EL HOMBRE DE LA ZAMARRA

Volvieron Leguía y Herrera a dar otros paseos por el raso de la muralla, desde el cuartelillo a la puerta de San Juan, cuando al ir a meterse en el pueblo al capitán se le ocurrió acercarse de nuevo al parador a curiosear un poco. Lo hicieron así, y al llegar delante de la casa vieron que por el camino venía un hombre montado a caballo, envuelto en una bufanda.

—¿Quién será este ciudadano que llega a estas horas?—dijo el capitán Herrera—. Me parece un tipo un tanto sospechoso.

El hombre, que sin duda tenía motivos para no querer ser visto, se acercó al parador del Vizcaíno y estuvo mirando a derecha y a izquierda, hasta que entró.

—Vamos a ver quién es—dijo Herrera, decidiéndose rápidamente.

—Vamos.

Se acercaron de nuevo al parador. El hombre sospechoso había entrado en el zaguán, y, sin llamar a nadie, andaba de un lado a otro, como buscando algo.

—¡Eh, buen amigo!—le dijo el capitán—. ¿Va usted de viaje?

—Sí, señor.

—¿Tiene usted papeles?

—¿Se necesitan papeles para pasar por aquí?

—Sí, señor; porque hay mucho carlista disfrazado de persona por esta tierra—contesto el capitán.

El hombre hizo un movimiento brusco; desabotonó su zamarra de piel y, refunfuñando, sacó del bolsillo interior del pecho unos papeles, y eligió de entre ellos uno. Herrera lo tomó en la mano y se puso a leerlo a la luz del farol que alumbraba la entrada de la posada.

Leguía pudo contemplar al tipo sospechoso a su sabor. Era un hombre de unos cincuenta años, afeitado, bajito, con los ojos negros, el tipo sacristanesco. Tenía un aire de astucia y de hipocresía poco agradable.

Después de leer el papel. Herrera se lo devolvió al de la zamarra.

—Es posible que no tenga usted sitio aquí en el parador—le dijo.

—A mí me basta un rincón en la cuadra para dormir—contestó el hombre.

Leguía y Herrera se dirigieron al pueblo; las campanas comenzaban a tocar el Angelus.

—¿Qué clase de pájaro será éste?—preguntó Leguía.

—Algún sacristán carlista de uno de estos pueblos—contestó el capitán—; tiene la pedantería y la suficiencia de todos esos tipos que se creen los depositarios de la verdad.

El capitán Herrera y Pello Leguía entraron en el pueblo y fueron juntos a cenar a la casa de huéspedes. Después de cenar. Pello marchó al almacén de su tío y se dedicó a escribir y a hacer cuentas. Tenía que fijar una porción de asientos en los libros.

Se acordó varias veces de que Corito estaría charlando en la tertulia de las Piscinas; pero no había más remedio, era indispensable tenerlo todo al día.

Trabajó con ahinco sin levantar la cabeza, y concluyó más pronto de lo que esperaba. En las noches que tenía que velar, Pello dormía en casa de su tío.

Al verse libre, cogió la llave, cerró el almacén y se fué a dar una vuelta.

Al pasar por la calle Mayor, por delante de casa de las Piscinas, vió que abrían el postigo y salía a la calle el viajero de negro y de sombrero de copa que había llegado por la tarde, en coche.

El viajero recorrió la calle Mayor; cruzó la plaza; se reunió con un militar que le esperaba, en quien Pello reconoció al capitán Herrera, y juntos salieron del pueblo por la puerta de San Juan.

II.
EL HOMBRE Y SU SOMBRA

Al día siguiente era domingo, y Pello fué a misa mayor.

Al pasar por cerca de la iglesia vió que el viajero de luto, a quien la noche antes había visto salir de casa de las Piscinas, entraba en la de Salazar.

Pello se quedó asombrado. Este salto del tradicionalismo arcaico y piscinesco al liberalismo oportunista y salazariano, si alguno lo daba en Laguardia era después de graves vacilaciones, de maduras reflexiones y de mucho tiempo.