LA CASA DE LA CALLE DE LA MISERICORDIA

... y tanta variedad de sabandijas racionales en esta arca del mundo.

Vélez de Guevara: El Diablo Cojuelo.

Otro día en que no estaba el tío Chaparro, a quien la relación anterior había impresionado de una manera profunda y desagradable, Aviraneta contó la historia del joven Miguel Rocaforte, su compañero de cárcel.

Una vez, los dos granujas de la Gallinería, el Gacetilla y el Mambrú, que Candelas había recomendado a don Eugenio, y a quienes éste utilizaba como criados y como instrumentos de espionaje contra el alcaide, entraron en el cuarto de Miguel y le robaron un cuaderno en que el joven escribía el Diario de su vida, y se lo dieron a Aviraneta. Don Eugenio lo leyó rápidamente y, después de enterarse de lo que le interesaba, mandó a los raterillos que volvieran a dejar el cuaderno en el cuarto del preso. Miguel no notó el escamoteo.

Esta historia que me contó don Eugenio está hecha sobre los datos autobiográficos que escribió Miguel, y sobre indicios, no del todo claros ni completamente seguros, que he variado un tanto para dar a la relación cierta unidad.


I.
LA CASA DE LOS CAPELLANES DE LAS DESCALZAS

Confesaré a usted que el edificio que ocupo en un barrio lejano es de los más antiguos de Madrid, y que su aspecto sombrío, sus balcones de gran vuelo, la enorme ala del tejado y toda su exterioridad están anunciando a los transeúntes su fecha de tres siglos.

Mesonero Romanos: Escenas Matritenses.

Hay casas que por su aspecto dan una impresión siniestra e inclinan a pensar que son propicias para crímenes, intrigas y misterios. Son casas sombrías, obscuras, colocadas en callejones angostos, llenas de pasillos y de encrucijadas, de cuartos irregulares y de guardillones abandonados. Son casas para servir de base a folletines, a melodramas y a comedias de capa y espada.

La casa de los Capellanes de las Descalzas Reales de Madrid, Misericordia, 2, aunque por dentro era folletinesca, melodramática y de capa y espada, por fuera era una casona grande, ancha y de buen aspecto. Estaba contigua a la iglesia y hacía esquina a dos calles: a la de la Misericordia, calle muy corta, puesto que no tenía mas que un número por un lado, y ninguno por el otro, y a la de Capellanes, que bajaba desde la calle de Preciados a la plaza de Celenque.

El barrio de las Descalzas era entonces, y es todavía, un islote tranquilo y desierto, en medio de la animación de unas vías tan frecuentadas como la del Arenal y la de Preciados.

En aquel tiempo, en la plaza de las Descalzas, enfrente del Monte de Piedad primitivo, había una fuente con una estatua de Venus, la antigua Mariblanca, trasladada a allá desde la Puerta del Sol, donde estuvo muchos años.

El convento de las Descalzas Reales había sido el palacio del Emperador Carlos V en el Campo de San Martín y abarcaba una gran extensión de terreno.

El Monte de Piedad primitivo era un accesorio del palacio, luego convertido en convento; antiguamente comunicaban los dos edificios por medio de un arco que pasaba por encima de la calle de la Misericordia.

El Monte de Piedad tenía una portada de gusto plateresco, semejante a la de las Descalzas, severa, de buen gusto, y a un lado, otra construída en pleno siglo xviii, de lo más exagerada y barroca en el estilo churrigueresco.

La plaza de las Descalzas era entonces más bonita que ahora, pues no tenía los edificios de ladrillo blancos y rojos del Monte de Piedad que recuerdan los trajes de baño. Estaba también más animada. En la fuente de la Mariblanca había siempre aguadores tomando agua o sentados en sus cubas, y en el resto de la plaza se estacionaban un sinnúmero de carros, y los carreteros formaban sus corrillos al aire libre.

No se veía mucha gente por esta plazuela irregular y triste; sólo algunos desventurados, que marchaban a empeñar algo y que buscaban para su comisión las horas del anochecer, y los domingos y los días de fiesta, los vecinos del barrio, que iban a misa.

La casa de los Capellanes, antigua propiedad de las monjas, era una casa vieja; pero no tenía aire decrépito; su vejez era una vejez fuerte y sana; estaba pintada de ocre, con grandes desconchaduras, y tenía un piso bajo con rejas; el principal, con cinco balcones anchos espaciosos, y el segundo, con balconcillos; sobre el tejado, saliente, se destacaban guardillas con sus ventanas de cristales verdosos y chimeneas antiguas de ladrillo, medio derruídas, y otras modernas, de hierro, que echaban tenues columnas de humo en el aire, siempre claro, de Madrid.

Por las rejas de la calle de la Misericordia y de la de Capellanes se veían sacos y bolas de sal, menos en una de una encuadernación, donde se divisaban montones de papel y una prensa de madera; en el piso primero, a través de los cristales, aparecían unas cortinas rojas desteñidas, y en el segundo, visillos amarillentos.

Hacia 1823, esta casa fué vendida por el Estado, y en 1835 era dueño de ella don Tomás Manso, que vivía en el primer piso y tenía el bajo dedicado a almacenes de sal.

Desde entonces, entre la gente, el nombre de la casa de los Capellanes se iba sustituyendo por el de Casa de la Sal.

Le habían quedado a este edificio varias servidumbres, de cuando era anejo a la iglesia, y por su escalera pasaban el capellán y el sacristán de las Descalzas para sus habitaciones respectivas, y dos frailes franciscanos, confesores de las monjas clarisas del convento inmediato. Esta casa tenía una puerta grande de dos hojas, con clavos pequeños, y un postigo en una de ellas. El zaguán, empedrado con losas, era espacioso, y del centro del techo colgaba un farol; a un lado, próximo a la calle, había un puesto de zapatero remendón, y en el fondo, una covacha de madera pintada de amarillo. A mano izquierda de la covacha comenzaba una escalera vieja y apolillada, y a mano derecha había una mampara de cristales con una puerta, por la que se pasaba a un patio con arcos. Este patio tenía en una esquina una puerta que daba a los almacenes, y en la otra, un pasillo obscuro que conducía a otro patio pequeño, con un arbolito enclenque. El patio grande estaba enlosado, y tenía en una de sus paredes una parra, que regaba con un bote el encuadernador, que vivía en uno de los cuartuchos interiores del piso bajo. Esta parra daba al patio cierto aire aldeano. Toda la planta baja estaba formada por sótanos, crujías y almacenes negros y abandonados, con las paredes salitrosas. Uno de estos almacenes, en el que no entraba nadie, tenía una fuentecilla rota que representaba una cabeza de Medusa. La Gorgona, de piedra, estaba borrosa, a fuerza de golpes.

En los cuartos interiores, a los que se llegaba por una escalera obscura, vivían gentes raras: un medio mendigo, que andaba por las iglesias; una señora y su hija, venidas a menos, que cosían para fuera, y una vieja pequeña, arrugada y negra, que cuidaba de las sillas de las Descalzas.


II.
FAUNA Y FLORA DE LA CASA

Yo soy misántropo y odio el género humano. En lo que te concierne, siento que no seas un perro; quizá podría amarte algún poco.

Shakespeare: Timón de Atena.

El que entraba en el viejo caserón de los Capellanes y subía desde el portal a las guardillas, he aquí lo que iba viendo:

El primer encuentro, naturalmente, era el del portero y zapatero remendón Francisco Cuervo, un antiguo soldado del ejército de la Fe, del año 23, donde se había reunido la flor y nata de los bandidos y criminales de todas las Españas.

Francisco Cuervo, alias Paco, don Paco, Paquito, don Paquito, Cuervo, el Cuervo y el Chepa, porque tenía la espalda de jorobado, era hombre de unos cuarenta y cinco años, de aire frío y siniestro.

El Cuervo manifestaba cierta mala sangre y cierto ingenio. Era un misántropo. Tenía réplicas incisivas y ocurrentes. Una vez uno de los carreteros que llevaban la sal a la casa le contaba con un gran lujo de detalles sus infortunios conyugales. El Cuervo, después de oírle burlonamente, le dijo:

—¿Sabe usted lo que le digo?

—¿Qué?

—Que vale más que eso le haya pasado a usted que no a otro.

—¿Por qué?

—Porque otro no hubiera tenido su paciencia.

Y el Cuervo dió una puntada al zapato que estaba componiendo. Al Cuervo le gustaba mortificar a la gente. Cuando fué cabo de voluntarios realistas se distinguió por su maldad más que por su valor. A su mujer, de aspecto débil y enfermizo, la dominaba y martirizaba con saña.

El Cuervo tenía un perro tan malo como él. Era un perrillo viejo, sarnoso, que mordía a los chicos y gruñía a todo el mundo. El zapatero le había puesto por nombre Rodil, para expresar su desprecio por el general que había perseguido a don Carlos.

El remendón azuzaba a Rodil, que perseguía a los gatos. El perro era menos cruel que el amo: cuando cogía una rata la mataba; en cambio, el Cuervo, cuando cogía una rata la rociaba con petróleo y la pegaba fuego, riendo a carcajadas. El zapatero no faltaba a ninguna corrida de toros ni a ninguna ejecución.

El Chepa tenía una gran admiración y un gran respeto por el amo de la casa, don Tomás Manso, que había sido su jefe entre los voluntarios realistas.

El Cuervo se manifestaba como hombre de gran inteligencia y de astucia, sobre todo para lo que fuera intriga y maldad. Debía tener algún temor que le inquietaba, porque siempre andaba mirando, desde el portal, a derecha y a izquierda de la calle, y no salía nunca solo. Si salía solo, esperaba al anochecer y marchaba embozado en la capa.

En el entresuelo de la casa vivía un dependiente antiguo apellidado Gómez. Narciso Gómez era un hombre insignificante, gordito, tirando a rubio, casado con una mujer muy chismosa y muy coqueta que se llamaba Juana. Juanita era una mujer pálida, blanca, con los ojos claros y un aire de avispa.

Juanita tocaba la guitarra y cantaba. Solía tener grandes éxitos con la canción del Triste Chactas, que acababa con el estribillo de «Sin mi Atala no puedo vivir».

Juanita solía visitar una casa de huéspedes que había en la vecindad, y estaba enredada con uno que vivía allí de pupilo, un tal Luis, empleado en un Banco. Este Luis era un hombre guapo, de unos treinta años, muy satisfecho de su barba, de sus manos y de sus uñas. Fuera de sus cuentas, de los cuidados de su barba, de sus manos y de sus uñas, era un pobre imbécil.

Juanita le engañaba a Gómez, a su marido, con don Luis; pero si hubiera estado casada con éste, le hubiese engañado con Gómez.

Se decía por las malas lenguas de la calle de la Misericordia, 2, que Juanita había tenido algo que ver con don Tomás, el amo de la casa.

—Es falso—decían los que negaban este rumor—. Ella es capaz de eso y de mucho más; pero él, no.

Juanita unía a su descoco una mala intención señalada y mordía cuanto podía y como podía en la fama de las mujeres de la vecindad.

En el primer piso de la casa vivía el dueño, don Tomás. Este hombre tenía ya cerca de sesenta años y estaba casado con una mujer joven y bonita. Don Tomás era hombre alto, delgado, pálido, afeitado cuidadosamente, con el pelo cano, siempre vestido de negro.

Su perfil era de medalla antigua; tenía una cara de esas que parecen de plata, una cara reconcentrada y grave. Don Tomás era gran trabajador, gran madrugador, muy ordenado y meticuloso. Prestaba dinero a rédito de una manera un tanto usuraria; pero era capaz de hacer un favor y de dar dinero sin interés. Había favorecido en repetidas ocasiones a la familia suya del pueblo; pero estaba convencido de que había hecho mal, porque no había obtenido más que olvidadizos y desagradecidos.

Don Tomás creía firmemente en la maldad humana. De ahí que fuera un absolutista fiero. Para él el hombre debía estar siempre sujeto y atado como un perro de presa para que no mordiese.

Solía vérsele a don Tomás, de día, recorriendo el almacén, y por las noches, armado de una linterna, en compañía del Cuervo, registrando la casa. La habitación donde vivía don Tomás representaba muy bien el carácter de su dueño. Era una casa lóbrega, obscura, en que constantemente estaban cerrados los cuartos; tenía una sala de respeto de color rojo, con una sillería de damasco, con todas las sillas pegadas a las paredes, y en el techo, una araña de cristal. El comedor era triste, recibía la luz por la cocina, y las alcobas, sin luz y sin ventilación, estaban llenas de armarios, de cómodas y de baúles, de estampas de santos y de algún Niño Jesús metido en un fanal, con falditas y una bola de plata en la mano.

De unas habitaciones a otras se pasaba subiendo o bajando varios escalones.

El despacho de don Tomás era un cuarto grande con una ventana al patio de vidrios pequeños y emplomados y un papel amarillo desteñido. Tenía un armario alacena hecho en el hueco de la gruesa pared, con unas cortinillas verdes sobre los cristales, un buró de caoba, sillas también de caoba y una caja de caudales de hierro. Sobre la mesa, y en la pared, había un crucifijo de marfil y una estampa con la imagen del infante don Carlos.

El suelo del despacho era de baldosas rojas y solía estar cubierto por una estera amarilla en invierno. En un ángulo, sobre un estante, había varios libros de comercio, de pasta verde, con las cantoneras de cobre. En este despacho, triste y frío, don Tomás trabajaba invierno y verano, vestido siempre de negro y con un gorro también negro. Don Tomás no tenía nunca fuego en la casa.

Don Tomás guardaba el dinero en unos capachos pequeños, donde ponía los duros, las pesetas y los cuartos, y tenía una gran cartera para los billetes de Banco.

Desde la puerta mampara del corredor se le veía escribiendo con una pluma de ave, con una letra española de finos gavilanes, dedicándose a estas fórmulas tan queridas por los españoles: «Mi querido amigo y dueño: Su majestad el Rey, que Dios guarde, etc., etc.»

Don Tomás no salía casi nunca de día. Al anochecer se vestía con cierta elegancia, se ponía camisa y cuello limpio, la capa, el sombrero de copa alta, el bastón, y se marchaba a la calle, siempre muy serio y grave.

Al volver a casa encendía una vela y volvía a su despacho, donde solía estar escribiendo.

Don Tomás trataba de convencer a todos que el mundo había degenerado de tal manera que nada era digno de interés.

En el piso segundo, en la parte que daba a la calle, tenía una casa de huéspedes una señora gruesa, doña Leonarda, casada con un francés. Era una casa de huéspedes de gente acomodada, en donde se comía bien. El pupilo más antiguo era un tal don Jacinto, un viejo currutaco, agente de negocios, que iba a todos los teatros y fiestas y visitaba a don Tomás. En esta casa vivía también don Luis, el amante de la Juanita.

Un poco más arriba que la casa de doña Leonarda, la escalera se bifurcaba y había un arco que daba a la habitación de los frailes. Después, más arriba, volvía a bifurcarse la escalera, y por otro arco se pasaba al cuarto del capellán de las Descalzas. Estos dos arcos constituían la servidumbre de la casa.

Unas escaleras más arriba había un cuarto grande y largo, con tres ventanas, que abarcaba una de las paredes del patio.

Este sotabanco se hallaba hecho primitivamente sobre el tejado y estaba sin baldosas y sin cielo raso. Había allí relojes parados, cajas cerradas, sacos y, en un estante, una porción de instrumentos de platero.

El padre de don Tomás había tenido este oficio, y el mismo don Tomás lo había practicado en su juventud.

Por la parte de atrás el sotabanco tenía una puerta pequeña, con un montante que daba a una escalera estrecha.

Por esta escalera se llegaba a una azotea abandonada, con unos palos podridos y unos trozos de cuerdas de esparto.

Más arriba, y al otro lado del sotabanco, estaban las guardillas, en donde dos dependientes de don Tomás, Burguillos y el Morenito, tenían sus viviendas.

Burguillos, ex sargento realista, había establecido sobre el tejado una azotea de tablas, con un barandado de madera, y puesto luego unas cajas con plantas en su terraza, que cuidaba y consideraba como los jardines colgantes de Nínive.

Vigilante de esta terraza era el gato Manolo, que cazaba golondrinas y vencejos, y era tan listo como su amo.

Desde la azotea de Burguillos, hecha de contrabando, pues las monjas de la vecindad, de saber que había allí un observatorio, no lo hubieran permitido, se abarcaba el jardín de las Clarisas, que tenía un estanque, y se veía pasear a las profesas y trabajar al jardinero.

Burguillos era manchego, hombre de cara dura y juanetuda, bigote entre cano, orejas como aventadores, frente pequeña y estrecha y color cetrino. Burguillos, flor de pedantería castellana, hablaba siempre ex cathedra, con esa perfección que a algunos encanta y que, en general, no consiste mas que en el uso de lugares comunes. La frase, el refrán, el como dice el otro, estaban siempre en sus labios. Burguillos se creía la ciencia infusa, sabía hacer de todo; pero de todo mal, por lo que sus enemigos le motejaban de chapucero. Hablaba por sentencias y era extraordinariamente dogmático. Este manchego tenía una hija muy guapa, la Pepa, una mujer con ideas de manola, tan redicha como su padre, de quien, al parecer, había heredado su manera de hablar recortada y sabihonda. La Pepa era costurera y aficionada a toda clase de desplantes.

La Pepa, moza vistosa, morena, tenía unos ojos negros, grandes, brillantes, de estos ojos que parecen reflejar mejor el mundo exterior que la vida del espíritu.

Burguillos albergaba un huésped, un empleado del Monte de Piedad, don Plácido del Moral. Don Plácido, hombre de unos cincuenta años, seco, espartoso, vivía muy humildemente.

Don Plácido era soltero, económico y avaro. Decía a todo el mundo alguna frase amable; cerraba su guardillita, como decía él, y no permitía que nadie entrara en ella.

Era hombre bastante ilustrado, de buena memoria, que sabía latín. Le hacía copias de documentos al capellán mayor de las Descalzas. Compraba la ropa y los sombreros en el Rastro, y leía las Odas de Horacio, en latín, en un viejo ejemplar grasiento.

Don Plácido había sido un gran aventurero: había estado en América y tomado parte en la guerra de la Independencia y en las luchas de los años constitucionales. Su falta de imaginación extraña le hacía contar con tan poco encanto lo visto por él que, al oírle, su vida de militar no parecía mas que una serie de fechas de salida de un pueblo y entrada en otro. La guerra para él era una cosa burocrática y aburrida.

El otro empleado de la casa, el Morenito, era un hombre muy callado; tenía la cara amarilla, los ojos pequeños, brillantes, como granos de café tostado, el bigote negro y el traje negro. Daba la impresión de una urraca.

De los frailes franciscanos que vivían en la casa y eran confesores de las monjas, el más constante era el padre Cecilio, un fraile grueso, abultado, poco inteligente y, por eso quizá, predicador favorito de las monjas.

Le solía acompañar un lego, el hermano Félix, un hombre grueso, grasiento, como derrengado, con una manera de andar de pato, unos ademanes afeminados y una voz atiplada. El hermano Félix había estado largo tiempo rasurado; pero después de la matanza de frailes se dejaba la barba, negra y cerrada. Este hermano Félix era un tipo repulsivo e inquietante.

El capellán mayor, don Bernardo, tenía una cara de aldeano castellano, dura y ceñuda; pero era buen hombre. No trataba apenas con nadie, no miraba de frente y estaba dedicado a estudios históricos.

Cuando alguno lo visitaba le veía escribiendo en una mesa pequeña, rodeado de manuscritos y de libros viejos, en un pequeño despacho con estantes llenos de tomos en pergamino. Por entonces estaba componiendo la historia de algunas comunidades religiosas.

Don Bernardo era gran latinista e historiador concienzudo, con lo cual no ganaba favores ni amistades.

—Antes que nada, la verdad—solía decir rudamente y mascullando las palabras.

Con este espíritu verídico no quería meterse en cuestiones de moral y de dogma, comprendiendo que podía venirse abajo su fe.

Don Bernardo decía misa en las Descalzas, pero por cualquier motivo se quedaba en casa y no iba a la iglesia. Siempre inclinado a la transigencia en cuestiones de moral, contrastaba con el padre Cecilio, que era intransigente y fanático. Don Bernardo encontraba precedente para todo; así que él y el fraile franciscano de la vecindad no se tenían la menor simpatía.

Había quien aseguraba que el padre Cecilio odiaba profundamente a don Bernardo, y que don Bernardo despreciaba en general a los frailes, y sobre todo a los de la vecindad.

La casa de los Capellanes, antes como un pólipo unido a la iglesia y al convento, tenía su vida propia.

Se dice que cada casa es un mundo. Aquella lo era. Había sus preocupaciones, sus enredos amorosos y sus misterios. La Pepa de Burguillos, la Juanita y las muchachas de casa de don Tomás y de la casa de huéspedes daban pábulo a la murmuración.

Se hablaba de que don Tomás guardaba secretos; se decía que debajo de uno de los almacenes de sal, del que tenía en la pared una fuente de alabastro con una cabeza de Medusa, había una cueva con grandes subterráneos, y que estos subterráneos comunicaban por galerías con el convento de las Descalzas y con el Palacio Real.

Burguillos, que a veces trabajaba de albañil, aseguraba haber recorrido parte de estos subterráneos.

Como moluscos agarrados a una roca vivía aquella parte de humanidad en el viejo caserón.

Era por dentro una casa siniestra esta casa del barrio de las Descalzas, Misericordia, 2; una casa buena para crímenes, para duendes, para toda clase de intrigas y de misterios.


III.
LA EJECUCIÓN DE MIYAR, EL LIBRERO

Y también pronto, en son triste,
lúgubre voz sonará:
¡Para hacer bien por el alma
del que van a ajusticiar!

Espronceda: El reo de muerte.

A principio de 1831, don Tomás Manso puso en su casa, como dependiente, a un sobrino suyo en segundo o tercer grado, llegado de Lerma, llamado Miguel Rocaforte. Miguel, cuando vino a Madrid, era un joven cándido, violento, lleno de ilusiones.

Entró a trabajar en el despacho de la calle de la Misericordia, a las órdenes de Narciso Gómez, el casado con doña Juanita; y como su tío no quería que Miguel fuera a una casa de huéspedes, ni tampoco llevarlo a vivir con él, porque era celoso, hizo que a su sobrino le pusieran la cama en el sotabanco grande y largo, en donde había relojes descompuestos y herramientas de platero.

Miguel trabajaba con don Narciso en el piso bajo, en un rincón estrecho y húmedo, con una ventana con rejas que daba al patio. Este despacho tenía una puerta al pasillo, largo y obscuro, que comunicaba con almacenes, en donde se veían montones de sal y bolas también de sal, algunas tan grandes, que parecían las bombas de los parques de Artillería.

El ambiente de aquel piso bajo era muy húmedo, parte porque no tenía ventilación, y parte por la eflorescencia de la sal.

Los primeros meses de estar allí Miguel, los pasó aburrido y desesperado, haciendo proyectos para marcharse a otra parte; luego, cuando conoció al encuadernador, que vivía y tenía un pequeño taller en el piso bajo y que le prestaba libros, se dedicó a leer; después se acomodó a su vida de empleado, le tomó gusto a su sotabanco, en donde estaba solo e independiente, salió a la calle y tuvo amigos y fué al teatro.

Cuando Miguel entró en casa de don Tomás tenía diez y nueve años. Era un joven romántico y alocado, que en su pueblo había comenzado a hacer calaveradas, a leer versos y a escribirlos.

El y un rival suyo en aventuras, León Zapata, habían escandalizado el pueblo, haciendo de fantasmas por las calles de Lerma y cantando el Trágala delante de la casa de los absolutistas.

Según Aviraneta, Miguel no podía servir para una vida tranquila y ordenada. Don Eugenio le encontraba temperamento de guerrillero. Con el Empecinado o con Mina, decía, hubiera llegado pronto a capitán o a coronel. Era hombre mejor para manejar un sable que para trabajar con la pluma. Impulsivo, valiente, atrevido, imprevisor y con una vanidad absurda, era un tipo de estos, añadía Aviraneta, que tienen una mentalidad de militares, de tenores de ópera, tipos para quienes la vida es una sucesión de arias. Colocarse en una situación interesante, y a poder ser dramática, y defender luego su papel de una manera briosa, constituía la más grande preocupación de Miguel. Miguel, como la mayoría de los hombres impulsivos que razonan ligeramente, iba a la acción con una fuerza y una energía sorprendentes.

—Yo—decía Aviraneta—quise dar a aquel muchacho preocupaciones políticas y hacerle en la cárcel un auxiliar mío; pero Miguel era incapaz de someterse a nada.

Miguel, los primeros meses de estar en Madrid, no tenía más amigo que Gómez, el empleado, y Gómez le desesperaba. Este era un hombrecito insignificante y sonriente, contento con su suerte, a pesar de que todo el mundo decía que su mujer le engañaba. De noche, a la luz de una lamparilla de aceite, Miguel leía en su sotabanco poesías románticas y novelas lacrimosas.

Un día, poco después de llegar a Madrid, supo por el portero de la casa, el Cuervo, y por Burguillos, que iban a ejecutar a un librero liberal en la plaza de la Cebada.

Los dos compadres le invitaron a acompañarles a presenciar la ejecución, y al mediodía, después de trabajar en el almacén y de dejar el zapatero remendón a su mujer al cuidado del puesto y de la portería, marcharon los tres, cruzando calles, a salir a la de Toledo, y llegaron a la plaza de la Cebada, que entonces se hallaba despejada y libre de todo edificio.

Los soldados rodeaban el patíbulo y formaban el cuadro. Una multitud de desharrapados se apiñaban para presenciar el suplicio, y los dragones hacían caracolear los caballos y los llevaban para atrás, a meterlos entre las filas de los curiosos. Tocaban las campanas a muerto en todas las iglesias próximas: en San Isidro, en San Millán, en la Almudena, en el Sacramento y en la capilla del Obispo; y los hermanos de la Paz y Caridad, vestidos con sayones negros, recorrían las calles por parejas; unos, haciendo sonar la campanilla, y otros, mostrando una caja de hoja de lata y diciendo con voz triste y monótona: «Para hacer bien por el alma del que van a ajusticiar». Miguel y sus dos compañeros se detuvieron en medio de la multitud.

Miguel oyó decir que la mujer del librero Miyar había ido el día anterior a Aranjuez a pedir gracia al Rey. La pobre mujer esperó a Fernando VII; pero Fernando no salió porque llovía; quizá no salió por temor a verse obligado a perdonar; cosa que debía ser desagradable para un hombre bajo y rencoroso como él.

A las doce y media, próximamente, comenzó a aparecer la comitiva en la plaza de la Cebada. Un hermano de la Paz y Caridad, llevando una gran cruz, precedía el cortejo. Detrás marchaban dos filas de encapuchados, con cirios amarillos en la mano, cantando una letanía; luego, un piquete de alguaciles a caballo.

Inmediatamente después, montado en un burro, venía el librero Miyar, entre dos curas. Vestía una hopa blanca y larga; estaba tan blanco como la hopa y tenía las manos amoratadas, casi negras, por la presión de la cuerda, que le martirizaba. Entre las manos agarrotadas llevaba una estampa de Cristo.

Al ver la horca, el reo volvió la cabeza con horror y miró hacia el público con los ojos dilatados por el espanto; pero los curas le obligaron a seguir, poniéndole un crucifijo delante.

El Cuervo, entonces, dirigiéndose al reo, exclamó:

—¿Qué, creías que te iban a dar dulces?

Burguillos celebró la frase.

Miguel, indignado, hizo un gesto de disgusto y de molestia y se separó bruscamente de sus compañeros. Este gesto lo notaron un joven y un viejo, que se acercaron a él en seguida.

—¿Es usted amigo de ese jorobado?—le preguntó el viejo.

—No; vive en la casa donde yo trabajo, pero no tengo nada que ver con él, ni comparto sus sentimientos.

El joven y el viejo le estrecharon efusivamente la mano. Miguel no quiso presenciar la ejecución. El joven y el viejo se unieron a Miguel y subieron calle de Toledo arriba. El joven era alto, flaco, con melenas, y vestía gabán y sombrero de copa; el viejo, más bajo, llevaba sombrero ancho y capa.

Al pasar por un café de la calle Imperial, el joven les invitó a entrar a Miguel y al viejo; pero éste dijo que no, y les llevó a una taberna próxima. Era la taberna del hermano de Balseiro, ladrón que tuvo luego gran fama y que estuvo complicado en el proceso de Candelas.

El joven y el viejo, al encontrarse dentro de la taberna, hablaron con violencia y desfogaron su furor.

El Rey, según el joven, era un miserable, un malvado, un hombre vil, sin corazón, sin conciencia, dominado por una camarilla de lacayos y por los frailes.

El viejo habló de la miserable farsa que suponía el condenar a un hombre a muerte y ponerle una estampa de Cristo en las manos; como si no fueran ellos, los que se decían representantes de Cristo, los que le condenaban. Miguel les oyó con gusto, porque aquellos hombres tenían sus ideas; luego se despidió de ellos para llegar a tiempo al almacén.

Al entrar en la casa oyó contar al Cuervo la ejecución de Miyar, con todos sus detalles, riendo, como si se tratara de una de las cosas más divertidas y chuscas que se pudiera contemplar.

Cuando Miguel habló de esta cuestión vió que todos los de la casa, comenzando por don Tomás y siguiendo por el padre Cecilio, aseguraban que el librero Miyar estaba bien castigado, porque era un hereje y había que hacer un escarmiento con ellos.

Había poca misericordia en aquella casa de la calle de la Misericordia, 2.

Miguel Rocaforte tuvo que disimular sus ideas, con gran desesperación suya. Sabía que don Tomás era carlista, pero no lo creía tan fanático; luego averiguó que había sido administrador del duque del Infantado, y que era por entonces uno de los hombres de más influencia del partido apostólico.

Unos años después contaba Miguel en su Diario, cuando la matanza de frailes, vió al joven y al viejo a quienes había encontrado en la plaza de la Cebada en la ejecución de Miyar aplaudiendo a las turbas en la calle de Toledo, mientras quemaban los muebles sacados de San Isidro y llevaban en un carro los cadáveres de los frailes.

Al principio de llegar a Madrid, Miguel se mezcló en las algaradas callejeras y habló de política con entusiasmo; luego el amor borró estas preocupaciones y le absorbió por completo.

Miguel cometió la torpeza, de que luego se arrepintió, de tomar como confidente de sus amores a su paisano León Zapata y de presentarle a éste a don Plácido, el huésped de Burguillos.


IV.
SOLEDAD

Non olvides la dueña, dicho te lo e desuso.
Muger, molyno e huerta syempre quieren el uso.

Arcipreste de Hita: Libro de Buen Amor.

A los tres meses de vivir allí, Miguel era un elemento importante de la casa. Las muchachas de don Tomás, doña Juanita, la Pepa de Burguillos, le buscaban y le hablaban. Se hizo amigo de don Plácido y fué con éste a visitar al cura don Bernardo y a oír sus sabias disertaciones históricas.

Iba Miguel con frecuencia a la casa de Burguillos y charlaba allí con la Pepa. Los desplantes chulescos de ésta no llegaron a entusiasmar al joven Miguel. Por otra parte, don Plácido le dió malos informes de la hija del manchego.

Don Plácido tenía poca simpatía por las mujeres, en general, y menos por la hija de su patrón, a la que acusaba de egoísta, de interesada y de coqueta.

Gómez, el empleado, le llevó también a Miguel algunos días a su casa. Narciso Gómez no le tenía simpatía a Rocaforte; pensaba que el patrón favorecería al joven por ser su sobrino. Mientras don Tomás no hizo la menor distinción por Miguel, Gómez tampoco la hizo; pero cuando vió que el muchacho entraba en la casa del principal, se apresuró a llevarle a la suya.

Juanita, la mujer de Gómez, coqueteó con Miguel y le dió broma por las conversaciones que tenía con la Pepa Burguillos. A su vez, la Pepa le dijo a Miguel que ya sabía que iba a casa de Gómez y que charlaba con la Juanita.

—Esa no dice a nadie que no—acabó diciendo la chulona de la guardilla—; cuando se le va un cortejo, toma otro. Pobre marido.

Miguel, que se vió solicitado por las dos mujeres, se dió tono y no se decidió por ninguna de las dos.

Don Tomás, al saberlo, comenzó a tener alguna confianza con Miguel y a convidarle a comer los domingos por la noche.

No era un anfitrión muy amable don Tomás. Hablaba poco. Leía la Gaceta o algún periódico moderado y hacía comentarios sobre la marcha política de España, siempre desde un punto de vista terriblemente absolutista y ultramontano. Miguel tenía que ocultar sus ideas y estaba obligado a rezar el rosario al despedirse para irse a dormir.

A veces, en la conversación, haciéndose el cándido, intentaba dar una opinión liberal; pero don Tomás le hacía callar con desdén, como si no mereciera la idea expuesta el ser examinada en serio.

Cuando iba de tertulia el padre Cecilio, éste definía desde lo alto de su sapiencia, y sus opiniones eran dogmas. Lo había dicho el padre Cecilio, no se podía volver sobre el asunto. Miguel tenía que violentarse y morderse los labios para no protestar de las opiniones del fraile. Más que la opinión en sí le molestaba el tono sin réplica con que la emitía el padre franciscano.

La mujer de don Tomás, Soledad, era una mujer joven, bonita, con una cara de virgen resignada y triste. Soledad tenía el óvalo de la cara muy alargado, los ojos grandes, obscuros, la expresión melancólica y el color pálido; se tocaba con sencillez, sin coquetería, y vestía siempre de negro.

La madre de Soledad, mujer enferma, medio paralítica, vivía encerrada en su cuarto, cuidada por su hija. Soledad se había casado con don Tomás, a pesar de que le doblaba la edad, pensando en su madre enferma, porque madre e hija antes de casarse ésta vivían en una pobreza rayana en la miseria.

Don Tomás creyó que había hecho bastante con librar de la miseria a Soledad y a su madre, y no se ocupaba gran cosa de su mujer. Suponía que Soledad debía ser su ama de llaves, y que este cargo le tenía que bastar para estar satisfecha y contenta.

Miguel, al principio, no se ocupó de Soledad, ni Soledad de Miguel; pero llegó un día en que empezaron a observarse el uno al otro, y él fué viendo que, a pesar de su aire encogido y triste, ella era una mujer bonita, y Soledad notó que Miguel era un guapo mozo que le miraba a hurtadillas siempre que podía.

La confianza entre Soledad y Miguel se fué estableciendo muy lentamente, y de repente brotó entre ellos el amor como una llama.

Quizá Miguel tenía ideas falsas acerca de las mujeres, y decía muchas veces insensateces y locuras; pero Soledad sabía, sin duda, desprender toda la broza literaria de la conversación de Miguel y no ver en sus palabras mas que el entusiasmo que se transparentaba en ellas, como en su actitud y en su expresión.

Por otra parte, Soledad tenía horror por el adulterio y por el escándalo; pensaba a todas horas en el infierno; pero Miguel le inspiraba confianza.

Durante el día Miguel solía ver algunas veces a Soledad asomada a los cristales desde las rejas de su despacho, y llegó un tiempo en que sabía las horas exactas en que ella se asomaba.

Un domingo, por la mañana, Miguel escribió una carta de amor y se la mostró a Soledad desde la ventana del sotabanco. Ella hizo desde dentro un signo de asentimiento. Miguel metió la carta en un libro, lo ató con un bramante y fué bajándolo hasta que ella pudo coger el libro. Al día siguiente Soledad contestaba, y una correspondencia apasionada se cruzaba entre los dos.

Miguel inventó una porción de procedimientos ingeniosos para que no se descubriese la correspondencia, y durante algún tiempo nadie se enteró.

Sin duda alguna, Miguel vió en la iniciación de aquellos amores un triunfo personal, un triunfo de soberbia contra la estupidez satisfecha de don Tomás y el dogmatismo categórico y cerril del padre Cecilio; Miguel pensó más en su vanidad satisfecha que en la mujer que por él se comprometía; después fué perdiendo la satisfacción de su orgullo y se encontró preocupado con la situación en que se hallaba y con la que había dejado a la mujer que quería.

En aquel momento se olvidó de su actitud literaria, romántica, y comenzó a adquirir una idea de responsabilidad.

Entonces se le ocurrió el proyecto de ponerse a estudiar francés e inglés, e irse al extranjero con Soledad.

A otro quizá la reflexión le hubiera echado atrás; pero Miguel tenía alma de conquistador, de guerrillero y más bien amaba el peligro que lo rehuía.

Soledad había vivido en un ambiente completamente hostil; cuidaba de su madre, hacía los quehaceres de la casa y estaba espiada por todos los vecinos y vecinas, comenzando por la Pepa y la Juanita. Si alguna vez se quejaba de que su vida era triste y aburrida, los pocos contertulios que visitaban a don Tomás caían sobre ella, y la decían, entre ironías y sarcasmos, que la vida ideal para una mujer consistía en estar unida a una persona respetable y religiosa. Todo lo demás no valía nada, eran únicamente tonterías y romanticismos de la época. En este todo lo demás entraba lo único agradable que puede tener la vida.

Soledad llevaba una existencia triste, cuidaba de su madre, hacía los quehaceres y apenas salía de casa. No había estado nunca en el teatro ni leído mas que libros de religión. No tenía amigas; los días de fiesta iba a la iglesia de las Descalzas, y después daba una vuelta para hacer algunas compras.

Miguel, en su exaltación romántica, convenció pronto a Soledad que la vida no era esta triste rutina; que el amor resplandece en la existencia como la Vía láctea en las noches estrelladas, y que cuando el corazón ha hablado se puede y se debe saltar por encima de las preocupaciones sociales.

Ella se dejó convencer rápidamente; él seguía escribiéndola cartas, que ella leía y que contestaba robando horas al sueño. Miguel y Soledad tuvieron un domingo una cita, y luego varias. El solía esperarla en el claustro de las Descalzas, y en una de las ventanas dejaba escrito con lápiz el sitio de la cita donde debían reunirse.

A pesar de todas sus precauciones, los amores trascendieron. La Pepa, la Juanita y el Cuervo habían formado, alrededor de ellos, una red de espionaje.

Don Tomás se manifestaba impasible, sin la menor sospecha, de una ecuanimidad extraordinaria. Soledad sentía un gran terror, que iba aumentando por momentos al encontrarse frente a su marido, y este terror se lo comunicó a su amante.

Su esposo era hombre de una frialdad terrible y de unas pasiones reconcentradas, le decía a Miguel. Ella le había visto algunas veces, aunque no muchas, perder su aire tranquilo y convertirse en una fiera.

La posibilidad de que su marido, enterado ya de cuanto ocurría, se manifestara tan impasible, redoblaba su terror. Soledad temía que su marido lo supiera todo y estuviera preparando una venganza terrible.

—Que caiga la venganza sobre mí, que soy la más culpable—decía ella.

Miguel quería creer que don Tomás era un pobre hombre que no se enteraba de nada, ni era violento. Sin embargo, iba sabiendo que su patrón había tenido negocios peligrosos de contrabando, que se había manifestado como un guerrillero audaz, y que en sus tentativas de conspiración con los absolutistas había sido tan atrevido como enérgico.

Don Tomás guardaba secretos de sus correligionarios; la cueva de su casa, según se decía, estaba llena de cajas con papeles y documentos. El era el único que sabía lo que había dentro. Si alguno conocía parte de sus secretos, era el portero, el Cuervo, su hombre de confianza.

Muchos le tenían a este antiguo soldado del ejército de la Fe por cómplice de su amo. ¿Cómplice de qué? No se sabía; pero la idea de que entre los dos habían hecho algún desmán, se imponía al verlos. El Cuervo estaba entregado a su amo en cuerpo y alma.

Soledad, al pasar por el portal, temía la mirada de aquel zapatero siniestro.

Don Tomás solía ir con frecuencia a la librería de Monnier, con Miguel, a leer periódicos realistas franceses, cuyas noticias le interesaban.

Cuando la cuestión del supuesto robo de Castelo, y cuando Miguel no quiso dejarse registrar y fué llevado a la cárcel, don Tomás, a pesar de su impasibilidad, quedó sorprendido. La energía de su dependiente le admiró, y comprendió que era un hombre de fibra. Miguel llevaba en el bolsillo las cartas de Soledad y su Diario.

Rocaforte, al ingresar en la Cárcel, pensó que el peligro en que se encontraba Soledad estaba conjurado; y se prometió no decir nada, aunque tuviera que permanecer allí largo tiempo.

Don Tomás examinó la conducta de su dependiente y llegó a ver en claro la causa por la cual no había querido dejarse registrar.

Le faltaba la prueba, y supuso que, tarde o temprano, la encontraría.

En el tiempo en que Miguel estuvo preso, Soledad sufrió grandemente; su madre murió, y ella fué poniéndose cada vez más pálida y más triste.

Don Tomás decidió enviarla a Sigüenza, a casa de unos parientes.


V.
ANÓNIMOS

Los malvados son como las moscas, que recorren el cuerpo del hombre y no se detienen mas que sobre sus llagas.

La Bruyere: Los caracteres.

En el tiempo en que Miguel estuvo preso en la Cárcel de Corte se recibieron varios anónimos en casa de don Tomás. Uno de ellos era de Juanita, la mujer de Gómez; los otros, de León Zapata, el paisano de Miguel. La Juanita tenía gran odio por Soledad.

Zapata quería mortificar a don Tomás y de paso estorbar el éxito de Miguel. Don Plácido le sirvió de apuntador y le dió datos de la gente de la casa.

El anónimo de Juanita, que iba dirigido a don Tomás, decía así:

«Con gran sentimiento de mi parte, tengo que participarle a usted que su mujer le engaña con Miguel Rocaforte, el que está ahora en la cárcel. Pregunte usted en la calle de Peregrinos, 4, donde Soledad y Miguel se han visto, y le darán noticias.

Un amigo.»

Los anónimos de Zapata se sucedieron durante largo tiempo y tenían otro carácter. Fueron varios.

El primero decía así:

«En esa santa casa antigua de Capellanes hay una mujer que adorna la frente de su marido. Es Juanita, la señora de Gómez. El señor Gómez no puede ya con su cabeza. Cada año un asta más.

¡Buena está la casa de la calle de la Misericordia, 2!

El duende.»

Al día siguiente llegó otro anónimo:

«El joven Miguel Rocaforte se jacta en todas partes de haberle puesto los cuernos a su principal. Estaba escrito: Manso has sido, manso eres y manso serás.

¡Buena está la casa de la calle de la Misericordia, 2!

El duende.»

Al cabo de poco tiempo vino otro papel:

«En esa santa casa, hoy de la Sal, hay un Cuervo que debía graznar, ya hace tiempo, en el patio de un presidio. Ese Cuervo, mal zapatero, es un bandido, miserable y estafador, que engaña a todo el mundo, empezando por su amo. ¡Buena está la casa de la calle de la Misericordia, 2!

El duende.»

A los pocos días se recibió otro anónimo:

«En esa cristiana casa hay una Pepita que tiene dos cortejos a la vez: uno para los días de fiesta, y otro para los días de labor. Ahora la visita el cerdo del padre Cecilio. ¿Qué hace mientrastanto Burguillos? Burguillos calla y otorga. ¡Buena está la casa de la calle de la Misericordia, 2!

El duende.»

Por último, se recibió esta letanía, que decía así:

«Letanía para recitar en la casa de la Sal.

De la mansedumbre de don Tomás Manso,
De la gracia del Cuervo,
De las visitas de los padres franciscanos,
De los chismes de las monjas Clarisas,
Líbranos, Señor;
Del ceño de don Bernardo,
Del vientre del padre Cecilio,
Del contravientre del hermano Félix,
De la charla de don Plácido,
Líbranos, Señor;
De los ardores de la Pepita,
De los malhumores de Juanita,
De los cuernos del buen Gómez,
De los flatos de Burguillos,
Líbranos, Señor;

Líbranos, Señor, de tanto bellaco, de tanto cornudo, de tanta pécora como habita esa casa, Misericordia, 2. ¡Misericordia, Señor!

El duende.»

Don Tomás leyó con una terrible indignación estos anónimos. El primero comprendió que partía de alguna de las mujeres de la casa, de la Pepa, o de la Juanita; los otros, pensaba que debían ser de algún amigo de Miguel; pero no podía suponer de quién.


VI.
PREPARATIVOS

Que no quedara contenta
ni lograda mi esperanza
si no vieras la venganza
en donde viste la afrenta.

Guillén de Castro: Las mocedades del Cid.

El Cuervo había tenido siempre gran antipatía por Miguel. Sin duda, la juventud y la fuerza del joven excitaban su envidia.

El Cuervo había asegurado en la casa que Miguel no saldría de la cárcel; cuando le vió que volvía sintió por él un gran odio.

Don Tomás recibió a Miguel con marcada frialdad e hizo que el Cuervo registrara el cuarto y las ropas del joven. Este había dejado las cartas de Soledad y su Diario en manos de Aviraneta, en un paquete atado.

El Cuervo no encontró nada. Don Tomás pareció contentarse; pero el Cuervo insinuó a su amo y, al último, le dijo claramente que no por eso era menos cierto que Soledad se entendía con Miguel.

—¿Lo sabes tú?

—Lo sé todo.

—¿Te lo han dicho?

—Lo he visto.

—¿Qué has visto?

—He visto que se escribían cartas y luego se hablaban y se daban citas.

—¿Dónde se encontraban?

—Generalmente en el claustro de las Descalzas. Al principio, Miguel escribía con lápiz, en una de las ventanas, el lugar de la cita; luego iba ella y borraba lo escrito; después era un pobre que está a la puerta de esta iglesia el que se encargaba de su correspondencia.

—¿Lo viste tú?

—Sí.

—¿Qué viste más?

—Vi también que uno de aquellos días, al salir de la iglesia de las Descalzas, pasó por aquí doña Soledad como si fuera a hacer compras, miró a derecha e izquierda y entró en la calle de Peregrinos, donde la esperaba Miguel.

Don Tomás sintió que le sofocaba el ansia de vengarse; no le tenía gran cariño a su mujer, pero consideraba que al querer a Miguel ofendía en su dignidad al hombre que le había sacado de la miseria.

—Está bien—dijo don Tomás.

Para don Tomás la traición de Soledad y de Miguel era una prueba más de la maldad humana, del espíritu envilecido y encanallado de los hombres.

Ante el Cuervo, el amo consideraba que debía tener una actitud indiferente, como si hasta él no pudieran llegar las miserias humanas. Los siguientes días, a pesar de su impasibilidad, don Tomás se estremecía ante la mirada brillante e irónica del jorobado.

Miguel había vuelto a su trabajo y se manifestaba tranquilo y contento; su tío le hablaba poco; Gómez le miraba sonriente; Burguillos le contemplaba con atención, y el Cuervo le dirigía una mirada larga y rencorosa.

Una vez don Tomás y el Cuervo tuvieron una nocturna conferencia. Al día siguiente, por la tarde, era domingo y no había nadie en casa. Amo y criado entraron en el almacén de la fuente con la cabeza de Medusa, y estuvieron allí largo rato.

El almacén era bajo de techo, tenía rejas al patio y en el suelo grandes losas. Entre ellas había dos con hendiduras, como saeteras, que se podían levantar. Las levantó el Cuervo con una palanca y apareció un agujero grande y obscuro. Metió el Cuervo una linterna encendida, colgada de una cuerda, y se vió una oquedad hecha en tierra arenosa, en parte revestida por una bóveda de ladrillo, con arcos medio derrumbados.

Don Tomás y el Cuervo bajaron al subterráneo por una escalera larga, y lo reconocieron. Tenía una profundidad de ocho a diez metros. Estaba completamente cerrado, y no había comunicación alguna con el exterior; la única boca de galería que parecía haber existido en otro tiempo estaba cerrada por una gran piedra de molino. En el centro de esta piedra había un agujero. El Cuervo metió un hierro por él, sospechando si tendría una salida, y sacó trozos de carbón y de huesos.

Después de reconocer el subterráneo y ver que no tenía ninguna comunicación, volvieron amo y criado al almacén e hicieron entre los dos varias y extrañas maniobras. Sirviéndose de la palanca, llevó el Cuervo las dos piedras grandes que cerraban el boquete del suelo a un rincón, y sobre el agujero que quedaba, de un metro en cuadro, puso una esterilla ligera, que lo ocultaba perfectamente, sujeta en los bordes por unas bolas de sal. Delante del boquete colocó una mesa.

El Cuervo tenía imaginación para el mal. Excitaba constantemente a su amo. Don Tomás vacilaba; tan pronto consideraba la venganza como lógica y justa, como la tenía por excesivamente severa.

El Cuervo, que era el espíritu maligno que se cernía sobre el alma de don Tomás, le excitaba, le ponía a la vista la petulancia y la fanfarronería de Miguel.


VII.
EL CRIMEN

Madruga y mata primero.

Calderón: El monstruo de la fortuna.

Después de muchas conferencias con el Cuervo, don Tomás se decidió. Un día le dijo a Miguel:

—Tengo que enviar una persona con una comisión importante para Zaragoza, y de paso para Sigüenza. ¿Quieres ir tú?

—Con mucho gusto.

—Te advierto que es una comisión para los carlistas.

—No me importa.

—Bueno; pues pide un pasaporte y un billete para la diligencia.

Miguel se entusiasmó con la idea de ver pronto a Soledad, y no se le ocurrió la menor sospecha.

Dos días después le avisó a su tío y le dijo:

—Ya tengo todo en regla.

—Tienes que hacer el viaje con el máximo de prudencia. Es conveniente que digas a todo el mundo que te marchas hoy, y no te vayas hasta mañana. Ven esta noche a casa, a las doce; no subas a la habitación, para que no oigan los pasos. Te daré la llave, entras y pasas al almacén de la fuente, donde yo te esperaré.

—Está bien.

—También quiero que te confieses para salir de Madrid y hacer este viaje, que puede estar lleno de peligros.

—Bueno.

Miguel no hizo gran caso de este consejo. Por la noche estuvo en el Café Nuevo, y, poco antes de dar las doce, se acercó a la casa de la calle de la Misericordia. Miguel iba muy embozado en la capa; hacía una noche negra de invierno. El joven empujó el postigo de la puerta, que se abrió sin ruido, y lo volvió a cerrar, pasó el zaguán, abrió la puerta de la mampara de cristales, que comunicaba con el patio, y luego, la del almacén de la fuentecilla.

—¡Adelante!—dijo don Tomás, con voz temblona.

Miguel no había estado nunca en este almacén, en el cual se decía que don Tomás guardaba sus secretos. Vió en un rincón una caja de caudales y sobre una mesa un velón.

—¿Te ha visto alguno entrar en la casa?—preguntó don Tomás.

—Nadie. La noche está muy negra y muy fría.

—¿Estás preparado?

—Sí.

—¿Ya te confesaste?

—Sí.

—Bueno.

Don Tomás, dando una larga vuelta, se acercó a la mesa, de manera que la luz no le diera en el rostro. Así no podía verse el aire siniestro y alterado de su fisonomía.

—Dale esta carta a Soledad cuando llegues a Sigüenza—dijo—, y lleva este paquete a Zaragoza. En el papel está la dirección.

Miguel avanzó despacio hacia la mesa.

Don Tomás le contempló con una mirada anhelante.

—¿Por qué me mira así?—se preguntó Miguel.

—Si se salva—pensó, a su vez, don Tomás—, Dios lo habrá querido.

Miguel dió varios pasos y se aproximó a la mesa. De pronto se oyó que la esterilla se hundía, arrastrando las bolas de sal que la sujetaban, y el joven desapareció.

En el momento mismo, el Cuervo saltó por entre dos filas de sacos, y apareció en medio del almacén.

Don Tomás se asomó al agujero y oyó un gemido ahogado de dolor.

El Cuervo, armado de la palanca, arrastró con brío, una tras otra, las dos grandes losas y cerró el boquete del suelo.

—Ya no se oye nada—dijo, temblando, don Tomás.

—Habrá muerto con el golpe—repuso el Cuervo.

Don Tomás se dejó caer sobre una silla con el aire de un hombre extenuado. El Cuervo comenzó a hacer una gran pirámide de bolas de sal sobre las losas que ocultaban el agujero por donde se había cometido el crimen.

Acabada la obra, los cómplices se miraron uno a otro. En el Cuervo había una expresión de crueldad y de satisfacción. En don Tomás, una mezcla de horror y de espanto. Los dos salieron del almacén al patio, y luego, al portal. El Cuervo entró en su covacha y don Tomás subió las escaleras hasta su cuarto.

Quince días después volvió Soledad a Madrid, sin haber mejorado de su mal. No se atrevía a hacer ninguna pregunta. Su marido, indiferente e impasible, nada le dijo. Así vivieron marido y mujer meses y meses. Nadie tuvo la menor sospecha en la casa. El Cuervo siguió trabajando en su portal.


Dos años después, un día en que Soledad rezaba en la iglesia de las Descalzas, le dió un desmayo y cayó al suelo. La llevaron a casa y llamaron al médico, y después a don Bernardo, el capellán. Don Bernardo pasó largo tiempo con la enferma, que a cada instante decía en voz baja: «¡Miguel! ¡Miguel!» Unas horas después, Soledad había muerto.

Don Tomás se retiró a Lerma y vendió la Casa de la Sal. Esta pasó a diversas manos, hasta que el último dueño decidió tirarla y alinear la calle de Capellanes.


VIII.
LA ESCUELA DE CRISTO

El sueño de la razón produce monstruos.

Goya: Caprichos.

Don Tomás y el Cuervo se retiraron a Lerma y vivieron algunos años juntos. El Cuervo no era capaz de permanecer tranquilo y sin mezclarse en los asuntos públicos y privados, y durante la guerra civil denunció a la partida del Cura Merino algunos ciudadanos liberales, que fueron fusilados. Poco después, unos parientes de éstos cogieron al Cuervo en el campo y lo apalearon de tal manera que murió a consecuencia de la paliza.

Don Tomás, al verse sin su criado, sintió más bien tranquilidad que pena; la mirada irónica y dura del Cuervo le recordaba la cueva del almacén de la calle de la Misericordia.

Al verse solo fué para el una tregua, pero una tregua que duró poco tiempo, porque sus terrores volvieron de nuevo.

Don Tomás se hallaba entregado a la religión; constantemente estaba en la iglesia rezando y confesándose.

Había por entonces en el pueblo una casa pequeña y ruinosa que casi siempre estaba cerrada. Sólo al anochecer solía abrirse para el paso de algunas personas. Si se entraba en el estrecho zaguán y se subía al único piso, se encontraba primero una sala pintada de negro, con un ventanillo enrejado que daba a la calle. En medio de la sala había un féretro, cubierto de paño negro, con cuatro cirios apagados. Este cuarto se comunicaba por una puerta estrecha con una capilla obscura y sin luz. La capilla tenía en medio un altar, con un Nazareno coronado de espinas y lleno de sangre, y alrededor, unos armarios de sacristía, y encima de los armarios, varias calaveras y varias disciplinas. En la pared había un marco con un papel, en donde se leía una lista de nombres.

Esta casa pequeña con su cuarto fúnebre y su capilla constituía la Escuela de Cristo. Formaban parte de ella varias personas religiosas cuyos nombres constaban en el cuadro de la pared. De noche entraban allí diez o doce hombres a hacer penitencia, y después de rezar delante del féretro, cubierto de paño negro, iban pasando uno detrás de otro a la capilla, y allí se cubrían con una capucha.

Cuando estaban todos reunidos y en círculo delante del altar, se apagaban las luces y se ponía en el suelo un gran farol de hoja de lata, sin cristales, que tenía unos agujeros por los cuales pasaban tenues raros de luz. Entonces uno se destacaba, se desnudaba y se colocaba en medio del círculo de los encapuchados; luego tomaba una calavera en la mano izquierda y las disciplinas en la derecha, y comenzaba a azotarse, mientras el siniestro coro rezaba en voz alta.

Don Tomás pertenecía a la Escuela de Cristo, se disciplinaba, usaba cilicios, y en su casa rezaba tirado en el suelo cuan largo era y dando grandes alaridos. Aquel último gemido de Miguel al caer al subterráneo lo oía en su cerebro a cada paso; el suspiro del viento, el toque de una campana, el chirriar de una lechuza, el ruido de una ventana movida por una ráfaga del cierzo, todo rumor de la tierra o del aire le recordaba la queja postrera del joven muerto por él.

Muchas veces hubiera preferido perder la razón definitivamente, que no vivir de una manera tan miserable y triste.


IX.
EL FANTASMA

Ya oigo la voz del terror que se levanta en mi corazón.

Esquilo: Las Coéforas.

Poco después de la guerra civil se habló en Lerma de que en la Plaza aparecían fantasmas a media noche. Algunos los habían visto claramente. Los serenos, por más que vigilaban, no podían dar con ellos. No se sabía si eran duendes, espectros o almas en pena; pero se aseguraba que uno de estos fantasmas tenía una mano de plomo y otra de estopa, y que gozaba del poder de avisar la próxima muerte al que había de morir.

Al parecer, algunos serenos no sentían gran interés en encontrarse con aquellos seres misteriosos, porque cuando les decían que andaban por un lado, iban por el opuesto; otros más decididos y valientes llevaban una pistola y un garrote, y afirmaban que no se les escaparían los fantasmas sin un estacazo o sin un tiro.

Don Tomás había oído hablar de estas apariciones, considerándolas como chiquilladas, sin darles más importancia. Una noche en que el viejo, después de rezar sus oraciones, se dirigía a la cama, oyó en la calle pasos quedos. Desde hacía algún tiempo, don Tomás tenía un oído de enfermo. Escuchó las pisadas de lejos y abrió un ventanillo de su alcoba. Vió una cosa blanca que se acercaba por la acera de enfrente. Era el fantasma.

Don Tomás, maravillado y confundido, quedó en el ventanillo, y, trastornado, preguntó:

—¿Quién eres? ¿Qué deseas?

Entonces el fantasma, con voz sepulcral, dijo:

—¡Asesino! Yo soy el alma de Miguel Rocaforte, condenada por tu culpa.

Don Tomás se retiró de la ventana temblando y se tiró en el suelo a rezar. Al día siguiente lo encontraron desmayado, moribundo; lo llevaron a la cama y ya no volvió a levantarse.

Unos días después, los serenos cogieron a uno de los fantasmas, que resultó un sargento de milicianos nacionales que tenía amores con la mujer de un tendero de la plaza.

El otro fantasma, a quien no lograron coger, se supo que era León Zapata, el compañero de Miguel Rocaforte.

Madrid, diciembre, 1920.