HABLA EL MÉDICO VIEJO
Unos días después de mi matrimonio, el médico viejo me encontró en la calle y me dijo con grandes extremos que fuera a su casa. Me tenía que hablar. Fuí después de comer; pasamos a un despacho con armarios, que tenía en las paredes unas láminas anatómicas bastante desagradables; el doctor me hizo sentarme en una poltrona, y me dijo:
—¿Sabrás que se marchó Machín?
—Sí, ya lo sé.
—¿Sabes a qué se debe el cambio que hizo con relación a tu novia y a ti?
—No.
—Pues a lo que le conté el mismo día que fuimos a verle en este despacho. Estaba ahí sentado, donde tú estás. Al principio me oía irónicamente, con aquella sonrisa dolorosa que le caracteriza; pero cuando le conté lo que te voy a contar a ti, se transformó. Lloraba como un chico. No creía que tuviera el corazón tan blando. Yo mismo me conmoví.
—¿Y a qué se refiere lo que me va usted a contar?
—Se refiere al padre y a la madre de Machín.
—¿Los ha conocido usted?
—Sí.
—¿A los dos?
—A los dos.
El médico empezó así:
—Hace ya más de cuarenta años acababa yo de venir de Regil, en donde estuve dos años de médico.
En aquella época Lúzaro no era como ahora; había cuatro o cinco familias que mandaban, y, entre ellas, la de Aguirre y la de Andonaegui eran de las más principales e influyentes.
Siendo médico aquí, había que estar bien con ellas, so pena de perecer y no tener una visita.
Yo iba con mucha frecuencia a casa de tu abuela, que por entonces se había quedado viuda.
Tu abuela tenía en casa una muchacha, que era ahijada suya, y a quien llamábamos la Shele. Yo bromeaba mucho con ella cuando iba a a tomar café a Aguirreche.
—¿Qué hay, Shele?—la decía.
—Nada, señor médico.
—¿Cuándo piensas casarte?
—Cuando me quieran—contestaba ella con gracia.
&mdaash;¿No tienes novio todavía?
—No.
—¿Pues en qué estás pensando?
—Ella sonreía mientras llenaba las tazas de café. La Shele era muy bonita, muy modosita, muy fina. Era este tipo vascongado, esbelto, que tiene algo de pájaro. Muchas veces yo pienso—añadió el médico viejo—que nuestra raza no es fuerte. Esto no lo digo delante de un forastero, no, jamás. Esta raza vasca es bonita, fina de tipo, pero en general no es fuerte. Tiene más resistencia la gente del centro: aragoneses, riojanos y castellanos. Esta es una raza vieja que se ha refinado en el tipo, aunque no en las ideas, y que no tiene mucha fuerza orgácica. Tú habrás visto que aquí una muchacha se casa y al primer hijo se le caen los dientes, parece que se le alarga la nariz.... Pero me alejo de mi historia. Vuelvo a ella.
Una mañana de invierno muy hermosa y muy clara me llamaron para ir a Aguirreche. Hacía pocos días que tu tío Juan había marchado a embarcarse a Cádiz.
—Esto es un hospital—me dijo tu abuela—. Todos estamos enfermos.
Vi a tu abuela, a tu madre, a tu tía Úrsula, y, al marcharme, me dijeron:
—Espere usted, que también la Shele está mala.
Entró la muchachita, muy pálida y muy triste, y saludó, sin levantar los ojos del suelo.
—Vamos, acércate—le dijo tu abuela.
Pude notar que la Shele sufría y que las comisuras de sus labios temblaban, como por un sufrimiento contenido.
—¿Qué tiene esta muchacha?—pregunté yo alegremente.
—
Debe estar enferma del estómago—dijo tu abuela—. Tiene vómitos, está ojerosa.
Contemplé a la muchacha, que bajó la vista; le tomé el pulso, y dije:
—Que vaya a mi casa y la reconoceré más despacio.
—Bueno, ya irá. ¿Cree usted que tendrá algo grave?
—Ya veremos.
Me despedí de la familia y seguí haciendo mi visita.