LA BOTICA

Por encima del armazón visible de Laguardia, casi fuera del mundo de los fenómenos, que diría un filósofo, existía el centro del intelectualismo, del enciclopedismo, de la ilustración: la botica. Allí se discutía sin espíritu de partido; se examinaban los acontecimientos desde un punto de vista más amplio, como si hubiera vivido en Laguardia aún don Félix María Samaniego y sus amigos; allí se llegaba a defender la república como la forma de gobierno más barata, y algunos se arriesgaban a encontrar la religión católica arcaica y reñida con la razón natural.

Estos intelectuales de Laguardia tenían su masonería; hablaban fuera del cenáculo con gran reserva de sus discusiones; decían que no querían perder por alguna imprudencia la hermosa libertad que disfrutaban en la botica.

Todos estos diversos centros de Laguardia se espiaban, se entendían, conspiraban, y desde la alta y aristocrática tertulia de las Piscinas hasta el obscuro y sucio figón del Calavera, y desde la prepotente camarilla de Salazar hasta el tenebroso club del café de Poli, había una cadena de confidencias, de delaciones, de complicidades.

IV.
LAS MUJERES POLÍTICAS

Había, además, de las tertulias, centros casi oficiales de la opinión, gente rebelde, indisciplinada, que guerreaba a su manera. Estos merodeadores sueltos eran los más intolerantes. Entre los carlistas se distinguían el Chato de Viñaspre, el Riojano y el Charrico, y entre los liberales, el Tirabeque y Teodosio el Nacional.

La intransigencia agresiva de los dos bandos no la representaban los hombres, sino las mujeres, dos viejas solteronas, que se odiaban a muerte: Dolores Payueta y Saturnina Treviño.

Las dos tenían apodo; a la Dolores la llamaban la Montaperras, y a la Saturnina, la Gitana.

Estas solteronas llevaban la voz cantante de la chismografía de carácter chabacano; propalaban noticias falsas, traían canciones, inventaban frases y apodos; Dolores, contra los carlistas, y la Satur, contra los liberales. Para ellas la cuestión no salía de Laguardia; el liberalismo o el tradicionalismo del resto de España las tenía casi sin cuidado.

Estas dos arpías representaban la parte turbia que hay en todas las sectas y en todos los partidos; en ellas, el odio al enemigo era lo principal; un odio frenético, sin cuartel. Cuando estas mujeres se encontraban juntas en la calle, se esforzaban en demostrarse su desprecio; volvían la cabeza, escupían al suelo. Se hubieran lanzado una contra otra como perros de presa a morderse, a desgarrarse, si hubieran tenido buena dentadura.

Dolores era de posición regular, y se trataba con la gente acomodada del pueblo. Era fea, antipática, marisabidilla, con una voz de falsete que parecía que tenía que salir por detrás de una careta; vestía con trajes claros y ridículos e iba con asiduidad a la tertulia de Echaluce. Cuando reñía, que solía ser con frecuencia, dejaba chiquita a una rabanera. Vivía con tres o cuatro perros, y de aquí debía proceder el apodo de Montaperras, adjudicado por su rival la Satur.

Dolores tenía una adoración especial por el Ejército; los militares le parecían una raza de hombres superiores. Este entusiasmo por la milicia le hacía sentir un odio grande por los carlistas, que se le figuraban no defensores del trono y del altar, sino canalla mal vestida, que intentaba interrumpir el orden y la armonía de una cosa tan bella como la tropa.

Satur la Gitana era más violenta, y quizá por esto menos grotesca.

Vestía siempre de negro; tenía una cara morena y enérgica, y el pelo de ébano, lleno de mechones blancos. La Satur era partidaria de la tradición. Tenía algo de iluminada; los enemigos decían que esto era debido al alcohol; pero no era cierto del todo.

Vivía esta mujer en una casa pequeña, sin criada, completamente sola. Los vecinos solían verla pasar con una cesta; pero en la cesta no se advertía más que el cuello de una botella.

La Satur andaba de noche de casa en casa y de taberna en taberna, propalando sus noticias e intrigando.

Era valiente, atrevida y fanática.

El Chato de Viñaspre, el Raposo, el Caracolero, el Riojano y otros carlistas la obedecían.

Si llegaba a Laguardia algún papel o alguna canción contra el Gobierno, contra María Cristina, o contra algún general liberal, ya se podía apostar que había pasado por las manos de la Satur.

Una vez la denunciaron, ante la autoridad militar, como carlista y propaladora de noticias falsas, y al acudir a presencia del coronel, la Satur no sólo no se turbó ni negó sus ideas, sino, por el contrario, dijo que era carlista a mucha honra, y que María Cristina era una piojosa, que estaba enredada con el hijo de un estanquero, y que los soldados liberales no valían nada.

El coronel, que era hombre inteligente, se rió, y la dejó suelta.

La Satur era una revolucionaria por temperamento: sentía la demagogia negra; creía que el pueblo, su pueblo, formado por pobrecitos aldeanos, todos buenos, infelices, hasta los que pegaban puñaladas, deseaban con ardor el rey absoluto, y que bastaba quitar la Constitución y el Gobierno liberal para que España fuera dichosa y se viviera bien.

V.
CORITO Y PELLO LEGUÍA

En este ambiente de odio político y de enemistades personales, Pello Leguía y Corito Arteaga se dedicaban a mirarse, a hablar de mil cosas insignificantes, que para ellos eran trascendentales, y a escribirse cartas por cualquier motivo.

Seguramente, ninguno de los dos encontraba en la atmósfera de Laguardia los rayos del rencor y de la maldad que cruzaban el aire. Como en el mundo físico hay interferencias, las hay también en el mundo moral para los enamorados y para los que viven en el sueño y en la ilusión.

Corito traía, desde su llegada, trastornados a los jóvenes y a algunos viejos verdes de Laguardia.

Entre los oficiales de la guarnición tenía fervientes adoradores; pero ninguno llegaba a interesarle de verdad como Pello Leguía.

—¿Qué le encuentras a ese muchacho?—le decían sus amigas—. Es guapo, sí; pero tan serio, tan soso.

—Pues a mí me es muy simpático—contestaba ella.

Siempre que salían a pasear con varias personas, Corito y Leguía venían a reunirse y a marchar juntos hablando.

Corito le preguntaba muchas veces si era verdad que iba a casarse con su prima Anita, como decían en el pueblo.

—No. ¡Ca!—contestaba él.

—Pues es una chica bonita y rica.

—Sí; pero ya tiene su novio.

La gente decía que al padre de la muchacha, a Gateluzmendi el cosechero, no le disgustaría casar a su hija con su sobrino Pedro.

Corito coqueteaba con Pello; quería sacarle de su impasibilidad habitual, y lo conseguía; pero al mismo tiempo que él se iba enamorando, ella también se interesaba cada vez más.