The Project Gutenberg eBook, La Isabelina, by Pío Baroja
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PÍO BAROJA
MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIÓN
El aprendiz de conspirador.
El escuadrón del Brigante.
Los caminos del mundo.
Con la pluma y con el sable.
Los recursos de la astucia.
La ruta del aventurero.
Los contrastes de la vida.
La veleta de Gastizar.
Los caudillos de 1830.
La Isabelina.
El sabor de la venganza.
MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIÓN
LA ISABELINA
ES PROPIEDAD
DERECHOS RESERVADOS
PARA TODOS LOS PAÍSES
COPYRIGHT BY
RAFAEL CARO RAGGIO
1921
Establecimiento tipográfico
de Rafael Caro Raggio
PÍO BAROJA
MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIÓN
LA ISABELINA
RAFAEL CARO RAGGIO
EDITOR
MENDIZÁBAL, 34
MADRID
LIBRO PRIMERO
DOS HISTORIAS PARALELAS
I.
UN EX CLAUSTRADO
El año 1845—dice Leguía—estaba yo en Burdeos terminando una misión diplomática que me habían encargado los moderados, cuando conocí al padre Venancio Chamizo. Chamizo era un fraile ex claustrado que trabajaba por las mañanas en un escritorio y por la tarde daba lecciones de latín y de retórica a algunos muchachos, hijos de españoles y de franceses legitimistas.
Chamizo era hombre de cuarenta y cinco a cincuenta años, de mediana estatura, de cuerpo pesado y de mucho abdomen. Tenía la cabeza grande, calva, los ojos grises, la nariz gruesa y el mentón pronunciado. Se traslucía en su tipo al mismo tiempo el labriego, el fraile y el hombre de cultura.
En la conversación con Chamizo se habló de Aviraneta, y el ex claustrado me dijo:
—He tenido relaciones con ese réprobo.
—Creo haberle oído hablar de usted.
—¿Quizá mal?
—No, no; me parece que no.
—¿Es amigo de usted?
—Sí.
—Lo siento por usted. También es amigo mío.
—Yo le conozco mucho, y no sólo no me ha hecho daño, sino que me ha protegido—dijo Leguía.
—Lo creo, lo creo. El señor Aviraneta sabe proteger. Quizá sea usted también de su cuerda.
—Lo soy. Soy liberal, completamente liberal; pero eso es lo de menos. Usted puede hablar de él con completa confianza.
—¿Le interesa a usted el señor Aviraneta?
—Sí. Mucho. ¿Usted ha tenido algunas relaciones con él?
—Sí.
—Me gustaría que me contara usted eso.
—Pues yo le contaré a usted lo que sé de él, con una condición.
—Veámosla.
—Que me convide usted a una cena en una buena fonda de Burdeos.
—Muy bien. Acepto. Usted elegirá en qué sitio.
El padre Venancio vaciló; no sabía si sería mejor ir a la Fonda de la Paz, de la Cour de Chapeau Rouge, o a la de los Americanos, de la calle del Espíritu de las Leyes.
Por fin se decidió por esta última, y dijo que vendría a buscarme al Hotel de Ruan, donde yo paraba.
Marchamos a la Fonda de los Americanos, y encargué la cena en un gabinete reservado.
El padre Chamizo comió y bebió como un templario. Después de tomar café y unas copas de licor, me dijo:
—Ahora, para aligerar la lengua, mi querido señor Leguía, pida usted una botella de vino más. Es una mala costumbre antigua que me queda.
—¿Del convento?
—No, no. Parece mentira que diga usted eso, señor Leguía. ¿Es que usted también es enemigo nuestro? ¿Será usted un volteriano?
—Un tanto.
—¡Qué error, amigo mío! ¡Qué error!
—¿Y qué quiere usted, otra botella de Burdeos, padre Chamizo?
—No; ahora, Jerez...; sí, Jerez...; la beberé por patriotismo. Lejos de la patria, estas cosas se estiman más. La última la bebí en compañía del señor Usoz y Río, el cuáquero. No sé si le conocerá usted.
—Sí. ¿Y él bebía?
—No, él, no. ¿Adónde vamos a ir a parar? ¡Un cuáquero español! ¡Qué absurdo! Me estuvo hablando mal de los frailes y de España. ¡Hablar mal de un país que produce este vino!—exclamó, llenando la copa de Jerez, mirándola al trasluz y vaciándola de un trago.
—Realmente es no tener sentido.
—Ninguno, señor Leguía, ninguno.
—Comience usted, padre Chamizo, su relato; le oigo con atención.
—Mi relato se refiere a los años de 1833 y 1834. No sé si le interesará a usted.
—Me interesa, sí, me interesa.
—Bueno, pues voy allá.
II.
EN QUE EL PADRE CHAMIZO COMIENZA SU HISTORIA Y NO LA PUEDE TERMINAR
El padre Chamizo sacó un cuaderno del bolsillo, lo leyó aquí y allá, y, dejándolo entreabierto, dijo:
—Bien; comenzaré. Primeramente permítame usted que le diga dos palabras acerca de mi vida. Soy de la provincia de Palencia, de un pueblo próximo al del abate don Sebastián de Miñano y Bedoya, célebre autor de las Cartas del pobrecito holgazán, que tanto ruido hicieron y tanta influencia tuvieron contra nosotros los pobres eclesiásticos.
Mi padre murió joven, dejando a mi madre viuda, con varios hijos, de los cuales era yo el menor. Me creían listillo, yo no tenía afición al trabajo manual, y por amistad de un fraile que solía venir a mi casa, a llevarse el pobrecito lo que podía, me metieron en un convento de Palencia. Estuve algún tiempo de fámulo, sufriendo mil perrerías, lavando ropa sucia, llevando recados y haciendo de pinche en la cocina, hasta que vino de superior un buen hombre que me hizo estudiar, ordenarme y profesar. Tenía yo afición a las letras y creo que alguna disposición. Creía ya resuelta mi vida tranquila, dedicado al griego, al latín y a la historia; me habían enviado a un convento de Lerma, cuando en 1822 aparece por allí una columna del infernal Empecinado, se apodera del convento, y sus soldados me arrastran a mí a ir con ellos. En esa columna iba el malvado Aviraneta, ese aborto del infierno...; no sigo porque es amigo de usted. Me incorporan a las fuerzas liberales, me llevan de la derecha a la izquierda, me hacen perder las tranquilas costumbres del convento, y, en 1823, cuando la entrada del duque de Angulema, me cogen prisionero en Valladolid y me traen a Francia.
—¿Y usted trataría en seguida de volver al convento de Lerma, padre Chamizo?
—No; no traté de volver, señor Leguía, y éste fué mi error. Iba ya por el mal camino. Al quedar libre marché a Bayona, donde me acogí a la protección de Miñano. Llevaba trabajando tres años con él, y, mi querido señor Leguía, nuestra fe comenzó a vacilar. Nos dedicamos a las malas lecturas, leímos las inmundas obras de Voltaire, de Diderot y de otros réprobos; comentamos las innobles chacotas del Diccionario crítico-burlesco, de Gallardo, contra los frailes, en donde se nos llama peste de la República y animales inmundos encenagados en el vicio...
—Y bebimos un poco de más, quizá, padre Chamizo.
—Tiene usted razón; bebimos un poco de más y cometimos otros actos poco morales. Sí, sí..., es cierto. ¡Yo! ¡Sacerdote aunque indigno! Quantum mutatus ab illo! Por entonces don Sebastián Miñano me propuso entrar de preceptor en casa de una señora viuda de Saint-Palais. Yo acepto, y paso durante unos meses una vida cómoda y agradable. Buena comida, buenos vinos... En esto empiezan a decir que si yo me entiendo con la viuda..., la eterna maledicencia... Yo no digo que no me gustara, no; la carne es flaca, y aunque uno haya vestido, bien indignamente por cierto, el glorioso sayal, uno es un hombre... No; puedo afirmar que nadie me vió a mí cortejar a la viuda; pero un primo suyo y pretendiente recogió estas calumnias y me desafió... ¿Yo qué iba a hacer? ¡Yo, un sacerdote! Naturalmente, no fuí al terreno, porque aunque uno es un mísero pecador, ama uno la vida..., y la señora, al saber que no había acudido al desafío, me despreció y me despidió de su casa... ¡Sexo frívolo! Vuelvo de Saint-Palais a Bayona, donde conozco al malvado Aviraneta, y voy con él a Madrid. ¡Cuántos errores comete uno en la vida!
Y aquí nos tiene usted ahora dominando el latín, el griego, el inglés, la literatura, la teología, la historia eclesiástica y los cánones, y ganando treinta duros al mes en un almacén de cuerda del muelle y algunas otras menudencias por dos o tres lecciones que damos. Y España, ¿qué hace entretanto por uno? Nada. ¡Ingrata patria, no poseerás mis huesos! No haga usted caso. Es hablar por hablar. ¿Qué quiere usted, señor Leguía? Soy una víctima del destino... No es que yo sea, ni mucho menos, partidario de la predestinación. Lejos de mí semejantes errores, que defendían algunos discípulos extraviados de San Agustín en el monasterio de Adrumet, en Africa, Lucidus, sacerdote de las Galias, Jansenius y Primacio, el autor de Proedestinatus. No, no. En ésta, como en otras muchas cosas, conocemos el buen camino, aunque no siempre vayamos por él.
—¡Padre Chamizo!
—¿Qué?
—Dejemos a Primacio y vamos, si le parece a usted, con Aviraneta.
—Bueno, vamos con ese réprobo, con ese hijo de Satán. Déjeme usted consultar mis notas.
El padre Chamizo volvió a leer el cuadernito, concentró un momento la atención y dejó de desvariar.
Mientras iba leyendo se le cerraban involuntariamente los ojos, y se veía que estaba deseando echarse a dormir.
—Usted no puede conocer por su edad, señor Leguía—dijo el padre Chamizo—, la transformación verificada en Francia después de los sucesos de 1830. Los realistas españoles, que vivían en las ciudades del Mediodía como el pez en el agua, tuvieron que desaparecer de la superficie y hundirse en los líquidos abismos. A la emigración absolutista sucedió la emigración liberal.
En 1832 estaba yo en Bayona dando lecciones de latín y de español en un colegio, viviendo en una mala casa de huéspedes, cuando caí gravemente enfermo.
Mi protector Miñano se hallaba fuera, mis amigos realistas se habían marchado y mis ahorros eran nulos. Con todo esto no necesito decirle a usted que me encontraba lo más miserablemente que puede encontrarse un hombre, solo, abandonado, enfermo, y sin más asistencia que la de un matrimonio francés, avaro, que me robaba los libros raros que yo tenía para venderlos. En esto, una tarde, ya pensando en la ventura de morir, entra en mi cuarto su amigo de usted, el señor Aviraneta. Yo le conocí en seguida. Era el ayudante del infernal Empecinado, causante de mis desdichas. El no se acordaba de mí. Le habían hablado de un cura español liberal, enfermo, y venía a verme. Su amigo de usted, ese réprobo, me atendió y me cuidó cuando me encontraba yo tan débil y tan miserable, que no hubiera dado un ochavo partido por la mitad por mi vida. Cuando me curé nos reconocimos como habiendo peleado juntos con el Empecinado.
—Yo le creía a usted liberal—me dijo.
—No, no—y añadí—: enemigo de sus ideas siempre. Agradecido a su bondad siempre, también.
Yo, señor de Leguía, soy un hombre que ha practicado el culto de la amistad. Amigo de mis amigos. Esa ha sido mi divisa. No soy un fanático. Usted es turco, protestante, jansenista, revolucionario...; yo abomino de las ideas de usted; pero usted es un amigo mío y yo le favorezco si puedo. No me hable usted de sacrificarme por la República o por la Monarquía; no me diga usted que haga sucumbir a mis amigos por el Estado o por la patria. Esta severidad catoniana no está en mi alma. Dirá usted que es una debilidad. Lo reconozco. Voy a beber un poco más de vino.
Con la enfermedad—siguió diciendo el padre Chamizo—perdí la plaza que tenía en el colegio y me quedé en la calle. No tenía más recurso que Aviraneta y me uní a él. Naturalmente, si me pedía algún servicio, escribir una carta o redactar un escrito, lo hacía. Conocí también a algunos amigos suyos liberales, al auditor don Canuto Aguado, al coronel Campillo, a don Juan Olavarría, y a otros partidarios del tristemente célebre Mina. Yo no descubría entre ellos mis ideas, no me parecía oportuno. Me daba como moderado.
Después de una temporada que estuve sin trabajar encontré una plaza de corrector de pruebas en la imprenta de Lamaignere, y comencé de nuevo a ganarme la vida.
Los días de fiesta, aunque me esforzaba por quedarme en casa, no tenía bastante voluntad, y me iba a buscar a Aviraneta. Ese réprobo amigo de usted, como sabía mi flaco, me llevaba a una fonda de un navarro, un tal Iturri, de la calle de los Vascos, y me convidaba a una cena suculenta. ¡Qué bien se guisaba en aquella casa! ¡Qué merluzas, qué angulas, qué perdices rellenas he comido allí! Ante unas comidas como aquéllas, ¿qué quiere usted, amigo mío?, yo era un hombre al agua.
Hay perfecciones dañosas, perjudiciales. Una persona de olfato muy fino, poco a poco, sin quererlo, se hace antisocial y enemigo de la plebe; un gastrónomo, un hombre de paladar refinado, pierde, a veces, la dignidad y los principios por una buena comida... Pero divago, y no quiero divagar.
En esto se supo en Bayona la noticia de la enfermedad grave de Fernando VII, el otorgamiento de poderes a favor de la reina masona, y el decreto de la amnistía general.
A principios de 1833, todos los liberales se prepararon para entrar en España. Como yo tenía en Bayona mis relaciones entre ellos, vi con tristeza que se marchaban.
A mediados de febrero encontré a Aviraneta en la calle y me preguntó:
—Usted, ¿qué va a hacer?
—Me voy a quedar aquí. Aquí solamente cuento con medios de vida. No tengo dinero para ir a España.
—Por eso no se preocupe usted—me dijo—. Si quiere usted entrar en España, venga usted. Yo tengo algún dinero y voy en compañía de mi primo Joaquín Errazu, que es un millonario mejicano. Este, si usted quiere, le pagará su viaje a Madrid. Para él es una bicoca.
Aviraneta me presentó a Errazu. Errazu me tomó por liberal y dijo que un hombre tan ilustrado y de ideas tan progresivas como yo era necesario en la patria, y que él, por su parte, con verdadero placer sufragaría mis gastos hasta que encontrara una colocación en España.
Pasé por liberal a la fuerza.
Se decidió que yo fuera a Madrid con Errazu y con Aviraneta. Por aquel tiempo había estallado con un ímpetu atroz el cólera morbo asiático y hecho estragos en París, Burdeos y en toda Francia. Si usted ha leído esa novela de Eugenio Sué titulada los Misterios de París, novela absurda, cínica, inmoral y de pésima literatura, habrá usted visto allá una descripción de los horrores del cólera.
Por entonces, en la frontera de España se hallaba establecido el cordón sanitario, y a los viajeros que intentaban entrar en la Península se les obligaba a una cuarentena rigurosa en el lazareto establecido en el puente del Bidasoa.
Salimos de Bayona en compañía de Errazu y de su criado, y, al llegar a San Juan de Luz, Aviraneta dispuso que nos embarcáramos en una escampavía, en el puerto de Socoa, y nos dirigiéramos a San Sebastián. Fuimos en la barca nosotros cuatro y un señor enfermo que viajaba con su mujer y su sobrino. Este señor, don Narciso Ruiz de Herrera, había sido embajador en Roma. Le acompañaba su mujer, doña Celia, que por la edad podía ser su hija, y el sobrino de don Narciso, un capitán de caballería, Francisco Ruiz de Gamboa, a quien luego llamamos siempre Paquito Gamboa.
Llegamos a San Sebastián, ingresamos en el lazareto, fuera de la muralla, en el cual no había nadie, pasamos unos días muy divertidos, y, concluída la cuarentena, entramos en la ciudad.
El señor Errazu fué llamado a Irún por sus parientes, y como Aviraneta tenía prisa para ir a Madrid, tomamos los dos la diligencia.
Aviraneta aseguraba que su propósito en la corte era hacer gestiones para reingresar en el ejército; yo me figuraba si tendría otros planes revolucionarios.
Llegamos a la corte; don Eugenio fué a vivir a casa de su hermana, a la calle del Lobo, y yo, a una de huéspedes de la calle de Cervantes.
Al llegar a Madrid fuí a visitar a don Sebastián Miñano, que me proporcionó varias cartas de recomendación para personas influyentes, y no encontré más que un trabajo mezquino de traducciones de noveluchas francesas del vizconde de Arlincourt y de otros autores por el estilo.
Mientrastanto, Aviraneta subvenía a mis necesidades, y yo, la verdad, me encontraba a mis anchas. Madrid, pueblo que no conocía, era un lugarón destartalado y feo, pero muy pintoresco y divertido. Iba a los cafés, recorría los puestos de libros viejos, hablaba en los corrillos de la Puerta del Sol y de San Felipe, me enteraba de una porción de cosas que ignoraba. Toda aquella gente, la que más bullía tenía su misterio en la política y algo que ocultar. Quién había servido al rey José, quién había estado en América de traidor contra España; otros podían dividir su vida en un período absolutista y otro liberal. Aquello era un Carnaval. En ningún sitio podía aplicarse mejor la frase de Goya, un pintor sordo que conocí aquí en Burdeos, que hizo una estampa de gente con careta, y puso al pie la leyenda: «Nadie se conoce».
Había por entonces una gran inseguridad en el origen de la mayoría de las personas conocidas; daba la impresión de que no se podía rascar mucho en la vida de la gente sin encontrar algo feo.
Todo el mundo era pretendiente a un destino, a un estanco, a una pensión, y por cada destino había cientos que lo solicitaban; se llamaba en broma a algunos aspirantes a pretendientes.
Yo también era aspirante, pues aunque don Eugenio seguía costeándome los gastos, quería independizarme lo más pronto posible.
En esto el padre Chamizo sintió que la nube de sueño que le venía encima era cada vez mayor, y balbuceó:
—Mi querido... señor Leguía... Creo la verdad, que he bebido demasiado...; tome usted el cuadernito éste, donde están mis notas... y haga usted lo que quiera con él... Me lo devuelve... o no me lo devuelve... Ahora me voy a dormir... porque no puedo más.
Leguía llamó al camarero y le mostró a Chamizo, que dormía.
—¿Qué se puede hacer con él?—le preguntó.
—Se le puede subir al hotel y echarle en la cama.
—Eso es. Muy bien.
Entre dos mozos cogieron a Chamizo como si fuera un saco y se lo llevaron. Leguía pagó la cuenta y se marchó a su casa. Las notas del ex fraile le sirvieron de base para escribir este libro.
III.
LA CASA DEL JARDÍN
El año 1833, el cuartel de la Montaña del Príncipe Pío, de Madrid, no estaba edificado aún, y el cerro que ocupa en la actualidad, con sus alrededores, formaba parte del Real Sitio de la Florida.
Esta posesión era muy extensa; se hallaba rodeada de una tapia de doce pies de altura, construída de cal y canto, con machones intercalados de ladrillo, y tenía para su comunicación con la villa cuatro puertas: una, la principal, que daba frente a las Caballerizas; otra, al cuartel de San Gil; la tercera, a la cuesta de San Vicente, y la más lejana, que comunicaba con el descampado de San Antonio de la Florida.
Dentro de los tapiales había varias huertas con sus pozos y sus fuentes, una granja de labor, un picadero y una cuadra para los caballos del infante don Francisco. Había también un edificio bastante grande, que se llamaba la Casa del Jardín. La Casa del Jardín, construída en el siglo xviii, ofrecía el carácter de las posesiones reales rústicas de aquel tiempo. Era de ladrillo amarillento, con los balcones muy espaciados, pintados de verde, y un tejado con lucernas. Rodeaban esta granja arriates abandonados, en los cuales las plantas parásitas habían sustituído a las cultivadas.
Por dentro, la casa tenía grandes salones de paredes pintadas con paisajes y guirnaldas, y los techos, llenos de amorcillos, y una galería de madera con los barrotes carcomidos por el sol y la lluvia.
La Casa del Jardín se hallaba desde hacía mucho tiempo abandonada, y sus grandes salas servían de guardamuebles y de graneros. Unicamente en un pabellón, adosado a una de las esquinas, vivía un domador de caballos con su mujer y dos chicos.
En la primavera de 1833, dos mozos hortelanos entraron una mañana en la Casa del Jardín, desocuparon una sala y un gabinete que daban a la galería, llevando los muebles amontonados allí al desván, y limpiaron los suelos; pocos días después un inquilino fué a vivir a la casa rústica. Era un joven demacrado, con aire de convaleciente de una enfermedad, flaco hasta vérsele los huesos, con las orejas que se le transparentaban a la luz. Este joven pálido tenía los ojos azules, el pelo rubio y el tipo elegante. El joven debía tener influencia sobre el mayordomo de Palacio, pues hizo que le dejaran entrar en las habitaciones cerradas y eligió varios muebles, que mandó llevar a la sala y al gabinete de que se había apoderado.
Eran estos dos salones hermosos; uno de ellos con una gran ventana que daba hacia el Campo del Moro; el otro, con una galería, desde donde se divisaba la Casa de Campo y el Pardo, con el fondo de las montañas azules del Guadarrama.
El joven de aire macilento mejoró pronto en la Casa del Jardín.
Al principio se pasaba allí todo el día contemplando el paisaje: el Manzanares, con su escasa corriente y las ropas blancas puestas a secar, que resplandecían al sol; la vega verde de los Carabancheles y de Getafe, el Palacio Real, que parecía de mármol al anochecer, y las notas de violeta que tomaba el Guadarrama al acercarse el crepúsculo. El enfermo, cuando se puso bueno, comenzó a pasear y a montar a caballo.
Al principio iba únicamente a verle un cura joven y tenían los dos largas conversaciones.
Poco después comenzó a visitar al joven otro señor que aparecía muy de tarde en tarde. Cuando llegaba éste, el joven y el cura esperaban, se encerraban los tres y charlaban largo rato.
IV.
LA PROTECCIÓN DEL CURA MANSILLA
Don Francisco Mansilla era un cura vallisoletano emigrado en París desde 1827. Este cura, hombre emprendedor, violento y mujeriego, había dado varios escándalos en Valladolid, falsificando unas firmas, y viéndose en posición difícil se escapó a París.
Mansilla era inteligente y de una actividad inagotable.
Sabía el latín a la perfección y se había especializado en la casuística. El estudio de la moral le había desmoralizado y conducido a mirar los hechos con un criterio semejante al de los jesuítas del siglo xvi y xvii.
Mansilla detuvo sus análisis y sus críticas ante los dogmas de la religión, comprendiendo que si interiormente los deshacía, se encontraría sin ningún punto de apoyo en la vida práctica y en la vida del pensamiento, lo cual para un hombre de voluntad no podía convenir.
Mansilla, al llegar a París, frecuentó los centros absolutistas y entró poco después de capellán en una casa del Faubourg Saint-Germain y alternó con lo más rancio y lo más decorativo de la nobleza francesa. El trato frecuente con la aristocracia realista hizo a Mansilla por dentro liberal exaltado.
El abate Mansilla, que ganaba muy poco sueldo y no tenía apenas medios, se pasaba la vida leyendo en su cuarto. Alguna vez que otra iba a visitar a los conocidos españoles para hablar con ellos y tener noticias de España.
En 1832, un día de Nochebuena, el abate supo que agonizaba un joven español, enfermo y abandonado en un hotel miserable de la calle del Dragón. Este joven era un tal Jorge Tilly, que en medio de una vida borrascosa había caído enfermo de una fiebre tifoidea. Mansilla no era hombre de sentimientos dulces, y, sin embargo, experimentó por el joven casi agonizante un impulso de simpatía, y decidió atenderle hasta su muerte o hasta su curación.
En la casa aristocrática donde estaba habló de su proyecto, que se tomó como una manifestación de la piedad cristiana del abate, y se permitió que se ausentara días y noches para cuidar del joven español. Jorge Tilly salió de la fiebre tifoidea; pero quedó después de la enfermedad sin fuerzas, en los huesos, presa de una laxitud terrible.
Cuando Tilly comenzó a levantarse, el abate y él hablaron largo tiempo, se contaron uno a otro sus respectivas vidas, se confesaron sus faltas, y después de una serie de explicaciones, se juraron simultáneamente un pacto de amistad y de ayuda recíproca. Ambos se hallaban cansados de la vida del extranjero y convencidos de que únicamente en el propio país se puede prosperar.
Decidieron con este pensamiento trasladarse a España. La dificultad era la falta de dinero.
Resolvieron reunir sus medios en una alianza ofensiva y defensiva y estudiaron varios proyectos. El punto de mira fué Madrid. Tilly tenía las notas de dos mujeres que habían servido a la policía y se las prestó a Mansilla.
Mansilla las estudió, las extractó y creyó que eran aprovechables.
Era indispensable ir a Madrid. Vendieron los dos todo lo que tenían y Mansilla se presentó en la corte. El abate trató a los miembros de la sociedad de Los Apostólicos, visitó a Calomarde, intrigó a todas horas, y al poco tiempo conseguía ser nombrado capellán del convento de la Encarnación y bibliotecario en el palacio de la condesa de Benavente de la Puerta de la Vega.
Mansilla visitó a los parientes de Tilly y les aseguró que éste no era un calavera, sino un joven estudioso que en aquel momento estaba enfermo en un zaquizamí.
Mansilla consiguió que la familia de Tilly le diera algún dinero para Jorge, pero ninguno de sus parientes quería tenerlo en su casa.
Mansilla envió el dinero a París, en una letra, y escribió a Tilly lo que pasaba. Como el abate era un hombre de actividad, quiso encontrar para su amigo un rincón bueno en donde pudiera restablecerse.
Mansilla conoció a un guarda de la plaza de Oriente, con quien solía pasear al salir de la iglesia de la Encarnación, y por este guarda, a un domador de caballos de las caballerizas que tenía el infante don Francisco en la Montaña del Príncipe Pío.
Fué a ver este sitio, y como le pareció excelente para Tilly, propuso al domador aceptara como huésped a un sobrino suyo, delicado de salud. El domador de caballos dijo que no podía hacerlo mientras el mayordomo del infante don Francisco no le diera su autorización. Mansilla vió a uno y a otro, movió sus amistades y consiguió el permiso.
Cuando llegó Tilly pudo instalarse en seguida en la Casa del Jardín. La mujer del domador le preparaba la comida, y él mismo, en un hornillo, se hacía el desayuno y la cena.
—Ha hecho usted una admirable adquisición—dijo Tilly—, está uno fuera del pueblo y cerca. Este observatorio es magnífico. Aquí yo me curaré y después entre los dos haremos grandes cosas.
Tilly mejoró en seguida; paseaba, montaba a caballo, tomaba el sol. Casi todos los días iba Mansilla a ver a su amigo y tenían los dos largas conversaciones. Mansilla sabía todo cuanto pasaba; Tilly, como vivía en la soledad, podía hacer la crítica de los sucesos mejor que el cura.
V.
TRES AMBICIOSOS
Un poco antes de la muerte del rey, Tilly supo que Aviraneta se encontraba en Madrid, y le escribió una carta. Aviraneta se presentó en la Casa del Jardín, y hablaron. Tilly contó a don Eugenio su vida desde que habían dejado de verse; le habló de su enfermedad y de la protección del cura Mansilla, con quien estaba unido por agradecimiento y por interés.
—¿Qué clase de pájaro es ese Mansilla?—preguntó Aviraneta.
—Es un hombre inteligente, enérgico y liberal; todo lo liberal que puede ser un cura.
—¿Usted puede contar con él?
—Sí, en absoluto. Usted le verá dentro de un rato y charlará usted con él.
Tilly le dió a Aviraneta toda clase de detalles respecto a Mansilla.
Aviraneta explicó después a Tilly la empresa política en que se veía metido.
—Yo tengo organizada la Sociedad Isabelina, que ahora marcha viento en popa—le dijo—. Está formada, principalmente, por militares y por empleados; pero he pensado que al mismo tiempo podríamos organizar una serie de triángulos para ayudarnos.
—Me parece muy bien.
—Usted es un hombre que me conviene, decidido, ambicioso y enérgico. Nos ayudaremos mutuamente y escalaremos las más altas posiciones.
—Nada; cuente usted conmigo.
—¿Este cura Mansilla, querría formar parte de nuestro primer triángulo?
—Ya lo creo.
—Nos vendría muy bien un auxiliar en el Clero. Hay que tener todas las puertas abiertas. Si no se puede la llave, emplearemos la palanqueta.
—Estamos de acuerdo.
—¿Así que usted cree que podemos constituír el triángulo?
—Nada, está constituído.
—Muy bien; entonces lo formaremos usted, él y yo. Usted el número uno, Mansilla el dos, yo el tres.
—Muy bien, acepto. Dentro de poco vendrá Mansilla, a quien tengo citado.
Tilly puso en relación a Aviraneta con el abate Mansilla, y los tres se prometieron ayudarse y favorecerse. Desde aquel día se formó el primer triángulo del Centro. ¿Tenían algún dogma? ¿Tenían alguna doctrina? Al parecer, ni dogma, ni doctrina; su único objeto era ayudarse y prosperar.
LIBRO SEGUNDO
EL TRUENO
I.
EL PADRE CHAMIZO EN MADRID
El padre Chamizo fué a vivir a un tercer piso de la calle de Cervantes. Encontró un cuarto, gabinete con alcoba, bastante espacioso. Este gabinete había sido amueblado, con pretensiones, sin duda hacía ya mucho tiempo. Tenía un papel verdoso, desgarrado en muchas partes, una consola, un espejo sin brillo, un sofá de caoba y seis sillas. La alcoba estaba oculta con cortinas verdes, con los pliegues desteñidos, y la cama era de madera y parecía un barco. Chamizo, para arreglar el cuarto a su gusto, compró en el Rastro una mesa, una estantería para libros y un sillón cómodo.
La casa aquélla, cuya dueña era una señora pensionista, doña Purificación Sánchez del Real, no era una casa de huéspedes, sino algo muy indefinido y madrileño. Doña Puri alquilaba dos cuartos a caballeros estables y les daba de comer si éstos le anticipaban de antemano el dinero para la compra. Naturalmente, daba de comer mal, cosa terrible para Chamizo, y, además de esto, servía la comida a los caballeros estables en una encrucijada a la que llamaba el comedor, que era un sitio obscuro, entre pasillos, con una ventana de cristales empañados que daba a la cocina, que a su vez daba al patio. Sólo de noche se veía algo en aquel comedor, que según doña Puri estaba bien por su decoración. Doña Puri llamaba la decoración a unos armarios simulados que tenía el cuarto en las paredes. Doña Puri era una vieja encorvada con una mirada suspicaz y una voz de característica de teatro. Tenía esta señora la nariz corva, la boca sumida y unos lunares como cerdas en el labio. Era muy redicha y muy sentenciosa.
Su hijo Doroteo, muchacho de unos veinte años, parecía por su aspecto una de esas aves estúpidas y perplejas de la orden de las zancudas. A fuerza de creerse sabio lo equivocaba todo y no hacía cosa a derechas.
Muchas veces don Venancio le dió encargos, que el joven Doroteo los equivocó completamente.
—Perdone usted, yo había entendido que usted quería decir...
—Pero, ¿por qué no entiende usted lo que se le dice simplemente?—le preguntaba Chamizo.
Tenía Doroteo una novia en la guardilla de enfrente; la pobre muchacha se pasaba el tiempo en la ventana bordando y Doroteo la escribía versos.
Doña Puri hablaba mucho al padre Chamizo de su hijo.
—Porque como usted, don Venancio, es como si fuera de la familia...—le decía, y le abrumaba con historias sin interés.
El otro huésped de la casa era un tal don Crisanto Pérez de Barradas, un señor de barba negra, alto, con melenas y anteojos ahumados. Don Crisanto tenía una voz hueca y campanuda de pedante. Chamizo, al verle por primera vez, aseguró que debía ser masón, y, efectivamente, resultó que lo era.
Don Venancio, los primeros días de su estancia en Madrid, se dedicó a andar por las calles, a recorrer los cafés y a visitar las librerías de viejo. Casi siempre volvía a casa con unos cuantos volúmenes empolvados, que colocaba con placer en los estantes.
—Mi marido—decía doña Puri—era también aficionadísimo a los libros. No sabe usted qué hombre más culto era.
Don Venancio leía mucho y leía de todo: libros religiosos y profanos, documentos históricos; tenía sus obras predilectas, que releía con frecuencia. Sus autores favoritos entre los profanos eran Horacio y Lucrecio, y entre los místicos, Malon de Chaide y fray Luis de Granada. La Guía de pecadores y el Símbolo de la fe, de fray Luis de Granada, le entusiasmaban por su lenguaje, y el libro de Malon de Chaide, La conversión de la Magdalena, por sus alusiones y sus chistes.
Chamizo era, como católico, poco practicante; se le olvidaba muchas veces la misa del domingo y no daba gran importancia a los rezos.
Para él esto era pura mecánica; probablemente, entre los rezos maquinales de los católicos, los molinos de oración de los tibetanos y de los chinos y las calabazas llenas de oraciones que los calmucos hacen girar con el viento, el ex fraile no encontraba mucha diferencia.
El padre Chamizo recorría Madrid de un extremo a otro, y le gustaba.
Madrid era entonces un pueblo curioso, más interesante que muchas ciudades de importancia y que muchos pueblos exteriormente típicos, por tener un carácter especial, el carácter del pueblo alto, seco, duro. Era difícil que por aquel tiempo hubiera en Europa una capital tan poco mezclada, tan poco cosmopolita como Madrid; no tenía esa vida arcaica de las ciudades viejas, como Venecia o Nuremberg; en España, como Toledo o Salamanca, ciudades todo fachada, ciudades que engañan y parecen existir para entusiasmar al extranjero ávido de lo pintoresco; no tenía grandes aspectos.
Madrid moral estaba en consonancia con el Madrid material: pobre, destartalado, incómodo, con casuchas míseras, con un empedrado malísimo, y, sin embargo, con rincones admirables, no tan suntuosos como los de Roma, pero con una gracia más ligera. Jorge Borrow comprendió en parte el carácter de Madrid como ningún otro escritor nacional y extranjero y notó su absurdo atractivo. Borrow sintió la extrañeza de Madrid mejor que Larra, que hizo la crítica un poco mezquina del señorito que se cree superior porque ha estado en París; sintió Madrid muchísimo mejor que Mesonero Romanos, que pintó el cuadrito de costumbres vulgar y ramplón, imitando a los costumbristas franceses del tipo anodino de Jouy.
Pueblo de poca tradición, no tenía Madrid, como las ciudades antiguas, el barrio típico, monumental, que interesa al arqueólogo; su carácter estaba en la vida de las gentes; no había allí la casa gótica, ni el alero con gárgolas y canecillos, ni la gran fachada del Renacimiento, pero dentro de la pobreza en la construcción, ¡qué tipo más acusado tenía todo, lo inanimado y lo vivo, las casas y las calles, como el alma de los hombres!
Chamizo se divertía en buscar los contrastes, en ver a los elegantes de la calle de la Montera y a los majos de Puerta de Moros, en oír a los políticos de la Puerta del Sol y a los paletos de la plaza de la Cebada, y se entretenía en mirar las tiendas, las pañerías de la calle de Postas, los comercios de cuchillos de las calles próximas a la Plaza Mayor. Quería apresurarse a sorber el espíritu castellano, que era el suyo; identificarse con su pueblo y hartarse de oír su idioma. Aunque comprendía que era absurdo, le gustaban, más que las plazas anchas y suntuosas de las capitales de Francia, aquellas plazoletas de Madrid como la de las Descalzas o la de la Paja, que no le parecían de ciudad, sino de aldea manchega.
II.
UNA LIBRERÍA DE VIEJO
El ex claustrado lo pasaba muy bien, muy entretenido en aquel medio ambiente madrileño, nuevo y extraño para él. La vida se le deslizaba de discusión en discusión. Discutía de política con los amigos de Aviraneta, que eran todos liberales; discutía de Filosofía y de Religión, y discutía, quizá con más entusiasmo que de otra cosa, de la gran cuestión literaria de la época, que dividía a la gente en clásicos y románticos. Naturalmente, Chamizo era de los clásicos y oponía a los nombres de lord Byron, de Walter Scott y de Víctor Hugo las figuras ilustres de los poetas de la antigüedad.
Muchas de estas discusiones se desarrollaban en un baratillo de libros, en el que Chamizo se hizo contertulio habitual. Estaba la tiendecita al comienzo de la calle de la Paz, y era su dueño un viejo ayacucho, el señor Martín. El señor Martín era un hombre de unos sesenta años, de cara dura y torva. Había sido sargento en América y estaba enfermo de reumatismo crónico; al andar arrastraba una pierna.
El señor Martín solía estar con su mujer y un chico en el mostrador pegando hojas y pastas con engrudo; los días muy fríos se embozaba en su capa y encendía un brasero con astillas.
El señor Martín, que había empezado su comercio en un portal vendiendo unos cuantos papeles viejos, tenía muchos libros e iba mejorando sus géneros. En su tienda había desde incunables hasta romances de ciego.
Su mujer, la señora Balbina, sabía también bastante del oficio; pero el que se preparaba a abrir las alas y a volar como un águila de la bibliografía era el aprendiz Bartolillo.
Bartolillo tenía una gran afición por los libros, y se enteraba de todo y cogía al vuelo lo que oía.
El señor Martín iba y venía de su puesto a las casas donde vendían libros, siempre cojeando, y traía carros de infolios y de papeles llenos de polvo, que iba depositando en un sótano próximo y luego llevándolos a la tienda y examinándolos.
El señor Martín vendía papel timbrado antiguo, documentos, pergaminos, libros de coro, aleluyas y colecciones de sellos. En esto Bartolo era el especialista.
A la tiendecilla solía ir mucha gente: criadas que compraban la historia del guapo Francisco Esteban, de José María el Tempranillo y de Miguelito Caparrota; estudiantes que vendían los libros de texto; soldados que pedían una novela de amor, y bibliófilos que iban a buscar la edición de Salamanca de la Celestina, o la Lex romana Visigothorum.
También había en la tienda sus tertulias. A primera hora de la tarde solían ir gentes de la vecindad: un zapatero remendón y un viejo memorialista que escribía las cartas a los aguadores y a las criadas, hombre muy seco, que tenía la cazurrería clásica del español, el señor Isidro; luego, al anochecer, comenzaban a llegar literatos, bibliófilos, periodistas, y solía haber largas discusiones.
Alguna que otra vez entraron Lista, Reinoso, Mesonero Romanos y otros varios escritores. El más asiduo era don Bartolomé José Gallardo. Gallardo hablaba pestes de todo el mundo. Era un hombre iracundo y violento, lleno de saña y de cólera contra los demás literatos. Su acento, extremeño recortado, daba más dureza a sus palabras. Tenía mucho odio a los abates afrancesados, y había escrito por esta época un folleto titulado Cuatro palmetazos bien plantados por el Dómine Lucas a los gaceteros de Bayona, contra Lista y Reinoso, y pensaba escribir otro, Las letras de cambio o los mercachifles literarios, para atacar violentamente a Hermosilla, Miñano, Lista y Burgos.
Gallardo aseguraba que aquella época era la más baja de la historia de la literatura española, y que nadie sabía nada, cosa que se asegura en todas las épocas con el mismo grado de certidumbre. Gallardo era amable con la gente que no podía ser rival suyo. Había visto la sagacidad y la curiosidad de Bartolillo, el chico de la librería, y le desafiaba y le mareaba a preguntas y luego le daba explicaciones, que Bartolillo las cogía al vuelo. Un día el padre Chamizo se encontró en la librería del señor Martín con un militar, Mac-Crohon, recién venido del extranjero. Este Mac-Crohon había sido muy amigo del abate Marchena, y quería recuperar algunos libros de historia del abate que no sabía adónde habían ido a parar después de su muerte.
Hablaba don Venancio con Mac-Crohon, cuando se acercó Aviraneta con dos señores: uno era don Bartolomé José Gallardo; el otro, el abogado de Burgos don José de la Fuente Herrero. Venían los tres discutiendo de política; decían que los liberales corrían un gran peligro por lo mucho que trabajaba el partido apostólico dirigido por la Sociedad secreta El Angel Exterminador.
—La masonería escocesa, a la que pertenecemos todos—decía Gallardo—, está desorganizada y sin trabajar, con sus columnas abatidas.
—Esta es la fraseología de los masones—pensó Chamizo, y no hizo mucho caso de ello.
Saludó a Mac-Crohon, que unos días después le regaló un tomo de Lucrecio, que había pertenecido a Marchena, y se dedicó a ver las estampas de Brambilla y Gálvez, del Sitio de Zaragoza, y las litografías que habían hecho hacía unos años de los Sitios Reales y de los cuadros del Museo, bajo la dirección de Madrazo, algunos dibujantes y litógrafos extranjeros como Brambilla, Asselineau y Pic de Leopold.
Cuando Aviraneta y sus amigos concluyeron su conversación salieron de la librería, y Chamizo comenzó a hablar con Gallardo de bibliografía y de historia eclesiástica. Dieron un paseo por la calle de Alcalá, volvieron a la Puerta del Sol y allí se despidieron todos.
Al marchar hacia casa juntos Aviraneta y Chamizo, por la calle del Príncipe, un señor viejo se abalanzó a Aviraneta y le estrechó entre los brazos...
—¡Adiós, don Venancio!—dijo Aviraneta al ex fraile—. Me voy con este señor.
—¿Quién es?—le preguntó Chamizo, por curiosidad.
—Es don Lorenzo Calvo de Rozas, un hombre que se distinguió en el Sitio de Zaragoza y que fué ministro en 1823.
Los días siguientes siguió Chamizo acudiendo a la librería de viejo del señor Martín, donde compraba algunas menudencias. Se hizo muy amigo de la casa.
El hijo del señor Martín era un joven de unos veintitrés años, llamado Román, a quien llamaban el Terrible. Román estaba casado con la hija de un encuadernador. Era hombre vicioso, impulsivo, violento, que no le gustaba trabajar y saqueaba a su padre. Muchas veces Chamizo presenció tremendas disputas entre el padre y el hijo, que acababan con insultos y con amenazas.
III.
UN JESUÍTA
Un día acababa Chamizo de levantarse de la cama y estaba leyendo la Historia secreta de Procopio, en una edición antigua, cuando llamaron a su puerta y entró en su cuarto un cura joven. Saludó éste al ex fraile y le dió una tarjeta donde ponía:
Jacinto Jiménez,
S. J.
—Usted dirá que desea—le preguntó Chamizo.
—Vengo a tomar informes de su vida y de su conducta.
—¿De mi vida?
—Sí, señor; de parte de los padres de la Compañía de Jesús.
—Señor mío—replicó don Venancio—, la Comunidad en la que yo profesé ha sido extinguida, y yo me considero con libertad de acción para vivir independientemente y sin tener que dar cuentas a ninguna otra Orden.
—¿Pero usted se considera dentro de la Iglesia?—preguntó el curita.
—Sí.
—Pues entonces debe usted obedecer.
—Según a quién—contestó Chamizo; y a las observaciones del jesuíta replicó con citas de San Agustín, San Juan Crisóstomo, San Jerónimo, Orígenes, etc. El padre Jacinto no andaba muy bien en cuestiones de disciplina eclesiástica, y dijo:
—Dejemos, si usted quiere, esas cuestiones teóricas, y vamos a la realidad. Se ha sabido que usted tiene relaciones con masones y revolucionarios. Se le ha visto a usted con frecuencia en una librería de viejo en compañía de don Bartolomé José Gallardo, que es uno de los enemigos más acérrimos de la religión.
—Hablo con él porque es un escritor erudito; pero yo no participo de sus ideas. A esa librería de viejo van también algunos eclesiásticos.
—Bueno. Aquí deseamos saber, padre Chamizo—preguntó el padre Jacinto echándoselas de hombre franco y campechano—, si usted está con nosotros o con ellos.
—Yo no estoy con nadie. Yo no intento mas que encontrar un medio de ganarme la vida honradamente, y nada más.
—Nosotros se lo proporcionaremos.
—¿Ustedes?
—¡Sí! Con una condición.
—¿Y es?
—Que usted nos comunique los trabajos que hagan sus amigos liberales.
—¡Pero si no hacen trabajo alguno!
—Sí, sí; los hacen.
—Bien; aunque los hagan, yo no los conozco, y si los conociera porque me los hubieran comunicado en confianza, yo no iba a dar parte de ello al primer reciénvenido.
—Es que yo no soy el primer reciénvenido—dijo irguiéndose el padre Jacinto—; soy la Iglesia.
Quedó el ex fraile anonadado al oír el tono que empleó el jesuíta al decir esto.
—De todas maneras—concluyó diciendo Chamizo—, yo para espiar no sirvo. Que me den un trabajo cualquiera, y lo haré; pero espiar, no.
—Está usted muy embuído en las ideas del siglo, padre Chamizo—replicó el jesuíta—. Todo lo que se hace para mayor gloria de Dios está bien hecho. Volveré otro día, y creo que le convenceré a usted.
Diciendo esto, el jesuíta sonrió y se retiró del cuarto.
IV.
SILUETAS DE CONSPIRADORES
Al día siguiente, por la tarde, don Venancio se encontró a Paquito Gamboa, el militar con quien había estado en el lazareto de San Sebastián, en la calle de Atocha; dieron un paseo, y, a la vuelta, entraron en el Café de Venecia, de la calle del Prado. Se sentaron cerca de la ventana. Era aquel local un sitio obscuro, ahumado, con un olor especial en que se mezclaban el aroma del café tostado, con el humo del tabaco, y un tufo como de polilla que echaban los divanes ajados de terciopelo.
—¿Y la mayoría de esta gente son militares?—preguntó Chamizo.
—No—contestó Gamboa—. Muchos de estos son vagos, que esperan que llegue el buen momento charlando en un rincón, fumando y jugando al billar. Algunos, que se dan por militares indefinidos y de la reserva, son aventureros, perdidos, cuando no estafadores.
Gamboa le habló después a Chamizo de que se conspiraba activamente. Suponía que Aviraneta andaba en el ajo y que debían estar complicados Calvo de Rozas, Romero Alpuente, Flórez Estrada, Gallardo y otros constitucionales.
Gamboa pensaba hablar a Aviraneta y ofrecerse a él. Le invitó a ir a Chamizo a casa de doña Celia, y se fué porque tenía que acudir a la guardia.
Acababa de salir el joven militar, cuando entraron en el café Calvo de Rozas, con un señor grueso, de patillas, y después, formando otro grupo, dos viejos carcamales, en compañía de Aviraneta y de un hombre con aire frailuno.
Se sentaron todos en una mesa: los dos carcamales, Flórez Estrada y Romero Alpuente, se sentaron en el diván, y los demás, en sillas alrededor. La conversación se refirió a motivos generales de política.
Calvo de Rozas, hombre de mal talante, de aspecto ceñudo y sombrío, hablaba con una sequedad antipática. Se decía que en el Sitio de Zaragoza había mandado despóticamente como un bajá. Se le tenía por aragonés, pero había nacido en Vizcaya. En Francia, en tiempo de la Revolución, hubiera figurado entre los jacobinos.
Romero Alpuente, un viejo repulsivo, amarillo, con un aspecto de cadáver y con los ojos vidriosos, hablaba despacio, de una manera petulante, y mezclaba en su conversación frases chocarreras, que él era el primero en reír con un gesto tan frío y tan triste, que daba horror.
Respecto a Flórez Estrada, parecía una sombra, un anciano decrépito, con un pie en la sepultura.
El señor grueso de las patillas era don Juan Olavarría, hombre que se tenía por sesudo y por serio y que vivía en una continua fiebre proyectista. Los canales, los puertos, las fábricas, el convertir los montes en llanuras y las llanuras en montes, era su obsesión.
El otro personaje era el masón Beraza. Beraza tenía un aire frailuno. Iba afeitado, tenía una calva hasta el cogote, la frente abultada y la nariz respingona. Su cuerpo era gordo y fofo, y sus ademanes, un tanto femeninos. Debía de ser un hablador frenético, porque constantemente se le veía perorando con un dedo en el aire y sonriendo con una sonrisa plácida y estólida.
Al cabo de algún tiempo salieron del café, en fila, los contertulios liberales, todos de capa y de sombrero redondo. Estos conspiradores de capa y copa iban muy serios y ceñudos.
Al salir, Aviraneta le vió a Chamizo y se acercó a él.
—¡Hombre! Le voy a presentar a usted a estos señores.
—No, no.
—¿Por qué no?
—Usted anda ahí en su fregado revolucionario, que a mí no me conviene.
—¡Bah! Usted es de los nuestros, padre Chamizo.
—No; no soy de los de ustedes. Yo soy católico, apostólico, romano y monárquico, y ustedes son unos impíos, unos anarquistas, unos conspiradores...
—¡Ca, hombre! No haga usted caso. ¿Quién le ha metido a usted esas bolas?
El ex fraile dijo primero lo que le había contado Gamboa, y después le habló de la visita del jesuíta que había tenido el día anterior.
Aviraneta se quedó serio.
—Y usted, ¿qué va a hacer?—preguntó.
—Yo, nada. Yo no le voy a espiar a usted, que es amigo mío.
—Gracias, don Venancio. Lo que vamos a hacer es una cosa. Yo le daré a usted de cuando en cuando alguna noticia que sepa, y usted se la comunicará al curita ése.
—No me gusta el procedimiento. No sé qué traman ellos y qué traman ustedes.
—¿Nosotros? Muy poca cosa. ¿Sabe usted cuál es nuestro objeto? Pues es hacer una partida del trueno para asustar a los realistas y decidir al Gobierno a que nos acepten a todos en el ejército y en los ministerios.
—Mal camino han elegido ustedes.
—¡Qué quiere usted! Gente joven. Cabezas locas. Y hablando de otra cosa, ¿quiere usted que le diga a don Bartolomé José Gallardo que le envíe algunos libros raros? Se los enviará, porque yo responderé por usted.
—Usted será responsable, señor Aviraneta, si mi alma se pierde—dijo con energía Chamizo.
—Sí, es verdad.
Salieron los dos del café. Llegaron a la calle del Lobo, donde vivía don Eugenio.
—¿Le ha dicho a usted Paquito Gamboa qué día tenemos que ir a cenar a casa de Celia?—preguntó Aviraneta.
—No; ha dicho que nos avisará.
Se despidió Chamizo de don Eugenio, y se fueron cada uno a su casa.
Al día siguiente, en la librería del señor Martín, Gallardo dijo al ex fraile que Aviraneta le había hablado de él, y añadió que le pidiera los libros que quisiera, que él se los daría con mucho gusto.
—Si yo encuentro algo que le convenga a usted...—dijo Chamizo.
—No, no. Eso es demasiado para un fraile—contestó con sorna Gallardo—. A un fraile no se le puede pedir que dé nada; ustedes están hechos para tomar lo que les den. Ya sabe usted lo que decía el padre Barletta, el predicador de Nápoles, en su latín macarrónico: Vos quoeritis á me, fratres carissimi quómodo itur ad paradisum? Hoc dicut vobis campanae monasteri, dando, dando, dando.
—¡Bah, invenciones!
—No, hombre, no. El padre Barletta es el mismo que, contando la entrevista de Cristo con la Samaritana, dijo que ésta conoció en seguida que Cristo era judío porque vió que estaba circuncidado.
V.
LA CANCIÓN DEL TRUENO
A los tres días de esta conversación fué el padre Jacinto a casa del ex claustrado. Don Venancio se mostró con él bastante ambiguo, dándole a entender que haría lo posible para sonsacar a sus amigos los liberales, sin comprometerse formalmente a nada. El jesuíta proporcionó algunos trabajos, traducciones de documentos latinos; pero viendo después que las confidencias de Chamizo no le servían para gran cosa, dejó de visitarle. Solía ir Chamizo con frecuencia a ver a Aviraneta; le redactaba cartas y le traducía otras que le llegaban escritas en francés y en inglés.
Don Eugenio manejaba sumas respetables, tenía medios, aunque no los gastaba en sí mismo. A Chamizo le daba lo que le pedía, dinero que el ex fraile invertía en comprar libros y en comer bien, huyendo como de la peste del comedor de doña Puri para los caballeros estables.
Alguna vez le enviaron cartas a su nombre para entregárselas a Aviraneta, cosa que le hizo poca gracia, porque comprendía que allí se encerraba algo sospechoso.
Aviraneta le aseguró un día que no había nada oculto.
—Bueno; pues para convencerme—le dijo Chamizo—, enséñeme usted una carta de éstas y déjemela leer.
Le enseñó Aviraneta la carta; no se podía leer nada, lo que hizo pensar a Chamizo que estaba escrita con alguna clave.
—Bueno, don Eugenio—dijo el ex fraile—. Haga usted el favor de decir que no me envíen cartas así.
Aviraneta lo prometió, y, efectivamente, no se las volvieron a enviar.
Siempre le quedaba a don Venancio la curiosidad de saber qué hacía Aviraneta, con qué gente trataba y a qué casas iba.
Un día que estaba el ex fraile traduciendo unos trozos de una obra de Jeremías Bentham, en casa de Aviraneta, para Flórez Estrada, vió a don Eugenio sentado a la mesa ante un papel lleno de tachaduras.
—¿Qué diantre hace usted?—le dijo—. ¿No estará usted haciendo versos?
—Haciendo versos estoy.
—¡Usted!
—Sí. Parece que me cree usted absolutamente incapaz de hacer una copla.
—La verdad... Así es. Le tengo a usted por un hombre negado para eso. Pero, ¡quién sabe! Quizá sea usted un lord Byron o un Quintana. ¡Vamos a ver esos versos!
—Ya sé que le parecerán a usted mal—dijo don Eugenio—. Son versos de circunstancias hechos para cantar con la música del Al tun, tun, y para uso exclusivo de la gente del Trueno.
—No conozco ni ese Al tun, tun, ni ese trueno.
—El Al tun, tun es una musiquilla popular que no tiene nada que ver con Mozart, ni con Rossini. Respecto a la partida del Trueno, el otro día le hablaba a usted de ella...
—No recuerdo. He oído hablar del Trueno, de estudiantes nocherniegos y calaveras...; pero no creí que eso tuviera ninguna organización.
—No la tiene, pero a mí se me ha ocurrido darle un aire de organización, y de cuando en cuando uno de estos oficiales ilimitados, con quince o veinte amigos, van de ronda por los Barrios Bajos y se les reúnen algunos menestrales de nuestras ideas, y dan, de Pascuas a Ramos, un estacazo a un carlista enemigo y gritan por las calles: «¡Mueran los carlistas! ¡Viva la Constitución!» Cuando hacen alguna cosa de éstas se dice: «¡Es la partida del Trueno!» Al mismo tiempo, cuando se reúnen en los cafés poetas, periodistas, ex guardias de Corps, liberales y militares indefinidos, y hablan a gritos, y riñen, y salen embozados en sus capas hasta los ojos, se dice: «Es la partida del Trueno». Y esta partida del Trueno hace mucho ruido y no es nada. Se asegura que son jóvenes liberales exaltados de la aristocracia y de la clase media; se ha hablado de que con ellos anda Candelas, el ladrón... Con esto los realistas se asustan y creen que tienen un enemigo mayor.
—Es usted un farsante, amigo Aviraneta.
—No se puede aspirar a ser político sin ser un poco granuja, padre Chamizo. Todo político empieza por ser un pillastre. Yo acepto la pillastrería necesaria, íntegra; tomo un baño de picardía y sigo adelante.
—¡Oh! Usted no necesita eso. Tiene usted bastante bilis y bastante mala intención para desafiar el veneno de los escorpiones y de las víboras.
—¡Cómo se conoce que ha sido usted fraile!—dijo Aviraneta—. Tiene usted la manera de hablar rencorosa de todos ellos.
—¡Gracias! Vamos a ver sus poesías.
—Poesías, no; son versos deplorables, variaciones sobre la consigna de la partida del Trueno.
—No sé cuál es esa consigna.
—La consigna es ésta: Garrotazo y decir que nos pegan.
—¡Muy bien, muy cristiano!
—Ahora verá usted el sublime himno. No me elogie usted demasiado, padre Chamizo; me voy a ruborizar. Allá va:
Al tun tun, paliza, paliza;
al tun tun, sablazo, sablazo;
al tun tun, ¡mueran los realistas!;
al tun tun, que defienden a Carlos.
En la callejuela,
en el callejón,
darles buenas tundas,
sin vacilación.
Reinará Don Carlos
con la Inquisición,
cuando la naranja
se vuelva limón.
—Sí.
—Muy ática, muy culta.
—Sí; ya me figuraba yo que le conmovería a usted. Ahora va la segunda:
Al tun tun, garrote, garrote;
al tun tun, trancazo, trancazo;
al tun tun, ¡abajo los frailes!;
al tun tun, que se llevan los cuartos.
Por la portezuela
y por el portón,
¡duro y tente tieso!
¡leña a discreción!
Reinará Don Carlos
con la Inquisición,
cuando la naranja
se vuelva limón.
—¿Qué le ha parecido a usted la coplilla, padre?
—Una necedad y una salvajada.
—¿Ve usted? Eso me demuestra que la copla está bien: el que le indigne a usted. No puede usted negar que ese ritornelo:
Reinará Don Carlos
con la Inquisición...
es muy artístico.
—Sí; es arte para un cuerpo de guardia o para el patio de un presidio. El otro día me aseguraba usted que no era verdad que se cantase en Madrid la copla que ponía el papel carlista:
¡Muera Cristo!
¡Viva Luzbel!
¡Muera Don Carlos!
¡Viva Isabel!
—Y es cierto que no se ha cantado nunca eso.
—Lo que no es obstáculo para que usted escriba una copla por el estilo.
—No, hombre. Decir: «¡Abajo los frailes!», no es lo mismo que decir: «¡Muera Cristo!». Hay su diferencia. Ustedes son, como ha dicho muy bien Gallardete, animales inmundos encenagados en el vicio. Ustedes no tienen nada que ver con Jesucristo; ¡qué van a tener que ver!
—Bueno, bueno. Está bien. No diga usted más disparates. En fin, ya que usted acepta como programa el del «Al tun tun...», yo aceptaré este otro, de una canción del año 23:
Bórrese de la memoria
la infernal Constitución,
y sólo sirva en la historia
para eterna execración.
LIBRO TERCERO
EL TRIÁNGULO DEL CENTRO
I.
EXPLICACIONES
Se habían citado para las dos de la tarde Aviraneta y Tilly delante del cuartel de San Gil, y juntos entraron en la Montaña del Príncipe Pío, y fueron marchando por el campo hasta llegar a la Casa del Jardín. Pasaron a la salita que ocupaba Tilly y se sentaron en unos sillones de mimbre.
—Si no ha tomado usted café le traeré una taza—indicó Tilly.
—Lo he tomado; pero no tengo inconveniente en tomar más—contestó don Eugenio.
Salió Tilly. Aviraneta se puso a contemplar la sala y las pinturas de las paredes. La sala era rectangular, las paredes tenían mediascañas doradas y el suelo era de mármol. El techo estaba lleno de pinturas con guirnaldas, angelitos y frutos, y en medio, una ninfa subía por el aire entre nubes, con un ademán elegante y amanerado. Había pocos muebles para el tamaño del salón: una consola y un sofá, los dos rococos, muy llenos de conchas y agrietados por todas partes; varias sillas doradas y unos sillones.
En las dos paredes largas había pintadas: en una, la vista de Nápoles, con el Vesubio en el fondo; en la otra, la villa de Amalfi, tomada desde el fondo de una gruta. En los testeros se veían: en uno, la ciudad de Capri, con las ruinas del palacio de Tiberio, destacándose sobre grandes montes pedregosos, y en el otro, la abadía de Vallombrosa, con su torre antigua, al pie de unas montañas llenas de pinos. Estas pinturas al temple, rápidas, abocetadas, descascarilladas por el tiempo, tenían su gracia amanerada.
Tilly, al traer una cafetera y una taza, que colocó en un velador, dijo:
—¿Mira usted las pinturas de mi salón?
—Sí.
—No valen gran cosa, según dicen.
—No, como pintura, no; pero como literatura, sí.
—Celebro que me lo diga usted.
—¿Por qué?
—Porque yo me suelo entretener muchísimo mirando estas figuras. ¿Querrá usted creer que a veces me enternezco pensando en esta pastorcita que hay aquí en Capri, y voy a pescar con estos marineros de Nápoles, y paseo con los frailes en la terraza de este convento de Amalfi?
—No me choca; ese sentimentalismo de cabeza es muy propio del hombre terne.
Don Eugenio llenó la taza de café y encendió un cigarro.
—Ahora, maestro y compañero número tres—dijo Tilly—, dejémonos de sentimentalismos y de pinturas, y cuénteme usted los comienzos de su Sociedad, para que pueda estar en todos los detalles.
—¿No le hablé a usted en Ustáriz—preguntó Aviraneta—de un plan que tenía, al llegar a España, de constituír una Sociedad secreta en que se fundieran masones, comuneros y carbonarios para defender la libertad?
—Me habló usted algo, pero muy vagamente—contestó Tilly.
—Este proyecto, que entonces yo llamaba la Sociedad del Triple Sello, se lo expuse a Mina en Bayona, y Mina quedó de acuerdo.
—¿Tenía usted un programa político definido?
—No. Eso lo dejaba para los hombre notables que entraran en la Sociedad—replicó Aviraneta—. Mi proyecto era sencillamente fundar una Sociedad secreta sin simbolismos; nada de mojigangas, ni de columnas, ni de templos, ni de majaderías por el estilo: una organización fuerte, una vigilancia grande entre los afiliados y un programa mínimo.
—Es dar a la Sociedad secreta el carácter del tiempo—murmuró Tilly.
—Eso es—y Aviraneta llenó otra taza de café—. Respecto a mi orientación general era llegar al máximo de liberalismo compatible con el orden, exterminio del carlismo por todos los medios posibles y Constitución del año 12, modificable en parte si se consideraba necesario.
—Bueno. Ahora, maestro, explíqueme las gestiones que fué usted haciendo al llegar a Madrid.
—Al primero que hablé fué a don Bartolomé José Gallardo.
—¿Al escritor?
—Al mismo. Gallardo me dijo que había tenido una idea parecida a la mía; pero que le enfriaba el ver que aun quedaban odios y rivalidades entre los masones y los comuneros de 1821 a 23, y más aún, el recuerdo de esta Sociedad comunera, cuya base él había establecido, y que gracias a los manejos de Regato había servido a los absolutistas. Yo traté de convencerle de que hay que repetir las experiencias, y él me dijo que lo intentara yo.
—Una pregunta: ¿Tenía usted dinero?
—Sí; traje algo de Méjico.
—¿Qué hizo usted después?—preguntó Tilly.
—Me vi con varios masones y comuneros, y unos me recomendaron que consultara con Calvo de Rozas, y otros, con Flórez Estrada. Visité a Calvo de Rozas, y éste me recibió con entusiasmo. Me aseguró que la juventud madrileña era liberal ardiente, que se podía contar con la oficialidad joven del ejército, y que no faltaba mas que organización, y que era necesario comenzar la obra. Bien—le dije yo—, pero no tengo elementos. Yo se los proporcionaré a usted—me contestó él.
—¿Y se los ha proporcionado?
—En parte, sí.
—¿Y constituyeron ustedes la Sociedad en seguida?
—No; yo había pensando en fundar la Junta del Triple Sello con dos delegados de cada sociedad antigua y un presidente, en total siete; pero no teníamos al empezar mas que un ex comunero, Calvo de Rozas; un masón, Beraza, y yo, que ingresé en una Venta Carbonaria en París.
—¿Hay carbonarios aquí?
—Algunos, entre los militares.
—¿Qué hicieron ustedes primeramente?
—Yo le dije a Calvo de Rozas que se encargara él de constituír la Junta y que me dejara a mí organizar la oficialidad y la juventud liberal. Necesitaba dinero, carta blanca para hacer y deshacer a mi antojo y un hombre de confianza a quien se le pudiera encargar una misión difícil. Estas fueron mis condiciones.
—¿Y las aceptó?
—Sí.
—¿De dónde sacaron ustedes el dinero?
—Se hizo un pequeño empréstito dirigido por Calvo y Mateo, antiguo agente de la Compañía de Filipinas y después banquero en París, que prestó sumas crecidas a Mina y a Torrijos.
—¿Y encontró usted en seguida el hombre de confianza?
—Sí.
—¿Quién era?
—Un capitán indefinido, Antonio Nogueras, hombre que conoce la sociedad de Madrid.
—¿Es hombre que vale?
—Es un tanto farragoso, amigo de hacer frases campanudas. A este capitán le encargué que me proporcionase diez comandantes o capitanes de la clase de ilimitados o indefinidos, a quienes se pudiera confiar la organización militar de los liberales de Madrid.
—¿Qué organización ha empleado usted?
—La de los carbonarios. El núcleo primero es de diez hombres, con un jefe, y se llama decuria, y al jefe, decurión; cada diez decurias forman un centuria, con un centurión; cada diez centurias, una legión, con su jefe o pretor.
—Los nombres no me gustan—murmuró Tilly—, tienen un aire arcaico.
—A mí, tampoco; pero hay que dejar un poco de pintoresco para la gente y habría que reemplazarlos por otros, lo que no es fácil.
---¿Ha encontrado usted pronto sus hombres?
—Muy pronto. Hay entusiasmo. En una semana Nogueras me ha traído a casa una porción de oficiales jóvenes, un poco ruidosos y fanfarrones, que se han encargado de la obra. Han reclutado dependientes de comercio, estudiantes, médicos, abogados...
—¿Y es una gente fácilmente dirigible?
—De todo hay. Al lado de estos militares alegres y fanfarrones, de los dependientes de comercio y estudiantes llenos de entusiasmo, hay los abogados, los que se sienten con aptitudes políticas, y esa gente es gente hambrienta y rapaz que busca la carrera, que quiere medrar...
—Tipos como yo—dijo Tilly.
—Pero que no tienen las condiciones de usted.
—¿Y cuánta gente ha reunido usted ya?
—En el tiempo que llevamos se han completado las diez centurias y se ha distribuído a cada hombre su número en la centuria a que pertenece.
—¿Así que tienen ustedes mil hombres, maestro?
—Sí. Yo digo por ahí que somos más.
—¿Y el jefe militar? El pretor, ¿quién va a ser?
—Por ahora yo. Para más tarde tenemos un jefe de prestigio.
—¿Quién?
—Palafox.
—¿Aceptará?
—Sí.
—Pero esos hombres tendrán que estar armados. ¿Y las armas?
—En eso estamos. Por el informe de los jefes de las centurias sabemos que hay muchos voluntarios que están dispuestos a comprar su fusil y sus municiones. Para los indigentes habrá que regalárselos, y se hará una suscripción.
—Muy bien: contribuíremos a ella con la modestia de nuestros recursos—aseguró Tilly.
—No hay necesidad. Ustedes pueden dar algo más que unas pesetas.
—Veamos cuál va a ser nuestra especialidad—indicó Tilly.
—El padre Mansilla que se dedique a buscar relaciones entre palaciegos y el clero realista; que se presente ante ellos como un partidario del absolutismo ilustrado..., un poco de tradición..., un poco de siglo.
—Está bien. Comprendido. Lo hará perfectamente. Va por ese camino.
—Aconséjele usted que se ponga a confesar para que pueda ir enterándose de todo.
—La cosa es delicada, pero lo conseguiremos.
—Respecto a usted, Tilly, si está usted ya en disposición de trabajar...
—Sí, sí.
—Convendría que entrara usted en el partido de los cristinos.
—¿Ha pensado usted el procedimiento?
—Sí; podía usted hacer un folleto pequeño acerca de las reformas de España. Podía usted defender a la Reina Cristina con entusiasmo; una carta por el estilo de la de Luis XVIII, y otras reformas. Unas cuantas citas sabias, Montesquieu, Bentham, etc.
—Nada; lo haré. Mansilla me ayudará. ¿Y después?
—Después imprime usted su folleto sin nombre, sólo con iniciales, y se lo envía usted a una serie de personas del partido cristino.
—Bueno. Se hará todo ello.
—Naturalmente, usted es noble. Usted se firmará de Tilly y tendrá usted un sello con las armas de los Tillys.
—¿Le parece a usted indispensable?
—Sí, me parece conveniente. Además, usted en Madrid será un joven serio y religioso. Irá usted a la iglesia de moda y hará usted que le vean.
—Eso lo encuentro un poco aburrido.
—Serio, aristócrata, liberal, religioso, un poco melancólico, porque ha tenido usted amores desgraciados, antiguo calavera, está usted en condiciones admirables para hacer su camino.
—Me quiere usted convertir en un joven Werther retirado—dijo riendo Tilly.
—No, aparentemente nada más. Haga usted de palomita, y luego, si puede usted, ya sacará usted el pico y las garras de buitre.
—Bueno.
—Mientrastanto, se dedica usted a estudiar un poco de política y hace usted todo lo posible para conocer el máximo de gente.
—Muy bien.
—Cada uno de nosotros puede crear, si encuentra ocasión, un nuevo Triángulo, y tenerlo en secreto.
—Yo, por ahora, será difícil—dijo Tilly.
—¡Ah, claro! Pero cuando salga usted más, será otra cosa. De todas maneras dígaselo usted a Mansilla.
—Se le dirá.
—Bien; me voy. Dentro de un mes vendré de nuevo por aquí.
—¡Un mes! ¿No será mucho tiempo?
—No. Si tienen ustedes necesidad de comunicarme algo importante me avisan a mi casa, calle del Lobo, trece, y yo vendré. A poder ser, escribir poco, únicamente en caso de necesidad. Para ello usaremos una clave.
—Muy bien.
—Después de comer estaré los lunes, miércoles y viernes en el café de Venecia; los martes, jueves y sábados, en el Café Nuevo; los domingos, en la fonda de Genies. Ahora, querido Uno, buenas tardes.
—Espere usted, amigo Tres. Mansilla vendrá a las cinco en punto, es muy puntual.
—¿Quiere usted que le hable yo?
—No; únicamente quiero explicarle su misión en un momento, por si acaso se le ofrece alguna duda, para que consulte con usted.
Efectivamente: a las cinco en punto se presentó Mansilla. Era un hombre bajo, grueso, la cara ancha y la mirada enérgica. Tenía una actitud de mando y unos movimientos bruscos.
Tilly habló con él a solas, y después charlaron los tres de política de actualidad. Aviraneta se despidió, y, acompañado de Tilly, bajó la escalera de la terraza y salió por la puerta de la tapia.
Unos días después, Aviraneta recibió aviso de Tilly diciéndole que el cura y él habían principiado su campaña, y que el Triángulo del Centro comenzaba sus trabajos con buenos auspicios.
II.
TRABAJOS DEL PRIMER TRIÁNGULO DEL CENTRO
Un mes después de esta conversación, Aviraneta, embozado en su capa, entraba por la tapia de la Montaña del Príncipe Pío, por la puerta de enfrente a Caballerizas, y avanzaba hasta la Casa del Jardín.
Don Eugenio atravesó el zaguán, subió la escalera y entró en la sala, en donde se encontraban Mansilla y Tilly.
—Santas y buenas tardes—exclamó Aviraneta al entrar—. ¿Qué tal vamos, señores?
—Muy bien; ¿y usted, don Eugenio?—dijo Tilly.
—Perfectamente. ¿Y el reverendo padre Mansilla, el número Dos de nuestro Triángulo, cómo va?
—El reverendo padre marcha tan bien como el número Dos—murmuró el interesado.
—¿Damos por comenzada la sesión del Triángulo del Centro?—preguntó Aviraneta.
—La damos—contestó Mansilla.
—¿Hay cosas que contar?
—Las hay—repuso Tilly.
—Empiece usted, número Uno.
—Como habrá usted podido observar—indicó Tilly—, el folleto mío se ha publicado y se ha repartido. He recibido varias cartas de contestación, que tiene usted aquí, y he sido invitado a una reunión, que se celebró hace dos días en casa de don Rufino García Carrasco.
—¡Hombre, muy bien! No creí que marchara usted tan de prisa. ¿Qué pasó en la reunión?
—A la reunión acudieron don Juan y don Rufino Carrasco, el duque de San Carlos, el oficial de la Secretaría del Ministerio de Gracia y Justicia, don Juan Donoso Cortés; el conde de Parcent, con el capitán Ríos, y algunos otros aristócratas y palaciegos. Se puso a discusión la fundación del nuevo partido, que tendrá como principios la defensa de los derechos de la Reina Isabel, la regencia de su madre y un vago liberalismo.
—¿Llegan a esto?—preguntó Aviraneta.
—¡Hum! En este último punto hay sus más y sus menos; algunos creen que debe establecerse una Constitución moderna; otros son partidarios de la Carta y de las dos Cámaras, y otros, por último, prefieren el absolutismo ilustrado.
—¿Hay partidarios de Zea Bermúdez?
—Partidarios de Zea, no; más bien de sus doctrinas.
Como la discusión del problema constitucional llevaba camino de eternizarse, el presidente don Rufino Carrasco resolvió dejarla para más adelante, y se pasó a discutir el punto de si los cristinos debían armarse, o no, para defenderse de los carlistas.
—Es cuestión importante. ¿Y qué se ha resuelto?—preguntó Aviraneta.
—Se ha resuelto comenzar en seguida el armamento. Los Carrascos serán los encargados de hacerlo, y con sus influencias en Palacio creen que no les pondrán obstáculos. Probablemente, en seguida va a empezar la compra de armas.
—La cosa es importantísima—murmuró Aviraneta—; nosotros haremos lo mismo. ¿Y usted, amigo Mansilla, ha adquirido nuevos datos?
—Los datos que tengo—contestó el cura—son que se prepara un movimiento absolutista terrible. En Palacio la mayoría son carlistas. La Milicia realista hierve; de los pueblos vienen constantemente emisarios preguntando cuándo se echan al campo; Merino, don Santos Ladrón, el conde de España, Maroto, González Moreno se está preparando.
—Aquí, ¿quién es el jefe? ¿El duque de Infantado?
—Sí; él y su hijo. El hijo es el que se dice que se pondrá a la cabeza de los realistas de Madrid.
—Pero, en fin, padre e hijo son un par de imbéciles—dijo Aviraneta.
—¿Eso qué importa?—contestó Tilly—. Pueden ser la bandera.
—¿Quién va con ellos?—preguntó Aviraneta.
—Va el rector del convento de jesuítas de San Isidro, padre Puyal; el colector Zorrilla, el archivero del duque del Infantado...
—Esta no es gente de armas tomar.
—No, claro es, pero de mucha influencia.
—¿Y de militares, hay muchos?
—No muchos: los jefes de los voluntarios realistas, el coronel Rodea, el teniente Paulez, el capitán Portas, que es el cuñado de Bessieres... Casi todos estos piensan unirse a Merino, si la cosa va mal, porque algunos tienen la esperanza de que si entre cristinos y liberales exaltados echan a Zea Bermúdez de la presidencia, apoderarse ellos del Poder.
—No está mal pensado. Es lógico. Nosotros defenderemos a Zea—murmuró Aviraneta—, y, mientrastanto, nos armaremos. Al menos, siquiera que podamos contar con Madrid. Aconsejaré a la gente que no haga la menor manifestación contra Zea. Que dure lo más posible es lo que nos conviene.
—Y ¿usted qué ha hecho?—preguntó Tilly.
—Nosotros hemos organizado nuestra Junta Isabelina, que ha quedado compuesta por Flórez Estrada, Calvo de Rozas, Romero Alpuente, Beraza, Olavarría y yo. Como jefe militar, con voto en el Directorio, ha quedado Palafox.
—¿Es gente que vale?—preguntó Tilly.
—Nada; viejos cansados, hombres serios y honrados, pero inútiles para una conspiración. Gente que tiene un hermoso epitafio nada más. Yo preferiría pillos, ambiciosos, crapulosos... indocumentados, pero con más ímpetu.
—Pero, en fin, ya que no se encuentran pillos hay que echar mano de gente honrada—dijo Tilly seriamente.
—Sí.
—¡Qué miseria!
—¿Y en la organización de la Junta han pasado ustedes todo ese tiempo?—preguntó Mansilla.
—No sólo en esto—replicó Aviraneta—. Hace unos días me encontré en la calle con un tal Francisco Maestre, ex administrador de Rentas de Avila. A este señor le conozco porque, en 1823, se reunió a la columna del Empecinado con los pocos fondos de las existencias de aquella administración. Maestre me contó sus vicisitudes y los trabajos pasados en diez años de cesantía, atenido a las míseras ganancias que iba obteniendo en el escritorio de un procurador. A pesar de su penuria y de sus dificultades, ha conspirado estos años pasados contra el Gobierno absolutista en compañía de Marcoartú, Miyar, Torrecilla, etc., estando él encargado de la correspondencia en provincias hasta que la conspiración fué descubierta.
—¿Y le ha dado a usted sus notas?—preguntó Tilly.
—Sí; me ha dado las listas de los comprometidos en Cataluña, Valencia, Valladolid y Zamora.
—¿Y cómo no se ha llevado usted al mismo Maestre?
—Porque no quiere. Dice que está cansado, enfermo y con una familia numerosa que mantener.
—¿Y los datos tienen valor?
—Grande.
—¿Así que la Sociedad Isabelina marcha bien?—preguntó Tilly.
—Viento en popa.
—¿Y qué consigna tenemos de aquí en adelante?—preguntó Tilly.
—Por ahora esperar; decir a todo el mundo que Zea es indispensable e insustituíble. Nosotros secundaremos lo que hagan los cristinos por debajo de cuerda, y, mientrastanto, nos prepararemos y compraremos armas. Usted, amigo Uno, visite a todo el que pueda.
—¿Y yo?—preguntó Mansilla.
—Usted, amigo Dos, busque el modo de averiguar lo que traman los realistas. Nosotros no estamos preparados; pero ellos, tampoco. Probablemente los carlistas se harán dueños de media España; pero con que nosotros tengamos las capitales, triunfaremos.
Lo mismo pensaban Mansilla y Tilly. Estas consideraciones les arrastraron a discutir principios políticos, en lo cual no estaban muy conformes.
—¿No podríamos hablar un poco del objeto de nuestra Sociedad?—preguntó Mansilla—. ¿Hasta dónde queremos llegar?
A mí me parece inútil la discusión, pero discutiremos lo que a usted le parezca. Yo creo que por mucho esfuerzo que hagamos, en España siempre nos quedaremos cortos—contestó Aviraneta.
—Yo creo lo mismo—dijo Tilly.
—Son ustedes unos malos liberales—repuso Mansilla—. No les gusta razonar.
—Es que yo creo que necesitamos una cierta cantidad de libertad para poder movernos desembarazadamente, y eso, a mi entender, hay que conquistarlo a todo trance—replicó Aviraneta.
—Es indudable—dijo Tilly.
—¿Pero es que ustedes creen que nosotros en España no hemos tenido libertad?—preguntó Mansilla—. ¡Qué error! La hemos tenido a nuestro modo. ¿Es que ustedes suponen que fray Luis de Granada y Santa Teresa no escribían con libertad y sin trabas? ¿Ustedes piensan que Mariana, Suárez, Molina Soto, no eran pensadores atrevidos?
—No sé—dijo Aviraneta—. No sé si tiene usted razón, o no. Cada época plantea su problema de una manera especial. Hablar de que el problema que se planteó antes es igual al de hoy, no tiene valor. Nosotros nos referimos a la libertad actual moderna en sus dos aspectos: libertad de pensar y libertad de hacer.
—¡Naturalmente—exclamó Tilly—, lo demás son tiquis miquis teológicos que no nos interesan!
—Veo que ustedes quieren la libertad del pensar, para no pensar—repuso Mansilla con ironía—. Pasemos a otra cuestión, ya que no gustan ustedes de las doctinales. ¿Vamos a trabajar por la libertad de los demás, sin premio?
—¡Hombre, no! Usted encontrará el puesto que merece rápidamente a consecuencia de la política. Con los datos nuestros se apoya usted en los realistas, y con los de los realistas, en nosotros, y como nosotros sabemos que está usted en nuestro bando, ya basta.
—¿Y usted, Aviraneta, va usted a trabajar sin esperanzas de alcanzar algo?—preguntó Mansilla.
—Por lo menos por ahora no tengo un plan de ambición concreta.
—¿Entonces es que quiere usted quedar en la historia? ¿Tiene usted aspiración a la inmortalidad?
—Yo, no; ninguna. ¿Y usted, Tilly?
—Tampoco. Todos mis planes están incluídos en la vida.
—Es más—afirmó Aviraneta—, a mí eso de la inmortalidad me parece una aspiración mezquina.
El cura torció el gesto.
—¿Usted no opina lo mismo?
—Yo, no. A mí me parece un sentimiento natural el de la aspiración hacia la eternidad.
—Es que usted es cura—dijo fríamente Tilly.
—Ustedes mismos, que no creen en la inmortalidad del alma, pretenden la de la historia.
—No, no. Yo, no—repuso Tilly.
—Yo tampoco—replicó Aviraneta—. No me ocupo, no me importa el pensar que dentro de cien años haya un buen señor que descubra mi nombre y se ponga a estudiar mis andanzas. No me preocupa eso absolutamente nada.
—No le creo a usted.
—Como usted quiera. Ahora mismo mi preocupación es lo que tengo que hacer al salir de aquí, lo que haré esta noche, mañana, pasado. El año que viene ya tiene perspectivas muy lejanas, casi no existe para mí.
Después de discutir este punto, que, naturalmente, no se esclareció, Tilly propuso el empleo de un vocabulario especial para el Triángulo, con cincuenta o sesenta palabras convenidas, que les permitiera hablar entre gente sin que nadie se enterara.
Se aceptó la idea, y como Tilly había hecho ya la lista de palabras y sus formas de sustitución, se examinó esta clave, se rechazaron algunas palabras y se aceptaron las demás.
Se decidió que cuando uno quisiera pasar de la conversación corriente a la conversación con clave preguntara:
—¿Y el cónclave, qué tal va?
El otro debía contestar:
—Bien, muy bien. Vamos trampeando.
Hicieron algunas pruebas del nuevo método y quedaron contentos.
Poco después Aviraneta dejaba la Casa del Jardín y salía de la Montaña del Príncipe Pío por la puerta de San Gil, mientras el padre Mansilla salía por la de San Vicente.
III.
LA AGITACIÓN POPULAR
Mientrastanto, la conmoción popular iba en aumento, los cristinos y los carlistas se venían a las manos en los Barrios Bajos, y todas las noches había jarana y tiros, y vivas a Carlos V y a la Constitución.
Los cafés estaban convertidos en centros políticos; cada cual tenía su matiz: la Fontana de Oro, Lorencini y la Cruz de Malta eran casi en bloque liberales doceañistas; el de los Dos Amigos, el de la Estrella y el Café Nuevo eran liberales exaltados; el de San Sebastián tenía una tertulia republicana; el de San Vicente, de la calle de Barrionuevo, y el de la Aduana, eran realistas; el de Solís, en la calle de Alcalá, era moderado. Los literatos iban al café del Príncipe y al de Solito; los militares indefinidos, al café de Venecia; los viejos aficionados al ajedrez y al dominó se metían en el de Levante, y los lechuguinos, en el de Santa Catalina. En general, el centro de Madrid era partidario de un liberalismo manso; los Barrios Bajos eran absolutistas.
Las dos fracciones liberales de cristinos e isabelinos maniobraban a la par. Los isabelinos colaboraban con los cristinos, sin que éstos notasen que otros elementos a su sombra formaban rancho aparte. Cuanto se ejecutaba por los cristinos partía del grupo de los Carrascos, sin que Aviraneta y los suyos tuviesen contacto con aquellos jefes.
Aviraneta desconfiaba de la fracción cristina amiga de Zea Bermúdez; los cristinos sabían que por debajo de ellos se agitaban los exaltados y temían su tendencia demagógica; pero no los consideraban peligrosos, porque los creían sin organización.
Lo mismo unos que otros, y con ellos los carlistas, afirmaban que el ministerio de Zea era insustituíble. Naturalmente, todos necesitaban tiempo para prepararse.
Aviraneta y Tilly, para entenderse y ponerse de acuerdo, buscaron intermediarios. Aviraneta hizo que un antiguo amigo suyo, Fidalgo, empleado en Palacio, fuera uno de éstos. Cuando Tilly tenía que decir algo a Aviraneta se lo comunicaba a Fidalgo, y éste mandaba aviso a don Eugenio, a la sombrerería de Aspiroz, de la calle de la Montera, esquina a la Puerta del Sol.
Respecto al padre Mansilla, no era sospechoso de liberalismo y se le podía escribir sin miedo. Mansilla solía contestar con clave, dirigiendo las cartas algunas veces al padre Chamizo.
A pesar de la forma discreta con que se hizo el armamento de los cristinos y de los isabelinos, el ministro debió darse cuenta de sus manejos y sospechó si por debajo de la gente de los Carrascos habría otros elementos más peligrosos para la paz.
Un día, en un parte del superintendente de policía, se dijo que en la plazuela de San Ildefonso, encima de una botica, se verificaban alistamientos de cristinos, que estaban formando la sexta y séptima compañía del segundo batallón. Se añadía que varios de los alistados, entre ellos un fabricante de naipes de la calle de Toledo, frente a San Isidro, y dos oficiales indefinidos, habían celebrado una conferencia con otros individuos sospechosos en el café de la Estrella.
Con estos indicios, Zea distribuyó su policía por todo Madrid y cogió de madrugada a un paisano armado con fusil, bayoneta, canana y diez cartuchos de bala. Era de la Isabelina, pero se lo calló. Interrogado, dijo que era cristino y que se había alistado en casa de un carpintero de la calle del Postigo de San Martín, esquina a la de la Sartén; añadió que se decía que en la plaza de San Ildefonso distribuían las armas un oficial del regimiento de Farnesio llamado García Ampudia, y un tal Arroyo, y que a otros puntos iba Domingo Gallego, criado de don Rufino García Carrasco, y un capitán de la clase de indefinidos apellidado Tominaiza.
El paisano encontrado con armas fué puesto en libertad.
Así, por debajo de los cristinos, iban laborando los isabelinos.
Llegó el 30 de junio de 1833, fecha fijada para la jura de la princesa. Con este motivo se temió que hubiera alborotos aquel día y los siguientes. Aviraneta y Tilly se comunicaron los acuerdos de sus partidos, y la Junta cristina y la isabelina se mantuvieron en sesión permanente.
Palafox trató de hacer una movilización de los isabelinos por vía de ensayo, y fué enviando centurias con sus comandantes a distintos puntos estratégicos, y allí donde había festejos, para que los realistas no intentaran deslucirlos y hacerlos fracasar.
Al volver los grupos a la Puerta del Sol y al entrar en los cafés, hubo gritos y vivas.
—¡Viva la reina!—gritaban los cristinos y los isabelinos.
—¡Viva!
Y después, cuando no había policía cerca, los isabelinos vociferaban:
—¡Viva la Constitución! ¡Mueran los frailes! ¡¡Mueran los carlistas!!
LIBRO CUARTO
LA MUERTE DEL REY
I.
LAS PRIMERAS NOTICIAS
A medida que pasaba el tiempo, la situación política se iba haciendo más obscura. Los amigos de Aviraneta afirmaban que las revueltas no se harían esperar. Por otra parte, los realistas daban como seguro que el día de San José sería el del trueno gordo para la degollación de liberales, masones y cristinos. En las Vistillas y Puerta de Moros y en el barrio de Lavapiés los paisanos aclamaban a Carlos V.
Todos los días aparecían pasquines, la mayoría mal escritos, que acababan con vivas a Don Carlos o a Isabel, y con un «¡Mueran los masones!», o un «¡Abajo los flaires!»
Los voluntarios realistas estaban ya como licenciados, y no se les permitía salir a la calle de uniforme. Zea Bermúdez, el jefe del Gobierno, quería dominar la situación, y pensó en quitar las armas a los cristinos, de quienes se decía que se preparaban militarmente, y en desarmar a los voluntarios realistas.
El proyecto era excelente, pero de difícil realización. Todos los días había palos en las calles. Los realistas, cuando atacaban a los cristinos, decían que habían gritado: «¡Viva la Constitución!», y los liberales, cuando zurraban a los realistas, que habían prorrumpido en vivas a Carlos V.
Se dijo que iba a haber una gran conmoción popular, y que la señal la daría la ascensión de un globo. Estas señales con globos se relacionaban, no se sabe por qué, con el carbonarismo.
Unos días después de la jura de la princesa, al pasar por la Puerta del Sol el padre Chamizo, se encontró con Aviraneta, que marchaba en compañía de algunos amigos.
Había en la plaza gente mal encarada, armados con garrotes y bastones.
—¡Viva la reina!—gritaban los cristinos.
—¡Viva!—vociferaban todos.
—¡Mueran los carlistas! ¡Mueran los frailes!
—Nos están ustedes dando un trágala—le dijo Chamizo a Aviraneta.
—Esto va de broma.
Lo cierto fué que no pasó nada de particular.
El mes de septiembre se agravó la enfermedad del rey y se temió por instantes por su vida. El 29 del mismo mes declararon los médicos de cámara que su estado era muy grave.
Tenía Aviraneta en Palacio un amigo que le daba noticias del curso de la enfermedad del monarca. Era éste Fidalgo, hermano de dos camaristas de la reina, llamadas Blanca y Estrella, que tenían relaciones con dos oficiales, el capitán Messina y el teniente Pierrard.
Aviraneta recibió una mañana el aviso de Fidalgo, diciéndole que el rey estaba en la agonía.
—Voy a casa de los amigos a darles la noticia—le dijo a Chamizo, y le preguntó después—: ¿Usted conoce al capitán Nogueras?
—Sí.
—Pues vaya usted a su casa, a la calle de Toledo, esquina a la de las Maldonadas, y dígale lo que ocurre. A él le interesa mucho, por estar esperando el destino...
El padre Venancio fué a la calle de Toledo, y entró en casa de Nogueras. Le recibió su patrona, la señora Nieves, una pobre mujer, que le dijo que el capitán, su pupilo, llevaba una vida muy mala. Estaba enredado con una prendera de la calle de los Estudios, a la que llamaban Concha la Lagarta, una mujer más mala que un dolor, según ella.
Cuando don Venancio dijo a la señora Nieves que despertara al capitán para darle una noticia, ella se opuso; alegó que su pupilo se había acostado por la mañana; pero cuando le aseguró que era noticia importante, de la que dependía su destino, entró en la alcoba a llamar a Nogueras.
Salió Nogueras en mangas de camisa y en chanclas. Era el capitán un hombrecito flaco y cetrino, con la nariz picuda y unos anteojos muy gruesos. Aviraneta lo había definido diciendo: «Nogueras es un cínife, una chinche, un piojo, sabio y burocrático».
El ex claustrado contó al capitán lo que pasaba, y se fué después a casa a trabajar en sus traducciones.
Por la tarde, estaba Chamizo en el balcón tomando el fresco, cuando apareció Aviraneta en la calle.
—Mientras usted está aquí tranquilamente—le dijo—, el pueblo arde de un extremo a otro. Baje usted.
Bajó Chamizo a la calle y preguntó:
—¿Qué ha pasado?
—El rey ha muerto a las cinco de la tarde. A las cinco y diez minutos tenía yo la noticia en la sombrerería de Aspiroz. Los amigos andan de observación. Por ahora los realistas están achicados y encogidos. ¿Quiere usted que vayamos por ahí a tomar el pulso al pueblo?
—Vamos.
A las seis, la noticia de la muerte del rey era general. La gente andaba por las calles sorprendida y perpleja, reuniéndose en grupos, hablando y haciendo cábalas; todo el mundo creía que iba a ocurrir algo, aunque no se figuraban qué.
Pasaron el ex fraile y el conspirador por Lorenzini y la Fontana, y después por los cafés de la calle de Alcalá, el de la Estrella, el de Los Dos Amigos y el Café Nuevo. En éste se hablaba a gritos contra el rey muerto.
II.
LA TABERNA DE LA BIBIANA
Aviraneta y Chamizo fueron a cenar a una casa de comidas de la calle de las Tres Cruces, la casa de la Bibiana. Estaban allí reunidos Nogueras, del Brío, Gamundi y algunos otros jóvenes de la Isabelina, casi todos militares indefinidos y bullangueros.
Entre ellos se destacaba un hombre de más de cuarenta años, que parecía hecho de alambre, seco como la yesca, negro, amojamado, con los ojos brillantes y los movimientos violentos. Era uno de los pocos carbonarios de la Sociedad Isabelina. A su lado estaba un periodista hambrón, melenudo, barbudo, vestido con una vieja levita de miliciano.
Toda la caterva liberal entró en un cuarto grande que comunicaba con la cocina. Dos quinqués de petróleo iluminaban este comedor, que tenía una mesa larga de pino y un armario con botellas. Gamundi y del Brío se fueron, y volvieron al poco rato con dos muchachas, la Pinta y la Cascarrabias, con las que estaban amancebados y a las que habían llevado a comer.
Eran dos manolas, las dos a cuál más desvergonzadas en el hablar. Vestían mantilla con cenefa de terciopelo, peineta grande, pañuelo de color al pecho, y guardapiés. La Pinta era rubia, y la Cascarrabias, morena, medio gitana.
Del Brío hacía buena pareja con su manola, porque era un jaque andaluz, presumido y fanfarrón; pero Gamundi ya no estaba tan bien en este ambiente.
Gamundi era el hijo de un guerrillero de Mina y había vivido, en su juventud, en Inglaterra. Era de pequeña estatura, rubio y un poco zambo, con un gran bigote dorado y patillas cortas. Aviraneta le llamaba el Zambete.
—¡Hola, Zambete!—le decía.
—¡Hola, Vinagrete!—le contestaba él en broma.
Tenía Gamundi los ojos azules, llorosos, con el blanco con rayas rojas; la nariz, grande, llena de venas moradas, y la cara, inyectada. Era un borracho inveterado, hombre bueno, valiente y atrevido.
Con las mujeres tenía una galantería inofensiva y aparatosa. El culto de Baco le había hecho olvidar otros cultos paganos. La Cascarrabias, su querida, le insultaba constantemente.
—¡Desaborío! ¡Arrastrao! ¡Escarríao!—le decía.
Gamundi oía esto como quien oye llover.
Se habló en la cena de mujeres y de juego y se bromeó con las manolas.
—Como habrá usted notado—le dijo de pronto Gamundi, confidencialmente, al padre Chamizo—, yo soy hombre sin ningún talento.
—No, no.
—Sí, no tengo ningún talento. Corazón, sí; aquí hay un corazón firme, capaz de sacrificarme por un amigo. No me pida usted más. No pretenda usted que haga cuentas o que sepa declinar: Musa musae. Eso, no. Está en contra de mis aptitudes.
Al concluír la cena, Gamundi se levantó, y, tomando una actitud gallarda, dijo, con un arranque sentimental y oratorio, que para él no había mas que dos religiones: la de la patria y la de la mujer.
—Olvidas la botella—le dijo uno.
—No la olvido—gritó Gamundi, agarrando una por el cuello y llenando el vaso—. ¡Escuadrones! ¡Adelante! ¡Viva España! ¿Quién ha dicho retroceder? Que lo fusilen por la espalda. No... No hay cuartel para los realistas. Sangre y exterminio. No debe quedar una botella, no debe quedar un realista.
—Has hablado bien—dijo Nogueras, el piojo sabio—, pero estás borracho.
—Por eso he hablado bien. Bueno, cantemos el Himno de Riego. Me rebosa el liberalismo.
¡Soldados, la patria
nos llama a la lid!
—¡Gamundi, a callar!—gritó Aviraneta.
Aviraneta tenía sobre aquellos militares gran ascendiente. Gamundi hizo un gesto de resignación cómica, apretando con los dedos un labio contra otro, como si quisiera impedir que se le despegaran.
Aviraneta y Nogueras dijeron lo que había que hacer al día siguiente. Chamizo se levantó para marcharse.
Aquellos endiablados calaveras siguieron bebiendo y haciendo ruido. El periodista trajo una guitarra y se puso a cantar. Los demás llevaban el compás dando palmadas y golpeando con el puño en la mesa.
—Arza ahí... ¡Olé!
Del Brío se levantó e invitó a bailar el fandango a la Cascarrabias. Lo hicieron los dos muy bien, y como del Brío era, sin duda, maestro se subió a la mesa y bailó un zapateado al compás de las palmadas y de los golpes con el puño. Mientrastanto, Gamundi dormía un momento con la barba apoyada en una botella y con los ojos abiertos.
Salieron de la casa de la Bibiana a eso de las ocho de la noche y fueron hacia la Puerta del Sol.
—¿Quiere usted venir, don Venancio?—dijo Aviraneta.
—¿Adónde?
—A una reunión liberal que vamos a tener aquí en una casa de la calle del Arenal.
—Yo tengo que ir a trabajar.
—¡Bah!, por un día.
—Iría si yo fuera liberal, pero no lo soy.
—Bueno; como usted quiera.
En esto se les acercó un sujeto de unos cincuenta años, que Aviraneta presentó al ex claustrado. Era don Martín Puigdullés, coronel de carabineros, llegado de la emigración, una mala cabeza, que el Gobierno perseguía para llevarlo a un presidio de Africa.
El señor Puigdullés iba con una mujer de mantón bastante zarrapastrosa.
—¿Qué hay de nuevo, Aviraneta?—preguntó Puigdullés.
—Ya sabe usted: la muerte del rey.
—¿Va usted a la reunión?
—Sí. ¿Cómo sabe usted que hay reunión?
—La idea ha partido de nuestro grupo del café de la Fontana. Estábamos Gallardo, Fuente Herrero y yo con otros patriotas, cuando a Gallardo se le ha ocurrido el proyecto. Se le ha avisado a todo el mundo; se ha enviada recado a los Carrascos, y éstos han contestado que están conformes, y que la reunión se verificará en una casa de la calle del Arenal, cerca del palacio de Oñate.
—¿Usted va ir, Puigdullés?
—No, porque me prenderían en seguida. Hay que sujetar a los cristinos. Tenga usted mucho cuidado con ellos, Aviraneta. ¡Adiós, señores!
—¡Adiós!
Entraron Aviraneta y su acompañante en la sombrerería de Aspiroz. La noche parecía presentarse tranquila. Seguían los grupos estacionados en la Puerta del Sol.
En esto pasó Gallardo con un amigo y se detuvo. Dijo que los absolutistas se hallaban tan inquietos como los liberales con la muerte del rey, y que se veía que nadie tenía nada preparado.
Salieron de la sombrerería en dirección a la calle del Arenal y se cruzaron con Calvo de Rozas, y luego, con Donoso Cortés y sus amigos, que iban a la reunión.
—¿Decididamente, usted no viene?—dijo Aviraneta al ex fraile.
—Decididamente, no voy.
III.
LA REUNIÓN LIBERAL
Mansilla y Tilly estaban citados a las ocho y media de la noche en la Puerta del Sol, delante de la sombrerería de Aspiroz.
Aviraneta se despidió de Chamizo y se unió con sus compañeros del Triángulo, y los tres juntos tomaron la dirección de la calle del Arenal.
Entraron en la casa inmediata a la del conde de Oñate; subieron una escalera no muy ancha hasta el piso principal, y pasaron a una sala donde había reunidas de cuarenta a cincuenta personas en varios grupos. Era un salón grande y vacío con balcones, y unos ventanales cuadrados encima de ellos.
Iba entrando poco a poco más gente. Llegaron a congregarse hasta unos cien individuos de todas castas y pelajes; los había elegantísimos, currutacos con aire de figurín, y tipos mal vestidos, abandonados y sucios.
Tilly y Mansilla conocieron a Donoso Cortés, a los dos Carrascos, a Cambronero, al médico Torrecilla, a Valero y Arteta, a Martínez Montaos. Por su parte, Aviraneta encontró allí a media Isabelina; estaban Gallardo, Calvo de Rozas, Fuente Herrero, Calvo Mateo, Beraza, y una porción de militares de graduación, oficiales de la Guardia Real y jóvenes lechuguinos de bigote y perilla.
Aviraneta se acercó disimuladamente a Tilly.
—Amigo Uno. ¿El cónclave, qué tal va?
—Bien, muy bien. Vamos trampeando.
—Y los cucos (cristinos), ¿por qué no empiezan?
—Parece que hay cierta decepción entre ellos.
—Pues, ¿por qué?
—Hay aquí más jóvenes ilusos (isabelinos) que cucos (cristinos).
—¿Y eso les asusta?
—Dicen que está aquí Romero Alpuente, hombre peligroso, y que lo va a echar todo a perder.
—¡Romero Alpuente! Si es un mastuerzo.
—Pues los nuestros lo tienen por un hombre terrible.
—En cambio, entre los jóvenes ilusos (isabelinos) se dice que esta reunión se hace por iniciativa del Pastor (Zea Bermúdez).
—No lo creo.
—Eso aseguraba Calvo de Rozas.
—Me parece una fantasía, amigo Tres.
Pues los nuestros están alarmados. Me han dicho que Flórez Estrada, Palafox y Olavarría van a pasar la noche en claro, y que el peligro para los ilusos (liberales) es inminente.
—¡Bah!
—Sin embargo. Conviene decir que estamos en peligro.
—Eso es otra cosa. Se dirá—murmuró Tilly.
—Sabe usted que me están invitando para que hable en nombre de los jóvenes ilusos (isabelinos).
—¿Y usted, qué va a hacer?
—No sé. A usted, ¿qué le parece?
—¡Hombre!, eso tiene que depender de la fuerza de que disponga. ¿Tiene usted fuerza y gente alrededor y puede hablar de una manera clara y terminante? Hable usted. ¿No tiene usted confianza? No diga usted nada.
A las diez, los cristinos iniciadores de la reunión, después de muchos cabildeos, dieron como comenzado el acto. Se trajo un velador con dos candelabros al medio de la sala, y se sentaron, presidiendo la mesa Cambronero y Donoso Cortés, los dos muy guapos, muy currutacos y peripuestos, y don Rufino García Carrasco, que era un tipo más vulgar, grueso, pesado, de barba negra, uno de esos extremeños, como dice Quevedo, cerrados de barba y de mollera.
La gente del público, los que pudieron cogieron sillas para sentarse, y quedaron de pie unas treinta o cuarenta personas.
Entonces el abogado Cambronero tomó la palabra y explicó el objeto de aquella reunión. Vino a decir de una manera florida que era necesario apoyar al Gobierno, a la Reina gobernadora y a la inocente Isabel, y que todos los reunidos allá debían colaborar a tan santo fin. Hablaron después dos abogados diciendo, poco más o menos, lo mismo; habló Gallardo, con su acento extremeño y su intención mordaz; luego, los Carrascos, y, por último, Donoso Cortés, de una manera pomposa.
Aviraneta estaba muy inquieto.
—¿Qué le pasa a usted?—le dijo Mansilla.
—Esto es estúpido—exclamó—. Están divagando de una manera ridícula sin aclarar la cuestión principal.
—Hable usted—le dijo Calvo de Rozas.
—Creo que no debe usted hablar—le advirtió Mansilla—; está usted exaltado y se va a comprometer.
Otros individuos de la gente de mal pelaje invitaron a Aviraneta a que hablase. El se levantó y gritó:
—¡Pido la palabra!
—Tiene la palabra el señor... el señor Aviraneta—dijo Carrasco.
Hubo un movimiento de extrañeza en el público. ¿Quién es? ¿Qué apellido ha dicho?—se preguntaron unos a otros.
Aviraneta avanzó hasta el centro del salón con un rictus amargo en la boca, y comenzó a hablar de una manera seca, áspera y cortante.
Aquella voz agria, aquella mirada siniestra, aquel tipo de pajarraco produjeron cierta expectación.
Era un Robespierre, pero un Robespierre ya viejo, sin éxito, sin dogmatismo, sin la fofa utopía de Rousseau en la cabeza. Era un Robespierre sin sostén social, sin partidarios, amargado, ácido, después de haber recorrido el mundo y haber conocido la miseria y la inquietud en todas sus formas. Era un Robespierre de España, de un país pobre, áspero, desabrido, frío y sin efusión social. El furor lógico del sombrío Maximiliano lo reemplazaba Aviraneta con la rabia, con el despecho, con la cólera y, sobre todo, con el desprecio por los hombres.
«—La situación ha cambiado en veinticuatro horas, desde la muerte del rey—dijo Aviraneta con voz sorda—. Liberales y realistas hemos venido defendiendo durante largo tiempo al presidente Zea Bermúdez. La razón era clara; ni ellos ni nosotros estábamos preparados para la lucha, y la vida del rey suponía para todos principalmente una tregua. Ha muerto Fernando VII; la tregua ya no existe, y mañana los carlistas se lanzarán al campo. Para nosotros la presidencia de Zea Bermúdez no tiene objeto hoy, no nos defiende de los avances del carlismo, que se organiza precipitadamente; no sirve de garantía para nuestras aspiraciones liberales. Todo lo que sean dilaciones, todo lo que no sea idear un plan y realizarlo, no sólo es perder tiempo, es retroceder. En este instante nuestros enemigos no cuentan con fuerzas preparadas, pero contarán mañana con ellas y serán grandes, terribles, las suficientes para tener en jaque al Gobierno. Creo, señores, que hoy lo prudente y lo práctico es asaltar el Poder, dominar la situación incierta en que nos encontramos, proclamar una Constitución liberal y apoderarse de las trincheras, para defenderse del carlismo, que es un enemigo formidable. Este es mi plan: cambio de gobierno inmediato y dictadura liberal. Enfrente de nosotros hoy no hay nadie. Si nos decidimos y vamos todos, la empresa me parece fácil. Si se acepta este plan, expondré mi proyecto en detalles, que se podrán discutir; si no se acepta, como considero que la inacción en estos momentos es una torpeza y un crimen de lesa patria, si no se acepta, me retiraré. He dicho».
Al terminar Aviraneta su discurso hubo algunos aplausos y algunos silbidos.
—¿Quién es este hombre?—se preguntaban unos a otros—. ¿Qué modo de hablar es ese? ¿Cómo se atreve? ¡Es un anarquista! ¡Es un carbonario!
Para tranquilizar el cotarro se levantó don Rufino Carrasco, y dijo atropelladamente y sin arte:
«—Señores: No me parecen estos momentos los más propios ni los más favorables para tratar de una cuestión tan peligrosa como la que ha suscitado el orador que me ha precedido en el uso de la palabra. Imponer a una reina viuda resoluciones violentas cuando aun no se ha enfriado el cadáver de su regio consorte, es cruel e inhumano, y más cuando se trata de una reina todo bondad como la excelsa Cristina, que, postrada como se halla en el lecho del dolor, desde él ha manifestado al marqués de Miraflores que su mayor anhelo es procurar la felicidad de España. La tregua se impone, señores, ante el cadáver del rey».
Aviraneta se levantó como movido por un resorte, y avanzando en el salón dijo con voz agria y cortante:
«—Si el rey que acaba de morir no hubiera sido uno de los personajes más abominables de la historia contemporánea, si hubiera tenido algo siquiera de hombre, todos los españoles estaríamos ahora en un momento de dolor; pero el rey que ha muerto era sencillamente un miserable, un hombre cruel y sanguinario que llenó de horcas España, donde mandó colgar a los que le defendieron con su sangre. No hablemos de tregua producida por el dolor. Sería una farsa. Interiormente todos estamos satisfechos pensando que el enemigo común ha muerto y que su cadáver hiede. No hablemos de sentimiento; lo más que se nos puede pedir es olvido, y que nos perdonen las sombras augustas de Lacy, de Riego, del Empecinado y de otros mártires. No hablemos de ayer, pensemos en mañana».
La contestación de Aviraneta produjo una terrible marejada de gritos, protestas y aplausos en la sala.
En vista de ello, Cambronero volvió a levantarse y echó un discurso habilísimo para poner a todos de acuerdo.
El participaba de los mismos sentimientos que su querido, que su particular amigo el señor Aviraneta, a quien tenía por un patriota ferviente y un liberal de corazón; pero creía que no todas las ocasiones eran propicias para un movimiento radical; él admiraba la adhesión del señor García Carrasco por la excelsa Cristina...
Así, con una serie de equilibrios y de sin embargo..., si bien es cierto..., continuó su discurso Cambronero. No se habló más de la cuestión. Se acordó escribir y publicar una hoja apócrifa, simulando ser una Gaceta de una junta carlista, en la que se daba como efectuado el levantamiento del partido, enumerando hechos falsos en apoyo de la invención.
Gallardo, Oliver y otros dos la redactaron, la consultaron y se aprobó. Se terminó la sesión a las doce y media y todo el mundo fué saliendo del salón de una manera tumultuosa, discutiendo y gritando.
IV.
LOS MILITARES
Al salir a la calle formaron un grupo Calvo de Rozas, Aviraneta, Tilly, Mansilla, el capitán Del Brío, Gamboa, Gamundi, que había dormido sus libaciones de casa de la Bibiana, y otros oficiales vestidos de paisano.
—Aviraneta—dijo Gamboa—, ¿quiere usted venir al café de Levante, de la Puerta del Sol? Unos cuantos amigos tenemos que hablarle.
—Vamos todos.
—Pero no así; en grupo llamaremos la atención.
Calvo de Rozas se despidió de Aviraneta diciéndole:
—No se comprometa usted a nada.
—No tenga usted cuidado.
Tilly, Aviraneta y Gamundi entraron en el café de Levante, ya vacío y sin público; llegaron Gamboa, Del Brío y otros jóvenes oficiales vestidos de paisano. Hubo apretones de manos y signos masónicos de reconocimiento. Se sentaron todos y Gamboa dijo a uno de estos oficiales:
—Habla tú.
El indicado era un muchacho apellidado Urbina, hijo del marqués de Aravaca, teniente de Artillería.
—Señor Aviraneta—dijo Urbina—. Nos ha parecido muy bien el discurso de usted en la reunión y estamos identificados con sus ideas. Contamos con muchos oficiales de los mismos sentimientos que nosotros; tenemos de nuestra parte a los sargentos y soldados del regimiento de la Guardia Real. Denos usted su plan revolucionario y lo realizamos mañana mismo. Prendemos a Zea Bermúdez y a todo el Ministerio; si es indispensable los fusilamos y damos un cambio completo a España.
—¿Qué garantías necesitarían ustedes?—preguntó Aviraneta.
—Por de pronto la lista completa del nuevo Gobierno que asuma la responsabilidad del movimiento.
—Eso tengo que consultarlo.
—Consúltelo usted con sus amigos cuanto antes.
—Lo haré así.
—Cuándo nos dará usted la contestación—preguntó Urbina.
—Mañana al mediodía.
—¿En dónde?
—En el café de Venecia.
—Está bien.
Se habló poco, porque iban a cerrar el café. Salieron todos a la acera de la Puerta del Sol, donde siguieron charlando. Dos o tres se despidieron y se fueron. El grupo seguía en la acera cuando Gamundi y otro joven volvieron corriendo hacia el café.
—¿Qué pasa?—les preguntó Aviraneta.
—Que hemos encontrado a Nebot, el agente de policía de la Isabelina, a la entrada de la calle del Arenal. Nos ha dicho que hace una hora ha pasado Zea Bermúdez a Palacio en coche y que debe volver dentro de poco. ¿No le parece a usted una magnífica ocasión para echarle el guante?
—Sí. Magnífica.
Se le dijo a Urbina y a los demás lo que pasaba, y les pareció la ocasión de perlas.
—¡Hala!—exclamó Aviraneta—. ¿Cuántos somos, nueve? Vamos cuatro por aquella acera y cuatro por ésta; nos pondremos enfrente de la casa donde hemos estado. Uno que vaya ahora mismo y que se ponga delante de la plaza de Celenque. Vaya usted, Gamundi. En el momento que pase el coche grita usted: ¡Sereno!
—Muy bien.
Y Gamundi desapareció embozado en la capa.
—Los que tengan bastón que se planten en medio y peguen a los caballos hasta parar el coche—exclamó Aviraneta—. ¿Hay algo que decir?
—Nada.
—Entonces, en marcha.
Fueron los dos grupos hacia la calle del Arenal.
Al llegar a la esquina oyeron el ruido de un coche que venía de prisa por la calle Mayor. Aviraneta y Tilly volvieron hacia él corriendo. El cochero, al ver que se acercaban dos hombres, azotó los caballos y el coche pasó como una exhalación.
—Ha cambiado de camino.
Zea Bermúdez se les escapaba.
Se avisó a los dos grupos y la gente se marchó cada cual a su casa.
V.
EN LA BUÑOLERÍA
Estaba lloviznando; Aviraneta y Tilly fueron por la calle de Esparteros a cobijarse a los portales de Provincia, y de aquí, a los arcos de la Plaza Mayor.
Aviraneta hablaba a gusto con Tilly.
Se entendían los dos perfectamente. Dieron una vuelta por la plaza, que estaba a obscuras. En un extremo de la plaza, en la esquina de la calle de Ciudad Rodrigo, había una buñolería abierta.
—¿Quiere usted que entremos aquí?—preguntó Aviraneta.
Entraron. Era el local un sitio negro, lleno de una muchedumbre mal encarada y andrajosa. En un rincón había una cocina ahumada con un zócalo de azulejos blancos, y dentro de la chimenea, dos grandes calderos, donde el buñolero, un hombre rubio, gordo, con una elástica que debía ser blanca, pero que era negra, aparecía sudoroso entre resplandores de llamas friendo churros y buñuelos. Un olor acre de aceite frito irritaba la garganta.
Aviraneta y Tilly se sentaron a una mesa y pidieron chocolate con buñuelos.
—¿Qué le ha parecido a usted todo esto?—preguntó Aviraneta.
—Todavía no tengo opinión. Lo mismo puede ser el exabrupto de usted un acierto que un desacierto. Si usted consigue que su gente acepte la colaboración de estos jóvenes oficiales...
—No lo conseguiré.
—Entonces se ha comprometido usted inútilmente.
—Es lo que yo supongo también. ¿Y qué efecto ha hecho mi discurso?
—Un efecto tremendo de sorpresa. Todo el mundo preguntaba: «¿Quién es ese hombre?» Y algunos palaciegos dijeron que debía usted ser un carbonario y que a gente así no se debía permitir la entrada en sitios donde se reúnen personas discretas.
—¿Así que he pasado por un insensato?
—Por un completo insensato.
—¿Y para usted?
—Hombre, yo ya sabe usted que creo que la fortuna es donna y que hay que violentarla. Muchas veces un loco o un iluso van mucho más lejos que el primero de los maquiavélicos.
Era esta cuestión suscitada por Tilly, la única que en aquel momento podía distraer a Aviraneta de sus preocupaciones, y se enzarzaron los dos en una larga discusión.
Tilly había llegado a pensar que el maquiavelismo era ilusorio.
—El maquiavelismo falla, porque tampoco es lo práctico—dijo—. Es lo práctico en teoría, y nada más.
—No, no, amigo Uno.
—Maquiavelo engaña, parece un genio de la práctica y es más bien un teórico de la práctica. Yo creo que el arte de conspirar, el arte de crear pueblos y de sublevarlos no tiene reglas, como no las tiene el arte de esculpir, ni el de escribir, ni el de pintar.
—Sin embargo...
—No lo creo. Sobre el impulso, sobre la intuición, no se pueden dar reglas como sobre la manera de hacer relojes. En política se necesita el genio, la ocasión, el momento, y una porción de condiciones más que no están en la mano del hombre.
Aviraneta no estaba conforme y presentaba argumentos.
Esta mecánica de la política les apasionaba a los dos, y discutieron a César, a Catilina, a Carlos V, a Catalina de Médicis, a Robespierre, a Napoleón y a Talleyrand.
Estaban enfrascados en su conversación cuando se les acercó un desharrapado completamente borracho.
—¡Salud, señores!—les dijo con una voz aguardentosa—. Veo que son ustedes gente de labia que no se avergüenzan de reunirse con los pobres.
—Ni con los ricos tampoco—le contestó burlonamente Aviraneta.
—Así me gusta a mí la gente. ¡Terne!—exclamó el borracho—. Porque aquí lo que hace falta, sabe usted, es que mismamente haiga hombres... eso... y no andarse con andróminas ni con tiquis miquis... ¿Es verdad o no es verdad, tú, Manco?
—¡Sí, es verdad! Como la Biblia—exclamó un ciudadano tan astroso como el primero, a quien le faltaba una mano.
—Vamos, que aquí hace falta resolución... para que usted me comprenda..., y yo lo digo esto aquí, en este cafetín, o buñolería, o cáfila, o como se le quiera llamar..., y lo diré en las Cortes..., y en Francia también si se tercia..., y a este respectiva me tendrán siempre a su lado los buenos... que si no no le encontrarán al hijo de la señora Petra en su tienda de la calle del Bastero..., pero si hay resolución...
—Que no la habrá...—dijo el Manco con sorna.
—Tú cállate, Manco, que estoy hablando yo, y porque me hayas convidao a un soldao de Pavía en la taberna de aquí al lao no tienes derecho a interrumpirme... porque yo digo y sostengo que si hay resolución... pues lo hay tóo... Constitución... y Cámaras... y ¡viva la angélica! Porque, ¿qué se necesita en España?
—Muchas cosas creo que se necesitan—dijo Tilly indiferente.
El hijo de la señora Petra movió la cabeza con violencia de un lado a otro, como si hubiera oído la mayor estupidez del mundo.
—No, señor..., no, señor—dijo—. Veo que usted no comprende mismamente el sentido, o la alegoría, que voy exponiendo...; aquí lo que se necesita ¿me entiende usted?, es que haiga resolución... que haiga resolución.
—Bien, hombre, bien. Ya se lo hemos oído a usted muchas veces—dijo Tilly—. Resolución, ¿para qué?
—Toma, ¡para qué! Resolución para tóo.
Tilly volvió al borracho la espalda y el hombre se fué vacilando a sentarse a su banco.
—¡Qué extraña pedantería la de esta gente!—exclamó Tilly.
—Sí, quieren ser sabios; pero hay que reconocer que el consejo del hijo de la señora Petra de la calle del Bastero parece una indicación del Destino—exclamó Aviraneta—. ¡Resolución! ¡Resolución! No estaría mal que la hubiera.
Tilly sacó el reloj. Eran las cuatro de la mañana.
—Voy a ver a mi gente—dijo Aviraneta—. ¿Usted qué va a hacer?
—Yo me voy a dormir. Si su gente aprueba el movimiento, avíseme usted.
—Si se acepta le avisaré a usted; pero no tengo esperanza.
Aviraneta y Tilly se estrecharon la mano, y el uno marchó hacia la Montaña del Príncipe Pío y el otro hacia casa de Calvo de Rozas.
VI.
VACILACIONES
Aviraneta, al salir de la buñolería, fué a casa de Calvo de Rozas y le explicó lo que le habían propuesto Urbina y los oficiales jóvenes. No dijo nada de la intentona de la noche.
—Eso es muy grave—exclamó Calvo de Rozas alarmado—. Eso es muy serio. Hay que celebrar junta en seguida.
Calvo de Rozas y Aviraneta examinaron y discutieron la proposición. Aviraneta quería convencer a su compañero. Calvo estaba indeciso. Aviraneta expuso varios proyectos para apoderarse de Madrid; se consultó el plano de la villa, la lista de los legionarios afiliados a la Isabelina, el anuario militar, para ver qué jefes podrían ser amigos y cuáles enemigos declarados.
Podían contar con mil quinientos hombres armados, a más de los militares que siguiesen a Urbina y a los otros oficiales.
Aviraneta trabajaba en tener de su parte a Calvo de Rozas, porque con Romero Alpuente, Flórez Estrada y Olavarría no contaba gran cosa; tampoco esperaba nada de Palafox.
Calvo de Rozas no se convenció, y no quiso salir de su estribillo de que había que reunir la Junta.
—Vamos a perder mucho tiempo—dijo Aviraneta.
—No; Romero Alpuente, Flórez Estrada y Olavarría hoy duermen aquí en mi casa. A las ocho se les llamará.
—Bueno. Entonces voy a dormir un rato en este sofá—dijo Aviraneta.
—Sí; duerma usted si puede.
Aviraneta dejó el sombrero de copa en el suelo, se quitó las botas, se envolvió en la capa, y a los cinco minutos estaba profundamente dormido. El león o el gato que había en él escondió las garras, y la vulpeja soñó nuevas aventuras.
Calvo de Rozas se pasó las horas de la madrugada paseando delante de Aviraneta y contemplándole asombrado.
—¡Qué hombre!—murmuraba—. ¡Qué tranquilidad!
A las ocho se llamó a Romero Alpuente, a Flórez Estrada y a Olavarría. Romero y Flórez se presentaron de bata con sus gorros blancos de dormir, los dos tosiendo, con la nariz húmeda.
Se le despertó a Aviraneta, que se encontró con los dos viejos y se echó a reír.
—Creí que estaba soñando—dijo, y añadió para adentro—: con gente así no se puede hacer nada.
Se habló de la reunión de la noche anterior, y se puso a discusión el ofrecimiento de los militares.
—Yo creo que la cosa es muy factible—dijo Aviraneta—y que tiene todas las garantías de éxito que puede ofrecer un plan de esta clase. La Guardia Real quiere tomar la iniciativa. Nosotros, con nuestros mil quinientos hombres de las centurias dominamos Madrid. Entre los cristinos hay gente que nos secunda.
Expuesto el proyecto por Aviraneta, Olavarría lo apoyó. El había presenciado la revolución de Bruselas en 1830, y, según dijo, allí se contaba con menos elementos que en Madrid en aquel momento. Calvo de Rozas afirmó que consideraba viable el plan; Flórez Estrada y Romero Alpuente se alarmaron.
—La cosa es gravísima—decía éste con su aire de buitre viejo, paseándose por el cuarto con su bata y su gorro de dormir—; gravísima.
—¡Eso no se puede intentar sin consultar con Palafox!—exclamó varias veces Flórez Estrada.
Después de una larga discusión, se acordó que Calvo de Rozas y Flórez Estrada fueran a consultar con Palafox.
Almorzaron todos allí en la casa, y, después de almorzar, Calvo y Flórez Estrada tomaron una berlina, puesta a disposición de los conspiradores por un rico bilbaíno muy liberal que se llamaba también Olavarría y que era pariente lejano del que figuraba en la Isabelina.
—Yo estaré aquí hasta la una—dijo Aviraneta a los comisionados—. A la una iré al café de Venecia para no hacer esperar a Urbina y a sus amigos. Allí me envían ustedes la contestación, si no la pueden traer antes aquí.
—Bueno. Está bien.
Se metieron en el coche Calvo de Rozas y Flórez Estrada, y a la media hora volvieron con Palafox y con Beraza, el masón.
Palafox, que era hombre sin ningún talento, a quien gustaba darse aires de gran político, echó un pequeño discurso.
«—Señores—dijo—: Mis dignos colegas los señores Calvo de Rozas y Flórez Estrada me han comunicado la proposición que hicieron ayer algunos militares a un miembro de nuestra Sociedad. Entiendo, señores, que el dar oídos a esa proposición constituye una gran imprudencia y una gran torpeza. Primeramente, al alterar el orden, se creería que trabajábamos por los carlistas y nuestras cabezas rodarían en el patíbulo; después produciríamos una reacción en el Gobierno, precisamente en este momento en que se intenta hacer avanzar las instituciones políticas españolas. En resumen, señores, yo no me presto de ninguna manera y por ningún concepto a tomar parte en esta sedición, y si se acuerda en el Directorio el hacerla, el intentarla, que no se cuente conmigo para nada».
Flórez Estrada y Romero Alpuente se adhirieron en seguida al parecer del duque de Zaragoza, y los demás se callaron sin hacer observaciones.
El duque, triunfante, se volvió de nuevo a su casa.
Olavarría y Aviraneta fueron juntos a la Puerta del Sol.
—¿Qué le han parecido a usted las razones de Palafox?—preguntó Olavarría.
—Fatales—contestó Aviraneta—. Es un tonto complicado con un palaciego. Pensar de antemano en las consecuencias de un movimiento, como si ya hubiera fracasado, es una majadería.
—Con esta gente no vamos a ningún lado.
—Revoluciones con generales de salón y con señores con gorro de dormir, imposible—contestó Aviraneta—. Bueno, me voy a ver a esos militares.
—¡Adiós, Aviraneta!
—¡Adiós!
Aviraneta entró en el café de Venecia, que se encontraba lleno de gente y de humo; había dos mesas ocupadas por militares jóvenes, y en un rincón estaba Tilly. La cuestión de Aviraneta no era la única que se debatía, pues había otra que apasionaba más a un grupo de oficiales jóvenes, y era un desafío concertado entre Gamundi y el teniente Pierrard con un sargento y un alférez de los voluntarios realistas.
El desafío se iba a verificar al mediodía en los altos del Observatorio, en el antiguo Cerrillo de San Blas.
En otras mesas se jugaba al dominó con un gran estrépito, y de la sala de billar llegaba el ruido del choque de las bolas.
Aviraneta se sentó en el grupo en que se encontraban Urbina y sus amigos, y contó rápidamente lo que había ocurrido en casa de Calvo de Rozas y lo que había dicho Palafox.
—Es un disparate—saltó Urbina—. Pierden la mejor ocasión.
—Es verdad—replicó el teniente Pierrard, que se levantó con sus padrinos para ir a batirse—. Ahora era el momento de dar el golpe revolucionario y de restablecer la libertad para siempre.
—Yo lo creo también así—aseguró Aviraneta—. Pero no tengo medios.
—Sea usted el jefe—exclamó Urbina—. Le seguiremos.
—Hasta la muerte—gritó Gamundi.
Otros militares se agruparon alrededor de la mesa para ofrecerse.
—Muchas gracias, señores—replicó Aviraneta—, pero yo no tengo prestigio para eso. Nuestras fuerzas organizadas están a las órdenes del general Palafox. ¿Me seguirían a mí, si yo intentara suplantar al general? Es muy dudoso.
—De todas maneras, usted cuenta con nosotros. Hable usted, vea usted. Si hay alguna posibilidad, haremos lo que sea de nuestra parte.
—Sí: cuente usted con nosotros, con todos.
Los militares estrecharon la mano de Aviraneta y se fueron. Don Eugenio se sentó en la misma mesa de Tilly y le explicó lo que había ocurrido.
—¡Qué ocasión más admirable se pierde!—exclamó Tilly—. No se debía dejar escapar.
—¡Qué quiere usted! La negativa de Palafox nos imposibilita para todo.
—¿Por qué no habla usted a los comandantes de las centurias?
—¡Si no sé dónde están! ¿No ve usted que hemos dado la dirección militar a Palafox? Hoy Palafox ha pensado en una movilización cuyo plan sólo él lo tiene.
—¡Qué lástima!—volvió a murmurar Tilly.
—Amigo, ¿qué quiere usted? Este culto por el prestigio, por la tradición, nos mata. Yo he organizado las fuerzas de la Isabelina y cuando he terminado la organización he tenido que entregar esta fuerza en manos de Palafox, que no hará mas que tonterías o algo práctico para su interés personal. Vamos a almorzar. Le convido a usted a la fonda de Genies... Luego haremos todas las gestiones que se puedan.
Almorzaron Tilly y Aviraneta y tomaron un coche. Fueron a ver a Nogueras, pero no estaba. No encontraron a ninguno de los comandantes de las centurias. Unicamente vieron a unos cuantos isabelinos en el Café Nuevo.
—¿Dónde está la gente nuestra?—les preguntó Aviraneta.
—Unos están en los cafés. A otros los ha mandado el general Palafox a los claustros de la Soledad, del Buen Suceso, de la Victoria y a la Aduana. Están a la expectativa por si estalla un movimiento realista para que se preparen inmediatamente. Los demás se encuentran en las casas con las armas en la mano dispuestos a echarse a la calle.
—¿En qué caso?
—En el caso de que los carlistas se pronuncien por Don Carlos.
—¿Ve usted?—dijo Aviraneta a Tilly—. No hay manera de disponer de la gente. ¡Si yo llego a ser el dueño de las centurias en el día de hoy!
—¿Y sus carbonarios?—preguntó Tilly.
—¡Son tan pocos! Y estarán probablemente en la calle. Vamos a casa de un amigo, chispero del barrio de Maravillas. Quizá haya alguno allí.
Fueron al taller del Majo. Estaban de tertulia Cobianchi, el joyero; Antonio Farigola, un antiguo oficial; Ramón Adán, y Román, el Terrible, el hijo del señor Martín el librero. Todos estos eran republicanos exaltados y consideraban como jefe al abogado González Brabo, a quien tenían por un Dantón. Uno de ellos había propuesto el deshacerse de Zea Bermúdez y de los absolutistas enviándoles cartas explosivas, como la que se le envió años antes al general Eguía y le dejó manco.
Aviraneta explicó la situación y los carbonarios parecieron no darle gran importancia. Ya una revolución liberal no les interesaba; querían la República, por lo menos.
—¿Ve usted?—dijo Aviraneta a Tilly al salir del taller del Majo—. Con estos no se puede hacer nada.
Volvieron a la Puerta del Sol, se acercaron a la sombrerería de Aspiroz y se encontraron a Olavarría y al masón Beraza, el del aire frailuno.
—De la torpeza de hoy nos hemos de arrepentir—exclamó Olavarría—. La gente está decidida. Ese Palafox es un imbécil.
Pasaron varios grupos por la calle. Aviraneta no conocía a ninguno de los que iban en ellos.
—¿Quiénes son?—preguntó al sombrerero.
—Son los cristinos, que deben tener una organización militar, porque de cuando en cuando aparecen coroneles y militares de uniforme que hablan con ellos. Estos cristinos—añadió—están muy levantiscos y dicen que si Zea no ata a los carlistas corto, derribarán a Zea.
Parecía que Madrid entero se decidía por la Reina Cristina. Aviraneta y Tilly se metieron entre la gente y oyeron sus conversaciones.
—¡Qué tontería han hecho sus amigos!—exclamó Tilly—. Con esta agitación de la masa, un regimiento y los mil quinientos isabelinos, la cosa estaba hecha.
Aviraneta hizo un ademán resignado. En esto, en la Puerta del Sol, se encontraron a Gamundi.
—¿Qué han hecho ustedes?—le preguntó Aviraneta.
—Gran día—dijo el militar—. Pierrard y yo hemos dado dos hermosas estocadas en el Cerrillo de San Blas. Gran día. Primero, duelo; ahora, gresca, y a la noche, orgía. Esa es la vida. Ahora viene nuestra gente hacia aquí después de dejar las armas en casa.
Efectivamente, comenzaron a llegar por la calle de Alcalá, la de la Montera, la de Carretas y la Carrera de San Jerónimo, grupos de jóvenes, la mayoría bien vestidos, muchos, de levita y sombrero de copa.
«¡Viva la Reina!» «¡Viva Isabel II!», se oía a cada paso, y alguno que otro grito de: «¡Abajo el Ministerio!» Entre la gente se señalaba con el dedo a Espronceda, a Larra, a Patricio de la Escosura y algunos otros escritores que se lucían en medio de la multitud.
Tilly y Aviraneta iban a despedirse, cuando un chico se les acercó corriendo. Era el de la librería de la calle de la Paz.
—¡Don Eugenio!
—¡Hola, Bartolillo!—exclamó Aviraneta—. ¿Qué ocurre?
—De parte del capitán Nogueras que se escape usted y no vaya usted a su casa.
—¿Pues?
—Porque la policía le anda buscando.
—Bueno. Toma este sombrero de copa—dijo Aviraneta, quitándoselo de la cabeza y dándoselo al chico—. Guárdalo en la tienda.
Al mismo tiempo sacó una gorrita pequeña y se la encasquetó.
—¿Quiere usted venir a mi rincón?—preguntó Tilly.
—No, no; gracias. Tengo otro sitio más próximo. ¡Vaya, adiós, amigo Uno! Dentro de poco pasaré por allí.
—¡Adiós, compañero Tres!
Y los amigos se separaron.
VII.
LA CENA EN CASA DE CELIA
Una semana después de la muerte del rey, Chamizo se encontró a Paquito Gamboa, que le convidó a cenar a casa de su tío.
Le citó en el café del Príncipe, a las ocho de la noche. Estaba esperando el ex fraile, cuando se presentaron Gamboa y Aviraneta.
—¿Qué hace usted?—le preguntó Chamizo a don Eugenio, porque hacía días que no le veía.
—Ya no vivo con mi hermana.
—¿No? ¿Por qué?
—He tenido que largarme de allá, porque la policía de Zea Bermúdez ha empezado a molestarme.
—¿Y dónde vive usted ahora?
—Estoy con una familia amiga. Ya le diré el sistema que tengo para comunicarme con la gente, porque apenas salgo a la calle.
Estuvieron un rato en el café, y fueron después a una casa grande de la calle de Trujillos, en el barrio de las Descalzas, donde vivía doña Celia.
Don Narciso y Celia se habían instalado en Madrid con verdadero lujo. De su estancia en el extranjero habían traído hábitos de confort, apenas conocidos en la corte mas que por gente muy rica.
En la casa había varios salones alfombrados, con tapices, con muebles muy suntuosos y con algunas obras de arte.
Pasaron Chamizo, Aviraneta y Gamboa a un saloncito, donde estaba Celia con sus invitados, y tras de un rato de charla entraron en el comedor.
Eran quince o veinte los reunidos.
El anfitrión, don Narciso Ruiz de Herrera; su mujer, doña Celia; Paquito Gamboa, la marquesa de Albalate, Aviraneta, Fidalgo, con su hermana Estrella; el coronel Rivero, Nogueras, un napolitano llamado Ronchi, director de Loterías; el secretario del embajador de Inglaterra, lord Williers; Tilly, el cura Mansilla, el padre Chamizo, el capitán Messina, el capitán Del Brío y el teniente Gamundi.
El comedor presentaba un hermoso aspecto. Se hallaba iluminado con una gran araña de cristal y por dos candelabros, llenos de bujías, colocados sobre la mesa. Celia estaba elegantísima, con un traje verde pálido, que hacía destacarse su cabeza fina, adornada con una cabellera de un rubio obscuro; la marquesa de Albalate iba de blanco, y Estrella Fidalgo, que era una mujercita redondita y muy viva, en jeune fille en rose. Los hombres vestían de frac, excepto los militares, que iban de uniforme, y Mansilla, que llevaba sotana.
El anfitrión, pálido, demacrado, con el pelo entrecano, los ojos negros, vivos, el bigote lleno de cosmético, parecía una rata. Gamboa miraba disimuladamente a Celia, y ésta hablaba con el coronel Rivero y con Tilly; el capitán Messina piropeó a Estrella; Aviraneta y Ronchi obsequiaron a la marquesa de Albalate; el padre Chamizo charló con Gamundi, y Mansilla, con el secretario de lord Williers y con dos militares.
Todos eran del bando cristino. La cena fué espléndida y muy bien servida. Felicitaron a la dueña de la casa y se habló por los codos. De sobremesa, don Narciso contó una historia melodramática de los carbonarios de Roma, en la que había intervenido, con muchos detalles; Aviraneta estuvo amenísimo y chispeante; Messina explicó su evasión de la Ciudadela de Barcelona, y el napolitano Ronchi habló de su vida y de sus aventuras en Argel y Marruecos, en su lengua chapurrada, con mucha gracia.
Ronchi era un hombre grueso, moreno, con la cara redonda y unos pelos negros de punta sobre la frente. Tenía algo de polichinela, y una gesticulación tan cómica, que hacía reír aunque hablara en serio.
El caballero Ronchi dijo que no creía en la Medicina, a la que consideraba como un empirismo sin base; pero en cambio consideraba la craneoscopia del doctor Gall como una ciencia.
—El viejo refrán de «Dime con quién andas y te diré quién eres», yo lo sustituyo de esta manera craneoscópica: «Enséñame tu cabeza y te diré quién eres.»
El padre Chamizo y el cura Mansilla negaron la certeza de esta máxima, y Ronchi gritó:
—Pruebas, pruebas. ¿Quién de ustedes quiere que le examine la cabeza? A las damas no les hago el ofrecimiento. Sería un poco duro para mi encontrarles la prominencia del amor físico o de la infidelidad, y denunciarlo ante el público.
—Vamos a ver—dijo Gamboa—. Ahí va mi cabeza.
Ronchi palpó la cabeza del oficial y dijo:
—Prominencia del cerebelo, grande...; hay sentido del amor y de la reproducción; el órgano del afecto y de la amistad, bien desarrollado; el del valor y el orgullo, también... Esta no es una cabeza filosófica..., pero hay sentido artístico.
—Está bien—dijeron todos.
Gamboa se rió, porque Ronchi le conocía y obraba sobre seguro.
—A ver Aviraneta. Aviraneta debe tener una cabeza curiosa para un frenólogo—indicó Gamboa.
—¡Aviraneta! ¡Aviraneta!—dijeron todos.
—Vaya, señores, no hay que impacientarse—repuso don Eugenio, y se acercó a Ronchi.
Ronchi le saludó y le cogió la cabeza entre las dos manos.
—Señores—dijo el napolitano—. Esta es una cabeza.
Todo el mundo se echó a reír.
—No hay que reírse—replicó él con un ademán de charlatán que habla en la plaza pública—. Yo ruego al respetable público que la examine con detención. ¿Qué vemos en este cráneo, señores? Primero, mirad este abombamiento de las sienes. ¿Qué significa este signo? Este signo significa, señores, el valor, el valor personal, que está acusadísimo en este cráneo. Ahora, reparad en esta prominencia que hay encima de la oreja. Este signo es el signo de la crueldad y de la inclinación sanguinaria. Este caballero que posee este cráneo es un hombre cruel y sanguinario. Ahora ved el abultamiento que hay delante del oído: es la señal de la astucia y de la malicia; observad lo alta que es la cabeza: indicio de firmeza de carácter, y lo señalada que está la línea del orgullo. En lo demás, vulgar, completamente vulgar; el sentido del amor, de la amistad y del afecto, sin relieve; el sentido poético y religioso, nulo. Esta no es una cabeza filosófica, no es una cabeza artística, este es un condottiere... En fin, caballero—concluyó diciendo el napolitano inclinándose de una manera ceremoniosa y bufonesca ante Aviraneta—, craneoscópicamente es usted un hombre peligroso.
Aviraneta correspondió a la reverencia y dijo:
—Eso dice también Zea Bermúdez, pero yo no lo creo.
Se miraron unos a otros riendo de la alusión política de Aviraneta, que se sabía que estaba perseguido.
Se abandonó la craneoscopia, que a algunos no hacía gracia, sin duda porque la encontraban derivaciones antirreligiosas, y se habló de cuestiones del momento.
—¿Saben ustedes el epitafio que se ha hecho a Fernando VII?—preguntó el cura Mansilla.
—No.
—Pues oíganlo ustedes. Es breve y compendioso:
Murió el rey, y lo enterraron.
—¿De qué mal? De apoplejía.
—¿Resucitará algún día
diciendo que le engañaron?
—Eso no; que le sacaron
las tripas y el corazón.
¡Si esa bella operación
la hubieran ejecutado
antes de ser coronado,
más valiera a la nación!
Este epitafio, recitado por un eclesiástico, se aplaudió estrepitosamente y escandalizó a Chamizo. Días antes, una cosa así hubiera hecho temblar a todo el mundo.
Acababan de recitar estos versos, cuando entraron en el comedor de casa de doña Celia dos oficiales jóvenes, Ramón Narváez, vestido de paisano, y Fernandito Muñoz, con uniforme de guardia de Corps.
La señora de la casa estuvo muy amable con los dos, sobre todo con el segundo. Pasaron todos a un saloncito a fumar y a charlar, y a la una de la noche se fueron los invitados a la calle.
Hacía una noche soberbia y fueron juntos hablando Aviraneta, Gamboa, Tilly, el capitán Del Brío y Chamizo.
—¿Saben ustedes lo de Fernandito Muñoz?—preguntó Gamboa.
—No. ¿Qué pasa?
—Que la reina está loca por él.
Del Brío soltó una blasfemia.
—¡Qué zuerte!—exclamó con su acento andaluz—. Eze llega a general.
—Si no llega a rey—repuso Tilly.
—Y aquí, en confianza. ¿Qué clase de mujer es María Cristina? ¿Ustedes la conocen de cerca?—preguntó Aviraneta.
—Yo he hablado una vez con ella—dijo Tilly.
—¿Y qué le ha parecido a usted?
—Pues es una mujer guapetona; pero no tiene ninguna majestad. Habla de una manera afectada, pensando mucho lo que dice, y parece que está representando un papel.
—A mí me ha parecido una mujer basta, ordinaria—aseguró Gamboa con cierta saña—, una tía de estas a las que les gustan los hombres guapos.
—Una mujer caliente de corazón—agregó Tilly.
—Sí, es el tipo de la italiana gorda, fondona, un poco abandonada, que se pasaría la mayor parte de la vida en la mesa y en la cama.
—¿Pero al menos es inteligente?—preguntó Aviraneta.
—Poca cosa.
—¿Y liberal?
—Nada, absolutamente nada. Es liberal por fuerza.
—Pues sí que es un encanto nuestra excelsa Cristina—dijo Aviraneta.
—A nosotros los liberales nos conviene pintarla como una mujer ideal—dijo Tilly—; si no lo es, peor para ella.
—¿Y su hermana Luisa Carlota?
—Yo creo que es por el estilo—contestó Tilly—, quizá más enérgica, más ambiciosa.
—¿Y el infante don Francisco?
—Eze ez un calsonasos—dijo Del Brío.
—No lo creo yo así—replicó Gamboa—; a mí me parece que no es tan tonto como dicen, y creo, además, que es un liberal de verdad.
Se pasó revista a los comensales de la cena.
—¿Zerá sierto que el coronel Rivero tiene un proseso por azezinato?—preguntó Del Brío.
—No estoy enterado—contestó Gamboa—. Ya sé que ha tenido una causa, pero creí que era algo militar.
—¿No conocen ustedes la historia?—preguntó Aviraneta—. ¿No? Pues la cosa pasó en Cádiz, en mil ochocientos treinta y uno. Rivero estaba allí de comandante y tenía todo el regimiento comprometido para sublevarse con Torrijos. Los conspiradores se reunían en la logia. El día señalado, al anochecer, va Rivero a la logia y se encuentra con varios oficiales comprometidos, que le dicen que se ha presentado allí el brigadier don Antonio del Hierro y Oliver, con su ayudante, y que va a volver por la noche. Rivero y sus amigos parlamentan y preparan una emboscada, y a la mañana siguiente aparece en la calle el brigadier muerto de cuatro tiros, y a pocos pasos de él, un zapatero de la vecindad también muerto. La justicia toma el asunto con frialdad y la mujer de Hierro, que era una mujer de pelo en pecho, jura denunciar a los conspiradores enemigos de su marido, arma un zafarrancho en el cuartel, hace que prendan a cinco o seis, y, mientrastanto, un sargento comprometido se escapa con la doncella del brigadier, con la caja del regimiento y con una maleta de documentos comprometedores.
—¿Y no lo pescaron?—preguntó uno.
—¡Ca! Ahora está en París hecho un personaje, de empresario de teatros, camino de tener millones.
—¡Qué zuerte!—volvió a decir Del Brío.
—¿Y de Narváez?¿Qué se sabe?—preguntó Aviraneta—. Estaba pendiente de purificación.
—Lo han nombrado capitán del regimiento de la Princesa, del cuarto de línea—dijo Gamboa.
—Es un hombre de porvenir—exclamó Aviraneta—, tiene mucha fibra y es un liberal entusiasta.
—No quiero nada con él—repuso Del Brío.
—¿Pues?
—Ez un bárbaro zin formaz de ninguna claze. Eztaba yo de guarnisión en Granada y zolíamos ir a jugar a un casino muchos oficialez y algunoz paizanos, entre elloz uno de los jefes de los realiztaz. Una noche llevaba yo la banca y eztaba Narváez a mi lado. Yo perdía ciento veinte duroz, y Narváez, aproximadamente, otroz tantos. En ezto entra el jefe de los realiztaz de la siudad, se acerca, zaca una bolsa verde llena y la pone en la meza. Narváez coge la bolsa verde, la tira al aire y dice: «Donde eztoy yo no apuntan los realistas». Zalimoz de ella a palos. Ya ven ustedes. ¡Qué tendrá que ver el juego con la política! Eze Narváez ez un salvaje.
Pasando revista a los demás comensales se habló del napolitano Ronchi.
Tilly conocía su historia.
—La vida de ese tipo es una novela—dijo—. Es un lazzaroni de Nápoles, hijo de un prendero, creo que judío. Salió de su tierra y fué a Argel de quincallero. Aquí se transformó en charlatán y llegó a ser el médico de Cámara y del harén de Su Majestad Argelina. El bey parece que una vez le quiso empalar porque rompió un diente a su sultana favorita. De Argel marchó a Tánger, siempre de médico, y vino a Madrid, hace ocho o nueve años, donde puso una tienda de cambio. Quién le metió en Palacio no se sabe; el caso es que Ronchi acompañó a la princesa de Nápoles, novia del infante don Sebastián, a Madrid, y desde esta época tiene una influencia cada vez mayor con la Reina Cristina. Dicen que ha conseguido suplantar en su confianza al barón Antonini, encargado de Negocios del Reino de Nápoles. Ronchi protege a una modista, Teresita Valcárcel, fina como los corales, que entra todos los días en Palacio. Entre ellos y Muñoz están mandando en la Reina Cristina en el momento actual.
Aviraneta, a quien interesaba, sin duda, muchísimo todo esto, hizo más preguntas a Tilly. Gamboa escuchaba la relación con marcado disgusto.
Llegaron a la Puerta del Sol. Para Chamizo era tarde, y se fué a casa pensando en la sociedad abigarrada y extraña que aparecía en Madrid.
LIBRO QUINTO
INTRIGAS Y OBSCURIDADES
I.
EL COMADRÓN TEÓSOFO
Solía pasar Chamizo largas temporadas sin ver a Aviraneta. No andaba con él, porque no quería comprometerse. Don Eugenio le enviaba alguna que otra vez un libro, una botella de vino, o algo de comer, con una carta burlona. También intentó darle dos o tres bromas pesadas.
Una tarde, después de comer, estaba el ex fraile leyendo en su cuarto, cuando entró la patrona, doña Puri, y le dijo:
—Don Venancio.
—¿Qué pasa?
—Que aquí está el señor Bordoncillo, con su secretario.
—No le conozco a ese señor; dígale usted que no estoy.
—Dice que trae una carta de un amigo de usted y que le tiene que hablar de cosas importantes.
—Bueno; pues que pase.
El señor Bordoncillo era un hombre bajito, de unos cincuenta años, melenudo, de bigote y perilla grises, con los ojos un poco bizcos y muy brillantes, el cráneo estrecho y piriforme, la boca sin dientes. Vestía perfectamente andrajoso, unos pantalones llenos de flecos, un chaleco lleno de grasa y un gabán negro lleno de caspa; usaba cuello de camisa grande y mugriento, corbata roja, unas botas destrozadas y un sombrero de copa como un tubo. El secretario era por el estilo de él, pero aún más raído y un tanto jorobado.
El señor Bordoncillo entró en el cuarto de Chamizo, seguido de su secretario. Se sentó en el único sillón con la mayor familiaridad, y se desembozó la bufanda, dejando en el ambiente un olor fuerte a tabaco.
—Lea usted—dijo al ex fraile, y le alargó una carta.
Era ésta de Aviraneta, y decía así:
«Mi querido amigo don Venancio: El dador de la adjunta es el señor Bordoncillo, profesor de obstetricia y de ciencias ocultas. El señor Bordoncillo es hombre eximio, de gran profundidad de ideas, y con el cual yo, por mi incultura, no puedo alternar debidamente. Usted, con sus conocimientos filosóficos e históricos, sabrá comprender a este hombre ilustre, hoy perseguido por enemigos poderosos, y elevarse a la altura de sus lucubraciones. Muy suyo,
Aviraneta.»
Al principio no comprendió el ex fraile que la cosa era broma; pero al poco tiempo de hablar con el señor Bordoncillo vió que se trataba de un iluso, de un chiflado.
—¿Ha leído usted la carta?—le preguntó el hombre mirándole atentamente.
—Sí.
—¿Y qué me contesta usted?
—Nada. ¿Qué quiere usted que le conteste? ¿Por qué dice el señor Aviraneta que es usted profesor de obstetricia?
—Porque lo soy.
—¡Ah! Usted se dedica a asistir a partos.
—Sí, señor; tengo esa noble profesión, que algunos intentan ridiculizar llamándonos comadrones, parteros y otras palabras igualmente absurdas. Mi secretario González es herbolario.
—¿Y trabaja usted?
—Poco, muy poco; pero dejemos esa cuestión. No es como profesor de obstetricia que vengo a visitarle a usted, ni a ofrecerle mis servicios.
—¡Oh! Lo supongo, lo supongo—dijo Chamizo.
El señor Bordoncillo le advirtió que sabía que el ex fraile había abandonado los antros de la superstición, por lo cual le felicitaba; después se acercó a él y le dijo con gran misterio:
—Soy un perseguido. Vea usted cómo me tienen—y abrió el chaleco y le mostró que no llevaba camisa.
—¿Qué le pasa a usted?
—Es muy largo de contar; otro día en que esté en mejor situación de ánimo se lo contaré. Hay poderes, señor mío, que quieren arrebatarme la libertad, arrebatarme el albedrío para hacerme contra mi voluntad consejero de la Corona. Que lo diga mi secretario.
—Es cierto, es cierto—murmuró el secretario.
—¡Pero hombre, eso no es tan malo!—le dijo Chamizo.
—No me entiende usted—dijo Bordoncillo—. ¿Y mi obra? ¿Cómo yo acabo mi obra, si me secuestran, si me monopolizan?
—¿Y qué obra quiere usted hacer? ¿Algún trabajo de obstetricia?
—Un tratado de obstetricia del mundo.
—¿Y cree usted que no tendría usted algún poco de tiempo...?
—Necesito toda la vida, caballero, y aun no basta. Quieren distraerme. Quieren impedirme trabajar. Vivo mal, señor mío. Vivo mal. Estoy a la merced de un Tubal Caín.
—¿Quién es Tubal Caín?—preguntó Chamizo asombrado.
—Es un herrero de la Ronda de Atocha, que es masón y que me desprecia. ¡A mí! ¡Un Tubal Caín! ¡Qué vergüenza para el mundo! Su mujer, a la que yo llamo la ciudadana Minerva, me hace el puchero, un puchero miserable; lo que usted oye; y su criado, a quien yo llamo Ierófilo, me saca la lengua cuando me ve... Así vivo yo. ¡Qué ironía! Me están asesinando. González, mi secretario, lo sabe.
El secretario movió la cabeza gravemente, y cerró los ojos en señal de asentimiento.
—Me han hecho quemar más de diez libras de papel—siguió diciendo el comadrón teósofo.
—¡Diez libras de papel!
—Sí; diez libras de papel escrito por mí. ¡Por mí! Una gnosis, una mística y mi gran obra sobre los Adelfos y los Filadelfos.
—¿Y por qué ha quemado usted eso?
—Para no producir más víctimas. Ya ha habido bastantes. Más de una docena de hombres han muerto por esa cuestión.
El señor González volvió a cerrar los ojos gravemente y a hacer un signo de afirmación.
—¿Tan importante es?—preguntó Chamizo.
—¡Importante! Es la síntesis de toda la filosofía espiritualista. Los descubrimientos de los templarios, de los alumbrados, de los filaletas, de los masones, de los martinistas, de los teofilántropos, de los Rosa-Cruz, de los caballeros Kadosch, todas estas ramas de las ciencias ocultas se condensan en mi sistema filosófico-religioso-social-antropológico-obstétrico. ¿Y qué necesito para desarrollarlo? Papel y un poco de comida y una persona segura que rechace los ofrecimientos de los monarcas que quieran captarme. Nada más. Usted puede ser esta persona. Usted puede asociarse a mi gloria. El señor Aviraneta me ha dicho que usted me cedería su casa. Este cuarto está bien. González podría vivir ahí. Parece que tiene usted algunos libros. ¡Uf!—dijo con desdén—. ¡Literatura latina! ¡Paganismo, paganismo!
Chamizo le dijo que el señor Aviraneta se había equivocado al referirse a él, que no era capaz de rechazar los ofrecimientos del monarca porque estaba comprometido con la reina.
—No me diga usted más, todo lo comprendo—dijo el señor Bordoncillo con una risa sardónica—. Está usted también vendido al Becerro de Oro. No me diga usted más, todo lo comprendo; pero para que vea usted quién soy, vea usted y tiemble.
Y el señor Bordoncillo sacó un cartel de cartón de debajo del abrigo, con unas letras que decían
V G M C K,
y se lo colgó en el cuello. Luego sacó una cinta de tres colores, azul, amarillo y verde, y se la puso en el pecho.
—Ya me comprende usted—dijo tocando la cinta con el índice, adornado por una uña con ribete perfectamente negro—; azul el cielo, amarillo el sol, verde la tierra—luego el comadrón teósofo se llevó la mano a la garganta e hizo—: ¡Aj..., aj...!—como si se le hubiera metido una espina y no pudiera sacarla.
—Sí, sí; supongo que le comprendo a usted, pero yo nada puedo hacer por usted—repitió Chamizo.
—¿Nada?
—Nada.
—¡Oh Jacobo Boeme! ¡Oh Cagliostro! ¡Oh Swedenborg! ¡Oh Martínez Pascualis! ¡Oh Saint-Martin, el filósofo desconocido! ¡Ved cómo tratan al filósofo mayor de todos los tiempos! González, usted será testigo de esta ofensa.
—¡Hombre! Yo no creo que le he ofendido a usted en nada—exclamó Chamizo.
—No me ha ofendido este falso hermano. ¿Cómo me va a ofender él a mí? ¡El a mí! Imposible. ¡A mí, iniciado en los misterios de Eleusis, en los misterios de Isis! No, González, no me puede ofender un Chamizo. No, González. Un Chamizo no me puede ofender. Yo soy caballero de la Orden de la Apocalipsis, gran maestre de la del Diamante, venerable de los Invisibles, caballero del León y de la Serpiente. Yo pertenezco al rito de los Perfectos iniciados de Egipto, a la Sociedad Alpha y Omega, a la Orden de la Medusa y de Melusina, a los caballeros de la Pura Verdad y de la Manzana Verde. Yo soy del rito sofisiano, del Escorpión Azul, del Cocodrilo Rosa, de la Serpiente Blanca; soy de los adoradores de Mitra, de los caballeros de Astarté, de los Magos de la torre astronómica de Babilonia, de los elegidos de Hiram y de la desembocadura del Nilo. ¿Y me pregunta si me ha ofendido, González? No. González, no. La gente vulgar no me puede ofender.
—Está bien. Me está usted molestando con sus tonterías. ¡Váyase usted!
—¿Me echa?
—Sí: váyase usted.
—Yo soy un sublime perfecto—exclamó el comadrón, irguiéndose sobre las puntas de los pies.
—A mí me parece usted un perfecto majadero. ¡A la calle!
—¿A la calle? ¡Me dice a mí a la calle, González!
—Sí; le digo a usted, a la calle.
—Me vengaré, González. Me vengaré—gritó el señor Bordoncillo—. Blandiré la gleba y la palanca. Yo tomaré el compás y administraré justicia. ¡Tiemble usted, señor Chamizo! ¡Tiemble usted! Tengo en mis manos las fuerzas ocultas de la Naturaleza...
Mientras el señor Bordoncillo seguía diciendo fantasías, Chamizo les fué llevando a él y a su secretario por el corredor de la casa de doña Puri hasta la puerta de la escalera; abrió y les echó fuera.
Cuando Chamizo le vió por primera vez a Aviraneta, le dijo que no le mandara gente como el comadrón-teósofo, porque alborotaba toda la casa y le desacreditaba.
—¡Pero, hombre, un personaje tan pintoresco! Yo creí que le divertiría a usted.
Aviraneta se rió mucho cuando le contó lo ocurrido y prometió no enviarle ningún otro personaje por el estilo.
II.
LAS PASIONES HIERVEN
El verano de 1833 fué de grandes agitaciones y jaleos populares. Aviraneta, según dijo, estuvo perseguido por la policía; don Bartolomé José Gallardo y sus amigos anduvieron también escondidos; se gritó muchas veces «¡Abajo el Ministerio!»; se repartieron palos entre carlistas y cristinos y comenzaron las noticias de las sublevaciones a favor de Don Carlos, dirigidas por el Cura Merino, el Locho, don Santos Ladrón y otros mil. Toda España ardía de un costado a otro.
En otoño del mismo año los madrileños presenciaron el desarme de los voluntarios realistas en la plaza de la Leña, en donde se lucieron el coronel Bassa y el capitán Narváez. El que, según la voz popular, tomó parte en el desarme de los voluntarios fué Luis Candelas, el ladrón, poco antes escapado de la cárcel de Segovia. Candelas iba sustituyendo a José María, el Tempranillo, en la curiosidad y en la admiración de la gente del pueblo desde que el bandido andaluz se había acogido a indulto.
Aviraneta conocía a Candelas y un día se lo mostró a Chamizo en la calle.
Don Eugenio debió de hacer por entonces alguna maniobra con la policía de Zea, porque comenzó de nuevo a mostrarse en público. Había vuelto a su casa de la calle del Lobo y nadie se metía con él. Chamizo seguía con sus traducciones y otros trabajos.
A mediados de noviembre la marejada política aumentó; todos los días había tiros, palos, gritos de «¡Viva la Constitución!» «¡Muera Zea!» «¡Mueran los frailes!»
Los carlistas decían que el triunfo lo consideraban como seguro, que todos los aristócratas, los empleados de Palacio y los alabarderos eran suyos; que Luis Felipe iba a reconocer a Don Carlos; en fin, cantaban victoria. Los liberales aseguraban que de un día a otro se proclamaría la Constitución de 1812; que lord Villiers, el nuevo embajador de Inglaterra, partidario acérrimo de los liberales, sostenía al Gobierno, y que, en breve, podrían entrar en España Mina, Méndez Vigo, don Francisco Valdés, Mendizábal...
Había detalles cómicos. En las tabernas de los Barrios Bajos se hablaba de que el fantasma de Fernando VII aparecía en El Escorial en paños menores, y todo el mundo tomaba la noticia a chacota y servía la farsa para denigrar al difunto rey.
El Café Nuevo, de la calle de Alcalá, era un hervidero; solía estar aquello al rojo blanco.
Un día de a mediados de noviembre, Gallardo convidó a Chamizo a comer a la fonda de Perona, en agradecimiento de haberle encontrado el ex fraile un volumen raro que hacía tiempo andaba buscando el bibliófilo. Al entrar en la fonda se encontraron allí a Paquito Gamboa, al capitán Nogueras y a Aviraneta, que comían en compañía de un joven desconocido.
—¡Hola, Viborilla; no, Aviranetilla!—le dijo Gallardo.
—¡Hola, Gallardete!—le contestó Aviraneta—, ¿qué tal va esa bilis de bibliófilo?
—Bien. Y ese veneno de intrigante, ¿cómo marcha?
—Así, así.
Aviraneta y Gallardo se dedicaban con frecuencia a insultarse y a morderse. Gallardo recurría en sus sátiras a la erudición; pero era un recurso que no siempre daba resultado, porque con frecuencia sus alusiones no se entendían.
Después de comer se acercaron Gallardo y Chamizo a la mesa de Aviraneta y tomaron café juntos. Gallardo habló prodigando los fuegos artificiales de su conversación.
El joven desconocido que estaba con ellos era un hombre de unos veinticinco años, chato, de barba negra y con un aire extraño y decidido.
Desde que se acercaron Gallardo y Chamizo el joven no habló, y poco después se levantó y se marchó, dando la mano a los militares y a Aviraneta y haciendo a Gallardo y a Chamizo una ligera inclinación de cabeza.
—¿Quién es?—preguntó Gallardo.
—Es un fraile.
—¡Bah!
—Como lo oye usted. Es un fraile liberal que ha venido a vernos de parte de nuestros amigos isabelinos de Barcelona.
—Y, ¿cómo se fía usted de los frailes?—preguntó el bibliófilo.
—Amigo don Bartolo. Esto me demuestra que no ha sido usted mas que un conspirador de camama—dijo Aviraneta.
—¡Aviranetilla! ¡Aviranetilla! ¡Qué malo es este condenado! ¿Por qué dice usted eso?
—Porque si hubiera usted conspirado de verdad, sabría usted que no hay elementos mejores para la conspiración que los frailes. En la guerra de la Independencia casi todos los movimientos los prepararon los frailes; antes de la revolución de Cabezas de San Juan, uno de los agentes liberales más activos fué un fraile carmelita, el padre Mata, que había estado en Londres con Mina y recorrió todas las ciudades de España donde había logias montado en un caballo normando; la restauración de mil ochocientos veintitrés la hicieron los frailes; en Méjico he conspirado con su ayuda y aquí sigo viendo que todavía es la gente de más arrestos.
—Bien, yo no me fiaría de ellos. Este mismo tiene un aire solapado y una mirada falsa.
—El fraile, como todo, tiene su especialidad—replicó Aviraneta con sorna—; yo no le confiaría a éste una mujer guapa, ni una viuda, no; pero para una conspiración esta gente es irremplazable.
—Sí, sí; fíese usted.
El bibliófilo hablaba así, principalmente, por despecho, por ver que el fraile no había prestado oídos a su charla.
En esto entraron en la fonda unos cuantos jóvenes escritores que iban capitaneados por Espronceda y por Larra. Llegaron hablando alto. Un periodista calvo, barbudo, que malgastaba su ingenio acre en charlar en los cafés, saludó a Aviraneta y a Gallardo.
—¿Hay cuchipanda romántica?—le dijo con sorna Gallardo.
—Sí; pensamos comer, en vez de cabeza de cerdo, cabeza de clásico.
III.
UNA PROPOSICIÓN DE PAQUITO GAMBOA
Salieron de la fonda y Paquito Gamboa acompañó a Chamizo hasta su casa.
Al llegar al portal le dijo:
—¿Le puedo considerar a usted como aliado, amigo don Venancio?
—¿Aliado? Según para qué.
—Para una empresa política.
—Hombre, ya sabe usted que yo no soy político.
—No importa. Yo le explicaré a usted el asunto. Si acepta, entra en la combinación, y si no, me da usted palabra de guardar el secreto por lo menos durante un mes.
—Está dada, y si quiere usted, durante un año. Subamos a mi cuarto y hablaremos con libertad.
Subieron a la habitación del ex claustrado, que estaba llena de libros viejos, de estampas y de papeles.
—Cómo se nota aquí al sabio don Venancio—dijo Gamboa.
—¡Bah! Ríase usted. El sabio no necesita de tanto papel. Esto es un vicio.
Chamizo desocupó el sillón, lleno de libros, para que se sentara Gamboa, y él se sentó en la cama.
—¿Usted no ha oído hablar de una intriga palaciega, de la cual es el centro el infante don Francisco?—preguntó Gamboa.
—No.
—Pues varios caballeros y damas de Palacio han tenido la idea de asociar a la infanta Luisa Carlota y a su marido don Francisco a la regencia de España.
—¿Y para qué? ¿Con qué objeto?—preguntó Chamizo.
—El motivo principal es que la reina está enamorada de Muñoz.
—Eso se dice.
—Se dice y es verdad. Para este caso se ha pensado en una regencia triple. La cosa no tiene nada de absurda.
—No, no.
—La infanta Luisa Carlota y su marido, que saben por Celia y por mí la influencia que va teniendo Aviraneta entre la juventud, van a llamarlo un día de estos para hablar con él.
—¿Pero Aviraneta tiene verdadera influencia?—preguntó Chamizo.
—Sí; sí la tiene. Ahora está proyectando una sociedad de partidarios de Isabel II, no sé en qué forma. Yo quisiera que usted intentase convencer a don Eugenio de que la solución de la triple regencia, la reina con los dos infantes, no es tan ilógica como a primera vista parece.
—Bueno, probaré.
—Lo tendremos en cuenta. Vaya usted mañana a comer con nosotros a casa de Celia. Puede usted ir allí cuando quiera. Es necesario que nos unamos las personas discretas. Yo hablaré al infante don Francisco a ver si puede darle a usted un empleo.
Dejándole halagado por esta dulce esperanza, se marchó Gamboa. Al día siguiente, Chamizo fué a comer a casa de Celia, y ella le conquistó y le hizo prometer que seguiría sus consejos, con lo cual no le iría mal.
IV.
EL CONDE DE TORENO EN EL CALLEJÓN DEL GATO
Unos días después de la muerte del rey, el padre Mansilla apareció en la Casa del Jardín a visitar a su amigo Tilly.
—Se ha presentado en mi casa un médico, el doctor Torrecilla, con una pretensión bastante rara—le dijo.
—¿Cuál es?
—Este señor es conocido de doña Celia y quiere saber dónde vive Aviraneta, para hablar con él.
—¿Y cómo se ha dirigido a usted?
—Por doña Celia. Este Torrecilla me ha dicho que hay una persona importante, que ha venido del extranjero, que quiere conferenciar con Aviraneta. ¿Usted sabe dónde vive don Eugenio?
—No; pero lo averiguaré en seguida.
—¿Usted se encarga entonces de la gestión?
—Sí; yo me encargaré, sin ningún inconveniente.
Tilly fué a buscar al capitán Nogueras y averiguó que Aviraneta estaba viviendo en una casa de huéspedes de la calle de Segovia. Inmediatamente fué a ver al doctor Torrecilla a su casa.
—Me han avisado que usted quiere ver a Aviraneta—le dijo—. Como Aviraneta está hoy perseguido, si usted quiere decirme de qué se trata...
—Se va a perder tiempo—interrumpió el doctor Torrecilla—. Soy amigo de Eugenio, estoy al tanto de sus trabajos y tengo un encargo urgente para él.
—¿No quiere usted que le diga concretamente de qué se trata?
—Sí; vale más que se lo diga usted, porque si no vamos a tardar mucho tiempo en idas y venidas. Se trata de que el conde de Toreno está en Madrid. Yo le he visitado porque está enfermo de tercianas. El conde quiere ver a Aviraneta y hablar con él.
—Bueno, yo se lo diré. ¿Adónde le tengo que traer la contestación; aquí, a su casa?
—Mire usted, yo, por mi profesión, no tengo tiempo disponible. El conde está en una humilde casa de huéspedes del callejón del Gato, número 6, piso segundo; sé hace llamar por su nombre y su primer apellido, José Queipo. Si Aviraneta quiere ir a verle, que vaya; si pone algún inconveniente, usted se presenta al conde y le dice: «Vengo de parte del doctor Torrecilla con este recado de Aviraneta». ¿Estamos?
—Muy bien.
Fué Tilly a la calle de Segovia y se lo encontró a Aviraneta en un quinto piso haciendo listas de afiliados a la Isabelina, de Madrid y de provincias. Le contó lo que había pasado y cómo Toreno quería tener una entrevista con él.
—¿Usted va a ser el encargado de la negociación, querido Uno?
—Sí.
—Pues dígale usted al conde que yo, particularmente, no puedo pactar con él, porque estoy ligado con otras seis personas que forman el Directorio Isabelino. Pregúntele a Toreno si me autoriza para que cite su nombre a nuestra Junta, y mándeme usted en seguida la contestación. En caso afirmativo, vaya usted a la librería de viejo de la calle de la Paz, y al chiquillo de la librería le dice usted: «Vete a casa de don Eugenio y dile que sí». En caso negativo, nada.
—Está bien, amigo Tres.
Fué Tilly al callejón del Gato y entró en un portal obscuro y húmedo. Subió por una escalera sombría y llamó en el piso segundo. Preguntó por el señor Queipo y le pasaron a un gabinete pequeño, que tenía en el fondo una alcoba con puertas con cortinillas. Tilly pensó que desde allí le estaban observando. Efectivamente, se abrieron aquellas puertas y aparecieron el conde de Toreno, el doctor Torrecilla y un amigo de los dos, don Mariano Valero Arteta.
El conde era un hombre más bien feo que guapo, abotagado, rojizo. Tenía una mirada brillante y audaz; vestía con mucho atildamiento, como un completo dandy, y hablaba un castellano en el que se traslucía el asturiano y al acostumbrado a vivir en Francia.
—Este señor—dijo el doctor Torrecilla al conde—es el que ha quedado encargado de avistarse con Aviraneta.
—¿Qué le ha dicho a usted?—preguntó el conde con viveza.
—Me ha indicado—dijo Tilly—que él no puede hacer nada solo y que quiere saber si usted le da autorización para comunicar sus ofrecimientos al Directorio Isabelino.
—Bien; no tengo inconveniente en que exponga mis ofrecimientos a los demás miembros de su Sociedad, pero sin compromiso para ellos de ninguna clase; hubiera deseado tener una conferencia con alguno de los jefes isabelinos.
—Se lo diré a Aviraneta—indicó Tilly.
—Mi objeto en esta conferencia se reducía a ofrecer mis servicios a la asociación, al paso que podría ilustrarles con los antecedentes que he adquirido en París relativos a la marcha absolutista que piensa seguir el Ministerio Zea.
Don Mariano Valero instó a Tilly para que dijese a Aviraneta que el conde de Toreno estaba animado de los mejores sentimientos y resuelto a arrostrar toda clase de peligros, a fin de lograr que se dotase al país de una Constitución lo más liberal posible.
Al marcharse Tilly, el conde de Toreno preguntó con gran interés a Valero por él.
—¿Quién es este joven?—le dijo.
—No le conozco apenas—contestó Valero.
—¡Qué tipo más distinguido! Este hombre hará carrera.
Tilly salió del callejón del Gato, fué a la calle de la Paz, a la librería de viejo del señor Martín, y le dijo a Bartolillo:
—Vete a casa de don Eugenio y dile que sí.
Unos días después Aviraneta contó a Tilly el resultado de la negociación, que fué negativo.
Aviraneta congregó a sus consejeros, y, al parecer, todos estuvieron contentos en rechazar a Toreno.
Olavarría aseguró que el conde venía de París arruinado por negocios bursátiles y que no traía otro plan que el de buscar un asidero cualquiera.
—Si fuera hombre de fiar—parece que dijo—, él con los elementos con que contamos haría la revolución; pero corremos el peligro de servirle de escabel para alcanzar el ministerio, y que cuando no nos necesite nos pegue un puntapié. Toreno es hombre astuto y nos dominará.
Romero Alpuente afirmó que si se aceptaban los ofrecimientos del conde, él se retiraría de la Junta. Según él, Toreno venía a España, como enviado de Luis Felipe, a embrollar la política española, pues el monarca francés había perdido con Fernando VII el mejor aliado con que contaba, y temía que se realizase en España una revolución radical que hiciese renacer el fuego de las cenizas del republicanismo francés, que acababa por entonces de sofocar en su país.
Flórez Estrada se expresó de idéntica manera. Aviraneta fué el único que dijo que creía que no era prudente rechazar los ofrecimientos de un hombre de tanta importancia. Aviraneta escribió a Torrecilla dándole la negativa. Toreno no la echó en saco roto, y guardó gran rencor a Aviraneta.
El mismo día Toreno salía desterrado para Asturias por orden de Zea Bermúdez.
V.
LAS RAZONES DE LA TRIPLE REGENCIA
El padre Mansilla subía en sus relaciones e iba escalando la alta sociedad. El confesonario le servía de mucho. No descuidaba tampoco la oratoria. Había adoptado en sus sermones una manera insinuante, casuística, que le daba gran éxito.
Casi todos los días Mansilla tenía largas conferencias con Tilly, y presentaba a su amigo en las casas más importantes, sobre todo en aquellas que tomaban un matiz liberal.
Una mañana les mandó aviso Aviraneta de que por la tarde iría a visitarles a la Casa del Jardín.
Mansilla y Tilly le recibieron amablemente, y constituyeron en broma el primer Triángulo del Centro.
—¿Qué hay, Tres?—dijo Tilly.
—Vengo a ver si me sacan ustedes de una duda, ustedes que frecuentan la alta sociedad.
—Vamos a ver...
—Creo que les dije hace tiempo que un tal Maestre nos trajo para la Isabelina unas listas de los comprometidos en un movimiento liberal anterior.
—Sí.
—Pues bien; por estas listas venimos a ponernos en relación en Cataluña con un fraile, el padre Puch o Puig, a quien le conocen por el nombre del Dominico de Vich. El tal dominico, según parece, goza de gran prestigio, y ha organizado un Directorio Isabelino rapidísimamente en Barcelona. Tiene ya cinco o seis mil hombres afiliados.
—¿Tantos?
—Sí; eso dice. El Directorio barcelonés se muestra lleno de impaciencia, y quiere que se apresure el levantamiento liberal. Ha escrito ya varias comunicaciones, y ayer se recibió una carta cifrada del Directorio, en la que se nos dice que tardamos mucho en Madrid en organizar nuestros trabajos, y que ellos se han puesto al habla con un miembro de la familia real, con un Borbón que se compromete a marchar al frente de los revolucionarios y acabar con los manejos carlistas. Añade el escrito que en el primer correo sale un comisionado del Directorio de Barcelona a ponerse al habla con nosotros. Yo me he quedado asombrado pensando qué persona real puede ser... He leído la carta a los demás y se han quedado en ayunas, como yo.
—¿Nadie ha sospechado nada?—preguntó Tilly sonriendo.
—Nadie. ¿Es que usted sabe algo?
—Sí; creo que Dos también lo sabe. ¿Verdad?
---Sí, también—dijo Mansilla.
—¿Y quién es ese personaje que va a aliarse con los revolucionarios?
—El infante don Francisco.
—¿Está usted seguro?
—Segurísimo.
—¿Pero no es un hombre negado?
—¿Hombre, eso qué importa? Carlos III fué un buen rey, y era un tonto.
-¿Y qué pretende don Francisco?
—Ser el regente. Muchos cristinos lo saben ya, comenzando por Zea Bermúdez, que sospecha la intención.
—Me deja usted asombrado. ¡Qué malos informes tenemos! Es la desdicha de España, de que no se puede hacer nada mas que con carcamales. Si yo hubiera podido hacer solo la Isabelina hubiese hecho otra cosa con gente joven...
—Hemos hecho el Triángulo del Centro—dijo Tilly—, y esto marchará.
—El número Uno y Dos van a dejar pronto atrás al número Tres—replicó Aviraneta.
—Pero no le abandonaremos—replicó Mansilla.
—¿Y a ustedes qué les parece que debía hacer la Isabelina con relación al infante don Francisco?
—Yo, como usted, me pondría de acuerdo con el infante—dijo Tilly.
—Creo lo mismo—agregó Mansilla.
—No va a ser posible—replicó Aviraneta—. Mis gentes no aceptan. Les parecerá un contubernio, y desde el momento que encuentren una palabreja de estas no saldrán de ahí. No discurren. Romero Alpuente dirá unas cuantas frases a estilo de Robespierre, y se acabó...
—Yo intentaría convencerles. Si no se puede, entablaría relaciones subterráneas.
—Lo averiguarán.
—No; usted es bastante inteligente para dorarles la píldora.
—¡Hum! ¡Qué sé yo!
—Ya sabe usted lo que decía madame Pompadour.
—No sé lo que decía.
—Que todo el secreto de la política consiste en mentir a tiempo.
—Es que el ambiente es tan pequeño...
—Pues yo me inclino hacia ese lado—dijo Tilly—. El conde de Parcent, que hace de cabeza de ese partido, trata de atraerme a su bando, y yo me dejo conquistar. Creo que no vulnero con eso mi pacto con el Triángulo del Centro.
—De ningún modo—repuso Aviraneta—; está usted en su derecho. ¿Y usted, Mansilla?
—Mi política es ser amigo personal de esos señores y no ser partidario de ninguno.
—Muy bien—murmuró Aviraneta—. ¿Si se enteran ustedes de algo me lo dirán en seguida?
—Sí. No tenga usted cuidado.
—Yo les comunicaré lo que acuerden los míos.
Dos días después volvió Aviraneta a la Casa del Jardín y se encontró solo con Tilly.
—¿Sabe usted algo?—preguntó Aviraneta.
—Que son ellos. Parcent tiene relaciones con los isabelinos de Barcelona. Su secretario, un capitán, De los Ríos, anda reclutando gente.
—¿Qué pretenden?
—La pretensión es muy sencilla, y hasta lógica. Quieren constituír una Regencia Triple con María Cristina, la infanta Luisa Carlota y don Francisco.
—Pero, ¿con qué objeto? ¿Por qué motivo?
—Hombre, motivos hay muchos; pero el principal es que la Reina Cristina está enamorada hasta las cachas de Muñoz. Ya no es una reina ni una señora distinguida, es una mujer desatada, una hembra en celo.
—Yo creí que era un devaneo propio de esta familia de Borbón, que es un tanto rijosa.
—¡Ca! Es una cosa seria... Es el amor de una mujer de treinta años, napolitana y ardiente, que ha estado casada con un hombre viejo, impotente y gotoso.
—Como subraya usted, amigo Uno.
—Si la cosa va como parece, todo hace creer que el descrédito de María Cristina va a ser enorme. ¡El hijo del estanquero de Tarancón y de la tía Eusebia en la alcoba de la reina! La cosa es fuerte. Para impedir el descrédito se ha pensado en esta solución de la Regencia Triple, y si Cristina se enmuñozase de tal manera que perdiera todo el prestigio personal, entonces se intentaría sustituírla completamente en la Regencia por la infanta Luisa Carlota.
—Todo esto que me dice usted es nuevo para mí—dijo Aviraneta—. ¿Usted cree de verdad en los amores de Cristina?
—Sí, sí; es un hecho. Pregúnteselo usted a Fidalgo. Todas las camaristas lo saben. El otro día le vieron a Muñoz con un brillante gordo en la pechera; era de los que usaba Fernando VII.
—¿Y esto empezó antes o después de la muerte del marido?
—Yo creo que antes. Ahí han andado en el lío la modista Teresita Valcárcel, la querida de Ronchi, y otra muchacha camarista, Mari-Juana, que está enredada con Colasito Franco, que es un guardia de Corps, amigo de Muñoz. La reina ha andado rondándole a Muñoz.
—Hemos vuelto a los tiempos de María Luisa.
—Sí; nos gobernarán, como entonces, una reina italiana y un guardia de Corps. Veremos a ver qué sale de eso.
—Usted, Tilly, no suelte el hilo de la intriga. Estamos en un momento muy interesante.
—No tenga usted cuidado.
VI.
LOS INFANTES
Seis o siete días después estaba el padre Chamizo en casa de doña Celia, cuando se presentó un palaciego amigo de don Narciso Ruiz de Herrera, un tal García Alonso, y dijo:
—Ahora acabo de dejar a Eugenio Aviraneta, después de llevarle a Palacio a presencia de los infantes.
—¿Qué ha pasado?
—Pues siguiendo las instrucciones de Sus Altezas me avisté con el capitán Nogueras y le dije que necesitaba verme con Aviraneta. Puso el capitán algunos obstáculos, pero, por último, me dijo que le encontraría en su misma casa, a las tres de la tarde. Volví a esta hora, le expliqué de qué se trataba; me pidió un plazo de veinticuatro horas para consultarlo con sus amigos, y hoy he estado de nuevo en casa de Nogueras y en una berlina particular he llevado a don Eugenio a Palacio.
—¿Y qué ha ocurrido allí?
—Nada de extraordinario. Aviraneta y yo hemos sido introducidos en el saloncito pequeño dorado. Doña Carlota y don Francisco estaban arrimados a la chimenea, en donde ardía una hermosa llama. Después de la correspondiente presentación y frases de rúbrica, el infante, con su aire sencillo y franco, le preguntó:
—¿Conque tú eres Aviraneta?
---Para servir a Su Alteza.
---Tienes una fama de conspirador terrible.
—Son habladurías de por ahí.
—Ya sé que trabajas mucho en favor de mi sobrina Isabel.
—Hago lo que puedo, como súbdito que soy de Su Majestad.
—¿Tienes muchos compañeros que te ayuden?
—Bastantes.
—Son gentes decididas, según me han dicho.
—Sí. Es gente de corazón.
Aquí se mezcló la infanta con su aire enérgico y decidido.
—¿Cuántos sois en Madrid? ¿Más de mil?
—Más de mil... Pronto llegaremos a cinco mil.
—¿Trabajáis también en Barcelona?
—En Barcelona y en otras ciudades de España.
—¿Por qué trabajáis y para quién?
—Trabajamos para asegurar la libertad en España y a favor de la Reina Isabel.
—¿Y de nadie más?
—De nadie más. De la Reina abajo, por nadie.
—Me habían informado mal. ¿Estáis satisfechos de Zea Bermúdez?
—No, señora; lo tenemos por un absolutista.
—Sabrás—dijo la infanta—que en Cataluña se está formando un partido numeroso contra Zea para derribarlo del Poder y establecer una Regencia que gobierne la monarquía durante la menor edad de mi sobrina Isabel. ¿Tus amigos de Barcelona piensan secundar este plan?
—Señora: mis amigos de Barcelona se han organizado y preparado para desbaratar las intrigas carlistas. No creo que entre ellos haya nadie que intente trabajar en favor de una Regencia.
—Pues, no lo dudes—replicó la infanta con viveza—; tus amigos serán acaso los primeros en proclamarla.
Después hablaron en voz baja y no llegó hasta mí su conversación. Luego oí de nuevo que decía la infanta:
—Nosotros desearíamos que pasases a Barcelona y con tu influencia activaras los planes y deseos de aquellas gentes, y que la cosa se hiciese sin mucho ruido ni efusión de sangre.
—Doy a Vuestra Alteza las gracias—contestó Aviraneta—por la confianza que tiene en mí; pero debo manifestarle que estoy unido con otras personas y que tengo que consultar con ellas.
—Nos despedimos de los infantes—concluyó diciendo García Alonso—, bajamos a la plaza de Oriente, tomamos la berlina y le dejé a Aviraneta en la Puerta del Sol.
—¿Y eso ha sido todo?
—Eso ha sido todo.
Esta relación dió a Chamizo, a doña Celia y a Gamboa una porción de datos desconocidos. Aviraneta había formado una Sociedad con más de cinco mil asociados en Madrid y con ramificaciones en provincias. Había varios directores y él.
Se hicieron comentarios acerca de la actitud de Aviraneta, temiendo que éste y sus amigos intentasen acercarse a María Cristina para instruírla del insidioso plan de Regencia preconizado por los infantes, plan que a la Reina, probablemente, no podría hacer mucha gracia.
A los tres o cuatro días, Paquito Gamboa dijo a Chamizo que ya se había aclarado el misterio de la Sociedad de Aviraneta. Se llamaba la Confederación de los Isabelinos o Isabelina, y tenía un Directorio formado por Calvo de Rozas, Palafox, Flórez Estrada, Romero Alpuente, Beraza, Juan Olavarría y Aviraneta. Cada uno era jefe de una sección especial. La organización militar no se conocía bien. Se sabía que la fuerza estaba dirigida por el general Palafox y tenía sus legiones y sus centurias. A juzgar por la forma de estar constituída, la Isabelina era una Sociedad carbonaria.
—La cosa es más seria de lo que parece—dijo Gamboa—. El Gobierno sabe la existencia de la Sociedad y la teme. Dos individuos de la Isabelina han ido esta mañana a visitar al ministro don Javier de Burgos, a pactar con él, pero no se han podido poner de acuerdo.
Unos días después, el mismo Gamboa dijo al ex claustrado que le habían dicho que la Isabelina tenía un Comité de acción misterioso que se llamaba la Junta del Triple Sello, formado por un masón, un comunero y un carbonario. Esta Junta era la encargada de las obras secretas, de los asesinatos y de las ejecuciones.
VII.
LOS HILOS DE LA INTRIGA
Unas semanas después estaba Aviraneta en su piso alto de la calle de Segovia, en compañía del capitán Nogueras, cuando se presentó un caballero de unos treinta años, muy bien portado.
Llamó y preguntó a la patrona:
—¿Don Eugenio de Aviraneta?
—No sé si estará. ¿A quién tengo que anunciarle?
—Diga usted al señor Aviraneta que hay aquí una persona que quiere hablarle de parte de un dominico de Vich.
—¿De un fraile?
—Sí.
—Don Eugenio no es muy amigo de frailes—murmuró la patrona para sus adentros—, ni yo tampoco.
Dió el recado a Aviraneta y éste exclamó:
—Que pase en seguida ese caballero.
Recorrió un largo pasillo el enviado de Barcelona y entró en un cuarto en donde estaban Aviraneta y Nogueras. Era un cuarto grande, blanqueado, con una estufa de hierro al rojo. Tenía las puertas y las contraventanas de cuarterones, y un balcón tan alto sobre la calle de Segovia, que el asomarse a él daba el vértigo.
El reciénvenido saludó a Aviraneta y a Nogueras con una inclinación de cabeza.
—Vengo de Barcelona—dijo—con una contraseña del Dominico de Vich.
—Siéntese usted—le indicó Aviraneta.
El hombre vió la puerta que había quedado abierta, la cerró él mismo y se sentó en seguida.
—¿Supongo que estamos en una casa de confianza?—preguntó.
—De entera confianza. Este caballero es el capitán Nogueras, amigo mío y afiliado a la Isabelina.
—Yo me llamo Salvador, y traigo esta contraseña del padre Puig, que debe corresponder con la otra mitad que ha debido remitirle y que componen las dos una tarjeta.
Nogueras fué al fichero y sacó de allí un trozo de cartulina cortado de una manera caprichosa, que se confrontó con el que traía Salvador. Venían bien.
Era el enviado de Barcelona un hombre pálido, de bigote negro, fino, vestido de obscuro, con unas maneras frías, humildes e insinuantes, y un aire reservado y misterioso. Se le hubiera tomado a primera vista por un enfermo; pero observándolo mejor se veía que no lo estaba. Tenía una palidez de hombre que no ve el sol; era un tipo de obscuridad, de covachuela, de iglesia o de convento. Su sonrisa le desenmascaraba; era una sonrisa cínica, de un hombre débil, servil y bajo.
—Puede usted hablar, señor Salvador—indicó Aviraneta al enviado.
—El Dominico de Vich—dijo éste—, es hombre que, como ustedes, ha organizado los elementos avanzados de Cataluña. El Dominico se puso en relación con nosotros, los Europeos Reformados, que constituímos una Venta carbonaria en Barcelona, e hizo que nos asociáramos con él.
—¿Tiene mucho prestigio, al parecer?
—Sí, mucho; tiene el prestigio del hábito y el de haber sido un guerrillero de la guerra de la Independencia.
—¿Ha sido guerrillero?
—Sí.
—¿Y son ustedes muchos afiliados en la Isabelina de Barcelona?
—Muchos. De gente influyente, casi todos los liberales, empezando por el general Llauder. Tenemos tres o cuatro mil hombres en la capital preparados, armados, y otros tantos o más en la provincia.
—Han ido ustedes pronto.
—E iremos lejos, porque nosotros los carbonarios no tenemos el propósito de contentarnos con esta idea ñoña del Gobierno de Isabel II. Iremos a la República.
—Si les sigue alguien. Es querer marchar muy de prisa—replicó Aviraneta.
—Allí se hacen las cosas más de prisa que aquí. Ahora ocurre que el Directorio que preside el Dominico, y que se ha puesto en relación con ustedes, ha tenido ofertas de otro grupo liberal de Madrid.
—¿De otro grupo liberal de Madrid? No es posible—exclamó Aviraneta.
—No hay otro grupo Isabelino mas que el nuestro—afirmó Nogueras.
—Hay otro—replicó Salvador—, y está dirigido por el conde de Parcent.
—¡Bah! Eso no es nada—repuso Aviraneta.
—No, no, no tan de prisa, caballero. Ese grupo cuenta ya con mucha fuerza; tiene en sus filas una porción de militares jóvenes de la Guardia Real y Guardias de Corps, tiene muchos palaciegos y aristócratas, y está, además, patrocinado por la infanta Luisa Carlota y por el infante don Francisco.
—¿Y qué objeto tiene ese grupo? ¿Qué se propone?—dijo Aviraneta fingiendo ignorarlo.
—Este grupo aspira a derribar del Poder a Zea Bermúdez y a instaurar una Regencia Triple formada por María Cristina, la infanta Luisa Carlota y el infante don Francisco de Paula. El Dominico de Vich ha oído las proposiciones de este nuevo grupo, y por ahora no ha decidido nada. El Dominico quiere tener una entrevista con usted para que le oriente en la política de Madrid, y, sobre todo, quiere ponerse de acuerdo con ustedes en esta cuestión grave de la Regencia.
—Yo, la verdad—dijo Aviraneta—, no veo la utilidad de modificar la Regencia. Esta nueva idea me parece perturbadora.
—A mí me parece lo mismo—aseguró Nogueras.
—Pero, aun así, la consultaremos con el Directorio—añadió Aviraneta.
—Es posible que la idea no sea oportuna—replicó Salvador—; como teníamos la duda, por eso me han enviado a mí aquí. El Dominico lo que quiere saber es si el ofrecimiento de esta gente palaciega que sigue al infante don Francisco y al conde de Parcent es aprovechable, o no.
—Es muy lógica la actitud de ustedes—exclamó Aviraneta—. Yo no la reprocho. Espero que nos pondremos en todo de acuerdo.
—Yo lo dudo—repuso Salvador.
—¿Por qué?—preguntó Aviraneta.
—Aquí la cuestión principal—dijo Salvador—es que ustedes parece que están dispuestos a esperar, y en Barcelona no se puede esperar. Los patriotas de allí acosan al Directorio y están dispuestos a elegir nuevos jefes y a abandonar a los antiguos si éstos no dan la voz de marcha y derriban al momento a Zea Bermúdez.
—Eso también quisiéramos hacerlo nosotros lo más rápidamente posible—replicó Aviraneta—. La cuestión es poder.
—Naturalmente—dijo Nogueras.
—Bien; pero allí hay una inquietud cada vez mayor. El Dominico quiere calmar a la gente dándole la esperanza de que, aguardando lo necesario, el movimiento será secundado en las demás capitales; pero la gente se cansa de esta espera.
—Esa es una cuestión irresoluble—murmuró Aviraneta—, en estos asuntos, el impaciente no tiene más remedio que dejarlo.
—Yo creo, señor Aviraneta—dijo Salvador—, que lo mejor sería que usted mismo fuera a Barcelona para ver si puede tranquilizar aquella agitación y aconsejar calma a los impacientes explicándoles lo que pasa aquí.
—Yo consultaré con el Directorio y veré qué resuelven.
—También quisiéramos que se viera usted con el general Llauder, en Barcelona, y, a cambio de la protección de aquí de Madrid, le arrancara la promesa de tener dominados a los carlistas. Llauder, como sabe usted, es voluble; allí le llaman el Meteoro.
—Consultaré eso también con el Directorio.
Hablaron después de cosas indiferentes, y Salvador se marchó de casa.
—¿Qué le ha parecido a usted este ciudadano?—preguntó Nogueras.
—No me gusta este tipo. Esa palidez, esos labios delgados.
—¡Eso qué importa!
—A mí me parece un hombre vil, serpentino, que sería peligroso si fuera inteligente y valiente; pero creo que no es ni una cosa ni otra.
A Aviraneta le quedó la impresión de que Salvador era un hombre enigmático, lleno de duplicidad y de misterio.
Aviraneta no había estado en Barcelona, no conocía a los políticos catalanes, no podía contrastar la manera de ser y la actitud del enviado con otras conocidas.
La proposición de Salvador y el asunto de la Regencia Triple alborotó al Directorio Isabelino. Nadie quería la colaboración de la infanta Luisa Carlota, ni la de su marido. A ella se la tenía por una italiana ambiciosa e intrigante; a él, por un tonto. Respecto a la cuestión de enviar un delegado a Barcelona, se aceptó la proposición y se dispuso que fuera Aviraneta.