EL FIGÓN DEL CALAVERA
Pello terminó su trabajo; saludó a su prima Anita, que estaba cosiendo a la luz de una lámpara, y se fué al figón del Calavera.
Era este figón un agujero obscuro y lóbrego, abierto en una callejuela. Tenía varias barricas en el portal y una rama de álamo a la entrada, como muestra. De día estaba alumbrado por una angosta ventana, y de noche por un candil que colgaba de la campana de la chimenea.
Varias mesas negras, con bancos de madera, ocupaban el interior. En un rincón, hablando con el hombre de la zamarra y con Estúñiga, estaban tres hombres. Uno de ellos era el Calavera, el dueño del figón, un Hércules rechoncho, con aire bestial, la cara ancha, la nariz chata y roja, como si acabaran de remachársela a fuego; el pecho y las manos, velludas. Los otros dos eran tipos maleantes: el Raposo y el Caracolero; los dos carlistas y asiduos contertulios de la casa.
El Raposo, realmente, parecía un zorro: tenía una viveza de rata; la cara afilada, y unos pelos amarillos en el bigote; el Caracolero era flaco, pálido, de aspecto enfermizo, con los ojos legañosos y rojizos; la barba gris, sin afeitar en quince días, y una voz de flauta completamente ridícula.
Pello se acercó a la mesa.
—Siéntate—le dijo Estúñiga.
—Le estábamos esperando a usted—agregó el Raposo.
—¿A mí?
—Este señor—añadió Estúñiga señalando al hombre de la zamarra—nos ha contado las maldades de ese hombre que vino anteayer por la noche a Laguardia.
—¿Tan malo es?—preguntó Leguía.
—Es un canalla, un traidor, un masón—contestó el hombre de la zamarra, con gran solemnidad.
—Y ¿qué es lo que ha hecho?—volvió a preguntar Leguía, a quien, sin duda, estas acusaciones vagas no le parecían gran cosa.
—Ha hecho horrores. Así, que la Policía le busca siempre por conspirador. El dirigió en Madrid la matanza de frailes el año 34; él ordenó la muerte de ciento treinta y tres prisioneros carlistas que estaban en la ciudadela de Barcelona. El sublevó el año pasado Málaga y Cádiz. Por donde va lleva el incendio, la matanza, la ruina, el sacrilegio...
—¡Pues es todo un tipo!—dijo Leguía, no sin cierta admiración.
—¡Sí lo es!—murmuró el Raposo.
—Y ¿cómo se llama ese hombre?—preguntó Leguía.
—Eugenio de Aviraneta.
—Tiene apellido vascongado.
—¡Vete a saber si se llamará así!—exclamó Estúñiga.
—Sí, así se llama—replicó el de la zamarra—. Su nombre es bastante conocido.
—Y ¿serán verdad todos sus crímenes?—preguntó Leguía.
—Lo son.
Y el hombre de la zamarra sacó del bolsillo cuatro o cinco recortes de periódicos en donde se hablaba del infame, del malvado Aviraneta.
El Raposo se puso unos anteojos de hierro grandes, y estuvo leyendo con atención los recortes.
—Y ¿qué intenciones tendrá este hombre al venir aquí?—preguntó el Caracolero.
—Yo creo—dijo el de la zamarra, y acercó su cabeza a la de los demás, como para dar más misterio a la confidencia—que lleva una misión de los masones de Madrid para desunir y sembrar la cizaña entre los partidarios de don Carlos.
—Pero, ¿aquí qué puede hacer?—preguntó Leguía.
—Aquí ha venido de paso; pero no ha debido desaprovechar el viaje. Se ha visto con Salazar y con el señor de la Piscina, de quien habrá sacado datos. En casa de la Piscina tiene confidentes; la vieja y la niña le deben contar lo que se dice en la tertulia.
Estúñiga miró a Leguía, como diciéndole: «Eso va para ti.» Pello, que experimentaba por el hombre de la zamarra una naciente antipatía, notó que este sentimiento se transformaba en odio, al pensar que aquel individuo podía producir algún disgusto a Corito.