LA GRUTA DEL IZARRA

Nos asomamos a la borda. El Cachalote estaba hundido, sujeto a la amarra. Sin duda, al chocar el bote con alguna piedra, se había abierto. ¿Qué íbamos a hacer? ¿Cómo volver a Lúzaro?

Zelayeta propuso subirse al trozo de palo más alto de los dos que quedaban a la goleta, y pedir auxilio desde allí, si pasaba cerca alguna lancha pescadora; pero este remedio era lento y poco eficaz. A Recalde debió parecerle, además, el procedimiento un tanto humillante, y dijo que teníamos que sacar el bote.

Entre los tres, tirando de la amarra, pudimos extraer del agua la chanela sumergida; pero no teníamos fuerza para subirla hasta la cubierta del Stella Maris, y fuimos llevándola hasta el lado donde no azotaban las olas, entre el barco y Frayburu.

Así dejamos el bote, medio atado, medio sostenido en el agua. Recalde se desnudó, se descolgó por un trozo de escala hasta sostenerse en unas rocas, y él empujando, y Zelayeta y yo tirando de la cuerda, logramos poner la lanchita a flote. A mí me daba espanto ver a Recalde en medio del agua, y le dije que subiera, pero él afirmó que no corría el menor peligro.

El Cachalote tenía entre las costillas una rajadura como de un palmo de larga.

—Echadme trozos de cuerda—dijo Recalde.

Le echamos todos los que pudimos encontrar, y fue rellenando la abertura hasta cerrarla por completo. Como las cuerdas estaban empapadas en brea, servían muy bien. Después, cuando concluyó de cerrar la vía de agua, dijo:

—Dadme la ropa.

Le echamos la ropa, y se fue vistiendo despacio.

—Aquí no podemos ir más que dos—añadió—. Esto no resiste más; uno que reme y otro que vaya achicando el agua y teniendo cuidado de que no se abra el boquete. ¿Quién de vosotros va a venir?

—Dilo tú—contestó Zelayeta, no muy entusiasmado.

—Bueno; que venga Shanti. ¿Dónde está el achicador?

—Debe estar en el bote, si no se ha ido al agua—le dije yo.

—Sin achicador no podemos hacer nada—murmuró Recalde.

Lo buscamos, y lo vimos flotando a poca distancia.

—Vamos, baja—me dijo Recalde.

Me descolgué, un poco emocionado. La posibilidad de ir a explorar la gran sima negra de que hablaba Yurrumendi se iba haciendo cada vez mayor. Me veía como aquel marinero del Stella Maris, que el mar había arrojado a una peña, con la cara carcomida y sin una mano.

—Hasta salir de las rocas rema tú—me dijo Recalde—; yo guiaré.

Comencé a remar; miraba con terror el suelo del bote, que se iba llenando de agua. Recalde dirigía; la marea estaba en su pleno; pasamos por encima de los arrecifes, sin el menor contratiempo. Dejamos Frayburu a un lado y nos dirigimos hacia el Izarra.

Al salir de entre las peñas, en donde se rompían las olas, cambiamos de sitio.

—Ahora, yo remaré—dijo Recalde—; tú no hagas más que ir achicando.

Era tiempo, porque el bote iba haciendo agua; tenía yo los pies y los pantalones mojados. Me puse a trabajar con el achicador, con brío, y conseguí que el nivel del agua dentro del bote disminuyera muchísimo.

Pensábamos dar la vuelta al monte Izarra y atracar en la punta del Faro. Cuando se cansó Recalde de remar, le substituí yo. No quería mirar a tierra, para no ver la distancia que nos separaba.

Además, nos encontrábamos enfrente de la gruta del Izarra, de que tanto hablaba Yurrumendi, y nos daba cierto temor.

Al cambiar de sitio no sé qué hicimos; el tapón de la abertura debió moverse, y empezó a inundarse de nuevo el bote. Recalde se agachó e intentó cerrar la vía de agua, pero no lo consiguió. Yo dejé de remar.

—Dame el pañuelo—me gritó él.

Le di el pañuelo.

—A ver, la boina.

Le di la boina, y mientrastanto me puse a sacar agua, para no pensar en la situación desesperada en que nos veíamos. Recalde cerraba el agujero por un lado, pero se le abría por otro. Sudaba sin conseguir su objeto.

—¿Sabes andar?—me dijo, ya comenzando a asustarse de veras.

Muy poco—contesté yo, con un estoicismo siniestro.

Recalde persistió en sus tentativas, y llegó a impedir que siguiera inundándose el bote.

Estábamos a unos doscientos metros de la gruta de Izarra.

—Habrá que ir directamente a la cueva—dije yo.

—¡A la cueva! ¿Para qué?—preguntó Recalde, sobresaltado.

—No habrá más remedio. Si no se nos va a abrir el Cachalote antes de llegar a la punta del Faro.

—Sí, es verdad; vamos.

Comencé a remar despacio, con cuidado, haciendo la menor violencia, para que no saltaran los tapones del bote. Yo miraba a Recalde, y Recalde miraba el agujero enorme del Izarra, que iba haciéndose más grande a medida que nos acercábamos.

Veía el terror representado en los ojos de mi compañero. La sima abría ante nosotros su boca llena de espumas. Me esforcé en hablar tranquilamente a Recalte y en convencerle de que toda la fantasmagoría atribuída a la gruta era sólo para asustar a los chiquillos.

Cuando yo me volví me quedé sobrecogido. Aquello parecía la puerta de una inmensa catedral irregular edificada sobre el agua. Dos grandes lajas de pizarra negra la limitaban. Nos acercamos; nuestro estupor aumentaba.

Fuimos bordeando algunas rocas de la entrada de la cueva: extraños y fantásticos centinelas. Recalde, en el fondo mucho más supersticioso que yo, no quería mirar. Cuando le insté para que contemplara el interior de la gruta, me dijo rudamente:

—¡Déjame!

Yo, al ver aquella decoración, comencé a perder el miedo. Miraba con una curiosidad redoblada. El momento de acercarnos a la entrada fué para nosotros solemne. Dentro de la gruta negra todo era blanco; parecía que habían metido en aquella oquedad los huesos de un megaterio grande como una montaña; unas rocas tenían figura de tibias y metacarpos, de vértebras y esfenoides; otras parecían agujas solitarias, obeliscos, chimeneas, pedestales sobre los que se adivinaba el perfil de un hombre y de un pájaro; otras, roídas, tenían el aspecto de verdaderos encajes de piedra formados por el mar.

Las nubes, al pasar por el cielo aclarando u obscureciendo la boca de la cueva, cambiaban aparentemente la forma de las cosas.

Era un espectáculo de pesadilla, de una noche de fiebre.

El mar hervía en el interior de aquella espelunca, y la ola producía el estruendo de un cañonazo, haciendo retemblar las entrañas del monte. Recalde estaba aterrado, demudado.

Es la puerta del infierno—dijo en vascuence, en voz baja, y se santiguó varias veces.

Yo le dije que no tuviera miedo; no nos pasaba nada. El me miró, algo asombrado de mi serenidad.

—¿Qué hacemos?—murmuró.

—¿No habrá sitio donde atracar?—le pregunté.

Las paredes, hasta bastante altura, eran lisas. Recalde, que las miraba desesperadamente, vió una especie de plataforma, que seguía formando una cornisa, a unos tres metros de altura sobre el agua.

Nos acercamos a ella.

—A ver si cuando estemos cerca puedes saltar arriba—me dijo Recalde.

Era imposible; no había saliente donde agarrarse y el bote se movía.

—¿Si echáramos el ancla?—me preguntó mi compañero.

—¿Para qué? Aquí debe haber mucho fondo—contesté yo.

Me acordaba de lo que decía Yurrumendi.

—¿Qué hacemos entonces? ¿Salir de este agujero?—preguntó.

Recalde estaba deseándolo.

—Echa el ancla ahí arriba, a ver si se sujeta—le dije yo, indicando aquella especie de balcón.

Lo intentamos, y a la tercera vez uno de los garfios quedó entre las piedras. Subí yo por la cuerda a la plataforma, y después él. Desenganchamos el ancla, por si la cuerda nos podía servir, y descansamos.

Estábamos sobre una cornisa de piedra carcomida, llena de agujeros y de lapas, que corría en pendiente suave hacia el interior de la cueva. Unos pasos más adentro, en su borde, había un tronco de árbol, lo que me dió la impresión de que esta cornisa era un camino que llevaba a alguna parte. El Cachalote, abandonado ya, lleno de agua, comenzó a marchar hacia el fondo de la gruta, dió en una piedra y se hundió rápidamente.

Yo me adelanté unos metros.

La cornisa en donde estábamos se continuaba siempre con aquel tronco de árbol carcomido en el borde.

—Vamos a ver si de aquí se puede salir a algún lado—dije yo.

—Vamos—repitió Recalde, tembloroso.

Realmente, si no teníamos salida, nuestra situación, en vez de mejorar, había empeorado. Avanzamos con precaución, afirmando el paso; al principio se veía bien, luego la obscuridad se fué haciendo intensa. Las olas entraban y hacían retemblarlo todo; rugían furiosas, con su voz ronca, en medio de las tinieblas, y aquel estrépito del mar parecía una algarabía infernal de clamores y de lamentos.

A los treinta o cuarenta pasos de negrura comenzamos a ver delante de nosotros

una pálida claridad. Se adivinaban a esta luz incierta las pirámides afiladas de las rocas, las estalactitas blancas del techo y, abajo, el mar, hirviendo en espumas, semejaba una aglomeración de monstruos de plata revolviéndose en un torbellino. Era realmente extraordinario. El choque de las olas hacía temblar las rocas, y su ruido iba repercutiendo en todos los agujeros y anfractuosidades de la gruta.

—Mira, mira—le dije a Recalde.

Mi amigo, temblando, murmuró:

—Shanti, volvamos atrás.

—No, no—le contesté yo—. Aquí debe haber un agujero por donde viene la luz.

El tronco de árbol del borde de la cornisa indicaba que en otro tiempo había andado por allí gente. Seguimos avanzando y salimos debajo de una chimenea inclinada que formaban dos lajas de pizarra. Quedaban restos de tramos de una escalera. Recalde, más ágil que yo, trepó hasta arriba, y yo subí después de él, ayudándome de la cuerda.

Estábamos entre las rocas del Izarra; nos faltaban unos metros para llegar hasta el camino del acantilado. Recalde me confesó que pasó momentos de miedo terrible en aquella maldita cueva. Yo intenté convencerle de que dentro de ella no había nada extraordinario más que juegos de luz y de sombra.

La fila de troncos de árbol que había en el camino indicaba que por allí se habían hecho desembarcos de armas o de contrabando en otras épocas.

Bajamos del Izarra y salimos por entre las peñas a la punta del Faro. Recalde sabía que en un pequeño fondeadero, labrado entre las rocas del promontorio donde se levantaba la torre solía haber una barca que el torrero utilizaba para pescar; fuimos allá y encontramos la lancha; pero estaba atada con una cadena.

Llamamos en el faro, y una vieja nos dijo que el torrero había ido a Elguea. Por otra parte, el que tenía la llave de la cadena de la lancha era un señor que vivía en la primera casa de Izarte.

—Este señor estará ahora en la playa. Idos por el arenal y lo encontraréis.

Avanzamos por la playa de las Animas. Primero encontramos un hombre alto, rojo, con patillas cortas, a quien explicamos lo que nos pasaba y que no pareció entendernos.

Este hombre se reunió con nosotros y fuimos juntos más lejos, donde estaba un señor con una niña. Volvimos a explicar lo que nos pasaba y el señor se levantó y habló con el hombre alto. Luego, los dos hombres, la niña, Recalde y yo nos acercamos al fondeadero de la punta del Faro; el señor desató la barca y él y el hombre alto entraron en ella.

Nosotros íbamos a embarcarnos, pero el señor nos dijo:

Vosotros quedaos ahí.

El señor se puso al timón, el hombre izó la vela, y la lancha comenzó a marchar rápidamente hacia Frayburu. Una hora después volvían, trayendo a Zelayeta.

El viejo nos preguntó nuestros nombres, y cuando yo le dije el mío se quedó mirándome fijamente.

Los tres aventureros reunidos volvimos a Lúzaro, cansados, destrozados.

En mi casa no pude ocultar la aventura; tuve que contarlo todo. Mi madre y la Iñure se hacían cruces.

—¡Qué chico! ¡Qué chico!—decían las dos.

Desde aquel día Joshe Mari Recalde comenzó a mirarme con gran estimación. El no haberme asustado tanto como él en la cueva del Izarra le parecía, sin duda, una gran superioridad.

—No creáis—solía decir a los condiscípulos—. Parece que no, pero Shanti es muy valiente.

Muchas veces, después de tantos años, suelo soñar que voy en el Cachalote por la entrada de la cueva del Izarra y que no encuentro sitio donde atracar, y tal espanto me produce la idea, que me despierto estremecido y bañado en sudor.