MENDIZÁBAL

A mediados de octubre escribí a mi amigo don Tomás de Alfaro, hermano político de Mendizábal, rogándole hablase a éste para que me remitiera un salvoconducto con el cual pudiese regresar a Madrid.

A vuelta de correo recibí el permiso, y me presenté en la corte el mismo día de la apertura de los Estamentos.

Supe que los partidarios de Toreno y de Martínez de la Rosa trabajaban para que otra vez se me encerrara en la Cárcel de Corte, pretextando la existencia de un mandamiento de prisión dado contra mí, a causa de mi fuga del mes de agosto; pero Mendizábal se opuso y me libertó de un nuevo atropello. Fuí a ver a don Juan Alvarez Mendizábal a la calle de Atocha, 65, donde vivía, y a la Presidencia.

En las varias ocasiones que tuve de hablar con el presidente del Consejo, éste me recibió con gran atención, me auxilió en mi desgracia y me quiso emplear de una manera honrosa y decente.

Tú ya le has conocido a Mendizábal, y recuerdas seguramente cómo era: muy alto, con un tipo aguileño de judío, por lo que Borrow lo encontraba aspecto de un Beni-Israel; el pelo, ya que comenzaba a blanquear, y la levita, inglesa, de corte irreprochable.

—Una pregunta.

—Venga.

—¿Usted sabe por qué Mendizábal, que se llamaba Alvarez y Méndez, cambió de apellido y se llamó Mendizábal?

—Creo que el motivo principal fué borrar el aire judaico que tenían, por entonces, entre los gaditanos, sus apellidos, sobre todo el de Méndez. Había en Cádiz la casa de los Méndez, que se tachaba de judía. Los Alvarez eran desconocidos; todo el mundo tenía la tendencia de llamar a Mendizábal, Méndez, y suponer que era judío, aunque Mendizábal estaba bautizado, y sus padres también. Alvarez Méndez, Méndez Alvarez... Esto último sonaba a Mendizábal, apellido vasco, por lo tanto, poco sospechoso de judaísmo, y don Juan lo adoptó.

—Es una versión lógica.

—Mendizábal—siguió diciendo Aviraneta—hablaba de una manera muy premiosa, que a veces sabía ser cordial. Yo le había conocido cuando la revolución del año 20, pero él ya no se acordaba de mí.

Me preguntó qué quería; le expliqué que mi causa del 24 de julio estaba todavía abierta, y que a consecuencia de ella no podía ser reintegrado en mi destino de Comisario de Guerra. Me habían aconsejado que presentase en el ministerio una solicitud pidiendo que aquella causa fuese comprendida en el Real decreto de 25 de noviembre, y que, en su consecuencia, se sobreseyese.

A Mendizábal le pareció bien que siguiera este procedimiento, y me aseguró que sobreseería la causa.

Agradecido a tan gran beneficio me ofrecí a él para que me ocupase en lo que me creyera más útil a la patria, y el ministro me manifestó el estado crítico de Cataluña, las intrigas que allí se desarrollaban, atizadas por los carlistas y por los extranjeros, y lo conveniente que sería el que yo pasara al lado del general Mina para desentrañar aquellas maquinaciones y auxiliar al general.

—¿Está usted en buenas relaciones con Mina?—me preguntó Mendizábal.

—Sí, soy amigo suyo; no tengo ningún motivo de queja contra él, y creo que a él le debe pasar lo mismo con relación a mí.

—Mina hace un gran papel en Cataluña—añadió don Juan—; es muy querido por los liberales del país, pero no tiene flexibilidad alguna; cree que a cañonazos y a tiros ha de dominar la situación, y en esto se engaña. Sería por eso conveniente que un hombre diplomático y de espíritu flexible, como usted, se reuniera a él y lo aconsejara.

—Pues, nada, iré a Barcelona.

—Bien. Yo le daré a usted una carta.

La carta que me dió Mendizábal decía así:

«Excmo. Sr. D. Francisco Espoz y Mina.

»Madrid, 30 noviembre de 1835.

»Mi querido general: Por los beneficios que deben resultar a la justa causa y por el concepto que me merece el dador de ésta, el señor de Aviraneta, suplico a usted le considere como persona de confianza; de la buena inteligencia y acuerdo de ustedes no dudo resultarán motivos de satisfacción para todos, y en esta creencia preveo igualmente que accederá usted a mis deseos.

»Es de usted siempre afectísimo amigo, que besa su mano,

»J. A. y Mendizábal».

Los días siguientes fuí a ver a don Ramón Gil de la Cuadra. Ni en el ministerio ni en su casa pude encontrarle.