¿ENTENDIDO?
—Me gustan los hombres templados. Reconozcamos nuestros medios de defensa. ¿La puerta se cierra bien con la tranca?
—Sí; pero se tarda mucho en sujetarla.
—Entonces haz una cuña que pueda entrar y salir por encima del picaporte. ¿Comprendes?
—Sí.
—De manera que en un momento se pueda cerrar.
—Bueno; ahora mismo la hago.
Pello, con el cortaplumas, estuvo cortando un trozo de madera.
—¿Está bien?—dijo, haciendo que el trozo de madera entrase y saliese con facilidad en la abrazadera del picaporte.
—Muy bien—contestó Aviraneta—. Ahora quedemos de acuerdo en lo que vamos a hacer. Esta gente entrará en la casa por la puerta o por algún balcón. Si el hombre de la zamarra se ha enterado antes del cuarto que yo ocupaba, lo que es muy probable, irá directamente al extremo del pasillo. Es casi seguro que le oigamos, y entonces nos preparamos. Encendemos la vela y la llevamos a la alcoba. Dejamos la lámpara en este velador y ponemos delante de la puerta de la sala dos o tres muebles. Desde la entrada de la alcoba veremos lo que esos hombres hacen. ¿Que fuerzan la puerta de la sala y pasan adentro, derribando los trastos? Pues desde aquí, tú con la pistola, yo con el fusil, les soltamos dos tiros, nos metemos en seguida en la alcoba, cerramos y atrancamos la puerta. ¿Está entendido?
—Entendido.
—¿Te parece bien?
—Muy bien.
—¿No encuentras ninguna dificultad?
—Ninguna. Lo único que se me ocurre es que me parece mejor que metamos la lámpara en la alcoba y dejemos la vela aquí; la vela les ha de durar menos que la lámpara.
—Está bien pensado eso, Pello. No nos conviene que tengan una luz clara y constante.
—Y hasta podríamos hacer...
—¿Dejar un cabo de vela sólo?
—Eso es.
—Que durará lo bastante para disparar sobre ellos.
—Exacto.
—Veo que nos entendemos admirablemente.
—¿Y la segunda parte?
—La segunda parte la iremos pensando después.
—Bueno. ¿Cierro la puerta?
—Sí, ciérrala. Vamos a poner el sofá y la mesa de barricada.
Los dos, de puntillas, sin hacer ruido, llevaron los muebles delante de la puerta del cuarto.
—¿Qué hacemos ahora?—preguntó Leguía.
—Ahora, nada. Si quieres, puedes dormir un rato, Pello. Echate en la cama, y si no hay novedad, luego me echaré yo.
Pello se tendió, y al poco rato estaba dormido. Aviraneta se quedó leyendo a la luz de la lámpara.
IV.
EL ATAQUE
Acababan de dar las doce en el reloj de la iglesia de San Juan cuando se oyeron golpes en la puerta.
—¡Ya están ahí!—dijo Aviraneta, y, acercándose a Leguía, le zarandeó fuertemente—. ¡Eh, Pello!
—¿Qué pasa?—preguntó Pello, asombrado.
—Levántate.
Leguía se despejó pronto.
—¡Ya los tenemos ahí!—exclamó Aviraneta.
Los dos escucharon en silencio.
—Hablan con la criada—dijo Leguía.
—Sí. A ver, a ver qué es lo que quieren.