XXXI
—¿Cómo está?
—Lo mismo. Ha pasado la noche delirando.
—¿Qué dice el médico?
—Que como venga el segundo ataque, está perdido.
—¡Demonio de muchacho! ¡Se va a morir! ¡Y en qué ocasión! ¡Hombre, precisamente cuando...!
—¡Chist! —intervino Isabelilla poniéndose un dedo en los labios—; no habléis tan fuerte; lo oye todo.
Pedrosa y Boncamí se retiraron a un extremo de la sala. Tras los cortinones de yute, la alcoba se sumía en dulce oscuridad. Un fuerte olor de éter impregnaba la atmósfera.
—Pero, ¿qué ha sido esto? ¿A qué se atribuye esta recaída?
—Isabelilla cree que a una carta que recibió anteayer, una carta de mujer. Por las señas debe ser de María; pero no se sabe de cierto, porque la rompió.
—Yo quise reunir los pedazos, ¿sabéis? —dijo Isabelilla—, pero me fue imposible. ¡Eran tan chiquitos! Lo único que pude reconstruir fue el final. Decía, veréis, decía: «Perdóname el daño que yo pueda hacerte, como yo te he perdonado el que tú a mí me has hecho. Al dejar este mundo de miserias para consagrarme al verdadero amor, solo deseo una cosa: que seas feliz».
—Pues ya es bastante.
—¡Toma, ya lo creo que es bastante!
—¡Pobre muchacho!
—¡Pobre Luis!
Hubo un rato de frío silencio. Lúgubres ideas se apoderaban de ellos.
—Se necesita tener mala sombra; ahora que todo empezaba a arreglarse.
—De modo que decididamente eso se estrena...
—Mañana. Y, según todas las noticias, va a ser un exitazo.
—Y él sin saber nada.
—Yo se lo diría, pero el médico no quiere; dice que la menor emoción podría perjudicarle.
—Oh, sí, sí; no se le puede decir nada. Figúrese usted que, contra lo que creemos, la obra resulta un fracaso. Lo que yo no acabo de explicarme es esa precipitación de última hora, después de haberla tenido dos meses sin leerla.
—Ah, pues eso es muy sencillo, querido. Todos los estrenos han sido hasta ahora fiascos. La Empresa se ha encontrado de pronto con que no disponía de obras; no tenía más remedio que darle al público algo que le entretuviera unos días, algo que distrajera su atención mientras los caballeros de casa concluyen lo que han ofrecido; una obra cualquiera con que llenar el cartel una semana, el tiempo preciso para que don José termine la suya, la obra de la temporada según dicen, un drama colosal.
—De modo que la comedia de Luis es...
—Un bocadillo para entretener el hambre de la fiera, nada más.
—¡Tendría gracia que el bocadillo se convirtiera en el plato del día!
—Todo es posible.
La entrada de Castro les confirmó en sus suposiciones.
—Vengo del Español de ver el ensayo. ¡Chiquillos, qué obra! ¡Pistonuda! Va a ser un exitazo loco. Está todo el mundo entusiasmado. ¡Y este hombre sin poder ir! Por supuesto, que como yo vea mañana la cosa clara, vengo aquí y me lo llevo al estreno aunque sea en una camilla.
—¡Ca, hombre, no puede ser! Sería una emoción demasiado fuerte. Ya sabes lo que ha dicho el médico.
—¿Qué saben los médicos? Los médicos son unos animales.
Pero Isabelilla le interrumpió:
—Luis os llama.
Entraron a verle.
En la tibia oscuridad de la alcoba, sobre la blancura mate de las almohadas, su palidez parecía mayor. Sus grandes ojos negros miraban pensativos.
—¿De qué hablabais? —preguntó con débil acento.
—¿De qué hablábamos?, pues verás, hablábamos..., hablábamos de nuestra obra, eso es, de nuestra obra, que se va a estrenar pronto, muy pronto.
—Ah, sí...
—Dentro de ocho días a lo sumo.
Luis dio un gran suspiro.
—¡Ah, vosotros tenéis más fortuna que yo; yo no veré la mía!
—¡Bah! ¿por qué no?
—No, no la veré; estoy seguro de que no la veré.
—Pues mira tú lo que son las cosas —exclamó Castro resueltamente—. Esta tarde he estado yo en el Español (Boncamí le tiró de la americana) y me han dicho que la van a ensayar en seguida.
La mirada de Luis animose un momento.
—¿De veras? —preguntó.
—Sí, de veras.
—Bah, eso es mentira; eso lo dices tú por animarme.
—No, no es mentira —añadió Pedrosa—; a mí también me han dicho lo mismo.
Luis incorporose sobre las almohadas, y apoyando en ellas los codos, los miró con profunda atención.
—¿No me engañáis?
—No, hombre, no te engañamos. Yo te doy mi palabra de que tu obra se estrenará muy pronto, mucho antes quizá de lo que crees tú mismo.
—Entonces es preciso que yo me ponga bueno, es preciso que yo pueda salir a la calle en seguida. ¡Oh, si eso fuera cierto! —añadió con creciente exaltación—. ¡Si mi obra llegara a estrenarse!
Sus grandes ojos brillaron con fulgor intenso. Pero esto solo duró un instante. Inmediatamente volvió a abatirse.
—No, no es verdad, me engañáis... No es posible que mi obra se estrene, y si se estrena, será un fracaso; estoy seguro de que será un fracaso.
Sin embargo, al día siguiente, en cuanto vio a Castro, lo primero que hizo fue preguntarle si sabía algo de la comedia.
—Sí, ¡ya lo creo! Anoche volví al Español y estuve hablando de ella con todo el mundo. Están esperando solo que tú te pongas bueno para comenzar los ensayos.
—¿Es de veras?
—Eso me han encargado que te dijese.
Luis dio un salto en la cama.
—¡Pero si yo estoy bueno; si estoy ya completamente bueno! ¿Verdad, Isabelilla, que estoy ya bueno? Tan bueno que ahora mismo me voy a vestir. Isabelilla, tráeme la ropa.
Tuvieron que calmarle. Pero como él a todo trance insistiera en vestirse, no hubo más remedio que acceder a ello. ¡Qué demonio! Después de todo, puede que le convenga.
Pasó la tarde animadísimo, charlando jovialmente y recordando escenas de la obra, algunas de las cuales pensaba reformar antes que comenzaran los ensayos.
—En el segundo acto tengo que cortar algo; me parece que pesa un poco; pero esto es cuestión de un par de días. Oye —le preguntaba a Castro con profundo interés—, ¿tú crees que mi comedia gustará?
—Hombre, yo creo que sí.
Castro y Boncamí estaban preocupadísimos. A medida que el día avanzaba, apoderábase de ellos una terrible excitación nerviosa que no les dejaba estar quietos diez minutos en el mismo sitio. No hacían más que fumar, fumar incesantemente cigarro tras cigarro.
—Pero, muchachos, no fuméis de esa manera; os vais a destrozar la garganta.
Pero ellos, sin escucharle, proseguían encendiendo pitillos, paseando por la habitación como enjaulados tigres, los ojos siempre fijos en la esfera del pequeño reloj que cada vez parecía marchar más tardo y perezoso. Las ocho, las ocho y media..., las nueve. En vano trataban los pobres chicos de distraerse leyendo. Las letras se agrandaban ante sus ojos, correteando locas por el papel como extraños insectos; desuníanse las palabras, juntábanse las frases, deshacíanse los períodos, amontonábanse los párrafos y la página toda parecía oscilar con la agitación de un hormiguero.
A las diez y media se recibió un sobre cerrado. Era un aviso de Pedrosa. Decía sencillamente: «Primer acto, éxito colosal; público entusiasmado».
—Oye, ¿tú crees que se estrenará mi comedia? —preguntaba Luis sentado en la butaca.
—¡Oh, sí, seguramente! ¡Quién lo duda! —contestaron ambos.
Y otra vez volvieron a pasear y a encender pitillos.
—¿Queréis hacer el favor de sentaros? Me mareáis con esos paseos.
Boncamí cogió un periódico. Perico se puso a hacer solitarios.
Las once, las once y cuarto, las once y media, las doce... Otro sobre de Pedrosa: «Segundo acto, frío. Algunas escenas pesadas. Público resérvase. Atmósfera caldeada. Yo, nervioso».
—¡Ah, si mi comedia se estrenara! ¡Si llegara a estrenarse! —repetía Luis siempre fijo en esta idea.
Ni Castro ni Boncamí le contestaron. El primero trataba de distraerse hojeando los libros de la biblioteca. El segundo jugaba al tute con Isabelilla.
De pronto, Luis manifestó deseos de acostarse.
—¿Acostarse? ¡Oh, no, imposible, imposible...!
—¿Imposible? ¿Por qué?
—Sí, ¿por qué? —repitió Isabelilla.
—Un momento, espera un momento; ¿qué necesidad tienes de acostarte tan pronto?
—¿Tan pronto? Son las doce y media.
—Pues por eso; espera siquiera a la una; eso es, a la una.
Luis se resignó.
—Bueno, esperaré hasta la una; pero a la una me acuesto, ¿eh?
Castro y Boncamí, pálidos, muy pálidos, mirábanse a hurtadillas. Ninguno de los dos osaba abrir la boca. Hundidos en los sillones con las manos crispadas, mordiéndose los labios, miraban las manecillas del reloj que parecían oxidarse sobre los rígidos números romanos. La una menos cuarto, la una menos diez, la una menos cinco...
—¡La una! Vaya, me voy a acostar.
—Un momento, un momento aún.
—¿Pero para qué, queridos? ¿Qué interés tenéis en que yo no me acueste esta noche?
—¡Oh, no, ninguno! Al contrario; te conviene acostarte.
Pero puestos de pie en la puerta de la alcoba le impedían el paso, en tanto que las manecillas del reloj seguían su marcha perezosa. La una y cinco, la una y diez...
—¡Ea, dejadme acostar...!
—Sí, sí, acuéstate. Pero oye: convendría que Isabelilla te calentara la cama. Puede perjudicarte la impresión de frío.
Él protestó. ¡Oh, no, de ningún modo; no faltaba más!
Ellos, no obstante, insistían, tratando de ganar tiempo. La una y cuarto, la una y veinte...
—Sí, sí, Isabelilla, es necesario que le calientes la cama. La una y veinticinco...
Un fuerte campanillazo les sacudió los nervios.
—¡Ahí está!
—¿Quién?
—Nada, una carta que estoy esperando.
No era carta; era el propio Pedrosa, sudoroso, jadeante, sin alientos.
Castro y Boncamí le miraron ansiosos.
—¿Qué?
—¡Habla!
—¡Colosal! ¡Un éxito loco...! ¡El público de pie en las butacas...! —exclamó de pronto sin poder contenerse.
—¿Pero qué es eso? ¿Qué dices? —preguntó Luis.
—Nada, que tu obra acaba de estrenarse y ha sido un éxito brutal... Todavía te están llamando a escena.
Luis quedó atónito; horriblemente pálido, tambaleándose, sentose en una silla y se llevó las manos a la cabeza.
—¡Oh, no, me engañáis, me engañáis...! ¡Esto es una broma!
Pero la puerta se abrió de nuevo, y por ella entraron atropelladamente, en loca desbandada, Suárez, Pons, Guijarro, Gordinos, Cañete, Gaitán, todos los amigos.
—¡Qué éxito! ¡Qué triunfo! ¡Qué obra!
—¿Conque no era guasa? ¿Conque era verdad?
—¡Que si era verdad! ¡Ya lo creo! Un éxito loco, un éxito brutal, de esos que hacen época. Todavía siguen aplaudiendo. Todavía puedes llegar si te das prisa.
—¿Creéis?
—Sí, vístase usted —exclamó Federico Guijarro—, tengo en la calle el automóvil; le llevo a usted al Español en tres minutos. Matamos cuarenta personas y diecisiete perros; pero yo le prometo a usted que llegamos.
—¿Creéis que llegaré?
Y ya iba nervioso a ponerse el gabán, cuando Isabelilla le cogió de un brazo.
—¡Tonto! ¿Para qué esas prisas? ¿Para qué quieres llegar si ya has llegado?
Madrid, 30 de septiembre de 1903.
BIBLIOTECA DE NOVELISTAS DEL SIGLO XX
CONCURSO DE NOVELAS
ABIERTO POR LA CASA HENRICH Y Cia
FALLO DEL JURADO
Reunidos en Madrid, en el día de la fecha, los señores D. Benito Pérez Galdós, D. Urbano González Serrano, D. Lorenzo Benito, D. Ramiro de Maeztu, D. Santiago Valentí Camp y D. Eduardo Gómez de Baquero, que en unión de D. Ramón D. Perés, ausente, y representado en este acto por D. Santiago Valentí, componen el Jurado elegido por la casa Henrich y Compañía, de Barcelona, para calificar las novelas presentadas al Concurso abierto por dicha Empresa editorial, procedieron a emitir su fallo en la forma siguiente:
Después de examinadas las condiciones del Concurso y el mérito relativo de las obras, que en número de quince fueron separadas en una selección previa como las mejores de entre las ciento veinte presentadas, se discutió si había lugar a adjudicar los tres premios, y se acordó, por unanimidad, otorgar el primero a la novela Ganarás el pan...; el segundo, a la titulada Miguelón, y el tercero, por mayoría de votos, a Cuartel de Inválidos.
Se acordó asimismo recomendar a la Casa organizadora del Concurso, con arreglo a las condiciones de este, las novelas tituladas Doña Abulia, La humilde verdad, Emprendamos nueva vida, Marín de Abreda y Vocación, por el orden indicado.
Abiertos a continuación los sobres que contenían los nombres de los autores de las citadas obras, resultó ser el de Ganarás el pan..., D. Pedro Mata Domínguez, residente en Madrid; el de Miguelón, D. Mariano Turmo Baselga, en Barcelona; el de Cuartel de Inválidos, D. Rafael Pamplona Escudero, en Zaragoza; el de Doña Abulia, D. Ricardo Carreras, en Castellón; el de La humilde verdad, D. Gregorio Martínez Sierra, en Madrid; el de Emprendamos nueva vida, D.ª Magdalena Santiago Fuentes, en Madrid; el de Marín de Abreda, D. J. Menéndez Agusty, en Barcelona, y el de Vocación, D. José Sagarra, en Valencia.
Terminadas con esto las tareas del Jurado, se redactó y firmó la presente acta, hoy 22 de diciembre de 1903.
B. Pérez Galdós.
U. G. Serrano.
Lorenzo Benito.
E. Gómez de Baquero.
Ramiro de Maeztu.
Santiago Valentí Camp.
SE ACABÓ
DE IMPRIMIR
ESTE LIBRO EL DÍA
8 DE SEPTIEMBRE
DE 1919.
o
EDITORIAL PUEYO,
ARENAL, 6,
MADRID