LA INQUISICIÓN Y LOS ILUMINADOS
Con la gente pobre, el Tribunal de la Fe luchaba también a brazo partido, no porque la plebe sintiese inclinaciones por la filosofía y el enciclopedismo, sino porque había en España por entonces una epidemia de santos y de iluminados que a Dios le ardía el pelo.
Uno de los casos más célebres ocurrió en Cuenca con una mujer llamada María Herráiz. Afirmaba María que su carne se había convertido en la carne de Jesucristo.
Algunos frailes y clérigos lo creyeron; el pueblo fanático comenzó a rendir culto a la beata María, y la Inquisición metió a todos los complicados en el milagro en la cárcel. La beata murió en prisión y fué quemada en efigie; a su criada la impusieron diez años de reclusión en una casa de recogidas, y a los aldeanos embaucados se les condenó a cadena perpetua y a doscientos azotes previos.
Los frailes y uno de los curas que habían sostenido a la beata María salieron al auto de fe con túnica corta y soga al cuello, y fueron condenados a reclusión perpetua en las islas Filipinas. Una ligera bromita que sirvió para amenizar la vida monótona de los conquenses.
También en Madrid hubo otra famosa beata, la de la calle de Cantarranas. Esta señora, a creerle a ella, se alimentaba sólo de hostias consagradas y hacía cada milagro que temblaba el credo.
La ciudadana de la calle de Cantarranas, en unión de varios cucos como ella, tenía un negocio magníficamente montado; pero algún celoso del éxito de su lucrativa empresa hizo que la sorprendieran con testigos atracándose de carne natural y de vino igualmente natural y de buena marca, y su prestigio desapareció.