LOS SOSTENES DEL MUNDO VIEJO

Por una parte, la monarquía, que iba desacreditándose y envileciéndose, rodeada de una aristocracia corrompida; por otra, el ejército en un ambiente de favoritismo, y el clero cada vez más inclinado a las supersticiones... La situación era desastrosa. Se veía que los pilares del mundo antiguo se cuarteaban.

Arriba, en las altas esferas de la sociedad, no había más que vicio, escándalo, licencia; abajo, brutalidad, superstición, miseria. Manolería de seda y manolería de harapos. Unicamente como remedio se veía un grupo exiguo de gente culta, desligado de los unos y de los otros, hombres entendidos, pero egoístas; incapaces de arrastrar a nadie, incapaces de comprender al pueblo, orgullosos y al mismo tiempo cobardes.

Probablemente no habrá habido período en España en que el pueblo estuviera tan muerto. Al oído más fino le hubiera sido difícil encontrar en aquel gran cuerpo desorganizado algo como un latido revelador de la vida.

V.
LA MOJIGONA

En los dos campos donde se desarrollaba mi infancia, el familiar y el callejero, tenía amigos.

Los de la calle eran chicos de familias de artesanos, libres, mal atendidos, que constantemente estaban haciendo diabluras y barbaridades. A alguno de ellos lo vi treinta y tantos años después de miliciano nacional y lo reconocí.

Los amigos míos de casa eran Ignacio Arteaga y José Antonio Emparanza.

Estos dos muchachos eran primos, los dos de la misma edad, pero de muy distinto carácter.

Ignacio Arteaga era un buen chico, generoso, lleno de efusión. Emparanza, en cambio, se manifestaba mal intencionado y canalla, sobre todo conmigo.

Arteaga y yo solíamos ir de paseo con un asistente de su padre, un soldado viejo, que se llamaba Medinilla.

Medinilla era andaluz, había estado en la guerra del Rosellón, y era el hombre más mentiroso y más alegre que he conocido.

Mientras estábamos en las Vistillas haciendo subir una cometa, o paseábamos por los altos de Monteleón, nos contaba cada bola que nos dejaba estupefactos.

Era también bastante aficionado a meterse en figones y tabernas, donde tenía grandes amigotes, y nos llevaba a nosotros en su compañía; así que conocíamos un personal tabernario de lo peor del pueblo.

Muchas veces llegábamos a casa con una mancha de vino en la camisa y teníamos que contar una serie de mentiras, una detrás de otra, para explicar la genealogía de la mancha.

Emparanza era muy poco amigo del viejo Medinilla, y menos amigo mío.

La razón de nuestra enemistad consistía en que éramos rivales.

Ignacio Arteaga tenía una hermana, Consuelito, que era una muchacha preciosa; Emparanza y yo nos disputábamos su amistad.

Ella no tenía motivo alguno para odiar a Emparanza, y le trataba como a mí; en cambio, yo sí lo tenía. Emparanza buscaba siempre la ocasión de mortificarme, de desacreditarme ante ella; yo lo sabía y estaba dispuesto a romperme el alma con él.

Ignacio me defendía casi siempre; éramos los dos muy amigos, y una aventura que nos ocurrió yendo juntos nos hizo inseparables.

En aquella época se celebraba en Madrid la Cruz de Mayo con grandes fiestas.

Las de mi barrio eran de las más célebres, y entre éstas tenían fama las de Puerta de Moros, Morería y la de la ermita de San Millán, en la plaza de la Cebada.

Se ponían altares con imágenes y flores en las esquinas, y se nombraba la Maya, la chica más bonita de la calle, vestida con las mejores prendas, no sólo de su casa, sino de la vecindad.

Para contraste con la Maya, los mozos solían escoger una vieja, la más fea y la más negra del barrio; la vestían con un traje desastrado y la llevaban así, como en triunfo, al frente de una rondalla. A esta vieja, que hacía contraste con la Maya, la llamaban, no sé por qué, la Mojigona.

Uno de estos días en que se celebraba la Cruz de Mayo, tendría yo diez o doce años e Ignacio Arteaga otros tantos, cuando salimos de casa, y al cruzar la calle de Segovia vimos una comparsa de bandurrias y de guitarras que marchaba por la calle de la Morería abajo. La seguimos hasta cansarnos. Volvíamos a casa, cuando en un portal estrecho nos sorprendió una escena grotesca. Una vieja de pelo blanco, fea, horrible, una verdadera arpía, bailaba, mientras un gitano tocaba la guitarra.

—Eh, eh. ¡La Mojigona!—decía el hombre—. A ver cómo se mueve ese cuerpo sandunguero.

Y la vieja se agitaba en contorsiones horribles.

Llevaba la vieja un delantal hecho con una estera, adornado con cáscaras de huevo, un collar de guindillas y cáscaras de patatas y una corona de ajos en la cabeza.

Varios chiquillos desharrapados de la calle miraban desde la puerta, y nosotros nos acercamos a ellos; pero el gitano, empujando bruscamente a los harapientos, gritó:

—¡Fuera de ahí! Dejad pasar a los señoritos.

Pasamos los dos, siguió el baile, y de pronto, el viejo, dejando la guitarra, cerró el postigo de la casa y nos quedamos Ignacio y yo dentro del zaguán. Luego, la vieja horrible abrió la puerta de un corralillo y nos dijo:

—Pasad aquí.

Pasamos los dos, sorprendidos y amedrentados, y el gitano, dirigiéndose a la vieja, le dijo:

—Vamos, señora Mojigona, ayúdeme usted a desplumar a estos pajaritos.

—Con mil amores pichón; ya sabes que lo que tú me mandas es para mí la santa palabra.

La vieja nos intimó para que nos acercásemos a ella, y nos despojó de nuestras ropas. Quedamos desnudos. A mí, únicamente me dejaron la montera, porque, sin duda, les pareció que no valía nada.

Después nos echó a cada uno una chaqueta formada por harapos y llena de piojos.

—Y ahora, ¿qué hacemos con estos niños?—preguntó la vieja.

—Que se pasen así unas horas—contestó el gitano—. Así sabrán estos angelitos lo que es el hambre, mientras nosotros comemos y bebemos.

Se cerró la puerta del corral, y al verse Ignacio solo y desnudo, comenzó a llorar. En aquel momento yo no tenía miedo; mi única preocupación era encontrar un recurso para salir de allí; más que por otra cosa, por demostrar mi superioridad a Ignacio.

Durante unos momentos hice un examen de todo lo que se podía ensayar en aquel rincón. Era muy poco o casi nada. Me llevé maquinalmente la mano a la cabeza, me saqué la montera y me encontré con que dentro llevaba, como siempre, un trozo de pedernal, de acero y de yesca.

Pensé si se podría hacer algo con aquello, y vi que en un ángulo del corralillo había un montón de paja y otro grande de tablas viejas y de maderas podridas.

Al momento se me ocurrió una idea.

—Bueno—le dije a Ignacio, rudamente—, te advierto que dentro de un momento estamos fuera.

Ignacio me miró asombrado. Saqué yo de la chaqueta vieja una serie de hilas y le dije a Ignacio que hiciera lo mismo.

Después comencé a dar con el acero en el pedernal y encendí la yesca. Con la yesca y los pedazos de trapo encendimos la paja, y en la llama que se formó fuimos echando trozos de tabla, hasta que se hizo una hoguera grande. El humo nos hacía llorar, nos ahogaba; pero peligro no teníamos ninguno. En esto apareció un hombre en una ventana, que comenzó a gritar; poco después varios vecinos abrían la puerta del corral y nos dejaban en libertad. Cuando contamos nuestra aventura, los vecinos nos trajeron ropas, y en medio de un grupo de gente llegamos a casa. Lo mismo en mi familia que en la de Arteaga, produjo nuestro relato gran sensación.

VI.
CONSUELO ARTEAGA

Ignacio y yo, durante la infancia, fuimos a casa de un dómine que daba lecciones particulares a muchachos de buenas familias. Este dómine sabía algo de Latín y de Gramática, pero no nos enseñaba nada; lo único que hacía era espiarnos, y luego denunciarnos a nuestras familias. Creo, la verdad, que en el tiempo que estuve yendo a la clase de aquel buen señor no llegué a aprender cosa de provecho.

Ignacio adelantaba algo más que yo, y entró poco después de cadete en las Reales Guardias Españolas. Su padre era militar de graduación y noble, y no le fué difícil conseguir esta prebenda.

Mi familia hubiera podido lograr alguna otra cosa por el estilo para mí; pero a mi padre no le gustaba la milicia. Mi madre aseguraba que nosotros también éramos nobles, lo cual no me he tomado el trabajo de comprobar, porque no me ha interesado nunca.

Mi madre conservaba pergaminos de su familia materna, de los Alzates; pergaminos que supongo se habrán perdido.

De todas las historias, verdaderas o falsas, que contaban estos pergaminos, de lo único que me acuerdo, por su extrañeza, es de una lucha bárbara que uno de los Alzates tuvo con el señor de Saint-Per, que era francés, en el siglo xv, dentro del río Bidasoa, y de que un Pedro de Alzate fué trinchante de la reina Doña Blanca, y un Juan de Alzate, copero del rey.

Como te decía, nada de esto me ha entusiasmado; únicamente la realidad, de chico y de hombre, ha llegado a apasionarme. En la misma literatura no he podido nunca comprender las obras basadas en frases bonitas; si detrás de la ficción poética o dramática no he sentido la realidad, no me ha interesado el libro o el drama.

Mi padre no participaba de estas ideas. Él era, por el contrario, entusiasta de la Retórica y de las Humanidades, y me hacía leer versos académicos y almibarados, que a mí me aburrían.

Como te digo, sólo allí donde he vislumbrado la realidad, aunque sea a través de un velo espeso de ficción, he podido sentir interés.

A la muerte de mi padre, ocurrida en tiempos de la batalla de Trafalgar, se decidió entre mi madre y don Domingo Larrinaga que fuera yo a Méjico, donde teníamos un pariente rico.

Desde entonces, y puesto que tenía que dedicarme al comercio, la índole de mis estudios varió, y comencé a practicar el Francés y la Teneduría de libros.

La decisión de viajar me hizo creerme un aventurero, y me dió más valor y audacia en mis correrías callejeras.

Estaba deseando marcharme a América. Lo único que me ligaba a Madrid era mi madre y Consuelito Arteaga.