LA CONFESIÓN
Acababa de tomar café; estaba charlando con mi madre y mi hermana en esa pequeña galería de cristales que da a la huerta, cuando entró la Shele. Acudí a su encuentro, la pasé al despacho y cerré la puerta.
—Siéntate—la dije.
La muchacha se sentó y yo comencé el interrogatorio.
—¿Hace mucho tiempo que estás en Aguirreche?
—Sí, ya va a hacer mucho tiempo.
—¿Cuántos años tienes?
—Diez y ocho.
—Tus padres están en un caserío de la familia Aguirre, ¿verdad?
—Si, señor.
—¿Les tienes cariño a los de tu casa?
—Sí, señor.
—¿A la señora y a las señoritas?
—Si, señor.
—¿Y al señorito Juan?
—También.
Y la muchacha se ruborizó. Yo continué con mis preguntas.
—¿No quieres marcharte de Aguirreche?
—No, señor.
—¿No tienes confianza en mí?
La muchacha me miró extrañada, preguntándose, sin duda, por qué le dirigía estas cuestiones. Yo seguí el interrogatorio.
—
Digo si tienes confianza en mí. Si crees que soy un hombre malo.
—¡Un hombre malo! No; no, señor.
—¿Entonces, tienes confianza en mí? ¿No crees que yo te quiera hacer daño?
—No; no, señor; yo no he dicho eso.
—Ya sé que no lo has dicho; te lo advierto, para que sepas que soy tu amigo, que te quiero bien. ¿Comprendes?
—Sí, señor.
Entonces ya le dije claramente lo que tenía que decirle.
—Tú has tenido amores con el señorito Juan, ¿verdad?
—No; no, señor.
—¡Para qué negarme la verdad! ¡Tú has tenido amores con él, y lo que te pasa es la consecuencia natural ... ¿Comprendes?
La Shele calló y bajó la cabeza.
—¿Te prometió casarse contigo? ¿Te engañó?
—No, no me engañó; no me prometió nada.
—¿Sabe en qué estado te encuentras?
—No, no lo sabe.
—¿Y por qué no se lo dijiste antes de que se marchara?
—Me daba vergüenza.
La muchacha ocultó la cara entre las manos y comenzó a llorar en silencio.
—¡Ay, ené!—decía, de cuando en cuando, sofocando un suspiro.
Yo la contemplaba emocionado.
—Bueno, cálmate—la dije—. Aquí el único que sabe tu estado soy yo. ¿Qué piensas hacer? Vale más que te resuelvas pronto, antes de que noten tu estado. ¿Comprendes?
—Sí, señor.
—¿Qué te parece que hagamos? ¿Le escribimos a Juan?
—Bueno.
—¿Sabes sus señas?
—Sí; va de Cádiz a Filipinas en un barco.
—¿No sabes más?
—No.
—Debías enterarte del nombre del barco.
—Bueno. Ya me enteraré.
—Y mientras llega la carta y la recibe, si es que la recibe, ¿qué piensas hacer? ¿Ir al caserío?
—No, al caserío, no. Mi padre y mis hermanos me pegarán.
—Entonces, ¿quieres que yo se lo diga a la señora para ver qué decide?
—No, no. ¡Ay, ené!
—
Pues, ¿qué vas a hacer? ¿Adónde vas a ir?
—No sé.
La Shele miraba el suelo y suspiraba. Las lágrimas corrían por sus mejillas.
Yo, algo impaciente, me levanté y la dije:
—Nada, tú decidirás. Yo ya te he indicado lo que te puede pasar. No sé qué aconsejarte.
La muchacha suspiró más fuerte, y viendo que me disponía a salir, me detuvo.
—No, no me deje usted.
—¿Qué quieres que haga?
La Shele pensó un momento, y dijo:
—¡Escríbale usted al señorito Juan!
—Le escribiré, pero va a tardar mucho en saber la noticia. Si ha salido de Cádiz, hasta dentro de un año no vamos a poder tener noticias suyas.
—Entonces dígale usted a la señora lo que me pasa. A ver qué quiere hacer conmigo.
La pobre muchacha me dio lástima. Se entregaba a su suerte adversa, como un cordero que llevan al sacrificio.