UN HOMBRE ENIGMÁTICO
Antes de despedirse oyó Pello que el señor de la Piscina y el de Ribavellosa hablaban del padrino de Corito.
—Debe ser hombre inteligente, ¿eh?—dijo él, mezclándose en la conversación.
—Mucho.
—¿Es del partido?
—Sí; ¡ya lo creo!—contestó el de la Piscina, con su gravedad acostumbrada—; trabaja infatigablemente por la buena causa.
Sin duda, el padrino de Corito era un carlista acérrimo.
Leguía se despidió de sus amigos; fué a la casa de huéspedes, y después de cenar estuvo charlando con el capitán Herrera. De pronto se acordó que el capitán había hablado con el padrino de Corito la noche anterior, y le preguntó:
—¿Averiguó usted quién era el viajero del otro día?
—Sí.
—¿Quién es?
—Un enviado del Gobierno.
—¿Entonces será liberal?
—Liberalísimo. Un revolucionario impenitente.
Pello no replicó. El padrino de Corito resultaba un tipo raro y ambiguo. Los unos le tenían por carlista entusiasta, los otros por un revolucionario.
No podía ser las dos cosas al mismo tiempo; más fácil era que no fuese ninguna de las dos, y que aparentase, según sus conveniencias, profesar tan pronto una opinión como otra.
Realmente, su actitud era un poco misteriosa. Había estado en casa de las Piscinas, había tenido una conferencia con Salazar y saludado a las de Echaluce. Para que nada faltara estuvo media hora en la botica y un momento en el café de Poli.
Aquel viajero audaz había pasado todos los Rubicones laguardienses como quien salta un charco.
—¿Quién era este hombre? ¿Qué buscaba?
III.
TRAIDOR, ESPÍA Y MASÓN
Al día siguiente, por la tarde, trabajaba Pello en el escritorio cuando vió pasar varias veces a Antonio Estúñiga; Antonio se mostraba indeciso, sin atreverse a entrar; pero, al fin, se decidió y, cruzando el almacén, se plantó en el despacho.
—¿Qué hay?—le dijo Pello.
—¿No está tu tío?—preguntó Antonio.
—No.
—¿Te encuentras solo?
—Completamente solo.
—¿Sabes lo que pasa?
—No. ¿Qué pasa?
—Que ese hombre que nos presentaron ayer, el padrino de Corito...
—Sí... ¿qué?
—Que se ha descubierto que es un espía... un traidor que viene a engañarnos.
—¿Quién lo ha descubierto?
—Me lo han dicho.
—¿Quién?
—Un hombre que le va siguiendo los pasos.
—¿Uno con trazas de mendigo?
—Sí.
—¿Afeitado?
—Sí.
—¿Con una zamarra?
—Eso es.
—Le vi cuando llegó; venía tras él.
—Sí, viene persiguiéndole, vigilándole. Cuando salgas de aquí entra en el figón del Calavera y hablaremos con ese hombre de la zamarra.
—Cuando acabe iré.