PREPARATIVOS

Pasado un instante, Aviraneta volvió a encender la lámpara del comedor, y cogiéndola con la mano derecha, dijo:

—Vamos ahora a explorar el terreno.

Aviraneta salió al pasillo y abrió una puerta. La puerta daba a una sala. Entró en ella. Era un cuarto de esquina, con un ancho balcón; tenía en el fondo dos alcobas: una, la más interior, sin ningún hueco hacia afuera; la otra, con una ventana que caía enfrente de la muralla.

—Creo que este cuarto es el más estratégico—dijo Aviraneta.

—Tiene el inconveniente de que está ocupado—advirtió Leguía, señalando un baúl y una caja, puestos en el suelo.

—Aquí estuvieron anoche un señor de Viana y su hija; pero cuando a esta hora no han venido, es que no se encuentran en Laguardia.

—Si por casualidad llegan dirán que tenemos la gran frescura.

—¡Pse! ¿Qué importa? Voy a coger mis maletas y a traerlas aquí.

—¿Guarda usted cosas importantes dentro?

—¡Importantísimas!—contestó, bromeando, Aviraneta.

Fueron a un cuarto del otro extremo, y entre los dos trasladaron el equipaje.

—Aquí estamos mejor—murmuró Aviraneta—; podemos primero hacernos cargo de las intenciones de esa gente. ¿Que entran aquí, en esta sala? Nos refugiamos en la alcoba. ¿Que llegan a forzar la puerta de la alcoba? Podemos descolgarnos por la ventana.

—Esta puerta de la sala no es nada fuerte—dijo Leguía—; si lo intentan, la podrán romper fácilmente.

—Sí; en cambio, la de la alcoba es sólida como una poterna—añadió Aviraneta—: una tabla de roble seca, magnífica.

Leguía inspeccionó la puerta.

—Tiene el inconveniente—dijo—que la cerradura no marcha.

—¿No?

—No. Aquí estoy haciendo esfuerzos con la llave, y no puedo.

—Se le podría poner una tranca. A ver si en la cuadra hay algún palo.

Bajó Pello con una vela encendida, y volvió al poco rato con una rama gruesa al hombro y un fusil en la mano.

—¿Dónde has encontrado esta espingarda—le preguntó Aviraneta.

—En la escalera.

—¿Funcionará?

—Véalo usted.

—Sí funciona, marcha muy bien. Es un buen hallazgo. Preparémonos. Cierra la puerta con llave.

Leguía cerró la puerta de la sala. Aviraneta se sentó delante de un velador; puso el maletín en una silla, lo abrió y sacó del interior una pistola de gran tamaño, un frasco de pólvora y una caja de pistones. Luego desdobló un periódico, echó allí la pólvora, y fué cargando las armas con gran cuidado, metiendo con la baqueta tacos de papel. Después sacó un plomo, y con un cortaplumas lo cortó en pedazos. De estos proyectiles puso dos en la pistola y cuatro en el fusil.

—Cualquiera diría, al verle cargar así, que está usted acostumbrado al trabuco—dijo Leguía.

—Y no diría mal—contestó Aviraneta.

—¡Hombre!

—Sí.

—¿Dónde ha empleado usted el trabuco? ¿En Sierra Morena?

—No; en la provincia de Burgos. El trabuco no sólo ha sido arma de bandidaje; también ha sido arma patriótica.

Aviraneta, que había concluído de cargar el fusil y la pistola, los dejó con cuidado encima del velador. Después sacó del fondo de su maletín un puñal y un cordón de seda, de diez a doce varas.

—Ahora veremos lo que nos reserva la noche—murmuró sonriendo con aire de fuina.

—Veremos—repitió Pello.

—Tú no te alarmas, ¿eh?

—Yo, no. Como diría el otro: ¿para qué?