PELLO EN LAGUARDIA

A pesar de que su tío le propuso ir a vivir con él, Pello no aceptó; deseaba desde el principio gozar de alguna independencia, y se fué de pupilo a una casa de huéspedes, donde solían alojarse varios oficiales de la guarnición.

El tío José Juan era una excelente persona; la prima Anita se manifestaba muy amable con Pello; pero éste se guardó muy bien en los días sucesivos de galantearla; sus pensamientos íntegros estaban dedicados a Corito.

Pello hizo efecto en Laguardia. Corito le presentó a las personas de más viso de la ciudad. Conocía, a poco de llegar, a toda la aristocracia laguardiense. Iba a la tertulia de las señoras de la Piscina, a casa de los Ribavellosa y Manso de Zúñiga. Era el dandy de la Laguardia.

Durante el día, Pello trabajaba, y por las tardes, al anochecer, tenía tiempo de pasear. Con mucha frecuencia daba la vuelta al pueblo, alrededor de las amarillentas murallas.

El contemplar aquella gran explanada desde el cerro donde se levanta la ciudad le producía a Pello una impresión de vida andariega y aventurera que le encantaba. Recorrer tierras y tierras a caballo, cambiar de paisajes constantemente, comer aquí, dormir allá, no volver nunca la mirada atrás, éste hubiera sido su ideal.

Muchas veces, abandonando el libro Mayor y tomando las riendas, en el cochecito de su tío iba a Logroño, a El Ciego, a La Bastida, a Viana, para los negocios de vinos de la casa, y con frecuencia tenía que verse con los jefes del ejército.

Los domingos, por la tarde, Pello acompañaba a Corito y a sus amigas a dar la vuelta al pueblo, alrededor de las murallas; paseo que no dejaba de tener sus inconvenientes, porque a veces disparaban los carlistas al bulto, desde lejos, y llegaba alguna bala perdida.

LIBRO SEGUNDO
LAS TERTULIAS DE LAGUARDIA

I.
LAGUARDIA, EL AÑO DE GRACIA DE 1837

Hoy se baja en una estación del ferrocarril de Miranda a Logroño, y en un coche, cruzando por El Ciego, se llega a Laguardia, pueblo de esos que hacen pensar al viajero que allí ha quedado una ciudad antigua, destinada a desaparecer olvidada por los trenes y los automóviles.

Laguardia tiene la silueta hidalguesca, arcaica y guerrera. Se destaca sobre un cerro, con sus murallas ruinosas y amarillentas, al pie de una cadena de montañas; pared obscura, gris, desnuda de árboles. Este muro pétreo, formado por la cordillera de Cantabria y la sierra de Toloño, ofrece en su cumbre una línea casi recta. Sólo hacia el lado de Navarra muestra un picacho abrupto, el pico de la Población.

Desde el tiempo de la primera guerra civil acá, la ciudad de Laguardia apenas ha cambiado; un hombre de entonces, bastante viejo para vivir hoy, la recordaría, como si sobre sus piedras no hubiera pasado la acción de los años. La única diferencia que podría encontrar sería ver la muralla agujereada por ventanas, balcones y miradores; aberturas éstas que en tiempo de la guerra civil primera no existían.

Laguardia, antes y ahora se ve pronto; encerrada en sus altos paredones, con sus dos iglesias góticas, no ha podido desarrollarse, ha quedada enquistada, oprimida entre sus viejas murallas de piedra.

Laguardia tiene la forma de barco con la proa hacia el Norte y la popa hacia el Sur. Cinco puertas abren sus muros al exterior; éstas son la de Santa Engracia, Carnicerías, Mercado, San Juan y Paganos.

Todas las calles de la ciudad alavesa se reducen a tres: la de Santa Engracia, la Mayor y la de Paganos, a la cual la gente del pueblo llama «páganos»; no se sabe si porque, en realidad, es ese su nombre, o por un vago temor a la paganía.

Las demás calles de Laguardia son pasadizos estrechos y húmedos; callejones sombríos, entre dos tapias, donde no penetra jamás el sol.