VACILACIONES
—Cualquier cosa puede hacer de un hombre un enemigo—dijo Aviraneta—; luego preguntó: ¿Estará el capitán Herrera en la puerta de San Juan?
—No; me han dicho que Herrera se ha marchado a Logroño con el amo de esta casa.
—¿Con el de aquí?
—Sí.
—¿Probablemente, también con el hijo?
—Con seguridad.
—Entonces, ¿estamos solos?
—Alguien habrá en la casa.
—No; no debe haber más que estos dos hombres que han salido, y que no sabemos quiénes son, y yo.
—Lo mejor será refugiarse en el pueblo—dijo Leguía—. Vámonos.
—Es tarde. Habrá que esperar un cuarto de hora, lo menos, a que nos abran, ahí en la obscuridad... y mientras tanto!...
—Se llama desde aquí mismo.
—No; armaríamos un escándalo.
—Pues yo me voy—dijo Pello.
—Espera un momento, por si acaso.
Aviraneta apagó la lámpara; luego abrió el balcón y se asomó a él, tendiéndose en el suelo. Leguía hizo lo mismo.
Estuvieron con el oído atento cinco minutos.
—Anda gente por allí, entre los árboles, no tiene duda—murmuró Aviraneta.
—Sí; hay cuatro o cinco, por lo menos—afirmó Pello.
—Los del figón.
—Y ¿cómo habrán salido?
—Tendrán algún agujero en la muralla.
—Eso ha dado a entender el Calavera; pero no lo creía.
—El hombre de la zamarra, ¿duerme aquí?—preguntó Aviraneta.
—Sí.
—Vamos a advertir en la casa que no abran si llaman. Si tú quieres, vete; pero no me parece prudente.
—No, no; yo me quedo.
Aviraneta entró en la cocina y dijo a la dueña que había gente sospechosa por allí cerca, y que no abriera si alguien llamaba.
—¡Dios mío! ¿Qué pasa?—preguntó el ama.
—Que anda una bandada de pillos por ahí merodeando.
—¡Jesús! ¡Dios mío! ¡Y mi marido y mi hijo fuera! ¡Jesús!
—Bueno, bueno; vamos a echar la barra a la puerta.
La criada y la dueña bajaron al zaguán alumbrándose con el farol, y Aviraneta y Leguía sujetaron la puerta.
—¿Han cerrado ustedes balcones y ventanas?—preguntó Aviraneta a la dueña.
—Sí.
—¿Los dos huéspedes se han retirado?
—Sí, señor.
—¡Bien. ¡Buenas noches!
—¡Buenas noches! ¡Jesús, Dios mío!
La patrona subió las escaleras, con la criada, hasta el piso segundo, y se le oyó lamentarse durante largo rato.