andando, andando, habían llegado al final del merendero. Isabelilla no acababa de decidirse por ninguna mesa. Por fin eligió una pequeñita, situada en medio de una plazoleta de árboles. Aquí estaremos perfectamente. ¿Ves qué poético está esto? Los rayos de la luna, el murmullo del río... ¡Oh, qué poético!
—¡Guasona!
—Pues, mira; fuera de chirigota; está muy bien, sobre todo, a tu lado.
—¿De veras estás muy a gusto?
—Muy a gusto. ¿Y tú?
—En la gloria.
—¿Qué va a ser? —preguntó el camarero dejando caer la lista sobre la mesa.
¡Toma, toma, pues no era poco difícil la respuesta! Isabelilla cogió la lista, la leyó en voz alta, después en voz baja, la leyó nuevamente, y después de darle mil vueltas entre sus manos, se la entregó a Luis diciéndole:
—Pide tú, yo no sé qué elegir, no tengo gana.
Tampoco él la tenía; de modo que después de muchísimo pensar, la cena quedó reducida a unos langostinos a la vinagreta, una ración de pavo trufado y otra de Roquefort. Y manzanilla. Ah, y el cochero que tome lo que quiera.
Mientras el camarero iba por los platos, Isabelilla explicó a Luis por qué no había querido entrar en Niza. Es donde él me lleva, ¿sabes? Entra muy ufano conmigo, dándose mucho tono porque le conoce todo el mundo, y yo no quiero que se rían de él creyendo que le engaño. ¡Pobrecillo!
—Te has vuelto muy correcta.
—Claro, hombre; ¿qué necesidad tiene nadie de enterarse de si le soy fiel o no se lo soy, no te parece? Tanto más cuanto que no le engaño. De veras no le engaño..., más que contigo. Pero es que tú me vuelves loca, chiquillo —exclamó entornando los ojos y mirándole fijamente—. Contigo no sé lo que me pasa. Mira, de verdad; yo podré tener todas mis chulerías, te podré hacer una charranada, porque soy así, porque no lo puedo remediar, porque lo tengo en la masa de la sangre, ¿sabes tú?; pero en cuanto te veo, soy otra; siento aquí en el alma un no sé qué que me tira hacia ti y me dice: Isabelilla, ese es el único hombre que tú quieres, vete con él. Y me voy, y no hay mundo para mí y lo dejo todo y dejaría hasta a mi madre, si la tuviera, por un beso solo de tu boca.
—¡Qué monísima eres!
—Es que te quiero mucho, Luis. ¿Por qué voy a ponerme tonta? Y me alegro decírtelo ahora, antes de cenar, para que no creas luego que es el vino.
—¡Qué lástima, Isabelilla! Tú y yo podríamos ser felices.
—¿No es verdad que sí? Yo lo he pensado muchísimas veces. Créemelo. En esas horas de tristeza y aburrimiento que todos tenemos, nosotras, sobre todo, cuando me siento cansada de esta vida tan perra que lleva una, me pongo a pensar y me digo: «Si yo encontrara un hombre de mi gusto que me quisiera mucho, mucho...». Y en seguida, te lo juro, me acuerdo de ti.
La presencia del camarero que volvía con la cena hizo suspender la conversación. En cuanto se hubo marchado, ella continuó:
—Sí, de veras, me acuerdo de ti. Ya ves tú si a mí me dirán al cabo del día que me quieren; ya ves tú si tendré yo hombres que me hagan el amor de todas maneras; pues, sin embargo, ninguno de ellos me impresiona ni hago caso a ninguno. Y es que ninguno me llega al alma como me llegas tú. ¡Contigo sí que sería yo dichosa!
Y apoyando los codos en la mesa se le quedó mirando fijamente con sus grandes ojos entornados, sin hacer caso alguno de la cena que sobre el mantel permanecía intacta.
—¿Por qué no tendremos mucho dinero, Luisillo?
—Chiquilla, no te entristezcas.
—Oye: ¿por qué será esto que me pongo triste cuando estoy contigo?..., muy triste, muy triste... Y no me da la gana, ¡ea!, no quiero yo estar triste; vamos a alegrarnos, vamos a beber.
Y cogiendo nerviosa la botella, escanció dos vasos.
—Por ti.
—Por tu cariño.
Los rayos de la luna, atravesando los árboles de la pequeña plazoleta, caían sobre la mesa azuleando el mantel y haciendo brillar en los vasos la rubia manzanilla. Vibraban en el aire, frescas y sonoras como cristalina carcajadas, las notas del organillo, las notas alegres, desvergonzadas, del canallesco vals de Madrid se divierte. Isabel había bebido seis copas seguidas y continuaba diciendo:
—¿Sabes que es muy rica esta manzanilla? Échame más.
—Chiquilla, que te vas a emborrachar.
—Déjalo: un día es un día. Así como así, tenemos coche que nos lleve a casa. Lo que yo quiero es estar alegre, muy alegre para ti. Pide otra botella.
—¿Te atreves?
—Esta noche me atrevo yo a todo —exclamó envolviéndole amorosa en la mirada de sus ojos azules abrillantados ya por el deseo y por el vino—. ¡Cuánto te voy a querer esta noche, Luisillo mío!
—Y yo.
—Tú... no... —continuó mimosa y zalamera—, tú no me quieres. ¡Ah, si tú me quisieras...! Pero ¿no pides otra botella? Mozo, más manzanilla.
—Y unas aceitunas aliñadas.
—Eso de las aceitunas me ha parecido muy bien —dijo ella torpemente, balbuceando ya.
—Isabelilla, estás borracha.
—¿Yo borracha? ¡Mentira! A mí la manzanilla no me emborracha; quien me emborracha eres tú, tú..., tú..., ¿me anticipas un beso?
—Todos los que tú quieras.
—Pues dámele y toma; uno, dos, tres...
—Quita, que nos ve el mozo.
—No importa; al mozo le convido yo ahora y se queda tan contento..., verás... Joven, tome usted una copita —exclamó llenando su propio vaso y ofreciéndoselo al camarero.
Este miró a Luis y vaciló.
—Tómelo usted, hombre; ¿me va usted a despreciar?
El camarero aceptó el vaso y lo apuró de un sorbo. Después cogió la botella de agua y lo limpió cuidadosamente.
—¿Qué hace usted?
—Enjuagarlo, señorita, no faltaba más. Es el vaso de usted.
—La cuenta.
El mozo se marchó y regresó en seguida con ella en un plato.
—Aquí está, catorce pesetas con veinte, incluyendo lo que ha tomado el cochero: un entrecot y media de vino.
—Como siempre.
—Oiga usted —preguntó Isabelilla curiosa—, ¿por qué toman siempre los cocheros entrecot con patatas?
Después, al notar que Luis echaba mano al portamonedas, abrió rápidamente el bolso y dejó caer sobre la mesa un billete de cinco duros.
—No te pongas tonto, porque ya te he dicho que esta noche convidaba yo.
—Isabel, coge ese dinero.
—Te digo que no. Cobre usted de aquí, mozo; o cobra usted o rompo el billete.
No había más remedio que ceder, y cedió, aunque de mala gana.
—Vamos, no te enfades —exclamó ella cariñosa cuando volvieron a estar solos—, no te enfades tú conmigo, nene mío... Era un capricho que yo tenía; ¿me vas a quitar tú a mí un capricho?
Y le miraba zalamera, cogiéndole las manos y besándoselas dulcemente.
Sobre los esqueléticos árboles del merendero, el cielo comenzaba a clarear con los primeros amarillentos tintes del crepúsculo.
—¡Qué barbaridad! Está amaneciendo. Vámonos.
—Sí, vámonos; ¿pero se va a quedar esta entera? —exclamó señalando la botella de manzanilla—. Anda, cobarde, que no se diga que la hemos tenido miedo. Bebe.
Bebieron de prisa, sin soltar los vasos, a grandes sorbos, como chicos sedientos. Cuando ya solo quedaban un par de dedos de vino, Isabelilla cogió la botella, y aplicando los labios al gollete se lo bebió de un solo trago.
—¡Ea!, ya está. Vámonos.
Y colgándose del brazo de Luis echó a andar más firme de lo que podía suponerse.
—Oye, en cuanto lleguemos al coche, nos vamos a fumar un cigarrillo a medias, ¿quieres?
Un cigarrillo a medias
poder fumar, poder fumar.
Amanecía. Las sombras de la noche huían asustadas apagando la luz de las pocas estrellas que brillaban todavía en el cielo. Ni una nube siquiera le empañaba. Lentamente se destacaron las copas de los árboles, la blanca línea de la carretera, los alegres merenderos, la masa todavía confusa de la Moncloa, troncos, matas, y allá, a lo lejos, dormida aún en la sombra, la Casa de Campo. Ráfagas de aire, frescas como brisa suave dábanles en la cara, y sus cuerpos amorosamente unidos se mecían con deleite al compás de los saltos del coche blandamente amortiguados por las llantas de goma. Al pasar por la estación del Norte llamoles la atención una cuadrilla de hombres que dormían tumbados a lo largo de la carretera. Eran los segadores; aquellos pobres segadores que vieron horas antes arrastrándose penosamente sobre sus zuecos de madera. Allí estaban, viejos y niños, reposando de sus fatigas, esperando pacientemente la salida del tren. Algunos, al pasar el coche, abrieron los ojos y al reconocer a la pareja se pusieron en pie agitando los brazos alegremente. «¡Eh, eh!». El cochero fustigó al caballo, que salió corriendo con asombrosa rapidez dejando tras sí, en breves momentos, la estación y el Asilo de Lavanderas.
—Es un buen caballo.
—Ya ve usted, un potro de cuatro años; no hay más remedio que contenerle algo, porque si no, entrega en seguida todo lo que tiene. No está desengañado todavía. Los caballos son como las mujeres, señorito.
—¿Qué dice ese tío?
—No le hagas caso; va borracho.
La luz avanzaba. Por encima de las casas de la plaza de San Marcial, la aurora enrojecía el cielo con fulgores de incendio. Blanqueaban los edificios como si estuvieren recién revocados, lucían las aceras como losas de mármol, y hasta los adoquines del arroyo brillaban como acabaditos de poner. Todo parecía nuevo, todo parecía blanco.
—¡Qué hermoso es ver amanecer! ¿verdad? —dijo Luis.
Ella no contestó. Reclinada sobre él, oprimiéndole el brazo con el suyo, estrechándole nerviosamente las manos, le miraba apasionada con sus azules ojos entornados.
—No me dices nada, Luisillo; no me quieres. ¿Por qué no me miras? así..., así..., mírame así. ¡Cuánto me gustas, chiquillo! ¡Qué guapísimo eres!
—Tú sí que eres bonita.
—¿De veras te resulto? Anda, sí, dímelo; me gusta mucho que me llames bonita; anda, llámamelo.
—Todo lo que tú quieras, chiquilla mía; si yo no tengo en el mundo otra cosa que hacer más que halagarte a ti. Eres muy bonita, muy bonita; tienes unos ojos que me enloquecen; unos ojos que cuando se abren, se me clavan como alfileres; y cuando se cierran me parece que me cogen y me guardan dentro.
—Sigue, sigue.
—Unos ojos bonitos, muy bonitos, con unas niñas muy grandes y muy azules, en las cuales me veo retratado chiquito, muy chiquito; pero ¡qué chiquitos somos los hombres en las pupilas de la mujer a quien queremos con toíta el alma!
—Me vuelves loca.
—Unos ojos hermosísimos, como yo no he visto otros. Unos ojos serenos como el día, azules como el cielo, tristes como mis penas, grandes como nuestro cariño. Si es verdad que los ojos son el espejo del alma, ¡qué alma más hermosa debe de ser la tuya!
—Toda para ti, Luisillo mío. ¡Qué ganas tengo de llegar a casa! En cuanto lleguemos a casa, te voy a dar toda mi alma. Te la voy a dar toda, toda, ¡toda!