LA CASA MISTERIOSA

Además de estas curiosidades, había en mi barrio algo que llegó a ser durante mi infancia una gran preocupación.

Era una casa pequeña de la calle de Santa María, que hacía esquina a una callejuela que llevaba el nombre del duque de Nájera.

Esta casa tenía dos cuerpos: piso principal, con cuatro balcones muy grandes y muy altos, con las vidrieras de cristales pequeños, verdosos y emplomados, y un segundo piso, estrecho y cuadrado, a modo de torre, con un solo balcón.

En el piso bajo no tenía más abertura que unos ventanillos altos, con rejas, y un portal estrecho, de trabuco, del que partía una escalera de caracol.

Los chicos del barrio solían decir que aquella casa amarilla era misteriosa en extremo; algunos aseguraban que en ella había duendes; otros afirmaban que monederos falsos; pero los más enterados decían que era uno de los puntos de cita de los masones.

Esta versión, poco a poco fué generalizándose, y entre la gente del barrio se llamaba aquella casa la casa de los masones. Se contaban historias extraordinarias de las reuniones que tenían allí los afiliados a esta secta, en las cuales todos iban enmascarados. Se afirmaba que bebían sangre y juraban guardar su secreto, delante de una calavera, con la punta de una espada desnuda en el pecho.

Muchas veces, de chico, estuve mirando aquella casa amarilla con gran curiosidad. De día no entraba nadie; sólo, a veces, al anochecer, se veía pasar algún embozado; daba unos golpes con los nudillos en la puerta, se abría ésta con una cuerda atada al picaporte desde arriba, y el hombre desaparecía en la obscuridad.

IV.
LA ÉPOCA

Aunque me consideres pesado, amigo Pello, te hablaré un poco de mi época, porque los jóvenes de hoy no tenéis una idea clara de la transformación verificada en España. Si la tuvierais miraríais con menos desdén a los hombres de mi generación.

No digo que abundara entre nosotros la gente entendida y de talento; pero entusiasmo y valor los había.

Sin preparación, sin cultura, sin medios, cogimos nosotros el momento más difícil de España. El edificio legado por los antepasados se cuarteaba, se venía abajo. Era la crisis de la patria, del imperio colonial y, al mismo tiempo, del absolutismo, de la Inquisición, de toda la vida antigua.

Ciertamente, hacía ya tiempo que las ideas filosóficas venían influyendo en la sociedad, pero en una minoría exigua en el elemento culto. La proclamación de la libertad civil y política, hecha por los norteamericanos, fué muy simpática al elemento avanzado aristocrático español; pero en cambio, la tempestad de la Revolución francesa produjo tal pánico, que la aristocracia, el clero y el ejército reaccionaron por instinto de conservación y se prepararon a defender sus privilegios.

El Gobierno mandó prohibir y recoger todo libro o periódico que hablara de los sucesos ocurridos en Francia, y se expidió un decreto, dirigido a las universidades y escuelas, suprimiendo la enseñanza del Derecho natural y de gentes.