NUESTRAS MANIOBRAS
Mina no me contestó, pero me contestó su mujer diciéndome que su marido no podía mezclarse como autoridad en un asunto que no había presenciado.
En vista de esto, Bertrán Soler y yo escribimos una nota dirigida al comandante del Rodney acogiéndonos al pabellón inglés.
El comandante Flide Pasker nos contestó que esto no era posible; que el general don Antonio Alvarez le había manifestado que siendo necesario para la tranquilidad de Barcelona el que nosotros fuéramos extrañados de la ciudad, le había rogado que nos acogiera en su barco, y que lo había hecho así con este motivo. Protestamos de nuevo y nos dirigimos por carta al cónsul inglés de Barcelona, sir James Annesley, para que nos diera pasaporte para Inglaterra; pero el cónsul nos dijo que no podía darlo mas que a los ciudadanos ingleses.
Vivíamos en el barco sometidos al mismo régimen que los soldados y marineros. Teníamos una guardia y dormíamos en el sollado y en la bodega. No teníamos cama y comíamos rancho.
Varios días después fuimos trasbordados en el buque de un ex negrero amigo de Mina y de don Pedro Gil y de los que formaban el Club Unitario a la fragata inglesa Artemisa, que se puso en franquía con rumbo hacia Gibraltar.
Lo que me sucedió allá lo ha contado un biógrafo mío, Villergas, con más o menos exageración. Te lo leeré:
«Deportado a Canarias por un golpe de arbitrariedad del general Mina, en quien se observaron algunos arranques bruscos en nombre de la Libertad y de la Ley, urdió una conspiración en el buque mismo que le conducía, indisponiendo a los marineros con la tropa que le custodiaba. Cuando estuvo seguro del triunfo hizo partícipe de su plan a uno de sus compañeros de infortunio, el cual, para evitar una catástrofe, dió cuenta de todo al jefe mismo de la tropa, no sin haber obtenido antes el consentimiento mismo de Aviraneta. ¡Tan seguro estaba de los resultados! Es de advertir que Aviraneta urdió este complot persuadido de que el jefe de la escolta tenía orden reservada de pasarle por las armas al llegar a cierta altura; y así que dijo a sus compañeros que con tal que el jefe le asegurase, bajo su palabra de honor, que su vida y la de los demás deportados no corría peligro ninguno, desistiría de su propósito, pero que de otra suerte era inevitable su ruina y la de todos los que le obedeciesen, si es que hubiese alguno. Apenas tuvo conocimiento de la trama quiso el jefe castigarla en su autor, pero la disposición en que halló los ánimos le reveló su impotencia. Entonces enseñó a Aviraneta la orden que tenía; y convenciéndose éste por sus propios ojos de que no le esperaba el trágico fin a que se consideró condenado por un ímpetu sangriento de Mina, se dió por satisfecho, y tuvo la prodigiosa habilidad de someter de nuevo la tripulación y las tropas a las órdenes de sus jefes naturales. En un momento deshizo lo que había hecho: restableció la subordinación que había relajado, lo volvió todo al estado normal. Eolo de los elementos revolucionarios, lo soltó y lo sujetó como quiso y cuando le dió la gana».
—¿Y es verdad eso?
—Hay algo de verdad. Lo cierto es que nos dijeron que iban a echarnos al agua al llegar a la altura de los Alfaques, y que yo estaba tan desesperado de haber caído en aquel lazo, que me encontraba dispuesto a hacer cualquier barbaridad, desde soltarle un tiro al capitán hasta hacer saltar el barco, pegándole fuego a la santabárbara; pero seguimos adelante, pasamos el estrecho de Gibraltar, y al cabo de unos días bajamos en Santa Cruz de Tenerife y fuimos puestos a disposición del capitán general de esta isla.