EL PADRINO DE CORITO

Pronto Pello y Corito dejaron esta conversación y hablaron de otras cosas más interesantes para ellos. Al ponerse el sol, como era costumbre la tarde de los domingos, salieron todos a dar el paseo alrededor de la muralla. Corito iba al lado de Pello, muy animada y alegre; Luisita Galilea, coqueteando con un oficial, y sin hacer caso de Antonio Estúñiga, que cada vez estaba más desesperado; Cecilia Bengoa y Pilar Ribavellosa, del brazo.

Al anochecer volvió todo el grupo a los arcos del Ayuntamiento. En esto cruzó la plaza el padrino de Corito y se acercó a su ahijada y le dió un beso en la mejilla.

El viajero saludó a las señoras, y Corito le presentó a sus amigas y a los muchachos que les acompañaban.

—Este joven es un amigo nuestro, Pedro Leguía—dijo Corito, ruborizándose—; nos acompañó a Magdalena y a mí desde San Sebastián.

—¡Hombre, Leguía!—murmuró el viajero—. ¿No será usted de Vera, de Navarra?

—Sí; soy de Vera.

—Y ¿su padre se llamaba como usted, Pedro?

—Sí.

—Entonces le he conocido mucho a él y a su primo Fermín, el Chapelgorri. Pedro Mari Leguía fué muy amigo mío.

Corito iba a presentar a su padrino a Antonio Estúñiga; pero éste, naturalmente huraño y de mal humor, hizo un movimiento brusco y se ocultó detrás de una de las columnas del Ayuntamiento.

Fué una retirada un poco inesperada y cómica, que sorprendió a todos.

—¡Conéjuba!—dijo el viajero, en un vascuence castellanizado, dirigiéndose a Pello y señalando a Estúñiga con el dedo índice.

Corito y Leguía se echaron a reir. Estúñiga se marchó, incomodado.

—¿Sabe usted vascuence?—preguntó Pello al padrino de Corito.

—Poco.

—Ya veo que poco.

—Hombre, ¿por qué?

—Porque ha dicho usted «conéjuba» para decir conejo.

—Pues, ¿cómo se dice?

—«Unchía».

—¿De manera que tú sabes el vascuence bien?

—Sí, bastante bien.

—Tu padre también lo sabía muy bien. ¡Las veces que le habré oído cantar zortzicos en Bayona. ¡Ya hace tiempo! Se va uno haciendo viejo de verdad.

El viajero indicó que se marchaba al parador; estaba enfermo con dolores reumáticos y no le convenía el aire de la noche. Se despidió de Leguía, diciéndole que fuera a verle; dió un beso en la mejilla a Corito, y se marchó renqueando.

Al poco rato, como la sombra, apareció en la plaza el hombre de la zamarra; cruzó por los arcos del Ayuntamiento y entró en la puerta de San Juan.