EN LA ENGADINA
Comienzo a escribir este libro—dice Leguía—en Suiza, en un pueblo del cantón de los Grisones. No sé dónde lo concluiré, ni si lo concluiré.
Me han recomendado pasar el verano en un sitio alto para mis bronquios y para mi ciática, y aquí estoy, en un cuarto amplio y ventilado de una casa antigua que perteneció a un obispo.
Es una casa que tiene en una de las paredes que da al jardín un reloj de sol y, alrededor de él, una orla con esta sentencia, en romanche: Il solacl splendura per touts, sentencia optimista y mixtificadora que parece querer decir mucho y no dice nada.
El verano actual el sol splendura poco, y aunque la dueña de la casa, dueña también de un barómetro tan optimista como el letrero del reloj de sol, afirma que el buen tiempo se aproxima, el buen tiempo no llega y el sol no splendura para nadie.
Hace siempre lluvia, frío y sobre todo viento, un viento furioso que muge como si hubiera por esos campos algún búfalo gigantesco de malhumor.
La casa está bien preparada para el frío. Mi cuarto se halla recubierto de madera: tiene dos ventanas con vidrieras dobles, que cierran perfectamente, y una estufa de faienza en un rincón.
Una de las ventanas mira hacia el pueblo, que es silencioso y triste, con una torre de iglesia alta, blanca, puntiaguda, con el tejado de pizarra; la otra da al valle, valle largo y estrecho.
En el pueblo, enfrente, veo una casa antigua, con un mirador de madera adornado con escudos y un esgrafito que representa un macho cabrío erguido, y debajo, este letrero: ¡Evvíva la Grisha!
Delante de la ventana que da al valle tengo mi mesa, y cuando no leo contemplo distraído el panorama. A la derecha hay montes formidables con la cima nevada, y las faldas que avanzan hacia el centro del valle, cubiertas de abetos y de alerces; a la izquierda, montes más bajos, con árboles y praderas; en medio corre el río, verde, blanquecino, trazando eses, costeando aldeas por entre campos llenos de flores, y en el fondo aparecen unas montañas blancas, altas, como dos gigantes que se apoyaran el uno en el otro.
No se ve apenas nadie por estos contornos, ni por la carretera, ni por los caminos. El cantón de los Grisones tiene el buen acuerdo de no permitir automóviles. El silencio aquí es imponente, magnífico.
Mi entretenimiento los días malos es mirar el ir y venir de las nubes a los lejos, sobre las montañas lejanas y blancas, que se me figuran gigantes hermanos.
Cuando la niebla se nos echa encima, los montes, cubiertos de árboles, tienen un aire misterioso y romántico de balada germánica. Se ve todo vagamente, como por un cristal esmerilado. Las copas de los árboles en la línea quebrada de los montes dan la impresión de un regimiento de fantasmas.
En este cuarto de mi casa solitaria, ante el paisaje grave y silencioso, voy a continuar mi obra las Memorias de un hombre de acción. Ahora me toca escribir sobre mi juventud.
Esta calma, este reposo, deben ser propicios para sacar a flote los recuerdos más lejanos, aun aquellos ya dormidos en el fondo de la conciencia. En sitios así únicamente se comprende que un poeta suizo, al escribir sus Memorias, haya dedicado un capítulo largo a las impresiones de su infancia, de cuando contaba la tierna edad de un año. Tal era la precocidad del autor, que, ya a los pocos meses de vida, filosofaba y estetizaba. Un esfuerzo más, y este suizo nos hubiera contado sus impresiones de la vida intrauterina.
Yo no poseo tan prodigiosa memoria, no puedo llegar a la precisión de un individuo de esta raza de relojeros y de tiradores al blanco; no soy suizo, sino vasco, y aunque vasco y gascón es primitivamente lo mismo, no he llegado ni por la fantasía ni por el recuerdo a figurarme lo que pensaba cuando estaba en pañales.
Voy a recordar mi juventud. No sé si habrá alguno que me lea o si todo este montón de papel escrito acerca de la vida de Aviraneta y la mía irá a parar al fuego. Aunque así sea, esta es mi única distracción, mi único entretenimiento, por desgracia, y me pongo a la obra.
Comprendo que esta literatura, hecha exclusivamente como recurso contra la tristeza y el aburrimiento, tiene que ser mediana y de pocos vuelos; pero, en fin, no es fácil volar, ni siquiera con la imaginación, cuando se es viejo y se está cansado.
Pero hay que ser optimista, ¡qué diablo! ¡Il solacl splendura per tuots! ¡Evvíva la Grisha!
I.
DE SANTANDER A BAYONA
Un día de verano de mucho calor íbamos Aviraneta y yo en un barco de Santander a San Sebastián. El barco era el bergantín la Gaviota, y tenía unas trescientas toneladas. Marchaba suavemente, con un viento fresco que hinchaba todo su velamen.
Aviraneta dormía envuelto en una manta, tendido en un banco de la toldilla de popa, y yo me paseaba de un lado a otro mirando la costa con un anteojo del capitán.
Al pasar por delante del cabo de Machichaco, Aviraneta se levantó, miró su reloj y me llamó con la mano.
Yo me acerqué a él.
—Tenemos que hablar—me dijo.
—Es lo que yo estaba pensando.
—La misión que te voy a encargar, amigo Pello, va a ser una misión difícil y que exigirá mucho tacto.
—Haré lo posible por tenerlo.
—Por el momento vas a establecerte en Bayona.
—Muy bien.
—¿No tienes ninguna objeción que hacer contra Bayona?
—Ninguna. No he estado allí, pero no tengo ningún motivo de antipatía contra esa ciudad famosa por sus capones y sus chalecos.
Habíamos salido Aviraneta y yo de Laguardia, pasado por Miranda de Ebro, y de Miranda de Ebro alcanzado en silla de posta Santander. El tiempo estaba muy caliente, el cielo muy azul y el mar tranquilo.
—¿Tú conoces San Sebastián?—me preguntó Aviraneta.
—Sí; he vivido allí más de un año.
—Vas a estar en San Sebastián una semana.
—¿Usted también?
—No; yo pasaré allí esta noche solamente. Mañana por la mañana iré a Bayona.
—Y yo, ¿qué tengo que hacer en San Sebastián?
—Harás lo posible por enterarte de todo lo que se dice respecto a la guerra.
—No es mucha ocupación.
—La ocupación vendrá más tarde. Visitarás también a mi primo don Lorenzo de Alzate, que es secretario del Ayuntamiento; a don Domingo Orbegozo, persona de importancia, y al jefe político de Guipúzcoa, don Eustasio Amilibia. Al mismo tiempo escribirás a tus conocimientos comerciales diciendo que vas a establecer una casa de comisión en Bayona.
—¡Yo! ¡Una casa de comisión!
—Sí.
—No lo sabía.
—¿Es que te parece mal?
—No, no. ¿Por qué?
—Dile a Orbegozo que te recomiende a los comerciantes amigos suyos de San Sebastián; sobre todo, a ver si te puede poner en relaciones con Lasala y con Collado.
—¿Y luego?
—Luego, en cualquier lancha que salga para San Juan de Luz, te embarcas, y de allí, a Bayona.
—¿Y en Bayona, qué hago?
—En Bayona llegas y te instalas en la fonda de San Esteban; luego miras en un plano de la ciudad que hay en el escritorio del hotel dónde está la calle de los Vascos; te diriges a esa calle y buscas una lencería que tiene en el escaparate pañuelos de colores y que es también posada: es la casa de Iturri. Entras en ella y preguntas por mí. Si yo no estoy me mandarán un aviso e iré en seguida y continuaremos esta conversación.
EXPLICACIONES
—¿Y por qué no continuarla ahora?—pregunté yo.
—¿Qué quieres decir?
—Las instrucciones que usted me ha dado trataré de cumplirlas lo mejor posible; pero creo que debía usted explicarme algo de lo que hay en el fondo de esta expedición, decirme su objeto y quién la dirige, para que no vaya yo, sin saberlo, a hacer una tontería.
—Sí; tienes razón. ¿No hay nadie por ahí que nos oiga?
—No. Ahora sube un pasajero. Vamos, si quiere usted, hacia la proa. Haremos como que miramos al mar.
Nos acercamos a la proa del barco. Se veía a lo lejos, a la derecha, el cabo Ogoño, alto, romo, tajado a pico y de color rojo, y delante, la silueta gris de la isla de Guetaria.
—Te contaré—me dijo Aviraneta—cómo he aceptado yo esta comisión. Estaba en Madrid, a principios de este año, escondido porque me perseguía el Gobierno de Mendizábal, vivía obscuramente llevando las cuentas de un ferretero de la calle de los Estudios, cuando a fines de mayo se comenzó a hablar de la expedición real de los carlistas. Yo había tenido que recurrir varias veces a un amigo mío, don José María Cambronero, jefe de una de las secciones del Ministerio de la Gobernación, para parar los golpes de la policía, que me molestaba constantemente. Una noche, al volver a mi casa, encontré una tarjeta de Cambronero, en la cual me decía que fuera a verle a su oficina. Fuí, me acogió amablemente y me hizo pasar al despacho del ministro, don Pío Pita Pizarro. El ministro me dijo que se habían interceptado unas cartas escritas desde Bayona, en las que se hablaba de un gran complot carlista que tenía por objeto sublevar la Mancha, Andalucía y los presidios de Africa. Pita Pizarro me preguntó si quería encargarme de este asunto y de estudiar la manera de hacer abortar la conspiración. En principio le dije que sí y le hice varias observaciones. A los cuatro o cinco días un palaciego amigo mío, Fidalgo, vino a buscarme a casa, me llevó al Palacio Real y me presentó a la Reina.—Sé la misión que has tomado—me dijo María Cristina—; pon en la empresa toda tu alma. Si el dinero que te da Pita Pizarro no te basta, escríbeme a mí.—Así lo haré—. Es todo lo que ha ocurrido.
—Sabiéndolo me parece que estoy más seguro de mí mismo—le dije a don Eugenio.
—Vamos a trabajar por la libertad y por la Reina; vamos a poner todos los medios para acabar la guerra, que nos consume y nos aniquila.
Tras de esta confidencia, yo intenté llevar a Aviraneta al terreno de los detalles, pero él me dijo:
—En esta clase de trabajos en donde colaboran varios conviene que sólo uno, el jefe, esté enterado del conjunto de las operaciones. Tú, poco a poco, irás conociendo a los agentes que trabajan en tu mismo campo; yo te los iré indicando cuando venga el momento.
Comprendí que mi misión iba a tener mucho de confidencia y de espionaje; pero en esta época todos los políticos activos y los generales, quitando los oradores ampulosos y huecos de Madrid, tenían que practicar el espionaje.
Llegamos a San Sebastián; yo fuí a la antigua casa de huéspedes en donde había vivido, y Aviraneta, al Parador Real.
EN SAN SEBASTIÁN
En los ocho días que estuve en San Sebastián me enteré de varias cosas relacionadas con el viaje de Aviraneta. Los políticos estaban alarmados con la marcha de don Eugenio a Francia; los masones trabajaban contra él.
La Plana Mayor General había escrito al conde de Mirasol señalándole la presencia del peligroso personaje. Alzate contó que la misma noche de nuestra llegada a San Sebastián el conde de Mirasol mandó llamar a Aviraneta, y que tuvieron los dos una conferencia reservada. Pasada la semana en San Sebastián, siguiendo las instrucciones de don Eugenio, y habiendo logrado que algunos comerciantes me dieran representaciones de sus casas, me embarqué en una trincadura, desembarqué en Socoa y fuí en un cochecito a Bayona, y paré en la fonda de San Esteban.
Contemplé el plano de la ciudad, me di cuenta de sus calles y, al anochecer, seguí la orilla derecha del Nive por el muelle de los Mercados.
Estaban algunos pescadores en el pretil del río, di la vuelta a la torre de Sault y aparecí en la calle de los Vascos. Era una calle estrecha, triste, en la que olía a pescado; se hallaba entre los muelles del Nive y la calle de España, y salía a la de la Pescadería.
Vi en las portadas muchos nombres vascongados: Olhagaray, Etcheverry, Hiribarne, Errachu, y, por fin, encontré la tienda de Iturri, tienda de pañolería en el piso bajo y de posada en los altos, y entré en ella.
II.
AVIRANETA Y YO
No sé si habrá notado el lector que, después de los doce tomos ya publicados de las Memorias de un hombre de acción, ahora sigo con mi relato, interrumpido en la mitad del primer tomo de El aprendiz de conspirador. Esa mitad del primer volumen es como el prólogo de toda mi obra.
Si algún curioso ha llegado en la lectura hasta aquí, no cabe duda que es amigo y que habrá perdonado los innumerables olvidos, equivocaciones y errores que se me han pasado en tan larga narración. En este libro que comienzo ahora hablo más de mí mismo que de Aviraneta, y hago casi mi autobiografía.
Podría haber escrito una historia con pretensiones de seria de algunos sucesos, porque muchos de mis datos son nuevos y desconocidos, pero desconfío de la historia que se tiene por seria.
La historia es siempre una fantasía sin base científica, y cuando se pretende levantar un tinglado invulnerable y colocar sobre él una consecuencia, se corre el peligro de que un dato cambie y se venga abajo toda la armazón histórica. Creyéndolo así, casi vale más afirmar las consecuencias sin los datos.
Para algunos hubiera sido quizá más interesante hablar sólo de Aviraneta, retirándome yo a un último plano; pero creo que de Aviraneta he hablado bastante, y que a las cosas y a los hombres hay que compararlos para apreciar sus caracteres; y en esta narración, Aviraneta y yo estamos con frecuencia frente a frente, no como enemigos, sino como tipos de modalidad espiritual distinta.
La vida de Aviraneta fué, sin duda alguna, un segmento de vida mucho más interesante que cualquiera de los trozos de la vida mía; pero, en conjunto, la existencia mía fué más completa que la suya.
La mayoría de la gente supone que vivir bien es esa cosa un poco vulgar y cotidiana de comer abundantemente, de tener una casa cómoda, una familia respetable, sin ocurrírseles pensar que un intrigante, metido en un convento o en un presidio, pueda experimentar más emociones y hasta más satisfacciones que el buen hombre en su casa confortable, y que muchas veces el ciudadano rico y tranquilo que tiene motivos para ser feliz, no lo es, porque no bastan los motivos para que una cosa se realice.
EL AVENTURERO Y EL AFICIONADO
Aviraneta, con relación a mí, fué el perfecto aventurero al lado del dilettante, el maestro al lado del aficionado.
Yo siempre tuve más prudencia que él, y no olvidé jamás las dificultades de una empresa. Si a veces fuí imprudente, lo fuí a sabiendas. El, no. Era imprudente, creyéndose lleno de tino. Yo, cuando he tenido algo que realizar obscuro y sin claridad, he ido tanteando. Aviraneta marchaba a veces con una mezcla de ceguedad y de lucidez de sonámbulo. Parecía como si el mapa del país fantástico que recorría lo conociese admirablemente.
—Hay que ir de este modo y por aquí. Es lo lógico y lo seguro—decía él.
—¿Por qué?
—Porque sí. Es evidente.
Yo no veía la evidencia por ningún lado. No he podido nunca llegar a esa seguridad un poco absurda y mal fundada.
A Aviraneta, como a mí, le gustaba el movimiento, lo imprevisto, la aventura; pero él creía dominar lo fortuito, y yo, no. Su espíritu, fértil en recursos, encontraba remedio para todos los males.
Indudablemente hay algo fatal en el aventurero.
Yo, al conocer a don Eugenio, intenté imitarle, y quise ser como él; pero la corriente de la vida me fué llevando por otros caminos y terminé convirtiéndome en un señor tranquilo y burgués. He sido un hombre de suerte, y las cosas se me han arreglado siempre con relativa facilidad.
EL SUBJETIVISMO DE LA AVENTURA
No cabe duda que los mismos hechos, los mismos acontecimientos recogidos por espíritus diferentes, son absolutamente distintos, en forma tal, que lo que para uno es una aventura rara y casi absurda, para otros es un accidente vulgar y corriente de la vida cotidiana.
Las inteligencias y las conciencias son seguramente distintas unas de otras, no sólo por su contenido de impresiones venidas de fuera, sino por su esencia. Todo es individual en la Naturaleza, y como no hay dos hojas de árbol iguales, probablemente no hay tampoco dos conciencias iguales.
El dogma de la igualdad de las conciencias de los hombres es un dogma afirmativo, como los dogmas religiosos, pero no es un resultado de la observación ni de la experiencia.
El espíritu del aventurero es el que crea la aventura, más que las contingencias de la vida exterior.
LOS OBSTÁCULOS
Además del factor individual interior que nos diferenciaba a Aviraneta y a mí, había factores exteriores, y entre éstos se contaban las dificultades y obstáculos que don Eugenio había encontrado en su camino, cosa en que yo no tropecé.
En los primeros años de la vida él se había sentido comprimido por el ambiente; yo, por el contrario, marché con facilidad, y más bien ayudado por las influencias exteriores. Es indudable que los obstáculos enriquecen nuestra vida y la van moldeando.
Yo no podía tener el sentimiento de estar comprimido por el medio, porque hasta salir de San Sebastián y reunirme a Aviraneta había vivido en una obscuridad tranquila y modesta; luego, antes de tener ambiciones, me vi tratado por gente distinguida que no sólo no me pusieron obstáculos a mi paso, sino que más bien contribuyeron a limarme y a pulirme.
Yo me transformé por la acción del tiempo casi por completo. Aviraneta, no; Aviraneta fué siempre hombre de una pieza. Desde su juventud hasta la vejez siguió siendo el mismo, sin variar en nada. Para él no había posibilidad de cambio.
Le sucedía como a algunos tipos animales, como, por ejemplo, el gato, que son demasiado perfectos para evolucionar.
Aviraneta era también demasiado perfecto en su género para cambiar.
Yo, además de transformarme, tenía dudas acerca de mi vida y momentos de depresión: experimentaba muchas veces un vago sentimiento de no haber seguido una línea más recta, más pura.
Aviraneta no podía sospechar que él pudiera discurrir y obrar de una manera distinta a la que discurría y obraba.
Aviraneta era hombre de otro tiempo: había nacido demasiado temprano o demasiado tarde, probablemente demasiado tarde. En una época de absolutismo hubiera sido algo más. Tenía la base del gran aventurero, del gran conquistador, la fe en sí mismo, la voluntad tensa y fuerte. Para ser un político importante de nuestro país y nuestro tiempo le faltaba la facundia y la petulancia; para un país más adelantado que el nuestro le hubiese faltado la cultura profunda constituída con las lecturas lentas y reposadas.
Su cultura, somera como la mía, de dilettante, no podía substituír en su espíritu a esa formación honda que va creciendo y engrosando como un árbol, poco a poco, con los años.
Como decía al principio, imité a Aviraneta; quise ser como él un hombre de acción, un cabecilla. La vanagloria me seducía; me gustaba ser interesante, un poco tenebroso, asombrar, intrigar, por el placer de intrigar, demostrar la fertilidad de mis recursos.
Sistema político o moral no tenía ninguno: no había pensado seriamente en nada. En esto no me diferenciaba gran cosa de Aviraneta. En lo que sí me separaba de él era en que yo tenía un sentido de humanidad más agudo y más amplio.
Don Eugenio hubiera sido un gran ministro a la antigua: de aquellos para quienes sacrificar unos cuantos cientos de hombres en beneficio del orden no tenía importancia.
Yo no hubiera llegado nunca a eso; para mí la vida de cualquiera era respetable y no podía ser sacrificada por una idea o por una conveniencia de la mayoría.
Jugar con la vida propia me parecía cosa de valientes; jugar con la ajena es lo que me parecía ilícito.
Aviraneta era maquiavelista en la teoría y en la práctica. La gran fraseología masónica del tiempo, que giraba alrededor de los derechos individuales y sociales, le producía un gran desprecio.
—Todo eso del derecho es una farsa—le oí decir varias veces—; la moral cambia según las circunstancias y el tiempo. Las cabezas de los hombres de hoy, ni son como las de los hombres de ayer, ni serán como las de los hombres de mañana.
Unicamente el utilitarismo le atraía un tanto; pero en el fondo era un casuísta.
De ser más hipócrita hubiera tenido menos enemigos; pero hacía gala de hablar de una manera libre, cínica, y esto le restaba simpatías.
III.
PROYECTOS
Al llegar a la fonda de Iturri pregunté a una muchacha por Aviraneta; me indicó una escalera estrecha y tortuosa; subí, llamé a una puerta y pasé a un comedor, con un armario y una mesa en medio.
Había en la pared un retrato, en litografía, de Mina; una estampa iluminada con las varias edades de la existencia, y un reloj muy adornado, en cuya péndola se veía un picador recortado de hoja de lata, muy repintado, con patillas, picando a un toro, también de hoja de lata y con los cuernos de búfalo. Con el movimiento del reloj, el picador se inclinaba y clavaba la pica en el toro semibúfalo.
Salió Aviraneta y me pasó a un cuarto pequeño y blanqueado, y charlamos.
Le conté lo que se había dicho en San Sebastián acerca de él y de su conversación con el conde de Mirasol.
—¿Han dicho que hemos reñido?
—Sí.
—Pues no es cierto. El Conde me llamó por conducto del jefe político, Amilibia, muy alarmado; me pidió el pasaporte, se lo mostré; me dijo que sabía que yo era comisario de guerra, y entonces le entregué la credencial que me había dado el ministro de la Gobernación. No sé cuáles eran sus temores, pero cuando se tranquilizó me preguntó qué misión traía; se la expliqué, y él me dijo que si iba a la frontera de Cataluña me daría toda clase de noticias y de informes.
—Pues allí se ha dicho que Mirasol había recibido avisos de la Plana Mayor General de que usted venía al Norte a sublevar el ejército contra Espartero y contra Mirasol.
—¿Enviado por quién?
—Sin duda por los progresistas; y que con usted venía un francés misterioso cargado de dinero, cuyo nombre no se conoce, y que sólo se sabe que su apellido empieza con Z y que firma sus cartas con esta inicial.
—¿Eso se ha dicho?
—Sí.
—Me choca. ¿De dónde habrán sacado la existencia de este hombre que firma con una Z? La mentira es siempre hija de algo. Y esa noticia, ¿cómo ha llegado a San Sebastián?
—Yo creo que ha debido venir por los masones.
—Eso debe ser. Ya te diré, con el tiempo, quién es esa Zeda.
UN ENTE DE RAZÓN
Después hablé de mis gestiones para encontrar casas que me dieran su representación comercial, y le dije a don Eugenio que de una manera, más bien honoraria que efectiva, podía titularme representante de la casa Collado, de San Sebastián.
—Está bien eso.
—Traigo, además, una carta para el cónsul de España en Bayona, don Agustín Fernández de Gamboa.
—¿La tienes ahí?
—Sí.
Le di la carta, la leyó y me dijo:
—Es una carta corriente; no sé si te servirá de algo. Si vas a verle a Gamboa no le hables de mí. Es un enemigo mío furioso.
—No le hablaré; no tenga usted cuidado.
—Bueno. Ahora vamos a hacer una sociedad para la casa de comisión que tenemos que fundar.
—¡Una sociedad! ¿Entre quiénes?
—Tú serás uno de los socios.
—¿Y el otro?
—El otro será el señor Etchegaray.
—¿Y quién es el señor Etchegaray?
—El señor Etchegaray es un ente de razón.
—No sé lo que es eso.
—Pues es un personaje que no existe.
—¿Y para qué lo necesitamos?
—El dará seriedad y gravedad a tu casa de comisión; así, cuando tú alquiles un piso bajo con una pequeña oficina, pondrás una placa en la que se leerá:
ETCHEGARAY Y LEGUÍA CASA DE COMISIÓN
—Muy bien. Me tendrá usted que pintar qué clase de pájaro es este Etchegaray, para que no cometa alguna pifia si me preguntan por él.
—Etchegaray tendrá unos diez años más que yo: unos cincuenta y cinco a cincuenta y seis. Habrá estado en Méjico...
—Lo mejor sería que hiciera usted un documento de identificación completo.
—Lo voy a hacer ahora mismo.
Aviraneta se puso los anteojos, tomó una hoja de papel, y escribió:
«Dominique Michel Etchegaray Leguía.»
—¡Hombre! ¡Leguía! ¿Es pariente mío?
—Sí; tío tuyo y primo mío.
«Nacido en Bidart, Bajos Pirineos, el 21 de diciembre de 1782; estado, viudo; profesión, comerciante; estatura, alta; pelo, canoso; ojos, garzos; nariz, larga; barba, afeitada; color, sano...»
—¿Tiene hijos?
—Uno, que está en América establecido.
—¿En qué República?
—En Méjico.
—¿Qué ha hecho mi tío por allá?
—Ha sido comerciante y minero en California.
—¿Tiene parientes en Francia?
—No; únicamente una hermana en España.
—Que es, naturalmente, tía mía.
—Claro.
—¿La haremos soltera, o casada?
—Soltera.
—¿La tía Juana?
—Bueno.
—¿Dónde vivirá?
—En Vergara, si te parece.
—Muy bien.
—Ya que estamos de acuerdo en la existencia de este ente de razón, haré que mañana Iturri, el dueño de esta fonda, saque en la subprefectura, donde tiene un amigo, documentos de identificación de Dominique Etchegaray, avencindado en Bidart; luego haremos la escritura de sociedad comercial entre Etchegaray y tú. Etchegaray será socio tuyo y andará yendo y viniendo de España. Cuando tú pongas tu oficina, yo escribiré siempre a nombre de Etchegaray.
—Ahora, ¿qué tengo yo que hacer?
—Nada. Sigues en la fonda de San Esteban, donde dirás que cuando quede vacante un cuarto alto y barato te lo reserven. Mañana por la mañana irás a un comercio de antigüedades de la calle Salie: el comercio del señor Falcón. Allí verás a doña Francisca González de Falcón, que es española, y ella te irá resolviendo las dudas que tengas, dándote el dinero que necesites e indicándote lo que debes hacer. Nos comunicaremos por carta; tú me escribirás a nombre de Iturri; yo, a nombre de Etchegaray, cuando la casa de comisión esté establecida. Mientrastanto, si te necesito, te avisaré.
—Bueno.
—Eres un joven de una familia acomodada del comercio, a quien han enviado a aprender francés a Bayona y a estar fuera de la lucha carlista.
—Muy bien. Comprendido.
Me despedí de Aviraneta y fuí marchando después hacia el centro del pueblo. Mi vida en Bayona comenzaba de una manera rara y pintoresca.
IV.
ALGO DE MI INFANCIA
No sé si lo que he contado de mí mismo en esta larga obra habrá bastado a los lectores para conocerme.
De chico fuí yo un poco bárbaro, valiente, reñidor y turbulento. Tenía un amor propio exagerado. Esto hizo, principalmente, que no pudiera acomodarme a vivir en mi casa con mi padrastro. Era, sobre todo, terco, y cuando me decidía a hacer alguna cosa no retrocedía jamás.
Los compañeros de la escuela, en Vera, que lo sabían, se burlaban de mí.
Una vez estábamos subidos a una tapia muy alta, y dos chicos me dijeron:
—¿A que no te tiras de aquí?
—A que sí.
Me tiré; al caer me agaché, me di con una rodilla en un ojo, y lo tuve hinchado cerca de un mes.
Cuando íbamos a bañarnos al Bidasoa, al comienzo del verano, yo era de los primeros que se tiraban al río.
Al caer al agua y sentir que estaba helada me ponía a temblar, pero luego me vengaba.
—¿Cómo está el agua?—me decían los chicos; y yo, tiritando de frío y nadando, decía—: ¡Caliente, caliente!
Una vez fuimos a las fiestas de Pamplona, en donde se hace un encierro que a la mayoría le parece bárbaro, pero que yo lo encuentro bien. La gente del pueblo marcha por las calles delante de los toros bravos que se han de lidiar excitándolos y desafiándolos.
Para mí lo repugnante en los toros es que un cobarde pueda comprar con dinero el derecho de ver cómo otro hombre se expone a que lo maten; pero si el espectador es capaz de ser actor y de exponerse a su vez a la muerte, entonces los toros constituyen una fiesta brava y atrevida.
Si todos los espectadores de una plaza fueran capaces de torear, si no vieran en el torero mas que una superioridad de agilidad, de habilidad o de talento, pero no de valor, los toros me parecerían, como digo, bien.
Por eso yo dejaría las capeas de los pueblos, aunque murieran en cada fiesta cuatro o cinco, y suprimiría las corridas de los profesionales.
Estando en el encierro de las fiestas de Pamplona corrí delante de los toros, y al llegar a la plaza me encontré con un ribereño que me dijo:
—¿A que no haces lo que hago yo?
—A que sí.
Se puso él en el camino por donde tenían que pasar los toros con la boina en la mano. Yo hice lo mismo. Los toros pasaron por delante, y no nos mataron porque sin duda tenían más buen sentido que nosotros.
Otra de mis aventuras sonadas la pensé imitando a mi tío Fermín, por quien sentía gran admiración. Como él había escalado el castillo de Fuenterrabía, yo pensé que debía escalar algo, y escalé la casa de una muchacha, hija del enterrador, que me gustaba.
Tenía en mi casa guardada una cuerda para cualquier evento, con un gancho de hierro en la punta. Una noche tiré mi cuerda con su gancho al balcón de atrás de la casa de la muchacha; dió la coincidencia de que agarró, y subí. Las maderas del balcón estaban cerradas. Decidido a llevar adelante la aventura, escalé el tejado y vi la chimenea rota. Cabía yo por allí. Sujeté el gancho de la cuerda, me metí por el tubo de la chimenea y bajé a la cocina del enterrador, envuelto en hollín y asustando a la familia.
Varias otras calaveradas de esta clase hice de chico, y la que me obligó a salir de Vera fué el haberle acompañado al general Oráa en un encuentro que tuvo con los carlistas cerca del pueblo.
Yo era liberal rabioso y anticlerical furibundo. Consideraba a mi tío Fermín como a un héroe, y recordaba sus frases y su odio por los clérigos. Habían excitado también mis rencores antifrailunos los frailes del convento de capuchinos del pueblo próximo al barrio de Alzate, que nos enseñaban a los chicos la Gramática, las Matemáticas y el Latín a fuerza de pescozones y de puntapiés.
Hay que reconocer que por entonces era la época en que los dómines, fueran laicos o seglares, tenían como principio pedagógico el apotegma: la letra, con sangre entra.
Los dos frailes encargados de la enseñanza superior en el convento eran el padre Gregorio y el padre Aquilino. El padre Gregorio era hombre simpático, y nos enseñaba Matemáticas. Se desacreditó porque, según se dijo, visitaba a una muchacha del pueblo que acababa de casarse con un zapatero. Una noche el marido sorprendió al fraile en una habitación de su casa. El zapatero era un filósofo, y no dijo nada; cogió las ropas del fraile, interiores y exteriores, se las echó al hombro y fué a casa de su suegra.
—Aquí tiene usted—le dijo—lo que había ahora en la alcoba de su hija—y echó al suelo las ropas del capuchino.
La suegra puso el grito en el cielo, fué al convento, intervino el prior, y llevaron las ropas al padre Gregorio, quien tuvo que marcharse poco después de Vera.
El otro padre, el padre Aquilino, era un bruto muy malhumorado y muy austero que nos zurraba a los chicos como quien varea lana. Yo le tenía un odio profundo; así que, al quemar las tropas liberales el convento y dispersar a los frailes, me alegré muchísimo.
El incendio se verificó cuando pasó por Vera el general Rodil; y yo estuve presenciando cómo salían las llamas de los tejados y celebrándolo. Por este motivo tuve un gran altercado con mi padrastro, que se reprodujo cuando pasó Zuaznavar con una compañía de chapelgorris, y luego cuando vino el general Oráa. Yo tenía entonces diez y seis o diez y siete años. Todo el pueblo estaba escondido a la llegada de las tropas liberales. Yo me presenté y hablé con el mismo Oráa, que era un viejo navarro, de cara de malhumor, pero muy simpático.
Sería esto hacia abril; hacía un tiempo admirable. Oráa me preguntó primero quién era; le dije que era sobrino de Fermín Leguía, y liberal. Luego me pidió detalles sobre la topografía del terreno. Los carlistas estaban enfrente del pueblo, en un alto, que se llama Casherna gaña.
—Vamos a echar a los carlistas de ese monte—me dijo Oráa—. ¿Quieres venir a verlo?
—Si me dan un caballo, sí.
Me monté a caballo y, al lado del general, presencié el combate. Estaba entusiasmado oyendo los tiros. Yo creía que los carlistas se defenderían mejor, y que los nuestros atacarían desde más cerca. Al cabo de unas horas, los carlistas se retiraron. Entre los liberales había muchos muertos, y vi pasar hacia el cementerio diez o doce; entre ellos, me dijeron que estaba un abogado, Goicochea, que mandaba una de las compañías de cazadores de Isabel II.
Esta nueva aventura con Oráa alarmó mi casa; mi padrastro afirmó que acabaría en presidio o en el patíbulo; mi madre me dijo que era mejor que me marchara del pueblo. Al día siguiente iba camino de San Sebastián...
Con estos datos de la infancia creo que se puede componer mi retrato moral. Respecto a lo físico, era alto, fornido, con la cara redonda, los ojos pardos y el pelo negro y ensortijado. Aviraneta me dijo varias veces que me encontraba cierto aire neroniano. Afortunadamente, el parecido con Nerón no pasaba del aspecto.
V.
LA TIENDA DE ANTIGÜEDADES
A la mañana siguiente de llegar a Bayona salí del hotel y pregunté por la tienda de Antigüedades de Falcón. Estaba en la calle de la Salie.
La calle de la Salie era una calle antigua, con algunas casas góticas, modernizadas, de arcos apuntados, calle de burguesía comerciante, con almacenes profundos y bien surtidos y tiendas abarrotadas de género.
La tienda de Falcón estaba en la planta baja de una casa grande y negra. Se llegaba a ella por unos cuantos escalones, tenía una portada pintada de nogal y un escaparate pequeño, en donde se exhibían un secreter de laca, varios jarrones, abanicos, porcelanas, jarras de cobre, figuritas, objetos de plata y miniaturas.
Dentro, el almacén estaba repleto de muebles, cuadros, estatuas, bordados, y tenía una dependencia interior, más repleta aún, que daba a un patio obscuro.
En medio de la tienda había una mesa de mármol estilo Luis XIV y varios sillones dorados, en los que se sentaban a hacer tertulia algunos parroquianos y amigos.
Era difícil, a primera vista, darse cuenta clara de lo que allí había amontonado, porque cada vez que se entraba se hacía un descubrimiento. Detrás de dos o tres vargueños españoles aparecían relojes ingleses de pared; detrás de un armario, cuadros antiguos, grabados muy perfilados y groseras litografías bárbaramente iluminadas. En las vitrinas se veían camafeos, puños de bastón, fosforeras, tabaqueras y relojes de repetición con esmaltes primorosos.
DOÑA PACA
Doña Francisca González de Falcón era una mujer de treinta y cinco años, gruesa, morena, de ojos negros. Su marido, el señor Falcón, era hombre delgado, fino, que estaba casi siempre fuera, pues viajaba mucho por Francia y por España, andaba por rincones raros y traía cajas con preciosidades. El señor Falcón coleccionaba medallas, y en esta afición ponía todo su entusiasmo.
Los Falcón tenían cuatro hijos, que estaban por entonces en el colegio.
Entré en la tienda de la calle de la Salie y me encontré con doña Paca. Me presenté a ella; me hizo sentar y hablamos. Sabía a lo que yo iba.
—Le conozco a Aviraneta ya hace muchos años y somos muy amigos—me dijo—, pero estamos de acuerdo en no hablar el uno del otro, y cuando nos vemos pasamos por desconocidos.
—Es decir, que con usted no hay que hablar de don Eugenio ante la gente.
—Es lo mejor. A él tampoco le conviene que se hable de adónde va y adónde viene. Aviraneta me ha recomendado a usted. Yo seré la encargada de dirigirle al principio en Bayona, de darle los informes necesarios y el dinero para ir viviendo.
—Muy bien. ¿Puedo venir a la tienda con frecuencia?
—Sí; cuando usted quiera.
—Esto será entretenido.
—Ahora, en el verano, menos, porque la gente se marcha. En otoño es otra cosa. Usted puede venir aquí cuando quiera; oiga usted y entérese usted de lo que le interese. ¿Sabe usted francés?
—Muy poco.
—Pues es conveniente que lo aprenda. Yo conozco a un señor que le dará lecciones muy baratas. Es un profesor: el señor Serret. Vive en la calle de la Platería. Aquí tiene usted sus señas.
—¿Así que yo puedo venir aquí y estarme horas y horas?
—Sí; todas las que usted quiera.
Me despedí de doña Paca y fuí a ver al señor Serret. Era éste un hombre alto, flaco, seco, áspero y severo, con el pelo gris. Tenía la boca recta, dura; vivía retirado y modestamente, con una familia numerosa.
Yo me figuraba que sabía algo de francés, pero, cuando llevé cuatro o cinco lecciones con el profesor, comprendí que no sabía nada.
SARA LA JUDÍA
Al día siguiente, por la tarde, volví a casa de la Falcón. Doña Paca tenía una dependiente, una muchacha judía del barrio de Saint-Esprit, delgada, morena, de aire un poco triste, con los ojos como dos azabaches, la nariz corva, los labios gruesos y el pelo negro, rizado. Esta muchacha se llamaba Sara, hablaba muy bien castellano y era muy inteligente.
En los primeros días, en que no conocía a nadie, fué para mí un gran recurso ir a hablar con ella.
Por la noche, a la hora de cerrar la tienda, solía venir la madre de Sara a acompañarla. Era una vieja judía, gruesa, mal vestida, con los ojos negros e inquietos.
Sara me habló de la vida triste que llevaba en su rincón de Saint-Esprit; el padre, malhumorado e indiferente; la madre, llena de suspicacia por todo, no queriendo que nadie entrase en su casa y cerrando de noche las puertas y ventanas con barras de hierro, como si viviera en un país peligroso.
El hermano de Sara venía también con frecuencia. Era un jorobado, con unas manos largas y delgadas, tipo muy pálido, con aire febril, muy inteligente y muy triste.
Me hubiera dejado llevar por el atractivo de hablar con Sara y la hubiera galanteado, pero comprendí que doña Paca Falcón me espiaba, y esto bastó para no seguir adelante en mis proyectados galanteos.
En frente de la tienda de antigüedades había una camisería, y entre los dependientes, una señorita del mostrador, muy bonita y muy displicente, con la cabeza llena de rizos. Solía venir con frecuencia a casa de doña Paca a cambiar dinero, y yo hablaba con ella, y la acompañé un domingo en los Arcos.
En general, estaba en Bayona aburrido. Contribuía al aburrimiento el calor, que fué grande aquel verano, y el que no hubiera gente en la ciudad, pues todo el mundo distinguido se había marchado a tomar los baños de mar a Biarritz.
Mis únicos recursos de distracción eran el hotel y la tienda de doña Paca. El hotel servía de punto de cita a muchos jefes carlistas, que desde allí marchaban a sus respectivos destinos. Muchas veces me enteraba de lo que decían, porque, como buenos españoles, tenían la costumbre de hablar alto.
LAS CORREDORAS
En la tienda de la Falcón fuí conociendo a corredoras de alhajas y de muebles, gente de vida muy pintoresca. A una de éstas le llamaban la Condesa. Era una señora alta, esbelta, que debía haber sido muy guapa, pero que estaba ya marchita. Hablaba mucho mejor el francés que el castellano, a pesar de que decía que era española, y tenía grandes conferencias con doña Paca, que la trataba secamente.
Otra de estas corredoras era la señora Hidalgo. La Hidalgo era una vieja gruesa, algo coja, muy ocurrente y muy insinuante, que tenía una conversación divertida y amena. Ella fingía que hacía sus gestiones comerciales de compras y ventas por amistad, por remediar la situación precaria de alguna familia carlista, pero cobraba sus corretajes. Esta mujer vivía con un filólogo, agricultor y libelista, que se llamaba Martínez López. La señora Hidalgo llevaba una cartera grande, como un maletín, donde guardaba una porción de cosas; de allí solía sacar abanicos, fosforeras, relojes, collares, papeles con piedras preciosas, y discutía el precio de estas joyas con doña Paca, diciendo ingeniosidades de cuando en cuando, que hacían reír a todos los que la escuchaban.
Había otros españoles que trabajaban en la casa: un carpintero madrileño, muy hábil para imitar muebles antiguos y hacer falsificaciones, que se llamaba Joaquín García; un cerrajero riojano, Horcajo, que tenía una especialidad semejante en los hierros, y una mujer, Angela, que componía y arreglaba los encajes y tapices rotos y hacía unos zurcidos maravillosos, que apenas se notaban.
Doña Paca Falcón prefería a los españoles para tales menesteres, no por patriotismo, sino porque, aislados como estaban en el pueblo, cobraban menos por sus trabajos.
La primera semana de Bayona me pareció aburridísima. No le veía a Aviraneta ni sabía nada de él.
A los diez o doce días don Eugenio me escribió para que fuera a la fonda de Iturri.
VI.
NUEVAS INSTRUCCIONES
Llegué al anochecer al comedor de la fonda de Iturri y me encontré con Aviraneta.
—Me marcho—me dijo—, pero tú te vas a quedar aquí.
—Lo siento.
—¿Te aburres?
—Un poco.
—Te irás acostumbrando. Ya está hecha la escritura con el supuesto Etchegaray. Iturri tiene un poder del ente de razón. Tú tienes que ir mañana con Iturri a la notaría a firmar.
—Bueno.
—Luego buscarás un piso bajo y pondrás la casa de comisión.
—Muy bien, todo se hará. ¿Y qué le ocurre a usted para marcharse?
—Gamboa, el cónsul, que me hace la guerra a muerte y me cierra todos los caminos.
—¿Y por qué?
—Gamboa es amigo y agente de Calatrava, y éste es, a su vez, compadre de Mendizábal y de Gil de la Cuadra. Todos ellos son masones escoceses y enemigos míos, y me persiguen; no quieren que yo salga adelante en mis propósitos.
—¿Y qué le ha pasado a usted con Gamboa?
—Al llegar aquí, sin salir, sin hacer el menor alarde, he visto que la policía francesa me vigilaba como a un criminal. Cansado, he ido a ver al cónsul, le he mostrado mi nombramiento del Ministerio y le he dicho a qué venía. Gamboa ha examinado detenidamente mis credenciales, y he visto que ha quedado resentido.
—¿Por qué?
—Porque cree que vengo a quitarle atribuciones, a enmendarle la plana. Al día siguiente de mi visita a Gamboa, un empleado de la Subprefectura, amigo mío y de Iturri, un italiano, Pagani, me ha invitado a que vaya a allí a regularizar mi residencia y a visar el pasaporte. El subprefecto me ha sometido a un interrogatorio acerca del objeto de mi viaje, y me ha dicho que no puedo permanecer en Bayona.—Está bien—le he contestado yo—; entonces me iré. Al día siguiente ha venido a mi hotel el canciller del Consulado, Ignacio Vidaurreta, y me ha dicho que no puedo salir de Bayona. He ido a ver a Gamboa y hemos tenido un altercado. Ha aparecido la causa del resentimiento. Gamboa cree que el Gobierno le ha ofendido enviando una persona a su distrito para que dirija los asuntos políticos de la guerra como si él fuera un imbécil, y ha añadido que en su Consulado no puede haber más dirección que la suya, ni más agentes que los que él designe.—Eso, al Gobierno—le he replicado yo.—Al Gobierno y a usted—me ha contestado él—, porque mientras yo esté aquí en el Consulado, usted no podrá hacer nada.—Bueno; me iré a Perpiñán.—No irá usted, no le daré pasaporte.—Iré con el pasaporte de usted o sin él—le he contestado—. Así que me marcho en seguida hacia la frontera catalana. Si no puedo sostenerme allí, me iré a Madrid, pero tú seguirás aquí, porque es indispensable que tengamos en Bayona una persona de confianza. No te faltará el dinero necesario. El ministro o la reina darán para vivir. Aquí no creo que puedas perder el tiempo en absoluto. Si la cosa sale mal y no da resultado, habrás pasado unos meses en Bayona, habrás aprendido el francés, y eso será todo; si la cosa sale bien, habrá otras esperanzas.
—¿Tengo que cambiar de plan?
—No. Tú sigues en la fonda de San Esteban, y desde mañana buscas el piso para la casa de comisión. Doña Paca te indicará los mejores sitios y te ayudará a arreglar la oficina.
—Muy bien.
—Por ahora, amigo Pello, no te voy a dar un plan de campaña. Hazte amigo de toda la gente que puedas y de todas las mujeres que anden cerca de ti. No te enamores. Ya te basta con Corito. Una pequeña intriga amorosa bien llevada y sin escándalo, no está mal. Piensa que de que aquí puede salir tu porvenir. Respecto a tu amigo don Eugenio de Aviraneta, no hables nunca de él, ni para defenderle ni para atacarle. Tú no le conoces a ese señor.
—¿Respecto a los demás, no habrá que llevar tan lejos la prudencia?
—Sin embargo, acostúmbrate a hablar lo menos posible, sobre todo de política.
—No sé si podré.
—Habla de lo que hablen los demás; desconfía de asombrar a los otros con ideas originales y brillantes, y aprende a decir sólo lo que te convenga.
—Eso me parece muy difícil.
—¡Ah! ¡Claro! Eso no se consigue en seguida; pero tú tienes condiciones de diplomático, y ya te las arreglarás.
—¿Cree usted?
—Sí.
—¡Que sé yo!
—Naturalmente, como todos, tendrás tus tropiezos. La prudencia y la diplomacia no se improvisan: es cuestión de tiempo y de voluntad. De cuando en cuando recuerdas mi consejo, y cuando estés en camino de decir algo atrevido, piensas: ¿Si estaré diciendo una tontería? Si te hacen a ti una confidencia, guárdala lo mejor posible.
—Voy a matar en mí toda espontaneidad.
—Siempre queda espontaneidad. Otro consejo: Si te invitan a hacerte masón, no digas que no: acepta, pero sin entusiasmo. Si nadie te invita, no te presentes tú.
—Muy bien.
—Segundo consejo. Ahora no; pero si más tarde tienes algo importante que guardar, lo llevas al caserío Ithurbide, de Bidart, y lo dejas en el armario de mi cuarto. Siempre ve solo y aprende a guiar un cochecito.
—Sé guiar.
—Iturri tiene un tílburi, y te lo prestará siempre que lo necesites.
—Muy bien.
—Es importante en muchas ocasiones no tener más testigo que un caballo. Ahora nos vamos a quedar de acuerdo en los medios de correspondencia entre nosotros dos. Asunto de familia, sin importancia: carta corriente. Asunto político reservado, pero sin trascendencia: papel blanco y tinta simpática. Asunto político importante: papel amarillento, carta con plantilla número uno y tinta simpática. Asunto importantísimo: carta con papel azulado, con plantilla número dos y tinta simpática.
Aviraneta me dió dos frasquitos de la tinta simpática, las plantillas una y dos, y me explicó su uso.
—También convendría—concluyó diciendo—que escribieras un diario contando todo lo que vayas viendo, y haciendo una biografía de cuantas personas conozcas. Si haces esto que te aconsejo, nunca pongas nombres, sino anagramas.
—¡Bah! ¿Cree usted que el espionaje va a llegar a tanto?
—¿Quién sabe? Viviendo en un hotel el espionaje es fácil. Tú, como yo, puedes tener enfrente el espionaje masón y el de los curas, que aquí, en Francia, lo dirigen las congregaciones en que se mueven los jesuítas.
Dicho esto, Aviraneta se despidió de mí.
LA OFICINA
Días después de marcharse don Eugenio alquilé un piso bajo en la calle del Puerto Nuevo, en los arcos, y puse una placa de metal en la entrada, con este letrero:
ETCHEGARAY Y LEGUÍA
CASA DE COMISIÓN
Del mobiliario de la oficina se encargó doña Paca Falcón, y le dió un aire muy elegante. Había dos armarios, una mesa tallada, un reloj magnífico de pared, varias sillas y una caja fuerte. Allí dentro me sentía un capitalista. Tomé un chico para abrir la puerta y llevar las cartas al correo. Este chico, Fernandito, hijo de un emigrado carlista andaluz, era un chico muy listo, sabía el francés bien y conocía todos los rincones de Bayona.
Las horas de oficina me las tenía que pasar escribiendo a la novia, mirando a las paredes y leyendo novelas.
La sociedad con Etchegaray, aquel ente de razón, como le llamaba Aviraneta, me llegó a veces a inquietar. Me preguntaron varias veces por Etchegaray, y había gente que pretendía conocerle, y que contaba anécdotas de su vida.
En las causas célebres de Gayot de Pitaval, que luego leí, en momentos de aburrimiento, encontré que un joyero francés de a principios del siglo xviii, de apellido vascongado, un tal Duhalde, hizo una sociedad nada menos que con Dios, para explotar el negocio de la joyería.
Luego, andando el tiempo, he visto que un prendero madrileño le ha imitado o ha tenido la misma idea que Duhalde, y ha fundado su sociedad nada menos que con Jesu-Cristo.
No sé si a Aviraneta se le ocurrió la sociedad con el fantástico Etchegaray por haberse enterado de la fundada por el joyero francés, o si fué el suyo un proyecto espontáneo de su imaginación de intrigante.
Ya después de montada mi oficina fuí al Consulado de España, en la plaza de Armas, a entregar a Gamboa la carta de recomendación que me habían dado para él. Gamboa me recibió un tanto fríamente y me preguntó qué parentesco tenía con Fermín Leguía. Le dije que era su sobrino. Luego me interrogó acerca de Etchegaray. Le conté la novela inventada por Aviraneta y por mí.
—¿Qué hace ahora Etchegaray?
—Está en España. Va a ir a América a realizar su fortuna.
Gamboa pretendía conocer a Etchegaray.
Unos días después, el canciller del Consulado, Vidaurreta, estuvo en mi oficina y quedó admirado al verla tan elegantemente puesta.
Por lo que supe después, tanto Gamboa como Vidaurreta se extrañaron de que un hombre tan sesudo como Etchegaray—¡se le consideraba sesudo!—hubiera dejado su negocio en manos tan inexpertas como las mías.
ELOGIO DE ETCHEGARAY
Algunos me hablaban de Etchegaray como de un hombre lleno de virtudes. Yo, al oírles, me reía; hoy no me río. La verdad es que era un hombre completo este ente de razón, como le llamaba Aviraneta.
¡Qué varón virtuoso! ¡Qué ejemplo de filosofía y de virtudes comerciales! ¡Qué modestia en sus aspiraciones! ¡Qué falta de amor propio!
No, con él no había miedo de que se empeñara terca y estúpidamente en defender sus opiniones; con él no había cuidado de que se acalorase hasta perder su serenidad.
Se le encontraba siempre tranquilo, siempre ecuánime. No se quejaba si se le abrían las cartas, ni si se firmaba con su firma; ni si se le echaba la culpa de un olvido o de una falta; no pedía cuentas del dinero gastado, ni se enfurruñaba, ni murmuraba, ni intrigaba.
Era el ideal del hombre y el ideal del socio. No le faltaba más que existir; pero, seguramente, si hubiera existido, no hubiera sido tan ideal.
VII.
LA VIDA EN BAYONA
Mi vida en Bayona era muy aburrida. Con las advertencias de Aviraneta me encontraba entre la gente cohibido. El miedo a la indiscreción me quitaba la espontaneidad natural.
Pasaba en la oficina ocho o diez horas al día.
—¿Trabaja usted mucho?—me preguntaban.
—Sí; ahora tengo que arreglar unas cuentas de mi socio, el señor Etchegaray—les contestaba yo.
Mis trabajos consistían en escribir todos los días largas epístolas a Corito, que estaba todavía en Laguardia, hablándole de mis trabajos, que no decía cuáles eran, y explicándole mis esperanzas. Después me ponía a leer periódicos y novelas. Leía por la mañana El Centinela de los Pirineos, periódico bayonés de la oposición, y el Faro de Bayona. Cuando llegaba el correo de España me dedicaba al Eco del Comercio, de Madrid.
Tras de los periódicos venían las novelas, y el primer autor que devoré, no precisamente un clásico, fué Paul de Kock; después fuí leyendo todos los folletinistas de la época.
Si mientras estaba en esta ocupación seria sonaba la campanilla y venía alguien, metía el libro en un cajón y hacía como que estaba escribiendo.
Pasadas las horas de oficina iba a casa de doña Paca Falcón de tertulia y me sentaba en uno de los sillones que había en la tienda alrededor de la mesa estilo Luis XIV.
Los más constantes en la tertulia eran un comerciante judío, Gomes Salcedo, hombre muy listo que traficaba en todo; un cura, el abate d'Arzacq, que coleccionaba monedas romanas, y un señor, viejo, maniático, monsieur de Saint-Allais, que, por lo que se decía, tenía una casa llena de preciosidades, que no dejaba ver a nadie.
Yo empezaba por entonces a comprender el francés y a hablar algo. Comenzaba a entender de cuadros, muebles, relojes antiguos y demás antigüedades. Al cabo de algún tiempo fuí casi un especialista y conocía el mueble de Boule o el de Chippendale, el reloj del siglo xviii, y diferenciaba el de París y el de Lyon.
No sólo conocía los estilos, sino que sabía también los precios de los varios objetos almacenados allí. En el cajón del mostrador de casa de la Falcón había un catálogo voluminoso de cuanto contenía la tienda, con tres precios para cada cosa: el que había costado, el último en que se podía vender y el que se podía pedir. Estos conocimientos me sirvieron después para hacer compras de muebles en Madrid y para adornar mi casa.
LOS CARLISTAS
Bayona, al principio, me pareció un pueblo triste, aburrido; luego, ya me fué gustando más. Con sus murallas, sus castillos, su ciudadela, sus puertas estrechas, me oprimía el corazón. Había días que me parecían de una longitud inusitada, y desde que me levantaba hasta que sonaban, a las diez de la noche, los tambores y las cornetas, que anunciaban que se cerraban los portales, con sus puentes levadizos, creía haber pasado lo menos una semana.
Esta ciudad militar y comerciante, tranquila y soñolienta, un poco española, un poco bearnesa, un poco vasca y un poco judía, encerraba entonces en su seno, una emigración de carlistas, la mayoría gente bárbara, violenta, sanguinaria, y, sin embargo, no se notaba apenas.
Unicamente por la mañana, en la encrucijada de los Cuatro Cantones o en el café de enfrente del teatro de la plaza Grammont, se veían grupos de hombres hablando español, que se escabullían en seguida.
En la calle de España, con sus tiendas españolas de ultramarinos, de zapaterías y lencerías, se oía hablar mucho castellano, y por el aire de los tipos se comprendía que eran carlistas riojanos y navarros.
En los alrededores de la plaza de los Capuchinos, del Pequeño Bayona, que era como una aldea, estaba el punto central de las posadas vascas y se oía hablar mucho vascuense, y se hacían negocios entre contrabandistas, guerrilleros y negociantes; pero, en general, los carlistas en Bayona, como gallinas en corral ajeno, alborotaban poco.
Bayona era entonces una gran casa de huéspedes; por cualquier parte, por cualquier rincón, aparecía un carlista.
Las tiendas que tenían una tertulia española eran un centro de intrigas políticas.
Se hacían muchas compras de armas y de vestuario por delante de las narices del cónsul de España, sin que éste se enterara. Los judíos bayoneses habían puesto dinero en el carlismo.
Todo el mundo intrigaba: unos por fanatismo, otros por ambición, otros por dinero. Había algunos que lo hacían por amor al arte. Algún tiempo después, estando en París, oí contar que un napolitano fué a ofrecer trabajo a un editor. Este le dijo:—No lo quiero porque sé que es usted un espía.—Es cierto—contestó el italiano—que soy un espía, pero no por el dinero, ma per l'onore.
Había muchos espías en Bayona, en los dos bandos, que no lo eran por dinero, sino per l'onore.
Los carlistas españoles no tenían el aire de casaca, lazo y peluca que querían darles los legitimistas franceses, ni el aspecto de bandidos siniestros con que los pintaban los liberales. Su carácter estaba más en sus ideas que en sus actitudes y sus trajes: en el sello reconcentrado y un tanto sombrío de todo lo español. El carlista tenía la candidez de creer que la vida española era superior a todas las demás, y suponía que el español era más inteligente, más comprensivo y más enérgico que los demás hombres.
Yo no tenía por ellos la menor simpatía. Aviraneta, en cambio, experimentaba por estos absolutistas cierto afecto, y les reconocía el mérito de ser patriotas.
Entre los carlistas los había de todas clases: fanáticos, moderados, absolutistas, de un clericalismo cerril, y verdaderos liberales. Unos llevaban una vida pobre y austera; otros se mezclaban en toda clase de negocios. Los más pedantes eran los que se llamaban a sí mismo los puros. La pureza, la incorruptibilidad, es un tópico de todas las revoluciones. Generalmente, ser puro es ser más estólido e incomprensivo que los demás, no avenirse a razones y no discurrir.
Muchos de estos pobres carlistas habían ido a Bayona, arruinándose, y vivían en una situación precaria. Las señoritas distinguidas trabajaban para fuera con gran misterio.
La misma situación precaria hacía que aquellos soldados de Cristo se enredaran con la primera aventurera o fregona que encontraran al paso, sin considerar indispensable la bendición de un clérigo.
Se había unido la inmoralidad de la vida provinciana francesa con la hipocresía y la mojigatería española en silencio. Aquel viejo mundo español decrépito, cuya esencia representaba el carlismo, con sus generales inútiles, sus frailes y curas fanáticos y sus guerrilleros atrevidos y crueles, había hecho su nido en la tranquila Bayona, ciudad burguesa, que aparentemente tenía una moral muy respetable, pero en la que había mucho mar de fondo.
De esta unión resultaba que la ciudad estaba más españolizada que nunca y que en casi todos los comercios se hablaba castellano.
Se vendían en las tiendas muchos objetos de procedencia española y americana: joyas, relojes, anillos, cuadros, imágenes, tabaqueras, vajillas de plata y cadenas gruesas de oro, traídas de Méjico.
Se decía que el comercio bayonés marchaba mal, probablemente a causa del cierre de la frontera.
Los bayoneses se mostraban amables y, al mismo tiempo, explotadores y sórdidos. Quizá en una ciudad española hubiéramos hecho lo mismo, aunque yo creo que, en general, los españoles hubiéramos sido con los extranjeros menos amables y menos sórdidos.
MIS PASEOS
A veces iba a las Allées Marines, hasta la colina de Blanc-Pignon; otras, daba la vuelta a las murallas; pero lo que más me atraía eran las proximidades del Nive. El Adour, como río gascón, me era más antipático que el Nive.
Iba por los muelles de una y otra orilla, paseaba por los arcos bajos de la Galupèrie y del Pont Traversant y veía las gabarras y las chalanas que bajaban de Ustariz y de Cambo. Cruzaba los puentes de madera, el Puente Mayou y el Puente Panecau, y contemplaba las casuchas sórdidas y sucias de los muelles.
Al bajar hacia la plaza de Armas contemplaba la animación del puente de Saint-Esprit, puente de madera tendido sobre barcas, y veía el puerto, ya en el Adour, con sus goletas, sus bergantines y sus pataches.
La larga fila de embarcaciones, que comenzaba en la confluencia del Nive y del Adour, se extendía por el muelle de la Aduana, a lo largo de la reja de la plaza de Armas, hacia las Allées Marines.
Los carros de bueyes iban y venían; los obreros del muelle, con sus sacos en la cabeza como capuchas y los pies descalzos, cargaban y descargaban las barricas de vino y de aguardiente de Armagnac, las maderas de los Pirineos y de las Landas, los sacos de harina del centro de Francia, los fardos de pita americana para los alpargateros y los cordeleros. El sol daba en el Adour de una manera lánguida, y las gaviotas jugueteaban sobre las aguas muertas de este río, que deja de ser un torrente para convertirse en seguida en un pantano.
CONOCIMIENTOS DE HOTEL
Por entonces, en la fonda de San Esteban, había algunas personas fijas como yo: un profesor del Liceo, monsieur Teinturier, varios militares y un señor rico que quería ser elegante. Este señor se llamaba Tartas. El señor de Tartas tenía ya cerca de cincuenta años, pero pretendía pasar por joven; vestía a la última moda; llevaba una peluca muy bien disimulada; era gordo, rechoncho, ventrudo, con los dientes postizos, el bigote pintado, y con corsé. Era voluptuoso y goloso. Las modistas y los pasteles de crema eran sus debilidades. Yo le decía Tartas, el elegante, y algunos chuscos le habían llamado por su laminería Tartas a la crema, lo que recordaba la Tarte â la crême, de Molière. Tartas tenía un color rubio falso y una piel rojiza: parecía un cochinillo asado. Se las echaba de muchacho y solía pasearse conmigo por los Arcos del Puerto Nuevo hablando de sus conquistas y mirándose en todos los escaparates.
Tartas era mentiroso y farsante como pocos, un verdadero gascón. A creerle a él, con la historia de sus antepasados, y con la suya, y con sus amores, se podían hacer tomos y tomos. La preocupación íntima de Tartas era no ser bastante alto. Respecto a todas las demás particularidades de su físico, estaba convencido de que eran encantadoras. Tenía un abdomen abultado, pero esto era una señal de fuerza; tenía un color rojizo, pero hacía bien, su optimismo no podía conseguir el que se creyera de buena estatura.
La amistad con Tartas me daba a mí también un aire de donjuanismo y de fatuidad que no estaba mal para un hombre que, como yo, iba a intentar una segunda vida de conspirador.
Otro de los huéspedes de la fonda era el profesor Teinturier, joven, del centro de Francia, de unos veinticinco a treinta años. Teinturier era un tipo de galo: tenía una cara juanetuda y cuadrada, una mirada dura y fuerte, los labios gruesos, la barba cobriza y las manos fuertes.
Era muy radical en sus ideas y muy tímido con las mujeres.
Teinturier y Tartas se despreciaban mutuamente; yo comprendía que valía mucho más el profesor que aquel dandy grasiento, encorsetado y repintado; pero éste tenía más relaciones, y me incliné a reunirme con él.
También venía a pasear con nosotros un abate, el abate d'Arzacq, que vivía en la misma fonda. El abate d'Arzacq era un hombre rubio, sonriente, sonrosado, anticuario y coleccionista de monedas. Yo le conocía de casa de la Falcón, porque era uno de los contertulios de la tienda de antigüedades. D'Arzacq tenía un aire tan insinuante y tan burlón, que parecía que debía ser inteligentísimo. A mí me daba la impresión de un cínife, pero en él todo era fachada.
El abate d'Arzacq era un hombre hecho para las reverencias: las hacía maravillosamente. En compañía del señor de Tartas conocí a algunas chicas guapas que estaban en los comercios, y con el abate d'Arzacq visité a varias familias de la buena sociedad bayonesa, que, naturalmente, eran clericales y legitimistas.
VIII.
SENSIBILIDAD PATRIÓTICA
Además de mis conocimientos del hotel, tenía otros de españoles, gente modesta, a quien conocía por doña Paca Falcón y sus operarios.
Uno de estos españoles, amigo del carpintero Joaquín García y del cerrajero Horcajo, era un tal Jesús Díaz, carlista, andaluz, el padre del chico de mi oficina, Fernandito; Jesús Díaz había tenido que emigrar de su pueblo con su mujer y sus hijos, y se había establecido en Bayona. Lo cómico era que a medida que vivía en Francia iba perdiendo el fervor carlista y haciéndose republicano.
Don Jesús vivía en la calle de la Zapatería, una callejuela que iba de la calle de España hacia la muralla, callejuela sombría, en una casa de cuatro pisos, con unas habitaciones que daban a un patio obscuro. Don Jesús era un hombre joven, guapo, de bigote negro. Daba lecciones de español, pintaba cuadritos y escudos nobiliarios, y hacía juguetes de madera y alambre, que vendía a bajo precio.
Debía pasar épocas de miseria negra. Algunas veces fuí a su casa. Tenía una mujer que trabajaba mucho y, además de Fernandito, dos chicas morenitas muy graciosas, que se pasaban la vida abanicándose vertiginosamente y lamentándose de estar en Francia, que les parecía un país muy soso, en donde los hombres no decían galanterías a las mujeres en la calle. Don Jesús tocaba la guitarra, y las chicas bailaban las sevillanas o los caracoles, u otros bailes de su tierra.
En la misma casa, sórdida y siniestra, vivían otros dos españoles: uno de ellos era Joaquín el carpintero, que trabajaba en la tienda de doña Paca; y el otro, un carlista vascongado, Zabaleta, amigo del conde de Negrí, que estaba empleado en una frutería. Todos ellos tenían de noche su tertulia en una taberna de la calle de España, que antiguamente se había llamado la Bandera Blanca, y que era de un ex policía.
En aquella taberna se hacía espionaje a favor de Don Carlos, como en la casa de Iturri a favor de la Reina.
A este rincón solían ir españoles que vivían en la vecindad, tipos raros y desgarrados.
Uno de ellos era un cura catalán, mosén Pau, hombre cetrino, cejijunto, muy áspero. Mosén Pau había peleado con Tristany, y estaba resentido con él por un motivo de dinero.
Mosén Pau vivía en una casa de la calle de la Carnicería Vieja, y todo su entretenimiento era ir al campo y tirar al blanco con una pistola sobre botellas vacías, huevos vacíos, etcétera. Para este cura, tirador al blanco, no había hisopo que tuviera el encanto de una carabina o de cualquiera otra arma de fuego, ni agua bendita tan agradable como la pólvora.
En la misma casa de mosén Pau, en una guardilla, vivía otro carlista viejo, arruinado por la causa. Era un hombre de cerca de setenta años, con varias cicatrices profundas en la cara. Iba a casa de los españoles pudientes y esperaba a la puerta horas y horas, embozado en una capa raída y apoyado en un bastón, a que le dieran una limosna. Si recibía algunos cuartos, saludaba dignamente y se marchaba.
Era también contertulio de la taberna un tipógrafo de la imprenta de Lamaignere, donde trabajaba como corrector de pruebas. Este tipógrafo se llamaba Barbanegre: era hombre de unos cuarenta años, muy culto; muy enterado de la política y de los asuntos españoles, y muy aficionado al vino.
Para publicar algunas hojas, cuyos originales me envió Aviraneta, me entendí con Barbanegre y fuí a la imprenta de Lamaignere, que estaba en la calle de Bourg-Neuf del Pequeño Bayona, una de las calles más frías y más húmedas del pueblo.
Un día me encontré a mosén Pau; me dijo que estaba Tristany en Bayona y que iba a verle. Me invitó a comer con ellos.
Fuimos a un fonducho miserable de la calle de los Toneleros, obscuro y húmedo, y allí conocí a Tristany, que andaba vestido de cura y se preparaba a entrar de nuevo en Cataluña. Mosén Pau y Tristany se pusieron a discutir, en catalán, con tal violencia, que parecía que estaban dispuestos a matarse. Dejé a estos dos energúmenos con placer.
TERTULIA EN LA LIBRERÍA
Barbanegre, el cajista, me llevó a la librería de Mocochain, sucesor de Gosse, donde me presentó al librero, que era un señor ya viejo. Yo quería suscribirme a una librería circulante, y me suscribí allí.
Había otro librero en Bayona llamado Larroullet, que prestaba libros, y un salón de lectura en la plaza de Armas.
Mocochain tenía la especialidad de los libros raros. Fuí a su tienda con frecuencia. Allí se reunían varios bibliófilos, la mayoría curas; entre ellos, el abate Miñano.
Miñano era hombre muy acicalado, muy elegante, de una gran facundia, y, como había vivido mucho y conocido muchas gentes, se manifestaba muy escéptico. Empleaba en la conversación frases maquiavélicas que, aunque no las hubiera inventado él, las usaba con gran oportunidad. Es más que un crimen: es una falta. Una victoria más como ésta, y estamos perdidos...
La librera, madama Mocochain, muy sonriente y muy joven, según las malas lenguas, no era una virtud muy sólida.
Fuí a la librería varias veces, al anochecer, y escuché lo que allí se hablaba, y me quedé asombrado de la cantidad de cosas desconocidas por mí: la historia antigua, la historia moderna, la literatura, el arte, la política, sin contar las ciencias, que no pretendía, ni aun siquiera someramente, enterarme de ellas. ¡Qué suma se podía hacer con mis ignorancias!
Tenía buen sentido y bastante buena memoria, y pensé en los procedimientos para cubrir mi desnudez mental de una manera decente. Como mi cultura era tan escasa discurrí el modo de adquirirla. Decidí que después de aprender el francés me dedicaría al inglés.
MIS LECTURAS
Abonado a la librería circulante de Mocochain y al gabinete de lectura de la plaza de Armas, me puse a leer de una manera frenética. Ya la vida en Bayona no me parecía tan aburrida, y muchas veces me faltaba el tiempo para las cosas más elementales.
Alternando con las novelas y los libros de historia me puse a leer biografías de hombres célebres para ver qué camino emprendieron en la vida tales hombres. La Biografía Universal, de Michaud, que entonces se acababa de publicar e iba dando suplementos, me sirvió mucho para mis planes.
Tomaba notas de todo lo que me chocaba en la lectura, y, como tenía buena memoria y mucha curiosidad y deseo de saber, me iba improvisando una cultura y marchaba camino de ser un polihistor.
LOS FRANCESES Y ESPAÑA
Uno de los resultados de mis lecturas fué el darme una preocupación grande por España y, al último, hacerme patriota.
Leí un Resumen Geográfico de la Península ibérica, por Bory de Saint-Vincent, muy áspero para nosotros, y otro libro, L'Espagne sous Fernand VII, por el marqués de Custine, que tenía escrito en los márgenes palabras de protesta de algún lector español. Yo conocía de España muy poco, casi nada, y, sin embargo, me dió la impresión de que el libro del señor marqués era un tejido de embustes y de tonterías.
Leí todos los libros que encontré sobre nuestro país.
Hay que reconocer que la mayoría de las cosas que los franceses han escrito acerca de España valen poco: son casi siempre observaciones superficiales y vulgaridades que destilan antipatía y odio. No se explica bien, mas que teniendo un fondo entre rencoroso e indelicado, la rabia de los franceses contra un país como el nuestro en el siglo xix, en plena disolución y decadencia.
Estas duras invectivas contra España me hicieron, como digo, patriota.
Mi sensibilidad patriótica fué un hecho nuevo que surgió en mí con la lectura y al ver que se denigraba constantemente a España. En España no se podía vivir una vida relativamente civilizada, ni comer, ni dormir. España era un país imposible. Los españoles, al parecer, éramos una excepción en el mundo: malos, crueles, sanguinarios, incultos, indisciplinados, de color negro y cobardes.
Sin embargo, cuando fuí leyendo biografías, encontré que los tipos históricos españoles valían lo de los otros países, y que muchas veces los superaban. Me chocó la incomprensión de los franceses para con nosotros. Reconocían que España podía haber tenido en otras épocas hombres de genio, pero eso no valía.
Los franceses, en general, creen que el colmo de la civilización es llevar un redingote con elegancia, y que decir cuatro o cinco lugares comunes con una pronunciación muy perfilada y con un acento muy nasal es algo sublime. En esto se engañan. El mundo que admira el acento parisiense, y la cocina francesa, y las cantantes de café concierto, es el mundo de los tontos, de los rastacueros y de los negros disfrazados. Al mundo inteligente lo que le interesa de Francia es su aportación a la cultura general, sobre todo su aportación científica.
LOS GRANDES HOMBRES DE LA ÉPOCA
Una cosa que me asombró leyendo la Biografía Universal, principalmente los tomos del «Suplemento», que se referían a hombres contemporáneos, fué ver que casi todos ellos habían sido de una perfecta inmoralidad: ladrones, inconsecuentes y traidores. Además, no sólo ocurría esto, sino que casi todos los traidores habían sido premiados, y casi todos los hombres fieles a una causa acababan en la miseria, en la prisión o en el patíbulo.
Era un ejemplo verdaderamente inmoral. Yo me fijaba, sobre todo, en españoles y franceses. Los fieles a una idea, Robespierre, Vergniaud, Saint-Just, Ney, Berton, Riego, el Empecinado, Torrijos, caían en la lucha; en cambio, los Tayllerand, los Fouché, los Bernardotte, los Soult, subían como la espuma.
La ingratitud de los reyes era verdaderamente espantosa. Fernando VII fusilaba a los generales de la Independencia, que habían luchado heroicamente por él, y hundía en la miseria a Godoy, que quizá era su padre; Luis XVIII daba pensiones a los bonapartistas y republicanos y dejaba abandonado a Fauche-Borel, agente de los Borbones durante más de treinta años, que, viéndose en la vejez, sin amparo, acabó suicidándose. María Cristina, traicionando a los que la defendían, pactaba con Don Carlos, y este último veía con inquietud los éxitos de Zumalacárregui y escuchaba con tranquilidad la noticia de su muerte.
Si de la historia puede desprenderse una moral, de la historia de nuestro tiempo no podía desprenderse más que una lección de inmoralidad.
¡Qué grandes hombres de estercolero todos los grandes hombres de la época! Me hizo pensar mucho su ejemplo. ¿Es que los hombres, como las hortalizas, necesitarán el fiemo para crecer y desarrollarse?—pensaba—. ¿Es que las sociedades honestas y virtuosas no producirán más que hombres mediocres?
IX.
NOTICIAS DE AVIRANETA
Al marcharse Aviraneta de Bayona leí la prensa española con curiosidad, por ver si aparecía su nombre y en qué concepto se le tenía.
Unas tres semanas después de su marcha lo encontré citado en el periódico El Eco de la Razón y de la Justicia.
Decía así el periódico madrileño:
«¿Pretende quizá El Eco del Comercio secundar los buenos oficios del señor Aviraneta, que, según se asegura, ha ido a las provincias del Norte a promover escisiones, como acostumbra, y a introducir el desorden en el ejército?»
El 25 de julio aparecía otra noticia en el mismo periódico:
«El célebre Aviraneta, según carta que hemos visto de Cádiz, ha llegado a aquella ciudad acompañado de otro revolucionario, ayudante suyo, y cuyo nombre no dice la carta. Ignoramos si lleva recomendaciones de don Gil de los Ojos Verdes, firmadas El Consabido, como las que le dirigía a Zaragoza, o si el magnate de los unitarios habrá tomado otro seudónimo.»
Don Gil de los Ojos Verdes era, indudablemente, Gil de la Cuadra. ¿Por qué le aludían a él, tomándole como compinche, siendo como era enemigo de Aviraneta? No lo supe.
Estas noticias procedían, indudablemente, de las logias, y como los informes que tenían éstos no eran buenos, se distinguían por su confusión.
Dos días después, el 27 del mismo mes, volvió a aparecer en el mismo periódico otro suelto, enviado desde San Sebastián, titulado:
«NOTICIAS DE LA FRONTERA»
«Hace varios días que el famoso Aviraneta se ha presentado aquí, y aunque no permaneció mas que cortos instantes, pues el conde de Mirasol le hizo conducir a Francia en una trincadura de guerra, no por eso dejó de sembrar sus principios revolucionarios entre nuestros soldados. Desde San Juan de Luz, donde se halla, parece que envió un impreso, que circuló entre la tropa, y en el cual se decía que el Gobierno había enviado medios suficientes para pagar al ejército hasta 1840, pero que los oficiales y jefes que quieren prolongar la guerra se han apoderado de este dinero.»
El 30 de julio, el mismo periódico, publicó esta noticia:
«AVISO IMPORTANTE A LOS GADITANOS»
«El célebre Aviraneta regresó a Madrid desde San Juan de Luz; tuvo una conferencia con El Consabido, el magnate de los unitarios; otra con un alto personaje; recibió sus instrucciones y marchó el jueves de la semana pasada a Cádiz.»
La insistencia en pintarle a Aviraneta conjurado con Gil de la Cuadra, con quien estaba reñido hacía tiempo, y de llevarle a Cádiz, me chocaba.
El Eco del Comercio comentó estas noticias hablando desdeñosamente de Aviraneta. Mientras se le creía en Cádiz, don Eugenio estaba entre Pau y Perpiñán. Pensé que si todas las noticias de los periódicos tenían la misma exactitud, no estábamos muy bien enterados de lo que pasaba en el mundo, ni en España, ni en ninguna parte. A mediados de agosto, Aviraneta contestó en los periódicos de Madrid negando las andanzas que le atribuían y diciendo que no tenía nada que ver con el motín de Hernani.
UNA CARTA
Poco después, Aviraneta me escribió una carta larga; me hablaba de sus diferencias con el cónsul de Bayona, que habían hecho que el subprefecto diera una orden para expulsarle de la ciudad de Bayona. El 30 de junio Aviraneta había ido a Pau, y estando aquí ocurrió, el 4 de julio, un motín militar en Hernani, a pesar de lo cual los periódicos de Madrid se lo atribuyeron a él. De Pau, el 12 de julio, marchó a Tolosa; luego, a Carcasona, y llegó a Perpiñán el 24. No hizo más que llegar a esta ciudad cuando se vió rodeado por agentes de policía secreta que le impidieron hacer nada. Los tenía en el pasillo de la fonda, y cuando salía de ella le acompañaban por calles y paseos. Aburrido, y viendo que no había acción posible en aquellas condiciones, se decidió a volver a España, se embarcó en Port Vendres y marchó a Barcelona.
Recordando su prisión de la época de Mina, no quiso salir del barco; pero el gobernador le llamó a su presencia y tuvo que ir y dar una serie de explicaciones para que le dejaran seguir a Valencia. De Valencia se trasladó a Madrid, y allí estaba esperando, como siempre, el buen momento para entrar en acción.
«Tenía el proyecto de publicar un manifiesto para confundir a mis enemigos—me decía Aviraneta con cierta solemnidad, al final de su carta—; pero las circunstancias son tan graves, que en obsequio de la causa nacional voy a sacrificar la mía propia. El Pretendiente, con sus hordas, se acerca a la Corte; se necesita unión entre los patriotas para acudir a la común defensa, y creo sería una traición el dividir los ánimos en un momento de peligro con un alegato que necesariamente heriría la susceptibilidad de algunas notabilidades. Tampoco quiero llamar la atención ni arrojar luz sobre el objeto de mi viaje a Francia. Tú sigue ahí, aunque te aburras, porque puedes prestar grandes servicios.»
X.
MADAMA DE LAUSSAT
Cuando venga septiembre—me había dicho doña Paca Falcón—le presentaré a algunas señoras distinguidas de aquí.
Efectivamente, en la misma tienda me presentó a las señoras de Laussat y de Saint-Allais, que eran personas ricas y de distinción.
Mi amigo Tartas, el elegante, me habló de madama Laussat, a quien él había hecho la corte.
Madama Laussat había tenido amantes y seguía teniéndolos, siempre con una gran discreción y sin dar el menor escándalo. Era muy amable con todo el mundo, y desarmaba con su amabilidad al que tuviera intenciones agresivas para ella.
El marido de madama Laussat era un comerciante rico, y, como estaba enfermo, dejaba a su mujer que hiciera la vida que quisiera.
Probablemente sabía que tenía amantes, pero, aun así, miraba a su mujer como a una amiga y, al mismo tiempo, como una colaboradora. Ella, para él, era un motivo de lujo y de ornamentación, como una hermosa finca, y quería lucirla y demostrar con su esplendidez que era rico y poderoso.
Madama de Laussat era una rubia de unos treinta a treinta y cinco años, de cara ancha y un poco juanetuda, de ojos claros y labios gruesos y rojos.
Creo que, espontáneamente, yo no me hubiera fijado en ella, ni ella en mí; pero con esa tendencia a la tercería que hay en Francia, nos empujaron al uno hacia el otro.
Madama Laussat fué varias veces a la tienda de la Falcón y me citó en su casa.
Realmente, yo no sentía entusiasmo por ella, ni ella tampoco por mí; pero ella tenía casi siempre un amante y, durante un par de meses, ese amante fuí yo.
Uno de los medios de seducción de aquella dama era la risa; tenía unos dientes muy hermosos y una boca muy fresca.
Era una mujer sana, fuerte, con la nariz gruesa y respingona, y cierta tendencia a la gordura.
Doña Paca Falcón, siempre muy lista, me dijo:
—Estos amores con madama Laussat le avisparán a usted.
—¿Usted cree?
—¡Ah! Es una lagarta muy viva.
Uno de los contertulios de la librería de Mocochain, un cura viejo, el abate Faurel, hablando de madama Laussat, me decía:
—La cara de madama Laussat es una de esas caras que tienen atractivo con la juventud y con la frescura de los pocos años, pero que se convierten en máscaras grotescas con la vejez, sobre todo si la mujer se empeña en luchar con afeites contra los estragos de la edad.
Como no sentía entusiasmo por aquella madama, no me costó gran trabajo retenerme y no hacer enormes tonterías. A pesar de esto, tuve que pasar por muchas humillaciones y bajezas, adular a su marido y fingir gran admiración por Francia. Estas admiraciones fingidas me avergonzaban y me hicieron creerme un miserable.
Si yo fingí frialdad y egoísmo con ella, ella no tuvo necesidad de fingirlo, porque lo sentía espontáneamente. Su amor, si aquello podía llamarse amor, estaba condicionado por sus amistades, sus compromisos, y hasta sus digestiones. Todo esto me parecía desagradable y ridículo, y me humillaba y me ofendía.
El deseo de conseguir todo de las gentes de los países que se llaman civilizados me parecía, y me sigue pareciendo, muy antipático. Da una mezquindad, un cuadriculado a la vida completamente odioso.
Madama Laussat iba a las citas con este espíritu ansioso y glotón. Era completamente práctica y positiva. Si en una de nuestras citas le hubiera estropeado un lazo, no me lo hubiera perdonado nunca.
Consideraba madama Laussat que el mundo entero le debía una cantidad de satisfacciones y de placeres suficientes que tenía que cobrar.
Me instó a que le hiciera un regalo; pero como no tenía dinero, ni voluntad, le hice un regalo pequeño...
Actualmente veo que en los países del centro de Europa se habla con un entusiasmo lírico de la vida sexual: hay profesores serios que cantan el amor físico con una mezcla de lirismo y de pedantería, como algo misterioso y sublime, y lo que para nosotros, los españoles, sobre todo los españoles viejos, es puro cerdismo, para ellos es algo intelectual y maravilloso.
Madama Laussat tenía también una idea ansiosa del placer. Era una idea de avaro. No comprendía que sólo el sacrificar algo da perspectivas nobles a la vida.
Ella no quería sacrificar nada, y este espíritu tan mezquino me llegó a hacer a aquella mujer perfectamente antipática. No era sólo su espíritu el que me rechazaba, sino su manera de comer y de beber, de hablar y de sonreír.
Al notar mi alejamiento, ella me sustituyó pronto por un teniente de Artillería, el señor de Gassion.
El haber sido el preferido de madama de Laussat durante algún tiempo me dió cierto prestigio entre las señoras de la buena sociedad, que me acogieron más amablemente. Conocí por entonces a madama D'Aubignac, que era la mujer de un militar, y fuí presentado en su casa por el teniente Gassion.
XI.
MADAMA D'AUBIGNAC
Madama D'Aubignac, Delfina Vitelli, no se parecía en nada a madama Laussat; era un tipo completamente distinto.
Madama D'Aubignac tendría entonces veintiséis o veintisiete años. Era rubia, con un color como desteñido, de ojos azules, la nariz recta, las cejas finas, la boca pequeña, de labios pálidos, la expresión reservada y un tanto teatral. Era muy elegante y esbelta; tenía las manos delgadas, de dedos largos, con las que accionaba muy bien, y tomaba unas actitudes artísticas. Tenía un niño y una niña. Delfina era nieta de un italiano, y decía que era descendiente de Vitellozzo Vitelli, uno de los condottieri muerto por César Borgia en la célebre emboscada de Sinigaglia.
Delfina tenía un ingenio muy agudo y un gran sentido de observación, lo que no le impedía ser muy romántica.
Entonces, no; pero hoy hubiera dicho que era una mujer envenenada por la literatura. Le hubiera gustado ser sacerdotisa como Velleda, no como la de Tácito, sino como la de Chateaubriand, y tener un destino trágico y triste. Excitada por la literatura y por la música, Delfina era una mujer descontenta, una mujer alambicada, con una gran inclinación a las sutilezas psicológicas y literarias, muy aficionada a escribir largas cartas, con análisis espirituales.
Madama D'Aubignac tenía en sus reuniones la actitud de una señora de casa que aspira a que la gente se distraiga en su salón; hablaba de una manera muy insinuante, y sus explicaciones eran siempre claras, precisas, sin obscuridades, y las ayudaba con el gesto y con el ademán de aquellas manos de dedos largos y finos.
El señor D'Aubignac era militar, hombre correcto, frío, realista y muy arbitrario. Oí decir que se había casado con Delfina principalmente por la dote; guardaba consideraciones a su mujer, pero no le tenía cariño. Galanteaba a madama Picamilh, que era una morena opulenta, de ojos negros, que estaba muy enamorada de su marido.
El señor D'Aubignac me trataba muy amablemente.
LAS AMISTADES DE DELFINA
A casa de Delfina solían ir con frecuencia madama Picamilh y madama Saint-Allais, que era una viuda vaporosa, como una sílfide, que hacía versos sepulcrales. También iba madama Laussat, pero Delfina sabía demostrar que no consideraba a esta dama entre sus amistades íntimas.
Los hombres que acudían a las reuniones eran en su mayoría militares, aunque había también paisanos, magistrados, empleados y comerciantes. El clero frecuentaba poco la casa; algunas veces iba un canónigo, y, en una o dos ocasiones, el obispo, que se dedicó a galantear a las señoras.
Uno de los hombres que más bullía era el doctor Iriart, hombre alto, viejo, muy empaquetado, muy derecho, muy bien vestido, y a quien se le tenía por una eminencia. El doctor hablaba como si tuviera el secreto de todas las cosas. A mí me pareció un antipático farsante de la tribu de los galenos.
Otro médico que frecuentaba la casa era el doctor Lacroix, médico del regimiento. El doctor Lacroix tenía un tipo frailuno: era fuerte, rechoncho, displicente, con el cráneo calvo y abultado; había vivido en Argelia; era soltero, y tenía afición por los caballos y por los perros.
Los jóvenes oficiales que acudían a casa de madama D'Aubignac estaban cortados todos por el mismo patrón: eran fatuos, vanidosos y de aire frío y ceremonioso.
El único amable, al menos conmigo, era el teniente Gassion, mi substituto cerca de madama Laussat. Gassion era alto, delgado, rubio, con los bigotes en punta, con la cara roja y con esa insignificancia corriente en el tipo rubio, que da la impresión de un joven de mostrador o de un mozo de fonda. El teniente Gassion era una buena persona, hombre amable y servicial, pero un charlatán desenfrenado.
MIS RESENTIMIENTOS
En esta tertulia, muchas veces los oficiales jóvenes me trataban con desdén o me decían alguna impertinencia. Varias veces me propuse no ir.
Al principio me sentía muy cohibido y muy molesto. Me encontraba como un mozo del campo a quien le ponen por primera vez cuello almidonado y botas nuevas. A veces, por una frase, por una sonrisa, la ira brotaba en mí de una manera súbita.
No sospechaba yo que tuviera este fondo de violencia y de barbarie.
Me sentía más iracundo y más irritable en Bayona que en España. Yo me explicaba a veces esto, porque en España, con el odio de los dos partidos, se dividían las actividades psíquicas, y una gran cantidad de irritación y de cólera se empleaba en detestar a los enemigos; pero en Francia, en donde esta división no era posible para un español, ponía uno la violencia y la rabia dentro de la vida social.
Me chocaba encontrar en mí mismo, de una manera tan exagerada, esta mezcla de violencia, de brutalidad y de debilidad. Por un motivo pequeño me sentía indignado e irritado, y al cabo de un par de días surgía otro que recogía a su alrededor la misma cólera y violencia.
Me había creído cándidamente un hombre comprensible y amable, pero iba viendo que no había tal cosa y que estallaba por dentro a cada paso con una irritación y una rabia frenéticas.
Algunos días en que había poca gente me sentía muy a gusto en casa de madama D'Aubignac. Era ya a principios de otoño; se encendía fuego en la chimenea, se charlaba, y yo me encontraba bien y, a veces, hasta ocurrente.
LAS IDEAS DE MADAMA D'AUBIGNAC
Delfina me invitó varias veces a comer en su casa, y llegué a tener cierta confianza, nunca mucha, porque la manera de ser de aquella señora no lo permitía, y había que estar siempre en guardia.
Madama D'Aubignac era la pulcritud llevada al último extremo: toda su casa estaba tan cuidada, que daba pena pisar el suelo con las botas sucias de la calle. Tenían un salón verde, con una sillería Chippendale, de seda también verde; un piano Erard, la araña en el techo, un velador, una vitrina con miniaturas y abanicos preciosos, unas cortinas de terciopelo verde con guarniciones de hierro forjado, un retrato al óleo de una dama de su familia y varias estampas; la llegada de una diligencia, de Bailly, grabada por Massard, y Le Bal Paré y el Concierto, dibujados por Saint-Aubin y grabados por Duclos, que son pequeñas obras maestras en el género.
Delfina tocaba el piano y cantaba, si no con mucha voz, con mucho sentimiento, El barbero de Sevilla, Lucía de Lammermoor, que se estrenó por entonces, y algunas canciones vascas como Iru damacho (las tres señoritas donostiarras de una tienda de Rentería, que saben coser bien, pero que saben mejor beber vino). Esta canción la había instrumentado el músico francés Habeneck, y llegó a hacerse popular.
Delfina era muy entusiasta de los libros de Balzac y de los dibujos de Gavarni, que le parecían maravillosos. Estaba suscrita al periódico La Moda, árbitro entonces de las opiniones y de las costumbres de la gente elegante.
Tenía también gran entusiasmo por Víctor Hugo, aunque el carácter demagógico que iba tomando el poeta no le gustaba. Sabía de memoria trozos de Hernani, y una vez ella y un joven oficial recitaron la escena de Hernani y Doña Sol, en que Doña Sol dice aquella frase célebre: ¡Vous êtes mon lion superbe et généreux! Realmente, madama D'Aubignac declamaba muy bien.
Delfina hubiera querido vivir en París. No sentía amor por su marido, pero era de una conducta severa. Unicamente una gran pasión la hubiera arrancado de su pasividad. Tenía por la gran pasión un amor exaltado. Yo sospechaba que en este culto por la gran pasión había mucho de exasperación, producida por la literatura romántica.
Tenía también un entusiasmo exagerado por la belleza, por la prestancia y por el rango, que a mí me irritaba profundamente.
La verdad es que en la vida todos los caminos, cuando queremos recorrerlos hasta el final, nos llevan a algo feo e innoble.
La admiración por la belleza, por la fuerza, por el rango, es justa, está bien, pero nos induce fácilmente a la adulación y hasta a la vileza. La compasión, la piedad, tienen mucho de sublime, pero conducen, a poco que crezcan, al odio por el feliz y por el ecuánime.
¡Tan difícil es tomar una posición sentimental honesta en la vida!
Yo, cuando veo a una persona que busca deliberadamente como amigos a los ricos, a los fuertes, a los hombres de rango, desconfío de ella; pero cuando veo a otro que busca también deliberadamente a los desgraciados, a los tristes, a los rencorosos, desconfío más.
Sólo el amor por lo intelectual tiene nobleza en su comienzo y en su fin.
Delfina era eminentemente social. A mí me chocaba que fuera tan amable con viejos estúpidos y malhumorados, que apenas si hacían caso de sus lagoterías.
Había uno, sobre todo, un señor Durand, rico, que a mí me exasperaba. Era un hombre gordo, rojo, apoplético, con un pelo blanco que parecía lana, unos ojos claros y una voz con notas agudas de falsete. Era el hombre de las observaciones mal intencionadas. Yo, en un período de revolución y teniendo poder, lo hubiera mandado fusilar sólo por el tipo.
Cuando tuve confianza con Delfina le dije:
—Me choca que haga usted caso y que prodigue usted sus amabilidades a ese viejo estúpido y antipático, que además no le agradece su solicitud. ¡Qué manera de dilapidar la amabilidad!
—Pero así hay que ser: todos tenemos defectos.
Claro que todos tenemos defectos—pensaba yo—. Hay hasta defectos que son muy simpáticos. Lo que me chocaba es que Delfina tuviera simpatía, estimación por gentes pesadas, plúmbeas, sin ninguna cualidad.
Entonces sentía yo por la burguesía, por el filisteo negado y petulante, un odio verdaderamente violento.
Me hubiera parecido una obra casi meritoria, encontrando un tipo de estos estúpidos, satisfechos y mal intencionados, como el señor Durand, el quitarle el dinero, el arrebatarle la mujer y el seducir a su hija.
Hoy ya la más intensa de las estupideces me deja frío.
LA IDEA SOBRE ESPAÑA
Si algunas veces yo chocaba con las opiniones de Delfina llevándole la contraria, ella me hería siempre que hablaba de España y de los españoles. La mala opinión que tenía de nosotros me irritaba, y a veces la replicaba violentamente. Todos hablaban de España con ironía, como de un país atrasado, sucio, bárbaro, que no hacía nada bien. Esto me ofendía, y pensaba en devolver el golpe que me daban. Me irritaba luego el ver que yo, en el fondo, era más rencoroso que ellos, porque yo recordaba durante algún tiempo lo que me había ofendido, y ellos, con esa superficialidad francesa, se olvidaban en seguida de lo que habían dicho.
Una vez que me quejaba delante de Delfina de la mala opinión que tenían los franceses de nosotros, ella me dijo:
—A los franceses nos da España una impresión de barbarie y de tosquedad.
—Sí; también a nosotros Francia nos da una impresión de relajación. Para un español, todos los franceses son cornudos, y, naturalmente, todas las mujeres engañan a sus maridos.
—Pero eso es una falsedad.
—Es posible; pero, ¿por qué no ha de ser una falsedad también la opinión de ustedes sobre España?
XII.
LA DUQUESA Y SU ABATE
Un día, en la puerta del hotel, me encontré a un abate que me preguntó, en castellano, dónde estaba el Consulado de las Dos Sicilias. Le dije que no lo sabía, pero que podía preguntar en el Consulado de España, en la plaza de Armas.
A la hora de comer le volví a ver al abate. Era un tipo raro, con una cabeza dantesca. Llevaba melenas. Tenía la frente ancha, arrugada, tempestuosa; el entrecejo, fruncido; la nariz, corva, un poco roja; los labios, finos; la boca, sardónica; las cuencas de los ojos, grandes, y los ojos, negros e inquietos.
Tenía una cara de polichinela, pero de un polichinela sombrío y tétrico.
Al volver a encontrarle me saludó con una profunda inclinación de cabeza.
Al mozo del hotel le pregunté:
—¿Quién es este tipo?
—Es un abate que ha venido con una señora. Se han inscrito en el hotel así: «La duquesa de Catalfano y el abate Girovanna».
Al día siguiente, el abate me volvió a hablar y me dijo que la duquesa tenía interés en conocerme. No comprendí qué interés podía ser el suyo, pero fuí con el abate al cuarto de la duquesa.
Era ésta una mujer de unos cuarenta años, con la cara larga y marchita, la nariz también larga, el color muy pálido, los labios muy finos, con las comisuras para abajo. Tenía un aire de galgo, un tipo muy aristocrático; se manifestaba muy lánguida, muy amable y como sumida en una profunda tristeza. Toda su vida estaba en los ojos, unos ojos claros, profundos y enigmáticos que miraban muy atentamente, con una fijeza de felino.
Hablamos un instante la duquesa y yo, y al salir de su habitación el abate Girovanna se despidió de mí con grandes demostraciones de amistad.
Volví a interrogar al mozo acerca de aquellos extraños personajes. Me dijo que la duquesa vivía alternativamente en Nápoles, en Niza y en París, y que el abate Girovanna hacía las veces de secretario o de mayordomo, aunque en sus relaciones con la duquesa más parecía el amo.
UN HOMBRE EXTRAÑO
Al día siguiente, el abate Girovanna fué a mi oficina y estuvo charlando largamente conmigo. Hablaba español muy bien, aunque en su conversación mezclaba palabras de italiano y de francés. Me invitó a dar una vuelta; fuimos paseando por los arcos hasta la catedral, tomamos hacia la muralla, y por el Rempart Lachepaillet salimos a la Puerta de España.
Me habló de las torres que había habido antiguamente en Bayona y me indicó los sitios por donde pasaba la muralla galorromana.
—Vamos a seguir un poco hacia San Pedro de Irube—dijo—. Este camino se conocía antes con el nombre de camino de los Agotes.
Luego vi que, efectivamente, así era.
El abate me dijo que se llamaba Jenaro Girovanna y que había nacido en Nápoles, aunque se consideraba cosmopolita. Me asombró. Era un hombre inquieto y turbulento. Sabía diez o doce idiomas. Su cabeza no regía bien: discurría a veces con buen sentido, pero de pronto desbarraba. Me dijo que era botánico y médico; me habló de todos los países del mundo, y me contó unas cosas que me dejaron espantado.
Según él, en los últimos tiempos, en las cortes de Roma, de Nápoles, de Viena y de Madrid se había envenenado mucho.
—No lo creo—le dije yo.
—No sea usted naívo—me contestó él—. Está probado. Muchos príncipes, palaciegos y cardenales han muerto envenenados.
—¿Y se sigue envenenando?
—No; porque ha habido un químico inglés, Marsh, que ha descubierto hace un par de años un aparato que revela los rastros del arsénico, y el arsénico era el veneno más usado.
El abate Girovanna me contó una porción de casos de envenenamiento, y sólo se interrumpió a la vuelta de nuestro paseo para mirar con curiosidad un escaparate de una tienda de ultramarinos de la calle de España, que no tenía nada de curioso.
Al día siguiente, el abate volvió a mi oficina, y salimos a pasear hacia Anglet.
El abate me interesaba cada vez más. Yo no he conocido un hombre más sugestivo que aquel siniestro polichinela. Tenía una ciencia de benedictino, una memoria repleta de datos, de ideas, de conocimientos.
A esto unía una versatilidad de mujer histérica y una imaginación de taumaturgo. Era una cabeza capaz de abarcarlo todo. La historia la conocía al dedillo; se ponía a hablar de geología y explicaba la formación de los terrenos con un lujo de detalles de un especialista; de esto pasaba a la política o a los idiomas, y se veía que no sólo sabía de todo, sino que tenía de la mayoría de las cosas una idea propia y original.
Sabiendo que yo era vasco me habló del vascuence y me explicó una porción de particularidades del idioma que yo ignoraba.
El abate tenía unas opiniones radicales. Decía que el cristianismo y los bárbaros del Norte habían perdido el mundo.
Para Girovanna todas las extravagancias de la época tenían una gran importancia: la frenología, el magnetismo animal, la necromancia. Creía también, o por lo menos aceptaba, la posibilidad de que existieran elixires de larga vida y bebedizos hechos con sangre de niño. Hablando de esto expuso la teoría de que la sangre fresca, fuerte, debía emplearse en ciertos casos en alargar la vida de los hombres superiores.
Cada vez que le veía al abate mostraba una nueva faceta. Resultó que era también algo ventrílocuo y prestidigitador. Lo más curioso suyo era el rápido cambio de estado espiritual. Pasaba de la alegría a la tristeza, y de la risa casi al llanto, sin tránsito apenas.
A mí me producía una mezcla de atracción y de horror. Algún día no apareció; luego me dijo, más tarde, que a veces tenía dolores muy fuertes en el pecho y en la cintura, y que para calmarlos tomaba opio.
Sus observaciones frenológicas eran muy curiosas; de repente cambiaba de aspecto y se notaba que experimentaba una gran curiosidad o una gran repulsión por una persona en cuya cabeza había visto algún signo que le desagradaba.
—Tiene usted la sagacidad comparativa—me dijo una vez.
—Y eso, ¿en qué se distingue?
—En esa protuberancia de en medio de la frente.
Yo, no sé por qué, no creía en esto gran cosa, y se lo dije.
—Pues hay algo de verdad—replicó él—. Fíjese usted en los hombres valientes, decididos, que tienen condiciones para la música y las matemáticas. Verá usted que casi siempre tienen la cabeza ancha y las sienes abultadas; en cambio, en los grandes poetas, en los artistas, en los historiadores, no verá usted con frecuencia esas cabezas, sino cabezas largas, con la frente prominente.
—¿Y yo qué clase de hombre soy, según usted?
—Usted es un hombre sensual; pero hay dos cosas en usted fuertes que corrigen su sensualidad.
—¿Y son?
—La intuición y la lógica. Usted no hará grandes tonterías; si las hace será llevado por el orgullo o por la curiosidad, impulsado por una pasión intelectual, pero nunca por el instinto ciego.
A la semana de conocerme, el abate me dió un frasquito que contenía un narcótico.
—Guárdelo usted—me dijo—; a veces se encuentra uno con una persona que estorba. Se le dan unas gotas de este licor en un vino capitoso, y ya lo tiene usted fuera de combate.
Hice la prueba dándole unas gotas en un terrón de azúcar al perro del hotel, que se quedó durante muchas horas dormido. En vista de la eficacia del narcótico me decidí a llevar siempre el frasquito en el chaleco, en el bolsillo del pecho, hasta que pensé que estaría viejo y lo tiré.
UNA PROPOSICIÓN
A los diez o doce días de conocerle, el abate me propuso ser secretario de la duquesa. El empezaba a perder la memoria y a estar demasiado nervioso. Me daría quinientos francos al mes y todos los gastos pagados. Tendría en perspectiva una vida espléndida, viajes, gran mundo, trato con mujeres hermosas... Como para mostrarme la generosidad de la duquesa me mostró un sobre lleno de diamantes y esmeraldas que ella le había regalado.
Yo, pensando en Aviraneta, le contesté que tenía que consultar con mi padre.
—¿Para qué? Los padres nunca saben dar buenos consejos...; pero, en fin, haga usted lo que quiera.
Estaba indeciso; la proposición me halagaba extraordinariamente. No sabía qué hacer, y me decidí a explicar el asunto a Delfina.
Ella me dijo que le parecía una imprudencia el seguir a la duquesa y al abate, que probablemente serían unos aventureros.
—Es muy extraño—añadió ella—que le hagan un ofrecimiento así, sin motivo alguno, y sin conocerle. Por lo menos, entérese usted de quiénes son.
El consejo era bueno y me determiné a seguirle. Fuí a ver al canciller del Consulado de España para que pidiera al cónsul de las Dos Sicilias datos de la duquesa y del abate.
Al día siguiente los dos habían desaparecido.
RUMORES
Poco tiempo después corrió el rumor extraño de que la duquesa de Catalfano era una mujer vampiro.
Se dijo que al ver a un muchacho de la fonda que se había hecho sangre en una mano le había entrado una gran agitación, brillándole los ojos como a un ave de rapiña; que tomó la actitud de abalanzarse hacia él, y que el abate le había detenido.
Luego se añadió que la duquesa necesitaba para vivir el sorber sangre, y que el abate le llevaba muchachos engañados.
No se pudo averiguar de dónde salió este rumor, ni de qué procedía; a pesar de no tener la menor verosimilitud, la idea me hacía temblar.
Más o menos claramente, había tenido la sospecha de que la titulada duquesa era una mujer lasciva que se valía de su secretario para tener hombres jóvenes.
Luego se dijo que detrás de la duquesa y del abate vino a Bayona un viejo de Nápoles, a quien el abate le había llevado un hijo que no se sabía dónde estaba. Tampoco pude comprobar esto. Lo que sí resultó verdad fué que, en Niza, el abate se hacía llamar Lazaretti, y ella, la princesa de Campo Chiaro.
También averiguamos que, a una señora vieja del hotel, el abate había prometido regenerarla y convertirla en un jovencito la primera luna del año siguiente. La señora estaba desconsolada porque el abate se había marchado, dejándola preocupada, y pensando, sin duda, en la transformación que iba a haber en sus instintos para que le empezaran a gustar las mujeres más que los hombres. Con este motivo se habló de Cagliostro, del conde de San Germán, de los elixires, de los vampiros y de los brucolacos.
Yo no creí gran cosa que Girovanna fuera un bandido. Más bien pensaba que era un hombre fantástico y raro y amigo de asombrar con sus conocimientos y sus ideas; pero aun así me producía cierto espanto.
Delfina se rió mucho comentando los peligros a que me hubiera expuesto si llego a aceptar la plaza de secretario de la Catalfano.
—Lo que me choca es que creyera usted que le iban a hacer un ofrecimiento tan espléndido por nada. Algo le tenían que pedir.
—Sí; es verdad.
—En parte es usted muy modesto, y, en parte, muy orgulloso.
A veces, en sueños, recordaba a la duquesa y al abate con sus ojos hundidos y su aire de polichinela, y muchas veces imaginé que entre los dos me metían en una campana de cristal y me dejaban exangüe y blanco como un papel.
XIII.
LA ARBITRARIEDAD
Iba intimando más con madama D'Aubignac y asistiendo con frecuencia a su casa.
Delfina encontraba que mi manera de hablar francés era dura y recortada, y me recomendó que aprendiera de memoria trozos de Corneille y de Racine, como el sueño de Atalia, el furor de Hermiona, las imprecaciones de Camila, cosas que me aburrían lo indecible. También me recomendó que leyera en voz alta los Mártires, de Chateaubriand. Tampoco podía con ellos; todos los personajes del ilustre vizconde me parecían de cartón, figuras sin relieve ni calor humano, como las estampas que reproducían cuadros de Ingres y de David, que tanto gustaban a Delfina.
Para convencerme con el ejemplo, madama D'Aubignac me leyó una vez aquel trozo de los Mártires: ¡Pharamond! ¡Pharamond, nous avons combattu avec l'épée! Ella pronunciaba esto de una manera perfiladísima; a mí me parecía todo ello amaneramiento y afectación. Si no de una manera clara, con algún circunloquio se lo dije.
LA AFECTACIÓN Y LA TRADICIÓN
Para Delfina el reproche de afectación no constituía un defecto. Ella creía que la afectación amanerada era la verdadera forma de la civilización; suponía que la pérdida de las costumbres, y de las modas de la antigua sociedad francesa, con sus peinados y sus pelucas, sus moscas, y sus tacones rojos, y el colorete, era lastimoso. A mí todo esto me sorprendía y me indignaba. Ahora no me hubiera indignado; comprendo que la sociedad que pretenda ser elegante tiene que ser amanerada, jerárquica y tradicionalista. Las cosas no se improvisan tan fácilmente como quieren creer los revolucionarios.
Durante mucho tiempo yo he tenido el desdén y la antipatía por la tradición en la política, y sobre todo en la literatura, y he llegado hasta leer con gusto los libros de Tolstoy, Dostoievski e Ibsen, con su psicología del hombre solo y desnudo de viejas fórmulas; pero ahora voy volviendo al redil y prefiero la psicología del hombre vestido, acompañado y con tradiciones.
Del amor por la literatura obscura y caótica, aunque llena de sugestión, he pasado, por grados sucesivos, al gusto, para mí aviranetiano, por la claridad y la sequedad.
Es la influencia de la vejez y del retorno a lo antiguo.
Actualmente, este gusto no es un gusto a la moda, porque el público de hoy desea la solemnidad y que el poeta, el músico, el cantor y el bailarín tomen aires de sacerdotes; pero, en fin, no me preocupa gran cosa estar a la moda.
INCOMPRENSIÓN
Delfina era muy partidaria de la aristocracia; yo me sentía entonces rabiosamente demagogo. Hoy tampoco lo soy. No se puede creer que un hombre, por el hecho de pertenecer a una familia aristocrática, sea sólo por eso noble y distinguido; ni al revés: que un hombre, porque su familia haya sido obscura, sea un bruto; pero que en el régimen de vida actual hay mucho en el individuo que se pega de la familia, es indudable.
Delfina me preguntó por los Leguías, y cuando le dije que tenían su escudo, le pareció bien.
La verdad es que hay una incomprensión completa entre las personas de los distintos países.
Delfina aceptaba únicamente su punto de vista francés; más, era un defecto; menos, también.
Creía, como un dogma, que el idioma francés era bonito, y el alemán y el inglés, feos. Yo le decía:
—Para mí un idioma es bonito si se entiende. Si no se en en tiende y no se ha oído, todos los idiomas parecen absurdos. La prueba está en los chicos. Un chico oye hablar a un extranjero y se burla de él; le parece ridículo.
Delfina no aceptaba mis puntos de vista generales. Hablábamos, por ejemplo, de las mujeres españolas, y las reprochaba que andaban con pasos menudos y con mucho melindre.
—Sí—decía yo—; las españolas son más pequeñas de estatura que las francesas; tienen que dar los pasos más cortos si le gusta a usted que una mujer tenga el paso largo, le gustará la manera de andar de una inglesa.
—¡Ah, no! La inglesa anda como un granadero.
En todo, Delfina, era lo mismo. Ella tenía que dar la norma: estaba en el fiel de la balanza.
DESCONTENTO
Iba estando nervioso y poco satisfecho en Bayona. Pasaba el tiempo y no hacía nada; los planes de Aviraneta no tenían el menor éxito; la casa de comisión no marchaba bien, cosa natural, porque no ofrecía condiciones de vida. En el primer negocio que quise intervenir tropecé con la mala voluntad del cónsul Gamboa; llegamos a reñir, y yo le dije algunas cosas duras.
Hubiera vuelto a España con mucho gusto, ¿pero adónde? El ir de dependiente de comercio me parecía horrible; volver a mi casa de Vera, estando mi padrastro, no lo hubiera podido soportar.
Hice un viaje a San Juan de Luz, a visitar a la madre de Corito, y esta señora me acogió muy fríamente. A mí me fué también bastante antipática mi futura suegra; me pareció muy orgullosa y muy entonada.
Volví a Bayona pensando que la suerte me volvía la espalda. Estaba desesperado, desilusionado. No tenía tampoco un amigo a quien contar mis penas.
Mucho de mi malhumor se convirtió en autocrítica.
—Qué bruto soy—pensaba muchas veces—. ¡Qué farsantería hay dentro de mí! ¡Me emborracho de petulancia y de deseo de ser interesante!
Entre los demás y yo mismo me habían laminado. Aviraneta, doña Paca Falcón, madama Laussat, Delfina, la madre de Corito, me habían alargado y estrechado y puesto en el lecho de Procusto. Iba perdiendo toda espontaneidad y toda alegría.
Hablando de esto, Delfina me decía:
—Se va usted haciendo hombre, y antes era usted un niño.
La verdad, no agradecía el cambio.