LA PRUDENCIA DEL RAPOSO
—Aquí debíamos jugarle una buena pasada a ese granuja—murmuró Estúñiga, a quien desde la tarde del domingo se le había atragantado el padrino de Corito.
—¿Dónde está alojado ese señor?—preguntó el Raposo.
—En el parador del Vizcaíno—contestó Estúñiga—. Una noche nos quedamos fuera de puertas, al anochecer...
—¿Para qué?—preguntó brutalmente el Calavera.
—Toma, ¿para qué? Para salir del pueblo.
—¡Ja... ja... ja...!—rió el tabernero.
—¿De qué se ríe usted?—preguntó Estúñiga.
—¿Tú crees que nosotros necesitamos quedarnos fuera de puertas?
—Pues si no tendrán ustedes que salir por el portal de San Juan.
—Ni por el portal de San Juan, ni por ninguno. Pregúntale al Raposo.
—¡Silencio!—exclamó el Raposo—. Me parece que estás hablando demasiado, Calavera. Cuando se tiene la cabeza dura como la tienes tú, se espera a que hablen las personas de juicio.
El Calavera refunfuñó y se calló.
—Yo tengo pensado un plan—indicó el de la zamarra—; más tarde hablaremos de eso.
—Y usted, ¿hace mucho tiempo que conoce a Aviraneta?—preguntó Pello.
—Mucho tiempo, mucho. Si no les molesta, en un momento les contaré cómo le conocí. Por esta historia podrán ver los procedimientos que emplea ese bandido de Aviraneta.
—Cuente, cuente usted—dijo Estúñiga.
—Trae un poco de vino, tú—dijo el Raposo al Calavera.
Este se levantó pesadamente, mascullando; volvió con un porrón y lo dejó sobre la mesa.
El hombre de la zamarra bebió un sorbo, se limpió los labios con un pañuelo de hierbas y comenzó la historia.
LIBRO CUARTO
HISTORIA Y EMBOSCADA
I.
LO QUE CONTÓ EL HOMBRE DE LA ZAMARRA
Soy de bastante lejos de aquí—comenzó diciendo el hombre de la zamarra—, de un pueblo grande de la provincia de Albacete.
La casa de Vargas, la de mis amos, era allí la más fuerte de todos los contornos. «Más rico que un Vargas», se decía en mi lugar cuando se quería ponderar la riqueza de alguna persona acomodada.
La casa de Vargas, en mi tiempo, tenía treinta parejas de mulas, cortijos, olivares, viñedos y leña en el monte para quemar y vender.
Era la familia de mis amos modelo de honradez y de religiosidad: los Vargas varones son siempre caballeros, como las hembras de la familia, recatadas y honestas.
Don Fernando de Vargas, mi amo, era un hombre como va habiendo pocos: educaba a la familia con una severidad conveniente, y se mostraba adversario de las peligrosas novedades que quieren implantar en España los impíos.
Don Fernando sabía luchar en todos los terrenos contra los revolucionarios que intentan privarnos de Dios, de la religión y del rey.
—Este hombre, además de servil, es un pedante—se dijo Leguía a sí mismo.
—Don Fernando de Vargas—siguió diciendo el hombre de la zamarra—gastó su fortuna en la restauración gloriosa del año 23 y en los varios intentos posteriores de los realistas para restablecer la monarquía pura.
Su desinterés por el altar y por el trono; su entusiasmo por la buena causa hicieron que sus bienes mermaran de tal modo, que al morir dejó a su familia, formada por su esposa y tres hijos, dos varones y una hembra, en una lamentable situación.
Los usureros se lanzaron sobre las fincas, y se apoderaron de ellas; montes, tierras, viñedos, cortijos, olivares, todo fué a parar a sus manos.
Unicamente quedaron libres la casa, una viña y un molino. La señora de don Fernando y su hija se resignaron a vivir pobremente en el pueblo con los escasos restos de la fortuna, y don Fernando y don Luis, así se llamaban los dos hijos varones, salieron a ganarse la vida.
Yo, que había comido su pan, y que les veía en aquella situación mísera, me decidí a seguirlos.
Don Fernando consiguió un empleo en Aduanas, y con su ayuda, don Luis pudo entrar en el ejército y hacer los gastos necesarios para ingresar en un cuerpo distinguido como el de Artillería.