LA MUERTE DE CHICO O LA VENGANZA DE UN JUGADOR

PRIMERA PARTE
ANTECEDENTES

I.
UNA NOCHE DE NIEVE

En la niebla y en la bruma, en la nieve profunda, en el bosque inculto, en la noche de invierno oigo el aullido hambriento del lobo y el grito sombrío de la lechuza.

Goethe: Lied del bohemio.

Al día siguiente en que don Eugenio nos contó su vida en la Cárcel de Corte, comenzó a caer una gran nevada. Habían acudido a la cocina del tío Chaparro más gente que la noche anterior, y los pastores y cabreros fantaseaban acerca de las consecuencias de la nevada y de la aparición de los lobos en la garganta de Covaleda y en los montes del Urbión.

Habían visto sus huellas en la nieve; habían dejado leña en las chozas, y quesos y cecina sobre las ramas altas de los pinos para que no los cogieran los lobos.

Aviraneta y yo estábamos al lado del fuego, sentados en dos grandes sillones; él llevaba puesto un abrigo grueso y tenía sobre la espalda un mantón de su mujer. Escuchábamos la conversación de los pastores, oíamos el ladrido de los perros y, a veces, el chirrido de la lechuza.

De pronto, Aviraneta me dijo en voz baja:

—Relacionándola con aquella época de la Cárcel de Corte de que te hablaba ayer noche, recuerdo una historia bastante siniestra en la que figuró un tal Castelo y el policía Chico. Ya te la habré contado, ¿verdad?

—No.

—¿No te la he contado?

—No.

—Pues es raro.

—Cuéntela usted, don Eugenio—dijo el tío Chaparro, terciando en la conversación—; mandaré traer un poco de café con aguardiente, echaremos más leña al fuego y dejaré a los muchachos aquí a que le oigan a usted, porque mañana es domingo y se pueden levantar un poco más tarde que de costumbre.

Aviraneta hizo una señal de asentimiento. Se puso una cafetera grande en las brasas y se trajo una botella de licor.

Por la pequeña ventana de la cocina se veía el campo nevado, y los grandes copos de nieve que caían lenta y blandamente, como espesos plumones blancos.

Aviraneta, que estaba empotrado en su sillón y mirando con sus ojos, de un azul brillante, el fuego, se recogió un momento, tomó una gran taza de café muy caliente que le sirvieron, contempló a su auditorio sonriendo y comenzó su relación así:


II.
UN PRESO NUEVO

El despertar que sigue a una primera noche de prisión es una cosa horrible.

Silvio Pellico: Mis prisiones.

Los lectores de folletines y de novelas por entregas, en los cuales hay con frecuencia odios sostenidos y venganzas a largo plazo, como en el Conde de Monte Cristo, suelen discutir si estos sentimientos son o no lógicos y verdaderos. Afirman unos, que la venganza es un instinto natural del hombre, que perdura y no se borra jamás; y dicen otros, que todo se olvida, hasta las mayores ofensas, con el transcurso de los años.

Yo siempre me he inclinado a pensar que la mayoría de la gente llega a perder el recuerdo de los agravios con el tiempo y que no se vengan mas que rara vez.

El caso que les voy a contar demuestra un rencor profundo y sostenido, terminado en una cruel venganza.

Como decía la otra noche, a los quince o veinte días de estar en la cárcel tuve que guardar cama una temporada, porque se me exacerbaron los dolores reumáticos.

Después se me permitió andar por la cárcel y entrar en el segundo patio, en donde se hallaban los presos de delitos comunes.

Hacía dos meses que estaba en la cárcel cuando conocí a un nuevo preso, de aspecto extraño.

Acababa de entrar. Era un muchacho joven, sombrío, moreno, de ojos negros, cabello largo, a la moda de la época, y aire reconcentrado y fuerte. Pasó por el primer patio vigilado por dos alguaciles. Subieron los tres a una oficina donde se tomaba la filiación a los detenidos.

En la mesa había un empleado escribiendo, un hombre con el pelo rizado y la mano llena de anillos.

Los alguaciles le hablaron en voz baja y le entregaron unos papeles, que el escribiente leyó con gran indiferencia.

—Ahora viene don Paco—dijo uno de los alguaciles.

Don Paco era el alcaide. Efectivamente, llegó, tomó los papeles que había traído el alguacil y los leyó con atención.

El alcaide interrogó al preso con una voz amable y una dulce sonrisa que, para el que sabía cómo las gastaba aquel hombre, no eran nada tranquilizadoras.

—Soy inocente—dijo el joven con aire dramático—. No tengo más dinero que el que he ganado con mi trabajo.

El alcaide sonrió, porque consideraba como algo lógico y natural que todo preso suyo y aun toda persona que tuviese que ver con él fuera un perfecto granuja.

—Si ha guardado usted el dinero en alguna parte yo no pretendo que me lo diga usted. Aquí sabemos también ser caballeros.

—Afirmo que soy inocente—replicó el joven.

El alcaide explicó a su nuevo huésped el precio de los cuartos que se alquilaban en la cárcel y las diferencias que había entre las distintas clases.

—Venga usted, caballero—le dijo después—; permita usted que le acompañe. Puede usted tranquilizarse.

—No necesito tranquilizarme. Estoy tranquilo.

—Quiero decir—repuso el alcaide—que aquí nadie le quiere mal. Le voy a llevar a su cuarto.

El joven preso siguió al alcaide hasta el fin de un corredor; un carcelero descorrió el cerrojo de una puerta maciza, al lado de la cual se veían dos mozos con un cabo de vara de aire siniestro.

Recorrieron otro corredor, salieron al segundo patio, y el alcaide mandó abrir la puerta de un cuchitril obscuro, bajo de techo y con un banco de madera.

—Aquí tiene usted su cuarto. Puede usted pedir a su casa unas mantas para dormir. Si quiere usted le pueden traer una cama, una mesa y una silla.

—Está bien—dijo el joven; y se sentó en el banco con un aire entre resuelto y desesperado.

Los carceleros cerraron llaves y cerrojos, y el joven se quedó allí dentro.


III.
MIGUEL ROCAFORTE

Por ser muy propio de enfermos no durar mucho en un estado, tomando por remedio las mudanzas.

Séneca: De la tranquilidad del ánimo.

Al día siguiente, en compañía del padre Anselmo fuí al segundo patio para ver qué hacía el nuevo detenido, que me había llamado la atención. Su tipo y la expresión de su rostro me indujeron a creer en su inocencia.

Nos acercamos a él a hablarle. El muchacho estaba asqueado de encontrarse entre aquella canalla; pero no tenía miedo, porque a uno de los raterillos que había querido robarle le había pegado un puntapié, lo que hizo que los demás le miraran con cierto respeto.

Este muchacho era de Lerma, y se llamaba Miguel Rocaforte. Sus padres tenían una buena hacienda; yo recordaba haberlos conocido y haber estado en su casa con el Empecinado.

Miguel estudió en el Seminario tres años; luego perdió la vocación; quiso ser militar y su padre le envió a Madrid a casa de un primo suyo, dueño de un almacén de sal de la calle de la Misericordia.

Miguel llevaba cuatro años en la corte.

Estaba en la cárcel porque le acusaban de haber robado cinco mil duros a un señor en un gabinete de lectura de la Carrera de San Jerónimo, cosa que era falsa, completamente falsa, según afirmó.

Le dije que me explicara el caso con detalles para darme cuenta del motivo por el cual podía haber provenido el error.

—Yo suelo ir muchos domingos a la librería que tiene don Casimiro Monnier en la Carrera de San Jerónimo—me dijo—. Estoy estudiando francés e inglés con un profesor de idiomas que se llama Brandon, y éste me ha indicado que para perfeccionarme en la traducción lea periódicos. La otra tarde, acompañado de mi principal, estuve en el gabinete de lectura leyendo periódicos, y, de pronto, uno de los abonados se lamentó de que le habían quitado la cartera del gabán. Yo me marché a mi casa, y ayer, por la mañana, al ir al almacén donde trabajo, me prendieron y me trajeron aquí, a la cárcel.

El caso me pareció bastante extraño. Le pedí detalles aclaratorios al joven; pero éste no esclarecía los hechos ni protestaba, y parecía dispuesto a aceptar su suerte con un estoico fatalismo.

Días después, en una larga conversación con Miguel, le interrogué de nuevo. ¿No tenía enemigos? ¿Alguna mujer o algún hombre que le quisiera mal? El joven se envolvía en obscuridades; estaba envenenado con las ideas de la época, que por entonces comenzaban a llamarse románticas.

A los cinco o seis días apareció en el locutorio de la cárcel el inglés profesor de idiomas amigo de Miguel. Habló conmigo: me dijo que el muchacho era un exaltado de ideas absurdas, pero absolutamente incapaz de robar a nadie. Sin embargo, en la conducta observada por el joven Rocaforte encontraba él algo misterioso.

El profesor Brandon había presenciado la escena en la librería.

—¿Qué pasó?—le pregunté yo—. Porque él no me lo ha contado con detalles.

—Pues sucedió lo siguiente—dijo Brandon—: un capitán, llamado Sánchez Castelo, estaba aquel día en el gabinete de lectura de Monnier, y al salir a la calle notó que le faltaba la cartera del gabán. El dueño del gabinete, para demostrar que ninguno de sus abonados era capaz de sustraer nada a nadie, invitó a éstos a que se dejaran registrar; todos aceptaron la proposición, más o menos a regañadientes; pero Miguel se negó con violencia a este registro; y poniéndose la mano en el pecho, como para impedir que nadie pudiera intentar reconocer el bolsillo interior de su americana, dijo que a él no le tocaba nadie, y que sólo delante del juez se dejaría registrar.

—¡Ah! ¿Pasó eso? De aquí que hubiesen tomado cuerpo las sospechas de la policía.

—Claro.

—A pesar de esto, ¿usted le cree a Miguel inocente?—le pregunté a Brandon.

—Sí, sí. Completamente inocente.

—¿Y por qué cree usted que se negara con tanta violencia al registro? ¿Por baladronada? ¿Por tomar una actitud?

—¡Qué sé yo! Quizá Miguel llevaba algo en el bolsillo que no quería que viese su principal, algún papel político. El principal es un absolutista...

—No me parece que sea eso.

—¿Por qué?

—Yo he hablado con Miguel y no tiene preocupaciones políticas.

—Sin embargo...

—¿Usted le conoce al principal?

—No.

—Pues entérese usted de si está casado y si tiene mujer guapa.

—¿Usted cree que esa sea la clave?

—Sí.

—Es posible; yo le tengo a Miguel por hombre serio.

—¿Y eso qué importa?

Me chocó que el principal de Miguel, y pariente, no fuera ni una vez a visitar al preso. Esto me hizo pensar que entre tío y sobrino no debía reinar la mejor armonía.


IV.
UN ASUNTO EMBROLLADO

En vano más de una vez
se sigue al crimen la huella,
por no preguntar al juez
quién es ella.

Bretón de los Herreros: ¿Quién es ella?

A los dos o tres días se presentó de nuevo en la Cárcel de Corte el inglés Brandon. Había hablado con un paisano de Miguel, León Zapata, dependiente de una ferretería, y éste le había insinuado que Miguel tenía amores con la mujer de su principal. Brandon me dijo que la causa de haberse negado a dejarse registrar Miguel podía ser, como yo creía, el que llevara, cuando estaba en el gabinete de lectura, cartas que hubieran podido poner a su principal sobre la pista.

—¿Quién es ese Zapata?—le pregunté a Brandon.

—Es un petulante, un majadero—me contestó el inglés—. Un joven que se cree el centro del mundo.

Una semana después de esta visita se me presentó el inspector Luna. Luna se había encargado del asunto de Miguel, y quería que yo le orientara. Me pidió que olvidara la parte que él había tomado en mi prisión.

—Ya sé que no ha hecho usted mas que cumplir las órdenes que le han dado—le dije.

—¿Así que no me guarda usted rencor?

—De ninguna manera.

—Luna y yo hablamos largamente del asunto de Miguel Rocaforte, y él me dió más detalles de lo ocurrido.

—Hace un par de semanas, próximamente—dijo—, el capitán de reemplazo don Mauricio Sánchez Castelo se presentó al inspector de policía del distrito del Centro, don Carlos de San Sernín, y le dijo: «Ayer, mi amigo el teniente Macías de Aragón, antes de tomar la diligencia para el Norte, me dejó cinco mil duros para que se los guardase hasta la vuelta de su viaje. Cogí la cartera con los billetes, la metí en el bolsillo del gabán y me fuí a la librería de Monnier. Allí, sin darme cuenta, me quité el gabán, porque hacía calor, y lo puse en el respaldo de una butaca. Al salir del gabinete de lectura me volví a poner el gabán, y al llevarme la mano al bolsillo del pecho noté que me faltaba la cartera». Castelo contó al jefe de policía que había vuelto inmediatamente al gabinete de lectura; que le había explicado al dueño lo ocurrido; que éste invitó a sus abonados a que se dejaran registrar, y que un joven se opuso con palabras y ademanes violentos.

—¿Quiénes estaban en la librería?—le pregunté al inspector Luna.

—Estaban un capitán de Caballería retirado, don Francisco García Chico, que ha pertenecido a la policía.

—Lo conozco. Era de la Isabelina. De ese no se puede sospechar.

—Estaba también un joven catalán desconocido, el profesor de inglés Brandon, un comisionista francés, Miguel Rocaforte y su principal. San Sernín tomó informes de todos. El librero, Monnier, dió buenos informes de Chico y de Brandon. Al joven catalán no le conocía; al comisionista francés, tampoco, y a Rocaforte y a su principal los tenía por personas honradas. Unos días después se ha sabido que el muchacho catalán es un joven rico y de buena conducta. Así que, por ahora, no hay mas que dos posibles ladrones: el comisionista francés, que no se sabe dónde anda, y Miguel Rocaforte, que indujo a sospechar porque se opuso terminantemente a que se le registrara.

—Pero, según su lógica, el comisionista francés debía de estar libre de sospechas porque se dejó registrar.

—Sí, pero pudo esconder la cartera.

—¿Y de Rocaforte, qué se sabe? ¿Qué antecedentes hay de él?

—Dicen que han dado malos informes de ese muchacho, que es republicano y carbonario.

—¡Bah! ¡Qué estupidez!

Luna sonrió.

—Para usted, que es revolucionario, eso es poca cosa; para mí, que soy jefe de policía, no.

—Usted se ríe de eso.

—Hombre, no. Del inglés Brandon, amigo suyo, se dice que es sansimoniano.

—Otra tontería.

—¿Qué opinión tiene usted de este asunto, Aviraneta? Me interesa saberlo. Castelo es amigo mío y le debo algunos favores.

—Me parece—le dije yo—, que Rocaforte no tiene facha de ladrón. Es más, aseguraría que no es ladrón.

—¿Y por qué no se ha dejado registrar?

—No lo sé; pero me figuro que hay por debajo alguna cuestión de mujeres. Miguel estaba con su principal; el principal tiene una mujer guapa; Miguel, quizá la ha escrito; ella, quizá le ha contestado, y él podía no querer que los papeles que llevaba los viera su principal.

—Es una suposición...

—Lógica.

—Cierto. Es muy posible que sea esto. Me enteraré. ¿Y, entonces, usted supone más bien que el comisionista francés...?

—Mire usted, yo conozco a Castelo y a Macías. Los he tratado en Tampico y los he visto en compañía de Paula Mancha y de otros tramposos y jugadores de garito que abundaban en el ejército que desembarcó en las costas de Méjico con el general Barradas. Uno y otro me parecen capaces de toda clase de artimañas, y yo, tanto como la posibilidad de un robo, aceptaría la tesis de que haya habido entre los dos compadres una combinación inventada con algún fin que no conocemos.

Luna se calló.

—Me pone usted en un mar de confusiones—dijo después—. Verdaderamente es un poco extraño que un hombre a quien le han entregado cinco mil duros para que los guarde, en vez de ir a su casa y meterlos en un cajón, los lleve en el bolsillo del abrigo a un gabinete de lectura, se dedique a leer periódicos y deje el gabán con el dinero dentro sobre una butaca. ¡Cinco mil duros! Vale la pena de tener cuidado con ellos, y en estos tiempos.

—Todo eso es muy raro, amigo Luna.

—Cierto; pero esto de que el joven Rocaforte se haya opuesto a dejarse registrar de una manera tan violenta también es raro.

—Bueno, vamos por partes. ¿Usted le conoce a Miguel?

—Sí.

—¿Qué cree usted, que es un hombre inteligente o un tonto?

—Me inclino a creer que es un hombre inteligente.

—¿Usted supone que un hombre inteligente hace lo que se cree que hizo Miguel en la librería?

—No sé a qué se refiere usted.

—Suponga usted que una persona inteligente robe a otro en las condiciones en que se piensa que Miguel robó a Castelo. Lo lógico es que el ladrón oculte la cartera en un sitio que no sea fácil de encontrar a primera vista, lo ponga en una carpeta o en un libro, o si lo guarda él mismo lo meta en el sombrero o en la faja...; pero no en el bolsillo del pecho, donde todo el mundo lleva el dinero; Miguel se opone a que le registren los bolsillos y, sobre todo, el bolsillo del pecho. Para mí, cada vez que pienso en ello, lo veo más claro; Miguel es absolutamente inocente de ese robo.

—Yo también por instinto lo creo así; pero hay que comprobarlo.

—¿Qué va usted a hacer?

—El hermano de Macías me ha dicho que le va a visitar a García Chico y a pedirle que tome cartas en el asunto. Chico estaba en la librería cuando el supuesto robo; conoce a Castelo y debe tener idea de lo que ha podido ocurrir.

—Sí—dije yo—, ese García Chico es un terrible sabueso. Para la Isabelina nos hizo unos informes admirables de precisión. Si hay algún misterio él lo aclarará, porque creo que conoce a Castelo y a Macías.

Pocos días después se presentó Luna en la Cárcel de Corte, me llamó al locutorio y me dijo:

—¿Sabe usted que se aclaró el misterio?

—¿Qué misterio?

—El del joven Rocaforte.

—¿Había un misterio?

—Sí, tenía usted razón: no había tal robo. Ha sido una trampa de Castelo, que se ha jugado el dinero de Macías perdiéndolo y, para sincerarse, inventó la historia del robo del gabinete de lectura.

—¿Y quién ha descubierto el enredo?

—Lo ha descubierto Chico, a quien parece que van a hacer jefe de la ronda de Seguridad.

El inspector Luna, con el hermano de Macías, fué a casa de don Francisco Chico y le contó el asunto con todos los detalles.

—Ya veré si averiguo lo que hay en el fondo de esa cuestión—les dijo Chico—; vengan ustedes dentro de tres o cuatro días.

A la salida de casa de Chico dió la casualidad de que Macías y Luna se encontraron con Mauricio Castelo. Castelo oyó, con visible malhumor, la noticia de que habían consultado el asunto con Chico, y de pronto dijo al inspector Luna que toda la gente que formaba parte de la policía era una canalla, en connivencia con los ladrones, y que llevaba parte en los robos que se consumaban en Madrid. Luna, que era hombre prudente, no replicó a Castelo. Al parecer, tenía motivos para no reñir con él; pues el inspector le debía algún dinero al militar y no había podido pagárselo.

Tres días después Luna fué a casa de García Chico. Chico, al verle, sonrió con una sonrisa de tigre.

—¿Ha averiguado usted algo?—le preguntó Luna.

—Lo he averiguado todo.

—¿Qué ha ocurrido?

—Ha ocurrido que el tal robo ha sido, sencillamente, una simulación.

—¿Macías no le ha entregado ese dinero a Castelo?

—Sí, se lo ha entregado; pero ese dinero, Castelo lo ha perdido jugando, y parte se lo ha dado a su querida Paca Dávalos.

—¿Pero esto está comprobado?

—Perfectamente comprobado.


V.
LO OCURRIDO

¡Cosa extraña el hombre, y más extraña aún la mujer! ¡Qué torbellino en su cabeza! ¡Qué abismo profundo y peligroso en su corazón!

Byron: Don Juan.

Chico le dijo a Luna que había sospechado inmediatamente algún gatuperio. Conocía a fondo a Castelo y sabía que era jugador y hombre de pocos escrúpulos.

Chico hizo una investigación en las principales casas de juego, y, al poco tiempo, averiguó lo ocurrido. Castelo había jugado muy fuerte en un círculo de la Carrera de San Jerónimo que se titulaba el Círculo Universal. Castelo solía frecuentar esta timba, jugando siempre poco, cuatro o cinco duros a lo más, porque tenía la paga empeñada y no contaba mas que con escasos recursos.

Días antes del supuesto robo, Castelo se presentó en el círculo con la cartera llena de billetes, puso la banca y perdió una gran cantidad. Tres noches seguidas hizo lo mismo, siempre con mala suerte.

Chico se las arregló para enterarse de quiénes jugaban en el círculo las noches en que Castelo puso la banca, y averiguó que estaban, entre otros, el comandante Las Heras, el teniente Zamora y el capitán Soto. Fué a ver a estos militares y ellos le dieron toda clase de informes.

En la primera noche, Castelo perdió dos mil pesetas; en la segunda, tres mil, y en la tercera, diez mil. Había muchos puntos esta última noche en el círculo. Castelo, que bebía mientras jugaba, al perder las últimas pesetas comenzó a decir, a voz en grito, que le habían hecho trampa y que le tenían que devolver su dinero. En su desesperación acusó al teniente Zamora y al capitán Soto de haberle engañado, y sacó una pistola del bolsillo para amenazarles; pero el comandante Las Heras le arrancó la pistola de la mano y le obligó a salir a la calle.

Su campaña en la timba, donde dejó el resto del dinero, fué más lamentable aún.

Castelo había ido al garito en compañía del capitán Escalante, para que éste vigilara las jugadas; había hablado con dos ganchos de la chirlata, que le aseguraron que todo se hacía allí con la mayor corrección.

La timba estaba en la calle de la Fresa, y era conocida, entre los puntos, con el nombre de la tertulia de la Sorda o de la Garduña.

Esta tertulia se hallaba establecida en el piso principal de una casa pequeña, con un zaguán angosto y sucio, maloliente y tan lleno de basura, sobre todo líquida, que ni con zancos podía atravesarse. De este zaguán subía una escalera de trabuco, y, en el primer rellano, dos hombres de guardia, embozados en la capa, escondían, bajo ella, sendos garrotes.

Se cruzaba un vestíbulo estrecho, con una mesa, en donde solía estar sentado el conserje; luego, un pasillo con un colgador lleno de capas, mantas y bufandas, y se desembocaba en una sala irregular y mugrienta, tapizada de papel amarillo, con dos mesas de juego, con su tapete verde, separadas por una mampara, y en el techo, unas lámparas de aceite. Un vaho de humo de tabaco y de aguardiente solía haber allí de continuo.

Castelo puso la banca de cinco mil pesetas. Había, al poco rato, mucho dinero en la mesa. A pesar de que la mayoría de los puntos eran tahúres y de que intentaban levantar muertos y hacer mil trampas, Castelo ganaba con una suerte loca, e iba resarciéndose de las pérdidas del círculo de la Carrera de San Jerónimo. Tenía el banquero un montón de billetes, de monedas de oro y de plata delante, cuando entraron varios hombres capitaneados por un escapado de presidio a quien llamaban Seisdedos, y por un matón apodado el Largo. Aquellos hombres venían embozados hasta los ojos, y uno de ellos, con la cara tiznada. Seisdedos sacó un trabuco debajo del embozo de la capa, y los demás desenvainaron el bastón de estoque. Seisdedos, dando con el trabuco sobre la mesa, gritó con voz terrible.

—¡Copo! Que nadie toque este dinero si no quiere verse muerto.

El capitán Escalante sacó una pistola del bolsillo y disparó contra Seisdedos. Alguien pegó un garrotazo a la lámpara, y la habitación quedó a obscuras. Se tiraron las sillas, forcejearon los puntos para apoderarse del dinero que estaba encima de la mesa, se armó un terrible zafarrancho de gritos, palos y tiros, y cuando entró el comisario de policía gritando: «Abran en nombre de la Reina», y pasó a la sala a restablecer el orden, Castelo vió que había perdido todo su dinero.


VI.
SE ECHA TIERRA AL ASUNTO

Cuanto más menospreciado es un hombre, menos freno tiene su lengua.

Séneca: De la constancia del sabio.

¿Usted tiene inconveniente en declarar ante testigos lo que me ha dicho?—preguntó Luna a Chico.

—Ninguno; y Las Heras, Zamora y Soto confirmarán mis palabras.

—¿Querría usted ir pasado mañana a las doce a la Comisaría, donde estoy de guardia?

—Sí, señor.

—¿Vendrían esos señores?

—Seguramente.

—Pues yo le citaré a Castelo y liquidaremos esa cuestión.

El día señalado llegaron Chico, Macías, Las Heras, Zamora y Soto al despacho del inspector de policía; y Luna les invitó a pasar a un cuarto próximo. Poco después apareció Castelo. Luna le saludó amablemente y le hizo sentarse en un sillón frente a su mesa.

—A ver cuándo me paga usted ese dinero—dijo Castelo de malhumor.

—Le pagaré a usted en seguida que pueda, como ya le he dicho.

—Bueno, pero que no sea muy tarde. ¿Y del robo, qué hay?

—He estudiado el caso—dijo Luna—, y creo que lo mejor sería echar tierra al asunto.

—Hombre, ¿y por qué?

—Voy convenciéndome, cada vez más, de que ese joven a quien hemos llevado a la cárcel es completamente inocente.

—¿Usted sabe que ese joven es inocente?—replicó Castelo con cierto sarcasmo.

—Y usted también.

—¿Y entonces quién es el culpable?

—Es que es muy posible que en este caso no haya culpable—repuso Luna.

—¿Qué me quiere usted decir con eso?—exclamó Castelo—. ¿Es que puede haber robo sin que haya ladrón?

—No; pero cuando no hay robo, no hay ladrón.

—Yo sabía que los policías estaban de acuerdo con los ladrones—replicó Castelo con furor—; pero nunca había llegado a oír cosa tan peregrina como ésta.

—¿Así que usted sigue afirmando que nosotros tenemos complicidad con los ladrones?

—Sí; lo afirmo y lo afirmaré siempre.

—Puesto que usted lo toma de ese modo—dijo Luna—, le voy a demostrar que está usted completamente equivocado. He estudiado el asunto, y estoy convencido de que el robo de los cinco mil duros en la librería de Monnier es una superchería inventada por usted. Ese dinero no se lo han robado a usted del gabán, como usted ha afirmado; ese dinero se lo ha jugado usted en un círculo de la Carrera de San Jerónimo y en un garito de la calle de la Fresa. Parte de él se lo ha entregado usted a una mujer.

—Bonita novela ha inventado usted.

—No es novela; es la realidad.

—Eso habría que probarlo.

—Se lo probaré a usted cuando guste.

—Vengan las pruebas.

—Que conste, Castelo, que yo he venido en son de paz.

—Basta de palabras. Las pruebas, las pruebas.

—Está bien.

Luna se levantó, se acercó al cuarto próximo y dijo:

—Tengan la bondad de pasar, señores.

Entraron en el despacho Chico, Macías, Las Heras, Zamora y Soto. Castelo, al verlos, quedó anonadado, se puso lívido, y comenzó a agitarse en la silla y a morderse los labios.

—Estoy descubierto—murmuró.

—Veo que la presencia de estos señores basta para confundirle a usted—le dijo Luna.

—No me queda más recurso que pegarme un tiro—exclamó Castelo, con acento dramático.

—¡Bueno, tú, nada de farsas!—le dijo Chico con dureza—. Aquí nadie quiere que te pegues un tiro. Reconoce la deuda, haz que a ese muchacho que han preso por tu culpa le dejen libre, paga a Macías, poco a poco, y no se te pide más.

Castelo bajó el tono y, de una manera un tanto servil, pidió a Luna que olvidara si le había dicho algo ofensivo. Luego, por consejo de Chico, quedaron todos de acuerdo en que Castelo escribiera un documento confesando que no había sido robado, y que la cantidad prestada por Macías la había perdido en el juego.

—Ahora extiende varios pagarés a nombre del hermano de Macías, que los irás pagando cuando puedas.

Terminado el asunto, Chico echó mano del documento firmado por Castelo y se lo metió en el bolsillo.

—Alguno lo tiene que guardar; lo guardaré yo.

Castelo se mordió los labios. Chico, sin decir más, saludó, y se fué.

Castelo entonces se lamentó amargamente y de una manera sentimental de que amigos suyos, como Las Heras y Macías, hubieran hecho con él lo que habían hecho. Discutieron entre ellos y se marcharon todos del despacho del inspector Luna. Antes de salir, Castelo dió a éste las gracias y le dijo:

—No se ocupe usted de mi deuda.

—Hombre, no; yo haré lo posible por pagarle a usted.

El mismo día, Luna escribió al juez diciéndole que el capitán Castelo había sufrido una equivocación y que no había sido robado.

A pesar de estar reconocida la inocencia de Miguel Rocaforte, éste tardó bastante en salir de su encierro.

Un día se oyó la frase clásica empleada en la cárcel para poner en libertad a los presos: «¡Miguel Rocaforte, con lo que tenga!» Miguel salió a la calle. Uno que era amigo de Macías, el robado, contó a éste lo ocurrido cuando volvió a Madrid. Castelo se vió con Macías y le explicó lo que había pasado, pintándolo a su modo. Macías, también jugador, tuvo por entonces una racha de buena suerte y, sintiéndose generoso, perdonó la deuda a Castelo y rompió delante de él los pagarés firmados por éste.


VII.
CASTELO Y PACA DÁVALOS

¿Qué importa que ella sea rica, que tenga muchos litereros, que traiga costosas arracadas, que ande en ancha y costosa silla? Pues, con todo esto, es un animal imprudente, y si no se le arrima mucha ciencia y mucha erudición es una fiera que no sabe enfrenar sus deseos.

Séneca: De la constancia del sabio.

Por entonces, y sabiendo que existía gran odio entre Castelo y Chico, le pregunté varias veces a Luna qué es lo que había podido ocurrir entre los dos.

Luna me explicó la razón del odio, haciendo comentarios a los hechos, con su manera de hablar bonachona y su filosofía tranquila y un poco cínica.

Por lo que me contó, Chico y Castelo habían tenido durante la infancia y la juventud gran amistad. Fueron juntos a la escuela en el pueblo de la Mancha, donde vivieron, y casi se consideraban como hermanos. Después, los azares de la política les llevaron a los dos a servir en el mismo regimiento de Caballería, al uno de capitán y al otro de teniente. La intimidad más estrecha había reinado entonces entre ellos.

Los dos, en tiempo de la segunda época constitucional, se abrazaron al liberalismo y soñaron con ser héroes populares. Impurificados, luego aceptados en el Ejército, estaban de reemplazo en 1833. ¡Quién les había de decir en su juventud que, andando el tiempo, el uno iba a acabar en un miserable tahur, y el otro, en un jefe de policía odiado y despreciado por la plebe!

—Es cosa triste—dijo don Eugenio—, cuando se piensa en los asesinos y en los grandes canallas, despreciados y odiados por todo el mundo, el considerar que sus madres creyeron que, con el tiempo, sus hijos serían los mejores, los más buenos, y darían ejemplos de honradez y de virtud.

Afortunadamente, no se puede predecir lo que será la vida. Si no, ¡qué terror sería el de la madre, cuando acaricia a su niño pequeño, verlo después en su imaginación robando, o asesinando, o subiendo al patíbulo!

El odio entre Chico y Castelo vino de una rivalidad amorosa. Los dos conocieron al mismo tiempo a Paca Dávalos, la mujer del coronel Luján, que tuvo por entonces una tertulia de las más celebradas en Madrid.

Paca era una mujer llena de encanto, esbelta, graciosa, con unos ojos claros muy expresivos. Chico y Castelo hicieron la corte a Paquita, porque se decía que la mujer del coronel no era una virtud intratable.

Castelo llegó pronto al corazón de la Dávalos. Era éste jacarandoso, petulante, hablador, mentiroso; tenía una bonita voz y cantaba romanzas al piano. Pasaba por hombre de gran valor, que había tenido aventuras extraordinarias; pero los que le conocían a fondo sabían que era muy cobarde.

Chico, en cambio, seco, duro, violento, de pocas palabras, fué desdeñado y vió pronto el éxito de su rival. El hombre se enfureció por dentro y juró no olvidar lo ocurrido.

Yo conocía bastante a Paca Dávalos. Antes de mi ingreso en la cárcel intrigaba con los amigos de María Cristina y Muñoz. Le había visto varias veces en casa de Celia y en compañía de una italiana, Anita, que fué la amante de Castelo.

Esta italiana, que quería hacerse pasar por una descendiente de sangre real y que tenía todos los vicios imaginables, había hecho de Castelo, que ya era borracho y jugador, un perfecto crapuloso.

Paca Dávalos y Anita eran amigas de Teresa Valcárcel, la mediadora en los amores de la Reina con Muñoz, y solían reunirse en casa de Domingo Ronchi con Nicolasito Franco, el amante de Teresa; el clérigo Marcos Aniano, paisano de Muñoz; el marqués de Herrera y el escribiente del Consulado, Miguel López de Acevedo.

Por entonces, Paca era una rubia elegantísima, con un cuerpo de muchacha soltera y mucha gracia en la conversación.

Paca Dávalos, que llegó a entrar en Palacio y a tener confianza con la Reina, intervino en el traslado desde Segovia a París del primer hijo de Cristina y de su amante, y fué a Francia en compañía del presbítero Caborreluz.

Todos los que tomaron parte en aquellas intrigas amorosas de Palacio progresaron con rapidez. Ronchi llegó a marqués y a propietario; Teresa Valcárcel se hizo rica; el joven Franco ascendió de capitán a teniente coronel. El favor real bañó, como agua lustral, a los amigos de Muñoz; pero no llegó a Paca, que, inquieta y descontenta, quiso tomar la parte del león, con lo que se hizo antipática y acabó por cerrarse la entrada en Palacio.


VIII.
HACIA EL ABISMO

El abismo, llama al abismo.

Salmos, de David.

Luna me dió más tarde informes de la vida íntima de Paca.

Paca Dávalos era de la aristocracia. Su padre, un hombre gastador, estúpido, de los que pierden las preocupaciones y el decoro de la clase a que pertenecen, y no adquieren nada en cambio, encontró su casa medio arruinada y la acabó de arruinar.

Se jactaba de ser descendiente del marqués de Pescara, el vencedor de Pavía, don Fernando de Ávalos; pero éste, descendiente de un vencedor, no pasó nunca de ser un pobre derrotado. La madre de Paca fué una mujer perturbada y siempre enferma.

Paca era a los diez y seis años una belleza extraordinaria: tenía unos ojos claros, melancólicos, que arrebataban, y un cuerpo provocativo, excitante. Había en ella un contraste entre sus ojos dulces, humanos, unos ojos para inspirar madrigales como el de Gutierre de Cetina, y su cuerpo, de felino, ágil como el de una pantera. Muy coqueta, muy poco cuidada por sus padres, había tenido novios desde los catorce años y le había gustado uncir a todos los hombres a su carro.

Entre los novios, un capitán, Luján, un tanto bruto, violentó a la muchacha; luego se casó con ella, y a los cinco o seis meses de matrimonio, Paca tuvo una niña.

Marido y mujer anduvieron de guarnición en guarnición, hasta que se establecieron en Madrid. Luján era un hombre violento, avaro, de malhumor, de genio desigual, cominero y desagradable. A cada paso armaba un escándalo a su mujer; muchas veces, con razón, por las coqueterías de ella; otras, sin más motivo que su malhumor.

La Paca aguantaba esta vida por su hija, por la que tenía un entusiasmo ciego. La niña, Estrella, prometía ser una gran belleza. Era, además de bonita, muy amable, muy dócil; tenía mucho gusto por la música y una voz angelical. Paca la adoraba, y su amor por la niña era el único freno, la única defensa de la honestidad de su vida.

Pensando en ella se prometía a sí misma ser buena para no dejarla un estigma difícil de borrar; pero, a pesar de sus propósitos, no los cumplía siempre. Ante los hombres que la galanteaban se olvidaba de todo, y lo mismo le pasaba con las gasas, las sedas, los teatros y las diversiones. Paca hacía gastos excesivos y, para ocultarlos a su marido, engañaba, trampeaba, mentía, y, al último, generalmente se descubrían sus enredos.

Luján, siempre malhumorado y caprichoso, en el momento en que su mujer parecía volver a una vida recogida y casera, pensó que Paca iba a dar un ejemplo deplorable a Estrella, que ya tenía doce años, y para sustraerla a esta influencia, sin decir nada a la madre, llevó a la niña a un colegio de monjas de Toledo.

Paca, desesperada, averiguó dónde estaba la niña, y hasta preparó un rapto; pero una de las monjas del colegio, pariente del coronel Luján, impidió que la niña saliera de la casa.

La Dávalos no pudo resistir esta separación; se desesperó, suplicó a su marido que trajera a su hija; él la dijo que no. Paca sintió desde entonces la impresión del que se hunde en el abismo.

Pocos días después abandonó a su marido y se fué a vivir con Castelo.

Luján juró que se vengaría; pero no hizo nada. La Paca y Castelo pusieron casa y tuvieron una época de entusiasmo y de amor, en la cual creyeron regenerarse y volver a la vida ordenada y honesta; pero pronto se cansaron de ella.

Castelo comenzó a jugar y a beber, y ella hizo lo mismo. Naturalmente, la casa iba de este modo de mal en peor, y concluyeron por cerrarla e irse a una de huéspedes. Cuando tenían un buen momento vivían bien; pero cuando llegaba la mala, los dos se echaban en cara su respectiva miseria.

—¿Por qué te he seguido?—exclamaba ella.

—Eso me pregunto yo—decía él—. ¿Para qué me has seguido? Para hundirme para siempre.

La Paca se separó de Castelo, tuvo otros amantes y volvió a reconciliarse con él. En la segunda separación llegaron a pegarse.

La Paca, entonces, recurrió a sus amistades cortesanas; pero al ver que la Reina y sus amigas la cerraban la puerta de Palacio, se indignó y comenzó a manifestarse republicana. Cuando bebía y se exaltaba decía que había que ahorcar a la familia real y a toda la aristocracia.

En uno de esos momentos de miseria, la Paca conoció a una corredora de alhajas y Celestina, a la que llamaban la Sorda y la Garduña. Esta mujer era dueña de un burdel de la calle de Barcelona y del garito de la calle de la Fresa. La Garduña vivía con un usurero, el Silverio. La Garduña era una mujer gruesa, empaquetada, vestida con colores chillones, de cara dura, abultada, y con unas bolsas moradas debajo de los ojos. Esta Garduña era muy inteligente en sus negocios y se iba enriqueciendo con gran rapidez.

El Silverio, su amante, un tipo raído y siniestro, con una nube en un ojo y un aire de suspicacia, era un hombre muy religioso, de varios oficios y ninguno honrado: cantinero, prestamista, ropavejero y dueño de garitos.

La Garduña se entendía muy bien con él.

La Garduña acabó por prostituír a la Dávalos; explotaba su pasión desenfrenada por el juego, y le hacía pagar las deudas llevándola a las casas de citas.

Castelo seguía también su marcha hacia el abismo; todavía podía pasar por joven, aunque mirándole de cerca se notaban los ultrajes del tiempo en su rostro; su pelo rubio iba blanqueando con hebras de plata, y su labio colgante parecía hacerse más flácido. Tenía, entre otras, la condición de la intriga, y sabía disimular su crápula y darle un aire sentimental. Este chulo sensible era muy hábil. Sin haber estado en ninguna batalla, lucía una buena hoja de servicios. Era cobarde, y daba la impresión de valiente, fanfarrón, insultador, procaz y de una audacia extraordinaria.

Su fantasía le hacía darse aires de héroe, y convencía a la gente de que los sueños de su imaginación eran algo real.

Castelo tenía una vanidad alucinada: la hija sin padre de los desvanes del mundo, que dice Gracián, dominaba por completo su espíritu; criticaba con acritud a todos los políticos y, sobre todo, a los generales, que le parecían de una ineptitud tan completa, que afirmaba que el uno no sabía leer, que el otro era incapaz de hacer maniobrar a cincuenta hombres, etc. Se manifestaba también, a consecuencia de su vanidad y de su cobardía, muy rencoroso.

Castelo y Paca Dávalos, después de muchas riñas y separaciones, llegaron a un acuerdo y se asociaron con la Garduña para establecer varias timbas en Madrid.

Uno de los socios era doña Anita, la italiana, que había sido querida de Castelo y que acabó casándose con un francés y poniendo una tienda de antigüedades.

El negocio de las timbas era tan lucrativo, que, a base de la que existía en la calle de la Fresa, se instalaron otras casas de juego en distintos sitios de Madrid.

A la Paca y a Castelo los tenían los socios como elemento decorativo. La Paca Dávalos, a pesar de ser empresaria, era una jugadora empedernida. Las emociones del juego borraban sus recuerdos. Cuando estaba triste y pensaba en su hija, la idea le producía tal dolor, que se emborrachaba hasta quedar como muerta.


IX.
CHICO Y CASTELO

Se cree, en general, a los hombres más peligrosos de lo que son.

Goethe: Las afinidades electivas.

Pasaron años y más años—dijo Aviraneta—. Yo me había resignado a no llegar a nada, y me contentaba con ser un espectador y un comentador de los sucesos políticos. Casi todos los meses, María Cristina me llamaba a su palacio y me consultaba sobre sus asuntos particulares.

La Reina estuvo siempre muy celosa de Muñoz, y más que las cuestiones políticas le preocupaban las aventuras de su marido. La italiana quería sujetar al antiguo guardia de Corps, a quien había elevado al tálamo real, y muchas de sus actitudes, que parecían maniobras obscuras, no dependían mas que de los celos. La misma marcha a Francia, cuando dejó a España entregada al general Espartero, no fué a causa de un despecho político, sino de los celos que sentía al saber que su marido frecuentaba la casa de una bailarina.

La Reina llegó a las más absurdas precauciones, y, para que su marido no saliera, le preparó en la plaza de Palacio una azotea con persianas verdes para que paseara sin que le vieran. La gente llamaba en chunga a la azotea: la jaula de Muñoz.

Muñoz era hombre guapo, tenía ocho o diez años menos que Cristina, y ella sentía por él esa pasión un poco exclusiva de las mujeres ardientes y machuchas.

Ya en 1834, antes de entrar yo en la cárcel, un periódico titulado La Crónica dió esta noticia: «Ayer se presentó Su Majestad la Reina Gobernadora en un char avant, cuyos caballos dirigía uno de sus criados. En el asiento del respaldo iba el capitán de guardias duque de Alagón».

La Reina se indignó de tal manera, al ver que le llamaban criado a Muñoz, que no paró hasta que Martínez de la Rosa y el jefe de policía, Latre, suprimieron el periódico y desterraron a su editor, Jiménez, y al director, Iznardi.

Los celos le duraron a la Reina Cristina hasta la vejez, y más tarde le entró el ansia de hacerse con una fortuna de cualquier manera y por cualquier medio. Entonces fué cuando se alió con Salamanca; y comenzó sus combinaciones financieras y sus negocios, y acabó de desacreditarse.

Yo había intimado con la Reina Madre en París, cuando vivía en su palacio de la calle de Courcelles, y le había intentado convencer de que un Gobierno fuerte y liberal era la salvación de España.

En Madrid, María Cristina me llamaba al palacio de la calle de las Rejas, me preguntaba mi opinión acerca de las cuestiones políticas, y quería que yo le dijera lo que se murmuraba en la calle sobre los amores de su hija y sobre los milagros de sor Patrocinio.

María Cristina había perdido influencia en su hija Isabel, que, como se sabe, vivió entregada a una serie de favoritos, serie que comenzó por Serrano, el General Bonito.

María Cristina no tenía ninguna simpatía por su yerno, y le despreciaba por su debilidad y por dejarse embaucar por la monja milagrera.

María Cristina sabía que yo vivía pobremente, y me decía:

—Aviraneta, han sido muy ingratos para ti. Si necesitas dinero, vete a verle a Pepe Salamanca, de mi parte. Yo le escribiré.

—Señora—le contestaba yo—, tengo lo bastante para vivir.

María Cristina me envió de regalo cuadros y estatuas, y alhajas para mi mujer. A pesar de esto, yo no la quería. Aquella ansia de hacer dinero a todo trance, de considerar a España como una finca, me molestaba. Esto debía haberlo aprendido de su amigo Luis Felipe.

Nunca pasé de ahí, de tener amistad con la Reina Madre; pero como todo se sabe en Madrid, y se sabía que yo frecuentaba su palacio, se creyó que era uno de sus consejeros políticos, lo que no era cierto.

Si hubiese querido hubiese podido aprovechar esta amistad, pero ya era viejo y estaba desengañado.

Además, la Reina Madre y González Bravo, y después Sartorius, pretendían mermar, y hasta abolir, la Constitución, cosa que para mí no podía ser simpática, porque era la negación de toda mi vida política. A los sesenta años ya uno no se vende, o se ha vendido ya, o ha tomado la honradez por costumbre.

No me quedaba, como he dicho, mas que la curiosidad de enterarme y de saber lo que pasaba.

Cuando el general Lersundi fué presidente y Egaña ministro de la Gobernación, estuvo éste en mi casa a decirme que de parte de la Reina, del general y de la suya, venía a verme para que pidiese un cargo.

—Yo ya no quiero ser nada—le dije.

Durante estos años intermedios entre la guerra civil y la revolución del 54 oí hablar mucho de Chico en todas partes, sobre todo cuando comenzaron las prisiones y las deportaciones; pero no le llegué a encontrar ni una vez. Chico se hizo célebre como jefe de policía de Madrid. Era un hombre muy odiado por el pueblo. Todo el mundo contaba horrores de él, y se le consideraba como un esbirro capaz de los mayores atropellos y violencias.

Yo no recordaba bien a Chico; me lo pintaban como un tagarote de taberna, ordinario y bestial, y yo tenía de él la idea de un tipo casi elegante, fino, con unos ojos muy vivos e inteligentes, la nariz un poco aplastada, los labios delgados, el color pálido y el cuerpo esbelto.

Chico, al menos en el tiempo que yo le conocí, leía bastante, le gustaba mucho la pintura y hablaba con gracia, con un acento un poco andaluzado.

Cosa extraña. La casualidad y la mala voluntad de un ministro hizo que yo apareciera unido a Chico en un asunto en que no teníamos nada de común.

En 1847 me prendieron a mí y le prendieron a Chico, y nos deportaron, a mí a Alicante y a él a Almería. Cualquiera hubiera dicho que había relación entre nosotros dos; pero no había ninguna.

Yo había recibido carta de un amigo y secretario de María Cristina, desde París, pidiéndome noticias de Madrid, y yo le contesté burlándome de los puritanos que entonces ocupaban el Poder, y la carta la interceptó el Gobierno.

Respecto a Chico, tenía, en abril de 1847, una letra de veinticinco mil francos del duque de Riansares, aceptada por el ministro de la Gobernación, Benavides, para cobrar. Por entonces hubo una algarada de unos cuantos jóvenes que vitorearon a la Libertad y a la Reina, al paso de Isabel II, en coche, por la Puerta del Sol, la calle Mayor y la plaza de Oriente. El ministro pensó: «Vamos a prender a Chico y a Aviraneta; a Aviraneta le castigamos por sus correspondencias, y a Chico no le pago la letra hasta que tenga dinero, y, de paso, se da la impresión a la gente de que ha habido un complot». ¿Qué complot iba a haber para vitorear a la Reina? Era ridículo; pero la gente lo cree todo.

Naturalmente, nos levantaron el destierro en seguida, pero la idea de que había algo de común entre Chico y yo quedó flotando en el aire.

También oí hablar, repetidas veces, de Mauricio Castelo, cuyo nombre aparecía entre los progresistas radicales con la aureola de un político austero.

¡Qué se va a hacer! Este será siempre uno de los escollos de la democracia: el que el pueblo no se pueda enterar bien de las condiciones de sus servidores. A una colectividad se le engaña siempre mejor que a un hombre.

El año 1851 fué nombrado jefe político de Madrid mi amigo el general Lersundi. Yo visitaba mucho su casa, adonde iba de tertulia un día a la semana. Fuí a felicitarle por su nombramiento, hablamos y me preguntó:

—¿Conoce usted personalmente a Chico, el jefe de policía?

—Le conozco desde que era capitán de Caballería retirado; pero hace más de veinte años que no le he visto.

—¿Qué opinión tiene usted de él?

—Opinión personal, ninguna. Estuvo afiliado a la sociedad Isabelina que yo fundé. Era, por entonces, un hombre enérgico y atrevido.

—¿Y desde esa época no le ha vuelto usted a ver?

—Nunca. Siempre estoy oyendo hablar de él y no me lo he encontrado jamás. Yo hago una vida especial. No salgo de noche, no voy al teatro.

—¿Sabe usted que le vamos a prender a Chico?

—Pues, ¿por qué?

—Tiene una fama pésima. Se afirma que está en relación con los ladrones y que lleva su parte en lo que se roba en Madrid. Se sabe que ha cometido mil atropellos.

—Respecto a los atropellos—dije yo—, no cabe duda que deben ser verdad; pero tanta culpa como él la tienen los jefes del Gobierno, que le han dado órdenes o que le han consentido; respecto a que esté en connivencia con los ladrones, no lo creo.

—Pues parece que es cierto. Es indudable que Chico tiene palacios, criados, una galería de cuadros magnífica; que sostiene mujeres...

—¿Y hay pruebas contra él?

—Sí, hay pruebas.

—Me parece extraño que un hombre listo haya dejado un rastro comprobable de sus fechorías.

—Pues no cabe duda. En este momento se está haciendo un expediente documentado contra Chico.

—¿Y quién lo hace?

—Una persona respetable: el coronel Castelo.

—¿Don Mauricio Castelo?

—El mismo. ¿Le conoce usted?

—Sí.

No dije más. Solía encontrar de cuando en cuando en la plaza del Progreso, tomando el sol, al inspector Luna, que paseaba con su nietecillo. Luna estaba retirado y vivía en una casa de la calle de Barrio Nuevo. Un día, al encontrarle, le conté lo que me había dicho el general Lersundi.

—Ya lo sé—me contestó él.

—Sin duda, Castelo hace este expediente llevado por el odio contra Chico, que le descubrió la artimaña del supuesto robo hecho a Macías.

—No, no sólo es por eso—replicó Luna—. Chico hizo una canallada a Castelo.

—¿Pues?

—No sé si le conté a usted que Chico guardó la confesión de Castelo.

—Sí me lo contó usted.

—Chico—siguió diciendo Luna—guardó aquel documento con la idea de utilizarlo, en cualquier ocasión, contra Castelo. Dos o tres años después del supuesto robo, y en el tiempo en que acababa de ser nombrado Chico jefe de la policía, se encontró en un baile de máscaras del Circo con Paca Dávalos. Ella estaba todavía en el apogeo de su belleza. Paca quiso darle broma y divertirse a costa del terrible jefe de policía, de quien sabía algunos secretos amorosos por Castelo. Chico la conoció, la llevó al ambigú y la convidó a cenar. Ella aceptó el convite y coqueteó con Chico; pero al salir del baile le dijo que no tomara en serio sus coqueterías, porque estaba enamorada de otro hombre. Chico, enfurecido, le replicó que si no le acompañaba a su casa aquella noche, al día siguiente le llevaría a Castelo a la cárcel y le desacreditaría, porque tenía un documento que le comprometía.

—¿Y ella qué hizo?

—Ella fué a su casa.

—¡Demonio!

—Sí, y Castelo lo supo, porque esas cosas se saben siempre. Al principio, Castelo no hizo nada en contra de Chico. Había reñido muchas veces con la Paca, que hacía una vida relajada, y, ciertamente, no estaban legitimados los celos. Además, la posición de Chico como jefe de policía era muy fuerte, y no era fácil el medirse con él. Cuando la reputación de Chico comenzó no sólo a decaer, sino a hacerse siniestra, Castelo, como si en un momento sintiera revivir los agravios inferidos por su antiguo camarada, se puso a la cabeza de los enemigos del jefe de la Ronda.

—Se comprende que una cosa así no es para olvidarla, y menos pensando que el autor de la ofensa es un amigo de la infancia—le dije yo.

—Castelo siente hoy un odio profundo contra Chico. El recuerdo de la antigua amistad que tuvo con él hace su rencor más violento y más venenoso.

—Me explico que un hombre frenético, como Castelo, haya hecho muy mala sangre pensando en Chico.

—El odio de Castelo se lo ha comunicado a la Dávalos, y los dos han empleado todos los medios para hundir a Chico; han seducido a los agentes de la Ronda Secreta y a una porción de ladrones que conocen por intermedio de los «ganchos» de las casas de juego de la Garduña y del Silverio, y toda esa gente maleante ha declarado contra Chico, contando parte de verdad y parte de mentira. El partido progresista le ayuda a Castelo en su campaña.

—¿Y será verdad que Chico se entendía con los ladrones?

—¡Hombre, don Eugenio!—dijo Luna con una sonrisa cínica—. Todos los policías se entienden más o menos con los ladrones; pero no son los robos los que pueden dar más dinero a un hombre que tenga el cargo de Chico. ¡Figúrese usted! Hay líos en la Corte, hay grandes negocios, hay jugadas de Bolsa, hay Salamanca; se puede salvar a un político de una campaña de difamación; se puede salvar la fama de una señora comprometida, hacer desaparecer favoritos, como un Mirall o un Pollo Real. Todo eso da.

—¿Y usted qué va a hacer si le llaman, amigo Luna?

—¿A mí? ¿Quién me va a llamar? Nadie me conoce. Soy una sombra, vivo en mi rincón obscuramente, con mi hija y mis nietos, y no tengo personalidad mas que para ellos.

—¿Y si le llamaran, a pesar de eso?

—No diría nada ni en pro ni en contra, don Eugenio.

—¿Nada?

—Nada. Cualquiera se pone a defender a Chico a estas alturas.

Le dejé al inspector Luna con su nietecillo, y le hablé unos días después al general Lersundi y le conté lo que sabía de Castelo y de su hostilidad contra Chico.

—El proceso se ha de ver pronto—me dijo el general—. Allí se aclarará la cuestión.

Días después, Lersundi fué nombrado ministro de la Guerra, y le sustituyó en el Gobierno Civil don Melchor Ordóñez.

Este dispuso la prisión de Chico, que estuvo nueve meses en el Saladero, hasta que vino el sobreseimiento de la causa por falta de pruebas.

Castelo declaró varias veces en el proceso, y dijo a todos los que quisieron oírle que no pararía hasta verle a Chico colgando de la horca.

A las acusaciones de Castelo contestó Chico con una información detallada de la vida de su enemigo. Lo pintó como un intrigante, como soldado traidor y jugador de ventaja, que explotaba alternativamente los garitos y las mujeres.

La lucha entre los dos fué ruda y sin tregua. Ambos echaron mano de todos los expedientes imaginables.

Chico tenía la opinión adversa y se agitaba en el vacío; los resortes de que podía echar mano estaban gastados; en cambio, Castelo encontraba apoyo en todo el mundo político y periodístico.

—Por entonces—siguió diciendo Aviraneta—, alguna que otra vez solía ver en la calle a Castelo, que ascendió, por sus intrigas y manejos obscuros, a brigadier. Castelo andaba acompañado de un hombre de buen aspecto que me dijeron era un viejo asistente suyo. Castelo y yo nos saludábamos al vernos, y yo le tenía por un hombre que estaba en buenas relaciones conmigo.


SEGUNDA PARTE
CONSECUENCIAS

I.
LA REVOLUCIÓN DEL 54

¿Cuál de vuestros sistemas filosóficos es otra cosa que el teorema de un sueño, un puro cociente, confidencialmente obtenido donde el divisor y el dividendo son desconocidos?

Carlyle: Sartor Resartus.

En tal estado de cosas llegó la revolución de julio de 1854. Yo, la verdad, y confieso que era un error de perspectiva, no creía en ella. Es un achaque de los viejos desconfiar del presente. ¿A quién no le ocurre esto? A mí me pasó como a todo el mundo. Cuando en junio de aquel año mi amigo Leguía, aquí presente, me indicó que iba a estallar un movimiento revolucionario, yo le dije: «¡Bah! No pasará nada».

El movimiento llegó, los generales se sublevaron en Vicálvaro, y los días que la revolución anduvo suelta por las calles, yo me dediqué a curiosear. Presencié el saqueo del palacio de María Cristina y el de la casa de Salamanca a los gritos de «¡Muera Sartorius! ¡Mueran los polacos! ¡Muera la Piojosa!» Yo tenía más miedo en casa que en la calle. Había gente que sabía que yo era amigo de María Cristina y, por tanto, sospechoso para el pueblo, que en aquella época tenía un odio profundo por esta reina, a quien hacía veinte años consideraba como un ídolo.

Yo vivía en la calle de San Pedro Mártir, en el barrio de la Comadre, ya al comenzar los Barrios Bajos.

El día 22 de julio supe, por la lavandera de casa, que los amigos del célebre torero Pucheta, dictador de aquellos andurriales, habían señalado mi casa y mi persona a las iras del pópulo como cristino. Indagué y pude comprobar que, efectivamente, me encontraba en la lista de sospechosos. Los Barrios Bajos formaban entonces una pequeña república autónoma bajo las órdenes del señor Muñoz (alias Pucheta). Así teníamos un Muñoz arriba (el marido de Cristina), y otro Muñoz abajo (Pucheta). La revolución del 54 era un conflicto entre dos Muñoces.

Tuve que tomar mis medidas y pensé en buscar un asilo seguro. Mi mujer se refugió en casa de un médico joven de la vecindad que nos visitaba. Este médico vivía con su madre, y por entonces hacía oposiciones a una cátedra de San Carlos.

Entre mi mujer y yo sacamos de noche de nuestra habitación los papeles, los cuadros regalados por María Cristina y algunos muebles, y los llevamos a la casa del médico; luego cerramos la puerta con llave.

Yo fuí a visitar a algunos amigos y conocidos para ver si me daban albergue por unos días, y obtuve una absoluta negativa.

En los momentos de peligro la mayoría se siente inclinada a pensar sólo en sus intereses y a no preocuparse de los amigos ni de los allegados.

Había por aquellos días un miedo terrible, y los que me conocían a mí creían que yo no era sólo un cristino, sino que debía estar complicado en todas las intrigas de los polacos. Se decía que María Cristina estaba encerrada en un convento.

Al fin tuve que ir a casa de la lavandera que me había avisado que estaba perseguido, y allí encontré un rincón seguro para pasar unos días. La señora Isidra, la lavandera, vivía en una guardilla de la calle de la Espada, y su hijo era un cabecilla revolucionario de los Barrios Bajos: Manolo, el papelista. La señora Isidra tenía muy poco sitio y muchos nietos, y en su casa se estaba con gran incomodidad.

Manolo, el papelista, me contó cómo habían peleado él y sus amigos en la Cuesta de Santo Domingo con los cazadores, y luego en la calle de Jacometrezo. Manolo estaba muy satisfecho por haber tomado parte en estas jornadas.

Me solía traer papeles que se publicaban en la calle y números de El Murciélago, de La Mentira y de El Miliciano.

Seguía yo la marcha de la revolución por los periódicos y por las conversaciones.

A pesar de que el movimiento parecía completamente liberal, no lo era del todo. Había entre los impulsores de aquellas jornadas revolucionarias progresistas, demócratas, republicanos, militares de la Unión Liberal, moderados y hasta carlistas. Este origen mixto hacía que el movimiento tuviera un carácter turbio y su dirección fuera confusa y mal definida.

Cuando creí que la violencia revolucionaria había ya pasado salí de la guardilla de la lavandera para visitar a algunos amigos que estaban, como yo, considerados como sospechosos, para ver qué es lo que habían hecho y tomar una orientación.

Sabía que se cacheaba y se identificaba a la gente en la calle.

Me acerqué al centro entre la gente huyendo de los barullos: fuí por la Concepción Jerónima, calle de Atocha y plaza de Santa Ana a la calle del Prado, a ver al dueño de una casa de la calle del Lobo, donde había vivido. En la desembocadura de esta calle con la del Prado había una barricada defendida por toreros, casi todos de la cuadrilla de Cúchares.

Intenté entrar por la calle de la Visitación, pero estaba también cortada.

Volví a la plaza de Santa Ana y seguí por la calle del Príncipe.

Iba por la calle de Sevilla a la de Alcalá cuando me encontré detenido en la esquina por una barricada alta formada por carros, muebles, tablones y adoquines. Estaba la barricada vigilada por un grupo de paisanos armados, entre los que abundaban tipos de torero con traje corto y calañés y mozos de café de los cafés próximos.

El volverme de repente hubiera parecido sospechoso; me reuní al grupo de los paisanos, repartí unos cuantos cigarros puros, y a un hombre andrajoso, con un morrión en la cabeza greñuda, que estaba sentado sobre unas piedras con un gran trabuco, le pregunté:

—Oiga usted, compadre, ¿quién manda esta barricada?

—Un brigadier que vive en esa casa—y me señaló una de la calle de Sevilla, esquina a la de Alcalá.

—¿Cómo se llama ese brigadier?

—No sé. ¡Eh, tú, Charpa! ¿Cómo se llama ese brigadier que viene aquí vestido de uniforme?

—No ze—dijo el aludido, que tenía aire de picador—; quizá lo zepa Currito o el Lebrijano.

—Ese brigadier se llama don Mauricio Castelo—dijo Currito, que era un chulo con aire de monosabio.

—¡Hombre! ¡Castelo! Lo conozco. Es muy amigo mío. Voy a verle.


II.
MAL PASO

¿Por qué ultraje comenzar; por qué ultraje terminar?

Eurípides: Electra.

Vacilé; pero como había dicho delante de aquellos hombres que conocía a Castelo, entré en la casa que me indicaron. Se me ocurrió que quizá Castelo podría protegerme y darme un salvoconducto para salir de Madrid.

Subí la escalera de la casa hasta el piso principal.

—¿Vive aquí don Mauricio Castelo?

—Sí, señor. Por lo menos, aquí está.

Era aquello un círculo de recreo, una casa de juego. Estaba la puerta abierta y entraban y salían hombres que hablaban a gritos y fumaban grandes puros.

Vacilé de nuevo pensando si no sería una imprudencia el seguir adelante; pero me decidí.

Avancé, cruzando una sala con dos mesas de billar y otras de mármol, hasta una sala de lectura con un armario, en el que se veían varios libros.

Castelo estaba rodeado de un grupo de hombres armados con escopetas y trabucos, gente la mayoría desharrapada, con zamarra y calañés, entreverada con algunos elegantes de levita de color, corbatín y pantalones de trabilla.

Varios de aquellos hombres, a pesar del calor sofocante de los días de julio, llevaban capa.

La mayoría eran tipos de matones, de esos que se ven en las escaleras de las chirlatas embozados en la pañosa y con un garrote en la mano.

Estaba yo en la puerta del salón de lectura cuando entró el torero Pucheta con un periodista, pequeño y pálido, picado de viruelas y con anteojos, y un revendedor del Teatro Real a quien llamaban el Mosca.

Los tres se acercaron a Castelo y hablaron con él largo tiempo.

Pucheta empleaba las grandes frases de la época: la democracia, la soberanía nacional; el periodista se mostraba acre y lleno de odio contra todos.

Cuando acabaron su conferencia, toda la gente se marchó con Pucheta.

Castelo quedó solo, y entonces me acerqué a él y le saludé:

—Siéntese usted—me dijo amablemente—. Yo voy a comer. ¿Quiere usted comer conmigo?

—Muchas gracias. He comido ya.

Castelo abrió una mampara del saloncito, llamó a voces, vino su asistente y le dijo:

—Tráeme la comida.

Contemplé a Castelo. Había envejecido muchísimo desde que yo le había conocido. Tenía un aire de intranquilidad y al mismo tiempo de estupor. Estaba encorvado. Vestía pantalones de militar, chaqueta de paisano y gorra de cuartel. Fumaba sin ganas; más bien mascaba un cigarro puro.

Me chocó hallarle tan decaído. Creí adivinar en él un sentimiento de descontento al verse entre Pucheta y su mesnada y le pregunté:

—¿Quién era esta gente? ¿Qué es lo que quiere?

—Estos son los jefes de la revolución al menudeo—contestó con disgusto—. Alguno que otro es un cándido. Los demás son gandules y asesinos que debían estar en presidio.

—Sí, por su aspecto no parecen muy de fiar.

—Todos, o la mayoría de estos revolucionarios de pega, son tahures, jugadores de oficio; los otros, revendedores de alhajas, y algunos, toreros.

—¿Y el periodista?

—Ese es el mayor canalla de todos. ¡Si yo tuviera poder!

—Ese torero que toma aires de director de las turbas es el célebre Pucheta, ¿verdad?

—Sí; es un tiranuelo de los Barrios Bajos.

—Y ¿cómo se ha mezclado usted con esa gente, amigo Castelo?

Yo le hice esta pregunta como si le considerara más en mi campo que en el de los amigos de Pucheta.

—¿Qué quiere usted?—me dijo él revelando su inquietud—; me han comprometido; me han nombrado jefe de esta barricada, lo que consideran un puesto de honor y de peligro. Hoy han venido a invitarme a que presida una gran comida que van a dar en un colmado de esta calle para celebrar el triunfo de la Revolución.

—¿Y usted va a ir?

—Sí; si no parecería sospechoso. La cosa no está sosegada todavía, sino sólo aplazada.

—¿Pues qué se quiere?

—Cada uno quiere una cosa diferente: unos, a Espartero; otros, a O'Donnell; hay quien piensa en la República.

—¡Bah! Todavía falta mucho para eso.

—Todos quieren prender y juzgar a María Cristina.

—¿Y dónde está María Cristina?

—Está en Palacio.

Castelo salió del cuarto, y vino, poco después, con una botella de ron y un vaso; tiró el cigarro al suelo, lo pisó y comenzó a beber el licor como si fuera agua.

Yo le contemplé. Debía de estar completamente alcoholizado; parecía de esos hombres que viven en una irritación constante interrumpida por momentos de depresión.

Entró el viejo asistente con la comida y puso sobre una mesa el mantel y los platos.

—¿Dónde está la señorita? ¿Por qué no viene?—le preguntó Castelo.

—¿Quiere usted que la llame?

—Sí; que venga en seguida, que la estoy esperando.

Yo estaba buscando una fórmula para marcharme cuando entró Paca Dávalos en el saloncito vestida con una bata de color de rosa. De lejos todavía hacía efecto; pero de cerca era una vieja decrépita. Estaba torcida para un lado, iba pintada y empolvada. Tenía los ojos tiernos y los párpados rojos y sin pestañas; en su cara, a través de la capa de polvos de arroz, se veían manchas rojas como erisipelatosas. A cada momento guiñaba los ojos y tenía unos tics nerviosos que le hacían estremecer todo el rostro. Al hablar torcía la boca a un lado.

Era todavía felina; sus ojos soñadores habían perdido su brillo y su encanto, pero le quedaba algo del tigre viejo y derrengado que bosteza dentro de la jaula.

Me levanté para saludarla. Ella no me reconoció. Se sentó; tomó en la mano el vaso lleno de ron que tenía Castelo delante y bebió unos cuantos sorbos.

Le temblaba la mano como a un perlático.

De pronto me miró fijamente y me dijo:

—Yo le conozco a usted.

—Yo también a usted.

—¿De dónde?

—De casa de Celia.

—¡Ah! Es verdad.

Hablamos de la gente que iba a aquella casa; de Ronchi, de Nicolasito Franco, de Fidalgo y de sus hermanas, del padre Mansilla.

La Dávalos se confundía con sus recuerdos; había perdido la memoria. Tenía, de pronto, unas gesticulaciones bruscas. Aquella contracción de la cara de la Dávalos hacia un lado, me chocaba. Daba la impresión de algo grave y, a veces, tenía yo la evidencia de que aquella mujer era una perturbada, una loca.

—¿Usted es todavía amigo de Cristina?—me preguntó tartamudeando.

—Sí.

—Pues lo va usted a pasar mal.

—¡Qué le vamos a hacer!

—¿Y cómo puede usted ser amigo suyo?

—Yo, por agradecimiento. ¡Qué quiere usted! Le debo la vida.

La Dávalos se exaltó al hablar de María Cristina, y empezó a decir de ella porquerías y suciedades, llamándola constantemente zorra, piojosa y la señora de Muñoz. La Paca usaba los juramentos y las blasfemias de los tahures y matones con quien trataba y convivía.

—¿Le hizo a usted alguna mala pasada la Reina?—le pregunté yo.

—¡Si me hizo! Ya lo creo. Fuí su amiga; pero hoy daría mi vida por devolverle el mal que me ha hecho y arrastrarla al fango donde debía estar. La odio, la odio.

—¿Tanto...?

—Quisiera verla en un estercolero, sobre una estera podrida y devorada por los gusanos.

La Paca dejó pronto su aire reconcentrado y vengativo y recitó estos versos, que habían salido del campo carlista:

Clamaban los liberales

que Cristina no paría,

y ha parido más Muñoces

que liberales había.

—¡Muñoces!—exclamó luego la Paca—. Cualquiera sabe de quién son los hijos de esa zorrona..., cochina.

Castelo intervino en la conversación y habló de lo que se decía en la calle: de que la Reina Madre había tomado parte en todas las contratas y en todos los negocios sucios de España y de Ultramar para hacer la fortuna de los Muñoz.

¡Qué moralidad se había despertado en un tahur como Castelo!

—Pero eso es lo de menos—añadió; y contó ciertos asesinatos misteriosos que había ordenado Cristina y hecho ejecutar por Chico y su gente, y de varios envenenamientos realizados por aquella nueva Lucrecia Borgia. Castelo citaba nombres, fechas, circunstancias.

Lo daba todo esto como indiscutible. Yo me eché a temblar. Cuanto más odio hubiese por María Cristina, más peligrosa era mi situación. La verdad es que luego he oído hablar en serio de envenenamientos hechos por gentes de Palacio, entre ellos el de la segunda mujer del infante don Francisco.

—Pero, ¿usted cree que todo eso es verdad?—le pregunté a Castelo.

---¡Si es! Es el Evangelio.

—¡Demonio!

—Sí, sí, es usted cristino—dijo Castelo—; lo va usted a pasar mal. Ahora va de veras; no debía usted salir a la calle, le pueden dar algún disgusto.

—Por eso venía a verle a usted, que tiene influencia—le dije.

—¿Qué quiere usted que yo haga?

—Mi casa está cerca de la plaza del Progreso; y aquello es un ir y venir de gente que se han constituído en amos, hacen lo que les da la gana y han formado una lista de sospechosos.

—¿Dónde vive usted?

—En la calle de San Pedro Mártir.

—¿Hacia dónde está eso?

—Hacia Lavapiés.

—¡Toma, yo le creía a usted rico! De poco le ha servido su amistad con Cristina.

—Tengo mi sueldo de intendente, y de él vivo.

—Bueno, yo le diré a los patriotas de Barrios Bajos, y sobre todo a Pucheta, que no se metan con usted. Ahora, váyase usted, váyase cuanto antes. Aquí no hace usted mas que comprometerme.

Castelo, a medida que iba ingiriendo alcohol, iba saliendo de su abatimiento sombrío y excitándose cada vez más.

Me levanté, tomé mi sombrero y, haciendo de tripas corazón, saludé lo más amablemente que pude a Paca Dávalos y a Castelo. Había dado un paso en falso.

Al salir del cuarto de lectura a la sala de billar, Castelo gritó de pronto:

—¡Oiga usted, oiga usted, señor cristino! Tengo entendido que en la tertulia del general Lersundi se ha hablado mal de mí. ¿Usted debe saber quién fué, porque usted iba a esa tertulia?

—Yo, no; yo no he oído hablar de usted.

—¿Usted no le conoce a Macías?

—A un Macías le conocí en Méjico; pero desde entonces no le he vuelto a ver.

—Y a Luna, al inspector de policía Luna, ¿le conoce usted?

—A ese le conocí porque fué el que me prendió hace veinte años y me llevó a la Cárcel de Corte; pero luego no he tenido noticias de él, ni sé si vive.

—Pues sí vive, y yo lo he de encontrar para ajustar unas cuentas antiguas. ¿Y a Chico, no le conoce usted tampoco?

—No, no le conozco. Cuando él comenzó a intervenir en la política, yo me había retirado.

—¡Si este buen señor debe ser más viejo que Matusalén!—dijo la Dávalos.

—Pues yo me he de vengar—exclamó Castelo—; tengo que averiguar quién le dió malos informes de mí a Lersundi y después a Ordóñez. Algún amigo de Chico ha sido. Bueno; a Chico yo le tengo que ahorcar con estas manos, sí, con estas manos; y a Luna, si lo encuentro, lo moleré a garrotazos.

—Bueno, Mauricio, cálmate—dijo Paca.

—No me quiero calmar: Sí, a Chico se le harán pagar sus crímenes, y será pronto..., muy pronto..., quizá antes de veinticuatro horas.

A esto añadió Castelo gritos y blasfemias, accionando con violencia y dando puñetazos en la mesa.

—Bueno. ¡Adiós!—dije yo.

—¡Adiós!

—Celebraré que no le rompan a usted un hueso—exclamó Paca Dávalos, con su risa dolorosa, de enferma.

Castelo se echó a reír como un insensato, y debió tener algún propósito agresivo contra mí, porque intentó levantarse y seguirme; pero el asistente le detuvo. Yo bajé corriendo las escaleras y salí a la calle.


III.
UNA NOCHE DE INSOMNIO

La enemistad de una sola chinche menuda que se arrastre por nuestra cama es más de temer que la cólera de cien elefantes.

Heine: Atta Troll.

Tomé por la calle de Alcalá hacia la Puerta del Sol, a mezclarme a los grupos de revoltosos y de vagos que andaban por allá.

—Aviraneta—me dije a mí mismo—, has hecho una tontería en visitar a Castelo. Has llamado la atención sobre ti. No tienes un rincón donde poner tus huesos en seguridad y estás en peligro de que te rompan uno, como decía Paca Dávalos hace un momento.

Y me froté las manos, como si estuviera muy satisfecho con mi suerte.

Aquella tarde, el centro de Madrid estaba en perpetua ebullición. No me decidí a ir a mi barrio, porque temía que me conocieran, y me fuí a un café de la calle Ancha. Me hice bastante amigo del mozo, le conté una historia falsa y me recomendó una casa de huéspedes de la calle de Silva.

Fuí a ella: la patrona tenía mal semblante, y a las pocas palabras que cambié con ella comprendí que estaba recelosa y dispuesta a avisar a la policía.

Hacía una noche de calor sofocante. Me metí en el cuarto que me alquilaron y no pude dormir. Había chinches en la alcoba. Una procesión de estos insectos salía de un ángulo del techo e iba avanzando, y cuando llegaban encima de mi cama se dejaban caer uno a uno con una precisión matemática.

—Por la mañana, al alba, me levanté y me vestí. Mi instinto me hacía creer que no estaba muy seguro en aquella casa.

Me asomé al balcón y me senté en una silla. A eso de las cuatro vi que mi patrona salía a la calle, y poco después volvía con un hombre.

—Maniobra sospechosa—me dije.

Abrí la puerta de mi cuarto y avancé por el pasillo de la casa, todavía obscuro. La patrona y el hombre hablaban de mí. Habían dejado la puerta abierta.

Inmediatamente me puse el sombrero y bajé las escaleras con rapidez, con las botas en la mano. En el portal me las puse; salí a la calle, entré por el callejón del Perro y me metí en un portal abierto e iluminado de la calle de la Justa. Era un burdel. Había una vieja harapienta, con un aire de lechuza, y dos muchachas feas, vestidas con colores chillones. Una de ellas tenía una cara ancha, brutal, una cara de rodaballo, con unos ojos saltones y la nariz chata. Las dos estaban muy pintadas.

La vieja conoció, por mi actitud, que venía huyendo, y no se le ocurrió explotarme. Me senté en un banco y charlamos. La vieja me habló del Destino con un fatalismo tan estoico que me asombró.

—Cada cual su sino—decía a cada paso.

Convidé a las mujeres a tomar café con leche, y después de estar unas tres o cuatro horas allí, por la calle de la Flor salí a la de San Bernardo.

Subí a la plazuela de Santo Domingo, y en un café que hacía esquina, cerca de una barricada, entré y encargué un almuerzo.

—Tardará un poco—me dijo el mozo—; todavía es temprano, y con estos jaleos no viene nadie.

—Bueno; no tengo prisa. Traiga usted unas aceitunas, y esperaré.

Compré La Iberia y unas hojas del Boletín extraordinario del ejército constitucional, que se vendían en las calles, y estuve haciendo como que leía, pensando en dónde podría ocultarme, o si sería mejor salir inmediatamente de Madrid.

Llegó el almuerzo y comí bien, pensando que quizá la cena se haría esperar.

—Tiene uno buen apetito—me dije—. Eso demuestra que interiormente todavía uno está sereno.

Tomé café y varias copas de coñac y le di al mozo una buena propina, suponiendo que podría necesitarle.


IV.
EL FINAL DE CHICO

Cuando se ha oído decir que tal persona o tal otra es un hombre malo, se cree leer la maldad en su fisonomía, y entonces la ficción se añade a la experiencia para realizar una sensación cuando el interés y la pasión se mezclan. Helvetius cuenta que una dama, contemplando la luna con un telescopio, veía la sombra de dos amantes; un cura que quiso comprobar el hecho le replicó diciendo: No, señora, no; esas sombras son las dos torres de una catedral.

Kant: Antropología.

Estaba dispuesto a salir del café, porque no tenía pretexto para seguir en él, cuando los mozos se asomaron a la puerta y volvieron diciendo:

—Hay gran alboroto en la calle Ancha. La gente viene hacia aquí gritando.

—¿Qué pasará?

El amo del café mandó cerrar inmediatamente la puerta y las ventanas.

—¿Usted quiere salir ahora?—me preguntó a mí.

—Esperaré a que pase el tumulto.

—Tiene usted razón. Con estos alborotos constantes no se sale ganando nada.

Con el cierre de la puerta y de las ventanas el café había quedado casi a obscuras.

—¿Quiere usted subir al billar?—me dijo el mozo que me había servido—; desde allí puede usted ver muy bien lo que pasa.

Subí por una escalera de caracol a la sala de billar y me asomé a un balconcillo del piso entresuelo. Venía de la calle Ancha una masa de gente harapienta, zarrapastrosa, formada principalmente por mujeres y chicos, que vociferaban y daban alternativamente vivas y mueras. Algunos hombres armados con fusiles, pistolas y garrotes se veían entre la multitud.

Después vimos un tipo mal encarado, con bigote y patillas, vestido con andrajos, con una faja encarnada en la cintura y un sombrero catite en la cabeza, que llevaba, como un estandarte, un retrato grande en un palo.

—¿Quién es?—nos preguntamos todos—. ¿De quién es esa imagen?

Nadie lo sabía.

Luego, como un paso de Semana Santa, sentado en un colchón y sostenido en unas parihuelas apareció en la plaza de Santo Domingo un hombre flaco, amarillo, ictérico, como una momia, ya viejo, con patillas grises.

Iba medio desnudo, cubierto con una camisa blanca y un pañuelo en el cuello, un gorro de color en la cabeza y en la mano un abanico, con el que se abanicaba tranquilamente. Su expresión era fosca, amarga y casi burlona.

A no ser por los dicterios que le dirigían las turbas, se le hubiera podido tomar, por su actitud tranquila y displicente, por un reyezuelo de una tribu que se paseaba en andas entre sus vasallos.

—¿Quién es este hombre?—preguntamos varios.

Los gritos, ya distintos, que se oyeron a poco, de «¡Muera Chico! ¡A la horca! ¡A la horca!», nos hicieron comprender que el hombre que llevaban en las parihuelas, como un paso de Semana Santa, era el célebre jefe de policía de Madrid. Al lado suyo iba una mujer, que dijeron era la de Chico, y detrás, el portero de su casa, a quien llevaban a empujones.

Este era un ex policía apellidado Dendal y apodado el Cano, a quien se había dirigido la gente para prender a Chico, y que había intentado salvar al jefe.

Se le consideraba como uno de los sabuesos y de los confidentes de Chico.

—¡Muera Chico! ¡A la horca! ¡A la horca!—volvió a vociferar la multitud.

—¿Adónde lo llevan?—preguntó un mozo del café a uno de la calle.

—A la plaza de la Cebada, a quitarle la vida.

—Lo tiene muy merecido.

El amo del café hizo un gesto de molestia; pero no dijo nada.

El pueblo, con ese sentimiento simplista de las multitudes, creía, sin duda, que bastaba con quitar de en medio a Chico para que todos los atropellos desaparecieran.

Días antes habían matado las turbas a otro policía apodado el Pocito.

Yo estaba inquieto; pero haciéndome el hombre tranquilo e indiferente, me senté en una silla en el balcón, encendí un cigarro y me puse a fumar.

La comitiva esperó unos minutos en la plaza de Santo Domingo, sin saber qué dirección tomar, hasta que debió venir la orden de seguir por la Costanilla de los Ángeles.

Noté, con sorpresa, que los que capitaneaban a los amotinados eran casi todos los que se encontraban el día anterior en compañía de Castelo. Estaban Pucheta, el Mosca y el periodista, pequeño y pálido, picado de viruelas y con anteojos. De su grupo partían más rabiosos los gritos de «¡Muera Chico!»

Pero no sólo estaban ellos. Castelo y la Paca Dávalos se hallaban agazapados en la esquina de la calle de Tudescos contemplando el paso de la multitud. Yo los veía de cerca. Se habían disfrazado; él llevaba pantalón corto y calañés; ella, un mantón obscuro.

¡Qué expresión de ansiedad, de odio, de triunfo había en sus miradas! ¡Qué momento de pasión estaban viviendo ambos!

Veían correr en su imaginación la sangre del hombre que les había ofendido e inundar el suelo y el aire y convertirse en una aurora boreal. Quizá creían también que esta venganza les había de bastar para ser felices.

Durante un momento creí que Chico veía a sus enemigos desde lo alto de las andas; pero si los vió apartó de ellos la vista con indiferencia y siguió abanicándose con su aire frío y desdeñoso.

Daba Chico la impresión de un hombre que había llegado a un tal desprecio por la vida, que la muerte se le presentaba como un accidente de poca importancia.

—¡Canalla! ¡Granuja!—decía la gente.

—Mira cómo mira—añadía una comadre.

—Tiene cara de pocos amigos.

—Cara de Judas.

—Dios nos libre de un hombre así.

—¡Muera Chico! ¡A la horca! ¡A la horca!

—Eres un valiente—dije yo en mi imaginación dirigiéndome a él—; podrás tener tú la culpa, y el pueblo la razón; pero mi simpatía va hacia el hombre templado que marcha al suplicio con la sonrisa en los labios más que a la turba aulladora y cobarde.

Pasó la procesión y la multitud se derramó por la Costanilla de los Ángeles y por la Cuesta de Santo Domingo. Castelo y la Paca Dávalos, agarrándose del brazo, se alejaron por la calle de Tudescos. Parecían dos viejos; él, raído y encorvado; ella, torcida, con una manera de andar de paralítica.

Les miraba alejarse y me parecían los supervivientes de un naufragio; más aún: me parecían los restos del barco que las olas echan sobre la playa.

Casi encontraba mejor acabar la vida como Chico, llevado en unas parihuelas sobre el odio popular, que perderse así, encorvados y renqueando, por la sombra de una callejuela.


V.
ACOSADO

Se sufre más cuando se sufre solo y se deja tras de sí los dichosos.

Shakespeare: El Rey Lear.

Cuando se despejó la plaza, bajé del billar al café y salí a la calle. Los alrededores habían quedado desiertos. La comitiva de Chico barrió los lugares adyacentes, llevando a todo el mundo tras ella.

Se me ocurrió entrar en casa de Istúriz, que vivía allí cerca, en la Cuesta de Santo Domingo. Tardaron mucho en abrirme la puerta. El hombre estaba trastornado, temiendo que le asaltasen la casa. Había presenciado en los días anteriores la lucha de los sublevados y la tropa, en la misma calle, y aquel día, el paso de Chico entre la multitud.

Le expliqué la situación en que me encontraba, sin poder volver a casa, y a esta circunstancia le di un carácter cómico.

—¿Y qué va usted a hacer?—me preguntó Istúriz.

—Estoy dispuesto a sufrir la muerte con paciencia. Ya he vivido bastante.

—Pero esto es un error. Esos hombres no tienen memoria.

—¡Qué quiere usted! Todos los pueblos son desagradecidos.

—Pero, ¿qué aspiran? ¿Qué desean?

—Siempre hay algo más que aspirar y que desear.

—Es la anarquía que se nos echa encima. Nosotros tenemos la culpa, Aviraneta—exclamó—. ¡Oh, si ahora empezara a vivir!

—Yo no me arrepiento de nada—le dije—. Creo que he hecho lo que debía hacer.

—No hay justicia, Aviraneta, no hay justicia—murmuró él.

—Naturalmente. En la política no puede haber justicia. En la política, como en la vida, no hay mas que fuerza y éxito—repliqué yo con dureza—. Se manda y se hace lo que se quiere; no se manda, y ¡buenas noches!

Saludé a Istúriz fríamente. Y me marché a la calle pensando que el hombre no me había ofrecido su casa para que descansara en ella un momento.

Como tenía ya todos mis posibles recursos agotados fuí a la iglesia de San Ginés y me senté en un banco, dispuesto aunque fuera a pasarme allí el día entero.

Estuve al lado de un matrimonio joven con un niño, que hablaban y sonreían y no tenían más preocupación que la de ir por la tarde a casa de una pariente suya. Oí dos o tres misas y me quedé solo.

¡Cuán distinto hubiera sido mi destino si en vez de decidirme a defender con tesón las ideas liberales hubiera ingresado en la juventud entre los moderados o entre los absolutistas!

—Ahora hubiera sido general, ministro o arzobispo de Toledo. Su Excelencia Aviraneta, monseñor Aviraneta, no hubiera estado mal.

Pensaba mil cosas para entretenerme y pasar el rato.

A las primeras horas de la tarde el sacristán se me acercó, mirándome con recelo, y me dijo que iba a cerrar la iglesia. Tenía entonces yo la impresión que debe experimentar el animal acosado y perseguido. Ya no era el hombre joven que puede discurrir con precisión y seguridad y a quien se le ocurren ideas y proyectos rápidamente; tenía ya sesenta años y mi inteligencia funcionaba con más pesadez que en mis tiempos juveniles de conspirador. No encontraba en mí mismo mas que pobres recursos, y muchas veces el miedo me turbaba y me inspiraba soluciones desesperadas, como la de presentarme al Gobierno revolucionario para que hiciera de mí lo que quisiera.

Salí de la iglesia a la plazoleta que hay en la parte de atrás de San Ginés, y estuve vacilando en tomar por la calle de Coloreros, o por la de Bordadores.

—¡Pensar que el ir por una o por otra puede influír en mi destino!—me dije.

Estaba así vacilando cuando recordé que en la calle de Coloreros había una taberna y tienda de comestibles de un asturiano conocido mío.

—Voy a ir a allí.

Al salir por la callejuela me encontré con un estudiante de Medicina que visitaba al médico vecino de mi casa. Este muchacho era ayudante de un doctor afamado. Nos saludamos.

—¿Ha comido usted ya?—le pregunté.

—No.

—¿Quiere usted que comamos aquí en un figón de un asturiano que yo conozco?

—Vamos.

El asturiano me recibió bien y nos llevó al estudiante y a mí a un cuarto muy limpio y bien arreglado. Mientras comíamos le conté al estudiante la situación en que me encontraba; le pregunté dónde vivía él, y me dijo que en una casa de huéspedes de la Carrera de San Francisco que tenía como pupilos algunos seminaristas que, por entonces, estaban de vacaciones.

—Ahora mi patrona no tiene más huéspedes que yo.

—Cree usted que me tomaría a mí?—le pregunté.

—Sí, hombre, ya lo creo.

—Yo necesitaría pasar diez o doce días escondido hasta que la efervescencia revolucionaria vaya decreciendo.

—Pues yo le llevaré a usted a esa casa; pero ahora mismo, no, porque tengo que ir al Hospital General.

—Bueno, entonces yo le esperaré a usted aquí mismo.

Volvió el estudiante a eso de las siete. Me dijo que habían fusilado a Chico y al Cano en la plaza de la Cebada, delante de la Fuentecilla. Chico había muerto con un valor extraordinario. Al parecer, en Madrid no se hablaba de otra cosa. Mucha gente protestaba de que Pucheta ordenara ejecuciones, como pudiera haberlo hecho Calomarde.

—¿Qué quiere usted hacer ahora?—me preguntó el estudiante—. ¿Prefiere usted ir a mi casa por donde hay mucha gente, o quiere usted que salgamos por la Cuesta de la Vega y, dando la vuelta por la ronda, subamos por las Vistillas a la Carrera de San Francisco?

—Me parece mejor ir por dentro del pueblo. Salir y entrar será peligroso.

—Yo creo que es preferible marchar por donde haya mucha gente. En las calles solitarias es donde es más fácil que una ronda le detenga a uno.

—Bueno; pues vamos por la Plaza Mayor.

Salimos de la taberna y entramos en la plaza por la calle del Siete de Julio. Había por todas partes grandes grupos de gente armada que iba y venía por en medio. Entonces no había jardinillos, ni fuentes, como ahora. Temía yo que alguien me conociera, pero pude cruzar la plaza sin obstáculo.

Vacilamos el estudiante y yo en tomar por la calle de Toledo o bajar por la escalerilla de piedra a la calle de Cuchilleros. Debíamos haber tomado por la de Toledo, siguiendo siempre el principio que era mejor marchar entre la gente que por sitios extraviados; pero me pareció que hacia la calle de Cuchilleros no había nadie y comenzamos a bajar por la escalera.

Ibamos por la calle de Cuchilleros cuando tres paisanos nos dieron el alto:

—¡Alto!

—¿Qué pasa?—pregunté yo.

—¿Quiénes son ustedes?

—Yo soy un médico—dije—, y este joven es mi ayudante.

—Bueno, vengan ustedes con nosotros.

Nos hicieron subir de nuevo la escalera de piedra y nos llevaron a la taberna que había en el ángulo de la plaza, que se llamaba el Púlpito.

Convidé yo a aquellos hombres a unas copas y nos hicimos amigos.

Iban a dejarnos libres cuando apareció el revendedor del Teatro Real, el Mosca, a quien el día anterior había visto en compañía de Castelo, y por la mañana en la calle Atocha. El Mosca, además de revendedor, era dueño de una barbería de la calle de las Fuentes. Yo le conocía algo y sabía que había estado en el campo carlista.

—Este es Aviraneta—gritó el Mosca al verme—, un amigo de María Cristina. Hay que llevarle a la Junta.

Se reunieron con el Mosca algunos granujas y desocupados, comparsas de todos los alborotos populares, y nos llevaron al Ayuntamiento.


VI.
EN EL SALADERO

Era de ver dormir algunos envainados, sin quitarse nada de lo que traían de día; otros, desnudarse de un golpe todo cuanto traían encima.

Quevedo: El Buscón.

Entramos en la casa de la Panadería y nos condujeron, al estudiante y a mí, ante un grupo de personas constituídas en tribunal. Era una junta revolucionaria. Nos interrogaron, e inmediatamente el estudiante fué puesto en libertad. Yo dije mi nombre, y no oculté mis amistades ni mi historia política.

Aquella Junta estaba formada por personas sensatas, y el presidente dijo que no había el menor motivo para mi detención.

—Puede usted retirarse—me indicó el presidente.

—¡Muchas gracias!

El Mosca salió detrás de mí y gritó:

—Hay que detener a este hombre. Es un cristino, un confidente de Sartorius, un consejero de la Piojosa.

—¡Señores!—clamé yo con todas mis fuerzas dirigiéndome al público—. El hombre que quiere detenerme es un carlista, un miserable que ha estado en la facción. Me odia, porque yo soy liberal, liberal de siempre. Yo fuí ayudante del Empecinado; yo hice el Convenio de Vergara, en que se dominó para siempre el carlismo. ¿Me vais a entregar a mí al capricho de un esbirro de la reacción?

Al mismo tiempo, el Mosca gritaba que yo era un traidor, amigo de Sartorius, de Salamanca y de Chico.

El público se dividió; yo iba ganando terreno cuando un desconocido propuso que nos llevaran, al Mosca y a mí, a la Casa de Correos, donde estaba reunida la Junta Suprema Revolucionaria.

En medio de un grupo de desharrapados llegamos a la Puerta del Sol y entramos en el Principal. Pronto vi que se tenía bien distinto procedimiento con el Mosca que conmigo, pues a él se le dejó en libertad en seguida. Llevado delante de la Junta, la ira que me devoraba me hizo pronunciar un discurso violento, en el cual dije que aquella revolución era una farsa, que estaba dirigida por moderados y hasta por carlistas, y que así podía darse el caso de que a un hombre como yo, que había peleado por la libertad con el general Empecinado y había sufrido persecuciones como liberal, se le quisiera encarcelar por la denuncia de un miserable que había peleado en las filas de Don Carlos.

—No sólo es el Mosca el que le denuncia a usted como amigo y cómplice de María Cristina—dijo uno de la Junta—; hay otros que afirman lo mismo.

—¿Quiénes son esos otros?—grité yo—. Que vengan, que muestren su cara.

—¿Niega usted su amistad con María Cristina?

—Niego la complicidad.

—Retírese usted—dijo el presidente.

Me tomaron por su cuenta dos andrajosos, me ataron en el patio en una cuerda de presos y nos llevaron al Saladero, rodeados por bayonetas.

—¡Son de la camarilla de la Piojosa!—decía la gente al vernos por la calle.

—Son los amigos de Sartorius.

—¡Mueran! ¡Mueran!—Y nos insultaban y nos tiraban piedras. Llegamos al Saladero.

Me metieron en un calabozo húmedo y obscuro, y estuve allí encerrado cerca de un mes. La vida para mí, en aquellos días, fué horrible. Dormía en el suelo, comía el rancho de la cárcel, y no podía hablar con nadie, mas que con algunos desdichados como yo que, pasajeramente, me hicieron compañía.

¡Qué miseria! ¡Qué pobreza! ¡Qué gente harapienta! Y, en medio de esta miseria, ¡qué modo de adaptarse y de vivir allí como en su propia casa! Había industriales que seguían dirigiendo su industria desde la cárcel; falsificadores que preparaban sus falsificaciones; un editor de periódico carlista que corregía sus pruebas.

La mayoría de los presos eran ladrones; pero había también conspiradores y revolucionarios. Entre ellos, conocí dos que me dijeron que se habían hecho prender a propósito, para ponerse de acuerdo con un preso que estaba en el Saladero.

Estos eran republicanos, y tenían preparado el complot de matar al general Espartero, a su entrada en Madrid, a tiros, desde una casa de la Carrera de San Jerónimo, que tenía salida por la calle del Pozo, y proclamar la República.

Yo conocía la casa, porque en ella habíamos tenido, en 1822, una venta carbonaria. Encontré el proyecto bien tramado en su primera parte; pero su segunda parte me pareció absurda. Les intenté convencer a los republicanos de que la República que ellos pudieran proclamar no duraría mas que horas. Se persuadieron y abandonaron el proyecto.

Cuando me sacaron de aquel calabozo me pusieron en comunicación, y mi mujer vino a verme; empezó a llorar al encontrarme en tal lastimoso estado. Me hallaba flaco, enfermo, sin poder tenerme en pie, con los ojos inflamados, lleno de parásitos, con la ropa interior sucia y casi podrida.

Empezó el juez a tomarnos declaración a las personas presas durante el período revolucionario, y la mayoría no teníamos la menor culpa ni la menor relación con los hechos que se nos imputaban. Habíamos sido casi todos enviados al Saladero por sospechas, por capricho de los sublevados; algunos eran, indudablemente, víctimas de venganzas particulares.

Le indiqué a mi mujer que fuera a casa de Istúriz y de otros amigos, y que se enterara de la situación en que había quedado la política.

Don Evaristo San Miguel fué nombrado por entonces ministro de la Guerra. Después de su nombramiento había tres núcleos revolucionarios importantes y rivales que trataban de anularse los unos a los otros.

Estos eran: la Junta de Salvación, Armamento y Defensa, con San Miguel de presidente, lazo de unión entre el Palacio y los revolucionarios de Madrid; el Cuartel General de O'Donnell, que obraba por cuenta propia, y la Junta de Espartero, que radicaba en Zaragoza.

En cada grupo de estos había un sinfín de escisiones, y los mismos revolucionarios de Madrid no obedecían siempre a la Junta de Salvación.

Ya enterado de quiénes eran los personajes más influyentes, escribí una carta al general Espartero y otra a don Joaquín Francisco Pacheco, que no me contestaron.

Mandé también un documento a don Evaristo San Miguel exponiéndole los hechos, y una esquela recordándole nuestra antigua amistad y nuestra fraternidad como masones, y San Miguel, inmediatamente que recibió mi esquela, mandó ponerme en libertad.


VII.
EL HOSPITAL

Tú, Señora,
dame agora
la tu gracia toda ora
que te sirva todavía.

Arcipreste de Hita: Libro de Buen Amor.

Tras de la cárcel fuí a San Sebastián con mi mujer; alquilé una casa en el barrio de San Martín y pasé allí cuatro años viviendo obscuramente, ocupado en leer libros y periódicos, escribir mis recuerdos y hacer una colección de insectos de conchas y de caracoles. El Gobierno me había dado el retiro, y mi sueldo era pequeño.

Tenía dos o tres casas en San Sebastián adonde iba de tertulia: la de Goñi, la de Alzate y la de Errazu, que eran parientes míos, y solía pasar largos ratos en la imprenta de Baroja. Aquí se reunían con frecuencia el general don Nazario Eguía, el manco; el intendente Arizaga, que influyó en el Convenio de Vergara; el general Van-Halen, Antonio Flores, el autor de Ayer, hoy y mañana, y otros.

Solíamos tener grandes discusiones, y varias veces me dijo el general Eguía:

—Aviraneta: ¡con qué gusto le hubiera fusilado a usted si le llego a coger en tiempo de la guerra!

Yo solía acompañarle al viejo general a tomar el coche de Tolosa hasta la fonda del Parador Real.

Unos años después, sintiendo de nuevo la nostalgia de la vida agitada de la Corte, volví a Madrid y me instalé con Josefina en un piso de la calle del Barco. Josefina tenía algunas amigas y pertenecía a una Junta de Caridad.

Un día, a una señora amiga de mi mujer le oí hablar de Paca Dávalos.

—La he conocido—dije yo—. ¿Qué le pasa?

—Es toda una novela.

La señora contó la historia con detalles.

Desde hacía algún tiempo, la Dávalos estaba enferma en el hospital de San Juan de Dios, en una sala, triste y obscura, que daba a la calle de Atocha, mal iluminada por unas rejas cubiertas de tela metálica.

Daba horror el ver a la pobre mujer: se hallaba cubierta de úlceras y de costras, sin pelo y con los ojos inflamados. Su enfermedad, la embriaguez y los últimos años de miseria habían hecho de aquella belleza espléndida un monstruo. Era algo horrible; pero más horrible que su aspecto, según la señora que la había visto, era su estado moral. Gritaba, cantaba coplas indecentes.

La mujer más tirada, la rabanera más desvergonzada, no hablaba como hablaba ella: tenía el prurito de lo escandaloso y de lo lúbrico.

La castigaron varias veces a pasar días enteros en la guardilla a pan y agua, castigo brutal, no muy propio para enfermas desdichadas; pero el castigo no le hizo mella, y al volver a la sala insultaba al médico y a las monjas, y gritaba indecencias a todo el mundo.

Un día se presentó en el hospital una hermana de la Caridad, sor María de la Consolación. Era una mujer pálida, en el esplendor de la belleza. La hermana se acercó a la cama de la Dávalos, se arrodilló delante de ella y abrazó y besó a la enferma.

Esta se incorporó en la cama, contempló a la monja, dió un grito terrible, desgarrador, y se desmayó.

La monja era la hija de Paca, a la que hacía veinte años que no había visto, y era su vivo retrato; la misma corrección en el rostro, los mismos ojos profundos, humanos, la misma expresión de pureza y de dulzura.

Al recobrar el sentido la enferma creyó que la visita de su hija había sido un sueño; pero no, allá estaba Estrella, ahora sor María, que la acariciaba y la besaba como en otro tiempo.

El contraste era violento: la enferma, un montón de carne sin forma humana, llagada, horrible; su hija, una belleza pálida, serena, con un aire de fuerza y de dulzura.

En los días siguientes Paca Dávalos comenzó a llorar, y cuando venía su hija a verla le besaba la mano y le decía:

—Perdóname, he sido mala madre.

—No, no, no has sido mala madre para mí, y yo siempre te he querido.

Ella escondía la cabeza entre las sábanas y lloraba con la mano de su hija apretada en la suya.

El capellán del hospital le dijo a la Paca que su hija había querido sacrificarse y dejar el mundo para redimir los pecados de la madre.

Fué un nuevo motivo de dolor para la enferma. Llorando suplicó a su hija que no se sacrificara por ella, que volviera al mundo, que fuera feliz; ella no merecía el sacrificio de un ángel; ella tenía muy merecidos el abandono, la deshonra, la enfermedad y la muerte en un hospital hediondo. Estrella la tranquilizaba y la decía que la vida de hermana de la Caridad era la que más le ilusionaba.

La madre lloraba acongojada, y cuanto más lloraba, estaba más triste y más resignada a morir. La Dávalos pidió perdón a todos y quiso que, al menos, una vez su hija le cantase una canción que solía cantar en la infancia. Sor María le preguntó al capellán del hospital si podía satisfacer este deseo de su madre.

—Sí, sí, ¿por qué no?

Estrella cantó, y parece que fué un espectáculo extraordinario en aquella sala triste, maloliente, iluminada por la luz turbia de los cristales verdosos de las ventanas enrejadas, ver a las mujeres enfermas con las entrañas carcomidas y quemadas que se incorporaban anhelantes en la cama y oían llorando la canción que cantaba la monja, que se elevaba sobre las miserias del mundo.

Unas horas después, Paca Dávalos moría dulcemente.


VIII.
LA LOCURA

¡Atrás! El negro demonio me persigue.

Shakespeare: El Rey Lear.

A la señora que me contó el final de la Dávalos le pregunté:

—¿Y no fué a verla alguna vez el brigadier Castelo?

—No; ya hacía tiempo que se habían separado.

Un año después volvía de casa de Istúriz, una tarde de invierno, por la calle del Arenal, al anochecer, cuando me encontré con el Mosca, el revendedor.

Se me acercó, sin conocerme, a ofrecerme una localidad para el Real, y al fijarse en mí quedó inmutado.

—¿Le ha sorprendido a usted el verme?—le dije.

—Sí.

—¿Qué, pensaba usted que los que usted enviaba al Saladero ya no salían de allí?

—No; ya sabía que había usted salido de allí hace tiempo.

—¿Todavía sigue usted actuando de revolucionario?—le pregunté con sorna.

El se calló.

—Diga usted, ¿por qué tenía usted tanto interés en prenderme en la Plaza Mayor? ¿Era, de verdad, el odio del carlista al que había trabajado, como yo, en el Convenio de Vergara?

—Yo no soy carlista. Si estuve en la facción fué por compromiso.

—Entonces, ¿por qué tanto ahinco en prenderme?

—Nos había recomendado la prisión de usted el brigadier Castelo.

—¿Y por qué?

—¿No se incomodará usted si le digo la verdad?

—No.

—Decía que usted era un enemigo del pueblo, un confidente de la policía.

—¡Canalla! Quería desprenderse de los que sabíamos que era un ladrón. El fué el que instigó al populacho para que mataran a Chico, no porque Chico hubiese cometido atropellos, sino porque era testigo de uno de sus robos. ¿Y qué ha hecho ese tunante de Castelo?

—Acaba de suicidarse en una guardilla de Barrios Bajos.

—¿Qué me dice usted?

—Lo que oye. Desde la muerte de Chico le vino la mala suerte. Le expulsaron del Ejército, y el partido progresista le abandonó; ya no le servía de instrumento. Castelo comenzó a andar por las tabernas y a servir de hazmerreír a la gente. Decía que él había hecho la Revolución y que había acabado con Chico. Luego creo que alguno de los hombres de la ronda de Chico le amenazó y le asustó.

Poco después a Castelo se le metió en la cabeza que Chico vivía aún, que le perseguía y le acechaba en las esquinas. Cuando tenía esta alucinación echaba a correr hasta que se caía de cansancio.

Una noche, sin duda, la alucinación fué tan espantosa que se ahorcó con un trozo de cuerda en el montante de una puerta. Su asistente y yo hemos sido los únicos que hemos acompañado su cadáver a la fosa común.

—¡Qué final!—exclamé yo; y seguí andando en dirección de mi casa.


IX.
ALIMAÑAS

Quien mal anda, mal acaba.

Proverbio.

Habíamos quedado todos los oyentes de la cocina esperando que Aviraneta dijera algo más; pero se calló pensativo.

—Quien mal anda, mal acaba—exclamó el tío Chaparro, y luego, dirigiéndose a sus hijos y a los cabreros que estaban alrededor de la lumbre, añadió—: Bueno, muchachos, vamos a dormir, y demos gracias a Dios por vivir honradamente en nuestra pobreza y no en compañía de locos y de alimañas.

Don Eugenio sonrió, mirando el fuego.

Por la ventana se veía caer la nieve copiosamente, y el campo brillaba triste y espectral a la luz de la luna. Aullaban los perros a lo lejos, con un ladrido triste y agorero, con una rabia persistente e irritada, como si previeran algún peligro próximo.

Nos levantamos de al lado de la lumbre, y Aviraneta y yo subimos las escaleras hasta el primer piso precedidos por una criada, que nos iluminaba con un farol.

Entré yo en mi cuarto, encendí la palmatoria, que dejé en la mesilla de noche, me metí en la cama y seguí leyendo la Biblia. Estaba en el Eclesiastés, y me detuve a reflexionar sobre este versículo: «El que hiciere el hoyo caerá en él, y el que aportillare el vallado le morderá la serpiente».

París, noviembre, 1920.