PREPARATIVOS
Al día siguiente iba don Venancio camino del Rastro cuando se encontró con Aviraneta.
—¡Hola, padre! ¿Qué hay?—le preguntó.
—Ahora no se le ve a usted—le dijo Chamizo—. ¡Claro, como frecuenta usted los palacios!...
—¿Cómo lo sabe usted?
—Amigo, aquí todo se sabe. Se sabe adónde ha ido usted, con quién ha hablado usted...
Aviraneta quiso enterarse de dónde le había llegado la noticia al ex claustrado, y pronto supuso que de casa de Celia.
Después contó a su modo la entrevista que había tenido con los infantes, y dijo que éstos y los amigos de la Isabelina querían que fuera a todo trance a Barcelona, viaje que no le hacía mayormente mucha gracia.
—¿Por qué no encarga usted la comisión a otro?—le preguntó Chamizo.
—Es imposible; no tengo más remedio que decir como Maquiavelo cuando su República quiso enviarle de comisionado a Roma: «Si yo voy, ¿quién se queda? Si yo me quedo, ¿quién va?»
—Es usted un vanidoso, señor don Eugenio.
—Tiene uno motivos para ello.
—Sí; ya sé que anda usted maquinando; pero el mejor día esto se le pone muy mal. Se está usted metiendo en muchos fregados. Además, usted con su soberbia es capaz de cualquier cosa cuando le excitan por vanidad, por fanfarronería.
—¿Quiere usted venir conmigo, don Venancio?
—¿Adónde?
—A Barcelona.
—¿A qué voy a ir a Barcelona?
—Puede usted encontrar allí libros viejos.
—No, no quiero ir, y eso que hay una persona que se alegraría mucho que fuera con usted.
—¿Quién?
—Doña Celia, la señora casada con el tío de Gamboa.
—Es algo más que la mujer del tío de Paquito.
—Lengua viperina.
—¿Y por qué se alegraría esta señora que viniera usted conmigo?
—¿No ve usted que es amiga de los infantes? Pues quiere que yo le haga a usted observaciones, que le persuada... Yo le he dicho: «Aviraneta es impersuadible, tiene demasiada vanidad para eso».
—Así que usted también está intrigando... ¡Ay!, ¡ay!
—Yo, no. Yo todo lo que hago está a la luz del sol.
—Sí; pero ya tiene usted su partido, el partido celista o celiático. Celia le dará buenas comidas...
—Excelentes.
—¡Oh santo varón idealista que se vende por un buen asado o por una salsa en su punto!...
—Yo no me vendo. Eso se queda para ustedes los políticos. Yo soy amigo de mis amigos...
—Ya lo sé. Es una broma. Quiero que pueda usted tener una ocasión de triunfo con Celia. Venga usted conmigo a Barcelona. Yo le convido. Cuando le diga a ella que ha venido conmigo para vigilar mis pasos, le da a usted el festín de Baltasar.
—¿Habla usted en serio?
—Sí, señor.
—¿El viaje no me costaría nada?
—Nada.
—Bueno; si yo voy, iré sin solidaridad alguna. Si a usted le llevan a la cárcel y le quieren agarrotar por masón o por conspirador, yo diré que no tengo nada que ver.
—¡Ah!, claro. No somos amigos; a lo más, conocidos.
—Así, acepto.
—De acuerdo. Con que si quiere prepararse, ande usted. Es posible que en Barcelona encuentre usted ediciones raras para dar dentera a don Bartolo Gallardete.
—Bueno. ¿Y cuál es su objeto al llevarme a mí?
—Ninguno utilitario. Tener un compañero de viaje en la diligencia y en Barcelona para charlar con él. Usted es un hombre ameno.
—Bien; pero yo no estoy más de una semana en Barcelona.
—No llegaremos a tanto.
Dijo Aviraneta que se marchaba al café del Príncipe, donde estaba citado con un palaciego para volver a Palacio a verse de nuevo con don Francisco de Paula.
—Ya se nota que está usted orgulloso—le dijo Chamizo—; así son los revolucionarios de vanos y de majaderos.
—Pues figúrese usted cómo estaría si fuera fraile—contestó Aviraneta.
Se dirigieron ambos al café del Príncipe y se sentaron delante del cristal.
Al poco tiempo apareció el señor García Alonso. Tomaron café y el palaciego y Aviraneta se levantaron.
—Espéreme usted aquí una hora, don Venancio—dijo don Eugenio.
Salieron los dos a la calle y entraron en una elegante berlina.
Chamizo le esperó leyendo un ejemplar en griego de El sueño de Luciano. A la hora u hora y cuarto apareció Aviraneta. Salieron Chamizo y él del café y fueron marchando por la calle del Príncipe, la Puerta del Sol y la calle Mayor.
Aviraneta tenía que dejar un recado en una casa grande próxima a la Almudena.
Pasaron el postigo, viejo y roto, que era lo único que quedaba de la primitiva Puerta de la Vega del Madrid antiguo, y se sentaron en unas piedras. Estuvieron contemplando los cerros de la Casa de Campo, las casuchas próximas al Manzanares, las ropas puestas a secar y la gran vega, que comenzaba a ponerse verde. El cielo brillaba muy azul, con algunas nubes blancas.
—¿Qué ha habido con los infantes?—preguntó el ex fraile.
—Hemos tenido una conferencia. Hay un detalle que me ha escamado. Al entrar en la habitación de los infantes, en la antecámara había dos señores que parecían aguardar audiencia; uno viejo, muy elegante; el otro, más joven; pero me han dado la impresión de que me observaban mucho. Al terminar mi visita y al salir a la antecámara, los dos caballeros ya no estaban, cosa que me chocó, pues si esperaban audiencia no es lógico que se marcharan tan pronto.
—Sí, es raro. Quizá iban a ver alguna camarista.
—También es posible; pero allí no hubieran hecho antesala.
—¿Y qué ha habido con los infantes?
—Los infantes me han recibido como la primera vez, de pie, delante de la chimenea. La cosa ha pasado así. Don Francisco, con su aire de bobalicón me ha dicho:
—«¡Hola, Aviraneta! ¿Supongo que tendrás todo dispuesto para el viaje a Barcelona?»
—Alteza, todavía, no. Espero sus órdenes.
—Pues es necesario que te apresures, porque urge tu presencia allí.
—Mis preparativos están hechos en veinticuatro horas. Lo único que tardará un poco es el pasaporte.
La infanta me preguntó entonces con una entonación dura y con acento extranjero:
—¿Conoces al conde de Pagcent?
—No tengo el honor de conocerle mas que de nombre.
—Quisiega que tuviegas con él una entgevista. Podgía dagte instgucciones.
—Mis amigos quizá no vieran con buenos ojos que yo me entienda directamente con él. En los partidos políticos hay celos y es necesario andar con mucho cuidado para no excitar la envidia.
—Tienes gazón, tienes gazón. Los datos del conde te los comunicagemos nosotgos. Veo que eges pgudente. Cgeo que llevagás a buen gesultado nuestga empgesa.
—Si no hay fuerza mayor, espero, señora, realizar mis propósitos.
El infante me preguntó si conocía al coronel Obregón.
—Sí; tengo un amigo militar que se llama así y vive en la misma calle donde vive mi hermana, enfrente de su casa.
—¿En qué calle vive tu hermana?
—En la calle del Lobo.
—Pues es ese. Ese Obregón es mi secretario y mi apoderado. Mañana, por la mañana, irá a verte, le entregas esta tarjeta y él te dará el dinero que necesites para el viaje. Yo le hablaré esta noche, cuando venga a tomar la orden. En seguida que llegues a Barcelona, escríbeme. Saludé a los infantes y salí.
—¿Así que mañana va usted a recibir el dinero para el viaje?—preguntó el ex claustrado a Aviraneta.
—Sí.
—¿Y en seguida se va usted?
—Nos vamos, amigo Chamizo. Nos vamos.
—Bueno; entonces haré mis preparativos.
II.
LAS INTENCIONES
Chamizo estuvo un momento en silencio. Luego dijo:
—Ahora, ¿quiere usted explicarme, amigo Aviraneta, qué es lo que quiere cada una de las personas que entran en este lío; por lo menos, qué pretenden los infantes, qué desea Celia y qué desea usted?
—Amigo Chamizo, es usted muy poco político... ¿Usted cree que las gentes tienen un plan tan claro? No. Los infantes andan a ver si pescan la Regencia, y si pudieran, el Trono... Celia quisiera ser dama de la reina y elevar a Gamboa, como María Cristina eleva a Muñoz. Yo quisiera hacer la Revolución y ser presidente del Consejo de Ministros.
—¡Bah! No tiene usted talla para eso. No tiene usted cultura.
Se rió don Eugenio y siguió fantaseando. Volvieron al centro y se detuvieron delante de la sombrerería de Aspiroz.
—Bueno—dijo Aviraneta a Chamizo—, encárguese usted de los pasaportes, billetes, equipajes, etcétera. Mañana, a las doce del día, iré a su casa.
—Está bien; ahora mismo voy.
Mientrastanto, Aviraneta marchó a verse con Tilly y le contó la conferencia que había tenido con el infante don Francisco.
—Detalle más o menos, estaba enterado de lo ocurrido—dijo Tilly.
—¿De verdad?
—Sí. Lo malo es que me parece que Zea está también enterado.
—¿Usted cree?
—Creo que sí. Por si acaso no lleve usted ningún papel comprometedor en su viaje a Barcelona.
—No pienso llevar nada.
—¿Y a qué va usted allí? ¿A trabajar en favor, o en contra?
—Yo, en contra. Los de la Isabelina no aceptan por nada del mundo la solución de la Regencia Triple.
—Bueno. Estaremos, aparentemente, en campos enemigos; yo trabajaré a favor.
—Por eso no reñiremos.
Se despidieron y Aviraneta volvió a casa.
Como su memoria no era completamente segura hizo una combinación mnemotécnica con los nombres de las personas que tenía que ver y sus señas, y se inventó un sistema de rayas y de puntos que encargó a su patrona le bordara en un pañuelo con hilo rojo, como una greca de adorno.
En tanto, Chamizo terminó los preparativos de viaje, y al anochecer marchó a casa de Celia a contarle lo que ocurría y cómo iba a ir a Barcelona. Ella felicitó por su supuesta habilidad a don Venancio e insistió para que influyera en Aviraneta y le quitara de la cabeza toda idea de abandonar a los infantes. Celia pintó al ex claustrado un porvenir muy risueño.
Al día siguiente, por la mañana, antes de la hora convenida, se presentó Aviraneta en casa de Chamizo.
Venía de hablar con el coronel Obregón, el agente del infante don Francisco, y con un tal Ríos que le acompañaba, capitán de Urbanos, que era preceptor de los hijos del conde de Parcent.
Este Ríos afirmó delante de don Eugenio que la Reina María Cristina era en el fondo carlista, que creía que su cuñado Carlos era el que tenía la razón y el derecho en la cuestión dinástica, y que estaba dispuesta a entenderse con él. De aquí que la infanta Luisa Carlota y el infante don Francisco quisieran compartir con ella la Regencia para impedirla que hiciera traición a los liberales.
Aviraneta contó esta versión a Chamizo.
—¿Qué le parece a usted?
—¡Qué sé yo lo que habrá de cierto en eso!
Aviraneta traía cinco mil pesetas: cuatro mil que le había dado el coronel Obregón de parte de los infantes, y mil Calvo de Rozas.
Guardaron tres mil pesetas en un rincón del armario de libros de don Venancio y fueron a almorzar a la fonda de Genies, en compañía del capitán Nogueras y de Salvador.
Salvador le explicó a don Eugenio lo que debía hacer en Barcelona y a qué personas debía ver.
Al mediodía marcharon a la casa de postas de la calle de Carretas y esperaron la diligencia.
Estaban allí Olavarría y Calvo de Rozas. Aviraneta habló con ellos. Luego se reunió con Chamizo.
—¿Sabe usted?—le dijo—. Esa invención de la Regencia trina dicen que ha nacido en París, entre los íntimos de Luis Felipe.
—¿Así que usted va a trabajar en contra de ella?—le preguntó el ex fraile.
—¡Ah! Claro. Los amigos me han dicho que debo ir a Barcelona cuanto antes, no a secundar el movimiento, sino a impedirlo.
—¡Y ayer que nosotros hicimos el cuento de la lechera doña Celia y yo!
—¡Bah! Si una cosa no sale bien, otra saldrá.
Se preparó la diligencia y don Eugenio y Chamizo montaron en ella. Entraron después en el coche un canónigo, una señora gorda con una niña muy delgada, un matrimonio que iba a Zaragoza, un lechuguino de levitín y unos tratantes en granos. Aviraneta se envolvió en la capa y cerró los ojos. Chamizo sacó un libro y se puso a leer. Era el día 10 de enero de 1834.
III.
AVIRANETA, DETENIDO
Al caer la tarde llegaron a Guadalajara, se detuvo la diligencia en el parador de las Animas, fuera del pueblo; bajó Chamizo, y al hacer lo mismo don Eugenio, un señor de sombrero de copa y gabán esclavina, alto y de bigote negro, levantando el bastón, gritó:
—Señor Aviraneta. De orden de la reina queda usted preso.
Era el comisario de policía don Nicolás de Luna.
Al lado de éste había dos agentes y cuatro soldados de caballería.
Chamizo tembló pensando si a la detención de Aviraneta seguiría la suya; pero no se ocuparon de él para nada. Mandaron subir a Aviraneta a la habitación del cuarto principal de la posada, una sala con una alcoba; allí le registraron la maleta y los bolsillos, le quitaron los papeles, contaron el dinero que llevaba y se lo devolvió el jefe de policía.
Este propuso a don Eugenio que se echase en la cama un par de horas, si quería descansar, tiempo que tardarían en salir para otro punto.
Aviraneta entró en la alcoba y se tendió en la cama, mientras el comisario de policía sacó un tintero de cuerno y se puso a escribir un oficio sobre un velador de la sala. Dobló los papeles de don Eugenio, lacró el oficio, y llamando a uno de los agentes se lo entregó dándole instrucciones verbales. El agente avisó a los dos ordenanzas de caballería y les dijo:
—Para el superintendente de policía de Madrid.
Chamizo, tranquilizado, viendo que no se ocupaban de él pensó si podría hacer algún servicio a Aviraneta sin comprometerse, y pasó a la sala dispuesto a decir al comisario que quería despedirse del preso.
Cuando entró vió que don Eugenio y el comisario se cambiaban señas y se daban la mano. El ex claustrado pensó que serían signos masónicos.
—¡Hola, padre Chamizo!—dijo al verle don Eugenio—. ¿Qué piensa usted hacer? ¿Va usted a seguir a Barcelona o va a volverse a Madrid?
—Volveré a Madrid.
—¿A no ser que quiera usted venir conmigo?
—¿Preso voluntariamente? No, no; no tengo nada que ver con sus enredos.
El comisario se echó a reír.
—Puede usted venir si quiere acompañando a don Eugenio—dijo—y marcharse cuando le plazca. Por ahora no hay nada serio en contra del señor Aviraneta.
—Nada, don Venancio—dijo don Eugenio—, seguirá usted mi suerte de testigo presencial.
Se encargó que buscara un coche a uno de los agentes, y poco después se detenía una tartana delante del parador.
Entraron en el coche el comisario, Aviraneta y Chamizo; metieron sus maletas y fueron escoltados durante una hora por tres individuos armados.
El comisario don Nicolás de Luna había hecho, como sospechó Chamizo, signos masónicos de reconocimiento a Aviraneta, y al momento se entendieron los dos.
Luna dijo que era un teniente coronel indefinido, sin paga, que había aceptado el cargo de policía para alimentar una familia numerosa. Se notaba que el ser policía le parecía una cosa fea. El comisario tenía diez y seis hijos, y como su mujer no podía criarlos a todos, este hombre terrible, que prendía a conspiradores y a ladrones, se levantaba a media noche para dar un biberón a un chiquillo o una taza de leche a otro.
—¿Y cómo me ha conocido usted tan pronto?—le preguntó Aviraneta, a quien los detalles familiares no interesaban gran cosa—. No he hecho mas que bajar delante del parador de Guadalajara y se ha venido usted a mí.
—Es que le conocía a usted de antes—contestó Luna.
—¿A mí?
—Sí.
—¿En dónde me ha visto usted? Yo apenas salgo de casa.
—En la antecámara del infante don Francisco, en compañía del señor García Alonso.
—Ahora caigo. Usted es uno de los dos señores que estaban en la antecámara.
—El mismo.
—Y el otro, ¿quién era? ¿El señor viejo, atildado, de pelo blanco?
—El otro era el ministro don Javier de Burgos.
—¿Y qué hacían ustedes allí?
—Pues habíamos ido, sencillamente, a conocerle a usted.
—No comprendo con qué objeto.
—Con el objeto de prenderle ahora—dijo Chamizo.
Luna se echó a reír.
—Tiene razón este señor—repuso.
—No veo la utilidad de prenderme a mí—replicó Aviraneta.
—La cosa, amigo Aviraneta, está muy turbia—dijo Luna—. Ustedes parece que tienen una asociación, que supongo que tendrá relaciones con la masonería. ¿No es cierto?
—Sí, es cierto; pero será una asociación legal, y dentro de poco se publicarán los Estatutos.
—Bien; esa asociación ha mandado dos delegados a celebrar una entrevista con don Javier de Burgos.
—Creo que se engaña usted, Luna.
—No me engaño, porque yo mismo les he visto a esos señores.
—¿Quiénes eran?
—Don Lorenzo Calvo de Rozas y Romero Alpuente.
—Debe ser verdad, pero le juro que no lo sabía. ¿Y qué objeto tenían estos señores al visitar a Burgos?
—Pues el objeto era pactar con Burgos para derribar a Zea Bermúdez. No se han puesto de acuerdo; le han amenazado a Burgos, y éste ha comunicado las noticias a Zea, y los dos ministros han establecido, por el momento, una alianza y me han llamado a mí. En esto han sabido que un delegado de la asociación liberal iba a visitar a los infantes...
—¿Y por dónde lo han sabido?
—No sé; pero ya comprenderá usted que en Palacio las paredes oyen. Al saber esta noticia, hemos ido a la antecámara del infante y le hemos conocido a usted, y por eso le he prendido en seguida.
Aviraneta calló, entregado, sin duda, a sus reflexiones; calló el comisario y calló también Chamizo. Marcharon así, en medio de la noche, hasta llegar a Perales de Tajuña.
Aquí se apearon en un mesón, y el comisario mandó disponer un buen almuerzo, comieron, charlaron y, poco después, montaron de nuevo en el carricoche.
—¿Adónde me lleva usted?—preguntó Aviraneta.
—Por ahora, a Aranjuez. Allí me darán nuevas órdenes.
Llegaron a Aranjuez, al mediodía, y el comisario Luna condujo al preso y a don Venancio a una fonda.
El ex fraile opinó que se comía muy bien allí. En la mesa estuvieron los tres discutiendo de política, y fueron a pasear hasta el lago de Ontígola.
A la vuelta, entraron en un café, jugaron Aviraneta y el comisario al billar, y después de un rato de charla se acostaron. Al día siguiente, por la mañana, un soldado de caballería trajo un pliego para el comisario. Luna lo abrió y lo leyó, y se lo dió a Aviraneta para que lo leyera.
El superintendente decía que, examinados los papeles del preso, no se encontraba indicio alguno de culpabilidad; pero que, a pesar de esto, no era prudente que dejaran a Aviraneta libre, por lo cual se ordenaba al comisario que lo trasladara a las inmediaciones de Madrid, a uno de los mesones del Puente de Toledo, tratándole en el tránsito con la debida consideración y respeto.
—¿Qué le parece a usted el oficio éste?—preguntó Aviraneta a Luna.
—Que le dejarán a usted en libertad.
—Es posible; pero habrá que decir, como decían estos señores frailes, que lo contrario es también probable.
—¿Nos sale usted ahora con el probabilismo?—exclamó don Venancio—. Ya me parecía que le encontraba a usted algo jesuítico. Yo no soy probabilista; yo creo que le llevarán a alguna plaza fortificada, que es donde usted debe estar para curarse de su manía de meterse donde no le llaman.
El comisario se rió, y Aviraneta dijo que siempre la mala intención había sido peculiar de la gente de iglesia. Don Nicolás de Luna alquiló una calesa, subieron los tres y marcharon camino de Madrid.
El calesero se llamaba de apodo el Lince, aunque no tenía nada en su físico ni en su moral que justificara el apodo. El animal que tiraba de la calesa era una yegua. El Lince a cada paso la decía:
—¡Bandolera! ¡Bandolera! ¡Maldita sea tu estampa! ¡Que te metes en los baches! ¡Ay! Si me bajo... si me bajo... ¡Bandolera!
Cuando la yegua marchaba bien, el Lince se ponía a cantar una canción que entonces estaba muy en boga, y que comenzaba así:
Iba un triste calesero
por un camino cantando...
Y aburría hasta la yegua con el estribillo de
¡Ay! tirana, tirana, tirana.
Salieron de Aranjuez después de comer. Pronto notaron los viajeros que la calesa avanzaba poco y que, a pesar de los latigazos y los gritos y los «¡Ay! tirana, tirana, tirana», del Lince, la Bandolera marchaba muy mal. Estaba ya cansada, y había en el camino mucho barro.
IV.
CANDELAS EN EL MESÓN DEL CUCO
Tomó la calesa la dirección de Valdemoro y llegaron los viajeros a este pueblo con grandes fatigas, porque el camino se hallaba hecho un lodazal. Entre Pinto y Valdemoro pasaron grandes apuros y tuvieron que saltar muchas veces al suelo para desatrancar las ruedas. En Pinto cenaron y se dirigieron a Villaverde. Cruzaron la aldea y siguieron hacia Madrid.
Ya parecía que terminaban el viaje con bien cuando el carricoche se paró.
—¿Qué pasa?—dijo Luna.
—Na, que se nos han roto las correas—dijo el Lince.
—¿Hay que componerlas?
—¡Esto no lo compone ni Dios! ¡Maldita sea mi estampa! ¡Parece que no ha llovido nunca! Voy a meter la yegua y el birlocho en este cobertizo.
—¿Y nosotros, qué hacemos?
—Tengo un paraguas grande. Se lo prestaré. Pueden ustedes ir a Madrid.
—¿A cuánta distancia estaremos?
—A media legua o a tres cuartos de legua del Puente de Toledo.
Abrió el paraguas Luna, que era de esos rojos y grandes, y Aviraneta a un lado y el ex claustrado al otro, fueron marchando por la carretera.
Al llegar frente a un corral con una casucha blanca, se detuvieron.
Se oía el rasguear de una guitarra. Luna y sus acompañantes escucharon.
Una voz cantó:
No camelo ser erai,
que es caló mi nasimiento.
No camelo ser erai,
con ser caló me contento.
—¿Qué es esto?—dijo Chamizo.
—Es gitano—contestó Luna.
—¿Qué quiere decir erai?
—Yo creo que quiere decir algo así como caballero.
El cantor entonó otra copla:
La filimicha está puesta,
y en ella un chindobaró
«pa» mulabar una lendris
que han enchantado estardó.
—La horca está puesta y en ella el verdugo para matar una codorniz que han hecho prisionera—tradujo Luna.
Aviraneta había llamado.
Tardaron mucho en abrir.
—¿Quién es?—preguntó una voz.
—Unos viajeros.
Salió un muchacho con un candil.
—Aquí no hay posá—dijo—. Un poco más lejos está el mesón del Cuco.
—La casa esta debe ser una guarida de ladrones y de gitanos—dijo Luna—. He de venir a registrarla.
Siguieron marchando, metiéndose en el barro, a veces sin poder sacar los pies, hasta que llegaron al mesón del Cuco. Empujaron el postigo, cruzaron el portal y el patio y entraron en una cocina de planta baja llena de arrieros, caleseros, aguadores y de otra gente desharrapada y de malas trazas.
La mesonera acudió solícita al ver al inspector Luna y mandó a la moza que les llevara al primer piso.
Se quitaron los pantalones y las botas, cenaron en un cuarto del piso principal, y como Chamizo no se hallaba vigilado, bajó a la cocina del mesón, grande y negra, en la que había quince o veinte arrieros esperando el yantar. Estuvo don Venancio contemplando la escena pintoresca: la posadera, que guisaba en el fogón; las maritornes, que iban y venían con mucho garbo, agitando los refajos de campana; los arrieros de Andalucía, con sus calañeses; los de Toledo, con sus sombreros anchos, y alguno que otro truhán desharrapado, con sombrero de copa. Cogió el ex fraile un rincón a la lumbre y se calentó los pies. Sacó una edición antigua de La vida del buscón, que le había prestado Gallardo para el viaje, y se puso a leerla. Estaba en aquellas atroces y bárbaras escenas que describe Quevedo en casa del verdugo, cuando le dieron en la manga.
—Mucho se divierte usted con la lectura, cabayero—le dijo un joven, que estaba a su lado.
—Sí; es cierto.
Era el joven un muchacho de unos veinte años, vestido de manolo, chaquetilla torera, faja roja y pañuelo en la cabeza. Chamizo creyó conocerle.
—¡Chist!—dijo el joven.
—¿Qué pasa?—preguntó el ex claustrado.
—¿Viene usted con don Eugenio?
—Sí.
—¿Vigilándole?
—No, no.
—¿Va usted preso?
—No.
—¿Es usted amigo suyo?
—Sí.
—¿Por qué le han trincao? ¿Ha berreao alguno?
Comprendió Chamizo que quería decir si alguno le había denunciado, y dijo que no sabía, y contó rápidamente lo ocurrido. Pensaba que no debía hacerlo, pero el joven aquel tenía un aire de mando que imponía.
Después de escuchar la relación, el joven dijo:
—Ahora va usted a subir a hablar con don Eugenio, ¿estamos?
—Bueno. No hay inconveniente.
—Y le va usted a decir que aquí está Luis y su amigo con sus chavales. ¿Se ha enterao usted?
—Sí.
—Y na más. El dará la consigna.
Subió Chamizo al cuarto de Aviraneta. No estaba Luna, y le dió a don Eugenio el encargo del joven.
—Dígale usted que no hay nada que hacer—contestó Aviraneta.
Bajó y se lo dijo al muchacho.
—Más vale así—contestó él—, porque don Nicolás de Luna es un buen hombre.
—¿Y qué pensaba usted hacer?—preguntó el ex fraile.
—Le hubiéramos atao al comisario y hubiéramos dejao libre a don Eugenio. Nosotros las gastamos así.
—¿Ustedes? ¿Quiénes son ustedes?
—Yo soy Candelas, y ese que está ahí delante es Balseiro. No le quiero molestar a usted más, cabayero. Me najo. ¡Muchachos, en marcha. Y sonsoniche, amigo.
Y el ladrón le hizo una mueca amistosa y un guiño expresivo.
Estaba Chamizo todavía absorto, cuando Candelas y Balseiro desaparecieron. Subió al cuarto que le habían destinado, y al ir a dar las buenas noches a Aviraneta y al comisario, entró un guardia con un pliego para Luna. Lo abrió éste y lo leyó. Se le decía que al día siguiente, al amanecer, se le condujera a Aviraneta por las rondas a la Puerta de Hierro, que allí esperase la salida de la diligencia para Valladolid, que pasaría a las ocho de la mañana. En la diligencia habría un asiento de interior costeado por el Gobierno.
Se le metería a Aviraneta en el coche, entregándole un pasaporte para Santiago de Compostela, y se encargaría al mayoral que no permitiese la salida del desterrado hasta llegar a Valladolid.
—Está usted como en libertad—dijo Luna—; nadie le impide a usted volver de Valladolid a Madrid.
Durmió cada cual en su cuarto y por la mañana dejaron el mesón del Cuco. En una calesa fueron por el paseo de los Melancólicos y la Florida hasta la Puerta de Hierro. Llegaron a las siete, una hora antes de la diligencia, y tuvieron que esperar el paso del coche.
Entraron en un ventorrillo, el ventorro del Sordo dijo el comisario Luna que se llamaba. Este ventorrillo tenía un tinglado con buñolería, que en aquel momento estaba rebosando gente: hueveros, lecheros, vendedores de caza y verduleros que tomaban el desayuno con buñuelos o churros y se preparaban a entrar en Madrid.
Se sentaron en el ventorro al lado de una ventana; pidió Luna chocolate, y trajeron tazas limpias con bizcochos y buñuelos, y vasos de agua con azucarillo.
Desayunaron los tres con apetito. La hija del dueño del ventorro era una moza muy guapa, pero muy bravía, y Aviraneta y Luna la dirigieron algunos requiebros, a los que ella contestó con mucho desgarro.
—¿No podríamos saber cómo se llama usted, niña?—la dijo Aviraneta.
—¿Para qué?—contestó ella.
—Para guardar su nombre en el corazón.
—¡Bah! No vale la pena.
—Para usted no valdrá la pena; para mí, sí.
—¿No es usted el que se tiene que marchar en la diligencia?
—Sí; porque me obligan; pero a la vuelta...
—A la vuelta lo venden tinto—dijo la muchacha volviendo la espalda.
A las ocho llegó la diligencia. Luna la mandó parar, habló con el mayoral e hizo que el desterrado subiese al coche.
—Bueno. ¡Adiós, señor Luna! ¡Adiós, don Venancio!—dijo alegremente Aviraneta.
Partió el coche, y el comisario y Chamizo volvieron a Madrid en su calesa. El comisario preguntó al ex claustrado de qué le conocía a Aviraneta, y éste se lo dijo. El, a su vez, le interrogó al policía acerca de la Sociedad de los Isabelinos. ¿Creía que era realmente una Sociedad fuerte? ¿Había, en realidad, muchos afiliados?
Luna contestó con vaguedades y circunloquios. Creía que la Isabelina era una Sociedad política, de la que saldrían probablemente ministros y diputados.
Cuando Chamizo le habló de la Junta del Triple Sello, se rió. Dijo que la masonería estaba sin fuerzas; que la Sociedad de los comuneros se hallaba extinguida, y que, sumados todos los carbonarios que había en Madrid, no llegarían a tres.
—Encuentro que tienen ustedes bastante suavidad con los conspiradores—le dijo después Chamizo.
—¿Qué quiere usted?—repuso Luna con cierta sorna—. Los conspiradores son un elemento de éxito para los políticos. Así, de cuando en cuando, pueden nuestros ministros salvar a la Humanidad.
Llegaron a Madrid y Chamizo se despidió del comisario Luna.
V.
LA LAGARTA
Tres días estuvo Chamizo sin salir, ocupado en sus trabajos. Al cuarto día fué a casa del capitán Nogueras, a la calle de Toledo. Preguntó por el capitán, y su patrona le dijo que acababa de salir con un pardillo llegado del pueblo, y que creía que le encontraría en la tienda de Concha la Lagarta, la prendera de la calle de los Estudios, enredada con Nogueras. Fué Chamizo en busca de la prendería; la reconoció porque tenía como muestra una alambrera de brasero cubierta con una faldita, que parecía un miriñaque de pequeño tamaño. Entró en la tienda, y la criada de la Concha, la señora Ramona, le dijo que allí no estaba el capitán. Iba a marcharse, cuando Nogueras salió de la trastienda y exclamó:
—¡Hola, don Venancio! Pase usted; aquí hay un aldeano que dice que le conoce.
—¿A mí? ¡Qué cosa más rara!
Entró en la trastienda y se encontró con la Lagarta y con un campesino. Vestía éste de chaqueta de paño pardo, calzones cortos de tela azul, chaleco de florones y un sombrero de catite.
La trastienda estaba en la penumbra.
—¿No me conoce su paternidad?—dijo Aviraneta.
—¿Es usted?
—Sí.
—¿De dónde viene usted? ¿De Valladolid?
—Sí, señor. ¿Ha comido usted?
—No.
—Bueno; pues vamos a comer. Luego hemos de pensar en buscar una casa tranquila donde yo pueda esconderme.
Se puso la mesa en la trastienda y se esperó a que trajeran la comida, que encargaron al café de San Vicente, de la calle de Barrionuevo.
La tienda de la Lagarta era buena y estaba muy repleta de cosas de valor. Había muebles antiguos, armas de todas clases, espadas, trabucos, estampas de colores, grandes manojos de llaves, montones de baúles, jarras de cobre, libros de coro, ropas, bordados, cacharros de Talavera y chinos de porcelana, de los que mueven la cabeza. Había también varios relojes Imperio con damas, marineros y perros de latón dorado, dentro de fanales. Lo mejor de toda la tienda, según la Lagarta, y lo que le parecía más desagradable a Chamizo, fué una cabeza de Cristo, con pelo de verdad, que estaba guardada en una caja de cristal y colocada sobre un armario. Parecía una cabeza de muerto.
Concha la Lagarta era una mujer bajita, morena, con el pelo negro y la cara adornada con rizos, sortijillas y lunares. Hubiera tenido gracia, a no ser por su aire agresivo y displicente, que a Chamizo le disgustó en extremo, y por su manera de hablar dura y desgarrada.
La Lagarta tenía una criada y un empleado que iba a comprar en las casas y que vestía como un señor, un hombre de unos cincuenta años, flaco, seco, de bigote gris, a quien trataba muy ásperamente.
Mandó la Lagarta a su empleado que estuviera en la tienda mientras ella comía, y el señor se sentó en una silla y se embozó en la capa, porque hacía frío.
Trajeron la comida y se sentaron la Lagarta y los tres hombres. La señora Ramona servía la mesa. Se discutió de política. Concha era liberal exaltada, partidaria de la degollina de los frailes y de los carlistas. La señora Ramona, su criada, le atajaba diciendo:
—Calla, calla, que no sabes lo que te dices. Cuanto menos jaleos, mejor; lo que es necesario es que todo el mundo viva en paz.
Después de comer se habló del sitio donde podría esconderse Aviraneta, y la señora Ramona dijo que conocía una casa de la calle de Embajadores donde vivía un militar que había estado en América, al que llamaban el Aguilucho.
—El Ayacucho—dijo Nogueras.
—Eso es.
—¿Y va usted a ir así con ese traje de aldeano de teatro, tan nuevo?—preguntó Chamizo—. Le van a conocer que está usted disfrazado.
—Tiene usted razón—murmuró Aviraneta—, y en ningún lado mejor que aquí para disfrazarse.
—¿Quiere usted un traje de cura, don Eugenio?—preguntó la Lagarta.
—Venga.
La Lagarta tomó una horquilla y descolgó de una percha unos hábitos. Aviraneta, con cierta protesta de Chamizo, se vistió de sotana, se echó encima el manteo, se colocó la teja, y estaba tan en carácter, que el mismo Chamizo reconoció que no podía estar mejor.
Se mandó traer un calesín de la plaza de la Cebada, y Chamizo le acompañó a Aviraneta a su nuevo domicilio.
A los cuatro o cinco días le encontró éste a Nogueras.
—¿Qué hay de don Eugenio?—le preguntó—. ¿Sigue en su rincón?
—¡Ca, hombre! Le han pasado grandes peripecias.
—¿Pues? ¿Qué le ha pasado?
—Al día siguiente de llegar a la calle de Embajadores se encuentra con la policía en la casa. Iban a prender a un ayacucho que parece que es un truhán. Se meten de noche en el cuarto de don Eugenio mientras está en la cama, y le dicen:
—No tenga usted miedo, caballero. Contra usted no va nada. Vamos a prender al pillastre que vive aquí al lado.
Aviraneta oye la voz del comisario Luna, que grita:
—Que nadie salga de casa.
Aviraneta piensa con rabia que Luna se va a reír de él y se le ocurre un disparate mayúsculo. Se viste con sus hábitos, coge su maleta, abre la ventana, y por una viga a la altura de un cuarto piso cruza un patio; se encuentra al final un balcón abierto, lo salta y se ve en una casa desconocida y cerrada. Don Eugenio debió pasar unas horas muy malas. Por la mañana intenta salir y se tropieza con una señora que le dice: «No es aquí, padre. Es arriba». Sin duda, en el piso de arriba había un enfermo grave. Aviraneta baja corriendo las escaleras y se presenta en mi casa.
—Y ahora, ¿dónde está?—preguntó Chamizo.
—Le hemos encontrado una casa magnífica de un paisano mío, Ambrosio de Hazas, en la calle de Cedaceros, tres y cinco. Hazas está en su pueblo, y en su habitación vive ahora doña Lorenza Caveda, que es el ama de llaves, y la hermana de éste. No diga usted a nadie dónde se esconde.
—No tenga usted cuidado.
Dejando la cuestión Aviraneta, Nogueras habló de política con su aire de insecto sabio:
—La cosa está muy obscura y de mal aspecto—dijo—; debe haber diferencias entre la infanta Carlota y la Reina Cristina; las dos han querido disponer de Zea y de Javier de Burgos, y andan a la greña; estas divisiones se han exagerado con las cartas publicadas por los generales Quesada y Llauder, y tiene que venir una crisis.
LIBRO SÉPTIMO
VIEJAS INTRIGAS Y NUEVOS INTRIGANTES
I.
MARTÍNEZ DE LA ROSA
Unos días más tarde del fracasado viaje de Aviraneta y del padre Chamizo se presentaba Mansilla en casa de Tilly y le decía:
—Vístete al momento, joven número Uno.
—¿Qué pasa?
—Tenemos reunión en casa de los Carrascos.
—¿Pues qué ocurre de nuevo?
—La Reina Cristina parece que está dispuesta a prescindir de Zea Bermúdez y a retirarle su confianza. Se va a discutir en casa de los Carrascos quién va a ser el sustituto de Zea, discusión de pura fórmula, porque todos estamos en el secreto de que será Martínez de la Rosa.
—¿Tú estás en buenas relaciones con él?
—En magníficas. Don Francisco es muy amigo mío. Yo le digo que no debe dejar de ser poeta, que ante todo él es poeta, y esto le halaga mucho. En la primera vacante me hace obispo.
—¿Y de los amigos, no le has hablado?
—Sí, hombre, le he hablado de ti; te conoce. «Es un chico con aire muy fino; lo haremos diplomático», dice.
—¡Muchas gracias!
—¡Si le he hablado hasta del mismo Aviraneta! Del número Uno, Dos y Tres del primer Triángulo del Centro.
—¿Y qué ha dicho?
—Que no tiene escrúpulo ninguno en verse con él. Que en España es indispensable echar mano del hombre de talento en donde se le encuentre.
—Muy bien. Vamos a ver si nuestro Triángulo asciende en categoría.
Marcharon el cura Mansilla y Tilly a casa de los hermanos Carrascos, que se hallaba llena de personajes amigos de la Reina Cristina y de alguno que otro isabelino de los menos intransigentes.
Había en el salón hasta veinte o treinta personas.
Donoso Cortés dijo, en un discurso elocuente, que la reina, convencida de la impopularidad de Zea Bermúdez, había pensado en sustituírle en la Presidencia del Consejo de Ministros por algún otro político más simpático a los elementos liberales.
Añadió que él, los hermanos Carrascos y algunos otros, consultados por Su Majestad, habían dicho que el más indicado les parecía don Francisco Martínez de la Rosa.
Los cristinos, al oír este nombre, aplaudieron con entusiasmo, y uno de los isabelinos que se encontraban allí, el conde de las Navas, dijo que era indispensable que Martínez de la Rosa ofreciese restablecer la Constitución de 1812 y convocar las Cortes.
La proposición produjo cierta perplejidad; entonces pidió la palabra Mansilla, y de una manera muy diplomática, y haciendo alarde de liberalismo, dijo que, como toda obra del tiempo, la Constitución de Cádiz tenía sus errores de perspectiva, y que no le parecía prudente el exigir que se proclamase íntegra la Constitución de 1812, pues podía modificarse y hacerse con ella un Código más oportuno, progresivo y liberal.
La mayoría de los cristinos fué de la misma opinión, y se llamó entonces a don Francisco Martínez de la Rosa, que estaba en otro cuarto y que, al entrar en la sala, fué aclamado. Martínez de la Rosa prometió que cumpliría los deseos de los patriotas.
Al momento, Donoso Cortés y uno de los Carrascos marcharon en coche a Palacio, y trajeron a la reunión la palabra de la reina de que aceptaba la destitución de Zea, y el nombramiento de Martínez de la Rosa.
Mansilla y Tilly le felicitaron, y el poeta granadino les dió a entender que no les olvidaría.
La entrada de Martínez de la Rosa en el Poder produjo, al principio, gran satisfacción entre los liberales, que creyeron que había llegado definitivamente su hora.
Pronto se vió que no había tal cosa; la política, naturalmente, no cambió, y los procedimientos de los ministros fueron los de siempre; una nube de policías comenzó a espiar, no precisamente a los carlistas, sino a los liberales.
Los de la Isabelina se decidieron a ayudar a que se consolidasen las antiguas sociedades secretas. El hermano Beraza tomó la paleta simbólica y se dispuso a levantar las columnas del templo masónico; se nombró gran maestre de la Orden a Pérez de Tudela, y jefes del Gran Oriente a Calatrava, San Miguel y otros varios. Calvo de Rozas tomó la dirección de los comuneros, y Aviraneta con González Bravo intentó nutrir las ventas carbonarias de los Europeos Reformados.
Martínez de la Rosa derivó sin proponérselo hacia la reacción como los anteriores gobernantes, no porque él quisiera ser reaccionario, sino porque todo Poder lo es.
Se decía que su política se discutía y se decretaba en un gran consistorio de abates afrancesados, como Miñano, Lista, Hermosilla y Reinoso; que después de resueltas las cuestiones pasaban los Pirineos, llegaban a París y allí recibían la suprema sanción de Guizot, el rey de los doctrinarios.
De este consistorio de abates nació, según unos, la idea de confeccionar una especie de carta como la de Luis XVIII en Francia, que fuera una Constitución en pequeño.
A los dos o tres meses de entrar en el Poder Martínez de la Rosa, los liberales eran tan enemigos de él como de Zea Bermúdez.
II.
EL SECRETO DEL ENVIADO DE BARCELONA
Días después de su llegada, el padre Chamizo fué a casa de Celia; le contó su viaje y la detención de Aviraneta, aunque no le dijo que don Eugenio había vuelto y que estaba escondido en una casa de la calle de Cedaceros.
Como a Aviraneta no le convenía que nadie le visitase, pues por las visitas podían dar con su escondrijo, Chamizo no fué a verle a su nueva casa.
Poco tiempo después tomó las tres mil pesetas que había dejado Aviraneta en la biblioteca del ex claustrado y se las entregó a su hermana. Don Eugenio le escribió una carta dándole las gracias, acusando recibo de la cantidad, y le envió una caja de turrón.
Un día de mucho frío, a fines del mes de enero, Chamizo se encontró a Nogueras en la Puerta del Sol y le detuvo.
—¿Tiene usted prisa?—le preguntó el capitán.
—No.
—¿Quiere usted venir conmigo al Café Nuevo?
—Vamos.
Fueron allá, se metieron en un rincón y le dijo Nogueras:
—¿Sabe usted que acaban de detener a Salvador, el enviado de Barcelona?
—¿En dónde?
—En el patio de Correos.
—¿Y por qué? ¿Se sabe?
—No. Estaba con él en el patio de Correos, y mientras yo miraba las listas y él recogía una porción de cartas, un comisario de policía con dos agentes le ha prendido. Ha llamado a la guardia, que ha venido con cuatro soldados, y se lo han llevado. He ido yo tras ellos. Han cruzado la Puerta del Sol y han entrado en una casa de la calle de Preciados, cerca del callejón de Rompelanzas. En esta casa, que es de huéspedes, vive Salvador. He pasado por delante de la puerta, donde había un agente. Este agente era de los nuestros, un tal Nebot, afiliado a la Isabelina. «Capitán, no se detenga usted—me ha dicho—. Vaya usted al Café Nuevo y espere usted allí. Cuando acabe el servicio iré a contarle lo que ha ocurrido». Y estoy esperando a que venga.
Aguardaron en el café un par de horas el ex claustrado y el capitán, hasta que entró el agente. Nogueras se levantó y el policía se acercó a él.
—¿Qué ha pasado?
—Pues nada—dijo Nebot, el agente—; llegamos a la calle de Preciados custodiando a Salvador; la tropa se quedó en la calle y subimos al piso principal el comisario don Nicolás de Luna, Salvador, cuatro celadores y yo. Don Nicolás arrestó al ama de la casa y a la criada. Dió orden también de que si alguien llamaba a la campanilla se le detuviese. Nuestro jefe pidió a Salvador la llave de un baúl grande que tenía en su alcoba, sacó de dentro una infinidad de papeles, hizo un inventario y firmó él, Salvador y nosotros dos. Se registró después el cuarto, los libros y la ropa, y como no se encontró nada, se puso en libertad al ama y a la criada, tomando a las dos sus nombres. Luego el comisario mandó bajar a Salvador a la calle, y escoltado por nosotros, los cuatro celadores y la tropa, lo llevamos a la Cárcel de Corte. Don Nicolás dió la orden al alcaide para que pusiera al preso incomunicado, y concluída la faena he venido aquí.
—¿Qué tal se ha portado Salvador?—preguntó Nogueras—. ¿Estaba sereno?
—No; nada de eso. Estaba muy pálido, y en la Cárcel de Corte, cuando le dijeron que le llevaban al calabozo, se puso tan amarillo que creímos que le daba algo.
Nogueras felicitó al agente por su gestión y cuando se marchó le dijo a Chamizo, con su aire grave y de suficiencia:
—Voy a visitar a los primates del partido a ver si hacemos algo por ese pobre Salvador. Le han debido coger algunos documentos comprometedores. Es un revolucionario terrible.
Nogueras tomó su capa y su chambergo y se marchó del café.
—Al día siguiente el ex claustrado estuvo en casa de Celia, donde se habló de Salvador. Se decía allí que éste era un republicano, un carbonario, un bebedor de sangre, que había venido con una misión secreta de Barcelona para los clubs de Madrid, y que lo iba a pasar muy mal.
Chamizo se acordó de la Junta del Triple Sello, de que algunos hablaban con gran misterio.
Por curiosidad y por saber qué ocurría, fué Chamizo a casa de Nogueras y a la tienda de la Lagarta; pero no lo encontró. Una semana más tarde vió al capitán, que estaba en el Café Nuevo, y se acercó a él.
—¿Qué hay de Salvador?—le dijo.
—¡Calle usted, hombre! ¡Calle usted!—exclamó Nogueras—. ¡Qué chasco!
—Pues, ¿qué pasa?
—¿No sabe usted?
—Nada.
—Pues que ha resultado que era un espía, un agente de Zea Bermúdez. Ya está en libertad.
—¡Es extraordinario! ¿Y cómo se ha averiguado eso?
—Verá usted. Cuando yo di la noticia de que habían preso a Salvador, se reunió el Directorio de la Isabelina y se habló de la manera de protegerle, y se decidió que sería conveniente ir a ver al superintendente de policía don Fermín Gil de Linares. Romero Alpuente, que le conoce, fué a visitar a Linares y le habló del asunto. Linares se presentó en la Cárcel de Corte, hizo que llamaran a Salvador y le tomó declaración. Salvador declaró que era un agente de Zea Bermúdez, que estaba en la corte para desbaratar un plan revolucionario que se fraguaba al mismo tiempo en Madrid y en Barcelona por los isabelinos, en el que estaban complicados la infanta Luisa Carlota y su marido, el conde de Parcent, el general Llauder, el general Palafox, Calvo de Rozas, Aviraneta y todos nosotros. Linares se quedó asombrado. Consultó en seguida con el ministro, y Martínez de la Rosa dió orden de que dejaran a Salvador en libertad. Figúrese usted el asombro de Romero Alpuente cuando fué como hombre bueno y se encontró acusado. El buen señor vino más amarillo y más feo que nunca a relatar lo ocurrido.
—¡Qué enredos!—exclamó Chamizo.
—Sí; está todo tan revuelto que ya no se va uno a poder fiar ni de su sombra.
—El mejor día va a resultar que todos ustedes son agentes de Don Carlos.
—No; eso no—dijo Nogueras, que no comprendía las bromas.
—Bien, pero algo parecido.
—Mire usted el papel que han publicado los nuestros.
Y Nogueras le dió al ex claustrado una hoja escrita.
En este papel se contaba la historia de Salvador; una historia de espionaje y traiciones. Se decía que en 1823, siendo oficial del regimiento de Lusitania, se pasó a los facciosos con parte de su compañía; que poco después estuvo de emisario del Gobierno realista con el objeto de espiar a los patriotas en Gibraltar y a los presos en los pontones de Lisboa, Barcelona y Marsella.
Se aseguraba también que había sido amigo de Regato; agente de Calomarde para sus juegos de Bolsa e intrigas políticas, y uno de los espías de González Moreno cuando el fusilamiento de Torrijos. Ultimamente había entrado al servicio de Zea como confidente para conocer los proyectos de los liberales y denunciarlos. Se afirmaba también que tenía una Sociedad secreta en Barcelona, donde maniobraba él con sus agentes provocadores.
Tras de esta hoja de servicios se ponían en el papel las señas personales de Salvador y la casa donde vivía en Madrid.
La lectura de la hoja en el Café Nuevo indujo a algunos exaltados a castigar al espía dándole una paliza, y a otros chuscos se les ocurrió alquilar una murga e ir a cantar el oficio de difuntos delante de los balcones de casa de Salvador.
La policía se enteró del proyecto y mandó a la calle de Preciados un piquete de caballería que dispersó a la multitud, que ya empezaba a reunirse en la esquina del callejón de Rompelanzas.
Un mes más tarde, Chamizo vió a Salvador, que salía de la iglesia de Montserrat de la calle Ancha con una mujer del brazo, los dos con un aire muy místico.
Chamizo le conoció e hizo como que no le veía. Por las pesquisas de Nogueras y sus amigos se averiguó que vivía en la calle de Silva, entrando por la plaza de Santo Domingo, a mano derecha, cerca del callejón del Perro, en el número 12, casa que era del Sello Real de la Corte, donde había vivido mucho tiempo Regato. De Madrid, Salvador salió para Cádiz, y de Cádiz se le envió a Filipinas con alguna misión del Gobierno.
III.
MALOS PRESAGIOS
La primavera de 1834 fué para Chamizo poco agradable. Como la Sociedad Isabelina, dirigida por Aviraneta y demás compadres, era ya tan conocida, el ex fraile no se atrevía a visitar a Nogueras y a los otros amigos.
Comenzó a dar lecciones de latín y de francés; pero no sacaba bastante para vivir. Gallardo le proporcionó alguno que otro trabajillo más; con todo su presupuesto se desnivelaba. Doña Puri, la patrona, le decía que no se apurara.
A casa de Celia comenzó a dejar de ir. Había en la familia un grave disgusto, que suponía el ex claustrado provenía de las relaciones de Celia y Gamboa.
Preguntó por éste varias veces, y por las contestaciones ambiguas que recibió comprendió que en él radicaba la causa del malestar.
El último día que Chamizo comió a gusto en Madrid fué el día de Carnaval. Chamizo se encontró a Gamboa, a Nogueras y a Gamundi en compañía de un paisano. A éste le presentaron como un ayudante del general Mina, llamado Francisco Civat.
Civat era catalán, carbonario y antiguo guardia de Corps. Era un hombretón, con el pecho saliente, un poco tosco, con una franqueza exagerada para ser sincera. Tenía la nariz gruesa, la cara juanetuda, los ojos claros y el pelo rojizo. Se manifestaba gastador, rumboso, hombre expeditivo, que no admitía dificultades ni dilaciones en sus proyectos. Civat era jugador y tenía fiebre de dinero y de placeres.
Iba todo este grupo a comer a la fonda de Genies y le invitaron a Chamizo a acompañarle. Los oficiales jóvenes marchaban al día siguiente a Navarra a batirse con los carlistas. Gamboa aseguró que no tardaría en reunírseles. El ex claustrado les envidió, porque estaban contentos de su suerte y se auguraban grandes venturas.
En la comida, Nogueras y Gamboa tuvieron la mala ocurrencia de discutir de política. La entrada de Martínez de la Rosa en el Poder no había satisfecho a los isabelinos. Antes de que el Ministerio del poeta granadino hiciera algo, ya estaban todos diciendo que era un pastelero y les daría un mico.
Nogueras exageró su malevolencia contra el nuevo presidente, llamándole con su pedantería habitual el coplero, el poetastro, Rosita la pastelera...
Gamboa, que se hallaba irritado y nervioso, aseguró que los isabelinos no debían echar a nadie en cara su inacción, porque ellos eran los más inútiles y los más incapaces de todo.
—No puedes decir eso—exclamó Nogueras—. Estamos todavía organizando la gente, tenemos ya cinco legiones en Madrid y ramificaciones por toda España.
—A mí no me vengas con historias—replicó Gamboa—. Tus isabelinos no son mas que unos ambiciosos como todos los demás que ansían ser ministros. En el momento en que creíamos que venía el absolutismo por el estilo del de Calomarde, les ofrecemos sublevarnos, echarnos a la calle, y nos dicen: «No, no; es necesario contemporizar, esperar...»
—¿Cuándo ha sido eso?—preguntó Nogueras.
—¿Cuándo? Cuando la reunión de los liberales en la calle del Arenal. Urbina y yo hablamos a Aviraneta en el café de Levante, y él estaba dispuesto. Esperamos, porque así dijeron los santones, y ahora resulta que no debemos esperar ni contemporizar... Todo porque no le quieren hacer ministro a ese bárbaro de Calvo de Rozas, ni a ese momia ridícula de Romero Alpuente...
—Estás exaltado—dijo Nogueras.
—No, no estoy exaltado; estoy cansado de intrigas y de tonterías. Así que cuando me digan a la guerra, voy a ir más contento que unas pascuas.
El ex guardia de Corps Civat, con acento catalán, dijo que no se podían hacer las cosas tan pronto como se querían; que había que tener paciencia y perseverar en todo.
Concluyeron de comer; los dos oficiales jóvenes se fueron por un lado; Nogueras y Civat, por otro, y Chamizo le acompañó a Gamboa un rato.
—Este Nogueras es un pobre iluso—dijo Gamboa.
—El piojo sabio, como le llama Aviraneta.
—Sí; ahora ya cree que ese Civat lo va a resolver todo. Para él Civat es un Robespierre. Lo mismo le pasó con Salvador.
—¿Ya no vive usted con su tío?—le preguntó Chamizo.
—No; ya no vivo con él. A última hora le ha dado por ser celoso. Chifladuras de viejo.
—¿Dónde vive usted?
—En casa de una señora muy simpática, que es algo parienta de mi tío. Esta señora tiene una sobrina joven y tenemos nuestros conciertos; solemos tocar: ella, la guitarra, y yo, la flauta. Vaya usted algún día. Vivo en la calle de San Justo, encima de una cerería que hay frente a la iglesia.
Chamizo fué a la tienda una vez y volvió con frecuencia.
La cerería estaba en una casita pequeña de un piso, con un alero saliente, dos balcones con los cristales pequeños y emplomados, y un escaparate lleno de cirios, velas de colores, rojas y amarillas; otras, adornadas con papel rizado, cerillas y pastillas de chocolate.
La dueña de la cerería era una mujer flaca, acartonada; su sobrina Pilar era una muchacha simpática.
Chamizo, el primer día que fué a la cerería, oyó a Pilar y a Gamboa, y comprendió que el militar estaba muy entusiasmado con la muchacha, y que ésta coqueteaba con él.
Chamizo fué invitado a tomar chocolate, y volvió principalmente por matar el hambre.
LIBRO OCTAVO
LAS DESILUSIONES DE CELIA
I.
UNA MUJER ROMÁNTICA
En la primavera de 1834 apareció en Madrid Margarita Tilly con su marido Sampau a pasar una temporada. Tenía tres niños pequeños.
Margarita convidó a comer en casa de los padres de su marido a su hermano Jorge, a Fidalgo, a Blanca, la camarista de Palacio, y a Aviraneta.
De sobremesa se habló mucho de Celia, que hacía días estaba algo enferma y retraída.
—Yo creo que está, más que nada, descontenta—dijo Tilly.
—¿Y por qué?—preguntó su hermana Margarita—. ¿No vive bien? ¿No tiene un pequeño círculo de adoradores?
—Sí; pero tiene ese egocentrismo de todas las mujeres, que les hace querer que el mundo entero gire alrededor de ellas.
—Ya está mi hermano definiendo—exclamó Margarita con ironía.
—Es la verdad. Todas vosotras exigís ser el centro del mundo, al menos de vuestro mundo, y no queréis que nadie se distraiga en los alrededores.
—¡Bah! ¿Y ustedes?—preguntó Blanca Fidalgo.
—No tanto. Al menos nosotros aceptamos que el punto central de la vida sea una idea: la Política, la Literatura, la Ciencia... Ustedes, no; ustedes tienen el amor del pequeño círculo, y Celia más que nadie. Nuestra amiga desearía que no pudiéramos ser felices sus íntimos mas que por su intermedio, y ella nos distribuiría la felicidad. Ella quisiera ser el nudo de su tertulia, el cerebro o la médula espinal.
—Yo no comprendo por qué Celia está tan descontenta—dijo Margarita—. Vive bien, el marido la mima, tiene una sociedad agradable....
—Todo eso no es obstáculo para que se aburra—interrumpió Tilly.
—No ha debido tener nunca entusiasmo por su marido—dijo Aviraneta.
—Nunca. Ahora que don Narciso está enfermo es cuando se ocupa con interés de él—dijo Fidalgo—. Antes era cosa conocida. Le tenía usted a Celia con su marido, y bostezaba, se ponía triste; venía Gamboa o uno de ustedes, y Celia renacía, estaba viva, ingeniosa, perspicaz; pero se marchaban todos, y entonces Celia decaía y comenzaba a bostezar y se le ponía como un velo en los ojos.
—Es una romántica—dijo Fidalgo.
—Hoy así se llaman estas mujeres—saltó Aviraneta—. Mañana se encontrará que los temperamentos de esta clase tienen el cerebro con más fósforo o los nervios con más electricidad que la normal.
—¡Qué materialista es don Eugenio!—exclamó Margarita—. Yo no creo que Celia es una mujer arrebatada.
—¡Ca!—dijo Blanca Fidalgo—. Celia es una mujer fría, sin arrebatos, con una coquetería puramente de cabeza; quiere tener a Gamboa a su lado sin soltar prenda, y esto es muy difícil.
—Segunda edición de madame Recamier—dijo Tilly.
—Yo creo que Celia está esperando a que se muera su marido para casarse con el sobrino—dijo Blanca, con la mala voluntad natural de una mujer para otra—. Es muy lagarta.
—¿Y él cómo es?—preguntó Margarita.
—¿Gamboa? Es un guapo muchacho—dijo Blanca.
—Es un hombre impulsivo... poco inteligente—añadió Tilly.
—Hombre lleno de ideas exageradas sobre la honra—agregó Aviraneta—, enemigo de todo lo extranjero, enemigo de lo irregular, serio, formal, en fin, un tipo vulgar como todo el mundo.
—¿Y le quiere a Celia?
—Sí, le quiere a su manera, a la manera corriente—dijo Blanca Fidalgo, riendo.
—El cree que el amor es el amor—afirmó Tilly—, y no quiere aceptar los tiquis miquis sentimentales de madama Celia.
—¿Es que usted los aceptaría?
—¡Qué sé yo! Según.
—Es que algunos dicen que ya los va usted aceptando—repuso con malicia la camarista—, y que usted y el secretario de lord Villiers son rivales.
—Pues se engañan los que eso dicen—contestó Tilly—. Entre Celia y yo no hay mas que una buena amistad; yo le comprendo a ella y ella me comprende a mí. Aquí don Eugenio es también amigo suyo.
—Entre nosotros hay siempre cierta reserva—repuso Aviraneta—. Entre usted y ella, no.
—Pues nos miramos más como dos hermanos que como un hombre y una mujer que pueden ser por cualquier contingencia amantes—repuso Tilly.
—Ahora sí, porque está usted muy flaco—dijo Aviraneta, sarcásticamente—; más adelante ya veremos.
—Ya está con su materialismo terrible don Eugenio—exclamó Margarita.
—Yo creo que no hay que hacer mucho caso de Jorge—replicó Blanca—. Es un jesuíta, hipocritón, quiere despistarnos.
—¡Ca! Si mi hermano está ahora enamorado—dijo Margarita—de una chica modosita, un poco pava...
—¡Ah! Claro. Es el tipo que les gusta a los calaveras arrepentidos—saltó Blanca.
Tilly se encogió de hombros.
—¿Y usted conoce a Celia desde hace tiempo?—preguntó Aviraneta a la hermana de Tilly.
—Desde la infancia. Celia es hija de un diplomático del tiempo de José Bonaparte y Fernando VII. Su padre era un realista. Celia se educó conmigo en París, en un colegio. Era entonces una chica muy religiosa: había tratado vendeanos y chuanes. Cuando yo la conocí tenía el culto de Juana de Arco y María Antonieta. El pensar en el niño del Temple le hacía llorar a lágrima viva. Morir por el Papa y por el Rey era su sueño dorado. Luchar contra los impíos hubiera sido su gloria. De niña, Celia, muy bonita, muy mimada, muy animosa, tomó parte en conciliábulos realistas. Las monjas exaltaron en nosotras el misticismo y el sentimiento monárquico. Cuando la intervención del duque de Angulema, Celia bordó una bandera para los Dragones de la Fe, con unas flores de lis. Celia era muy inteligente y ganaba los premios en todas las clases. A los diez y seis años, cuando yo tenía ocho, su padre la sacó del colegio. Tiempo después la volví a ver; había tenido unos amores desgraciados con un joven e iba a casarse con el que es ahora su marido. Entonces había cambiado de ideas: era poetisa, escribía versos y aprendía a tocar el arpa. Ahora la veo en compañía de usted, metida a liberal y no sé si a carbonaria.
—Es una mujer interesante y de talento. No cabe duda—dijo Aviraneta.
—Este mundo frío y algo monótono en que vivimos todos, ella lo desprecia profundamente—agregó Margarita.
—Por eso me es a mí simpática—dijo Tilly—. Ese desprecio por la vulgaridad corriente está muy bien.
—No comprende mi pobre Celia—siguió diciendo Margarita—que esas cosas que ella desdeña son las más esenciales, y para la mayoría de las mujeres el hacer todos los días lo mismo tiene grandes encantos. Ella aspira a las cosas extraordinarias y le gustaría vivir en heroína; yo creo que sería capaz de subir al patíbulo con valor.
—¡Y yo que suponía que la candidata a heroína era usted!—exclamó Aviraneta.
—¡Y lo dice como quien hace un reproche!—saltó Margarita riendo.
—Y tiene razón—dijo Tilly.
—Sí; yo parecía de soltera un poco loca—añadió Margarita—; pero mi afición ha sido la casa. La vida, un poco rara, que había hecho me había dado unos gustos aparatosos; pero mis inclinaciones eran otras.
Se discutió largamente en la comida el carácter y el temperamento de Celia y el de Gamboa. Los hombres encontraban más inteligente y más espiritual a Celia que a Gamboa; pero les parecía lógica la actitud de Gamboa; en cambio, Blanca Fidalgo encontraba más bueno a Gamboa que a Celia y suponía que Celia hacía bien al tener siempre a distancia a Gamboa.
II.
LOS AMORES DE CELIA
Paquito Gamboa era un buen muchacho, sin malicia, huérfano de madre y de unas excelentes condiciones. De familia de posición y con influencias, hubiera prosperado en seguida; pero la casualidad le llevó, en 1823, cuando era teniente y tenía veintiún años, al cuerpo que mandaba el coronel De Pablo, en Alicante, y después de la capitulación de esta ciudad fué llevado a Francia. De hallarse en España le hubiera sido fácil conseguir la purificación por una junta militar; pero como su padre era realista fanático y hombre autoritario y déspota, le creyó liberal, y en vez de favorecerle le dijo que no interpondría su influencia mientras no abjurara de sus ideas. Gamboa se prometió no pedir protección a su padre ni a su familia. De Francia pasó a Inglaterra, porque sin motivo alguno sentía más simpatía por los ingleses que por los franceses. Tenía algún dinero de su madre, encontró un destino en Londres y se dedicó a vivir y a vestir con elegancia.
A los cinco o seis años de vida londinense y de estar hecho un sportman, se encontró con su tío don Narciso Ruiz de Heredia, diplomático, que iba de secretario a la Embajada de Londres.
Don Narciso hacía pocos años que acababa de casarse con Celia, y era un hombre de cierta edad, muy amable y servicial. Al llegar a Londres temió que se le presentara su sobrino, a quien pensaba encontrárselo derrotado, sucio y exaltado; pero al verle pulcro, atildado, indiferente en cuestiones políticas y hecho un dandy, le recibió con gran afecto.
Celia acogió al sobrino de su marido con una afabilidad y una coquetería disimulada, que hicieron de Gamboa un esclavo suyo.
Celia cautivó a la colonia española de Londres, donde tuvo grandes admiradores. Teresa Mancha, amante y después mujer de Espronceda, rivalizaba con ella en la colonia española; pero la mayoría de la gente reconocía que Celia estaba a mayor altura. Celia era muy inteligente. Sentía entusiasmo por todas las cosas nobles, estaba siempre dispuesta a hacer algo grande. Con su mirada brillante, su actitud decidida, cautivaba a todos. De Londres, don Narciso Ruiz de Heredia fué enviado de embajador al Vaticano, y Celia hizo que Paquito fuera purificado, ascendiera a capitán y entrara como agregado en el personal de la Embajada.
En Roma hicieron Celia y Gamboa una vida espléndida de paseos, de fiestas. Era el caballero servente de la embajadora, honorario, porque no pasaba de ahí.
Celia era una mujer de mediana estatura y de una esbeltez de muchacha soltera. Tenía los ojos claros, de un tono de seda, unos ojos muy humanos, y el pelo, castaño; no había en ella ninguna solemnidad en sus actitudes; siempre se manifestaba natural y espontánea.
Celia conquistaba a la gente; tenía una voz que no era de timbre claro, pero que cautivaba por su acento de simpatía. Los que la conocían la reprochaban su versatilidad. Olvidaba a sus cautivos con una rapidez notable. Se cansaba de sus amistades. Gamboa estaba acostumbrado a verla amable y afectuosa con una persona y a los dos o tres días oírla decir de la misma:
—¡Qué tipo más fastidioso, más pesado!
No recordaba que muchas veces era ella la que había rogado al importuno que fuera a su casa.
Al llegar a España, Paquito Gamboa estaba para ascender a comandante. En Madrid fué ascendido y destinado al Ministerio de Estado.
Paquito Gamboa, mientras vivió en el extranjero, no sintió con tanta fuerza como en España la situación falsa en que se encontraba con respecto a Celia; aquí, un tanto humillado, quiso aclarar la situación. Celia intentó tratarle como a un chico, darle largas, enternecerle; Gamboa se convenció; pero cuando cayó en la cuenta de que ella jugaba con él, su amor propio ofendido se exacerbó, le entró una profunda cólera y decidió romper de cualquier manera con Celia.
III.
LA SOBRINA DE DON NARCISO
Un día don Narciso Ruiz de Heredia recibió una carta anónima. En ella le decían que su mujer era la amante de su sobrino Paquito Gamboa y que la correspondencia de éste la guardaba Celia en un vargueño de la sala. Don Narciso registró el vargueño y no encontró nada, pero este resultado no le tranquilizó; por el contrario, pensando y pensando en lo mismo llegó a creer que lo que le denunciaban era verdad.
Don Narciso estaba enfermo y no tenía energías para provocar una explicación categórica con su mujer; lo que hizo fué vigilarla y prepararle celadas para ver si la descubría.
Poco después comenzó a tranquilizarse, y comprendió que si había simpatía entre los dos, no habían llegado al capítulo de las realidades. Entonces emprendió la tarea de alejar a su sobrino de su lado.
No quería reñir con Celia, pues si lo hacía no iba a tener quien le cuidase; constantemente la pedía que no se apartase de su lado y que le leyera algo.
Celia atendía a su marido; pero como no tenía una naturaleza fuerte, pronto comenzó ella a languidecer y a ponerse enferma.
Había días en que estaba desencajada, nerviosa, impertinente; en que se le ponía la cara roja por las malas digestiones y padecía grandes jaquecas.
En vista del estado lánguido de Celia, don Narciso dijo que se podía hacer venir una sobrina lejana suya, de Burgos, para que les cuidara a los dos. Celia aceptó la entrada en su casa de una mujer joven, no sin cierta preocupación.
Pilar Heredia, la sobrina de su marido, se presentó unos días después en casa. Era una muchacha servicial, simpática, sin ninguna pretensión de superioridad, incansable en su cargo de enfermera.
Los caracteres de Celia y Pilar contrastaban fuertemente.
Celia era distinguida, aristocrática, amable con todo el mundo, pero con un fondo de desdén. Pilar, popular, franca, nada aristocrática. No podía llamársele bonita, pero sí fresca y sana; tenía la cara un poco basta, vulgar; los ojos, negros.
Esta muchacha contaba con otros parientes en Madrid, dueños de una cerería de la calle del Sacramento, enfrente de la iglesia de San Justo.
Desde el momento de llegar a Madrid, Pilar se dispuso a luchar contra Celia y decidió arrebatarle a Gamboa. Celia, confiada en su superioridad, no notó al principio la maniobra. Su marido se iba agravando y esto le ocasionaba muchos cuidados.
Celia estaba cada vez más abatida, más llena de preocupaciones.
Gamboa había llegado a sentir por ella despego y cansancio.
Un día, al entrar en el comedor, Celia vió a Gamboa que estaba besando a Pilar. Celia los miró casi sin darse cuenta y no les dijo nada. Pilar y Gamboa contemplaron a Celia como a una intrusa, sin sentirse cohibidos ni avergonzados. Ella llegó en su descaro hasta reírse.
Celia tuvo una explicación con Pilar y le advirtió que tenía que volverse a Burgos.
Pilar accedió, al parecer; pero en vez de marcharse a su pueblo se quedó en la cerería de sus tíos de la calle del Sacramento.
Una semana después Gamboa le indicó a Celia que la policía le andaba buscando y que iba a esconderse en casa del capitán Nogueras.
—Bien; vete—exclamó Celia—. Me quedaré sola.
Don Narciso seguía cada vez más grave. Celia le cuidaba únicamente. Los amigos iban a verla. Un día que fué Margarita Tilly, le dijo Celia:
—¡Tengo un miedo!
—¿Miedo de qué?
—Miedo de todo. No duermo, no tengo ganas de comer.
Don Narciso empeoró y murió. El mismo día Celia recibió una carta de Gamboa diciéndole que todavía no podía salir de su escondrijo. Una semana después Celia supo por Blanca Fidalgo que Gamboa se había casado con Pilar en la iglesia de San Justo.
—¡Es imposible!—exclamó ella.
La cosa no era sólo posible, sino que era cierta. Celia pareció no sentirlo tanto como ella misma lo hubiera pensado. Quince días después de la muerte de su marido, Celia marchó a Cádiz, y de Cádiz, a Nápoles. A los dos meses, desde aquí le escribió una carta a Gamboa recordándole la vida pasada, diciéndole que fuera a reunirse con ella. La carta la recibió Pilar; su marido había ido a la guerra y acababa de morir en la acción de Muez. Pilar le escribió a Celia dándole muchos detalles de la muerte de Gamboa, y al año se volvió a casar. Celia volvió poco después a Madrid y se entregó de lleno a la iglesia.
LIBRO NOVENO
EL MOMENTO TRÁGICO
I.
EL DESPECHO DE AVIRANETA
Algunas mañanas de primavera y de verano, el padre Chamizo solía ir al Retiro a pasear, y se sentaba en un banco a leer un libro, generalmente en griego.
Un día, al entrar por el parterre, se encontró a Aviraneta hablando con una mujer, por su aspecto ya vieja. Aviraneta estaba elegante: vestía levita obscura, chaleco de terciopelo y corbata negra.
El padre Chamizo hizo como que no le veía, y siguió marchando por una avenida; pero poco después se lo encontró de nuevo y se tuvo que parar.
—Amigo don Eugenio—le dijo Chamizo—, parece que nos dedicamos al amor.
—Hombre, no. Esta señora es una antigua patrona mía; además, yo estoy un poco viejo para eso—replicó Aviraneta.
—Todavía, no. Todavía puede usted casarse.
—¡Bah! Con esta vida que uno hace, ¿qué mujer va a querer cargar con uno?
—Sí, eso es verdad; tendría usted que dejar sus costumbres de conspirador.
—¿Usted cree que un conspirador tiene costumbres?
—No sé; no tengo experiencia en eso. ¿Y qué tal va la Isabelina?—preguntó Chamizo.
—Ahora estamos entregados a un tal Civat, amigo de Palafox—dijo Aviraneta con sorna—. Lo que dice este señor parece la Biblia al general y a sus amigos. Andan todos faroleando por esas calles y hablando más de lo que debían.
Aviraneta afirmó que la política de los liberales llevaba mal camino.
—Tenemos una organización grande—dijo—; pero no contamos con hombres de acción: mucho charlatán y nada más. No existe el sentido del heroísmo y del sacrificio. Esta gente es incapaz de poner su nombre y su vida en una empresa. No hay un revolucionario de verdad. Yo me ofrecí a serlo; tarea difícil: exigía primero un voto de confianza y poderes omnímodos, responsabilidad única en el éxito o en el fracaso. Pronto vi que con estos señores no se va a ninguna parte. ¿Se trata de una medida de prudencia? Todo el mundo dice: «¿Para qué estas precauciones?» ¿Se intenta una medida de energía?: «Eso es una locura». Hay la suspicacia de la tontería. No vamos a hacer nada; lo siento, lo veo. Los militares quieren la guerra civil para ascender y algunos para enriquecerse; los oradores buscan una tribuna donde lucirse, y el pueblo, al que hemos estado excitando y pinchando, hará el mejor día una barbaridad, que será una estupidez, pero que será algo.
—¡Vaya una confianza que tiene usted en el pueblo!
—El pueblo necesita cabeza y no tenemos una cabeza, no hay un hombre. Todos estos señores de la Isabelina no valen nada.
—Excepción de usted, don Eugenio.
—Es la única excepción; por eso me temen, por eso no quieren dejarme dirigir de verdad los asuntos. Dicen que soy un loco, un Don Quijote.
—Pero además de los isabelinos hay otros liberales—dijo Chamizo—. Mendizábal...
—¡Bah! Mendizábal es un hombre inteligente, según parece, muy entendido en cuestiones de hacienda, pero nada más.
—¿Y Alcalá Galiano?
—Es un pedante y un reaccionario en el fondo.
—¿Y Argüelles?
—Es un figurón respetable.
—¿Y don Fermín Caballero?
—Muy buen escritor, según dicen, muy cuco, que se ha hecho propietario gracias a Calomarde, hombre capaz de hacer un artículo muy castizo y muy punzante, pero para sacar el pecho fuera no sirve.
—¿Y Toreno?
—Reaccionario también y palabrero.
—¿Y entre los militares?
—Entre los militares hay jóvenes valientes, pero tornadizos; no se puede contar con ellos. Mina está muy viejo y enfermo; Palarea no sirve; Valdés, tampoco.
—¿Así que les falta a ustedes el hombre?
—Nos falta el hombre.
—Pues me alegro.
—No, pues no se debe usted alegrar, amigo Chamizo. Una revolución dirigida podría quizá no ser muy sanguinaria. Una tendencia revolucionaria sin dirección ni organización será mucho peor. Como le digo a usted, el mejor día el pueblo hará una barbaridad grande.
—Ustedes tendrán la culpa.
—Tanto como ustedes y como todos. No vamos a vivir constantemente como menores de edad, cosidos a las faldas de la Iglesia.
—Por lo menos sería mas cómodo, don Eugenio.
—Sí, más cómodo; pero sería la vileza y el desbarajuste. Porque ustedes también han perdido sus condiciones de mando, convénzanse. Ustedes ya no sirven... Otra cosa: ¿Usted no podría guardarme unos papeles, don Venancio?
—Si usted quiere, sí; pero no creo que mi casa sea un sitio seguro; porque la policía, empezando por el comisario Luna, sabe que somos amigos.
—Es verdad. Tiene usted razón.
Siguieron paseando un rato, hasta que Aviraneta vió a lo lejos que se acercaba Tilly.
—Ahí viene Tilly, a quien he citado.
—¡Ah!, sí; Tilly. Le conozco.
—Tengo que darle un encargo.
Se despidió Chamizo de Aviraneta, y éste se reunió con Tilly.
—¿Qué pasa, don Eugenio?—preguntó Tilly.
—Pasa que el día veinticuatro de este mes vamos a tener jolgorio, iniciado por los isabelinos.
—Eso se dice.
—Todo el mundo lo sabe. Hay un ministerio en proyecto. ¡Hum! Yo me temo que el Gobierno esté enterado y que me van a prender.
—¿Y qué ha pensado usted?
—Como yo no puedo moverme de la casa en donde estoy sin que me acusen de traidor, he pensado poner a buen recaudo algunos papeles. Yo quisiera que usted los guardara, y, si me prenden, yo le indicaré lo que tiene usted que hacer con ellos.
—Muy bien.
—¿No tiene usted inconveniente?
—Ninguno.
—Entonces esta señora, que vive en la calle de Segovia, le entregará mis papeles cuando vaya usted por ellos. He hecho que vengan ustedes aquí los dos para que se conozcan respectivamente. ¿Ya recordará usted la cara de este señor, doña Nacimiento?
—Sí, sí; la cara de este joven no es de las que se olvidan.
Tilly se inclinó sonriente.
—¿Cuándo va usted a ir a casa de doña Nacimiento?—preguntó Aviraneta.
—Cuando usted quiera. Si quiere usted, mañana mismo.
—Bueno; me parece bien.
Se marchó la antigua patrona de Aviraneta, y quedaron solos éste y Tilly.
—¿Qué hace Mansilla?—preguntó Aviraneta.
—Parece que le dan un alto cargo en el Tribunal de la Rota, y cuando haya vacante le hacen obispo.
—¡Diablo! El número Dos marcha viento en popa. ¿Y usted?
—A mí me quieren enviar de secretario a la Embajada de Viena; pero yo prefiero quedarme aquí y ver de ser diputado. ¿Usted qué hace?
—Yo, en casa. El Gobierno ha lanzado a la calle una nube de polizontes que espían por todas partes, y hay que ocultarse.
—Creo que hace usted bien.
—Se dice que sus amigos de usted, los cristinos, se ponen contra Martínez de la Rosa.
—Sí—contestó riendo Tilly—. Rosita, la pastelera, parece que ha jugado una mala pasada al partido. Se dice que a Donoso Cortés y a los Carrascos les ha cerrado la puerta de la cámara de la reina.
—¡Cómo estarán!
—Bufando. Dispuestos a echarse a la calle. Parece que vamos a tener jaleo.
—Sí, yo también lo sospecho; por eso quiero que me guarde usted esos documentos. Me temo que estos días me prendan. Si me prendieran, yo le avisaré para que publique usted en Francia, si no es posible en España, algunos de ellos. No los pierda usted. Póngalos en sitio seguro; en ello está mi defensa.
—No tenga usted cuidado.
—¿Dónde los va usted a guardar?
—Lo estudiaré. En esa Casa del Jardín no me parece conveniente. Ya debe haber alguien que sepa nuestra amistad.
—Sí. Es muy probable.
—En casa de mi hermana, tampoco. Yo estudiaré el sitio y se lo indicaré a usted.
—¡Adiós, número Uno!
—¡Adiós, número Tres!
Al día siguiente, Tilly recogía de la casa de la calle de Segovia los papeles de don Eugenio.
II.
EL 17 DE JULIO
A principios de julio comenzó a extenderse el cólera en Madrid. Supuso Chamizo que en un pueblo poco limpio produciría la enfermedad un gran estrago, y, efectivamente, lo produjo.
Se decidió el ex fraile a no salir de casa mas que lo necesario para no presenciar horribles escenas. Como iban faltándole los medios de vida escribió a Bayona y a Burdeos para ver si podía volver, y le contestaron dándole esperanzas.
En Madrid la epidemia había desarrollado un individualismo terrible; el que podía se escapaba; el que no, se metía en un rincón.
Los ricos abandonaban la ciudad poco a poco. Unicamente los políticos parecían no ocuparse de la epidemia y seguían intrigando como si tal cosa.
Chamizo solía ir con frecuencia a la biblioteca de San Isidro a copiar documentos. Era amigo del rector del Colegio de Jesuítas, el padre Puyal.
Un día de julio, el 17, en que hacía un calor horrible, Chamizo salió de casa y fué a media tarde en dirección de San Isidro, con la idea de pasar unas horas en la biblioteca del colegio.
Se cruzó varias veces con curas llevando el viático, que iban a las casas de los moribundos, y con carromatos cargados de cadáveres, pues no había bastantes coches fúnebres en la ciudad; tantas eran las defunciones. En la Puerta del Sol vió Chamizo gente de mal aspecto formando grupos que hablaban y vociferaban. Se acercó a los corrillos y oyó que decían que había habido muchos muertos por el cólera aquella mañana. Otros hablaban de la insurrección carlista, que se corría por España como un reguero de pólvora. Supuso el ex fraile que estas noticias serían la causa de la agitación de la multitud y avanzó a la Plaza Mayor. Desde aquí, calle de Toledo abajo, había un batallón de milicianos.
—¿Qué pasa?—preguntó el ex fraile a un sargento de urbanos.
—Que la gente ha hecho una degollina de frailes en San Isidro—contestó el sargento con petulancia, atusándose el bigote—. Se lo merecen.
—¿Y por qué?
—Porque están impulsando al carlismo. Los carlistas, que estaban escondidos en los conventos, han salido, disfrazados de frailes, a reunirse con Merino.
—¡Si no fuera mas que eso!—dijo otro miliciano.
—¿Pues? ¿Hay algo más?
—Que están echando cosas malas en el agua.
—¡Bah!
—Se les ha visto envenenando las fuentes con unos polvos.
Chamizo quedó horrorizado con la noticia.
—¡Qué absurdos se pueden creer—pensó—cuando se tiene la idea de la propia inferioridad, como la tiene el pueblo! ¿Para qué va nadie a envenenar las fuentes? ¿Qué objeto se puede tener para matar a los demás? ¡Qué locura! ¡Qué absurdo!
Empujado por los curiosos avanzó Chamizo por la calle de Toledo abajo. Subieron en dirección contraria un grupo de hombres, mujeres y chiquillos desharrapados, manchados de sangre, caras hurañas, gente frenética, gritando, con espuma en la boca. Entre ellos iban busconas pintarrajeadas y dueñas de las mancebías con sacos llenos de botín. Algunos hombres iban armados con fusiles, con la bayoneta calada; otros, con navajas, palos y martillos, y a manera de trofeo arrastraban ornamentos de iglesia. Al frente marchaba un hombre joven, fuerte, rojo, con la melena encrespada, sudoroso, manchado de sangre, con una pistola en la mano. Tenía algo de lobo.
Uno de los del tropel era Román, el Terrible, el hijo del señor Martín el librero, y llevaba con aire de fiera una bayoneta atada a un palo.
En la esquina de la calle de Toledo y la de los Estudios había un montón de ropas, muebles, libros, cuadros, tirados desde el Colegio de San Isidro, todo ennegrecido por el fuego. Los milicianos hacían la guardia como si su única misión fuera vigilar estos objetos, y mientrastanto se seguía asesinando y se arrojaban desde las ventanas una porción de cosas a la calle y se les pegaba fuego, con gran algazara y aplausos.
Al poco rato apareció el joven fuerte, rojo, a gritar, a dar órdenes.
—¿Quién es?—preguntó Chamizo.
No le conocía nadie.
A la puerta de la prendería de la calle de los Estudios estaba Concha la Lagarta en medio de un grupo de gente.
—Han hecho bien—gritaba con voz aguda—; que los maten a todos. ¡Canallas! ¡Envenenadores! No se debía dejar uno vivo. Por ellos pasa lo que está pasando; por ellos está toda España llena de carlistas. Hasta que no se quemen todos los conventos y no se desuelle a todos los frailes no habrá aquí paz.
Chamizo la oía absorto. La criada de la Lagarta, la señora Ramona, se acercó al ex fraile.
—¿Ve usted esa fiera? Está como loca. ¡Jesús! ¡Jesús! ¡Dios mío! ¡Qué cosas tenemos que ver!
La señora Ramona le dijo a Chamizo que en los claustros de San Isidro había frailes muertos, asesinados, en las más extrañas posturas.
La gente no manifestaba la menor compasión. Días antes se confesarían con ellos como buenos católicos; días después se arrodillarían ante una procesión. En aquel momento los mataban sin piedad. Setenta y tantos habían degollado. Así es el pueblo, cruel y tornadizo como un niño.
Al anochecer vió Chamizo que entraba un carro en el portal del colegio; según dijeron las gentes lo iban a llenar de cadáveres de frailes.
Al aparecer la carreta de nuevo y ponerse en marcha, la multitud se puso a aullar y a bailar alrededor, gritando con furia: «¡Mueran los frailes!»
Allí también andaba el hombre rojo de la melena encrespada, con su pistola en la mano y su aire de matón fiero.
Chamizo vió o creyó ver una mano de un muerto que salía del carro.
El ex claustrado estaba completamente trastornado. Subió la calle de Toledo y tomó por la Concepción Jerónima. Unos chicos habían hecho un monigote de paja, y, después de envolverle con un hábito de fraile, lo arrastraban por el suelo cantando el Himno de Riego. Unas busconas, con antorchas encendidas, les precedían.
Como la marea que entra en la ría fangosa y empuja a la superficie todos los detritos podridos, los perros y los gatos muertos con el vientre inflado, así estas aguas, desbordadas del odio popular, habían sacado a flote lo más pobre, lo más mísero y lo más encanallado de la urbe.
—¿De dónde procedía tanto furor?—se preguntaba Chamizo—. ¿No era esta gente en su mayoría creyente? ¿Tenían alguna idea? Ninguna. Su plan era matar, destruír, quemar, por rabia, por desesperación. En estos momentos de tumulto, de confusión, de histeria sanguinaria, ¿quién es de los que van entre la masa que tiene conciencia?
Le hubiera gustado al ex claustrado hablar con alguno. Entró en el café de la Fontana de Oro. Allí los oradores peroraban; a cada paso llegaban chiquillos andrajosos, señoritos pálidos, elegantes, manchados de sangre, y se les aplaudía y se les estrechaba la mano dándoles la enhorabuena.
La noche fué horrorosa de calor, de inquietud. Se oyeron campanas, tiros, gritos y quejas en la vecindad... Chamizo no pudo conciliar el sueño. Aquellos fantasmas hórridos vistos en el día bailaban una terrible zarabanda ante sus ojos, y el hombre con su melena roja encrespada, su aire de mastín y su pistola en la mano, se le presentaba a cada paso y hasta le parecía que le estaba oyendo hablar.
III.
LA ACUSACIÓN DEL JESUÍTA
Al día siguiente se hallaba don Venancio tan rendido, que decidió quedarse en la cama.
Una semana después, estaba por la mañana dormitando cuando oyó que entraba alguien en su cuarto.
—¿Quién es?—preguntó.
—Soy yo.
Era el jesuíta, el padre Jacinto, que al principio de su estancia en Madrid iba a visitarle con frecuencia. Venía vestido de paisano.
Sin más preámbulos comenzó a perorar y a decirle que la horrible matanza de los días anteriores se había verificado por su culpa.
—¿Cómo por mi culpa?—dijo Chamizo—. ¡Usted está loco!
—Sí; por su culpa. Porque usted conocía a los criminales que han dirigido este complot horroroso y estaba usted obligado a vigilarles. Sobre su cabeza caerán estos crímenes abominables.
El jesuíta hablaba descompuesto. La serenidad de Chamizo le tranquilizó. Le dijo éste que no creía que fuera verdad que sus amigos antiguos hubieran ordenado la matanza, y expuso sus razones. Aunque así fuera, él no podía conocer los designios de los liberales, porque hacía mucho tiempo que no se trataba con ellos.
El padre Jacinto afirmó que sí, que eran los isabelinos y los carbonarios los inductores de la matanza, y que él tenía la prueba, por la confesión de un nacional. Se sabía, además, que algunas personas se habían dirigido al Ministerio de la Gobernación y avisado al capitán Narváez, que estaba de guardia, lo que pasaba en los conventos, y Narváez había dicho:
—Mientras no me manden, no voy.
—Es que los están matando—le replicaron.
—Pues que los maten; por mí pueden no dejar uno.
Otros militares isabelinos habían tenido, según el jesuíta, una idéntica actitud.
—Pero si quiere usted convencerse venga usted conmigo a casa de ese nacional que yo conozco—concluyó diciendo el padre Jacinto.
—Muy bien. Voy con usted.
Se vistió Chamizo y marcharon juntos.
En el camino, el jesuíta le contó varias cosas. Según él, la matanza de frailes la había decidido la Junta del Triple Sello, asociación satánica formada por masones, isabelinos y carbonarios, pero dirigida principalmente por éstos. Para dar la señal de la matanza elevaron un meteoro, un globo de luz que brilló misteriosamente en el aire durante algún tiempo la noche anterior al día de los saqueos y muertes.
Esta historia del meteoro le parecía a Chamizo una fantasía ridícula y absurda, pero no dijo nada.
IV.
LA TÍA SINFO Y GASPARITO
Cruzaron el jesuíta y el ex claustrado la Puerta del Sol, y de aquí, por la calle Mayor y la de Toledo, fueron a los Barrios Bajos. El padre Jacinto quería ir a la calle del Carnero; pero no recordaba bien el camino. Entraron en la de la Ruda, materialmente llena de una multitud andrajosa que se detenía en los puestos de verdura y de pescado. De aquí pasaron a la calle de las Velas y se detuvieron en una tienda donde vendían galápagos. Preguntó el jesuíta por la calle del Carnero, y le indicaron que bajara por otra estrecha, llamada de la Chopa. Se metieron en ésta y se encontraron con unas viejas prostitutas, gordas y con los pellejos colgando, pintadas, y con la colilla en la boca, que salieron de los portales y les quisieron arrastrar a sus madrigueras. Una de las viejas tenía una pierna de palo y fumaban un puro. El jesuíta y don Venancio se desasieron de tan horribles furias, y salieron a la calle del Carnero. Todo aquel barrio era infame, miserable; tenía un aire de aduar africano, sucio, quemado por el sol. El empedrado, de pedruscos de punta, estaba lleno de agujeros y de baches, y éstos, llenos de basura. Deambulaban por allí mendigos, lisiados, chiquillos héticos y lacrosos y mujeres harapientas con los ojos inflamados. Había en la calle dos o tres casas de dormir, y en un balcón de un piso bajo, una cabeza de mujer, de cartón, con los ojos brillantes y los pelos alborotados, que era la muestra de una peinadora.
La casa que buscaba el padre Jacinto era una casucha miserable, leprosa, con las paredes desconchadas y adornada con colgaduras de toda clase de harapos.
—Hay que preguntar aquí enfrente—dijo el jesuíta señalando una cacharrería.
Era la tienda un rincón con un escaparate de cristales, compuestos por mil parches de papeles mugrientos. Todo el género del comercio se reducía a unas cazuelas, unos botijos, unas nueces, unas frutas, unos caramelos de color y unas cometas de papel.
—¿Estará la señora Sinforosa?—preguntó el padre Jacinto.
—¿La echadora de cartas? Sí. Hace un momento que ha entrado.
—Bueno, vamos.
Entraron en un corredor muy largo y muy mal oliente, por el que corría una alcantarilla abierta; al final del corredor había un patio lleno de cosas sucias, y en este patio, una escalera que conducía a una galería medio derruída, con cinco o seis puertas negras de mugre y llenas de letreros. La última puerta, pintada primitivamente de rojo, era la de la señora Sinforosa.
Subieron a la galería; el curita llamó y apareció la vieja. Era una mujer horrible, con la tez amarillenta y verrugosa, los ojos claros, el labio inferior colgante, y la nariz como un pico, roja, como si la hubieran quitado la piel. Tenía la tía Sinfo el cuello muy corto, la cabeza muy metida entre los hombros, una peluca de dos colores y una mirada brillante, llena de sagacidad y de malicia, que lanzaba de abajo arriba. Aquella mirada aguda, cínica, de sus ojos claros, parecía que iba derecha a descubrir la cantidad de esencia de cerdo que cada persona guarda en el alma.
La tía Sinfo tenía una sonrisa tan falsa y tan obsequiosa, que daba miedo.
El jesuíta explicó a la vieja que quería ver a su hijo Gasparito, el Nacional.
—¡Gasparito!—dijo la tía Sinfo—. Está malo.
—No será obstáculo para hablar un momento con él.
—Ya veré—dijo la tía Sinfo—. Entraré a verle, a preguntarle si quiere hablar con ustedes. Espérenme ustedes aquí.
Entró ella y volvió al poco rato con un aire hipócrita y resignado.
—¿Qué dice?—preguntó el jesuíta.
—Dice que está muy débil. Ahora, claro, no trabaja, porque el taller donde trabajaba está cerrado por el cólera, y estamos muertos de hambre. ¡Si ustedes pudieran darnos para comprar medicinas y un poco de carne!
El jesuíta, a regañadientes, sacó un duro, y Chamizo, una peseta.
—¿Y no le podremos ver?
—Sí; si le da un acidente y se pone a hablar, entran ustedes conmigo; pero no le digan ustedes nada. Ha dicho el médico que no se le hable.
Esperaron un momento el padre Jacinto y el ex fraile, y en uno de éstos la tía Sinfo les dijo:
—Vengan ustedes. Está hablando.
Pasaron a un tabuco, en donde había un hombre joven tendido en una cama. Tenía los ojos en blanco y deliraba por lo bajo. Chamizo le oyó decir:
—¡Una!... ¡dos!... ¡tres!... ¡Adelante, nacionales!... ¡Adelante!... A la taberna de Balseiro... Aquí están Candelas... Paco el Sastre... la tía Matafrailes... Hay que matar a todos los frailes... Yo, no... Yo, no... ¿Quién lo manda?... La Junta del Triple Sello... Ahí está el escrito... Yo, no... Yo, no... ¡Vamos! ¡Vamos!... Ha aparecido el meteoro... El meteoro... ¡Cómo brilla!... Los están matando... ¡Qué horror! ¡Qué horror!... Les están cortando la cabeza... Ja..., ja..., ja...
Después de esta carcajada violenta, Gasparito dejó de agitarse en la cama y quedó, al parecer, en reposo. Luego comenzó de nuevo a delirar.
Al principio, Chamizo no se fijó mas que en el hombre enfermo; pero cuando dejó éste de delirar echó una mirada al tabuco donde se encontraba. Era, en grotesco, un rincón de brujería medieval. En aquel momento el escenario no estaba preparado. Los clientes de la tía Sinfo llegaban, sin duda, más tarde. De una ventana pequeña, con los cristales emplomados y compuestos con trozos de periódico, entraba una claridad turbia. El cuarto tenía colgaduras negras. En un rincón se veía una mesita con un tapete, también negro, y encima, una calavera, un libro y unas cartas; en la ventana, una jaula de caña con una gallina negra, y al lado, en una cazuela, un sapo grande con los ojos brillantes. Del techo colgaba un pequeño caimán disecado, sin duda comprado en el Rastro, y en un aparador aparecía una botella de aguardiente. Chamizo se dió cuenta de todo.
Dentro del abandono se notaba bienestar. Las mantas de la cama eran buenas.
—Estas brujerías deben dar dinero—se dijo.
—¿Quieren ustedes que les eche las cartas?—preguntó la tía Sinfo.
El jesuíta dió un respingo.
—No, no; muchas gracias.
Se despidieron de la tía Sinfo y salieron a la galería.
—¿No dudará usted?—dijo el jesuíta a Chamizo—. Este muchacho, en el estado que se encuentra, no habla con malicia.
—Sí, es cierto.
Bajaron las escaleras y salieron a la calle del Carnero. Chamizo iba muy mal impresionado.
—¿Qué va usted a hacer?—dijo el padre Jacinto.
—Ya veré.
En esto, una suela de zapato empapada en barro pasó como una exhalación por encima de la cabeza de los dos eclesiásticos y dió en una pared, llenándoles de barro. Se volvieron y oyeron risas, y vieron varios chicos y mujeres cogiendo piedras.
—Son frailes disfrazados. ¡Fuera! ¡Fuera!—les gritaron.
Chamizo y el jesuíta echaron a correr, cada uno por su lado...
Chamizo pasó varios días pensando en qué habría de verdad en la confesión de Gasparito, y como le preocupaba el asunto y le impedía tener la imaginación libre para pensar en otras cosas, decidió aclarar el misterio.
Fué a ver al policía don Nicolás de Luna y le explicó la duda en que se encontraba.
—Es falso, completamente falso—dijo el comisario—. No ha habido tal Junta del Triple Sello. Leyendas que han echado a volar los realistas. Lo que ha sucedido, sencillamente, es que la mayoría de los que han ido a saquear los conventos y a matar frailes han sido cristinos e isabelinos que estaban armados.
—¿Pero usted no cree que haya habido órdenes expresas de los isabelinos o de algunos otros?
—¡Ca, hombre! ¿No ve usted que este movimiento no les conviene; por el contrario, les perjudica? Si hay instigadores ocultos, que no creo, más bien serán realistas que liberales.
—¿Realistas?
—Sí, que estén agazapados y que quieran desacreditar el liberalismo madrileño.
—¿Y de eso del meteoro? ¿Qué habrá de cierto?
—¿Qué meteoro?
—Eso que dicen que ha habido; un globo o una cometa con una luz que ha dado la señal para la matanza de frailes.
—Todo eso no es mas que fantasía...; es tan verdad como que el alma de Fernando VII aparece en El Escorial; como que los jesuítas están envenenando las fuentes, y como que ha aparecido una virgen en un tejado de Lavapiés, fantasía popular.
—¿Así que usted no cree que los carbonarios hayan intervenido?
—¡Si son cuatro gatos que no los conoce nadie! Usted vería el día de la matanza que el pueblo entero era el que estaba en la calle.
—Sí, es verdad.
Le dió Chamizo las gracias al comisario, y al despedirse de él, Luna le dijo:
—Me parece que le vamos a echar el guante a don Eugenio un día de estos.
—Pues, ¿por qué?
—Tienen un movimiento preparado para el día veinticuatro. Corre por ahí su proyecto de Constitución, que lo han hecho entre Flórez Estrada y Olavarría, y la lista de los que serán ministros, todo el mundo lo sabe. Por eso le digo a usted que no creo que sean ellos los instigadores de la matanza de frailes. Esto les ha debido venir muy mal.
V.
EL SANTO NEGRO
Las palabras del comisario Luna hicieron vacilar a Chamizo. Salió del despacho del policía y se volvió a casa. Se encontraba en un mar de dudas. Iba examinando la cuestión en todos sus aspectos y no lograba salir de sus confusiones.
—Me voy a lanzar a ver si averiguo algo—se dijo.
Por la noche, envuelto en una capa vieja, se marchó decididamente a la taberna del hermano de Balseiro, el ladrón, de la calle Imperial, punto de cita, en donde, según la voz pública, se habían reunido muchos de los autores de las matanzas antes del asalto a los conventos.
Chamizo se acercó con miedo.
A la luz de un quinqué mortecino se veía, por entre cortinas rojas, la taberna, con un papel desgarrado, los anaqueles llenos de botellas, y un escaparate con fuentes con patatas y judías en salsa de pimentón.
Chamizo entró, pidió que le dieran de cenar, y entabló conversación con unos granujas, a quienes convidó a unas copas. Estos le confesaron sin rebozo que habían tomado parte en la matanza de frailes. Eran el Rapaz y el Anublado. Chamizo les preguntó por Aviraneta. No le conocían, no habían oído hablar nunca de él.
—Pues es un isabelino.
—Quizá le conozca el Santo Negro—dijo el Anublado—. Si quiere usted venir conmigo...
—¿Adónde?
—A la calle de la Ruda. Allí suele estar en una taberna.
—¿Y este Santo Negro tomó parte en lo de los frailes?
—Fué uno de los jefes.
Se decidió Chamizo y fué con el Anublado a la calle de la Ruda. Estaba la calle a obscuras, el suelo, cubierto de restos de fruta y de verdura, como un zoco marroquí. Se detuvieron delante de una casa alta, negra y sucia, entraron en un portal y avanzaron por un pasillo lleno de cestas, de montones de frutas podridas y cajas. Se respiraba dentro un aire pestilente, agrio, de materia orgánica fermentada. De aquí pasaron a la taberna; había allí una mezcla de olor de aceite, de humo, de sebo y de tabaco, horrible. El público de la taberna estaba formado por traperos, con un saco al hombro; viejas encorvadas, barbudas, con cara de hombre; viejas flacas, torcidas, con aire de sabandijas y melenas blancas amarillentas, cubiertas de harapos; otras, con la cara cuadrada, ancha, roja, congestionada por el alcohol; chiquillas pálidas y marchitas, con el pelo muy negro, y algunas con una cabellera rubia, y hombres de aire brutal.
Toda aquella gente, Chamizo la había visto el día de la matanza de frailes desparramándose por la ciudad.
En medio de aquel ambiente viciado, esta multitud de miserables estaba casi silenciosa; algunos hablaban en voz baja, otros jugaban, y otros dormían con la cabeza entre las manos, echados sobre la mesa.
El Anublado se acercó a un rincón en donde jugaban a la brisca cuatro hombres. Uno de ellos era el Santo Negro, un hombre bajito y rechoncho, cetrino, con unos ojillos brillantes y hundidos como los de un jabalí, unas barbas largas, negras y espesas, y una gran cadena de plata en el chaleco. Sus compañeros eran un tipo embrutecido de borracho: Matías el Sanguijuelero; un viejo pálido y flaco, el Raspa, y un jovencito afeminado, el Mandita.
El señor Matías tenía un ojo abultado y lánguido, con el párpado caído, el labio colgante, un aire de borracho socarrón y malicioso, y una manera de hablar ronca y achulapada.
El Anublado llamó al Santo Negro y le preguntó si conocía a Aviraneta.
—¡Biranete!—dijo el Santo Negro—. Yo no sé quién es.
—El otro día—murmuró Chamizo—, cuando la matanza de frailes, ¿no recibieron ustedes algunas órdenes de Aviraneta?
—¡De Biranete! Ninguna. Lo hicimos todo por nuestra propia cuenta.
Al Santo Negro le interesaba más la brisca que la conversación con el ex claustrado, y no le hizo caso. Salió Chamizo de aquel tugurio sin haber resuelto el problema. Pensando en la cuestión, que tanto le obsesionaba, se le ocurrió la idea de si el tal Gasparito sería un iluso, y que debía ir a verle.
No se atrevía a presentarse solo, y un domingo, con el chico de la librería del señor Martín, fué al Rastro a revolver libros viejos, y de allí marcharon a la calle del Carnero y se metieron en casa de Gasparito. Subieron a la galería, y vió Chamizo el cuarto de la tía Sinfo cerrado.
—¿Y Gasparito, el que estaba enfermo?—preguntó a un vecino.
—No sé dónde anda. Estará en la taberna.
—¿Ya se ha curado?
—¿Curado? No ha estado nunca malo. Sólo alguna que otra cogorza, que pesca de cuando en cuando.
—Pues yo vine aquí un día que estaba con un accidente.
—¡Acidente! ¡Ca! Los finge. Es un guaja. Como ha sido corista y va mucho al teatro, sabe hacer todas esas comedias.
—¿Así que era una comedia su delirio?
—¡Natural! Es un tío sabiendo, el Gasparito.
Aquello tranquilizó a Chamizo, y quedó inclinado a creer que la orden de la Junta del Triple Sello era una invención del hijo de la tía Sinfo, la echadora de cartas.
Contento volvió a casa con Bartolillo, el chico de la librería, echándoselas de protector suyo, aunque en aquel día él había sido el protegido.
VI.
LOS ISABELINOS
El 24 de julio se abrían los Estamentos. La gente política se hallaba muy preocupada.
Este mismo día supo Chamizo que horas antes de la apertura de las Cámaras prendieron a Aviraneta en su casa de la calle de Cedaceros. Le había denunciado Civat, el ex guardia de Corps, el revolucionario terrible, que, como Salvador, resultó un agente de los realistas venido de Barcelona.
La prisión, por lo que dijo Gamundi, unos días después, la efectuó el comisario don Nicolás de Luna. Civat llevó su cinismo hasta acompañar al comisario con ocho soldados hasta la puerta de la casa de la calle de Cedaceros y quedarse en la esquina de la calle de Alcalá a ver pasar a Aviraneta camino de la cárcel, en medio de soldados, armados con bayonetas.
Pocas horas más tarde prendieron, como isabelinos, a los generales Palafox y Van-Halen, y a Calvo de Rozas, Olavarría, Romero Alpuente, Villalta, Espronceda, Orense, Nogueras, Beraza, etcétera.
Todas estas prisiones se hicieron por denuncias del ex guardia de Corps Civat. Se dijo entre los liberales que este Civat era un espía de los jesuítas metido en una sociedad carbonaria de Barcelona, y que desde hacía tiempo estaba trabajando por los realistas. Alguien apuntó si sería uno de los instigadores de la matanza de frailes. Otros dijeron que era un agente del que se valía Martínez de la Rosa, como Zea Bermúdez se había valido de Salvador.
Difícil era saber lo que habría de cierto en todo aquello. Como los calamares, los políticos y los conspiradores enturbiaron el agua para salvarse. El caso fué que a Civat, en premio a su delación, le nombraron vista de aduanas de Barcelona, y que luego se refugió entre los carlistas.
Prendidos los principales miembros de la Isabelina en Madrid y en provincias, se hicieron mil cábalas acerca de ellos. Espronceda y Villalta cantaron la palinodia en seguida de una manera un tanto vergonzosa.
Los ministros y sus agentes aseguraron que el objeto de la Sociedad Isabelina era destronar a la reina y establecer la República. En tan terrible complot estaban, según el Gobierno, mezclados los revolucionarios de París y se trataba de hacer una matanza de realistas.
Según otros, más amigos de la Isabelina, la Sociedad pretendía, el día de la apertura del Estamento de procuradores, hacer que éste se erigiera en Cortes Constituyentes. Varios procuradores, afiliados a la asociación, estaban comprometidos a exigir que el Estamento se declarase en Asamblea Nacional. Las tribunas se hallarían ocupadas por los conspiradores, que pedirían a voz en grito la restauración de la Constitución de Cádiz.
En tanto, los jefes de las centurias se apoderarían de los campanarios, tocarían a rebato, ocuparían el Principal, la Aduana, la Plaza Mayor y los conventos saqueados en los días anteriores, y harían barricadas en las calles.
No se dejó de hablar por algunos de que los isabelinos intentaban elevar un meteoro que sirviera de señal. La fábula del meteoro iba popularizándose.
Desde el momento que se prendió a los conspiradores, todo el mundo empezó a hablar de ellos. Unos aseguraban que eran republicanos; otros, masones; otros, carbonarios. Se comenzó a tener un miedo por los isabelinos mayor que por el cólera.
«Con añadir que en la casa tiene pacto con isabelinos... hace usted prender a un enemigo», decía Larra en uno de sus artículos políticos.
En un Palo de Ciego, publicado una semana después de la prisión de Aviraneta, en una conversación entre un lechuguino y un capitán se decía esto:
—¿Supongo que usted será
isabelino y cristino,
guardador de la inocencia
y enemigo del calismo?
—Si al que es adicto a Isabel
se le llama isabelino,
y mi honor en ello cifro;
pero se engaña quien piense
que caiga yo en el garlito
de pretores, decuriones,
centuriones, ni triunviros.
En casa de Chamizo estuvo la policía a preguntar por él, y doña Puri tuvo la buena ocurrencia de decir que el ex claustrado hacía tiempo estaba en un convento.
Tuvo que comer Chamizo un puchero mísero en aquel obscuro comedor de doña Puri para los caballeros estables; tuvo que visitar tabernuchas y el bodegón del Infierno, y otros puntos de cita de aguadores y mozos de cuerda. Perseguido y sin recursos como se encontraba, pasó muy malos días. No tenía ni ropa para presentarse, pues la que llevaba estaba llena de rozaduras.
Un día se decidió a pedir protección a Celia. Cogió un gabán viejo, negro, y pintó con tinta todas sus grietas; hizo lo mismo con las botas, y fué a ver a la viuda de don Narciso. Ella le atendió, le dió dinero, le consiguió un pasaporte, y Chamizo entró en Bayona después de su accidentado período de vida en Madrid.
De aquella época le quedaron dos preocupaciones: una, la de no haber podido recoger sus libros de casa de doña Puri; la otra, la de no haber podido aclarar la realidad de la Junta del Triple Sello.
VII.
AVIRANETA EN LA TRENA
Una semana después de ser prendido, Aviraneta se paseaba en su cuarto de la Cárcel de Corte, de un lado a otro, como un lobo enjaulado. No tenía noticias de Tilly, no sabía lo que había hecho éste con sus papeles. A veces temía que su amigo le hubiera hecho traición; pero luego pensaba: ¿para qué? ¿Con qué objeto? Aviraneta no quería llamar a nadie, ni comprometer a nadie. Se consideraba bastante fuerte para ir remediando su desgracia en la soledad basta digerirla.
Aviraneta era un preso obediente, disciplinado.
La causa suya la había empezado a incoar el teniente corregidor don Pedro Balsera, con gran actividad.
El juez era un tal Regio, y el fiscal, don Laureano Jado, un antiguo afrancesado y absolutista, que le puso la proa a Aviraneta desde el principio. El escribano de la causa, don Juan José García, se le había mostrado a don Eugenio como enemigo acérrimo.
Por último, el alcaide de la Cárcel de Corte era, además de un perfecto bribón, un fanático de Don Carlos, y había sido puesto por Martínez de la Rosa con la consigna de vigilar a todas horas a Aviraneta para que no hiciera una de las suyas.
El ministro había pensado que nadie mejor para guardar a un conspirador liberal que un acérrimo realista.
Don Eugenio, en sus declaraciones, iba armando tal maraña, que el juez y el fiscal sentían que, a medida que avanzaba el proceso, pisaban un terreno más falso.
Don Eugenio había declarado que era cierto que él había conspirado contra el Estatuto; pero que no tenía cómplices; que el infante don Francisco y la infanta Luisa Carlota le habían instigado a que trabajase por la Regencia Trina; pero que esta solución no estaba en sus convicciones.
Respecto a Palafox, dijo que no le conocía, y afirmó que tampoco conocía al conde de Parcent, aunque alguien pudiera suponer que sí, porque había estado viviendo escondido en la casa de la calle de Cedaceros, que era propiedad del conde.
Cada nueva declaración era una maraña más. Don Eugenio iba dando detalles y detalles, mezclando un sinfín de personajes en la intriga, dejándolo todo en la penumbra. La aparición de un figurón respetable, mezclado en el relato del preso, le hacía dar al juez un respingo.
Aviraneta vivía en la cárcel en un cuarto obscuro y desagradable, y para pasear iba a la sala de políticos, en donde todos o casi todos en esta época eran carlistas, trabucaires catalanes y valencianos, curas, frailes y abogados y guerrilleros de la Mancha.
Había también ladrones complicados en la matanza y en el robo de los conventos.
A estas miserias se añadía el azote del cólera, que se cebaba en la Cárcel de Corte. El único entretenimiento que tenía don Eugenio era oír a Romero Alpuente, que, a fuerza de miedo al cólera y al Gobierno, llegaba a ser pintoresco y divertido.
Un día le dijeron a Aviraneta que el padre Mansilla quería hablar con él. Lleno de emoción fué al locutorio.
Estaba el alcaide delante, y a pesar del respeto que podía inspirarle un cura, y un cura que había venido en coche particular como Mansilla, le dijo a éste que no le permitiría tener una conversación a solas con Aviraneta.
—¿Aunque tuviera que confesarle?—preguntó el cura con orgullo.
—Tengo la orden del señor presidente del Consejo de Ministros de no dejar hablar al preso con nadie sin estar yo delante.
—Está bien—dijo Mansilla—; hablaré con él en presencia de usted.
Llegó el conspirador a la reja del locutorio.
—¿Qué tal, padre Mansilla? ¿Qué tal?—preguntó.
—Bien, ¿y usted, señor Aviraneta?
—Muy bien.
—Le doy a usted las más expresivas gracias por haber venido a visitar a un pobre preso en estos tiempos calamitosos.
—Para la desgracia son los amigos. Y ya sabe usted, Aviraneta, lo que yo le estimo.
Aviraneta, cambiando de voz, preguntó:
—¿Y el cónclave, qué tal va?
—Bien, muy bien—contestó Mansilla—. Vamos trampeando.
—¿Y el número Uno, por dónde anda?
—El número Uno ha muerto del cólera—dijo el cura con voz triste.
—¡Eh! ¿Es posible?
—Sí; de una manera casi fulminante.
—¿Y usted habló con él?
—No; perdió en seguida el conocimiento.
Mansilla le dió detalles acerca de la muerte de Tilly. El alcaide oía distraído este relato, porque constituía la conversación de todos los días. Aviraneta estaba torturado, en prensa, intentando recordar cómo se decía en la clave inventada por Tilly y la palabra documento. Como no la encontraba, se decidió y le dijo al cura en francés:
—¿No se ha encontrado en su casa una maleta con papeles?
—No se ha encontrado nada. ¿Tenía algunos papeles?
—Sí; unos que yo le di para que guardara.
El alcaide se acercó:
—¿Qué hablan ustedes?
—Nada; me preguntaba por un francés conocido de los dos.
Siguieron una conversación vulgar de frases hechas, y, pasado un rato, el padre Mansilla se despidió de Aviraneta y se marchó a la calle.
El preso volvió cabizbajo a su calabozo.
—Estoy perdido, sin defensa—murmuró—, me van a aplastar.
Itzea, febrero, 1919.
FIN