XXX

Al verle Isabelilla abrir los ojos y mover los labios, puso un dedo en los suyos y le dijo:

—¡Chist...! A callar. El médico ha prohibido que hables, y yo le he dado mi palabra de que no hablarás. Conque, a callar, ¿eh?, y a no dejarme por embustera.

Y como él quisiera a todo trance conocer su estado y la importancia de su herida, agregó:

—Nada, no te preocupes; un arañazo en una ceja; dentro de seis días en la calle. Pero ahora es preciso que seas bueno y que te estés callado y quietecito. ¿Ves lo que te ha sucedido? ¡Por tonto! ¡Te está bien empleado! Esto te enseñará a no meterte más en lo que no te importa, ni a defender lo que los otros hacen. Afortunadamente, no ha sido nada; pero, ¿y si te hubieran matado? ¿Quién te lo habría agradecido? Di tú que yo me enteré tarde, que si no, me planto en los Jardines y no te bates, ea, no te bates, porque te cojo de un brazo y te saco de allí. Pero cuando yo lo supe ya no tenía remedio; gracias a que vine aquí y aquí estaba cuando te trajeron en el coche, que si no, ni quien te cuidara habrías tenido. ¡Pobre nene mío!

Le besó tiernamente en los labios y se sentó a su lado en una silla, muy convencida de su papel de buena enfermera.

A los dos días, Castro regresó de Valencia. Venía el pobre desalentado. Sánchez Cortina se había negado en absoluto a darle un céntimo. No quería oír hablar para nada de ellos ni de El Combate; le importaba dos pepinos que muriera o dejara de morir, y que ellos se murieran lo mismo. «Anda, sacrifícate por los hombres, lucha por ellos, ponles la escalera para qué suban y se encumbren, que cuando estén arriba te darán con los tacones en las narices. ¡Miserables, canallas, desagradecidos!...». Después le explanó su proyecto, su último proyecto; venderlo todo, la imprenta, la máquina, los muebles, pagar las deudas, y con el remanente que quedara fundar un periódico semanal con monos; ocho páginas de litografía a quince céntimos, ¿eh? ¿Qué te parece? Con los anuncios se paga la tirada, la composición y el papel, y todo lo que se venda, ganancia líquida.

Luis se encogió de hombros. No tenía confianza ninguna en los periódicos, no tenía confianza en nada que se relacionara con el arte y la literatura. Aquella lucha constante de ocho meses, había agotado por completo sus energías. La verdad, no se encontraba con ánimos para empezar de nuevo.

—¿Y qué vas a hacer?

—No sé, ya veremos. Por lo pronto, en cuanto pueda salir a la calle, buscaré a los amigos de mi tío Tomás y les pediré un destino, aunque sea de temporero; después haré oposiciones al Banco, a Aduanas, a Correos, a todo lo que se presente, hasta obtener una cosa segura, por insignificante que sea, pero segura, un destino en el cual sepa que al llegar el día primero de mes me entregan mi paga.

—¿De modo que claudicas?

—No claudico; me someto; no es posible la lucha cuando no se cuenta con medios; yo no los tengo; no tengo base para esperar, ni carácter para transigir, ni energías para sostenerme, ni, en una palabra, ¿por qué no decirlo claro?, ni talento; me he convencido de que no tengo talento, de que no valgo. Es muy duro llegar a este desenlace, ¿verdad?; pues no hay otro, querido, no hay otro...

Y como cada vez más pesimista siguiera hablando, incluso de retirar su comedia del Español; Castro acabó por marcharse preocupadísimo, preguntándose a sí propio si el sablazo de García Pérez no le habría a Luis debilitado la cabeza.

Debilitarle precisamente no, pero hacerle comprender en un momento toda la realidad en su brutal crudeza, sí. Aquel sablazo fue para él rayo de sol que rasga la niebla, gota de agua que rebasa la copa. Al cabo de ocho meses de trabajo constante veíase peor que el día que empezó, peor aún que aquella célebre mañana, en que, lleno de agua, salpicado de lodo, le recogió de los charcos de la calle Vicente Boncamí; sí, peor aún, porque entonces tenía alientos, fe, esperanzas, ansias de lucha; entonces creía en todo, creía en sí mismo, en el poder de su inteligencia y en las energías de su voluntad. Creía en la gloria, creía en el arte, creía en la justicia, creía en el amor... Ahora..., ¿en qué iba a creer? ¿En qué iba a creer si no creía en sí mismo?

En vano Isabelilla, ignorante de estas luchas íntimas e internas, trataba de alegrarle y distraerle. A medida que los días pasaban, su abatimiento era mayor, mayor su tristeza. Isabelilla llegó verdaderamente a preocuparse.

—Pero, chiquillo, ¿qué tienes? ¿Qué te pasa? Mira que te vas a morir.

—¿Morir? Casi, casi es lo mejor que podría sucederme.

—¡Jesús, qué barbaridad! No digas eso.

—¿Por qué? Después de todo el que muere descansa.

A fuerza de pensar sobre esta idea, llegó a encontrarla tan natural y lógica, que, últimamente, si algo le extrañaba, era no haber pensado antes en ella. «Yo —decía— debí matarme hace mucho tiempo; la noche aquella en que me marché de casa de María; si aquella noche yo hubiera tenido el valor de levantarme la tapa de los sesos, me habría evitado toda esta serie de disgustos que me han venido encima. Pero de ahora no pasa; en cuanto me cure, salgo a la calle, compro un revólver y me pego un tiro. Resulta curioso esto de tener un hombre que esperar a ponerse bueno para matarse. Y me mato, ¡qué duda cabe de que me mato!».

Con estos malsanos discursos y otros por el estilo, pasábase la mayor parte del día y de la noche, con gran desesperación de Isabelilla, que más de una vez le sorprendió llorando.

—Pero, chiquillo, ¿qué tienes? ¿Qué te pasa? Cuéntamelo a mí.

—Nada, no tengo nada —repetía él. Y las lágrimas caían tibias y silenciosas por sus mejillas pálidas.

—Han traído una carta para ti —díjole una mañana Isabelilla—. Es letra de mujer. Viene de fuera.

Él cogió la carta; la devoró, la volvió a leer dos o tres veces, la rompió en pedazos y quedó mucho tiempo pensativo. Después se vistió y quiso salir a la calle; pero en el momento de ir a abrir la puerta, acometiole un síncope y cayó desmayado sobre la estera del pasillo.