ANSIEDAD
—¿Quién es?—decía la criada.
—Soy yo—contestó una voz de fuera—. Abre.
—Me ha dicho el ama que no abra a nadie.
—Si estoy aquí hospedado.
—No importa.
—Vamos, no seas tonta.
—Que no, que no; me ha dicho el ama que no abra a nadie.
Quedó todo tranquilo.
—Esta gente no se marcha sin intentar algo—murmuró Aviraneta.
—Creo lo mismo—dijo Pello.
Al cabo de poco tiempo Leguía notó ruido de pisadas en el balcón del comedor; luego crujió una madera, y poco después se sintieron pasos muy suaves en el suelo.
—Han abierto—dijo Aviraneta.
—Sí.
—Ya han pasado.
—¿Adónde irán?—preguntó Pello.
—Van allí, al cuarto donde yo estaba—contestó Aviraneta.
Pasó largo rato; de pronto resonó un grito, que se ahogó en seguida; luego, un rumor de lucha, y quedó todo nuevamente en silencio.
Transcurriría más de un cuarto de hora; volvieron a oirse pisadas en el corredor, crujido de maderas en el suelo y un murmullo quedo de voces. Aviraneta y Leguía estaban con la mayor ansiedad, con la respiración contenida. De repente, alguien se acercó a la puerta de la sala y dió un golpe. Aviraneta y Leguía se estremecieron. Luego, el golpe se repitió más fuerte:
—¡Don Eugenio! ¡Don Eugenio!—dijo una voz.
—¿Quién es?—preguntó Aviraneta, que en un momento recobró la sangre fría.
—Una carta que traen para usted.
—¿A estas horas?
—Sí; abra usted.
—¡Ya voy, ya voy!
Aviraneta, en voz baja, murmuró:
—Pello, enciende la vela.
Leguía la encendió en la lámpara, y de puntillas llevó ésta a la alcoba y dejó el cabo de vela sobre el velador.
—Pero, ¿no abre usted?—dijo la voz de fuera.
—Es que no encuentro las zapatillas—contestó Aviraneta—. Lo mejor será que echen la carta por debajo de la puerta.
—No, no; me han dicho que se la entregue a usted en su propia mano.
—Pues entonces será mejor que espere usted a que me vista.
Aviraneta cogió la escopeta y Leguía la pistola, y se colocaron en la entrada de la alcoba.
Al ver que no abrían, los asaltantes debieron sospechar algo.
—Hala, y no perdamos tiempo—dijo la voz del hombre de la zamarra.