EN LA FRONTERA DEL TIROL
Como el enfermo que cambia de postura, me he trasladado a otro pueblo del mismo valle de los Grisones.
Es un pueblo en un alto, desde el cual se divisa un gran panorama de montes de Suiza y del Tirol. He ido al único hotel de la aldea, que tiene una espléndida terraza.
Estamos ahora en el momento más caliente del verano; el sol brilla de una manera implacable y el cielo se muestra uniformemente azul.
A la caída de la tarde salgo a pasear. El río murmura en el fondo del valle; se oye en los montes, entre los árboles, el cencerro de las vacas y el sonido romántico del cuerno de los pastores.
Por el camino no pasa casi nunca nadie; a veces me cruzo con algún hombre barbudo en un carro y, con frecuencia también, con un deshollinador vestido de negro, con un sombrero de copa encasquetado en la cabeza y una escalera en la espalda, que marcha montado en bicicleta.
Como el campo está seco, me siento sobre la hierba y contemplo estos prados con las anémonas y pulsatilas florecidas, de colores variados; los vilanos del diente de león y de las escabiosas, que se deshacen con el viento; los tomillos, las saxífragas, las siemprevivas y las pequeñas flores azules de los myosotis.
Cuando el sol se retira se siente en seguida frío, y vuelvo a mi cuarto del hotel.
No tengo nada que hacer, no tengo nada actual en qué pensar, y me dedico a seguir mis Memorias.
I.
UNA IMPRUDENCIA
En el invierno de 1837, estando en Bayona, tuve como negociante una gran sorpresa y un acontecimiento inesperado en mi vida. La sorpresa fué el entrar en relación directa con las casas de Collado y Lasala, de San Sebastián, y empezar a hacer negocios con las compras para el ejército cristino.
La Casa de Comisión de Etchegaray y Leguía, puesta sin más objeto que el de servir de pantalla para las intrigas de Aviraneta, comenzó a marchar de pronto viento en popa.
Gamboa me llamó, y fué él quien me relacionó estrechamente con Lasala y Collado. Poco después me entendí con algunos vinateros españoles para entrar vino de Navarra y de la Rioja en Francia.
Gamboa quiso avasallarme, y en los negocios en que entré con él tomó la parte del león.
Gamboa era el tipo del hombre honrado que se aprovecha de todo lo que es legal. De ahí no pasaba su moralidad. A pesar de creerse el prototipo de la justicia y de la honradez, se beneficiaba de su cargo y de sus relaciones para enriquecerse. A mí me puso la proa mientras creyó que no tenía gran formalidad ni resistencia comercial; cuando vió que seguía firme, se hizo amigo y aliado mío.
Esta prudencia, que en la burguesía pasa por sesudez y por buen juicio, es una cualidad de los miserables y de las gentes de espíritu bajo e innoble.
Yo no le tuve nunca simpatía a aquel hombre, y al globo inflado de su vanidad le hubiera dado con gusto un alfilerazo si hubiese podido.
Entre las comisiones de Gamboa y las de los vinateros comencé a tener mucho trabajo, y me vi en la necesidad de tomar un dependiente en mi oficina, y al cabo de poco tiempo, dos.
GOMES SALCEDO
Colaboraba conmigo un judío, Gomes Salcedo, hombre más listo que el hambre. Claro que esta listeza en un judío no es cosa rara, y menos siendo de la familia de Leví, como Gomes Salcedo, porque los Leví descienden del rey David, o del rey Salomón, o de no sé qué otro ilustre granuja bíblico. Gomes Salcedo, con su aire de cabra triste, era un águila. Se había arruinado dos o tres veces, y hecho rico otras tantas. Afortunadamente para mí, sus intereses y los míos no eran contrarios; si no, yo hubiese andado muy mal.
Gomes Salcedo arrancaba el dinero a Lasala y a Collado con una energía terrible, y se imponía al cónsul Gamboa, que era el representante y el asociado de los dos comerciantes de San Sebastián, luego ingresados en la aristocracia española. No se podía saber de todos estos negociantes quién era el más judío.
Gomes Salcedo tenía como ayudante para los negocios sucios a un tal Cazalet, bohemio, que se pasaba la vida en los cafés, jugando al billar, fumando y bebiendo.
Cazalet había hecho de todo: el espionaje, el chantage, la compra de correspondencias secretas entre carlistas y liberales, etc., etc. Si no había envenenado a nadie, lo confesaba él mismo, era porque no tenía valor y le temía al Código y a los gendarmes.
Cazalet era un hombre listo, inteligente, con un conocimiento instintivo de los hombres, pero su ciencia del mundo no podía utilizarla, desacreditado como estaba y hundido en todos los vicios.
Cazalet, con sus melenas, y su pipa, y su corbata flotante, venía con frecuencia a mi oficina y contaba una porción de historias, a cual más escandalosas, de los unos y de los otros, con su habitual cinismo. Oyendo a aquel bohemio se veía la parte baja de negocios y de chanchullos que había en el comercio de Bayona y en la guerra de España, a pesar de que carlistas y liberales se batían por puro fanatismo.
TORPEZA
El acontecimiento inesperado de que hablo al principio comenzó por unas palabras mías imprudentes.
Había ido una noche a la tertulia de la librería de Mocochain, donde estaban los contertulios de siempre y un señor viejo a quien no conocía.
En medio de la conversación, de pronto, me preguntó Miñano:
—¿Usted conoce al comandante D'Aubignac?
—Sí.
—¿Qué clase de hombre es?
—Es un hombre de poco talento y un tremendo reaccionario.
—A mí me lo habían pintado como hombre inteligente y liberal—dijo el viejo desconocido.
—No. ¡Ca!—repliqué yo—; el otro día estuvo hablando mal del general Harispe y lamentándose de que el Gobierno de Luis Felipe haya puesto al mando de la división de Bayona a un republicano.
—¿Así que usted cree que D'Aubignac es realista?
—Lo es, sin duda alguna.
—¿Y qué dice del subprefecto?
—Dice, como todos, que es un tonto presuntuoso.
—Y de Delfina, ¿qué opina usted?—me preguntó el viejo.
—Es una mujer muy sabia, muy perfilada, muy compuesta.
—¿A usted no le entusiasma?
—No; estas mujeres tan bachilleras no me encantan.
—¿Y se le conoce algún amante?
—No; yo creo que no le quiere gran cosa a su marido; pero su virtud consiste en que no tiene, por ahora, nadie que le guste de verdad.
Charlamos de otra cosa, y al salir yo de la librería pensé que había hecho una torpeza al hablar de Delfina y de su marido como había hablado, y más a una persona desconocida.
La primera vez que fuí a casa de madama D'Aubignac tuve un momento la sospecha de que alguien habría contado lo dicho por mí en la librería; pero se me pasó este susto.
Quince días después estaba de visita en casa de Delfina, hablando delante de la chimenea, cuando ella repitió mis palabras de la librería. Al principio no supe qué replicar, tan turbado me hallaba; luego, levantándome nervioso, la dije:
—Aunque esto no sea la verdad estricta, sino adornada, no creo que tenga más valor que una estúpida indiscreción mía y una indiscreción, aún mayor, del que ha venido a usted con el cuento.
—Ha podido usted perjudicar a mi marido.
—Lo reconozco, lo comprendo. He obrado neciamente, ya lo sé, y para castigarme como merezco, no volveré más a su casa.
El pedir perdón no venía a cuento; así que me marché al hotel consternado, pensando unas veces no ir ya a ninguna parte y otras proponiéndome no hablar de nada.
II.
DESAFIO
Hubiera deseado que la cosa no tuviera más derivaciones, pero las tuvo.
Unos días después, al pasar por delante del café de la plaza del teatro para ir al Consulado de España, me llamó el teniente Gassion, que estaba con otros dos oficiales.
—¡Adiós, señor Leguía!—me dijo—. Siéntese usted; no vaya usted tan deprisa. Ayer le echamos a usted de menos en casa de madama D'Aubignac.
—Son ustedes muy amables. Ando estos días un poco atareado.
—Siéntese usted y tome algo. Pues, sí; madama D'Aubignac me preguntó varias veces por usted; si no le habíamos visto, etcétera. Le tiene a usted mucho afecto.
—Sí; es una señora muy buena.
El teniente Gassion siguió hablando de Delfina de una manera tan indiscreta, que me puso frenético.
—Gassion—le dijo uno de los oficiales—, está usted molestando a su amigo, que tiene que emplear toda su diplomacia con usted.
—Yo, ¿por qué?
—Como se dice que es usted un buen amigo de madama D'Aubignac.
—¡Bah! ¡Se dicen tantas tonterías!—exclamé con acritud.
—De todas maneras, aunque sea usted su amante, no será usted el primero.
—Yo no soy su amante. La señora D'Aubignac es una señora amiga mía, y nada más.
—Sigue la diplomacia—saltó insolentemente el oficial—. Yo supongo que madama D'Aubignac, a quien no tengo el honor de conocer, se irá con el que le haga algunos regalitos.
—¿Usted la conoce?
—No.
—¿Entonces por qué habla usted así de ella? Me parece estúpido el denigrar a una mujer a quien no se conoce, por que s.
El me replicó de una manera desdeñosa y altiva, asegurando que mi opinión sobre él le tenía sin cuidado; yo insistí afirmando con violencia que lo que decía era una estupidez y una indignidad. Nos insultamos, y él me provocó a un duelo. Le dije al teniente Gassion que arreglara el asunto de manera que no se supiera la causa.
—Bueno; ya lo arreglaré. ¡La verdad es que él tiene la culpa de todo; pero usted también le ha contestado de una manera tan desdeñosa y tan agria! ¿Es usted un buen tirador de armas?
—Yo, no. No he cogido un arma en mi vida.
—¡Qué locura! Entonces le va a herir como quiera. Yo se lo pienso advertir: si le hiere a usted gravemente, lo mato.
Esto no era un gran consuelo para mí. El oficial que se iba a batir conmigo se llamaba Martín, y, al parecer, su antipatía por madama D'Aubignac provenía de no haber sido invitado por ella a ir a su casa.
HERIDO
Convinieron los testigos el duelo a primera sangre y a espada.
Fuimos con nuestros padrinos y dos médicos, uno de ellos, el doctor Lacroix, a una finca del camino de Biarritz. Mis dos testigos eran el teniente Gassion y un joven inglés, Stratford Grain, a quien conocía de casa de doña Paca Falcón. Todo se hizo con una gravedad y una ceremonia solemnes. Se escogió el terreno, se midieron las espadas, con un cambio de cortesías y de sonrisas. Yo creía que estaba leyendo algún párrafo de Chateaubriand. ¡Pharamond! ¡Pharamond, nous avons combattu avec l'épée! También pensaba que estábamos en la batalla de Fontenay, cuando ingleses y franceses se invitaban a tirar los primeros. Nos quitamos las levitas mi enemigo y yo, y nos pusieron a los dos adversarios tan lejos, que a mí me pareció imposible que nos pudiéramos herir.
—Allez, messieurs!—dijo el director de la escena. En el primer asalto mi contrincante me hizo un rasguño en el antebrazo derecho que me dolió. Mis testigos dijeron que bastaba; pero yo protesté. El pinchazo me produjo tal cólera, que ardí en deseos de venganza. Los testigos debatieron el asunto y decidieron que podía seguir la lucha.
—Laissez aller!—dijo el juez de campo.
Yo avancé dispuesto a herir a mi adversario de cualquier manera, creyendo que esto era cosa fácil, y entonces él me dió una estocada en el hombro. Quise seguir adelante, cegado por la cólera, pero los testigos nos metieron los bastones entre nuestras espadas y se dió por terminado el acto. Hubo nuevo cambio de ceremonias y de sonrisas, y mi adversario y sus testigos desaparecieron.
—Ha quedado usted muy bien. Ha hecho usted retroceder varias veces al contrario—me dijo Gassion.
—Sí; pero él, mientrastanto, me ha pinchado.
Volvimos en coche a Bayona y tuve que estar más de una semana en la cama. El doctor Lacroix me cuidó. Este hombre, al parecer brusco, en la intimidad era un buen hombre y hasta un sentimental, y me atendió con afecto.
Mis dos testigos, Gassion y Stratford, vinieron todos los días a verme. Estuvieron también Tartas, el profesor Teinturier y el abate D'Arzacq. Delfina me escribió una carta muy cariñosa y muy amable. Stratford la visitó y me trajo noticias de ella.
—¿Se ha dicho algo en el pueblo del desafío?—les pregunté a mis amigos.
—Sí—me contestó Stratford—; se habla mucho de usted.
—Se añade—repuso Gassion—que quiere usted traer aquí las costumbres brutales de España.
—Ven ustedes—salté yo—. Es la eterna injusticia. ¡Decirme eso a mí, que no me he batido nunca hasta ahora!
—Eso, qué importa. El caso es que usted está a la moda—replicó Gassion.
Cuando me curé fuí a ver a Delfina, que me recibió muy cariñosamente. Me llamó muchas veces su querido amigo, y me preguntó con interés cómo iba. Luego dijo:
—¡Qué estúpida bestia ese hombre que insulta a una mujer, por que sí!
Delfina encontró que la insolencia y la ordinariez del oficial que se había batido conmigo procedía de su cuna. Era hijo de un tabernero.
Mientras hablaba con Delfina llegó mi amigo Stratford; charlamos largo rato delante de la chimenea, al lado del fuego; poco después vino el comandante D'Aubignac, y, ya de noche, nos fuimos a casa.
Me pareció notar que la insensibilidad de Delfina se conmovía un poco en presencia de Stratford, y se lo dije a éste.
—¿Usted cree...?—me preguntó el inglés con indiferencia—. Yo, al menos, no lo he notado.
EN LA SALA DE ESGRIMA
Después de este desafío, del que había salido bastante bien librado, decidí aprender la esgrima, hacer gimnasia y practicar otros ejercicios de lucha, como el boxeo, etc.
Stratford era muy enemigo de tales deportes; decía que estos ejercicios no producían mas que una gran brutalidad y una gran petulancia. Según él, Inglaterra llegaría a ser un país completamente estúpido a fuerza del abuso de los deportes.
A pesar de su opinión, como yo pensaba seguir una vida de lucha, fuí a la sala de armas que regentaba un militar retirado, el profesor Bratiano, que había estado en Argelia, en la Legión extranjera.
Según el maestro, yo tenía serenidad, buena vista, brazos y piernas fuertes, pero me faltaba la prontitud en el ataque.
—Con un hombre nervioso, al principio podrá usted verse en peligro, pero si logra usted sujetar un poco al adversario, al último lo dominará usted.
Además de la esgrima y del boxeo aprendí a montar a caballo.
III.
STRATFORD GRAIN
Jorge Stratford Grain, el joven inglés que me había servido de testigo en el desafío, era un muchacho elegante, moreno, de cara larga y tipo aristocrático. La cara de Stratford era de esas caras que se contemplan a gusto; daba la impresión de una fisonomía serena y amable.
Jorge sabía mucho, tenía una gran cultura; había pasado tres o cuatro años enfermo del pie, sin poder andar mas que con muletas, y durante este tiempo se dedicó a leer. Su madre vivía en una casa magnífica, en Cambo.
La madre de Stratford era una señora alta, con un aire de reina, de unos cuarenta a cuarenta y cinco años, con una amabilidad un tanto imperiosa.
A la madre, como al hijo, los había conocido en casa de doña Paca Falcón; después, a Jorge le traté con motivo de mi desafío, y llegamos a intimar.
Tenía Stratford un hermano y una hermana mayores en Inglaterra, por los que sentía gran afecto. Me habló de que su hermano había hecho la expedición de Vera, en 1830, con Mina y con Fermín Leguía.
Tuvimos grandes charlas, sobre todo mientras yo estuve en la cama con la herida. Hablamos mucho de política y de literatura. El desenfreno en el elemento patético, cosa típica en nuestra época, era para él algo que le producía repugnancia. Stratford se sentía antirromántico.
—Toda esta literatura romántica de hoy—me dijo un día—es sólo confusión y aparato y afectación; quiere ser muchas cosas al mismo tiempo y, a veces, no es nada. Bien está ser elástico y poder saltar, pero no se saltará nunca por encima de la propia sombra.
Yo no estaba completamente conforme con él. Es cierto que en la literatura romántica del siglo xix hay mucha cosa pesada, exagerada y ridícula, pero, aun así, es la única que todavía conmueve al hombre moderno.
Como siempre sucede, en el seno mismo de una tendencia aparece ya un impulso contrario y Stratford se había saciado en su juventud de romanticismo e iba teniendo una inclinación opuesta a él.
—¿Quién había de pensar—me decía una vez—que la Nueva Eloísa, Pablo y Virginia, Atala y el Genio del Cristianismo y los Poemas de Lord Byron estarían ya tan olvidados? Es la vida, la naturalidad, lo que perdura. El Asno de Oro, de Apuleyo; el Satiricón, de Petronio, o el Lazarillo de Tormes, aunque no son mas que juguetes, vivirán más que todas esas obras aparatosas de literatura recalentada.
Cierto—pensaba yo—; hay una clase de romanticismo que muere, pero hay otro que vive, como el de Goethe, Dickens, el de Balzac, el de Carlyle, y que vivirán siempre.
Varias veces supuse que Stratford escribía; pero por más insinuaciones que le hice respecto a esto, no me dijo nada. En algunas cosas era de una extrema reserva.
Stratford tenía un vivo deseo de ir a Londres y de escuchar a los grandes parlamentarios ingleses. Sobre todo, Disraeli le producía una gran curiosidad.
Su madre no quería dejarle marchar hasta que no estuviera completamente fuerte; pues le consideraba todavía como un niño, y como un niño débil.
Estuve una vez con Stratford en su casa de Cambo, y tanto él como su madre me convencieron de que debía estudiar el inglés.
Había en Bayona una señorita vieja, miss Rose, a quien los Stratford conocían por miss Rose, la flaca, porque, sin duda, había habido otra del mismo apellido a quien llamaban miss Rose, la gorda. Fuí a casa de miss Rose, la flaca, y comencé con ella a dar lecciones de inglés.
IV.
LAS CARTAS DE LORD CHESTERFIELD
Mi profesora de inglés me dió, como libro para traducir, las cartas de lord Chesterfield a su hijo: Lord Chesterfield's Letters.
Me pareció que este libro debía ser muy aburrido, lleno de lugares comunes, y no tuve ninguna gana de avanzar en su lectura.
Luego encontré la biografía del lord, y me indujo a seguir leyendo sus cartas el ver que un autor inglés, Johnson, decía de Chesterfield: «Su señoría enseña a su hijo la moral de una cortesana y las maneras de un profesor de baile».
He aquí lo que a mí me conviene—me dije a mí mismo—: un poco de moral de cortesana y otro poco de maneras de maestro de baile. Esto me dará el barniz necesario para lucirme en sociedad.
Encontré luego en el gabinete de lectura las cartas del lord traducidas al francés, y las leí rápidamente.
He aquí los hallazgos que hice:
«La sociedad es un país—dice el lord a su hijo—que nadie ha conocido por medio de descripciones; cada uno de nosotros debe conocerlo en persona para ser iniciado».
Los pensamientos del lord pedagogo no llegan a la sublimidad, pero indudablemente son de buen sentido y mucha discreción. Ambas cosas yo las necesitaba.
«No hay en el mundo—dice en otro lado nuestro autor—señal más segura de un espíritu pobre y pequeño que la inatención. Todo lo que vale la pena de ser hecho merece y exige ser bien hecho, y nada puede ser bien hecho sin atención».
En otra parte dice nuestro lord: «Un joven debe ser ambicioso, y brillar, y excederse».
Es lo que había pensado yo también siempre; en contra de la moral familiar, de la modestia y de la humildad.
LA MORAL DE LA CORTESANA
La idea de considerar el placer como complemento de la educación me produjo cierta sorpresa. Es una idea del siglo xviii que desapareció, sin duda alguna, con las predicaciones en favor de la austeridad de la Revolución Francesa: «El placer—indica el lord a su hijo—es hoy la última rama de vuestra educación: él endulzará y pulirá vuestras maneras, os impulsará a buscar y a adquirir la gracia».
Aquí estaba uno dentro de la moral de la cortesana.
«Las cenas, los bailes, son ahora vuestras escuelas y vuestras universidades... No hagáis sacrificios mas que a las Gracias. Sacrificad en su honor hecatombes de libros».
«Las mujeres son las refinadoras del oro masculino; ellas no añaden, es verdad, pero dan el resplandor y la brillantez».
Cuando el noble lord se siente maestro de baile le dice a su hijo: «Antetodo, tened maneras».
Además de la moral de la cortesana y de la estética del maestro de baile, hay en el autor inglés los consejos de un diplomático y de un hombre de mundo, tipo quizá intermedio entre la cortesana y el maestro de baile.
He aquí unas máximas suyas reunidas: Leed mejor diez hombres que veinte libros antiguos. Hay que conocer y amar lo bueno y lo mejor, pero no hacerse el campeón de lo bueno contra todos. Es preciso saber tolerar las debilidades de los demás, dejarles disfrutar tranquilamente de sus errores en el gusto como en la religión.
LOS NEGOCIOS DIPLOMÁTICOS
Ahora una pauta para dirigir una cuestión diplomática.
«Un asunto—dice nuestro aristócrata pedagogo—está a medias resuelto cuando se ha ganado la simpatía y las afecciones de aquellos con quienes hay que tratar. El buen aspecto, una presentación fácil, deben comenzar la obra; las buenas maneras y mil atenciones deben llevarla al fin... suaviter in modo, fortiter in re... Después del conocimiento de los tratados, y de la historia, y de los talentos necesarios para las negociaciones, viene el arte de agradar, de ganar el corazón y la confianza, no sólo de aquellos con quien se colabora, sino también de aquellos con quienes hay que luchar. Es necesario esconder vuestros pensamientos y vuestros planes y descubrir los de los demás; ganar la confianza por una franqueza aparente y un aire abierto y sereno, sin ir más lejos; atraerse el favor personal del rey, del príncipe, de los ministros o de la favorita que mande como dueña en la corte adonde hayáis sido enviado; dominar vuestro carácter y vuestros gustos de tal manera, que la cólera no os haga decir o que vuestra fisonomía no traicione lo que debe mantenerse en secreto; familiarizaos, vivid en relación con las mejores casas del lugar donde os encontréis, de suerte que seáis recibido más bien como amigo que como extranjero... De la misma manera que hacéis una amistad, que os ponéis en guardia contra un adversario o que subyugáis una querida, haréis un tratado ventajoso, desconcertando a los que os hacen la guerra, y ganaréis el favor de la corte adonde hayáis sido enviado. Vuestros planes harán de vos un negociador consumado. Agradad a todos aquellos que valgan la pena de ser conquistados; no ofendáis a nadie; guardad vuestro secreto e intentad arrancar el de los demás. Desconcertad los proyectos de vuestros rivales con diligencia y destreza, pero al mismo tiempo con las mayores consideraciones personales. Sed firme, sin exaltación. Los señores d'Avaux y Servien, nuestros hábiles negociadores en el tratado de Westfalia, no han hecho más. Los mejores negociadores han sido siempre los hombres más pulidos, los más bien educados, aquellos a quienes las mujeres llaman des hommes charmants. Yo sostengo que un ministro en el extranjero no puede ser un buen político, un político consumado, si no es al mismo tiempo un hombre de placer. Por amor de Dios, no perdáis nunca de vista estos puntos importantes: las gracias, las gracias personales... De diez individuos hay nueve que consideran la cortesía como sinónima de bondad y que toman las atenciones por servicios. El que se preocupa de tener siempre razón en las cosas pequeñas puede permitirse padecer errores en las grandes; se estará inclinado a excusarle».
DIVAGACIÓN SOBRE LOS «HOMMES CHARMANTS»
Esta teoría de la vieja diplomacia de lord Chesterfield me causó mucho efecto. En nuestro tiempo hubiera hecho reír a carcajadas al señor de Bismarck.
Llevado por la teoría del aristócrata pedagogo, me dediqué a aprender a hacer reverencias mirándome al espejo, echando el pie para atrás, y a sonreír amablemente. Creía en eso de los hombres encantadores.
Hoy tengo poco entusiasmo por los hommes charmants. Todavía un joven de elegancia afectada, está bien; pero un hombre cincuentón, sonriendo con coquetería y haciendo muecas de cortesana, es algo verdaderamente desagradable. Las canas, que ya de por sí son repugnantes, a pesar de los epítetos de respetables, venerables y demás, se hacen aún más repulsivas cuando están repeinadas y aliñadas.
La teoría de Chesterfield es falsa. Pensar que el hombre cuando ha aprendido a fuerza de miserias y de vilezas—¿quién no las ha cometido?—a ser falso constantemente, es cuando es encantador, es una idea absurda.
Entre esas gentes que tropezamos en las calles, en las oficinas y en los teatros, hay muchos inteligentes y llenos de astucia que saben saludar con una sonrisa amable, llevar una raya impecable en la cabeza y en el pantalón y que tienen esas gracias preconizadas por lord Chesterfield, y, sin embargo, no los queremos, no los ayudamos y los dejaremos arruinarse en la Bolsa o morirse en un rincón con perfecta serenidad; y, en cambio, seremos capaces de ayudar a un niño, de tenderle la mano y de salvarlo, a pesar de que tenga en germen todas las malas pasiones del hombre, sólo porque el niño si es malo, egoísta, envidioso, lo es de una manera ingenua, sin astucia, sin premeditación y sin comiquería; y esto le basta para hacerle amable y simpático.
Esta idea de los hommes charmants del lord pedagogo es una idea de solterona inglesa y ridícula que no tiene ningún valor.
NUEVA DIVAGACIÓN SOBRE LA TEORÍA Y LA PRÁCTICA
La verdad es que, por más que intenté llevar a la práctica los principios de lord Chesterfield, no conseguí gran cosa.
Nadie obra exclusivamente por principios, sino impulsado por el instinto; pocos al ejecutar razonan previamente; más bien improvisan. Además, entre la teoría y la práctica, hay un abismo. ¿Quién no lo sabe?
Nunca he comprendido la exactitud de esta vulgaridad como en el hotel de un pueblo alemán donde estuve hace días. En ese pueblo conocí a un doctor, hombre sabio e inteligente, a juzgar por su conversación.
Era un señor grueso, rechoncho, con grandes bigotes y barbas grises, armado de unos anteojos dobles, al través de los cuales se veían sus ojos azules.
El doctor comía con avidez, pero distraído. A veces me preguntaba después de comer algo:
—¿Estaba bueno esto?
—¿No lo ha comido usted?
Este señor cantaba la Naturaleza con un lirismo germánico ¡oh, Natura, qué bella eres!; pero, luego, hablaba a continuación de los miasmas, de los microbios, de los mil peligros que hay en el ambiente. El aire, el agua, las plantas, las flores, todo se hallaba infestado, según este entusiasta de la Naturaleza.
Estaba yo hace unos días sentado en el hall del hotel, que tenía una gran ventana a la calle, cuando entró el doctor. Se acercó a mí, se sentó en una butaca de mimbre, y me dijo de pronto en francés:
—¡Aj! Aquí hay moscas.
—Sí.
—¡Qué porquería!
—Sí; es un poco desagradable, ¿pero qué se va a hacer?
—La mosca es uno de los animales más perjudiciales del mundo.
El doctor habló de la mosca doméstica, de la Stomoxys, de la Anthomya, de la Sarcophaga, de la Piophila...
—¡Aj!—exclamó luego—. La mosca es el vehículo de innumerables enfermedades (citó quince o veinte). Sobre todo, esas verdes (dijo el nombre científico) son malísimas. A mí me repugnan.
Después de decir esto, el doctor se levantó, se acercó al ventanal, y con el pulgar y el índice aplastó siete u ocho moscas, y luego se pasó los dedos sonriendo por los bigotes, con gran tranquilidad.
Yo le miraba en el colmo del asombro y de la estupefacción, y él seguía sonriendo, sin comprender qué salto mortal había dado, sin notarlo, entre la teoría y la práctica.
V.
VARIEDADES SOBRE EL DANDYSMO
Muchas veces venía Stratford a Bayona y pasaba el día conmigo, e íbamos a visitar a Delfina. Esta me preguntaba mucho por él.
—¿Qué hace el Bello Tenebroso?—me dijo una vez—. ¿Lo ha visto usted de nuevo?
—A Stratford no se le puede llamar tenebroso—le contesté yo—; no tiene nada de byroniano.
Delfina quería averiguar qué vida hacía el joven inglés, cuáles eran sus ideas y sus costumbres.
Stratford podía pasar por un dandy, pero su dandysmo, no tenía nada de donjuanesco.
No sentía Stratford el menor entusiasmo por el tipo de Don Juan ni por la extravagancia. Su idea consistía en que había que vivir de una manera limpia y razonable. Su filosofía acababa en un estoicismo con cierto aire de fatuidad.
Este dandysmo espiritual suyo no se parecía en nada al de Jorge Brummell.
—Hay que ser principalmente gentleman—decía él—; defender al débil, al niño y a la mujer, suponiendo que la mujer sea débil, y aunque no lo sea.
INDIFERENCIA POR LA VULGARIDAD
Yo no me entendía completamente bien con Stratford. Su individualismo y el mío chocaban muchas veces, y aunque él era hombre generoso, su indiferencia por las cosas de los demás me molestaba.
No se le podía hablar de algo íntimo, porque desdeñaba las intimidades y confidencias.
El desdén por la vulgaridad era uno de sus dogmas.
—Yo soy implacable con el hombre estúpido y ramplón.
Stratford solía muy bien fingir la indiferencia y expresarla; para esto le ayudaba su aire frío.
No le gustaba lo enfático, lo exagerado.
—Toda idea exaltada es un peligro—decía—: una invitación a la grosería, a la violencia y a la brutalidad.
Sentía antipatía por los declamadores; había que tener, según él, una actitud fría e impasible para las tonterías de la masa: nada de exaltación, de republicanismo francés, ni de democracia, ni de otras cosas, para él de mal gusto.
También le repugnaban los crímenes y las canalladas colectivas. Una vez, paseando por las Allées Marines, me decía:
—Yo prefiero el crimen a la vileza. Yo no sé si podría llegar al crimen individual. A lo que no llegaría nunca es al crimen político o colectivo. Antes de matar, prender o fusilar por defender un principio, me retiraría de la política.
Es extraño, pensaba yo al oírle. Su posición espiritual era absolutamente contraria a la de Aviraneta, que afirmaba que por la salud del Estado se podía sacrificar a los individuos.
—El mundo es negro—añadía Stratford—; conservemos la cara y las manos limpias. No por limpiarlo vayamos a tiznarnos.
Era también el punto de vista contrario al de Aviraneta, que aceptaba el tiznado suyo para mejorar la sociedad.
—La mayoría de la gente hay que considerarla como manada—afirmaba Stratford—; luchar contra ella, es una locura. Si viene a nuestro encuentro, lo más prudente es apartarse.
Las máximas de Stratford me confundían y me hacían pesar el pro y el contra de muchas cuestiones que hasta entonces no se me había ocurrido examinar.
Todavía más que la exaltación política, repugnaban a Stratford las nuevas sectas religiosas que constantemente están naciendo en Inglaterra y en los Estados Unidos; pensaba que de aceptar un dogma cerrado, el mejor era el católico.
Yo veía en la actitud de Stratford una actitud de decadencia, pues sólo en las sociedades que decaen aparecen estos tipos, que, en vez de apoyarse sobre las conveniencias sociales, se asientan en la tierra, y en vez de mirar con los ojos de todo el mundo, quieren mirar con los suyos.
UN AVENTURERO
Por entonces apareció en Bayona un aventurero, un lion, que se llamaba o se hacía llamar Narbonne Burton. Este aventurero se decía hijo natural del conde de Narbonne Lara, y de una señora francesa emigrada en Londres. A su vez, de Narbonne Lara, el presunto padre del lion, se decía que era hijo de Luis XV y de su hija Adelaida, es decir, que era hijo de su abuelo y hermano de su madre.
Este aventurero paró en mi hotel. Tenía el tipo borbónico, vestía bien y llevaba un alfiler con una flor de lis, de oro, en la corbata.
Hablé con él. Era un hombre solemne y vulgar; todo lo que decía estaba inspirado en las novelas de Balzac, en donde sin duda, creía encontrar las esencias de la vida.
El pretendía ser un lion como de Marsay, o Ronquerolles, o cualquier otro de los héroes balzaquianos.
El juego, la política, las duquesas diabólicas con aire angelical, los hombres monstruos, toda la fauna inventada por el novelista creía haberla encontrado en la vida.
Lo más divertido de este aventurero era que llamaba en serio primos suyos a Don Carlos y a María Cristina.
—Yo también soy un Borbón—me dijo varias veces.
Cuando le hablé del aventurero a Stratford, le pregunté:
—¿No quiere usted conocerle? Es un tipo que le interesará a usted.
—No creo. Es el tipo bajo de Don Juan—me contestó con su indiferencia Stratford.
SOBRE DON JUAN
—Es decir—añadió Stratford—, hoy todos los tipos de Don Juan son bajos e insignificantes. Para mí Don Juan no ha tenido valor mas que allí donde ha habido creencias religiosas fuertes, donde la mujer se guardaba ansiosamente por temor al pecado y al infierno.
—En España.
—Claro, en la España de los Austrias, donde el amor tenía que luchar con enormes dificultades. En otras partes es una tontería. El Don Juan de Molière me parece un contrasentido y hasta una ridiculez. ¡Un señor rico en Francia que seduce muchachas aldeanas! ¡En un país en donde las chicas están deseando dejarse seducir!
—Sí, ¡la verdad que no es un gran mérito!
—Ninguno. El Don Juan no tiene valor mas que en la España católica y fanática del siglo xvi y xvii, con un fondo de miedo al infierno, de terror místico, de misterio. Fuera de esa época y de España es un personaje ridículo.
—¿Y todos esos franceses, ingleses y alemanes que han transplantado a su país el tipo de Don Juan?—le pregunté yo.
—Pues son unos petulantes majaderos. Los de más talento no lo han podido rejuvenecer y transplantar. Lord Byron no lo ha conseguido. Respecto a Lovelace, es un canalla insignificante. Don Juan en el amor es lo que el hereje en la Teología. Se necesita un dogma activo, eficiente, con un brazo secular, poderoso, para que haya un hereje; si no lo hay, el hombre que piense atrevidamente será un original, un librepensador, pero no un hereje. Lo mismo pasa en el amor; ¿no hay peligro, no hay misterio? Pues Don Juan no puede ser un héroe malo y demoníaco, sino un señor vulgar. ¿Qué es el Don Juan en este tiempo? Joven, es el calavera corriente; entrado en años, es el vieux marcheur, que se ve en París, rojo, pesado, delante de un escaparate tratando de seducir con su dinero a una aprendiza de quince a diez y seis años. En ninguna de estas edades creo que se le pueda ocurrir a nadie el tener a este tipo de Don Juan como un ornamento de la humanidad.
—Y el dandysmo, ¿no es algo así como una variedad del donjuanismo?—le pregunté yo.
—No. El dandy es un tipo más en consonancia con nuestro tiempo. Hoy se puede ser un dandy verdadero: en cambio, no se puede ser mas que un Don Juan falsificado.
VI.
EN CAMBO
Al comenzar la primavera, la madre de Stratford nos invitó a Delfina, a madama Saint-Allais y a mí a pasar una temporada en Jaureguía, su casa de Cambo.
Tomamos un coche y salimos de Bayona una mañana espléndida. Jorge Stratford nos acompañó y fué todo el camino hablando animadamente con Delfina. Yo tuve que recoger como en un lacrimatorio las frases sepulcrales de la poetisa madama de Saint-Allais, que veía el mundo con los ojos del vizconde de Arlincourt, el segundo o tercero de la serie de los vizcondes ilustres que comenzaba por el de Chateaubriand.
Después de Ustariz, pasamos por el seminario de Larresore. Madama de Saint-Allais quería ver a un sobrino suyo que estaba educándose allí, y entramos. Nos llevaron a un patio con arcos, y luego, a una gran terraza con un barandado de hierro, desde donde se divisaba la vista admirable del valle del río Nive.
JAUREGUÍA
Poco después de salir de Larresore llegamos a Jaureguía, la casa donde vivía Stratford, cerca de Cambo.
Era una casa del tiempo del Imperio, con un hermoso parque de árboles antiguos, algunos cortados en formas artificiales, cónicas y redondas. Delante de la fachada había un jardín enarenado con macizos de flores y un estanque en medio.
Al entrar por la avenida principal nos salieron a ladrar dos perrazos grandes que, después de cumplir su misión, se retiraron tranquilamente.
Stratford saltó del coche, ayudó a bajar a las señoras, dándoles la mano, y fuimos los cuatro hasta la gran escalera del hotel, donde aparecieron madama Stratford y un señor viejo inglés, afeitado, elegante, con un perfil aguileño, sir David Hardeloch, y su sobrina, una señora joven, casada con un marino; Stratford nos condujo a cada uno al cuarto que nos destinaron.
El mío era un cuarto antiguo con muebles de estilo Luis XV, con dos ventanas que daban a un jardín con grandes árboles y una fuente redonda en medio.
Yo me vestí, me arreglé, me puse el frac azul que tenía para las grandes solemnidades, entonces el frac no era sólo prenda de noche, y bajé al comedor.
La comida fué un poco ceremoniosa, y yo estuve atento viendo lo que hacían los demás para no cometer una inconveniencia. Se habló en francés y en inglés. Después de comer pasamos a un saloncito, desde donde se veía el curso del Nive, que se alejaba serpenteando por el valle, ancho y verde.
SE HABLA DE ESPAÑA
El señor inglés, sir David, que era diplomático, me preguntó noticias de la guerra de España; y como yo me mostrara algo pesimista sobre la suerte de mi país y de sus destinos históricos, me dijo:
—No tenga usted cuidado. España está en un período de crisis, pero se arreglará.
—¿Cree usted?
—Sí. Por otra parte, pensar que España no ha influído en el mundo de las ideas, como se afirma ahora, es una cosa injusta. Los héroes españoles reinan todavía en la literatura del mundo, y el Cid, Don Juan y Don Quijote son universales. ¡Qué fuego en estas figuras religiosas, como Santo Domingo, Loyola y Santa Teresa! ¡Qué brío en el pensamiento de Mariana, Servet, Molina, Suárez, Molinos! ¡Qué hombres de hierro estos españoles de la conquista de América! Tipos como Hernán Cortés y Pizarro no se encuentran en ningún país. Los italianos del Renacimiento no llegan a la fuerza de estos hombres. En el Arte y la Literatura los españoles tienen una personalidad de las más relevantes. Os falta en España un progreso material y ciencia moderna porque lleváis un período largo de guerras y de miseria, y la ciencia y el progreso necesitan reposo; pero eso vendrá. Eso vendrá porque es fatal, automático. Lo que os falta es precisamente lo que se improvisa. Se improvisa un investigador; lo que no se improvisa es un poeta, ni un artista, ni un historiador. Esto necesita tradición.
Le di las más efusivas gracias a aquel señor, porque desde que estaba fuera de España no había oído mas que hablar mal de mi país.
—Estará usted contento—me dijo Delfina.
—Sí, señora. ¿Por qué negarlo?
LAS MUJERES Y LOS POETAS
Poco después nos enzarzamos en una discusión acerca de las condiciones artísticas de las mujeres.
Stratford defendía con cierto valor que las mujeres tenían muy escaso sentido artístico.
Las señoras le atacaban, creyendo, sin duda, un poco ofensivo el que Stratford las considerara sin dotes estéticas.
—El arte es la más masculina de las actividades—decía mi amigo—, no en el sentido de que sea más fuerte, ni más noble, ni más elevada, ni más superior, sino en un sentido orgánico sexual. Se ve que el hombre siente más el arte que la mujer.
—Quizá a las mujeres nos ha faltado libertad para desarrollarnos en ese sentido—dijo madama D'Aubignac.
—Lo que nos falta a las mujeres es vanidad—añadió lady Hardeloch—. No tenemos esa tonta soberbia del hombre.
—¡Oh, oh!—exclamó riendo sir David—. ¡Qué descubrimiento está haciendo mi sobrina!
—Madama Saint-Allais nos afirmó que las mujeres, por instinto y por una inspiración genial, sabían más que el hombre con su ciencia, sus experiencias y sus libros.
—No lo creo—replicó Stratford—. Si fuera eso verdad no habría tampoco mérito alguno, como no hay mérito en que usted sea mujer y yo hombre, pero no lo creo; creo que no se aprende mas que con esfuerzo y con atención.
—Indudablemente—dijo sir David—; pero no hay que estar tampoco demasiado seguro de ello.
Stratford reconoció que era siempre prudente no tener una confianza absoluta en las cosas, por lógicas que pareciesen.
Como contraste de la conversación anterior, se habló después de si los poetas y los artistas eran hombres capaces de grandes pasiones.
Madama Saint-Allais, siguiendo el tópico corriente, creía que un poeta, que un artista, era el hombre más apasionado, más capaz de amar.
Madama Saint-Allais nos colocó con este motivo una serie de frases románticas y sepulcrales sorbidas en el vizconde de Arlincourt; el garbanzo negro en la serie de los vizcondes escritores ilustres.
—Yo no creo—dijo Stratford—en las condiciones amatorias de los poetas y los artistas. El poeta, como el artista, es un ególatra: aspira a que la mujer le quiera y le admire. Ve en la mujer una concreción del público, un público apasionado que exagera su entusiasmo y disimula sus faltas.
—¡Cómo habla contra sí mismo!—me dijo riendo sir David.
—Quiere convencer a estas damas que no se le debe querer—añadí yo.
Después, la sobrina de sir David, lady Hardeloch, cantó trozos de El Barbero de Sevilla, acompañada al piano por Delfina.
VII.
CITA A LA LUZ DE LA LUNA
Por la tarde sir David y yo fuimos paseando a caballo por la orilla del Nive, y vimos el Campo de César, y fantaseamos acerca de este nombre y del objeto que podían tener los antiguos trabajos hechos allí en la tierra. También hablamos de Soult y de Wéllington, y de sus campañas en el Nive en 1813.
De vuelta del paseo estuve en la biblioteca leyendo, y a las siete bajé al comedor. Después de cenar, sir David se retiró; mistress Stratford, lady Hardeloch y madama Saint-Allais quisieron que tomara parte en un juego inglés, pero como no lo conocía, tuvo que ser el cuarto partner Jorge Stratford.
Yo estuve hablando con Delfina, que me pareció algo preocupada.
—¿Qué ha hecho usted esta tarde?—me preguntó.
Le conté cómo había paseado con sir David por las orillas del río, y lo que hablamos del Campo de César y de la campaña de 1813.
Cuando concluyeron la partida, y antes de empezar una segunda, Stratford dijo que veía que teníamos sueño, y que lo mejor sería retirarnos.
Saludé a las señoras, y me fuí a mi cuarto. Me metí en la cama y dormí con un sueño profundo tres o cuatro horas. Al despertarme, pensé:
—He debido dormir mucho.
Miré el reloj; era la una y media. Estas tres o cuatro horas de sueño me habían dejado tan descansado, que me hubiese gustado tener algo que hacer, para salir inmediatamente al campo a andar o a correr.
—Voy a ver qué tiempo hace y qué aspecto tiene la noche.
Me levanté de la cama, descorrí las cortinas, abrí la ventana y las persianas. Hacía una noche soberbia, fresca. La luna resplandecía en el cielo y llenaba los boscajes de sombras misteriosas. A lo lejos, el río serpenteaba luminoso y fantástico. En el parque del castillo brillaba la luna sobre las copas plateadas de los tilos y de los robles; delante de la casa, en el jardín, se veía subir el surtidor de la fuente como una varita mágica de cristal y romper en su caída la superficie tranquila del estanque.
—Es una verdadera decoración—me dije—; ahora, como siempre en la naturaleza, en estos escenarios maravillosos faltan los actores y la acción.
Como en aquella época no tenía tanto miedo al relente como ahora, me puse el abrigo y me quedé en la ventana. Tuve el cuidado de apagar la luz.
De pronto vi dos sombras que se acercaban en la obscuridad, por una avenida de tilos. Agucé el oído. No hablaban; se oían sus pasos en la arena del jardín. Debían de ser un hombre y una mujer.
—¿Quién demonio serán?—me pregunté.
Me entró la curiosidad y me decidí a no retirarme de la ventana. Si los paseantes volvían a casa, tenían que cruzar una gran zona iluminada por la luz de la luna, y se les vería. Para que ellos no notaran mi ventana abierta, entorné las persianas, dejando sólo una rendija.
Poco después, las dos sombras aparecieron a la luz de la luna; iban separados el uno del otro, y hablaban en voz baja. Ella llevaba un pañuelo en la mano. Cerca de la casa, y en la sombra, volvieron nuevamente a hablar.
—Ahora le quiero más que nunca—dijo ella.
Era la misma voz que, cuando recitaba el diálogo de Hernani y de Doña Sol, decía cantando:
«Vous êtes mon lion superbe et généreux!»
Eran Stratford y Delfina.
Luego no se oyó nada; ni murmullo de besos ni de palabras. Yo me volví a acostar, y dormí hasta las nueve.
VIII.
LOS POLÍTICOS
A la mañana siguiente, cuando bajé al comedor a desayunar, me encontré con sir David y su sobrina, y con Stratford, siempre impasible.
En la comida me pareció que Delfina estaba triste y que apenas probaba los platos.
Después de comer, como el día estaba tan espléndido, salimos a tomar café a una gran terraza, con una enorme enredadera que empezaba a verdear con el tiempo primaveral, y que tenía el tronco tan grueso como el cuerpo de un niño.
Desde allí se veía el río, verdoso, brillando al sol, que se alejaba por el campo.
Como tópico para la conversación nos pusimos a hablar de política, y discutimos la personalidad de Disraeli.
DISRAELI
En Inglaterra, en esta época, más que de O'Connell, de sir Roberto Peel y de lord Palmerston, se hablaba de Benjamín Disraeli, el judío escritor y orador, que después de haberse mostrado demócrata y republicano en su Epopeya Revolucionaria (Revolutionary Epic) se presentaba poco después partidario de los conservadores y campeón de los tories. Disraeli estaba en el momento de ser discutido. Se decía que su primer discurso en el Parlamento había sido tan pedantesco, y producido tal risa, que no pudo acabarlo.
Disraeli se acababa de casar con una viuda rica, más vieja que él.
El célebre O'Connell, furioso por la defección del judío del campo radical y democrático, le había llamado apóstata, renegado, saltimbanqui y heredero del ladrón que murió en la cruz en la impenitencia final.
Un político a quien se ataca así es un hombre que ha llegado a ser algo, y Disraeli, a pesar de la antipatía que inspiraba al partido tory por su procedencia judía, era el futuro jefe de los conservadores ingleses.
Después de pasar revista a los políticos de la Gran Bretaña hablamos de los de Francia. A mí me interesaba oír las opiniones de un aristócrata colocado en una alta posición, como sir David.
TALLEYRAND
Yo llevé la conversación sobre Talleyrand. Acababa de publicarse un libro acerca del viejo diplomático.
—Talleyrand—dijo Stratford—es el egoísmo y la pillería ordinaria con un decorado suntuoso de mucho uniforme y penacho.
—Lo cual no quita, mi querido Jorge, para que haya sido un político muy importante y hasta muy útil a Europa entera—dijo sir David.
—Los ingleses tienen gran simpatía por Talleyrand, porque ha sido anglófilo—replicó Stratford.
—No sólo por eso—replicó sir David.
—Parece que Chateaubriand ha hablado mal del cinismo y del histrionismo del ex obispo de Autun—dije yo.
—Sí; hay en el célebre escritor una antipatía grande por el diplomático. Sin embargo, hay algo en ellos que suena lo mismo—repuso Stratford—. Los dos son valores nacionales, pero no universales. Para un francés de la época serán muy diferentes, pero un extranjero al país y a la época les encontrará un carácter común.
—Pero eso no es un buen argumento—replicó sir David—; para un chino, entre Lutero y Loyola no habrá apenas diferencia.
—Y no la hay—dijo Stratford.
Sir David y yo nos reímos.
—Lo que parece cierto—indiqué yo—es que Talleyrand era hombre de gran ingenio.
—No lo creo—exclamó Stratford—; de cualquier bohemio insolente se recuerdan frases de la misma clase que las suyas.
—Está usted hoy muy difícil, Stratford—dijo riendo sir David.
—Algunas frases atribuídas a él—siguió diciendo Stratford—parece que eran de Chamfort, que a su vez las recogió en los salones.
—Y eso de que la palabra ha sido dada al hombre para ocultar el pensamiento, ¿no es exclusivamente suyo?—preguntó sir David.
—No—continuó Stratford—; la idea existe en esta forma o en otra aproximada en casi todos los idiomas. La frase, en francés, aparece ya construída en Voltaire, en el cuento del Chapon et de la Poularde, y luego fué arreglada por un dramaturgo y periodista, Hazel, y atribuída a Talleyrand.
EL AMBIENTE
—Es indudable—dijo sir David—que Talleyrand ha tenido, como todas las figuras históricas, una gran cantidad de aportaciones extrañas, y, además, el fondo que le ha dado la época. ¿Qué hubiera sido César Borgia si en vez de vivir en Italia hubiera vivido en Islandia o en la Siberia? ¿Qué carácter hubieran tenido sus hazañas si no se hubieran destacado sobre el fondo brillante de Roma y del papado? Probablemente, la historia de César Borgia sería en estos casos desconocida.
—Es cierto—contestó Stratford—, pero siempre tenemos la tendencia de buscar y de separar lo que nace de la personalidad y lo que presta el ambiente.
—Todo lo humano—repuso sir David—es producto de una individualidad, multiplicándose o luchando con el ambiente. Las facilidades que da el medio, como los obstáculos, son nuestros, llegan a formar el substrato de nuestra personalidad. Claro; sería curioso, nos gustaría saber qué cantidad de energía hay en el hombre separado de las condiciones del ambiente, pero esto, por ahora, es imposible. No sabemos si la psicología, con el tiempo, podrá tener un dinamómetro para medir la fuerza espiritual, pero por ahora no lo tiene, ni lo busca.
—Estamos, además, en pleno doctrinarismo—dijo Stratford—; en una época en que se rinde culto a las utopías y a las sombras de las utopías.
LAS CONDICIONES DE LOS POLÍTICOS
Después de pasar revista a los políticos de casi todos los países se habló de las condiciones especiales que se necesitaban para la política.
—Para ser político hay que ser un monstruo de ambición—dijo Stratford.
—Hoy está usted terrible—exclamó sir David.
—Todos los grandes políticos han subido a fuerza de traiciones, de hipocresía, de disimulo y de ingratitud. César, Fernando el Católico, Catalina de Médicis, Richelieu, Cisneros, Mazarino, la gran Catalina de Rusia, Napoleón...
—Y hasta Cromwell—dije yo.
—Sir David se echó a reír.
—Eso, quizá no lo quiera reconocer Stratford.
—Sí; Cromwell fué un hipócrita—replicó mi amigo—, pero más que un político tiene el carácter de un agitador religioso. A Cromwell se le podrá comparar con Lutero o con Calvino, o con el mismo Loyola, mejor que con un Médicis o con un Borgia. Todos estos políticos clásicos son fríos, ateos, bandidos con éxito. Catalina de Médicis acepta el patronaje de Diana de Poitiers, la querida de su marido; César, el de Catilina; Richelieu, el de Concini y su mujer, a quienes deja que los asesinen cuando caen en la desgracia; Talleyrand, el de Mirabeau; Napoleón, el de Robespierre, y luego, el de Barras, y no contento con esto se casa con su querida.
—Tienen que tener buen estómago—indiqué yo.
—Todos son comedores de sapos—dijo Stratford—, para los cuales no hay nada que dé asco. Luego, claro es, se vengan cruelmente de la humanidad entera, tratándola a baquetazos. Todo es perfidia, todo es traición, todo es rivalidad en estos hombres que llamamos ilustres. Nos asombramos de que en esta pequeña guerra de España, Don Carlos mirara con recelo a Zumalacárregui, y que Cabrera haya denunciado a Carnicer. Siempre ha sido así en todos los países. Las repúblicas italianas eran un semillero de odios; los conquistadores españoles se denunciaban unos a otros e intentaban toda clase de calumnias para perjudicarse y enajenar a los rivales el favor real. La Convención era un cúmulo de odio: Marat odiaba a Dantón y a Robespierre, a quienes tenía por hombres distinguidos; Dantón despreciaba a Marat como a un loco furioso, y odiaba a Robespierre como a un pedante ramplón, que se hacía llamar incorruptible; Robespierre tenía a Marat como un rival en popularidad, y detestaba a Dantón como un hombre de talento mediano a un tipo genial que improvisa.
—Mi querido Stratford—dijo sir David—: no sé de dónde saca usted hoy tanta palabra y tanta cólera.
LOS TRAIDORES Y LA INGRATITUD
—Para ser político hay que ser decidido—siguió diciendo Stratford, a quien el asunto entretenía y prestaba aliento a su irritación interior—y no parar ni en la traición ni en la ingratitud.
—Yo no veo que la historia haya cantado a los traidores—hice observar yo.
—¡La historia! La historia, por fuera, es pomposa y falsa, y por dentro, no es mas que una serie de intrigas miserables, de zancadillas y de ingratitudes.
—Bien, sea así; pero reconozcamos que, al menos públicamente, no cantamos a los traidores en nuestras epopeyas históricas—dije yo.
—Es que hay mucha clase de traidores—replicó Stratford—. Yo no hablo de esos traidores como Judas, Perpenna, Ganelon, Bellido Dolfos o el Conde don Julián; esos son, si han existido, pobres diablos que se sacrificaron para que se puedan escribir malas tragedias y pintar detestables cuadros de historia. No, no hablo de los traidores que han nacido para hablar en endecasílabos o en alejandrinos, ni tampoco de los traidores de los melodramas de Bouchardy, sino de los traidores de todos los días, a los que a veces se les entierra, cuando mueren, en el Panteón o en la abadía de Westminster.
—Sí, una perfidia obscura hay en todos los hombres—replicó sir David—. Eso es humano. ¿Qué le vamos a hacer?
—Por lo menos, señalarlo; no engañarnos sobre nosotros mismos.
—Es la tendencia puritana que habla en usted, mi querido Stratford—dijo el viejo inglés.
—Yo espero que la política no será lo que ha sido hasta aquí: un conjunto de traiciones y de ingratitudes; yo creo que con el tiempo habrá otros medios de triunfar. Hoy por hoy, los que triunfan son los cínicos, los que no ven en los hombres y en las mujeres mas que instrumentos. Luego el éxito lo justifica todo.
—Pero a usted, Stratford—le dije yo—, ¿por qué le entristece tanto la idea de la traición y de la ingratitud, porque piensa usted que puede tener traidores y desagradecidos por sus favores o porque usted mismo puede ser desagradecido y traidor?
—Por ninguna de las dos cosas; pero más por lo último que por lo primero. Hacer favores y no tener gente agradecida no me importaría gran cosa.
Stratford estaba siempre en las alturas.
¿QUÉ QUEDARÁ?
Dejamos esta conversación, y yo tomé en mi mano dos o tres periódicos ingleses y los estuve hojeando.
—De todo este barullo de nuestra época, ¿qué quedará?—dije yo.
—Quizá lo que menos sospechamos—contestó sir David.
—Yo creo que va a quedar muy poco o casi nada—dijo Stratford—; de todas esas utopías antiguas, religiones, supersticiones, mitologías, como se las quiera llamar, han quedado unos magníficos cementerios en los museos, formados por piedras, estatuas, cuadros; pero de esta pobre seudodemocracia actual, ¿qué va a quedar? Unos cuantos montones de libros y de periódicos, y nada más. Ya que nuestra época no puede levantar el Panteón, ni las Pirámides, ni la catedral gótica, toda su gloria va a consistir en ensuciar toneladas y toneladas de papel.
—Yo, entonces, no creía en lo que decía Stratford. Hoy, tampoco. Seguramente de todo ese ruido de palabras de los parlamentos y de la prensa no quedará gran cosa, y es probable que no quede nada; pero quedará la ciencia, que en el siglo xix ha tenido una expansión admirable.
Claro, la ciencia no va a resolver si vamos a vivir después de la muerte o no, ni si las oraciones sirven o no sirven; pero nos quitará mucho dolor en la vida y nos dará puntos de apoyo para soñar y emplear la imaginación en temas mucho más altos y más nuevos que los que han dado el arte y las religiones.
IX.
NOSTALGIAS
Hizo un par de días, mientras estuve en Cambo, deliciosos, de verano. El sol brillaba en el follaje nuevo de los árboles con una alegría, con una pompa espléndida y magnífica. Los manzanos y los perales estaban en flor; las abejas y los moscones rezongaban en el aire caliente. Este prólogo de la nueva vida tenía algo admirable y encantador.
Yo me sentía conmovido como con un acceso sentimental. Estaba a veces casi a punto de llorar. Mi cuarto, con sus muebles rococos y sus retratos antiguos, tenía un aire tan poético y al mismo tiempo tan viejo, sobre todo cuando entraba el sol de media tarde, que me llenaba el espíritu de melancolía, de una melancolía dulce y poética.
Me parecía que vivía en un aire ya pasado, con cosas muertas, que tenían un perfume marchito, como un manojo de flores guardado en un armario. Cuando salía al campo pensaba que me gustaría vivir en uno de aquellos caseríos, marchando delante de la carreta con los bueyes, yendo con el aguijón al hombro diciendo: ¡Aida! ¡Aida!, y que todas estas fantasías de intrigas políticas, de espionajes y de enredos no eran mas que estúpidas maniobras que no tenían la menor importancia...
La verdad es que este país vasco francés es encantador; más templado que el vasco español, menos montañoso y más soleado, parece hecho únicamente para dormir y soñar. Yo no he visto nada más ingenuo, más suave, ni más amable. Allí no hay grandes montes rudos y melancólicos, ni cascadas, ni castillos roqueros de aire amenazador; allí no hay preciosidades artísticas, ni gente muy rica, ni gente muy pobre; todo es alegre, pequeño, sin exageración, claro, reposado.
El campesino vasco es casi el único aldeano de Europa que tiene hoy aspecto de campesino. Cuando se le ve trabajar en su tierra con sus bueyes, está tan identificado con la naturaleza, que se funde con ella. El contemplar a estos aldeanos es para mí uno de los pocos motivos que me induce a tener respeto por ciertas formas de la tradición.
Muchas veces, contemplando el campo, recordaba aquellos versos de Elizamburu, el poeta de Sara, que fué capitán de granaderos de la Guardia Imperial de Napoleón:
Icusten duzu goicean,
Arguia asten denian,
Mendito baten gañian
Eche tipitho aintzin churi bat,
Lau aitz ondoren erdian
Chacur churi bat atean
Iturriño bat aldean.
An bizi naiz ni paquean.
(¿Ves por las mañanas, cuando la luz comienza a alumbrar, en lo alto del monte una casa chiquita, con la fachada blanca, en medio de cuatro robles, con un perro blanco en la puerta y una fuentecilla al lado? Allí vivo yo en paz.)
Estos versos no tenían la originalidad de los de Goethe, de los de Víctor Hugo o de los de Heine; pero reflejaban dentro de su medianía admirablemente el deseo de un vasco de vivir en la tierra de los antepasados.
Elizamburu, el capitán de granaderos, que había recorrido media Europa, había sentido al escribirlos la nostalgia de su aldea, soñando con volver a su casa, blanca y pequeña, a la vida obscura del campo. Yo, que no había recorrido Europa, experimentaba un anhelo parecido.
Quizá era un anhelo intelectual, más que real, un amor por una idea, por un concepto...
No conozco yo bien la casa campesina de otros países; no sé si es mejor o peor; pero no creo que me entusiasme como la casa vasca.
No me ilusiona el cortijo o la masía en donde apenas se hace fuego, ni las porcelanas, ni los azulejos, ni los suelos de ladrillo; a mí me gusta que en el hogar haya siempre lumbre, y que una columna de humo salga constantemente de la chimenea; me gusta que en la cocina haya poca luz, que huela a leña quemada, que haya una buena vieja junto al fuego y que se oiga cerca el mugido de los bueyes...
No, seguramente Aviraneta no tenía estos ridículos accesos sentimentales. El era en sus ideas y en sus planes más constante, más tenaz; su personalidad estaba constituída de una substancia homogénea; no tenía esta heterogeneidad de mi carácter, ni tampoco este sentimentalismo mío, no sé si perruno o de capitán de granaderos.
X.
FÍSICA
Tenía curiosidad por averiguar lo ocurrido entre Delfina y Stratford, pero a ninguno de los dos me hubiera atrevido a preguntarles nada. A los tres días de nuestra estancia en Jaureguía fuimos a Bayona madama D'Aubignac, la de Saint-Allais y yo; y al llegar a casa me encontré con una carta de Aviraneta, en la que me decía que fuese a Bidart y buscase y copiase unos documentos en su archivo, y que luego fuera a Sara y me enterase del giro de los asuntos de Muñagorri.
Al día siguiente marché a Bidart y fuí a hospedarme al caserío Ithurbide, la antigua casa de Gastón de Etchepare, donde me encontraba muy a gusto.
LOS CARACOLES
El cuarto que me cedía madama Ithurbide (yo la llamaba así, aunque no fuera éste su apellido) era una sala con alcoba, la principal de la casa. Esta sala tenía un balcón corrido que daba a una duna verde que se cortaba en el acantilado del mar.
Era una sala eminentemente marina; el papel de la habitación tenía unas fragatas que navegaban a todo trapo.
En la chimenea, sobre el mármol, se veían dos ramilletes hechos de conchas y metidos en fanales de cristal; en la mampara, una estampa de color con una lancha de pescadores. Sobre una cómoda había un barco de marfil, y sobre un velador, una caja con conchas pegadas en la tapa, y varios caracoles, estrellas de mar, pólipos y corales.
Tanta concha y tanto caracol daba la impresión de que se estaba en un acuario, y que uno mismo era algún molusco o algún pólipo que por equivocación había dejado su cueva para entrar en aquel cuarto.
El primer día registré el archivo de Aviraneta, y encontré los documentos que me indicaba, y me puse a copiarlos.
Terminado mi trabajo paseaba por el arenal desierto de Bidart y contemplaba el anochecer espléndido, en que el sol se iba poniendo hacia el cabo Higuer. Luego tomé la costumbre de ir por la mañana a la playa, a primera hora, y después, por la tarde, hacia el crepúsculo.
Este mar resplandeciente con el sol de primavera, cuando lo divisaba desde encima de las lomas verdes, me daba una gran alegría.
En la casa me encontraba contento. Madama Ithurbide me hacía un potaje de judías y de verdura, que comía con gusto después de un año de comida de hotel.
Me hubiera quedado allí mucho tiempo si no hubiese sido porque tenía que seguir mi marcha.
Uno de estos días, el tercero, al salir de mi casa, por la mañana, para ir hacia el mar, pasé por delante de un jardín en donde una muchacha cantaba una canción que había oído en Laguardia:
La Pisqui, la peinadora,
con excusa de peinar,
le da citas al velero,
y se van a pasear.
Me erguí un poco para mirar por la tapia. La que cantaba era una muchacha morena, de ojos negros.
—Muy bien—la dije—, muy bien. Veo que está usted de buen humor.
—Sí, también. ¿Es usted española?
—Sí.
—¿De dónde?
—De Haro. ¿Y usted?
—Yo, de Vera.
La muchacha estaba sirviendo con una señora que tenía un niño enfermo. Allí, sola, en aquella casa próxima al mar, se aburría soberanamente. Aquel día, la señora había ido a Bayona a casa del médico.
Al pasar por la tarde volví a ver a la muchacha, que estaba cantando y tendiendo ropa al sol.
—¿Por qué no viene usted a pasear conmigo?
—¿Adónde?
—Por la playa.
—Pues, vamos.
Fuimos por la playa, charlando. Me contó su vida. Era de un pueblo próximo a Haro. Se llamaba Dolores.
Se nos obscureció. Yo estaba muy conmovido, y ella también.
Yo la abracé y la besé varias veces.
Al retornar a su casa entró ella por el jardín para ver si había vuelto la señora; pero no había vuelto.
La soledad, la noche espléndida y tibia, el ruido del mar próximo, una especie de aura erótica nos sobrecogió a los dos...
Por la mañana, cuando salí de allí, la muchacha lloraba.
—¡Qué locura! ¡Qué locura he hecho!—murmuró.
Ella no sabía por qué; a mí me pasaba lo mismo.
Al salir en el tílburi de Bidart a San Juan de Luz sentí un ligero remordimiento, pero se me pasó pronto, y olvidé rápidamente a Dolores, la riojana.
XI.
MUÑAGORRI Y SU GENTE
En San Juan de Luz visité a doña Mercedes, la madre de Corito, que me dijo que su hija vendría pronto.
De San Juan de Luz marché a Sara.
Me encontré allí con Cazalet, el bohemio, que había ido, sin duda, con alguna comisión para Muñagorri.
—¿Qué hace usted aquí?—le dije yo.
—¿Y usted, qué hace?
Nos echamos a reír.
—Lo mío no es ningún misterio—repliqué—: he venido a verle a Muñagorri.
—Yo también. Yo he estado hospedado en la misma casa en donde estuvo Don Carlos acompañado de Auguet de Saint-Silvain, titulado por el Pretendiente el barón de los Valles.
—¡Qué honor!
Entramos en una tienda, en donde había una muchacha muy guapa, que Cazalet conocía, y que se llamaba Pepita, Pepita Haramboure, y allí tomamos unas copas de vino blanco con bizcochos.
Cuando se fué Cazalet le pregunté a Pepita dónde podría ver a Muñagorri, y me dijo que tenía el campamento cerca del pueblo. Salí de la tienda y fuí a ver si lo encontraba. Vi en el camino a varios hombres, por su aspecto, soldados de Muñagorri. Le pregunté a uno de ellos dónde podría encontrar al jefe, y me señaló un caserío abandonado. Efectivamente, allí estaba, en compañía de otros dos hombres, moviendo con una gran cuchara un caldero de habas. José Antonio Muñagorri parecía un buen hombre. Era grueso, rechoncho, de cabeza redonda, de nariz aguileña, ojos negros y sonrisa amable.
—¿Ya ha comido usted?—me preguntó hablando con un canto de aldeano vascongado.
—No.
—Pues dentro de una hora comeremos aquí. Si quiere usted venir...
Le dije que Aviraneta me había enviado para que me diera ciertos datos acerca de sus futuros planes.
—¿Conoce usted a Altuna?—me preguntó.
—No.
—Pues vaya usted a verle al pueblo. Estará ahora en la fonda de Hoyartzábal.
Fuí a la fonda y lo encontré. Asensio Ignacio Altuna, el secretario de la empresa Paz y Fueros, dirigida por Muñagorri, era hombre alto, rubio, de buen color, de ojos claros, con un aire atlético.
—¿Ha comido usted?—me preguntó.
—No.
—Quédese usted a comer aquí.
—Me ha invitado también Muñagorri.
—No haga usted caso; aquí comerá usted mejor.
Me pareció poco cortés, pero, ya que el subordinado de Muñagorri me lo decía, me quedé allí. Le expliqué a Altuna el objeto de mi viaje; cómo venía de parte de Aviraneta, quien probablemente pasaría mis informes al Gobierno.
—Le daré a usted mi opinión sin ambages—me dijo Altuna—. Muñagorri es un hombre inteligente y un hombre honrado. Es un tipo que encontrará usted aquí en el país vasco, bueno, optimista, pero de esos a quienes se les ocurre una idea y ya no varían jamás. Su proyecto de Paz y Fueros le parece admirable.
Yo sabía que esta idea no era originalmente de Muñagorri, pues había sido inventada por un amigo y compañero de Aviraneta, don Juan Olavarría, y patrocinada primero por el ministerio Bardají, y luego por el ministerio Ofalia.
—Muñagorri no avanza—siguió diciendo Altuna—, porque en vez de luchar por una causa vieja y tradicional tiene que defender una causa nueva inventada por él. Para esto, no basta un talento corriente: se necesita genio.
—¿Y él no lo tiene?—pregunté yo.
—No, no lo tiene. ¿Quién lo tiene? Él no es capaz de cambiar de ideas, pero sí de procedimientos. En su misma vida ha cambiado: Muñagorri antes de ser fundidor era de profesión escribano; luego abandonó el oficio y arrendó varias ferrerías en Berastegui, con lo que ganaba mucho y daba de comer al país. Tampoco es un aventurero. Ha sido un hombre rico, condecorado con la cruz de Carlos III, y ahora con su empresa se ha arruinado, y sus ferrerías de Berastegui trabajan fundiendo cañones carlistas.
—Así, que el jefe no es malo.
—No, no es malo.
—Pues corre por el país la idea de que es un inepto.
—No, no es verdad. Lo que nos pasa a él y a los suyos, es que tenemos muchas dificultades. Usted sabe que se organizaron en Bayona juntas de las cuatro provincias para que influyesen en el país y ayudasen a Muñagorri. Estas juntas no han dado resultado. El Gobierno nos abrió un crédito de dos millones de reales en la casa Ardoin. Este dinero ha venido mermado. ¿Quién se ha quedado con él? Yo no lo sé. Al principio patrocinaron la idea algunos de nuestros políticos y varios prohombres ingleses. Lord Palmerston y sir Jorge Villiers escribieron a lord John. Hay para que nos favoreciese. Hoy ya no se acuerda nadie de nosotros, y únicamente el general Jáuregui nos alienta. El cónsul Gamboa trabaja contra nosotros. En Bayona, las autoridades del Gobierno cristino nos han tratado como criminales y desertores. El subprefecto daba noticias a los carlistas de lo que hacía Muñagorri. Al cónsul esto le parecía muy bien.
—Es que este Gobierno español y sus empleados son de una incapacidad tan extraña, que llega a lo ridículo—dije yo.
—Parecen agentes de los carlistas. No nos favorecen los liberales, y los carlistas nos odian. El general Iturbe, que estaba comprometido, se ha puesto francamente en contra de la empresa. Los carlistas han empleado toda clase de recursos contra nosotros. El canónigo Batanero ha pedido para Muñagorri y su gente la excomunión. Necesitaríamos alguien que consultara con los generales cristinos y nos indicara sus intenciones.
—Yo no puedo hacer eso.
Le dije a Altuna que, pasadas un par de semanas, tenía el proyecto de ir a San Sebastián para enterarme allá de qué pensaban los generales de la Reina de la empresa de Paz y Fueros.
—Escríbanos usted con detalles el resultado de su entrevista—me dijo él.
—Lo haré, no tenga usted cuidado.
Volvimos Altuna y yo al campamento de Muñagorri.
CANCIONES
Había concluído de comer Muñagorri con quince o veinte de sus partidarios, y un viejo cantaba una canción en honor del caudillo fuerista, que comenzaba así:
Carlos aguertu ezquero
Provinci auyetan,
Beti bici guerade
Neque ta penetan.
(Desde que Carlos ha aparecido en estas provincias, nosotros vivimos siempre en la fatiga y en la pena. Se nos quita nuestros bienes y nunca se nos da nada.)
Esta canción lacrimosa me pareció muy propia de una empresa que marchaba tan mal.
Me despedí de Muñagorri y de Altuna y tomé a caballo el camino de San Juan de Luz. Antes de llegar a Ascaín me encontré con tres muchachos carlistas que habían estado quince días en el campamento de Muñagorri y que pensaban volver de nuevo a España, al ejército de Don Carlos. Uno era guipuzcoano, el otro navarro, y el otro francés. Se burlaban de Muñagorri y de sus planes y me cantaron varias canciones contra él. El francés llevaba un pito, con el que tocaba. El guipuzcoano cantó:
Estute aditzen soñu eder ori,
Saratican elduda gure Muñagorri.
Riau, riau, riau, cataplau.
Gure humoria,
Utzi al de batera,
Euscaldun gendia.
(¿No oís un hermoso sonido? De Sara ha salido nuestro Muñagorri. Riau, riau, riau, cataplau, nuestro buen humor, dejad a un lado, gente vasca.)
Después de esta canción cantó otra más burlona, que empezaba diciendo:
Muñagorrien sarrera
Españiaco lurrera,
Legua guchi aurrera.
(La entrada de Muñagorri en el suelo español, pocas leguas adentro.)
El navarro a su vez cantó:
Muñagorrien gendiac
Shutan ez dirade trebiac;
Billa litezque obiac
Seculan eztu
Gauz onic eguin.
Guizon gogoric gabiac
Gueyenac desertoriac:
Diru billa ateriac.
Aditu biarcodute beriac.
(La gente de Muñagorri no es muy lista para el fuego; podría encontrarse fácilmente otra mejor. Nunca ha hecho cosa buena la gente sin ganas: la mayoría desertores. Tendrán que oír lo suyo.)
Estas canciones, mucho mejor que las palabras de Altuna, me indicaron que la empresa de Muñagorri marchaba muy mal.
XII.
NUEVA TERTULIA
Cuando llegué a Bayona a hacer la vida ordinaria, me encontré con algunas ligeras novedades. Se había instalado en mi mismo hotel González Arnao, que tenía su tertulia en su cuarto.
Solían ir a ella varios españoles, entre ellos, Eugenio de Ochoa, hijo natural del abate Miñano. Ochoa era por entonces un joven elegante, de veintitrés a veinticuatro años, muy emperifollado, muy culto y que hablaba perfectamente el francés.
También solía ir un pintor muy malo, Augusto Bertrand, entusiasta de lo más ñoño de la pintura francesa, ya de por sí un tanto ñoña. Monsieur Bertrand era gran admirador de David, de Ingres, y sobre todo de Greuze. Fuimos al estudio del señor Bertrand, que, cuando mostraba sus cuadros, daba una lente grande, como si se tuviera que contemplar la fractura de algún mineral o de algún pequeño insecto.
Otro de los contertulios fué el profesor Teinturier.
Yo, a este hombre, no le entendía. Era republicano radical, entusiasta de Barbes, de Blanqui y de Martín Bernard y de los que con ellos preparaban la revolución en las sociedades secretas, y al mismo tiempo tenía una predilección marcada por Racine y los clásicos antiguos. Sin duda aspiraba a una revolución con formas clásicas. Esto para mí era difícil de comprender. Yo me explico que los revolucionarios exaltados deseen la igualdad absoluta, el comunismo y hasta la antropofagia, pero revolucionarios con versos de Horacio y de Racine, no me caben en la cabeza. Para revolución con formas académicas, hemos tenido la Revolución Francesa, y ya basta.
Teinturier, después de muchos rodeos, me pidió que le presentase en casa de madama D'Aubignac. Le dije que hacía tiempo que no la veía a esta señora, pero que en la primera ocasión le presentaría.
Cuando fuí a casa de Delfina y se lo dije a ella, se opuso.
—De ninguna manera se le ocurra a usted traer a mi casa a ese señor—me indicó.
No repliqué nada.
—La vista sólo de ese hombre me molesta—añadió—. ¡Tiene un tipo tan vulgar! ¡Unas manos tan ordinarias! ¡Unos pies tan grandes! ¡Luego mira de una manera tan descarada!
—No crea usted. Es más bien la timidez. Está muy entusiasmado con usted.
—Pues, no; no le traiga usted aquí.
¡Pobre hombre!—pensé yo—. Para eso ha estudiado tanto, para que no lo consideren ni siquiera a la altura de uno de estos oficiales majaderos e insolentes que se lucen en los salones.
Siempre me ha chocado la poca comprensión que tienen las mujeres por cierta clase de hombres. Estos tipos de hombres fuertes, que se creen más fuertes de lo que son, que ven a la mujer como un producto débil, más débil de lo que es en realidad, este hombre toro, que parece que debía ser el ideal de la mujer femenina, lo es pocas veces, casi nunca.
CONVERSACIÓN CON DELFINA
Delfina me preguntó si le había vuelto a ver a Stratford. Le dije que le había visto un momento.
—¿No le ha hablado a usted de mí?
—No.
—Estamos reñidos.
—¿De verdad?
—Sí.
—¿Y por qué?
—Yo le tengo cariño a Jorge, le tengo por un caballero, por un hombre noble y bueno.
—Yo también.
—Yo desearía conservar con él una buena amistad, pero él no se contenta con eso.
—El quisiera ser su amante.
—No.
—Pues entonces, ¿qué quiere?
—El quisiera que yo abandonara mi casa y fuéramos juntos los dos a otro país.
—¿Y los hijos?
—El me decía que nos llevaríamos los hijos.
—¿Pero su marido de usted?
—A mí, ¿qué quiere usted? No me importa nada mi marido, pero lo que no puedo sacrificar es mis hijos. Prefiero ser desgraciada.
Hablando del asunto llegué a comprender la situación respectiva de Delfina y de Stratford. Ella le había dado a entender la posibilidad de que él fuera su amante sin escándalo, lo que ocurría en muchos hogares. El no aceptaba la solución. Nada de bajo adulterio, ocultándose del marido. Afrontar la situación desde el principio y marcharse a otro país.
—Jorge es un corazón noble y yo le admiro ahora más que antes—dijo Delfina.
Hablamos largamente y me pidió que la primera vez que le viera a Stratford le sondeara acerca de sus intenciones.
Al despedirme de ella, Delfina me dijo:
—Cuento con su discreción, Leguía, ¿verdad?
—Una vez he podido ser imprudente, pero dos, no.
—Así lo espero. Además, aquello era una niñería.
Cuando salí a la calle, todo lo que se me había ocurrido mientras hablaba con Delfina se lo dije al viento:
—Señora: usted es muy alambicada y muy cuca; quiere usted religión y libertad de pensamiento exclusiva para usted, costumbres muy severas y al mismo tiempo facilidad en las pasiones; ser muy honorable y tener un amante, tener un hombre enérgico y altivo y al mismo tiempo que se doblegue a sus necesidades y a sus caprichos. Todo esto no se encuentra mas que en Jauja o en el país de las Gangas. Yo no diré nada, pero no seré tampoco el que intervenga en sus asuntos.
XIII.
VUELTA POR ESPAÑA
Como quería cumplir el encargo de Altuna y dar informaciones precisas a don Eugenio, me preparé a ir a San Sebastián; pedí pasaportes y cartas de recomendación a González Arnao, quien me recomendó al coronel inglés Colquhoun.
Partí de Bayona para San Juan de Luz, fuí a Socoa y salí en un pailebote que marchaba a San Sebastián. Llegué a la ciudad donostiarra y me vi inmediatamente con Alzate y Orbegozo. Alzate me dijo que con quien podría enterarme bien de las intenciones inglesas con respecto a Muñagorri, sería hablando con el coronel Colquhoun, que estaba en aquel momento en Ategorrieta. Seguramente la carta de González Arnao me serviría para llegar a él. Respecto a los planes de los generales cristinos, él me daría una carta para el general Jáuregui.
A la mañana siguiente tomé un coche y fuí a Ategorrieta. Llevaba en aquel punto mucho tiempo acantonada la Legión inglesa. A la entrada del barrio había un letrero con pintura negra en una pared: Westminster Square, y en otra esquina ponía Constitution Hill (colina o cuesta de la Constitución). Este segundo letrero duró mucho tiempo; yo lo vi quince años después. Algunos supusieron que quedaba porque Hill, en vascuence, quiere decir muerto, y los campesinos vascos, en su mayoría carlistas, al leer Constitution Hill, suponían que decía Constitución muerta.
Al acercarme al barrio me detuvo un centinela, que llamó a un cabo, quien me condujo al Cuerpo de guardia. Cerca había una fila de carros, caballos y cañones.
Entramos el cabo y yo en el Cuerpo de guardia británico.
Los soldados ingleses, con sus casacas rojas, se paseaban de arriba a abajo con las manos cruzadas en el pecho, silbando o tarareando; otros, sentados en los bancos, cosían un botón o remendaban una ropa vieja. En la pared estaban colocados los fusiles, y en medio había un brasero lleno de tablas ardiendo. Había un olor fuerte a tabaco. Salió un oficial, le pregunté por el coronel Colquhoun, y me indicó una casa próxima al camino de Pasajes.
Aquellos ingleses me parecieron gente de buen aspecto, a pesar de que tenían mala fama como soldados. Se decía que eran vagabundos enrolados en los muelles y en las tabernas de Inglaterra; se añadía que desertaban a la mejor ocasión a las filas liberales o carlistas; que robaban en los pueblos, y que se emborrachaban siempre que podían.
A pesar de esto se habían batido como leones a las órdenes del general Lacy-Evans en la batalla de Oriamendi.
En la casa que me indicaron como residencia del coronel Colquhoun vi a un soldado inglés con su mujer y dos chicos en brazos. Le pregunté si sabía si vivía allí el coronel, y me dijo que sí.
Colquhoun me recibió muy amablemente, pero me dijo que no sabía nada; él influía con el comodoro lord John Hay para que no se abandonara la empresa de Muñagorri, pero no conocía los planes del Gobierno inglés.
Colquhoun me pareció un hombre amable y culto. Era matemático e ingeniero, y por la presión de lord John se había metido a politiquear y a intrigar, cosas para las cuales no tenía condiciones.
Volví a San Sebastián y fuí a Hernani, en donde me dijeron que encontraría a Jáuregui. Efectivamente, le encontré; le di la carta de Alzate, y me preguntó por mi tío Fermín, y nos hicimos muy amigos. Tenía él que ir a Urnieta; le ofrecí mi coche; aceptó, y fuimos juntos.
Me dijo que O'Donnell y él pensaban hacer un reconocimiento en Vera, y que le iba a ver en aquel momento al general para ponerse de acuerdo en los detalles de la expedición.
—¿Cree usted que yo le podría hablar a O'Donnell?—le pregunté a Jáuregui.
—¿Acerca de qué?
—Acerca de la actitud que piense tener con relación a Muñagorri.
—No le contestará a usted nada.
—¿Está usted seguro?
—Segurísimo. O'Donnell es un hombre impasible, impenetrable; le oirá a usted muy amablemente, le preguntará lo que usted opina, le escuchará con mucha atención, y cuando usted intente averiguar lo que cree él de esto o de lo otro, sonreirá y pasará a otro asunto. Además, esa cuestión de Muñagorri es un punto que no le gusta tratar.
—Entonces no le preguntaré nada.
—¿Usted es de Vera?—me preguntó Jáuregui.
—Sí.
—¿Quiere usted venir al reconocimiento que vamos hacer en su pueblo?
—Con mucho gusto.
—¿Dónde para usted?
Le di mis señas en San Sebastián.
—Bueno, yo le avisaré a usted.
Llegamos a Urnieta. Urnieta tenía todavía las huellas de la batalla dada por O'Donnell el otoño pasado, que había costado el incendio casi total del pueblo. Dejé a Jáuregui en una casa próxima a la iglesia, y entré yo en una taberna, donde pedí una botella de sidra. En la taberna había un hombre manco y tuerto, con una blusa larga, que llevaba un montón de papeles bajo el brazo. Tenía el hombre aquel cierto aire de sacristán y una voz un poco aguda. Hablamos.
—¿Viene usted aquí de paseo?—me preguntó.
—Sí; ¿y usted?
—Yo, por el comercio.
—¿Por qué comercio?
—Vendo canciones.
—¡Hombre! ¿A ver qué canciones tiene usted?
—Son canciones carlistas.
—Muy bien. Yo soy liberal, pero eso no me importa. ¡A ver, cante usted!
El manco empezó a cantar, con su voz aguda, una canción sobre O'Donnell y la quema del pueblo, que empezaba así:
Orra nun den Urnieta,
Ez ta besteric pareta,
Malamentian erreta.
(Ahí está Urnieta, no quedan más que las paredes, malamente quemadas.)
O'Donnell generala
Zubela aguintzen
Fanfarroi zebillen
Etchiac erretzen.
Solamente jauna ori
Ez da gaitz itzuzen,
Chapela galdu eta;
Hernani sartu zen.
(El general O'Donnell mandaba y andaba muy fanfarrón quemando las casas. Solamente ese señor es difícil de asustar; perdió el sombrero y entró en Hernani.)
Chapela galdu eta
Gañera saldiya,
Beste bat artu eta
Iguesi abiya,
Guezurra gabetanic
Esango det eguiya,
Traidoria da eta
Cobarde aundiya.
(Perdido el sombrero y además el caballo, tomando otro para correr más deprisa, sin mentira diré la verdad, porque es traidor y cobarde.)
Santo Tomás eguneco,
Amar terdiyetan,
Etsagon atseguin
Pechotican eztuta
Caqueguin galzetan.
Orra sein cobardiac
Dirade beltzetan.
(El día de Santo Tomás, a las diez y media, no estaba muy tranquilo en Ategorrieta. Con el pecho oprimido y ensuciados los calzones. Ahí se ve lo cobardes que son los negros.)
Luego, el manco cantó otras canciones que, a pesar de ser primitivas y bárbaras y casi siempre incoherentes, no dejaban de tener gracia. Una de ellas, contra los extranjeros, comenzaba así:
Francesac ta inglesac berriz
Cecen icusten dabiltz
Barrera gañetic irritz,
Arriya tira escua gorde
Eguindigute bost alditz,
Au consideratzen balitz.
Baliyoco luque aunitz
Buru gogorric ez balitz.
(Los franceses y los ingleses de nuevo están viendo los toros desde la barrera, riéndose; tiran la piedra y esconden la mano; nos lo han hecho muchas veces. Esto lo comprenderíamos muy bien si no tuviéramos la cabeza tan dura.)
Este reconocimiento de la dureza de nuestra cabeza vasca me hizo reír a carcajadas.
Después de la rabia contra los extranjeros venía el rencor contra los castellanos y los hojalateros, que querían que continuara la guerra:
Orien votoz necazariyac,
Pasabiarcodu dieta.
Erdealdunaren copeta.
Guero iguesi lasterta.
(Por el voto de esos, los trabajadores tendrán que vivir a dieta. ¡Qué tupé el de los forasteros! Llenan bien el morral y luego echan a correr.)
Después de estas imprecaciones y cóleras el manco cantó una canción filosófica que comenzaba así:
Aurten eztegu izango
Fortuna charra;
Bici galdu ezquero,
Acabo guerra.
(Este año no tendremos mala fortuna; perdiendo la vida, se acabó la guerra.)
Le compré al cantor varias de sus canciones y volví a San Sebastián, y esperé a que me avisara Jáuregui para ir a Vera. En tanto, pedí a Bayona un libro que había comprado meses antes, que se titulaba Campañas de 1813 y de 1814 sobre el Ebro, los Pirineos y el Garona, por Eduardo Lapene. Cuando me lo mandaron leí la parte que hablaba de combates entre franceses y aliados en el Bidasoa y en las proximidades de Vera.
Aquellos días de lluvia charlé bastante con el antiguo amigo de Aviraneta, el cabo de chapelgorris, Juan Larrumbide, Ganisch, en la taberna del Globulillo, de la calle del Puerto de San Sebastián, quien me dijo que iba a ir también en la expedición a Vera.
El día primero de abril me avisó Jáuregui y fuimos a Oyarzun.
A mí me dieron un hermoso caballo, y, como llevaba un magnífico impermeable y un sombrero también impermeable, llegué sin mojarme a Oyarzun.
Ganisch, que conocía todos los rincones de la provincia, me llevó a un caserío de Arichulegui, donde comimos admirablemente y donde dormimos igualmente bien.
Por la mañana, nos levantamos, y, a la hora de la diana, tomé yo mi caballo, y, con mi impermeable y mi sombrero de hule, seguí a la comitiva de Jáuregui. Nos encaminamos hacia la peña de Aya, pasamos por la ermita y la ferrería de San Antón, por el mismo camino por donde fueron las tropas de Wéllington y donde murieron despeñados muchos soldados y oficiales ingleses. A media tarde llegamos a los montes próximos a Vera, y allí se acampó.
Ganisch me llevó al barrio de Zalaín, próximo al Bidasoa, al caserío del cabecilla Gamio.
Gamio fué el capitán de una partida liberal que, en una correría a Zugarramurdi, mató al coronel carlista don Rafael Ibarrola. Al volver de la expedición, el mismo día, Gamio fué visto por una patrulla carlista cuando descansaba, a la puerta de un caserío, con sus partidarios, y le soltaron una descarga cerrada y lo mataron. En Vera se había confundido el hecho y se creía que la muerte de Ibarrola era debida a mi tío Fermín Leguía, que por entonces estaba en Cuenca.
Me recibieron muy bien en el caserío de Gamio, el hijo y las hijas del partidario liberal. Cenamos espléndidamente, y tuvimos baile después de cenar. Por la mañana me presenté en una chavola de Alcayaga, en donde estaban reunidos Jáuregui, O'Donnell y otros jefes.
—¿Qué ha hecho usted?—me preguntó Jáuregui.
Le conté cómo había pasado la noche.
—Es usted un hombre de suerte.
No acababa de decir esto cuando una granada dió en la puerta de la chavola y la hizo polvo, y uno de los cascos pasó por encima de mi cabeza.
Nada; no tenía duda. Era un hombre de suerte.
Los carlistas sabían ya dónde estaban los generales enemigos, y disparaban allí.
Salimos fuera; O'Donnell, Jáuregui y los oficiales del Estado Mayor montaron a caballo, y yo hice lo mismo, y lucí mi impermeable y mi sombrero de hule.
El tiempo estaba malo: llovía y venteaba.
El Bidasoa venía muy crecido.
—Vamos a ver—me dijo Jáuregui—, ¿cómo pasaremos mejor el río?
—¡Supongo que no querrán ustedes forzar el puente!
—No.
—El hacerlo costó mil bajas a los franceses en 1813 y la pérdida del general Vander-Maesen, que murió aquí.
—¡Tantas bajas hubo!—exclamó Jáuregui—. No lo sabía. Por entonces, yo estaba herido en Cestona; por eso no pude tomar parte en la batalla de San Marcial.
—Por lo que he leído, si no murió más gente francesa fué porque un jefe del batallón, Lunel, se colocó en esta orilla y cañoneó esas dos casas de enfrente y el fuerte de ese alto, llamado Casherna.
—Es curioso. Desechada la idea de forzar el puente hay que intentar atravesar el río por otro lado. ¿Por dónde le parece a usted mejor?
—Por aquí, aguas arriba, se puede ir hasta el puente de Lesaca, por donde pasaron los ingleses de Wéllington en 1813. El puente quizá esté fortificado por los carlistas.
—Sí.
—¿Y el de Endarlaza?
—Lo mismo.
—Entonces, creo que lo mejor es que algunos de sus hombres vayan a Zalaín, saquen la barca, que quizá la tengan escondida los campesinos, y vayan pasando y fortificándose en la otra orilla.
Jáuregui conferenció con O'Donnell; decidieron esto y fué marchando hacia Zalaín un grupo y después una compañía de chapelgorris, que cruzó luego el río.
La situación respectiva de carlistas y liberales era ésta; ellos tenían algunas fuerzas en el pueblo, varios tiradores en dos casas situadas no muy lejos del puente, una de ellas llamada Dorrea, y otra que era una antigua hospedería de peregrinos de Roncesvalles; tenían fortificado el puente, unas compañías en un fortín de un alto llamado Casherna y patrullas en el monte de Santa Bárbara. Los nuestros estaban en un barrio de Lesaca, de nombre Alcayaga, y diseminados por el monte Baldrún y por la orilla del río.
Para distraer a los carlistas se hizo un simulacro de atacar el puente y se enviaron varias compañías hacia Lesaca. Se cambiaron cañonazos de un lado y de otro y, al mediodía, los chapelgorris se apoderaron de las primeras casas del pueblo.
Entonces empezaron a pasar más soldados por la barca de Zalaín y comenzaron a aparecer y avanzar por la orilla del río. Los tiradores de las dos casas, Dorrea y la hospedería de peregrinos, se opusieron a su avance; las cañones de O'Donnell bombardearon las casas hasta que las desalojaron.
Al ocupar las dos casas próximas al río los liberales, los tiradores carlistas del puente se vieron mal y lo abandonaron. El puente estaba libre de enemigos, pero lleno de obstáculos, y los que fueran a quitarlos se exponían a ser cazados.
Entonces los soldados de Jáuregui cogieron dos carros con hierba y los fueron llevando por el puente, y, avanzando detrás, quitaron los obstáculos, y los nuestros comenzaron a pasar y a marchar al pueblo.
Un grupo de veintitantos carlistas, al mando de un sargento, quedó rodeado en la plaza por los chapelgorris y los soldados cristinos, y los veintitantos subieron a la torre de la iglesia y se fortificaron allí. Por la noche bajaron de la torre con una cuerda y se escaparon.
Al anochecer, Ganisch y yo y un liberal del pueblo, al que llamaban Laubeguicoa, fuimos a una posada de Illecueta y cenamos con unos carlistas; pasamos parte de la noche cantando, y dormimos muy bien.
Por la mañana volvimos a la plaza de Vera. Le conté a Jáuregui dónde habíamos estado, lo que le siguió pareciendo un exceso de suerte.
Al día siguiente de entrar en el pueblo los liberales, tenían las casas, la iglesia y el calvario; los carlistas estaban en un alto enfrente de Vera, en un fuerte, con un cañón que lo disparaban a cada paso. Lo que me hizo gracia es que los cornetas del fuerte carlista, de cuando en cuando, tocaban la jota navarra, como para demostrarnos a nosotros que no nos temían.
Yo le dije a Ganisch que alguno de nuestros chapelgorris tocara con la corneta Andre Madalen y Ay ay, mutilla.
Los carlistas, como ofendidos al oír nuestra música, dejaron de tocar la jota.
Yo me acerqué varias veces, a caballo, con mi esclavina y mi sombrero de copa, al reducto de Casherna, y oí silbar las balas cerca de mi cabeza.
En dos días, a fuerza de zambombazos, quedó desmontado el cañón enemigo, desmoronado el fortín, y los carlistas abandonaron los alrededores de Vera.
Toda esta acción, en mi pueblo, no me pareció muy diferente de una pedrea de chicos. Al menos, en ingenio, no había gran superioridad de los militares profesionales sobre los chicos. La única superioridad que se podía encontrar era que en esta lucha de soldados había muertos de verdad; hombres con el pecho agujereado y las piernas rotas.
Pensé varias veces, aunque, naturalmente, no me atrevía a decírselo a nadie, que esto de la guerra, como ciencia, es una verdadera tontería; yo creo que la guerra es una cosa instintiva; así se comprende que un cura, o un maestro de escuela, metido a guerrillero, pueda tener en jaque a cualquier general: que un moro desharrapado haga maniobrar a su gente como el más perfecto táctico.
El 5 de abril, O'Donnell y Jáuregui se dispusieron a volver a sus campamentos; yo me uní a unas tropas francesas que habían avanzado desde el lado de Oleta a Vera, y fuí con ellas hasta la frontera, y luego, solo, a San Juan de Luz.
La acción a la que había asistido me pareció poca cosa y me afirmé en la idea de que si alguna vez tenía que tomar parte en la guerra, no sentiría el menor miedo. Mi dandysmo estaba por encima del peligro de las balas.