EN SAINT-MORITZ
Cada nueva parte de mi libro la voy escribiendo en distintos lugares. Ahora he venido a Saint-Moritz, sitio de moda, por el que tenía alguna curiosidad, pero pienso pasar poco tiempo. Este hotel, grande como un cuartel, con tanto millonario, me ha dejado espantado.
El enorme edificio está lleno de judíos, de americanos, de japoneses, casados con francesas e inglesas, y hasta de chinos.
¡Qué decadencia la de nuestro continente! Por todas partes no se ven mas que amarillos, negros y achocolatados. ¡Qué pisto! Dentro de algunos años, en Europa no quedará un europeo de verdad: todos serán mestizos y habrá una extraña mezcla de sangre de todas partes.
Entonces, esta vieja Europa, que no tiene ya ideales, no tendrá tampoco razas un poco limpias, y la común basura humana será el patrimonio de sus ciudades y de sus campos.
La contemplación de la naturaleza no me compensa del desagradable espectáculo de esta jaula de micos que me parece el hotel.
Es curioso el poco entusiasmo que siento por la naturaleza alpina. Acostumbrado al país vasco, con sus montes pequeños y claros, estas enormes montañas me cansan, me abruman, me parecen extrahumanas y casi desagradables.
El resplandor de las manchas de nieve en los montes, como trozos de porcelana sobre el cielo azul, me hace daño a la vista.
Esta naturaleza grandiosa no la encuentro atrayente. Es una naturaleza de aire cósmico, nada humanizada, monótona de de color, que se ofrece, como una virgen selvática, al hombre joven y fuerte, y que desdeña la debilidad y el cansancio.
Creo que el artista no debe encontrar grandes inspiraciones en estos paisajes, que son para el turismo y la fotografía más que para la literatura y el arte.
Me dicen que aquí puede haber una inspiración de algo grandioso y colosal. Yo cada vez tengo más antipatía por lo grandioso y por lo colosal. No creo en nada colosal. El hombre es, como decía el filósofo griego, la medida de todas las cosas. Lo que pasa de nuestra medida no es nada, al menos para nosotros.
Yo me contento con lo que abarca la medida humana; creo que hay en sus límites materia bastante con que llenar el corazón y la cabeza de un hombre, y no aspiro a más.
I.
PARÍS Y MADRID
A la primera ocasión que tuve fuí a París.
El París de entonces no era el de ahora, este París enorme, cortado por grandes avenidas con árboles. Era todavía un pueblo de calles estrechas, misterioso, en donde todo parecía posible. No había este cuadriculado policíaco actual de la vida, que hace en una inmensa ciudad como París, Londres o Berlín, se conozca a la gente casa por casa y cuarto por cuarto.
Eugenio de Ochoa me sirvió de cicerone; pero me enseñó, sobre todo, aquello que le podía dar lustre a él. Al cabo de quince días volví a Bayona.
Muy poco tiempo después, al comienzo de la primavera, don Eugenio me escribió diciéndome que sería conveniente que fuese a Madrid.
Me alegré mucho; tenía curiosidad de ver algo del interior de España.
Me ofrecí a mis amigos y conocidos bayoneses por si querían algo para Madrid. Gamboa me dió un paquete para que lo entregara al secretario del infante don Francisco, el brigadier Rosales, y dos cartas: una para don Ramón Gil de la Cuadra, y otra para don Martín de los Heros, políticos amigos suyos.
Eugenio de Ochoa me dió también una carta de presentación, para Usoz del Río.
A mediados de mayo marché a Santander, en barco, y de Santander, con grandes dificultades, a Madrid. Ya en el viaje me chocó la confusión y el desorden que había en todo, y me asombró, al entrar en Castilla, la cantidad de páramos y de desiertos que atravesamos.
Don Eugenio me esperaba en la Aduana, a la bajada de la diligencia, y me llevó a una casa de huéspedes de la calle del Lobo, donde vivía él.
Verdaderamente, Madrid me pareció feo y destartalado. La Puerta del Sol era una encrucijada sin importancia; todo lo encontraba muy polvoriento y descuidado.
—La verdad es que esto, al lado de París—le dije a don Eugenio—, parece poca cosa.
—¡Ah! ¿Tú también vas a ser de esos imbéciles que porque han estado unos días en París creen que han de despreciarlo todo?
Me callé, dispuesto a hacer las observaciones para adentro.
No es que yo despreciara Madrid, al revés; para mí, naturalmente, era más interesante que París, porque en París no podía ver nada mas que paredes y calles, y en Madrid hablaba con gentes de cosas que me interesaban. Cierto que entonces todavía tenía ese pobre entusiasmo de admirar una calle ancha y recta, o un monumento muy grande, como si por eso fuera uno más feliz; pero, aun a pesar de eso, como español, Madrid me interesaba más que París.
Yo comprendía claramente que ante la vida europea los españoles éramos muy poca cosa, que no pesábamos apenas nada. Madrid no llegaba a ser mas que un barrio pobre de París.
¡Y la gente! ¡Qué mal aspecto! ¡Qué aire de miseria, de mala alimentación!
—Esta pobre España tan enteca, tan mal dotada, ¿cómo ha podido hacer tanta cosa?—me preguntaba yo—. Ha sido el brío, la confianza, la ilusión, la que ha hecho levantarse estos Escoriales en medio de nuestros páramos. Hemos sido arquitectos con cañas, hemos construído sin medios; así ha resultado todo tan inconsistente.
En el tiempo en que yo he vivido, y sin ofrecer la historia española un interés universal, ¡qué tipos ha tenido nuestra época!, ¡qué fuerza y qué gallardía! Mina, el Empecinado, Zurbano, Zumalacárregui, don Diego León... Si hubiera habido entre nosotros un poeta, estos hombres hubiesen llegado a ser universales, no por su ideología, que era seguramente mísera, sino por su brío y su prestancia. Yo en Madrid disentía un tanto de la opinión de las gentes; me hablaban mal del clima de la corte, que a mí me parecía magnífico, y me elogiaban cosas que yo no encontraba tan admirables. La Puerta del Sol, este pequeño foro, con sus militares, sus intrigantes, sus cesantes, sus rateros, sus mozos de cuerda, sus desharrapados políticos, sus sablistas y sus aguadores; todos estos grupos de hombres harapientos, con manta y calañés, y de señores con capa y sombrero de copa; las manolas de rumbo que pasaban a pie o se mostraban en las calesas; los chicos que corrían descalzos, vendiendo papeles y hojas volantes; toda esta gusanera revolviéndose al aire me interesaba mucho.
Paseé en el Prado con sus lechuguinos, sus damas aristocráticas, sus jóvenes oficiales; vi a la Reina Madre con Muñoz en su landó, y a la Reina niña, en un coche, tirado por seis mulas grises.
Pasé el tiempo en los cafés obscuros, llenos de humo, con los espejos manchados por las moscas, los divanes, que olían a terciopelo arratonado; los mozos, que servían de mala gana; frecuenté la Fontana de Oro, la Cruz de Malta, el Café Nuevo, el de Venecia, el de San Sebastián; y vi en ellos tipos de todas clases, militares de las varias guerras españolas de la Península y de las Colonias, exclaustrados, masones, etc., etc. Leí El Guirigay y El Fray Gerundio, y los folletos anónimos y los papeles que corrían de mano en mano.
Estuve también en los toros a ver a Paquiro Montes, y hablé con él un momento en el Café Nuevo.
Pasaba poco tiempo en la casa de huéspedes. Tenía en ella un cuarto bastante grande, blanqueado, un tanto obscuro, con una cama de madera, y en las paredes, estampas de Atala y de los Incas, con la leyenda en castellano y en francés. Siendo el cuarto tan triste y estando la calle tan alegre, ¿cómo quedarse en casa? La misma reflexión debían hacerse la mayoría de los madrileños, a juzgar por la gente que andaba por las calles.
Por la mañana, el criado que cepillaba las botas me despertaba cantando canciones liberales:
Guerra, guerra a muerte,
a tiranos y a esclavos,
o aquello de
Viva, viva, viva,
viva la nación;
viva eternamente
la Constitución.
El oír estos guerras o estos vivas era señal de que había que levantarse. Efectivamente, me levantaba, y ya no volvía a casa hasta la hora de comer, si no comía fuera.
Hice mis visitas.
Primeramente fuí a ver a los amigos de Gamboa, don Martín de los Heros y don Ramón Gil de la Cuadra.
Estos dos señores, los dos vizcaínos, de Valmaseda, vivían en la misma casa de la calle de Cantarranas, hoy Lope de Vega, donde también había vivido Argüelles. La casa era un antro de progresismo. En la visita a Gil de la Cuadra tuve el maligno placer de hacerle hablar de Aviraneta, diciéndole que Gamboa había estado muy preocupado con la estancia de don Eugenio en Francia.
Gil de la Cuadra habló pestes de Aviraneta: dijo que era un miserable intrigante, traidor a la masonería, difamador, enemigo de todas las personas sensatas, y a quien debían poner a la sombra. Noté que no podía decir contra don Eugenio nada en concreto.
También visité a Usoz del Río, a quien encontré en compañía de don José Somoza. Los dos eran tipos raros y extravagantes. Somoza tenía la preocupación de la metempsícosis, y Usoz, la del protestantismo.
A Usoz le volví a ver años después en San Sebastián, de vuelta de Inglaterra, ya declaradamente cuáquero.
Usoz no era, como dice Menéndez Pelayo, en Los Heterodoxos, nacido en Madrid, sino americano, de familia navarra. El no me lo dijo, porque no hablaba nunca de sí mismo, pero encontré su filiación en las notas policíacas del Livre Noir de Delaveau y Franchet, hechas en tiempo de Carlos X. La primera vez que le vi, Usoz estaba preparando un viaje a Londres. Usoz me presentó al escritor inglés Borrow, y me llevó a casa del embajador de Inglaterra en Madrid, sir Jorge Villiers; luego, lord Clarendon, hombre que tenía por entonces una gran importancia en la política española.
Fuí también a casa del infante don Francisco, y hablé con su secretario, el brigadier Rosales. Este me preguntó mucho acerca de lo que se decía en Bayona.
De pronto el brigadier me dijo:
—El otro día le vi a usted en el café hablando con un sujeto que se llama Aviraneta. ¿Le conoce usted?
—De vista, nada más.
—Pues tenga usted cuidado con él. Es el mayor revolucionario de España, hombre muy peligroso. Su alteza real el infante don Francisco y yo le conocemos mucho, por desgracia.
Estando hablando con Rosales vino el general Minuissir, y me presentaron a él. Yo tenía curiosidad por este hombre, y le pregunté algo acerca de las conspiraciones del tiempo de Fernando VII.
Minuissir no quiso hablar; ya no tenía ningún entusiasmo por los revolucionarios. Pocos años después, cuando el proceso de don Diego León, Minuissir fué fiscal de la causa, y se habló mal de él por haber pedido con energía la muerte del reo. Se dijo que había exagerado el servilismo con Espartero; que era hijo de un cocinero italiano, y que cuando, como premio a su sumisión, le pidió a San Miguel la faja de general, éste le dijo: Sería una faja manchada de sangre.
Cuando le conté a don Eugenio mi visita a Rosales, se rió:
—¿Así que Rosales dice que yo soy hombre peligroso? Más peligroso ha sido él para mí, que me ha propuesto varias veces conspirar a favor del infante don Francisco.
—¿Es hombre revolucionario ese militar?
—Sí; si los demás hacen revoluciones en beneficio de su amo y de él, es revolucionario. El es un cobarde, un tumbón. Le conocí en Ciudad Rodrigo, en 1823. Estaba allí de comandante sin mando. Mientras nosotros nos rompíamos la crisma por aquellos vericuetos, él se entregó en seguida que llegaron los absolutistas.
Hablé con otras personas, y me presentaron en un salón de la buena sociedad. Habiendo vivido en un medio pequeño, como Bayona, con tantas precauciones, al llegar a un medio grande, como Madrid, en donde podía hablar a mis anchas, me encontraba como los soldados romanos, a quienes después de haberles obligado a andar con sandalias de plomo les dejaban correr libremente los días de batalla.
Acostumbrado a la ficción constante, no me costaba ningún trabajo mentir.
La frase de Talleyrand, o de quien sea, de que la palabra es un medio de ocultar el pensamiento, era uno de mis dogmas. Llegué hasta saber fingir la confusión de una manera perfecta.
II.
LOS AGENTES SECRETOS
—Te he dejado que veas Madrid durante unas cuantas semanas—me dijo Aviraneta—y que hables con la gente, porque no tenemos prisa. Por ahora no podemos dar un golpe decisivo; pero preparamos nuestras baterías. El ministro que me envió a Bayona no está en el poder, y trabajamos con el dinero de María Cristina.
—Yo, por mi parte—le dije—, tengo para vivir. Etchegaray y Leguía van viento en popa.
—Ya lo sé, y me alegro mucho.
—La parte de Etchegaray será para usted.
—No, no, ¿para qué? Tú has creado eso y debe ser para ti. Yo no necesito dinero: vivo con cualquier cosa. Vamos a nuestro asunto. Ha llegado el momento de que te ponga al corriente de la parte secreta de mis trabajos. En este mes de marzo pasado se han reunido gran número de batallones en Estella, y por el motivo de la falta de pagas se han sublevado. Ha acudido el mismo Don Carlos a sosegar el motín; ha exhortado a los rebeldes a que volviesen a la disciplina, y les ha prometido que les pagará parte de lo que les debe. No se han conformado ellos sólo con la promesa; y viendo Don Carlos el asunto más grave de lo que parecía al principio, se ha retirado. Entonces algunos sargentos han empezado a pedir la destitución de Don Carlos; pero la mayoría se ha asustado de su propia audacia, y el movimiento se ha sosegado por sí solo. ¿Conocíais esto en Bayona?
—Sí; se ha hablado de este motín de Estella; pero no se ha dicho nada de que se pidiera la destitución de Don Carlos.
—Pues se ha pedido. Esta iniciativa no era completamente espontánea, porque dentro de las filas carlistas contamos nosotros con alguno que otro agente que, cuando vuelvas a Bayona, tendrás ocasión de conocer.
—Muy bien.
—Ahora tu acción se limitará a esto: a asegurar en todas partes, en Bayona, que los carlistas están muy descontentos de las Expediciones reales; que consideran a Don Carlos completamente inepto, y que creen que sería mucho mejor que el infante don Sebastián fuera proclamado rey.
—Esto hará algún efecto; pero no creo que mucho, porque todos los días hay versiones de esa especie.
—De todas maneras, tú repítelo.
—¿No hay que hacer más que eso?
—Luego recibirás a los agentes nuestros, a quienes irás citando en distintos sitios por los nombres y señas que yo te daré, y harás una minuta clara con todos los detalles posibles de lo que te diga cada uno de ellos. No importa que te repitas. Cuantos más detalles, mejor. Hecha la minuta se la leerás al agente; luego la escribirás con tinta simpática, y si hay una parte importante de nombres y de señas la envías por separado y empleas la plantilla número uno.
—Está bien. ¿Usted no va a ir Bayona?
—Por ahora, no. Ya veremos cuándo. Si fuera allí, los carlistas y Gamboa pondrían en juego todas sus intrigas para expulsarme. Pita Pizarro ha querido que yo nombrase cónsul a algún amigo mío.
—¿Y por qué no le nombran a usted mismo?
—Eso produciría un escándalo y no adelantaríamos nada.
—Bueno, ¿qué más?
—Conviene también que vayas a San Sebastián; que veas a mi primo Alzate, y que éste envíe un confidente a Azcoitia, para que le diga en qué condiciones vive Don Carlos, en qué casa, con qué servidumbre, qué guardia tiene, etc., etc.
—Entendido.
INFORMES
—Ahora te voy a dar algunos informes de nuestros agentes, que son S, T, U, V, X y Z.
—Estamos enterados.
—Yo no bromeo cuando hablo de cosas serias. Vete tomando notas. S, es Iturri, posadero y comerciante de la calle de los Vascos.
—Lo conozco.
—Es navarro, buena persona, liberal por convicción, y trabaja por que se acabe la guerra con entusiasmo. Te puedes fiar de él. Es hombre de conciencia.
—Eso mismo pienso yo.
—La T es Luci Belz.
—Por un poco Lucifer.
—Y por tan poco, porque es mala como un diablo. Luci está empleada en el hotel del Comercio de Bayona. Escucha todo cuanto se habla allí. Es francesa, y lo mismo le da por los carlistas que por los liberales. Es solterona, y más fea que Picio. El medio de hacerla trabajar con entusiasmo es mirarla lánguidamente y decirla que es muy simpática.
—Muy bien. La miraremos con languidez.
—La U es la Falcón; ya la conoces. No tienes mas que decirla que yo te he encargado de hacer una minuta, y ella en la trastienda te la dictará. La Falcón te citará el día que quieras a Luci Belz, que irá probablemente a la tienda de antigüedades a hablar contigo.
—Bueno.
—La V es Valdés, un Valdés que llaman de los gatos; ¿tú no habrás oído hablar nunca de él?
—No.
—Valdés es un elegante, un petimetre de hace años, que unas veces está en París y otras en el ejército carlista. Manuel Valdés hace quince o diez y seis años era un buen mozo: alto, guapo, moreno. Quiso ser de la Escolta Real, y no le aceptaron por su liberalismo. Entre los años 20 a 23, Valdés fué un dandy madrileño. Era de los que usaban monóculo y de los primeros en poner en la Corte la moda de los sombreros blancos y las levitas verde lechuga con cuello de terciopelo. Este lechuguino tomó parte en la jornada del siete de julio, formando parte del Batallón Sagrado. Se cuenta que por entonces estaba en un salón presumiendo, cuando entró el gato de la casa; un gato de Angora muy lucido.—¡Qué hermoso es! ¡Qué elegante!—dijo alguno—. Es el Manolo Valdés de los gatos—replicó el mismo Valdés—. Desde entonces a Manolo le quedó el nombre de Valdés de los gatos. En el faubourg Saint-Germain le llaman le beau Valdés. Al entrar los franceses de Angulema, la gente baja de Madrid estuvo a punto de matar a Valdés, y el hombre se hizo absolutista. Ahora es públicamente carlista y privadamente agente secreto de María Cristina.
—Es una fórmula individual como otra cualquiera.
—Este Valdés tiene que ir con frecuencia a Bayona. Te irá a ver. Quizá te cuente algo curioso. Se le mandarán tus señas a la casa en donde vive en París.
—Vamos con la letra X.
—Vamos con ella. La X es Pedro Martínez López, un señor que escribió un folleto contra María Cristina por encargo de su hermana la Infanta Luisa Carlota.
—¿Y le paga el Gobierno de la Reina?
—Sí; quizá pudo poner en su libelo mucho más de lo que puso. Este Martínez López, para mí, es un tío antipático e inútil. Es burgalés, de Villahoz; se ocupa de cuestiones filológicas y agrícolas, y está liado con una corredora que va a casa de la Falcón, la Hidalgo.
—La conozco.
—Martínez López no creo que te diga nada interesante; chismografía nada más. Se le puede avisar por la imprenta de Lamaignere.
—De la calle de Bourg-Neuf; la conozco también.
—La Y es Bertache, un hombre de cuidado que te lo recomiendo. Bertache es un sargento carlista, joven, llamado Luis Arreche, de la casa Bertache de Almandoz. Este Bertache es casi un bandido. Tiene una querida, Gabriela la Roncalesa, que es una muchacha contrabandista a quien hace andar de aquí para allá. Iturri, el fondista de Bayona, sabe el modo de avisar a Bertache.
LA LETRA Z
—Por último, la letra Z de que te hablaron a ti en San Sebastián y te dijeron que indicaba el nombre de un francés, es José García Orejón, teniente en las filas de Don Carlos. Orejón ha sido caballista, es muy listo, muy cuco y muy desconfiado. García Orejón fué enviado por la misma Reina Gobernadora al cuartel general hace años, y aparece allí como furibundo carlista. Orejón tiene también relaciones con Gamboa.
El fué el que me dió a mí, cuando estuve en Bayona, escrito en cifra y con tinta simpática, el plan de la Expedición Real, que se ha realizado después. Con él combiné yo también la manera de sublevar las provincias Vascongadas y Navarra, en ausencia de Don Carlos y de sus tropas, aprovechando el cansancio de los pueblos; proyecto que, por falta de medios, no se ha podido realizar. Para avisar a Orejón dejarás una nota en un comercio de vinos de Saint-Esprit, de la calle de Santa Catalina, de un tal Artigues. De cuanto te digo no hay que hablar nada a nadie.
—Descuide usted.
—A estas gentes, únicamente conocen por referencias la reina Cristina, el ministro Pita Pizarro, el subdelegado de policía, don Canuto Aguado, tú y yo. No hay para qué recomendarte la discreción. Cualquier dato que te arranquen te puede perjudicar. ¿Te acuerdas que en San Sebastián te dijeron que yo había ido a Bayona con un extranjero cuya inicial era una Z? La causa de esto fué que Pita Pizarro tuvo que poner en conocimiento del ministro Calatrava, en pleno consejo, la misión que yo iba a desempeñar en Francia, y revelar el nombre del agente con quien me iba a entender, y le mostró una de sus cartas, escrita con tinta simpática y con la firma Z. El mismo día, seguramente Calatrava hablaba en la logia, e inmediatamente se comunicaba la noticia a San Sebastián. Actualmente, en España tenemos dos clases de policías, sin contar con la del Gobierno, que es la oficial y la que vale menos: una es la de los apostólicos, jesuítas, clericales, como se quiera llamarlos, y la otra, la de los masones. La una y la otra son policías espontáneas, y, por lo mismo, más activas. Así, claro, nosotros estamos entre dos fuegos. Por esto hay que tener más cuidado y tomar más precauciones. Esto es como el juego del mus: se gana la partida fingiendo y engañando. Así, que ya sabes: la cuestión es no soltar prenda. Oír, callar y mostrarse impenetrable.
—No tenga usted miedo; he hecho el aprendizaje.
—Todas las minutas me las mandas por la estafeta del consulado inglés.
Había hecho unas notas con las recomendaciones de Aviraneta. Se las repetí, y dió su visto bueno.
III.
LA REINA
Al día siguiente, don Eugenio me dijo que teníamos que ir al Ministerio de Estado a ver una persona importante.
Tomamos un coche, llegamos a Palacio, subimos varias escaleras, cruzamos dos pasillos, guardados por alabarderos, y entramos en un salón con la bóveda pintada, donde había, entre varios palaciegos y militares, una señora gruesa, vestida de blanco.
—¡Pero es la Reina!—exclamé yo, asombrado.
—Señora—exclamó Aviraneta inclinándose ligeramente—: aquí le traigo a este joven amigo mío y paisano, que va a llevar una misión difícil a Bayona, de la que yo le garantizo a Su Majestad que saldrá triunfante.
—¿No le habías dicho que ibas a traerle aquí?—preguntó la Reina.
—No; y, sin embargo, como ve Vuestra Majestad, no se ha confundido.
—Es cierto.
—No es cierto, señora. Estoy confundido de la bondad de Su Majestad para conmigo—dije yo.
—Nuestro amigo Aviraneta, ¿te ha explicado bien lo que debes hacer?—me preguntó la Reina.
—Sí, señora.
—¿Lo has comprendido bien?
—Creo que sí, señora.
—¿Estás dispuesto a trabajar con entusiasmo y con fe?
—Todo lo poco que pueda hacer yo por la causa de Su Majestad y de su augusta hija lo haré con toda mi alma.
—¿Cómo te llamas?
—Pedro Leguía.
—Está bien. Está bien. No me olvidaré de ti. Tengo confianza en tu triunfo. Cuando cumplas tu misión, ven a verme. ¡Adiós!
La Reina Gobernadora me alargó la mano, que yo besé respetuosamente, y Aviraneta y yo salimos del salón.
—Veo que tienes pasta de cortesano—dijo Aviraneta—; tú marcharás más de prisa que yo.
—¿Por qué dice usted eso?
—El ambiente de Palacio no te marea. A mí me marea y me repugna.
IV.
AQUEL MADRID
Llevaba un mes en Madrid y tenía que dejarlo, y sentía pena.
Aquel Madrid de mi tiempo tenía mucho atractivo, un gran encanto para nosotros los españoles.
Hay pueblos y paisajes que son como el pan, que gustan a todos; otros, en cambio, se parecen a la cerveza, en que hay que acostumbrarse primero para tomarles el gusto.
Madrid era de estos últimos. No tenía, ni tiene seguramente la teatralidad de Sevilla y de Granada, ni el encanto que forma la base del turismo de París, Roma, Venecia, Nápoles o Constantinopla.
La gracia del Madrid de entonces era una gracia particular, limitada, y exigía en el espectador un particularismo. Ni el americano del Sur, con su petulancia y su avidez, que le dan sus gotas de sangre de negro; ni el norteamericano, con su sequedad y su barbarie; ni el francés repleto de frases, ni el alemán repleto de datos, podían sentir y apreciar esta gracia de aquel pueblo polvoriento y destartalado. Tenía que ser un español, probablemente no castellano, un poco culto, sin serlo mucho, un poco artista, sin serlo demasiado, para gustar del encanto de esta ciudad, un tanto absurda.
Madrid era y quizá es un pueblo para gente vieja que comprende que hay que tomar de las cosas poco: de ese vino una gota, de esa naranja un gajo, porque si se vacía la botella o se devora todo el fruto, las últimas gotas o los últimos gajos resultarán amargos.
En la juventud se quiere todo; en la vejez se comprende que sólo puede gustarse algo. La juventud es ansia, panteísmo, turbulencia; la vejez, limitación y sabiduría.
Madrid tenía y tiene siempre en su aire como una invitación a la vida ligera y a la sabiduría. El cielo suyo no es ese cielo de tonos calientes, ambarinos de los pueblos de Levante; el cielo de Madrid no se parece nada al de Roma, como afirmaba Castelar.
El cielo de Roma es más azul, más oriental, más pomposo; el cielo de Madrid es más pálido, más limpio, más de montaña; el cielo de Roma, como el de casi todas las ciudades de Italia, está en la paleta del Veronés y del Tiziano; el cielo de Madrid está en la paleta de Velázquez, en esos tonos un poco grises, de una gran suavidad y de una gran elegancia.
Es el ambiente físico, el aire sutil, el que da en Madrid ese aire ingrávido a los cuerpos. Todo se desmaterializa y se sutiliza en este ambiente madrileño; nada parece que tiene substancia ni peso; un palacio, como el Palacio Real, al anochecer, más que un conjunto de piedras, es una masa de rosa pálido en un cielo de ópalo.
Al disponerme a marchar a Bayona tenía la melancolía de no poder pasearme en la Castellana, de no poder entrar por la mañana en el Retiro, de no presenciar la tarde lánguida en el Botánico, de no asomarme al anochecer a ver la vista incomparable del Guadarrama desde el balcón de la plaza de la Armería y de no oír una canción popular en una callejuela tortuosa.
¡Qué noches las de Madrid de mi tiempo, con los escaparates de las tiendas encendidos hasta las doce, los teatros hasta la madrugada, y los cafés, que no se cerraban!
¡Qué mezcla de gracia, de desorden, de abandono, de cólera, de bueno y de mal humor!
Pero todo eso ha pasado con el tiempo, y su encanto nadie lo sentirá, ni nadie lo comprenderá.
Hay indudablemente en el desorden, en el abandono, en lo que no está realizado aún, una gracia, un sabor especial, como hay también, en lo que está logrado y maduro, una melancolía de lo que ya no tiene porvenir.
V.
VINUESA Y SU FAMILIA
Al día siguiente de la visita a la Reina, tomaba la diligencia y me despedía de don Eugenio. Mientras marchaba camino de Lozoyuela iba reflexionando en mi vida. En poco tiempo, ¡qué cambio!
Todos los vagos sentimentalismos de joven, todas las aspiraciones de aventuras infantiles se me iban pasando. Mi ideal era subir y afirmarme.
Estaba viendo que no tardaría mucho en tener que dejar a Aviraneta, seguir su suerte, para volar solo y por mi propio impulso. Me preparaba a ser desagradecido, como hubiera dicho Stratford. Pensaba en este fenómeno raro que todavía han experimentado los hombres de mi tiempo, y yo con ellos: el sentimiento de sentirse engrandecidos por el favor real.
Después de haber besado la mano de la Reina me creía yo más importante y miraba a los demás mortales con cierto desdén.
En mi ensimismamiente engreído, no hice apenas caso de los demás viajeros, ni escuché las divagaciones de un canónigo pedante que peroraba acerca de los adelantos de Francia, hasta que un señor insistentemente se puso a hablarme.
—¿Qué le ha dicho a usted don Eugenio?—me preguntó.
—¿Qué don Eugenio?
—Don Eugenio de Aviraneta.
—¿Le conoce usted?
—Sí; es muy amigo mío.
Este señor me dijo que iba a Francia con real permiso, pues desempeñaba el cargo de oficial de la Secretaría de Estado, y se iba a establecer en Pau.
Pocas cosas inspiran tanta confianza como el no tener interés en terciar en una conversación, y el señor, viendo que yo no tenía muchas ganas de hablar, insistió en su charla, y me dijo que se llamaba Francisco Sánchez Vinuesa, y me presentó a su señora, que también viajaba en el coche, una señora rubia, muy arrogante, de aire extranjero.
Al llegar a las paradas tuve algunas atenciones con la señora, y Vinuesa me obsequió de una manera exagerada. Yo pensaba si es que pensaría pedirme algún favor; pero, no; sin duda, su carácter era así, efusivo y generoso.
Me preguntó varias cosas acerca de la vida de Bayona. Se le veía inquieto con la idea de entrar en Francia.
El buen señor era tímido y asustadizo. Su mujer parecía mucho más decidida que él, y también más inteligente. Hablé con ella largo rato en el camino. Estaba muy enfadada por el viaje que emprendían.
Era mujer alta, fuerte, con el pelo rubio y la tez blanca y sonrosada: una verdadera valkiria. Tenía los ojos azules, los labios muy gruesos y la dentadura muy blanca. Me habló del viaje que realizaban como de una aventura absurda y ridícula.
Tuvimos algunos pequeños percances en el camino; nos embarcamos en Santander y llegamos felizmente a Bayona. Allí, Vinuesa me confesó que era carlista, aunque moderado y tolerante. Iba a dejar a su mujer en una casita que tenía alquilada en Pau para él un amigo carlista, y después pensaba presentarse a Don Carlos.
—¿Va usted a dejar sola a su mujer?
—Sí.
—Le advierto a usted que está muy enfadada con usted por este viaje.
—¿Se lo ha dicho a usted?
—Sí.
—Pues no sé qué hacer.
—No vaya usted.
—Sí; pero, ¿qué quiere usted? Es un deber de conciencia.
El señor de Vinuesa se despidió muy efusivamente de mí, diciéndome que fuera a verle a Pau, y la señora me instó también a que marchara a visitarles.
En seguida que llegué a Bayona me hice cargo de mis asuntos; visité al cónsul Gamboa, a Delfina, a todas las familias conocidas, y comencé a preparar las entrevistas con nuestros agentes secretos.
Delfina me habló con ironía de la aventura de la mujer de Don Carlos, de la Brasileña, una mujer como la princesa de Beira, ya vieja, con un hijo general del ejército carlista que marchaba a campo traviesa con una doncella y el conde de Custine, como una trotacaminos, a casarse con el vulgar y poco interesante Borbón, pretendiente a la corona de España.
Delfina se burló de las señoras españolas, devotas y pedantes, que habían aparecido en Bayona, como doña Jacinta Pérez de Soñañes y doña Vicenta Maturana de Rodríguez, ambas musas del carlismo.
Doña Jacinta era la pedantería hecha carne; doña Vicenta, la poetisa gaditana, había publicado varias novelas, entre ellas Teodoro, o el huérfano agradecido, Amar después de la muerte, y acababa de dar a luz el Himno a la Luna, en cuatro cantos, que el Gobierno carlista prohibió, no se sabe si por resentimiento contra doña Vicenta o contra la luna.
La Maturana tenía fama de ser una gran profesora de baile.
—¡Ah! ¡Quel monument! ¡Ah! ¡Quel phenomene!—me dijo irónicamente Delfina, hablando de ella.
Me acomodé de nuevo a la vida de mi hotel y de mi oficina.
Comprendí entonces, al volver a vivir en Francia, cosa que antes no comprendía bien: cómo era extranjero, cómo había en mí cierta hostilidad interna por el país, y en el país cierta hostilidad para mí. Estas dos hostilidades, la del hombre por un país extraño y la del país extraño por el hombre, forman el lado negativo del patriotismo, que a veces es más fuerte que el lado positivo, o sea la simpatía del hombre por su propia tierra y de su tierra por el hombre.
VI.
AVENTURA EN TOLOSA DE FRANCIA
—Si alguna vez vas a Tolosa de Francia visita a una familia en cuya casa estuve durante mi estancia allá, la familia de Esperamons. Aquí tienes sus señas—me dijo don Eugenio en Madrid.
—Bueno.
—Hay en la casa una muchacha que es muy simpática, Josefina. No vayas a cortejarla. Deja algo para los demás.
—Descuide usted.
—Ya sé que eres un Tenorio; pero, en fin, ten en cuenta que es una muchacha que me gusta.
—Lo tendré en cuenta.
Había recordado esta conversación al hablar con Gamboa de un negocio de vinos que se tenía que hacer en Tolosa, no de gran importancia. Decidí ir yo, porque quería ver el pueblo, y algo también porque me interesaba el conocer a la muchacha que le gustaba a don Eugenio.
Tomé, pues, la diligencia en Saint-Esprit, y fuí por Orthez a Pau, y luego a Tarbes, y de Tarbes a Auch y a Toulouse. Entre Orthez y Pau fuí charlando con un inglés que viajaba para ahuyentar el spleen; de Pau a Tarbes, con dos señoras francesas, y de Tarbes a Auch, con unos militares. Llegué a Toulouse, y me fuí a hospedar al hotel del Gran Sol.
Pedí al dueño una habitación, y éste llamó a una muchacha que llevaba en el delantal un llavero, quien me condujo a un cuarto decorativo, aunque un poco viejo, con el techo con artesonados dorados, la alfombra roja y las sillas y las cortinas también rojas.
Cené, me acosté, y a la mañana siguiente, temprano, salí a ver el pueblo y a arreglar mis asuntos comerciales.
Estos asuntos se habían arreglado por sí solos; así que no me quedaba mas que echar un vistazo a la ciudad y visitar a la familia amiga de Aviraneta.
Hoy Tolosa creo que es un pueblo modernizado, con grandes avenidas y bulevares; entonces era, íntegramente, una vieja ciudad meridional, un pueblo rojo de ladrillo, con calles estrechas y tortuosas mal pavimentadas. Anduve toda la mañana y parte de la tarde callejeando; vi la casa del Ayuntamiento, que tiene el nombre pomposo de Capitolio; pasé por calles de nombres pintorescos, como la del Pato, la de la Manzana, la de la Estrella, del Faraón, la de los Hilanderos, Pergamineros, etcétera.
En la entrada de la calle de la Vieja Cepa contemplé el sitio donde se celebraban los autos de fe de la Inquisición, y en uno de los asientos del coro de Saint-Sernin vi esculpido a Calvino, predicando, con cabeza de cerdo.
A pesar de no ser arqueólogo ni de entender nada de arquitectura, me gustaron las murallas de la ciudad, con sus gruesas torres redondas, y estas calles tortuosas con grandes caserones de ladrillo, con sus tapias, por donde salían las copas de los árboles, y sus puertas cocheras, con aldabones de hierro forjado.
LA DAMA DEL HOTEL DEL GRAN SOL
Al volver, ya cansado, al hotel, me encontré en la escalera con una mujer que me entusiasmó. Iba acompañada por un hombre de unos cuarenta años, tipo seco, flaco, de bigote y barba negros, con un aire triste y distinguido, los ojos sombríos y los labios pálidos. Ella era preciosa: una morena con el óvalo alargado, el pelo castaño y los ojos claros, y una expresión alucinada. Iba tocada con una mantilla española. Yo la contemplé absorto; ella me miró sonriendo. El hombre me lanzó una mirada sombría.
Estaba esta pareja en el mismo hotel, en un cuarto pared por medio del mío.
Yo entré en mi habitación preocupado por tener aquella mujer espléndida tan cerca. Me acerqué a la pared, y noté que, entre mi cuarto y el de al lado, había sólo un biombo recubierto con un terciopelo rojo.
Salí al pasillo del hotel y vi poco después que mi vecino, el marido, o lo que fuera, de aquella mujer tan guapa, salía a la calle con otro hombre que, por su tipo, parecía un criado, un viejo con la cara larga, el pelo casi albino y unos ojos de espantado.
Pregunté al mozo del hotel quiénes eran mis vecinos, pero no sabía más sino que eran españoles y que habían llegado el mismo día que yo.
Volví a mi cuarto; paseé de arriba a abajo, escuché, poniendo el oído en el biombo, y en esto sentí que se abría el balcón en el cuarto de al lado. Abrí yo el mío. Allí estaba, cerca de mí, aquella mujer. Al verla, me palpitaba el corazón como un martillo de fragua.
—¡Qué hermosa es usted!—la dije.
Ella sonrió amablemente; luego puso un dedo en los labios imponiéndome silencio, y se retiró.
Nunca me he encontrado yo tan agitado como aquel día. Pensé que aquella mujer querría decirme algo. Si no, ¿por qué el signo de silencio?
Fuí a cenar, suponiendo ver en el comedor a la dama y a su acompañante, pero no aparecieron. Volví a mi cuarto. Al lado hablaban. Sin duda la pareja había cenado en la habitación.
Pasaron unas horas y noté que hablaban vivamente, y hasta creí oír un beso. No se entendían las palabras. Me entró una gran desesperación y pensé salir a la calle e irme a dormir a otra parte. De pronto oí un rumor monótono en el cuarto de al lado. ¿Qué podía ser esto? Me fijé. Estaban rezando el rosario.
Después no se oyó nada. Me acosté y dormí muy mal.
A la mañana siguiente salí varias veces al balcón y, en vez de encontrarme con ella, me vi una vez con la figura sombría del hombre, que me miró amenazadoramente.
Aquella mujer me había a mí sorbido el seso, trastornado, alucinado. Se me habían olvidado mis asuntos, Bayona, la política, Aviraneta; todo había quedado allí, muy lejos.
LA CALLE TRIPIERE
Al tercer día, el galán y la dama desaparecieron y fueron a vivir, según me dijo el mozo del hotel, a una casa pequeña de la calle Tripière.
La calle Tripière era una callejuela que cruzaba la de Saint-Rome, que es de las más céntricas y de las más concurridas de Tolosa. La calle Tripière, triste y estrecha, adoquinada con cantos del río, tenía algunos grandes palacios del Renacimiento, con altas tapias y puertas cocheras, y casuchas miserables con ventanas pequeñas y rejas, desde cuyos portales partían largos corredores obscuros, que se abrían a lo lejos en un patio sucio y sombrío.
En algunas de estas casas me dijeron que se encontraban cuevas con calabozos e in paces, con grandes anillos que habían servido en otro tiempo de prisión.
Los dos días siguientes paseé mañana y tarde por delante de la casa de la calle de Tripière, sin volver a ver a la bella dama.
Desconcertado, se me ocurrió visitar a la familia amiga de Aviraneta, con la vaga esperanza de que me diera algún dato. Precisamente vivían también cerca de la calle de Saint-Rome, en la del May.
Las señoras de Esperamons, madre e hija, me recibieron muy amablemente; la madre era una señora gruesa, que había vivido en mejor posición y se lamentaba de su suerte; la hija, Josefina, era rubia, gordita, sonriente, de ojos azules, de poca estatura, peinada con rizos y sortijillas, y muy apetitosa.
Josefina cantaba y tocaba la guitarra. Nos hicimos amigos ella y yo, y yo le conté mi aventura del hotel.
—Yo me enteraré—me dijo ella—; mañana lo sabré.
Al día siguiente fuí a casa de Josefina, verdaderamente emocionado.
—Estoy enterada de todo—me dijo.
—¿Qué pasa?
—Es una cosa triste. Esa chica tan guapa está loca.
—¿Loca?
—Sí. El señor que va con ella es su padre, y es brigadier carlista. Parece que desde hace tiempo venía trastornada. De cuando en cuando se viste muy elegante, y se pasea, y se mira en el espejo. Se cree una reina, de la que todo el mundo está enamorado, y dice que tiene un secreto que no puede contar.
—¿Y la ha visto algún médico?
—Sí, varios; pero dicen que es una cosa desesperada.
La noticia me hizo un efecto lamentable. Me decidí a marcharme. Le pedí a Josefina que me diera noticias de ella por carta, y me despedí de las dos señoras de Esperamons, a tomar la diligencia para Bayona.
Unos meses después, Josefina me escribió diciéndome que la muchacha estaba completamente loca; que ya no quería ver a nadie, y que se pasaba la vida en el hotel de la calle de Tripière corriendo de un extremo a otro del patio, medio desnuda y jadeante, y repitiendo a cada paso:
—¡Ah! El amor, el amor, el amor...