ADÁN EN EL INFIERNO

I.
ADÁN

No se gana nada violentando a la sensibilidad en sus inclinaciones; es preciso engañarla y, como dice Swift, divertir la ballena con una barrica para salvar el barco.

Kant: Antropología.

En la época de la matanza de frailes, cuando fueron ingresando en la Cárcel de Corte una porción de gente cogida en las calles de Madrid, llevaron a ella a un muchacho joven, guapo, recién venido de un pueblo de la Alcarria, Andrés Lafuente.

Este alcarreño vino con Román, el hijo del librero de la calle de la Paz, y con un zapatero joven llamado Gaspar, a quien todos conocían por Gasparito y de quien te hablé antes.

A aquel muchacho alcarreño se le consideraba como un mozo ingenuo e inocente, y se le compadecía por haber caído en el infierno de la cárcel.

El poeta Espronceda, en los pocos días que estuvo en la cárcel, le llamaba Adán, y probablemente pensando en él ideó el personaje de su poema el Diablo mundo, que debía publicar unos años más tarde; Andrés (alias Adán) era un muchacho fuerte, guapo, muy lúcido y muy inocente. Gasparito el zapatero se constituyó en uno de sus defensores.

Gasparito el remendón era liberal, pequeño, rubio, muy leído, amigo del hijo del librero de viejo de la calle de la Paz, y se mostraba como hombre de buena fe y de buenas intenciones.

Yo tomé bajo mi protección a Gasparito y quise proteger también a Adán, aunque veía que a un muchacho, sin experiencia como aquél, metido en el segundo patio, entre ladrones, la corrupción de la cárcel le había de contagiar rápidamente. El padre Anselmo creyó también que con sus sermones apartaría al mozo del mal camino; pero Adán se reía de él.


II.
LA CUADRILLA DEL FORTUNA

¿Es posible—dijo Andrenio—, que jamás nos hemos de ver libres de monstruos ni de fieras, que toda la vida ha de ser arma?

Gracián: El Criticón.

Los presos del segundo patio se dividían para comer en cuadrillas, que llevaban el nombre del que las dirigía. Adán fué a parar a la cuadrilla del Fortuna. El Fortuna era un matón de casa de juego que tenía gran influencia.

El Fortuna era un hombre fuerte, atrevido, moreno, de bigote, con un lunar en la mejilla, tipo desvergonzado y cínico. Cobraba el barato en la cárcel; pero no era un valiente de verdad. Era de los que allí, en el segundo patio, se decía que madrugaban. No afrontaba con calma, sereno y tranquilo, las situaciones difíciles; sino que las capeaba. Eso sí, tenía indudablemente el hábito de la audacia.

Al Fortuna le habían preso por matar a traición a un hombre. Afiliado en la cárcel al grupo de los absolutistas, era de nuestros enemigos más acérrimos. Sin duda, el encontrar nuestra gente menos terne, menos enérgica, que los absolutistas, le había dado una gran hostilidad contra ella.

A mí me tenía mucho odio; una vez, en el segundo patio, se echó encima de mí; pero yo le di con toda mi fuerza un puñetazo en un costado que lo dejé sin aliento.

El Fortuna era hombre petulante y cínico, que dejaba una estela de vicio allí por donde pasaba. Hacía alarde de sus instintos crapulosos; vestía chaquetilla con caireles de colores, gran reloj de plata, con la cadena llena de dijes, y calañés en la cabeza. El Fortuna buscaba la amistad de los muchachos jóvenes, les brindaba su protección; según algunos, les conseguía tener comunicaciones con la sección de mujeres; según otros, había algo peor en sus maniobras. De la misma cuadrilla era Cadedis, un gascón aventurero, que estaba procesado por robo, y un caballero de industria. El gascón aseguraba a todas horas que España era un país sin civilización y sin cultura. A pesar de su cultura, el francés era muy supersticioso. Creía en la quiromancia, en la magia y en que las brujas hacían ovillos con las lanas de los colchones de una cama de tal modo, que si no se les atajaba en su obra le ahogaban al que dormía en ella. Afirmaba también que en el barrio de Saint-Esprit, de Bayona, se vendían diablos metidos en una caña, que llamaban familiares, con los que se hacían prodigios. El había tenido uno de éstos. Un gitano, ladrón de caballos, le engañaba a Cadedis y le sacaba el dinero. El gitano era saludador y, según decía, tenía la rueda de Santa Catalina en el cielo de la boca, y una cruz debajo de la lengua.

El otro personaje era un caballero de industria de quien ya te he hablado, el señor Pérez de Bustamante.

Este señor se hacía llamar conde de Otero, marqués de la Vega, etc. Gastaba unas tarjetas llenas de títulos y condecoraciones.

Tenía, según decía, grandes amistades con los oficiales de las secretarías, con aristócratas y ministros; todo lo facilitaba, y ofrecía empleos con la condición precisa de que se le anticipara algunas cantidades para recompensar los servicios de sus favorecedores.

Contaba que había viajado por toda Europa y América.

A mí me dijo que me había conocido en Méjico y en Madrid, en la fonda del Caballo Blanco, de la calle del Caballero de Gracia, donde yo no había estado nunca. La cuadrilla del Fortuna, formada por él, el gascón y el caballero de industria, se había completado con Adán. El Fortuna adulaba al señor Pérez de Bustamante, y éste protegía al Fortuna; el matón y el caballero de industria se entendían perfectamente.

El Pinturas joven y otros solían acercarse a esta cuadrilla, que manejaba dinero y convidaba a café y a aguardiente.

Ninguno de los que formaban esta cuadrilla se había afiliado a los liberales. No querían, sin duda, comprometerse mientras no llegaran a ver claro las ventajas que aquello les podía reportar.


III.
EL ODIO

¡La unción! ¡Favor! ¡Me han herido!

Espronceda: El Diablo mundo.

Gasparito, el zapatero, había querido preservar de la corrupción del ambiente a su amigo Andrés, a quien nosotros, y en toda la cárcel, llamábamos Adán.

Quiso enseñarle a leer y escribir; pero el Fortuna, unido con Pérez de Bustamante, Doña Paquita y Cadedis, estaban empeñados en estorbar los proyectos de Gasparito.

Durante algún tiempo se entabló una lucha de influencias para captar la simpatía de Adán.

Gasparito le dejaba libros y periódicos, le daba algún dinero, hacía que Andrés viniera a verme; por su parte, el Fortuna le daba cigarros, le enseñaba a jugar a las cartas, a hacer pillerías y a tirar la navaja.

El matón le decía al muchacho:

«Fortuna te dé Dios, hijo, que el saber poco, te basta».

El Pinturas le explicaba procedimientos de falsificación, y Pérez de Bustamante, las intrigas y enredos donde se había metido.

A pesar de las ilusiones de Gasparito, yo veía claramente que el Fortuna y su grupo ganaban la partida. Adán tomaba un aire hipócrita delante de mí; pero, por lo que me dijeron los del segundo patio, el muchacho andaba con el Fortuna, con Doña Paquita y con algunas mujeres del otro departamento, jugaba a las cartas, fumaba, se había tatuado los brazos y comenzaba a matonear.

El día de Carnaval de 1835, el Fortuna y los de su cuadrilla tuvieron una comida espléndida, con pollos, un cochinillo asado y vino de Valdepeñas.

Habían metido mucho aguardiente de contrabando y convidaron a todos los amigos.

La gente se emborrachó, y se pidió al alcaide permiso para disfrazarse.

Entramos Gasparito, Román, el padre Anselmo y yo en el segundo patio a presenciar la fiesta. Se reunió con nosotros el Pinturas joven y dimos una vuelta por la Gallinería y llegamos hasta el último patio.

En esto, disfrazados de mujer, vimos a Doña Paquita, que venía en medio de Adán y del Fortuna, agarrado a los dos del brazo. Habían bebido de más y gritaban como locos.

El Fortuna abrazaba a Adán, y se puso a hacer ademanes obscenos.

Gasparito volvió la cabeza con un ademán de disgusto y nos alejamos del grupo que formaban los tres borrachos; pero el Fortuna quiso mostrar más su conquista y se presentó de nuevo frente a nosotros con Adán y con Doña Paquita.

—¿Vienes, hermoso?—le dijo a Gasparito con una risa cínica y un contoneo repugnante—. ¿Cuál de las tres te gusta más?

Gasparito, incomodado, viendo que el guapo se le echaba encima, le dió un empujón y lo tiró rodando al suelo.

Yo vi que se nos venía la tormenta encima, y, agarrándole a Gaspar por el brazo, le empujé hacia la salida del patio; pero había mucha gente y Gaspar no quería salir rápidamente, quizá para que no se creyera que tenía miedo.

El Fortuna había desaparecido. Ya estábamos a la salida del patio cuando el matón se presentó con una navaja, oculta en la manga, y se lanzó sobre Gasparito como un toro; Gasparito tuvo tiempo de escapar a la acometida dando un salto rápido para atrás. Román, el hijo del librero, agarró al matón del borde de la chaqueta, y Gasparito, con gran valor, le arrancó la navaja de las manos.

El Fortuna, loco, enfurecido, le mordió en el brazo izquierdo. Entonces, Gasparito, en un momento de terrible furia, empuñó la navaja con toda su fuerza y dió tal navajada al matón en el vientre, que el Fortuna dió un grito de becerro que matan, y cayó al suelo. Yo vi brillar la hoja de la navaja como un relámpago y desaparecer en el vientre del matón. Le salían las entrañas por la herida y se iba desangrando rápidamente.

—¡Socorro! ¡Socorro!—gritó—. Me ha matado.

A los gritos vinieron el alcaide y los cabos de vara, prendieron a Gasparito y llevaron al matón a la enfermería, el cual falleció poco después, asistido por el padre Anselmo.

—¡A quién se le ocurre matar a la Fortuna!—dijo el Pinturas con indiferencia.

Gaspar pasó unos días en el calabozo y tuvo un proceso. Yo declaré a su favor; Pérez de Bustamente, en contra, y el tribunal le condenó al zapatero a una pena ínfima.

Años después le vi en su tienda y le pregunté:

—¿Se acuerda usted de la Cárcel de Corte?

—No, don Eugenio; ¿y usted?

Me dijo que muy pocas veces había pensado en aquel bruto a quien había matado, y, al parecer, recordaba el suceso sin remordimiento.

Adán, al salir de la cárcel, se hizo un criminal completo, y debió acabar su vida en presidio.

Itzea, diciembre, 1920.