MI DESQUITE

Todo esto es salud, y otro tanto ingenio.

Quevedo: El Buscón.

Durante mucho tiempo, no pudimos luchar con los presos carlistas. En el cuarto del abogado Selva, el mejor de todos de la Cárcel de Corte, se reunían cuatro o cinco frailes, dos o tres curas y otros tantos guerrilleros, y en esta Junta apostólica se tomaban acuerdos que don Paco, el alcaide, seguía al pie de la letra.

La Junta de Selva se erigió en soberana de la cárcel: ella decidía lo que se había de hacer; quién debía estar castigado; quién, no; quién debía ser tratado con benevolencia, y quién con severidad.

—Yo, por entonces, tenía asegurada la comunicación con los de fuera, y mis amigos de la Isabelina me mandaban cartas y papeles y me indicaban el giro que iban tomando los asuntos políticos.

A pesar de que yo me quejaba constantemente de la situación en que nos encontrábamos los liberales en la cárcel, los amigos no hacían nada por nosotros. Entonces, desesperado, se me ocurrió enviar un escrito al Gobierno, afirmando a rajatabla que en la Cárcel de Corte se fraguaba una conspiración carlista.

El Gobierno no desconfió de mi denuncia, y envió en concepto de preso a un coronel, don Andrés Robledo, con la misión de observar lo que pasaba y de ver si era cierta mi denuncia.

Yo mismo no creía gran cosa en que allí se conspirase; pero cuando Robledo comenzó sus investigaciones, vi que mi hipótesis era una realidad, y que en la Cárcel de Corte se estaba tramando una de las muchas intrigas carlistas que por entonces tuvieron Madrid por centro.

El coronel Robledo me contaba sus descubrimientos; yo le daba datos acerca de los presos carlistas, y entre los dos redactábamos los partes al Gobierno.

Tan graves hallaron el ministro y el jefe de policía el contenido de estos partes, que enviaron a la cárcel a dos comisarios de policía, uno de ellos Luna, auxiliados por sesenta miñones aragoneses y varios celadores.

Luna conferenció conmigo y con Robledo, y dispusimos prender a don Paco el alcaide y a sus dependientes, al abogado Selva, al escribano de mi causa, García, y enviarlos a la cárcel de la Villa.

Se comenzó a instruír un voluminoso proceso acerca de esta causa, y se le encargó de él a mi amigo el juez don Modesto Cortázar, a quien conocía desde Aranda del año 20.

Los cargos de alcaide, de llavero y de carceleros se proveyeron en personas de antecedentes liberales, y desde entonces pudimos estar los constitucionales a nuestras anchas.

El fiscal que nombraron para esta causa fué don Laureano de Jado, enemigo mío, que meses después decía a todo el que le quería oír:

—Estoy admirado del genio fecundo y de la travesura de Aviraneta. El ha conseguido embrollar su proceso de tal manera, que ha sido preciso a los Tribunales poner en libertad como inocentes a todos sus cómplices, y, para complemento de su maquiavelismo, ha fraguado este proceso de la conspiración de la Cárcel de Corte, que es la concepción más revolucionaria que ha podido imaginar el cerebro de un hombre para vengarse de los que él consideraba enemigos, y hasta del juez Regio y del escribano de la causa. Este proceso está vestido con tales declaraciones y pruebas, que me veo obligado a pedir contra los presuntos reos, cuando menos, un presidio. Pues bien: si como fiscal estoy en la obligación de obrar de esta manera, como particular me hallo cada vez más convencido y casi seguro de que todo el proceso no es mas que un solemnísimo embrollo fraguado por la fecunda imaginación de Aviraneta.

Con razón o sin ella, conseguimos vernos libres de la dictadura de los carlistas.

Yo quise influír en Cortázar para que dejara libre al padre Anselmo; pero el cura estaba pendiente de la causa y no se le podía libertar.

Como la vida en la cárcel para nosotros se hizo más llevadera, yo comencé a recibir visitas de los antiguos afiliados a la Isabelina, que podían hablarme con completa libertad. La opinión de la gente reaccionó a mi favor, y todo el mundo decía que era un absurdo que permaneciera preso por una conspiración que no había existido nunca. Yo me hacía la víctima y esperaba el desquite.

Unos días después supe que en un movimiento revolucionario que estalló por entonces en Barcelona y que costó la vida al general Bassa, habían destituído del cargo, que le dieron meses antes, a mi denunciador Civat.

Poco después, Martínez de la Rosa salía del Gobierno. Yo me consideraba vengado, pero me faltaba conseguir mi libertad.


I.
PLAN DEL PRONUNCIAMIENTO

Yo pienso, pues, que vale más ser impetuoso que circunspecto, porque la fortuna es mujer, y para subyugarla es mejor batirla y atropellarla, porque se deja más bien vencer por los audaces que por los que obran fríamente.

Maquiavelo: El Príncipe.

Lo que tengo que contar ahora no es ninguna novedad para ti—me dijo Aviraneta—, porque pertenece en parte a la historia del tiempo.

Una mañana de agosto se presentaron en la Cárcel de Corte el capitán Ríos, ayo de los hijos del conde de Parcent, con otro oficial de la Milicia Urbana, de paisano. El alcaide me dejaba gran libertad y me permitió hablar con ellos largamente.

Los dos oficiales venían nada menos que a pedirme un Plan de sublevación, hecho a base de la Milicia Urbana.

—Señores—les dije yo—, no creo, claro es, que ustedes hayan venido aquí a tenderme un lazo, ni mucho menos; pero ustedes pueden muy bien engañarse respecto al espíritu del pueblo y de la Milicia, y yo, antes de idear un plan y de ser responsable de él, quisiera cerciorarme de lo que ustedes dicen.

Ríos me contestó que traerían una carta de tres comandantes de la Milicia Urbana corroborando lo que decían ellos, y que vendría al día siguiente un agente de Bolsa amigo mío llamado Robles. Vino Ríos con la carta y con Robles, y hablamos.

Robles me dijo que reinaba, efectivamente, gran descontento en el pueblo liberal; que las noticias de la guerra eran malas; que se acusaba al Gobierno de inactivo; que la Corte en la Granja se dedicaba a divertirse, y que todo el mundo decía que tenía que venir un cambio en la política. Era una época en la que había entusiasmo y fe en las nuevas ideas, entusiasmo y fe que luego han ido decayendo.

Ríos añadió que estaba todo preparado para un pronunciamiento de la Milicia; que el pueblo secundaría el movimiento, y que Andrés Borrego había visitado al general Quesada, y que éste daba su palabra de que la Guardia Real no atacaría a los sublevados.

—¿Cómo puede asegurar esto Quesada?—pregunté yo—. El está de reemplazo.

—Sí; pero tiene de su parte toda la oficialidad de la Guardia Real.

—¿Han pactado algo Borrego y Quesada?

—No.

—¿Está usted seguro?

—Sí.

Luego se supo que Borrego había conferenciado con Quesada y con dos jefes de la Guardia Real, el general Soria y el conde de Cleonart. En esta conferencia, que yo no conocía, se había pactado que la Milicia Urbana haría una manifestación. Borrego y Olózaga escribirían una petición a la Reina, firmada por los cuatro jefes de la Milicia Urbana, y, presentada la petición, la Milicia dejaría las armas.

Si yo hubiera sabido que Quesada estaba en el ajo, no entro en la combinación.

Quesada era un militar ordenancista, bárbaro e incomprensivo. Era muy valiente y de costumbres rudas, arrebatado, ajeno a todo miramiento; decía que no sabía mas que mandar y obedecer, declaración que basta para juzgar cualquiera. Muy duro en el mando, muy destemplado en el lenguaje, a pesar de creerse muy fijo en sus ideas, era completamente voluble.

Muchas veces dijo, refiriéndose a los liberales: «He de ser peor que Atila con esa canalla».

Un hombre como Quesada, que tenía por norma el no razonar, no podía ser hombre de ideas; así se le vió figurar en una época con los absolutistas, después hacerse masón, sentirse medio liberal y, al mismo tiempo, enemigo de la Constitución. Para él todas estas volubilidades e inconsecuencias se velaban con la disciplina.

Sólo a Borrego, a Espronceda y a González Brabo, gente que quería medrar sin esfuerzo, se les pudo ocurrir apoyarse en un hombre como Quesada.

Quesada en esta época, 1835, estaba de cuartel en Madrid. Le habían separado de la Capitanía General en enero, lo que consideraba como una ofensa a su persona.

Si, como digo, hubiese tenido conocimiento de la participación de Quesada en el asunto, hubiese llevado éste de otra manera muy diferente.

Hablamos Robles y Ríos, y quedamos de acuerdo en que el objeto de la sublevación sería:

1.º Apoderarse de Madrid.

2.º Nombrar una Junta Revolucionaria.

3.º Ponerse en relación con los sublevados de Zaragoza.

De acuerdo en esto, les dije que al día siguiente les daría mi plan. Fué el siguiente:

PLAN DEL PRONUNCIAMIENTO

(Orden general para la Milicia.)

Pasado mañana, 15 de agosto, hay función de toros, y da el piquete de la Plaza la Milicia. Este piquete, en vez de disolverse al llegar a la Puerta del Sol, hará que sus tambores toquen generala, esparciéndose por la población. Los individuos de la Milicia, avisados, se irán reuniendo en la Plaza Mayor; se ocuparán las casas y se harán barricadas en las avenidas de los arcos. También se ocupará el telégrafo para impedir se avise al Gobierno. Una compañía se posesionará de la Puerta de Hierro e impedirá el paso al Sitio (La Granja), Hecho esto, se pondrá inmediatamente en libertad a Aviraneta, que dirá lo demás que debe ejecutarse.

AVISO A LOS ISABELINOS

Se avisará a las centurias de la Isabelina para que asistan el día 15 de agosto, día de la Asunción, a la corrida de toros. A la salida rodearán al piquete de la Guardia Urbana y provocarán todo el escándalo posible. Se alarmará al vecindario.

AVISO A LOS DIPUTADOS

Inmediatamente se avisará a los diputados liberales para que vayan a la Plaza Mayor y formen una Junta de Gobierno.

DISPOSICIONES INMEDIATAS

Si las tropas del Gobierno no se oponen, la Milicia se apoderará lo más rápidamente posible de la casa de Oñate, en la calle Mayor, de la Imprenta Real y del Principal.

Se fueron los militares y yo me quedé en la cárcel. Aquellos días estuve leyendo el Diablo Cojuelo, de Vélez de Guevara, que me prestó un preso, y pensando en la idea original del autor.

La tarde y la noche del 15 de agosto las pasé en una gran angustia. Al anochecer me pareció oír desde mi cuarto gritos y ruido de tambores; luego cesó todo rumor y volvió el silencio. Cuando a las diez de la noche vi que no venía nadie a buscarme, creí que el pronunciamiento habría fracasado. Yo pensaba—y en estas cosas se equivoca uno siempre—que podía fracasar el movimiento; lo que no se me ocurría es que, después de hecho con éxito, mis amigos no vinieran en seguida a sacarme de la cárcel. Sin embargo, así fué. Un pelotón de milicianos, pertenecientes a la Isabelina, quisieron venir; pero los centinelas no les dejaron pasar. Otros me dijeron que no habían ido a la cárcel por no molestarme. ¡Por no molestar a un preso retardar su libertad! ¡y retardarla creyéndolo necesario! ¡Qué absurdo!

Al día siguiente, domingo, a las nueve de la mañana, vinieron a buscarme a la Cárcel de Corte.


II.
LO OCURRIDO

Una vez que no se entendían en una disputa de la Academia, dijo M. de Mairan: «Caballeros: ¡si no habláramos más de cuatro a la vez!»

Chamfort: Caracteres y anécdotas.

El pronunciamiento se había hecho y estaba ya vencido. Al terminar la corrida del día de la Asunción, dos compañías de milicianos volvían formados por la calle de Alcalá, con la música al frente, tocando himnos patrióticos. El Himno de Riego producía entre la muchedumbre tempestades de aplausos. La gente daba vivas y mueras, a cada momento más estrepitosos. Al llegar a la Puerta del Sol la algazara subió de pronto; comenzaron a oírse gritos de «¡Viva la libertad!», «¡Mueran los carlistas!», «¡Viva la Soberanía Nacional!». Al acercarse a la Plaza Mayor la Milicia había perdido las filas y se había mezclado con los paisanos.

De pronto sonaron unos cuantos tiros, se oyeron toques estridentes de corneta, y se inició el pánico en la ciudad. Se cerraron las puertas y ventanas de las casas, y los tambores comenzaron a tocar generala por las calles desiertas de Madrid, en distintos puntos de la capital. Se les había avisado a los milicianos que estuviesen preparados para el toque de generala, y se les vió que cruzaban presurosos las calles y corrían a reunirse a sus respectivos batallones, en los puntos que se les tenía señalados para caso de alarma. Luego, los batallones fueron a la Plaza Mayor y formaron a lo largo de sus cuatro frentes.

Se ocupó la casa de la Panadería y la de Oñate, en la calle Mayor, y se empezaron a hacer zanjas en los arcos. Se trajeron de los almacenes del Ayuntamiento maderos y carros y se cerraron las distintas calles que rodean a la plaza.

El segundo batallón de milicianos no entró en la Plaza Mayor, sino que quedó en la del Rey, con su comandante don Rodrigo Aranda, probablemente más inclinado a obedecer al Gobierno que a hacer causa común con los sublevados.

De noche se le avisó y se le envió hacia Puerta de Moros para que observara lo que pasaba con la tropa en el cuartel de San Francisco.

A las nueve de la noche se presentaron en la Plaza Mayor don Fermín Caballero, Chacón, el conde de las Navas, don Joaquín María López, Gaminde, Calvo de Rozas, y otros muchos, a proponer que se formara inmediatamente una Junta de Gobierno; pero Borrego, Espronceda, González Brabo, Ventura de la Vega, Olózaga y otros jóvenes dijeron que había que esperar la llegada del general Quesada; que éste era el director del movimiento y que él tenía que dar las órdenes.

Los liberales, en vez de obrar inmediatamente, se dejaron convencer.

A la misma hora Quesada había sido llamado por el secretario del Ministerio de lo Interior, don Mariano Zea, al Principal. Estaban allí el corregidor marqués de Pontejos y el capitán general conde de Ezpeleta. Se decía, sin duda, que Quesada tenía participación en el movimiento de los milicianos.

Zea y Ezpeleta, que estaban desprevenidos y no contaban en aquel momento con fuerzas, le dijeron a Quesada que debía ir a la Plaza Mayor a verse con los sublevados y a preguntarles qué es lo que deseaban y cuál era la causa de su movimiento.

Fueron Quesada, Pontejos y el concejal Roca a la Plaza Mayor, donde les esperaban Olózaga y Borrego. Quesada se quejó de que en el Arco de Platerías hubiese atravesados carros y maderos. Borrego le dijo que se quitarían. Subieron a una habitación alta del Ayuntamiento y se celebró una reunión. Quesada y Pontejos esperaron el resultado en un cuarto próximo.

En la reunión estaban los jefes de la Milicia: el duque de Abrantes, Gálvez, Castaño y José María Sanz; otros oficiales, como el capitán Ríos, el capitán Nocedal y muchos paisanos: Chacón, Espronceda, Gaminde y los diputados liberales.

Entonces Borrego dijo que el general Quesada conocía el origen del movimiento; que no pretendía ser mas que una manifestación de la Milicia Urbana; que después de dirigir una petición a la Reina se disolvería.

Los liberales quedaron extrañados. ¿Entonces, para qué nos han llamado?, se preguntaban. Chacón y el conde de las Navas insistieron en la formación de una Junta. Espronceda y Borrego replicaron que era desvirtuar el movimiento y que se había dado palabra al general de no ir más allá.

Se discutió entre unos y otros, y se apeló a los jefes de la Milicia, y éstos, en su mayoría, afirmaron que los milicianos no querían mas que hacer la petición a la Reina y disolverse.

Como no había unanimidad se dijo que convenía llamar a todos los jefes y oficiales de la Milicia Urbana y consultarles. En general, todos fueron partidarios de la exposición, seguida de la disolución inmediata.

Ante esto, los partidarios de la Junta cedieron, y Olózaga y Borrego entraron en un salón e hicieron como que redactaban un escrito, que ya tenían redactado. Después fueron a ver al general Quesada y le entregaron la exposición para que la llevara al ministro.

Pasaba el tiempo, y los milicianos en la plaza iban perdiendo el entusiasmo al ver que no se tomaban determinaciones rápidas. Algunos isabelinos empezaron a reforzar las barricadas de los arcos; pero el comandante Sanz y Borrego, con un grupo de oficiales, mandaron que se quitaran los obstáculos, pues se había prometido a Quesada dejar las puertas francas.

Con la exposición de los milicianos en el bolsillo entró en la sala Quesada, donde se discutió.

Borrego explicó lo ocurrido; dijo cómo se había escrito una exposición a la Reina; que una copia se había dado a Quesada para que la mostrara al Gobierno, y que los jefes de la Milicia querían ir a la Granja a entregarla a la Regente.

Quesada habló. Dijo las vulgaridades de cajón.

Que desaprobaba los tumultos de la fuerza armada contra el Gobierno constituído; que la Milicia Urbana no debía salirse del campo de la ley; que aquel acontecimiento favorecía a los partidarios de Don Carlos, y que él llevaría la exposición al Ministerio.

Con esto se retiró.

Chacón replicó que había ido engañado a la reunión, pues le habían avisado que se quería formar una Junta de Gobierno; que, puesto que se trataba de otra cosa, se retiraba, no sin advertir que la exposición tendría la eficacia de los paños calientes y del agua de cerrajas. Por otra parte, él no podía creer que el general Quesada fuera siempre tan atento con los Gobiernos constituídos, pues todo el mundo recordaba que el general, ahora tan respetuoso con lo establecido, había sido un faccioso y un rebelde en los años 22 y 23, en los cuales había mandado el Ejército de la Fe, que era una gavilla de asesinos.

Borrego y Espronceda no supieron qué decir, y Chacón y los suyos se marcharon. Su marcha fué un desencanto para los exaltados.

A media noche comenzaron en la plaza las discusiones y las riñas. Estaban encendidos los faroles y se habían hecho algunas hogueras. Hubo grandes peleas entre exaltados y pacíficos; los exaltados eran de Madrid, y a los pacíficos los llamaban de Guadalajara. Los exaltados decían que era una vergüenza haber servido de comparsas a Espronceda y a Borrego, con los cuales Quesada estaba jugando; los pacíficos respondían que no se habían comprometido mas que a aquello. Los exaltados insultaban a los pacíficos, y añadían que deshonrarían la Milicia si soltaban las armas. Entre conversaciones y discursos se bebió mucho y la exaltación volvió a los ánimos.

Mientras los milicianos discutían y reñían con furia en la Plaza Mayor, el Gobierno, representado por el capitán general de Madrid, el superintendente de policía, el secretario Zea, el alcalde, Pontejos, y el concejal Roca, discutieron la exposición de la Milicia llevada al Principal por el general Quesada y Olózaga.

Zea dijo que el Gobierno no podía resolver acerca de la mayoría de las peticiones sin las Cortes. Que en la exposición había que borrar estos puntos, para resolver los cuales no tenía atribuciones el Ministerio.

Volvió Quesada a la plaza a las cuatro, y Borrego redactó una nueva exposición, suprimiendo todos los puntos importantes de la anterior, y Quesada se encargó de llevarla al Ministerio. Al salir dijo que quitaran las barricadas, porque era inútil y peligroso dejarlas.

Salió Quesada de la plaza para el Ministerio, y tras él, una comisión de seis oficiales milicianos, con el duque de Abrantes a la cabeza, que iban a pedir al Gobierno que les diera pasaporte para llegar hasta la Reina y entregarle a aquella exposición tan venida a menos.

Estando los jefes en el Ministerio llegó una proclama, impresa en la Imprenta Real, con este título: «La Milicia Urbana de Madrid, al pueblo y benemérita guarnición».

Quesada les reconvino a los jefes urbanos por la proclama, y éstos protestaron de que no habían sido ellos los inspiradores de este papel. Pensaban que serían los amigos de don Fermín Caballero y de Chacón los que habían impreso aquello. Zea, entonces, haciéndose el enérgico, dijo que de ninguna manera podía dar los pasaportes a los que miraba como rebeldes, y el capitán general le dió la razón.

Zea supo en aquel momento que tenía la guarnición de Madrid segura, y por esto se sintió valiente.

Los oficiales, ya asustados, dijeron a Quesada que volviera a la plaza, y que entre todos convencerían a los urbanos para que se retiraran sin más exigencias.

Fueron de nuevo a la plaza Quesada, acompañado del coronel de la plana mayor de la Guardia Real, don Cayetano Urbina, y del teniente de caballería Pezuela.

En la habitación donde se habían celebrado las anteriores conferencias entraron los jefes, los soldados urbanos y los amigos de Espronceda y Borrego.

Quesada les recriminó por la proclama dirigida al pueblo, y Espronceda y Borrego dijeron que ellos no la habían escrito.

—Es la expresión de los sentimientos de la mayoría de la Milicia Urbana—saltó diciendo uno del público.

—No es cierto.

—Sí, sí; lo es. ¡Bravo!

Quesada, que iba incomodándose, dijo que era necesario que los sublevados quitasen las barricadas, pues si no, él se pondría a la cabeza de la Guardia Real y les dejaría sepultados bajo las ruinas de la plaza.

Quesada puso su cara de pocos amigos para decir esto. Borrego y Espronceda, agarrándose a la última tabla de salvación, afirmaron que se quitarían los obstáculos si la tropa se retiraba a sus cuarteles y se cumplía lo pedido en la exposición.

El general dió por terminada la conferencia y comenzó a bajar las escaleras refunfuñando, diciendo que iba a hacer una de las suyas.

Quesada apareció en los soportales de la plaza rodeado de los dos oficiales de la Guardia Real, de uniforme, y seguido de Espronceda, Borrego, Ventura de la Vega, Luis González Brabo, y otros.

Al ver que había obstáculos en el callejón del Infierno gritó a uno de los comandantes:

—¿No habíamos quedado en que desaparecerían las barricadas y que los milicianos se retirarían a sus casas?

—Mi general—contestó el comandante Sanz—, parte de los milicianos se opone a retirarse.

—Se les desarma—dijo Quesada.

En esto algunos isabelinos se acercaron al grupo del general y sus amigos y comenzaron a increparles.

—¡Fuera los traidores!—gritó uno.

—¡Viva la Constitución de 1812!

—¡Viva la Niña!

—Quesada levantó el bastón en el aire con intención de descargarlo sobre la cabeza de los milicianos, que gritaban. La rabia de éstos se volvió contra él:

—¡Muera Quesada!

—¡Muera!

—¡Abajo los absolutistas!

—¡Abajo!

Los milicianos fueron a coger sus armas; y todo el grupo de Quesada y sus amigos lo hubiese pasado mal si los milicianos de Guadalajara no hubieran formado en los arcos para defenderles. Quesada, con los suyos, se dirigió corriendo hacia el Arco de Platerías, y saltando por una barricada salió a la calle Mayor. Con él salieron los dos oficiales y Espronceda, Borrego y los paisanos.

Quesada iba echando espuma por la boca, de rabia, e inmediatamente se presentó al Gobierno a ofrecerse para atacar inmediatamente a los sublevados.

A las seis de la mañana las tropas del Gobierno, dirigidas por Latre, Ezpeleta y Quesada, salían de los cuarteles y ocupaban la plaza de Oriente y la de los Consejos, y poco después, la calle de Santiago y la del Sacramento, hasta la plaza del Conde de Barajas. A esta hora los sublevados pensarían en mí.


III.
PARTIDA PERDIDA

Sólo a las temeridades
las sentencia la fortuna;
pues con juicio desigual
hace que el nombre les den:
de hazaña, si salen bien,
y de locura, si mal.

Bances Candamo: Por su rey y por su dama.

Estaba la partida perdida cuando los sublevados pensaron en mí.

A eso de las nueve, un grupo de milicianos armados se presentaron en la plaza de Santa Cruz delante de la Cárcel de Corte; entraron aquí, llamaron al alcaide y le exigieron que me dejara en libertad. El alcaide, naturalmente, se opuso; pero, ante la amenaza de soltar a todos los presos, cedió.

Yo estaba preparado y el padre Anselmo también.

—Aprovéchese usted—le dije—y salga usted conmigo.

—Pero, ¿cómo?

—Nada, nada, coja usted sus bártulos y sígame usted.

El alcaide se quiso oponer; pero hice que nos rodearan a los dos los milicianos y salimos a la plaza de Santa Cruz, y después, a la Plaza Mayor.

El pobre cura, al ver tanta gente armada, estaba asombrado. Con su maleta en la mano no sabía qué hacer.

Al entrar en la Plaza Mayor le vi a Bartolillo, el chico de la librería de la calle de la Paz, que andaba curioseando por allá. Le llamé:

—¡Bartolo!

—¿Qué?

—¿Quieres acompañarle a este cura?

—Sí.

—Pues vete con él a la calle de Segovia; bajando a mano derecha, y en una casa grande, entre la plaza de la Cruz Verde y la calle de la Ventanilla, que tiene en el piso bajo una panadería, entráis, subís al piso cuarto y preguntáis por doña Nacimiento. La dices a esa señora que el cura va de parte de don Eugenio y que me esperará allí.

—Muy bien.

El cura quería llevarse la maleta.

—Deje usted la maleta aquí, yo se la mandaré dentro de un momento.

Se fueron el padre Anselmo y Bartolillo; guardé yo la maleta en una taberna próxima a la Escalera de Piedra y me dediqué a examinar tranquilamente la situación.

La partida estaba perdida.

Hablé con los jefes de la Milicia Urbana, y cada uno opinaba de manera diferente. Le envié un recado a Palafox por si éste se atrevía a ponerse a la cabeza del movimiento; pero a Palafox no le convenía aparecer, y se eclipsó.

Entonces hablé con el capitán Miláns del Bosch, hombre enérgico, para ver si él era capaz de erigirse en jefe del movimiento y asumir su responsabilidad.

Le dije que parte de la Guardia Real se vendría con nosotros; que yo me comprometía a verle a Urbina, y que le convencería o me fusilaría. Luego supe que el oficial que le acompañaba a Quesada no era el Urbina que conocía yo, sino otro; le dije también que el coronel don Antonio Martín, hermano del Empecinado, sublevaría su regimiento de caballería.

—¿Cómo vamos a sostenernos en esta plaza?—me dijo Miláns—. ¿Dónde están los víveres?

—Salgamos de aquí—le dije yo—. Cinco mil hombres y un regimiento de caballería es mucho.

—Sí, si hubiera disciplina; pero no la hay. Estos hombres están desmoralizados.

—Entonces la partida está perdida. Démosla como terminada.

Yo subí sobre un banco de la plaza y expliqué que no había mas que una alternativa: o salir inmediatamente y atacar a las tropas en la Puerta del Sol y seguir adelante, o abandonar la empresa.

—¡Vamos! ¡Vamos!—gritaron los exaltados.

Pero ya era imposible, y nadie dió el paso adelante.

Los cañones de la tropa comenzaron a acercarse a los arcos.

Yo volví al banco y grité:

—¡Señores! Esto está acabado. Yo no tengo la culpa. A mí me han llamado tarde. Ahora cada cual que se vaya a su casa.

Al anochecer, los milicianos, en masa, dejaban sus fusiles y se marchaban.

Los ex voluntarios realistas de los Barrios Bajos, al ver la derrota de los milicianos, atacaron a los fugitivos a tiros y a palos, y no sé si llegaron a matar a alguno. Sobre todo, las viejas se mostraron más terribles, y esperaban a los liberales con la navaja en la mano. A una de estas furias, que cosió a cuchilladas a un miliciano que pretendía entrar en su casa, la prendieron, la juzgaron y la llevaron, pocos días después, al patíbulo.

Así, el despecho de Quesada, la ambición de Espronceda y de Borrego, los planes míos, concluyeron en que se ejecutara a una pobre vieja, fanática, que creía seguramente que era una obra meritoria el matar a un liberal.


IV.
ESCAPATORIA

Que aquesto es el Castañar
que más estimo, señor,
que cuanta hacienda y honor
los reyes me pueden dar.

Rojas: García del Castañar.

Al anochecer del día 16, cuando vi la Plaza Mayor desierta, entré en la taberna próxima a la Escalerilla; saqué la maleta del padre Anselmo, y me puse el manteo y la teja nueva. Metí mi sombrero en la maleta, y bajé por la escalera a la calle de Cuchilleros. Llegué hasta Puerta Cerrada y encontré allí una patrulla de voluntarios realistas.

—¿Se puede ir hacia la Plaza Mayor?—les pregunté.

—No; no vaya usted por allí, padre.

—Entonces tendré que volverme a casa.

Seguí hasta la calle de Segovia. En la escalera de casa de doña Nacimiento me quité el manteo y me encontré con don Anselmo.

Pasamos el cura y yo seis días en aquella casa, sin salir una vez siquiera, esperando el giro de los acontecimientos.

Supimos que al volver el Gobierno de la Granja, el presidente, el conde de Toreno, ofreció doscientas onzas de oro y un empleo a quien descubriera mi paradero, y la policía hizo los mayores esfuerzos para cogerme.

El padre Anselmo y yo preparamos un plan de fuga. El padre Anselmo tenía un sobrino y ahijado que vivía en Alcalá. Unos días después, el 24 de agosto, era la feria de este pueblo.

Saldríamos de Madrid en calesa hasta las Ventas del Espíritu Santo; aquí esperaríamos una galera y entraríamos en Alcalá, confundidos con carreteros y arrieros que fuesen a la feria, e iríamos a parar a casa del ahijado del cura.

Doña Nacimiento conocía a un calesero y le llamó. El calesero era liberal y se prestó a lo que le propusimos.

El chico del calesero se vestiría de muchacha; el padre Anselmo, con traje de aldeano, y yo sería el calesero. Iríamos hasta las Ventas del Espíritu Santo, esperaríamos allí, donde dejaríamos la calesa, y marcharíamos en un carro camino de Alcalá, como si fuéramos a la gran feria que se celebraba en la ciudad del Henares el día 24. Así lo hicimos, y todo nos resultó bien.

El ahijado de don Anselmo, a quien le habíamos anunciado nuestra llegada, nos esperó y nos llevó a una finca que tenía a una legua del pueblo.

Era una propiedad no muy grande, pero muy bien cuidada. Juan, el sobrino y ahijado del padre Anselmo, era un hombre joven, fuerte, labrador, cazador y muy activo. La mujer, la Ambrosia, era una mujer rozagante, que había echado al mundo nueve hijos y pensaba seguir echando más.

Juan, con su escopeta y sus perros, marchando de caza al amanecer, acostándose al hacerse de noche y contento con su suerte, me recordaba a García del Castañar.

El matrimonio nos recibió muy amablemente al cura y a mí.

Viví yo en aquella casa una semana, y, pasada ésta, me despedí del padre Anselmo y de sus sobrinos y me fuí a Zaragoza.

Aquí publiqué un folletito sobre el Estatuto Real, en la imprenta de Ramón León, y esperé hasta que Mendizábal me llamó y me dió un encargo para Barcelona; pero esto—terminó diciendo Aviraneta—es otro capítulo de mi vida.