LA GUARNICIÓN
Laguardia tenía por entonces un regimiento de guarnición, con sus respectivos oficiales, alojados en el Castillo Grande y en sus anejos. El regimiento estaba destinado únicamente a guardar la plaza y las cinco puertas del pueblo.
A pesar de que exteriormente parecía pequeño el recinto amurallado de la ciudad, no lo era tanto; y los soldados y los oficiales tenían bastante que hacer con vigilar las puertas, los baluartes y toda la línea fortificada de la plaza. Cuando había que operar en columnas por los terrenos próximos, llegaban más batallones, que se alojaban en las casas.
Alrededor de la ciudad, y encerrando el paseo de extramuros, un paredón recién construído continuaba la barbacana y rodeaba el cerro sobre el que se asienta Laguardia.
Los hermosos nogales, que antes daban sombra al paseo exterior, habían sido talados, para impedir una sorpresa del enemigo.
En aquella época, Laguardia estaba muy animado: de día, por las calles se veía mucha gente, sobre todo militar; por las tardes, al Angelus, se cerraban las puertas de la muralla, y al toque de retreta soldados y paisanos desaparecían de las calles.
Solamente las personas alojadas en el parador tenían, con alguna frecuencia, necesidad de entrar y salir. Cuando se creía posible un ataque, todos, los de dentro y los de fuera, se quedaban en el pueblo.