XXVIII

Los timbres cesaron en su repiqueteo insoportable. Había empezado la sesión. Un secretario, de pie en la tribuna, leía con atiplada voz entre la general indiferencia. El ministro de Hacienda, hojeaba en el extremo del banco azul voluminoso legajo de papeles. Dos o tres diputados, reclinados sobre los pupitres, escribían. Otros charlaban entre sí delante de las puertas o apoyados en la barandilla de la tribuna.

—¿Se aprueba el acta? —preguntó el secretario sin levantar la vista—. Queda aprobada —continuó sin esperar respuesta. Y siguió leyendo con su machacante tonillo de chico de escuela.

Algunos diputados entraban en el salón y se sentaban gravemente en los escaños después de saludarse como buenos y antiguos compañeros.

—El señor Ruiz tiene la palabra —dijo el presidente con voz grave.

—Para rogar al Congreso que tome en consideración la proposición que acaba de leerse —contestó un joven alto levantándose a medias del asiento.

—¿Acuerda el Congreso tomarla en consideración? Queda tomada en consideración. Pasará a las Secciones para el nombramiento de la Comisión correspondiente.

Otros diputados hablaron después para apoyar nuevas proposiciones. Nadie los oía. Únicamente el secretario, con su voz atiplada, aseguraba muy formal que el Congreso las tomaba en consideración y que pasarían a las Secciones.

Después habló durante largo rato un señor calvo, pero en voz tan baja que nadie logró entenderle. Bien es verdad que a nadie preocupó su discurso. Cuando lo terminó, el ministro de Hacienda se levantó, y con los puños apoyados sobre el legajo, para no perder la señal, dijo muy amable que tendría sumo gusto en poner en conocimiento de su compañero el señor ministro de Estado el ruego de su señoría. En seguida volvió a sentarse y siguió hojeando los papeles.

—¡Oh, qué estúpido es esto! —exclamó en la tribuna de la prensa un muchacho delgaducho y barbilampiño, el más joven de los que allí se encontraban—. ¡Qué estúpido es esto! —añadió golpeando furiosamente el lápiz contra el pupitre—. ¿Puede darse nada más estúpido que el principio de una sesión de Cortes? ¡Ea, yo me voy! ¿Quién quiere que le convide a café?

Y como al volver la cabeza su mirada tropezara con Luis, que entraba en aquel momento, se dirigió directamente a él.

—Gener, le invito a usted a café.

—Acepto con muchísimo gusto.

—Soy con usted en seguida. Espere usted que termine estas cuartillas para la edición de la tarde. «Varios diputados apoyan proposiciones y formulan ruegos de interés local». ¡Bueno, ya está! Oiga usted, Pérez; si hubiera algo saliente, ¿quiere usted hacerme el favor de meter un calco?

—¡Qué oficio más cochino y más perro!, ¿eh? —siguió diciendo una vez sentado delante de la taza de café con leche que el mozo les sirvió—. ¡Le aseguro a usted, Gener, que tengo más ganas de perderle de vista! ¡Es el oficio más antipático que conozco! Todos los días lo mismo. Por supuesto que, como habrá usted visto, a mí esos tíos no me dan la lata. Yo no me mato en el extracto, ni muchísimo menos. El que quiera peces... Qué, ¿cuándo se estrena esa obra? —preguntó variando de conversación—. Me han dicho que ha terminado usted una comedia; ¿para dónde?

—Para el Español: la entregué precisamente ayer.

—Eso es bueno, eso es bueno. Ahí es donde está el dinero. Supongo que me avisará cuando comiencen los ensayos.

Un joven extraordinariamente pálido se acercó a ellos.

—¿Qué hay de esa proposición incidental?

Los dos periodistas le miraron sorprendidos.

—¡Cómo! ¿No lo saben ustedes? ¡Pues ahí es nada! ¡Friolera! —y sentándose a su lado, les puso al corriente—. Le han descubierto a Sánchez Cortina un... —iba a decir un chanchullo, pero al recordar que Luis era redactor de su periódico, cambió la palabra por otra más suave— un grave error en un expediente sobre concesión de cierto ferrocarril de vía estrecha. Parece que se ha prescindido de algunos trámites necesarios, que se ha resuelto en contra de informes técnicos. Varios diputados han examinado el expediente, y, en efecto, parece que la cosa no está muy clara, tan poco clara, que esta tarde se presentará, como decía a ustedes, una proposición incidental pidiendo que se depuren los hechos.

—¡Bah, eso no tiene importancia! —dijo Luis sonriendo—; Cortina es hombre que sabe defenderse.

—Como que es un tío muy listo —agregó el barbilampiño.

—No hay listeza que valga ante la gravedad de las cosas. Porque aquí lo verdaderamente grave es que muchos ministeriales han asegurado que votarán la proposición.

—En efecto, eso ya es más grave.

—¡Toma! Como que no le queda más remedio que irse.

—¿Usted cree?

—Y todo el mundo, querido; la crisis es inevitable.

Y se marchó ufano, contentísimo por haber podido comunicar noticia de tan transcendental importancia.

El joven barbilampiño se marchó también escapado.

—¡Caramba, las cuatro y media! Estarán ya discutiendo presupuestos.

Luis se levantó igualmente para ir en busca de impresiones. En la puerta del buffet tropezó de nuevo con el joven pálido.

—Sí, amigo mío; la crisis se planteará probablemente esta misma tarde. Yo, la verdad, lo siento por usted, porque según tengo entendido, Sánchez Cortina no ha cumplido su palabra.

—Cortina está siempre cumplido conmigo.

—No sea usted tonto, los amigos son para hacer favores; de lo contrario, pueden irse a paseo. Lo que debe usted hacer es pedirle esta misma tarde una credencial; que la firme en el testamento; eso es, en el testamento.

Y se marchó atropelladamente para interrogar al ministro de Estado, que en aquel momento salía del salón de sesiones.

Luis quedó en los pasillos, desconcertado. ¿Sería posible que Sánchez Cortina dejara la cartera? Adiós credencial, adiós esperanzas de destino, adiós ilusiones de mejorar de situación; continuaría lo mismo, es decir, peor, porque lo probable era que en el periódico volvieran a la reducción de sueldos, al atraso en las pagas... Sí, sí; era preciso hablar con Cortina para que le nombrase en el testamento.

Se aproximó a una de las puertas del salón y miró por entre los biombos. No había cuarenta personas.

Toda la animación estaba concentrada en el salón de conferencias. Se hablaba, se discutía acaloradamente con frases duras y ademanes vivos. Se comentaban en diversos tonos los términos de la proposición incidental que iba a leerse en breve, haciéndose cálculos más o menos aproximados acerca del resultado de la votación. Todos, absolutamente todos, convenían en que la crisis era inevitable. No era posible que Sánchez Cortina pudiera continuar un momento más en el banco azul.

Hacía un calor insoportable. Luis se marchó de allí.

Al final del pasillo, cerca ya de la puerta de la calle del Florín, encontró a Mínguez. Este se contentó con saludarle desde lejos; pero viendo que el periodista iba derecho hacia él, avanzó también y le tendió la mano. Estaba pálido, muy pálido, demacrado, ojeroso, con un aspecto, en fin, tan extraño en toda su persona, que Luis no pudo por menos de preguntarle:

—¿Qué le pasa a usted? ¿Está usted malo?

—Sí, en efecto, no me encuentro bien; me duele mucho el estómago —contestó balbuciendo.

¡Pobre hombre! Quizá tuviese hambre.

—¿Ha comido usted? —preguntó Luis bruscamente, sin detenerse a pensar si esta pregunta podía o no lastimar su amor propio, llevado solo de un noble sentimiento de compasión y caridad.

—Sí, acabo de hacerlo en este momento.

—¿De veras?

—De verdad.

—Con franqueza; mire usted que sentiría muchísimo que por un exceso de delicadeza rechazara usted una oferta que le hago con toda mi alma.

—Gracias, Gener, muchas gracias; es usted un buen amigo; pero he comido ya.

—Venga usted entonces a tomar una taza de café.

Y trató de cogerle del brazo. Mínguez dio vivamente dos pasos atrás, y repuso con voz alterada:

—No, no, muchas gracias; no me es posible ahora.

—¿Qué tiene usted que hacer?

La pregunta debió contrariarle, porque en el momento no supo qué contestar. Por fin, con frases entrecortadas, vacilantes, como el que teme revelar un secreto, exclamó:

—He venido a buscar a una persona para tratar de un asunto que me interesa, ¿sabe usted?, de un asunto importante.

Se comprendía claramente que aquel hombre mentía. Pero ¿por qué? ¿Qué interés podía tener en mentir de este modo? Y se le quedó mirando de hito en hito, tratando de adivinar sus pensamientos.

Mínguez, por su parte, esquivó la mirada ocultándose en la sombra que proyectaban los rojos cortinones, cerrando cuanto le era dable los embozos de su capa raída. Luis no le perdía de vista.

—¿Qué, trabaja usted mucho?

—Bastante.

—¿En el periódico?

—Sí, siempre en el periódico.

—¿Cuántos son ustedes?

—Ahora solo dos, el director y yo. Los demás compañeros están en la cárcel.

—¿Todavía?

—¡Oh, y lo que estarán! Nos persiguen a muerte.

—¿Sí?, ¡caramba!; pero ¿y ustedes?

—Nosotros... —Sus ojos brillaron un instante con fulgor intenso. Pero solo fue un instante; en seguida recuperó su aspecto abatido—. Nosotros, ya lo ve usted, ahora no hacemos nada, estamos completamente tranquilos.

—En efecto; hace ya tiempo que no habla usted en ningún mitin.

—Los mítines no sirven para nada.

—Sí, es verdad —exclamó Luis riendo jovialmente—: es preciso hacer algo, ¿no es eso?, algo muy gordo. ¡Qué! ¿Cuándo nos sueltan ustedes una bombita?

Por muy dueño que fuera Mínguez de sí mismo no pudo evitar un brusco movimiento; sus mejillas se encendieron, y ocultándose más en la sombra cerró con precipitación los embozos, con tal atropellamiento, que Luis hubo de advertirlo.

—¿Qué llevará debajo de la capa? —se preguntó extrañado.

Una sospecha horrible cruzó por su imaginación. ¡Si aquel hombre querría...! Pero la misma enormidad de la sospecha le hizo rechazarla. ¡Imposible! Era demasiada barbaridad.

Sin embargo, había para sospechar. Sus inquietudes, sus vacilaciones, sus antecedentes, sus ideas exaltadas, el mismo aspecto de su persona, su capa raída, su corbata deshilachada, su sombrero grasiento, sus barbas hirsutas y, sobre todo, su cara, aquella cara de hambre. Un individuo que tiene hambre es capaz de todo.

—¿Quiere usted un cigarro? —exclamó no sabiendo cómo abordar la cuestión y por si con aquel procedimiento conseguía que abriese la capa.

—No, gracias; no tengo ganas de fumar ahora.

Y siguió retrocediendo, ocultándose siempre detrás de las cortinas.

Las sospechas de Luis aumentaban. Decidido a salir de dudas, fuese como fuese, se acercó a él y como inadvertidamente, le dio un golpe en el pecho. Su mano tropezó con un objeto duro y redondo.

—¡Demonio! ¿Qué lleva usted ahí? Un queso de bola.

Mínguez se puso horriblemente pálido.

Luis no dudó ya. Cogió al anarquista de un brazo, y sacudiéndole nerviosamente le dijo:

—¡Miserable! ¿qué va usted a hacer?

—¿Yo?, ¿yo? ¿Por qué me dice usted eso?

—¿Qué lleva usted ahí?

—Nada.

—¡Miente usted! usted lleva ahí una bomba, y yo voy ahora mismo a denunciarle.

Un relámpago de cólera encendió las pupilas de Mínguez; pero, reponiéndose, contestó con voz completamente serena:

—Haga usted lo que guste.

—Pues bien; no le denunciaré a usted, no le denunciaré porque tengo la convicción de que es usted un loco; pero sí impediré que pueda usted cometer ninguna infamia. ¡Márchese usted, márchese en seguida, no vaya a ser que me arrepienta! ¿Pero no me oye usted? —agregó sacudiéndole violentamente al ver que no se movía—. ¿No oye usted que le digo que se vaya en seguida?

El otro bajó la cabeza, y contestó con desaliento:

—¿Para qué?

Luis le miró asombrado.

—¡Cómo que para qué! Para no cometer la atrocidad que proyectaba. Para salvarse, sí, para salvarse; lo mismo que yo he descubierto sus intenciones, pueden descubrirlas otros. ¡Ah, y esos otros no serán tan benévolos!

—¡Qué más da! Si me marcho, volveré.

Había tal convicción en sus palabras, que Luis se estremeció. Un latigazo de frío le sacudió de pies a cabeza.

—Lo he jurado y lo cumpliré. Déjeme usted, Gener, déjeme usted.

—¿Pero está usted loco? ¿En qué cabeza cabe que yo le voy a consentir que cometa esa infamia? Porque eso es una infamia, una verdadera infamia. Esa bomba puede aniquilar culpables, pero puede también destruir vidas inocentes, ciudadanos honrados, hombres que tienen hijos, hijos que dentro de unas horas llorarán de desesperación llamando a su padre. Usted también los tiene, Mínguez; piense usted qué será de ellos el día de mañana cuando les digan que su padre fue un criminal y un asesino.

Mínguez bajó la cabeza confuso. En los bordes de sus párpados asomaron dos lágrimas. Luis lo notó y quiso aprovechar el momento.

—¡Váyase usted, váyase usted! —añadió empujándole—, váyase en seguida.

—No puedo, no me atrevo. Me asusta atravesar ese pasillo y, sobre todo, la puerta. Me parece que me lo van a conocer en la cara. Y además, estoy seguro de que si saliera, una vez en la calle volvería a entrar.

—Yo le acompañaré a usted. Conmigo no le dirán nada.

—No, no me atrevo. Si pudiera dejarla aquí... —exclamó mirando alrededor.

Se encontraba en medio del pasillo, frente a los water-closets.

—¡Demonio!, aquí es muy expuesto. Puede verle a usted cualquiera.

—Sí, en uno de estos retretes...

—No es mala idea, pero espere usted un momento, voy a ver qué hay por ahí.

Se asomó al extremo del corredor y miró. No había nadie. En la puerta, el ujier y los guardias civiles charlaban muy entretenidos con una linda muchacha. En el pasillo, dos o tres periodistas, reclinados en la pared, fumaban tranquilamente repasando las notas de sus cuartillas. La sala de escritura estaba vacía. Los diputados se hallaban todos en el salón. Por un momento tuvo Luis la idea de salir corriendo, de marcharse, de dejar a Mínguez que se las arreglase como pudiera. Pero el temor de que este al encontrarse solo pusiera en práctica su propósito, le hizo retroceder y volver a su lado.

—La suerte le favorece a usted. Deben estar ocupados con la proposición incidental. Vamos, aproveche usted; ¡pronto, pronto!

El anarquista entró en uno de los retretes y volvió a salir en seguida.

—Ya está; ¿no me ha visto nadie, verdad?

—No, nadie.

Los dos temblaban de pies a cabeza, nerviosos, excitados.

—¡Vaya, márchese usted!

—Adiós, amigo mío, adiós y muchas gracias.

Le dio un fuerte apretón de manos y se marchó por la calle del Florín limpiándose los ojos. Ni el portero ni los guardias, entretenidos con la linda doncella, se fijaron en él.

Luis permaneció todavía unos instantes en el pasillo. Las piernas le flaqueaban; un sudor frío inundaba todo su cuerpo. Cuando se hubo tranquilizado un poco se dirigió a la puerta de entrada del salón y preguntó a uno de los ujieres:

—¿Han leído ya la proposición incidental?

—Todavía no, señor Gener; están aún con presupuestos.

El joven escribió rápidamente una tarjeta y se la dio al ujier, diciéndole:

—Hágame usted el favor de pasar esto en seguida al señor ministro de Agricultura.

La tarjeta decía: «Deje usted todo lo que tenga y salga. Se trata de un asunto grave y urgente». Y esperó.

Sánchez Cortina salió en seguida.

—¿Qué es eso? ¿Qué quiere usted? —preguntó malhumorado.

En dos palabras Luis le puso al corriente de lo sucedido.

—Perdone usted que me reserve el nombre de ese infeliz; es un pobre desequilibrado, padre de familia, a quien no quisiera que le sucediese nada malo. Pero es preciso recoger esa bomba antes de que se entere nadie. Hay que evitar el escándalo, ¿no le parece a usted?

Sánchez Cortina había escuchado el relato con vivísima atención, sin despegar los labios. Cuando el joven terminó de hablar, le cogió de un brazo, y llevándole a un rincón le preguntó en voz baja:

—¿Se ha enterado alguien de esto?

—Nadie absolutamente.

—Bueno, pues es preciso que usted lo olvide lo mismo, ¿estamos? Desde este instante se le ha olvidado a usted todo.

Lo dijo con tal tono de autoridad, que Luis no osó replicarle.

—¿En qué retrete está esa bomba?

—En el primero de la derecha.

—Está bien; márchese usted a la tribuna.

—¿Va usted a disponer que la recojan?

Sánchez Cortina se echó a reír y contestó:

—¡Ca, hombre! Voy a recogerla yo mismo.

Diez minutos después, todo era agitación en el Congreso. Los porteros no dejaban salir a nadie. Los guardias civiles recorrían los pasillos, los salones, las tribunas, mirando, escudriñando, oliendo, como perros pachones. Diez o doce personas fueron detenidas e incomunicadas. Los diputados entraban y salían precipitadamente. Los periodistas, inquietos, se miraban los unos a los otros. Nadie sabía a punto fijo qué es lo que pasaba, pero todo el mundo comprendía que pasaba algo gordo. Una frase comenzó a correr de boca en boca.

—¡Una bomba, han colocado una bomba!

Sánchez Cortina entró en el salón de sesiones con las manos vendadas. Los ministros y muchos diputados le rodearon. Él, con ademanes vivos y expresivos gestos, explicaba algo. El presidente del Consejo conferenció con el presidente de la Cámara.

El secretario leía en aquel instante la proposición incidental. Nadie le oía. Toda la atención del Congreso estaba fija en las manos vendadas del ministro. Con grande asombro de todo el mundo, el presidente agitó la campanilla y dijo:

—Antes de conceder al señor Puig la palabra para apoyar la proposición incidental que acaba de leerse, la presidencia cree que debe dar cuenta al Congreso de un desagradable incidente que acaba de ocurrir.

Los diputados se miraron los unos a los otros. Cesaron todos los rumores. Un silencio augusto se apoderó de toda la sala.

El presidente con grave y reposada voz continuó:

—Señores diputados: una mano criminal ha querido hacer del día de hoy, día de luto y de desolación para todos nosotros. Una bomba de dinamita, una de esas máquinas malditas que la perversidad de los hombres ha inventado para aniquilarse mutuamente, ha sido colocada en uno de los water-closets, ya que la vigilancia de los empleados del Congreso ha impedido en otro sitio, con objeto de volar el edificio de la casa del pueblo. Una circunstancia providencial ha hecho que el señor ministro de Agricultura la descubriese cuando ya la mecha tocaba a su término, cuando iba a ser inevitable la catástrofe. Y el señor ministro, con un arrojo y una temeridad increíbles, con un valor y un desprendimiento por todas razones dignos de encomio, con un desprecio de su propia vida, que jamás se estimará lo bastante, se arrojó sobre ella y le arrancó la mecha. Yo, señores, no encuentro en este momento palabras para enaltecer la acción del señor ministro de Agricultura que, con exposición de su propia existencia, ha salvado quizá la de todos nosotros. Yo os pido, y creo interpretar fielmente los sentimientos de toda la Cámara, un voto unánime de gracias para el señor ministro.

Una salva de aplausos contestó al discurso del presidente.

Sánchez Cortina se levantó, y con voz temblorosa, emocionada, dio las gracias al Congreso. Nuevamente explicó lo ocurrido, al parecer quitándole importancia, pero haciendo, en realidad, resaltar los detalles. Él agradecía desde lo más íntimo de su alma aquellas pruebas de cariño y de simpatía, tanto más de estimar cuanto que su acción no había tenido valor alguno. Él estaba seguro de que todos, absolutamente todos, en su caso, habrían hecho lo propio. Y por lo que se refería a las heridas que tenía en las manos, aquello no valía la pena; pequeñas quemaduras producidas por la mecha ardiente. ¡Ah! entre las muchas heridas que los hombres públicos están expuestos a sufrir en cumplimiento de su deber, ¡ah!, no eran aquellas, no eran seguramente aquellas, las que más le dolían...

Otra salva de aplausos cerró su discurso. Los firmantes de la proposición incidental se mordieron los labios.

El presidente del Consejo habló también breves momentos para decir que el Gobierno tenía ya las señas de los terribles criminales, y que en breve serían detenidos.

Y los jefes de los partidos parlamentarios se creyeron igualmente en el deber de pronunciar su discursito de plácemes y elogios al señor ministro. Y el señor ministro tuvo otra vez que levantarse para volver a agradecer aquellas sinceras demostraciones de cariño.

El presidente agitó la campanilla y dijo:

—El señor Puig tiene la palabra para apoyar la proposición incidental.

El señor Puig se levantó, y en su nombre y en el de los firmantes rogó a la presidencia que la diese por retirada.

—Queda retirada la proposición incidental —dijo el presidente—. ¿Hay algún señor diputado que tenga pedida la palabra?

Los diputados no le oían; comentaban en alta voz el suceso. Alrededor del banco azul, un grupo numeroso se afanaba por estrechar las manos vendadas del ministro.

—No habiendo ningún señor diputado que tenga pedida la palabra, la Mesa acuerda pasar a otro asunto. Orden del día para mañana. Continúa la discusión de los presupuestos generales del Estado y demás asuntos pendientes. Se levanta la sesión.