XXIX
Quince días después, aprovechando una disparidad de criterio con su compañero el ministro de Hacienda sobre concesión de un crédito extraordinario para la extinción de la langosta, Sánchez Cortina tuvo la habilidad de dejar la cartera de Agricultura, cuando todavía vibraban en las columnas de la prensa los detalles gloriosos de su heroica hazaña.
Diéronse con este acto por satisfechos los enemigos; cesaron envidias y rencores; echose tierra al asunto de los ferrocarriles y el exministro pudo estar seguro de que su reputación no sufriría menoscabo. Sin embargo, para afirmarse más aún, anunció un viaje al extranjero con objeto de descansar de las luchas gubernamentales y estudiar de paso los problemas agrícolas, a los cuales pensaba dedicar en lo sucesivo toda su atención de hombre público.
Despidiose, en afectuosa entrevista, de todos los amigos que con él compartieron las rudas tareas periodísticas; y después de deplorar que compromisos políticos y premuras de tiempo le hubieran impedido premiarles como se merecían, les anunció su propósito de cederles El Combate con entera libertad de acción para seguir la ruta que mejor quisieran.
—Ustedes son jóvenes; tienen alientos y energías; en El Combate hay palenque para desenvolverlos; luchen ustedes, que la lucha es la vida y tras la lucha está el triunfo.
¡El triunfo! También ellos lo creyeron en un principio. Pero bien pronto la realidad les dio en la cara. Falto de subvenciones, huérfano del favor oficial, pobre de información, concretado a reflejar opiniones propias que a nadie podían interesar ni convencer, el periódico comenzó a hundirse lentamente, a pesar de los esfuerzos grandiosos, verdaderamente titánicos, de Castro y de Gener. Redújose la tirada, disminuyose el tamaño; regleteáronse las columnas, suprimiéronse los sueldos, estableciéndose en su lugar un reparto equitativo de ganancias. Todo inútil; el periódico se hundía, se hundía devorado por los cajistas, por el almacenista de papel, por la contribución, por el alquiler del local; se hundía asesinado por los suscriptores que se daban de baja, por los anunciantes que huían, por las empresas que retiraban sus disfrazadas subvenciones, seguras de que aquel papelucho no podía ya perjudicarlas ni favorecerlas; moría, moría, y Castro y Gener le veían morir como se ve morir a una persona amada, como se derrumba un edificio querido, como se pierde una cosa íntima, algo muy personal, muy nuestro. Y no era lo peor que se hundiera, es que en su caída les arrastraba a ellos, hundiéndolos también, envolviéndolos en sus ruinas, sepultándolos en la miseria.
A propuesta de Castro y con gran repugnancia de Luis, intentose todavía el último esfuerzo; campañas de escándalo, acusaciones y denuncias, artículos furiosos de ruda oposición a todo lo existente, crítica personal violenta y dura. Esto levantó algo el periódico, asegurándole una venta diaria de tres mil quinientos a cuatro mil ejemplares, lo suficiente para cubrir gastos. Pero como los beneficios no venían, la situación continuaba siendo la misma, es decir, peor. Tuvieron que hipotecar la imprenta y la maquinaria, dejándose intervenir la venta para el pago de los intereses. Esto acabó de perjudicarles.
Todas sus esperanzas estaban puestas en la campaña teatral de invierno. Castro tenía una zarzuela en Apolo con Pedrosa y Suárez, Luis su comedia en el Español. La zarzuela estaba admitida, pero no se ensayaba; la comedia..., siempre le respondían lo mismo. No he tenido tiempo de leerla... No he podido aún hojearla... Venga usted dentro de unos días...
¡Unos días! ¡Qué más hubiera querido Luis que poder esperar! Pero esto era imposible. Había agotado todos los recursos. No tenía ropa que ponerse; el casero le echaba de casa; no había un amigo a quien recurrir. Boncamí no tenía una peseta. Manolo, aplanado por la muerte de Petrita, se había marchado a Barcelona. María, desde que se fue, no le había escrito ni nada sabía por lo tanto de ella.
Una mañana al entrar en la Redacción le dijo Castro:
—Acabo de recibir una carta de Sánchez Cortina. Está en Valencia; he pedido un billete, y si me lo dan me voy esta misma tarde. Necesito hablar con él. Es el único que puede salvarnos. Le expondré nuestra situación y veré si puedo sacarle mil o dos mil pesetas; ¡qué caramba!, yo creo que él ha de tener tanto interés como nosotros en que el periódico no muera. Le expondré varios proyectos que tengo. Por eso quiero verle en persona; estas cosas no pueden tratarse por carta. Te quedas de director, nada tengo que decirte.
Al día siguiente, muy temprano, al entrar en la redacción recibió la visita de dos caballeros correctamente vestidos de levita.
—¿El señor director de El Combate?
—Servidor de ustedes.
—Somos los representantes del señor García Pérez, y venimos, en su nombre, a rogarle a usted una retractación completa y satisfactoria de las injurias que nuestro representado estima que para él existen en el artículo titulado «Ídolos rotos», publicado en el número de anteayer.
—Sí, en efecto; ese día se publicó un artículo con ese título, pero no creo que en él haya nada injurioso para el señor García Pérez.
—El señor García Pérez juzga lo contrario y por eso nos comisiona para que logremos de usted una satisfacción.
—Yo tengo el sentimiento de manifestar a ustedes que El Combate no rectifica nunca.
—En ese caso nos vemos en la necesidad de exigirle, en nombre de nuestro representado, una reparación en el terreno de los caballeros.
—En ese terreno estoy siempre a las órdenes del señor García Pérez.
—No esperábamos menos de su caballerosidad. Usted tendrá la amabilidad de indicarnos con quién debemos entendernos.
—Ustedes comprenderán que, no esperando, como no esperaba, la visita de ustedes, no he tenido tiempo de ocuparme de este asunto.
—Es natural.
—Por lo tanto, ustedes tendrán la bondad de indicarme dónde y a qué hora pueden verle las personas que yo designe.
—Nosotros estaremos toda la tarde en casa.
—Perfectamente.
Despidiéronse con fría ceremonia y se marcharon tan correctos como habían venido.
Luis cogió el número de El Combate y se puso a leer el artículo que no había tenido tiempo de mirar. Era un artículo de Castro; un artículo brutal, duro de fondo y forma. Tenía mucha razón el señor García Pérez en darse por ofendido. Si a él le hubieran dicho aquellas cosas, de fijo que no habría tenido paciencia para esperar satisfacciones, sino que desde luego le hubiera roto la cabeza de un estacazo al insolente autor. Y ¿por qué demonio se había metido Castro con García Pérez, que era un infeliz, un bendito, incapaz de hacer daño a nadie, que se ganaba honradamente la vida haciendo versitos y notas de deporte en un semanario que nadie leía? Tentado estuvo de ir en su busca y darle todas las explicaciones y todas las satisfacciones que hubiera querido. Desgraciadamente esto no era posible. Podrían creer que tenía miedo.
Además, había que mantener el honor del periódico. Aquella frase suya de antes era un axioma: «El Combate no rectifica nunca».