LA INQUISICIÓN Y LOS SABIOS

Al mismo tiempo se recomendó el celo del Tribunal de la Inquisición, organismo que se sentía envejecido y fuera de lugar, y que no se atrevía a emplear los procedimientos severos de otras épocas.

A pesar de su general lenidad, el Santo Oficio castigaba a veces con mano firme.

En mi tiempo se hablaba todavía del proceso de Pablo Antonio de Olavide, hombre ilustre, de ideas reformadoras, a cuya inteligencia y celo se debieron las colonias de Sierra Morena. Delatado por un capuchino alemán como partidario de la filosofía, fué llevado a las cárceles de la Inquisición, donde tuvo que abjurar de rodillas, cubierto de un sambenito.

Después de salido de las cárceles del Tribunal de la Fe, Olavide se fué a vivir a la ciudad de Almagro, y de allí partió para Francia, donde le hicieron un recibimiento soberbio. La Asamblea Constituyente le declaró hijo adoptivo de la nación francesa. Olavide vivió algún tiempo en la Malmaison, que fué después la finca favorita de Napoleón y de Josefina. Esta finca pertenecía, por entonces, a un amigo de Olavide, M. Lecoulteux Dumolay.

Olavide fué, con Marchena y Guzmán, uno de los españoles que colaboró en el gran incendio de la Revolución francesa.

Después, preso con su amigo Lecoulteux en la cárcel de Orleáns, hubiera sido quizá guillotinado, a no haber sobrevenido la caída de Robespierre.

Otra persona conocida, presa años después en las cárceles del Tribunal de corte, por sospechas de ateísmo y materialismo, fué el profesor de Matemáticas don Benito Bails, que era autor de algunos compendios que se enseñaban entonces en las escuelas de España y en algunas de Europa.

A pesar de ser don Benito hombre de grandes relaciones en la corte, un día se presentaron los alguaciles en su casa de la calle de Carretas y le dijeron que se preparara para ingresar en la cárcel.

El pobre profesor, además de viejo, estaba tullido, y alegando su impotencia para valerse de sus piernas, se aceptó que se encerrara con él una sobrina suya, que por piedad accedió a asistirle.

El buen matemático, hombre ingenuo, antes de la declaración de los testigos de cargo, confesó haber dudado algunas veces de la existencia de Dios y del alma, aunque aseguró que no llegó tampoco a considerar como definitivo el ateísmo materialista.

Los inquisidores, viéndole reconocer tan fácilmente sus herejías, le trataron con cariño y le sacaron todo el dinero posible.

Por esta época, también un señor, don Felipe Samaniego, se delató a la Inquisición como lector de Voltaire, de Rousseau y de Hobbes, y de paso comprometió al duque de Almodóvar, a Campomanes, a Floridablanca, a Lacy, al general Ricardos y a otros hombres notables que eran partidarios de las tendencias reformistas.

La misma condesa del Montijo, en cuya casa se reunían personas distinguidas aficionadas a la lectura, fué desterrada por el rey a Logroño, acusada por los frailes de jansenista y de tener correspondencia con el abate Gregoire.

En el Palacio Real, los curas, que habían perdido mucha influencia desde el tiempo del conde de Aranda, la recobraron íntegra. El padre Eleta, confesor de Carlos IV, que era un fanático, embrutecía a su real penitente; mientras, el padre Múzquiz, un cura cínico, favorito de Godoy y confesor de María Luisa, convertía el confesonario en un cómodo lugar de tercería.

Los cortesanos, que veían que este padre ponía la religión al servicio de la reina y de su majo, le llamaban el traidor Don Opas, y el bueno de Carlos IV decía que el confesor de su mujer tenía conciencia de jareta.