EL VIAJERO

Era éste un hombre más bien bajo que alto, vestido de negro, con sombrero de copa. Llevaba en la mano una maleta pequeña y una cartera, que acababa de sacar del coche, la capa doblada sobre el hombro, y andaba cojeando.

El viajero, después de dar sus disposiciones al mayoral, entró en el zaguán del parador y llamó varias veces desde allí, gritando y dando palmadas. Al cabo de un rato apareció la muchacha en la escalera.

—¿Es que sois sordas en esta casa?—gritó el viajero.

—No, señor; no somos sordas.

—Pues lo parece.

—¿Qué quiere usted?

—Un cuarto.

—No hay ninguno. Están todos ocupados.

—¡Bah!

—Sí, señor. No le engaño a usted; están todos ocupados. Tendrá usted que ir a la plaza, al parador de la Rosalía.

—No; no me marcho.

—Pues aquí no hay sitio.

—Mira; llámale al amo, que me conoce.

—Le dirá a usted lo mismo que yo.

—No importa; llámale.

La criada se retiró, y poco después salió el amo, un poco fosco, a la escalera.

—¿Qué es lo que quiere usted?—preguntó—. ¿No le dicen que no hay sitio?

El recién venido subió unos cuantos escalones, para acercarse al posadero, y mostró algo que Pello y Herrera no vieron.

El mesonero cambió de aspecto, y saludando respetuosamente al huésped tomó su maleta y la subió al piso principal.

—Le llevaré a usted a mi cuarto, que es el único que está vacío.

—Bueno.

La deferencia del posadero era bastante extraña, porque no estaba en su costumbre el ser cortés, y trataba a todo el mundo con malos modos.

Como Pello pensaba ir al día siguiente a casa de las Piscinas, y Herrera a la tertulia de Echaluce, ambos con el propósito de enterarse y de llevar una noticia interesante a los amigos, se acercaron al dueño del parador cuando éste bajó de nuevo al zaguán.

—Qué, ¿ha llegado algún viajero?—preguntó Herrera.

—Así parece.

—¿De dónde viene?

—No sé; el mayoral lo sabrá.

—¿No sabe usted quién es, o a qué viene?

—No.

—Pues él ha dicho que le conocía a usted—interrumpió Leguía.

—¿A mí?—preguntó algo sobresaltado el posadero.

—Sí; es cierto—afirmó Herrera.

—¡Ah!... Es verdad..., creo que ha estado aquí hace años.

El capitán se dió por satisfecho con la respuesta; pero comprendió, lo mismo que Leguía, que era un subterfugio del mesonero, pues su manera de recibir al nuevo huésped no era, ni mucho menos, la que acostumbraba a tener con una persona a medias conocida. Indudablemente, el viajero era persona de influencia o muy recomendada.