ANTONIO ESTÚÑIGA
Uno de los muchachos que se había hecho amigo de Pello, buscando su arrimo, era Antonio Estúñiga, el hijo de un rico hacendado de Viana.
Antonio Estúñiga era un mozo acostumbrado a imponer su voluntad, violento y cerril; hacía la corte a Luisita Galilea, pero con un amor un poco bárbaro y plebeyo.
Luisita era romántica; estaba bajo la influencia de Graciosa de San Mederi, y ésta le había convencido de que era indispensable someter a prueba al joven Estúñiga. Según Graciosa, para conseguir el amor de una señorita distinguida había que hacer grandes méritos, soportar fatigas, penalidades, y hablar del Norte, del imán, del girasol; no basta decir: «tengo tanto para vivir»; esto era una cosa grosera, vulgar, impropia de gente delicada.
Luisita Galilea estaba convencida de que Graciosa tenía muchísima razón, y, además, y esto era lo principal, le gustaba más uno de los oficiales de Laguardia que el joven Estúñiga, malhumorado y tosco.
—Pero, ¿tú crees que a lo bruto se consigue el cariño de una señorita como yo?—decía Luisita—. Pues estás equivocado.
Antonio tenía, con tal motivo, un malhumor constante. Los melindres de Luisita le indignaban.
Varias veces confesó a Leguía que iba a dejarlo todo y a marcharse al campo carlista.
Pello y Corito, mientras tanto, cantaban el eterno dúo de amor. Laguardia les parecía un lugar lleno de encantos.
Muchas veces Pello tenía que salir a los pueblos próximos para los negocios; había que pasar por entre las tropas y oir el silbar de las balas.
El peligro hacía que Corito se interesase más y más por su novio. Cuando desde las alturas de Laguardia, Pello indicaba por dónde había andado, Corito temblaba y se estrechaba contra él.
LIBRO TERCERO
EL VIAJERO EXTRAÑO
I.
LA SILLA DE POSTAS
Una tarde de a principios de Junio, antes de anochecer, una silla de postas llegó a Laguardia, y se detuvo a la entrada del parador del Vizcaíno.
Pello Leguía y el capitán Herrera, que charlaban y paseaban por delante de la muralla, en el espacio comprendido entre el cuartelillo y la puerta de San Juan, abandonaron el raso que servía, y sirve, de paseo a los curas y desocupados del pueblo y avanzaron hasta el parador del Vizcaíno.
En esta época la llegada de una silla de postas a Laguardia era un acontecimiento que por sí solo servía de motivo de conversación para varios días, cuando no tenía ulteriores consecuencias. No era cosa de dejar pasar un suceso de esta clase sin sacarle algún jugo, y Leguía y Herrera se acercaron a la silla de postas. El mayoral comenzaba a desenganchar los caballos y el viajero acababa de saltar del coche.